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Bescós Menéndez de la Granda, Francisco (Capitán Arseniev)

Graciela volverá



Y no dejo de preguntarme por qué. ¿Qué ha hecho que salgas a la mar un día cómo hoy, Antonio? ¿Dónde está el motivo?

Una ola me abofetea la cara y antes de que sienta el sabor de la sal en la boca otra me revienta en la frente y luego otra y luego otra y ya voy mojado hasta el espíritu y de pronto sólo veo cielo, hervidero de nubes que descargan un millón de litros sobre mí, y de pronto sólo veo agua negra levantándose ante la lancha como un oso colosal sobre sus patas traseras y el océano pasa sobre mi cabeza y arrastra el interior de su estómago consigo y puedo mirar hacia atrás y veo que Marcos aún gobierna nuestra Zodiac, bien cogida por los huevos, y tiene un alga marrón larguísima enrollada por el cuello, regalo del mar que nos estrangula.

No se sale a la mar así. Así no se saca la lancha. Somos un pez de colores en la boca del gigante, la tormenta, que nos traga. A pocos metros, a veces sí, a veces no, ya veo el barco de Antonio. Ni siquiera deberíamos haber ido a por ti. Otro se ahogaría esperando a que llegara el helicóptero, que hoy tendrá faena por ahí, por otras costas. Pero conocemos a tu familia, conocemos a tu mujer, Graciela, hemos tomado vinos contigo; a ver cómo nos mirarían, cómo nos miraría Graciela, con su pelo tan rubio, largo, orgulloso para su edad; cómo nos miraríamos cada mañana en el espejo, nosotros, los de Salvamento, dejando a un amigo en la galerna. No se sale a la mar así, Antonio. Ahora quizá nos ahoguemos los tres, sujetos a una goma de milímetro y medio de grosor rellena de aire.

El barco de Antonio. Una pequeña bonitera. Una cabina, un camarote, poco más. Me cago en tu puta madre, ¿en qué estás pensando? Los ojos de Marcos quieren decir lo mismo que yo. Los ojos, porque su voz es imperceptible enmudecida por el tronar de las laderas de espuma desmoronándose ante nosotros. Si conozco a Marcos, esperará a que Antonio esté seco y recuperado para pegarle un par de hostias, así, en frío. Sabe mejor.

La bañera de la bonitera está llena hasta arriba de agua. El nivel llega casi a la borda. Sólo la cabina, de madera pintada de verde, sobresale, bien visible, de la garganta de mar. La sal me pica en la nariz y me come los ojos, tirito pero no lo siento. Ahí está. Antonio. Sujeto por un cabo a la parte superior de la cabina, chaleco salvavidas, su pelo de anguilas pegado a la cabeza, respirando, a duras penas respirando.

Ya está al alcance, sólo hay que sortear dos ochomiles líquidos para llegar hasta él. La vieja Zodiac de la Cruz Roja se porta. Cresta, valle, cresta, valle. Será por su motor de 250 caballos o será la pericia de Marcos que se ha visto en éstas bastantes veces. Por un segundo tocamos las nubes que nos embadurnan la vista de niebla, y al segundo siguiente nos hundimos en la fosa.

Llevo en la mano el bichero bien sujeto. En cuanto puedo lo alargo y engancho la bonitera por donde puedo. Es pesada, pero la Zodiac no y al poco están ambas abarloadas. Antonio, tírame el cabo, grito. Y mi voz se la lleva un golpe de mar y acaba bajo una ola, carnaza para tintoreras. Pero él va y me intuye, hombre de mar, y suelta el cabo que le sujeta a la cabina, al oxígeno, y me lo  lanza. Me hago con él a la primera en el momento en que mi estómago se pica por una bajada vertiginosa. Lo ato a un grillete y que Dios nos coja confesados.

Antonio da pasos inseguros y malsanos sobre el techo de la cabina. Cresta a doce metros, valle hasta el infierno, cresta a quince metros, valle hasta el infierno. Llega el momento de bajar a cubierta y soltarse. Su equilibrio ahora depende del apoyo de sus piernas. No es mucho. Veo por un momento, al fondo, el muelle de Luanco y cómo las olas se pulverizan suicidas contra el espigón, la playa inundada, el muelle nuevo envuelto en espuma. Antonio trastabilla a estribor como un muñeco de acción mal hecho.  Vuelve a agarrarse, echa valor y se suelta y se sujeta de nuevo al instante por el brazo izquierdo. El viento se lleva nuestras almas y el mar congela incluso nuestros trajes de neopreno. Un blanco azulado se apodera de Antonio, titilando bajo el diluvio.

De pronto, ante nosotros, la grande. La imposible. La montaña. Nuestras pobres embarcaciones suben una pared vertical, coronan y caen como un vagón de feria, Antonio pierde el pie y las aguas lo devoran, negras y blancas.

Sujeto la cuerda con fuerza, pero la siento fláccida y triste en mis manos. Miro horrorizado a Marcos, bastante tiene él con mantener la caña. Se aferra a ella hasta con los dientes. Una pequeña sacudida: la cuerda se tensa. Sólo ha sido un segundo muy largo. Tiro de ella con fuerza y veo aparecer el chaleco rojo de Antonio, que contiene a Antonio. Escupe espuma, parece que tose pero no se le oye, aplica brazadas nerviosas que impactan en el agua como maromas cayendo a peso muerto, tiro con ganas y le alcanzo y sus últimas fuerzas las emplea para abordar la Zodiac con mi ayuda.

Suelto el bichero y nos libro de la bonitera que pronto será digerida, la abandonamos al brutal balanceo. Al inmenso negro. Marcos suplica más potencia al motor y al instante tenemos el muelle a proa. Antonio tiembla y tiembla entre el azul y el pálido, postrado a lo largo de la lancha, recibiendo espumarajos de agua sobre los ojos que no pestañean. Cresta arriba, valle abajo, cresta arriba, vale abajo.

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Al día siguiente el mal tiempo sigue azotando la costa que circunda el Cabo Peñas. No puedo estar en casa con los golpes de viento y lluvia que sacuden las ventanas. No se ve bien la tele, la antena baila en la azotea. Pero tengo 25 años. Decido forrarme de impermeable y salir. Las gotas perdigonean mi chubasquero amarillo. Son días sin sonido. Sin más sonido que el nordeste y el jarreo y las olas. Sin más olor que mar y tierra húmeda. Las calles resbalan a mis pies, abalanzándose cuesta abajo en torrentes fríos. Desiertas. Alcanzo el bar del muelle, entro y sacudo el chubasquero. Hay cuatro gatos ahí dentro. Marcos es uno. Ve deportes en la tele y toma un vino en vaso de sidra.

Pido una coca-cola y me acerco. Su barba le avejenta, pero es sólo cuatro años mayor que yo. Está en forma. No había visto un octubre más puñetero en mi vida, digo. Y lo que queda, contesta. Pero hoy no se sale a faenar y nadie hará el gilipollas como ayer. En el horizonte, a través de la cristalera que da al mar, se ven lienzos blancos enrollándose sobre una densa alfombra antracita en movimiento. Trabajo con Marcos desde hace tiempo, en esta costa forzosa, en la que de vez en cuando ocurre.

Lo de ayer fue de imbéciles, dice. Si un gilipollas me vuelve a sacar un barco con una mar como la de ayer, te juro que dejo que se ahogue, sea Antonio o sea el Papa.

Salió bien, digo yo. Y ambos tenemos razón. Y de pronto por la puerta entra Antonio con un paraguas dado la vuelta, zapateando unas katiuskas, pidiendo un cosechero a gritos desde la entrada.

Me cago en todo, dice Marcos. Y se va hacia él. Le sigo preocupado. ¿En qué cojones pensabas?, espeta Marcos. Y me acuerdo de las dos hostias que nunca le llegó a dar. Temo que ahora sea el momento. Marcos le saca una cabeza a Antonio y es diez años más joven.

Éste casi se echa a llorar. Perdonad, chavales, suplica. Y gracias, muchas gracias.

La última vez que le vimos no tuvimos tiempo de gritarle, de insultarle, de pedirle explicaciones. Lo sacamos como un fardo de la Zodiac al muelle, donde ya le esperaba la UVI móvil. Lo envolvieron en una manta térmica amarilla fluorescente y se lo llevaron al hospital.

Al verle en mitad de ese temblequeo pueril, a Marcos se le ablanda la sangre de pena. Bueno, oye, dice. Fue un susto. Yo le acerco el vaso de vino y Antonio le pega un trago largo. Parece aterrado.

Antonio, digo, que ya pasó. Pero no nos lo vuelvas a hacer. Si no llegamos a ver la bengala, y te aseguro que ha sido un milagro porque no se nos hubiera ocurrido que pudiera haber alguien tan capullo como para salir a la mar, si no hubiéramos visto la bengala ahora estarías en el fondo del océano, con tu mierda de barco.

Si ya lo sé, si ya lo sé, contesta. Graciela me ha dicho que estaba borracho y que cuando estoy borracho (muy a menudo, dice ella), hago tonterías como ésta. Y que me vio borracho ayer y que por eso saqué el barco, y que me he gastando el dinero en beber, y que por eso no he pagado el seguro del barco. Y que nos hemos quedado sin nada, el barco era nuestro medio de vida, y ahora sin barco y sin dinero del seguro. Y yo borracho. Y que lo siguiente es quedarse viuda, y que no quiere, así que se va. Y se ha ido.

¿Qué?

Que no quiere saber nada más de mí. Perder el barco ha sido demasiado. Ya no tengo nada. La voz de Antonio desagua en un pozo insondable. Le acompañamos en el beber. Le queremos hacer prometer que será su última borrachera. A los cinco cubalibres lo promete. Ella volverá, le aseguro. Es una rabieta… una rabieta bastante lógica, Antonio. Que estuviste a punto de matarte, hombre.

Es de noche cerrada cuando lo llevamos a casa y le dejamos descansar. Ahora nos sentimos culpables

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A los dos días sale el sol en el Cantábrico. El cielo tan limpio. Se llega a distinguir los Picos de Europa coronados de nieve, lejanos, sólidos, al otro lado del mar, al Este. La tempestad se ha llevado cualquier impureza que flotara en el aire y ahora no hay obstáculos para los ojos.

Me siento con Marcos en la garita de guardia. Allí tenemos los neoprenos, las chaquetas de Cruz Roja, las llaves de la Zodiac, una radio, banderas de señales, salvavidas, remos, un botiquín completo, prismáticos. Huele a salitre y a yodo. En la radio de onda corta algunos barcos comparten información y conversan. Se les oye bien lejos. Marcos coge el periódico y se rasca la barba. Yo me echo los prismáticos a la cara. Me gusta el paisaje en días como éste. La garita está en el muelle nuevo. Desde ahí, con los prismáticos se ve gran parte de la costa. A poco que sale un rayo de luz en Asturias los colores eclosionan. Agua azul intenso. Hierba verde. Tierra marrón. Nubes blancas. Roca grisácea. Y la cabina pintada de verde de una embarcación semihundida en la playa del Dique.

Anda que tiene cojones, digo. ¿Qué pasa?, pregunta Marcos dejando el periódico. Mira, mira. Marcos echa un ojo y alegra la cara.

Media hora después llegamos con la Zodiac hasta la bonitera. La bañera sigue llena de agua, pero la embarcación flota por sí misma. Ha quedado encallada en un banco de arena. Una posibilidad entre mil millones. No es nada, dice Marcos. Es probable que el motor se haya jodido al entrar agua, pero nunca se sabe. El casco está bien, vaya milagro.

¿Se lo digo yo o se lo dices tú?

Ve tú, si quieres. Yo aviso para que me ayuden a sacar el barco.

Dejo a Marcos junto a la Zodiac y tomo un sendero a pie que bordea la costa y lleva hasta el pueblo. En veinte minutos alcanzo las primeras casas y poco después estoy ante la de Antonio (antigua, contraventanas del mismo color que la cabina del barco). Tengo ganas de ver qué cara pone. Llamo con alegría al timbre. El único movimiento que se percibe dentro es el de un perro que ladra. Insisto en el timbre. Entonces escucho unos pasos que pisan escalones de madera tenebrosos. Lentos, muy lentos. Una tranca se desliza. Una llave gira, oxidada (todo se oxida aquí). Y la puerta se desplaza.

Antonio sujeta el perro por el cuello (sigue ladrando; ladrándome). No se ha afeitado. Los pelillos que le cubren la calva están erizados y tiene la camisa sucia de salsa de algo. No alcanzo a ver el interior de su casa, pero mis fosas nasales advierten que es un desastre.

Antonio, digo, no te lo vas a creer. ¡Tu barco! La bonitera ha aparecido varada en el Dique. Y parece que está sana. Ya tienes otra vez medio de vida. Graciela volverá.

Los ojos de Antonio no reflejan la emoción que yo esperaba. Más bien giran en sus órbitas. Adivino entonces que la promesa de no volver a beber se ha roto. Es probable que Antonio me vea como un jirón de vaho en sus retinas y no acabe de entenderme del todo.

Antonio, tu barco, repito. Está en la playa. El casco está bien. Marcos se ha quedado para sacarlo… ¡Tú barco, coño!

Chisss, me dice con un gesto. Ya lo sé, ya te he oído. Y se lleva la mano a la cabeza para expresar una resaca monumental.

El barco, ¿está bien?

Parece que sí. El motor quizá no.

¿Habéis entrado? Me refiero a si habéis entrado en la cabina.

No. Pero no parece que nada se haya movido. Has tenido más suerte que el Diablo.

Medita unos instantes. Parece que le cuesta asimilar su buena suerte. Pero de golpe una inquietud eléctrica le posee.

Hay que volver al Dique a ayudar a Marcos, me dice. ¿Te importa buscarme los papeles del barco? Los tengo en el armario del garaje. Yo tengo que arreglarme un poco mientras, que no puedo aparecer así. Eh, y muchas gracias. Otra vez os debo mi vida.

Por supuesto que no le niego la ayuda. La puerta del garaje se encuentra en la fachada lateral y se cierra tras de mí con una intención metálica. Estoy en un reducto en el que no ha entrado aire jamás. Me rodean aparejos, nansas, un carro de mano boca abajo, cabos, ropa impermeable tirada en el suelo,  muchos otros objetos mohosos que se ocultan bajo otros objetos mohosos y ningún coche. Apesta como si el mar tuviera sobacos. Aparto un rastrillo y una azada para poder abrir la puerta del armario, mueble viejo apolillado que se sostiene sobre tres patas. Rebusco entre recortes de periódicos, permisos, viejos carteles de las Fiestas del Carmen, decolorados, aromáticos, roídos por los ratones.

Al rato de no encontrar, grito: Antonio, aquí no hay nada. No contesta. Vuelvo a intentarlo. No me oye. ¿Estará en el baño? Me acerco a la puerta del garaje para ir en su busca. Pero no se abre. Se ha quedado atrancada. Intento empujarla con fuerza y sin éxito. Grito una vez más. Grito por úlitma vez. Me siento a esperar.

Pasan los minutos ansiosos y lentos como babosas en sal. Antonio no viene a abrirme. Miro el reloj. Ya llevo allí tres cuartos de hora. Ya te pagaré la puerta, Antonio, me digo. Rescato la azada y hago palanca con ella sobre la hoja de la puerta. Al ser  de chapa no tarda en doblarse y se desencaja. Una barra de hierro en el exterior parece ser el obstáculo. Se ha desplazado impidiendo el recorrido de la puerta. Vaya casualidad. Pero ya estoy libre. Vuelvo a respirar aire fresco. No he perdido tanto tiempo.

Pero, ¿y Antonio? Su Renault 12 descascarillado ya no está ahí.

Me pongo en marcha. Antes de embocar el sendero de vuelta a la Playa del Dique me cruzo con varios coches de policía que silban disparados tomando la curva de salida del pueblo. Llego a eso del mediodía. Desde la cima del acantilado veo, en pequeñito, la bonitera ya fuera del agua. Un tractor con uno de esos remolques la ha sacado y ahora descansa a unos metros de ella. Hay un par de municipales, dos paisanos de los que trabajan en el muelle y Marcos. Antonio no parece haber llegado aún, a pesar de la ventaja.

Según me voy acercando al barco, mis sentidos quieren paladear algo fuera de lo ordinario. Los movimientos de los hombres son allí brutos y pesados. Los rostros volcánicos. Un olor penetrante y nauseabundo, como cuando aquel calderón decidió morir en nuestra playa, bajo mi ventana, me llega hasta el estómago, un sapo de piedra en medio de este precioso día de otoño. Marcos me mira como contemplando el horizonte cuando por fin le alcanzo. Los dos policías están congregados en torno a un walkie-talkie. Los paisanos dan la espalda al barco de forma poco natural, apoyados en el tractor. Antes de que digan nada, esquivo la mano que Marcos quiere echarme al hombro. Me encaramo por la borda de la bonitera y observo dentro. Desde la bañera, aún con agua hasta el tobillo, se ve la entrada de la cabina verde. La portezuela está abierta.

Allí tendido hay un bulto largo. Algo envuelto en una sábana empapada. Cabellos largos y rubios (orgullosos para su edad) se escapan por un repliegue en el extremo, justo en un lugar en que una mancha densa rojo oscuro tinta la sábana. Restos de algas pardas, rasgadas, adheridos a la tela. Un par de moscas revolotean la mancha roja. La peste es insoportable.

Salto afuera de la bonitera y me arrodillo en la arena buscando el aire que no encuentro a la altura de la cabeza. Mis ojos trazan espirales involuntarias.

Uno de los policías se acerca a Marcos. Le oigo hablar desde unos metros de distancia.

Han llamado los compañeros, dice. Le tenían, bloqueamos la calzada. Íban a pararle cuando ha acelerado, saliéndose de la carretera (la voz del policía es lenta como el invierno). Ha roto el quitamiedo… dicen que a propósito, no sé. El coche ha caído al mar desde treinta metros de altura. No creemos que haya… bueno. El agua es profunda allí.

Intento recuperar el equilibrio y me pongo en pie. Me acerco a mi compañero que inclina la cabeza, como si eso le fuera a ayudar a entender. Me agarra el brazo.

Alvarito, me dice, la próxima vez que alguien saque el barco con galerna, que se encargue el helicóptero. O mejor, que se muera.

Pleno



Me envían al pleno. Ningún otro redactor del periódico quiere ir por razones obvias (explican). Por lo tanto me mandan a mí, al becario. Así que estoy en el salón de plenos del Ayuntamiento esperando a que dé comienzo. Ciento veinte metros cuadrados forrados de carísimos sillones de cuero y una enorme mesa corrida de madera de teka labrada con relieves de famosos futbolistas (capricho del Alcalde de la anterior legislatura). Cascos de botellas de cerveza rotos se acumulan en las esquinas, la espesa alfombra infestada de manchas policromas. Los olores se reparten el espacio como minifundistas: huele a sidrería aquí; a pachulí allí; a guiso más allá. 

Mi primera vez en el pleno. Mi primer día como periodista, cabe advertir. Me siento en el pequeño pupitre destinado a la prensa. Estiro el cuello para dejarme ver. Hola, estoy aquí, soy nuevo, quiero formar parte de sus vidas profesionales, cuidado conmigo porque mi hambre de éxito es implacable. Llevo conmigo: una grabadora digital que no estoy muy seguro de saber cómo funciona; una libreta con dos hojas sueltas; un boli bic; la promesa de que me pagarán el taxi cuando vuelva al periódico y documentación, mucha documentación. Está programado: hoy se discute en el pleno un asunto de máxima importancia sobre el que llevo informándome desde que finalicé mis estudios. Uno de esos casos que provocan alarma y al mismo tiempo curiosidad. En esta ciudad, ningún niño menor de doce meses mide más de quince centímetros.

Los niños no están enfermos, no tienen problemas de salud, presentan una evolución perfectamente normal, tanto física como intelectualmente. Pero en pequeño. Las madres los visten con la ropa de la nancy o de los madelman y les alimentan con cuentagotas en lugar de biberón. Médicos de todas las partes del mundo investigan el problema. Pero no hay rastros de tóxicos químicos en su organismo, aquí no hay centrales nucleares (no se pagó suficiente comisión al Ministerio para conseguir la adjudicación), no hay indicios de una plaga microbiológica. Y se come bien. Los científicos están desconcertados y las madres frustradas.

Dos periodistas de otros medios entran en la sala y se acomodan conmigo en el pupitre. Una chica gordita y de pelo rizado que parece muy nerviosa y un chaval muy, pero que muy delgado, con cara de boquerón frito. Ni siquiera me miran al entrar.

–¿No ha venido Javier hoy? –pregunta la chica.

–Está de baja –contesta Cara de Pescadito–. En la última sesión perdió un ojo.

–Qué suerte. Ojalá perdiera yo un ojo y no tuviera que venir.

–En mi periódico no funcionaría, ya les he dicho que tengo fibromialgia, y nada. Me alejo de ellos celándoles mientras me acerco al estrado. Conecto la grabadora al equipo de megafonía de la sala para descubrir que alguien ha escupido una rutilante flema sobre los cables. Vuelvo a mi sitio frotándome la mano en el bolsillo del pantalón.

Ha llegado la hora.

–El Secretario –avisa la gordita nerviosa.

Por una puerta entra tambaleándose un tipo barrigudo con la camisa abierta. Enseña una camiseta imperio en la que lucen sombras de color tinto. Se derrumba en una silla junto a la del Alcalde, que puede identificarse fácilmente porque en ella está grabado el rostro de Hristo Stoikov. 

–Va a comenzar… comenzar… la sesión –vocifera el Secretario dejando que el flequillo le baile sobre los ojos.

Y luego se pone a intentar cazar una mosca.

–¿El Secretario va borracho? –pregunto a mis colegas.

–Yo también un poco –responde Pescadito Frito.

En los laterales de la sala se abren sendas puertas y respetables ediles se apresuran a abarrotarla, los del partido del Alcalde por un lado, los de la oposición por el otro. Una macedonia de rostros, cuerpos y prendas. Tres melenas pelirrojas, un peluquín indiscreto, cinco barbas, una cara hirsuta y otra lampiña, 4 pares de tacones de aguja, dos rostros sonrientes, tres dientes de oro, un rolex auténtico, dos falsos, cuatro pantalones sin planchar, una falda con un goterón blanquecino.

Comienzan a arrojarse proyectiles de todo genero por encima de la mesa (tornillos, botellas vacías, frutas podridas), bandadas en direcciones opuestas que van a pulverizarse contra las paredes. Muchos pasan rozando las cabezas de los ediles que se encolerizan y certifican su parecer mediante obscenos gestos con el dedo a sus enemigos políticos e insultos que harían llorar a un proxeneta. Me escondo bajo el pupitre y tiemblo al oír un pisapapeles estrellarse sobre él.

Por último aparece el Alcalde, traje blanco impecable, sonrisa perfecta, rostro de bisturí. Los cuellos de su camisa, ligeramente teñidos de la crema bronceadora rojiza que le embadurna la cara. A su entrada se desata un combate de aplausos contra abucheos. Algunos escupitajos surcan la estancia hacia él, pero lleva un práctico paraguas que esgrime con habilidad para protegerse. Le sigue el Vicealcalde, un inmenso subproducto de la musculación indoor que viste una camiseta cuya pequeña inscripción postula: “Si puedes leer esto, aprovecha y chúpamela”.

–Queridos amigos –proclama el Alcalde un segundo antes de tener que agacharse porque una botella le roza la coronilla–. Buen disparo, Rebollo. Esta vez has estado cerca. Hoy necesito un ambiente cordial, un encuentro en el consenso, un gran pacto municipal para solucionar el problema que nos preocupa a todos.

–¡Hijo puta! –grita uno.

–Tu puta madre –contesta él.

Y se impone un vocerío que el Vicealcalde consigue aplacar a base de golpes en la mesa.

–Todos seguimos con preocupación las noticias que desde hace meses publican los periódicos –continúa el bonito Alcalde–. Tenemos una crisis biosanitaria  y no podemos perder el tiempo en pelearnos. Tiene la palabra el concejal de sanidad, señor Alejo Bermúdez.

De nuevo estalla una algarabía de aplausos e insultos que sólo el Vicealcalde es capaz de paliar a base de puñetazos en la mesa. Se levanta el concejal en cuestión, enjuto como un servicio funerario. La mesa del Vicealcalde casi se ha partido en dos cuando el concejal toma su micro.

–Después de un estudio en minuciosa profundidad de la comisión que yo mismo presido, se concluye que la responsabilidad recae de manera fehaciente en las chapuceras gestiones que durante la pasada legislatura impuso el partido ahora en la oposición y que desde que llegamos al gobierno hemos tratado de…

Un cenicero de mármol le impacta en la frente cortando de un tajo el discurso.

–¡Yo no he sido! –grita un edil opositor que fuma un habano.

Botellas, grapadoras y teléfonos móviles vuelven a granizar y los concejales se ponen a cubierto mientras dos temerarios celadores se llevan el cuerpo inconsciente de Alejo Bermúdez.

Es entonces cuando, desde mi parapeto, reparo en la presencia de un hombre y una mujer que hablan con el Secretario (que ha cazado la mosca y la sujeta en la mano). La pequeña mujer esta fagocitada por un jersey grueso de cuello vuelto lleno de pelotas. El hombre consiste en un cráneo calvo con chichón morado.

–¿Quiénes son esos? –pregunto a mis colegas, que se encuentran conmigo bajo el pupitre.

–Ah, son los de Patrimonio –contesta la gordita nerviosa. –Estudian el valor patrimonial de las casas que se derriban para hacer edificios nuevos, pero sus informes no son vinculantes. Les dejan hablar en los plenos porque los ediles aprovechan para cambiar cromos.

Entre el enjambre de proyectiles veo cómo la pareja ha tenido cierto éxito en su conversación con el Secretario y ahora se dirige al Alcalde. La mujer lleva unos papeles y los sujeta con ambas manos. Después de unos instantes de charla boca a oreja, el Alcalde le da una orden al Vicealcalde que toma una de las tablas de su mesa partida en dos y empieza a azotar el suelo con ella levantando un estruendo voraz al tiempo que grita: “¡Callaos malditos bastardos de mierda!”. Y los malditos bastardos de mierda van callándose.

–Tiene la palabra la Delegada de Patrimonio, Marisa Valenzuela– anuncia el Alcalde, al tiempo que se escucha un murmullo, esta vez unánime, de protesta.

–Estimados miembros del Pleno. La Secretaría de Patrimonio ha llevado a cabo una investigación paralela con la ayuda del Instituto Médico Stromber, cuyo director, el doctor Stromber, nos ha dado las pistas para esclarecer el misterio biosanitario que…

–Al grano, al grano –interrumpe el Alcalde mirando el reloj–, que hay partido.

–Ley de Darwin –resume ella.

–¿Eh?

–El Ayuntamiento lleva años permitiendo que se eliminen edificios antiguos para sustituirlos por nuevas construcciones. Nuevas construcciones, en su mayoría de la promotora PCRO, de viviendas de no más de diez metros cuadrados, que además se venden a cuatrocientos mil euros.

–¡Dios bendiga este país!– grita una concejala y de pronto el pleno al completo vuelve a ponerse de acuerdo para aplaudir y desgranar algún “bravo”.

–¿No lo entienden? –sigue Marisa Valenzuela–. Las personas diminutas, como los niños que abarrotan la ciudad cada vez más, son las únicas que tienen asegurada la supervivencia en un mundo como el que PCRO está construyendo. Cuanto menor talla tengan tus hijos más podrás procrear y cobijar en tu apartamento. La selección natural y la infravivienda nos está convirtiendo en un país de pulgas.

Y mientras termina su emocionado discurso, su compañero reparte un informe entre todos los asistentes, dejándome a mí también un ejemplar.

–Permítame una duda –inquiere un concejal con un fideo en la barba. –La Ley esa de Darwin, ¿no tarda milenios en transformar a los seres vivos?

–Buena pregunta. En el informe hemos añadido un exhaustivo anexo, con la ayuda del ilustre profesor Stromber que tan amablemente…

–El partido, el partido –vuelve a interrumpir el Alcalde repiqueteando en su reloj de pulsera con la punta de la uña.

–Está todo en el informe –concluye resignada la Delegada. 

Y se baja del estrado mientras su compañero intenta despertar un aplauso, se cansa a la tercera palmada y abandona la sala junto a ella con la cabeza gacha. De pronto el jefe de la oposición, Romero Bretaña, se eleva sobre los demás y, como si hubiera visto una magnífica oportunidad para lucir su swing, nos guiña el ojo a nosotros, representantes de la prensa.

–Solicito la comparecencia de la concejala de Urbanismo, Mercedes Sota.

Y una nube de protestas, palmadas, zapateos, vítores y botellazos vuelve a inundar el pleno.

–Sea –concede el Alcalde muy tranquilo.

Un inestable mutismo se instaura en el pleno ante la repentina aparición de la señorita Sota. Una mujer con pechos 110 enfundados en una camiseta de latex de la talla xs, un contendedor de colágeno, una minifalda donde el calificativo mini es más mini que habitualmente. Algún silbido revolotea entre los concejales. La señorita Sota sonríe y sacude su larga cabellera Rubia al escucharlo.

–Señorita Sota –interroga el jefe de la oposición–. ¿Es o no es cierto que lleva meses permitiendo que la promotora PCRO destruya nuestros valores urbanísticos y nos lleve a una nueva forma de habitabilidad insalubre que ha hecho que nuestros hijos…

De pronto, un compañero tan apurado que luce como un neón de prostíbulo se levanta y agarra al orador por el brazo. Le susurra algo al oído, pero está tan turbado que no se da cuenta de que sus palabras se cuelan miserables por el micrófono.

–Romero –le oigo susurrar–, que por ahí no puedes ir. Que los de la PCRO te están pagando la carrera de tus hijas y….

El resto no se le entiende porque Bretaña tapa el micro con la palma de la mano. El jefe opositor carraspea y tose, reaccionando como una rodilla a la que se aplica un martillazo. Su rostro se decolora y por la voz puede percibirse la opresión en su pecho.

–Señor Alcalde, señorita Sota –musita–, rectifico, prefiero abstenerme de preguntar.

–Pues tendrá que hacerlo –corrige el Alcalde–, porque consta en acta.

–Ya… ya… –y de repente recupera la firmeza y se envalentona–. Voy a preguntarle una cosa, señorita Sota. Una cosa le voy a preguntar: ¿Es o no es verdad que usted ejerce la profesión de actriz de películas de baja moralidad?

–¿Qué me está diciendo? –protesta ella ingenuamente–. ¡Todo el mundo sabe que soy actriz porno!

Se escuchan abucheos y vítores.

–Ya… Pues… ¡Debería dimitir por ello! –propone Bretaña y los abucheos y los vítores se vuelven más intensos y vuela un zapato y vuela un bolso y algunos golpean las mesas.

–¡Fascista! –grita ella como una alimaña herida y vuela una butaca de cuero que acaba encima del Alcalde y un concejal arranca la barra de una cortina y se la rompe al Vicealcalde en la cabeza y dos concejalas se lanzan como hienas la una sobre la otra y un edil está estrangulando a su opositor con una corbata y un tapiz se desploma sobre tres asistentes y al Secretario se le escapa la mosca y vomita y una gran cristalera se rompe y Bretaña cae abatido por una tuerca.

No sé por dónde han escapado mis colegas, no me preocupo de recuperar la grabadora, agarro el informe de Patrimonio y huyo del Ayuntamiento. Llego a la redacción y le pido el ordenador a un redactor maduro que acaban de prejubilar esta misma mañana. Me paso las siguientes horas estudiando el informe, repasando mis notas y sacando mis propias conclusiones. Luego aguanto el aliento y arranco a escribir. Tecleo sin piedad y el despacho repiquetea bajo mis veloces dedos y siento que tengo algo importante que comunica mis neuronas con mis manos, mi olfato me habla de oportunidad y me veo contratado y me veo recogiendo el premio de la Asociación de la Prensa y me veo entrevistando al presidente y poniéndole en apuros, porque soy joven y piso fuerte y tecleo más fuerte aún. Por la noche tengo un reportaje que considero que revolucionará la política municipal y el mundo del periodismo escrito. Lo dejo en la mesa del editor y me voy a dormir.

A la mañana siguiente entro en la redacción como Papa Noel por una chimenea. Mi rostro es una expresión de salud, de dicha, de profesionalidad. Ana, la recepcionista, se pinta las uñas. Me dice que me está esperando Marco sin levantar los ojos de su esmalte.

Corro al despacho de Marco Iglesias, el editor jefe. Un hombre compacto y peludo que siempre lleva polos de propaganda y que habita un cuartucho lleno de papeles amarillentos.

–¿Quieres leerme lo que dice aquí? –solicita.

Yo obedezco con una sonrisa en la boca: “La constructora PCRO, con el beneplácito del Ayuntamiento, es la responsable de la plaga de reducción de tallas en los bebés. La especulación inmobiliaria lleva a la promotora a reducir el tamaño de los pisos lo que provoca, de acuerdo con la Ley de Selección Natural de Darwin, que sólo puedan sobrevivir los especimenes humanos más pequeños. Etcétera”.

–Así que Darwin. ¿Tienes pruebas?

–Sí. El informe es claro.

–Genial. Despedido.

–¿Qué?

–¿No sabes que PCRO invierte treinta mil euros semanales en publicidad en este periódico? Anda, vete para tu casa.

Salgo de la redacción abatido. Todos mis sueños de éxito profesional, fama y dinero se van por donde quiera que se vaya lo que tiro al retrete. Me encierro en mi habitación y me arrojo a la cama como si fuera un precipicio en el que aliviar mi sufrimiento. Y así paso el día. No salgo para comer. Mi madre toca la puerta en repetidas ocasiones. Quiere saber cómo estoy. No tengo respuesta.

–¡Pero si han publicado tu artículo! –sorprende–. ¿No era eso de los niños enanos?

Salto de las sábanas como un tiburón a la caza de un surfista. Abro la puerta. Mi madre sostiene el periódico. En primera plana y a toda página, un reportaje cuyo titular es el siguiente: “La Ley de Darwin responsable de la reducción de tallas en bebés”. Debajo, una serie de anotaciones en negrita seguidas por un número de página: “Marco Iglesias, editor jefe, aclara la crisis biosanitaria”. “Declaraciones del Concejal de Sanidad: ‘La Ley de Darwin es una insensatez aprobada por el chapucero gobierno de la pasada legislatura’”. “Romero Bretaña: ‘Han tenido cuatro años para derogar la Ley de Darwin’”. “La Iglesia Cristiana del Creacionismo, satisfecha con los resultados de la investigación”. “El pleno impone por unanimidad la medalla al mérito al presidente de PCRO por construir viviendas a la medida de las futuras generaciones”. “‘Les daremos a los niños un futuro sostenible libre de leyes de Darwin’ dice el Alcalde”.

Beso a mi madre y me vuelvo a la cama.

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