Roberta me mira como si tratara de fotografiarme con los ojos. Una foto más, pensará ella. La última, pienso yo. Esquivo su mirada; no hay foto que valga. Me giro y me dirijo a la salida. Entonces habla: Roberta sale de su cueva silenciosa y habla sin parar, trata de detener lo inevitable, pretende que no me marche. Al menos, no ahora. No de esta manera.
Antes de cruzar la puerta de su piso dudo si darme la vuelta por última vez. Alcanzo a ver un lateral de la pared recubierto de posters: películas, conciertos y cosas así. Me parece distinguir a Bogart en el cartel del Halcón maltés y a Robert Smith disfrazado de araña negra. Rara mezcla, mestizaje de pared. Por un instante que patrocina el caro whisky de Roberta imagino a la araña comiéndose a Bogart y empezando a hacerlo exactamente en su mandíbula lo que provoca que sus paletos (con perdón) salgan disparados de su boca. Nada de truculencias, sólo risas que escapan a la imaginación para colarse en mi cara, para que nadie las vea y Roberta las oiga.
Me parece que ella grita cabrón, pero ya he cerrado la puerta y no estoy muy seguro. Dudo si llamar al timbre para que me lo aclare pero, después de mirar mi SeikodeoroyacerodelRealMadrid, decido no hacerlo. Son las seis y media. De la mañana, claro.
Trato de buscar un taxi; eso por haber venido hasta aquí en el coche de ella. Trato de recordar dónde aparqué el mío para que el taxi me lleve hasta allí, y me viene a la cabeza un edificio de apartamentos cercano al pub de la calle Fentanes. Puede que un poco más abajo...
No aparece ningún taxi y recuerdo vagamente alguna conversación de oficina sobre la creciente dificultad de encontrar un taxi a estas horas. Después de pensar lo de creciente dificultad, me río (parece que estoy de buenas, de no ser por el pequeño detalle de que no me he acostado, diría que me he levantado con buen pie), lo habré escuchado en algún sitio, a lo mejor el recuerdo es textual. No sé muy bien cómo recuerda uno las cosas. Aquel coche blanco... no; no es un taxi.
Más espera. Más recuerdos. Mi hermana Alicia preguntándose en plan retórico que qué es una buena persona. Yo que no respondo que para eso se lanzan esas preguntas. Ella sí lo hace y dice que la clase de personas que anteponen el bien de los demás al suyo propio, que prefieren engañarnos antes de decirnos una sola palabra desagradable sobre nosotros mismos, por más que esa palabra venga escrita en un letrero que llevamos colgado de la nariz. Pero no la lee, no. La buena persona no haría eso. No sé por qué Alicia me contó todo eso; supongo que su marido ya no la escucha. (Ahora me imagino a mi cuñado, Gonzalo, quedándose afónico de tanto escuchar. Sí; afónico del oído, de tanto escuchar. Definitivamente hoy tengo un buen día)
Hablando de días, que éste se aparece ahora mismo detrás del jardín infantil que tengo delante a mi izquierda, y por entre esos dos edificios separados por una calle y por doscientos años (año más, año menos, que para eso he estudiado). El amanecer... ya se sabe, el alba, la nueva luz del día y todo eso.
Sin rastro de un taxi y yo con pocas ganas de andar. Lo que sí se acerca es un autobús como una gran mancha roja en la calle vacía. Me fijo en que he estado todo este tiempo a metro y medio de la parada. Recorro toooooda esa distancia y oteo la señal que me indica que debería tratarse del trescientos cuarenta y seis A con barra roja en diagonal al que ya le ha dado tiempo a pararse frente a mí.
—¿Qué?—el conductor—¿Se sube o no?
Antes de responderle, me da tiempo a ver en la señal a San Torcuato, bueno, más que al mismísimo, a su calle. El trescientos y pico éste me vale, y además no he tenido que preguntarle a nadie.
Le pregunto al conductor que cuánto vale el billete y el tipo se queda como pasmado mirándome; tampoco será tan raro no saber... joder, cuánto ha subido.
Ni un alma dentro del autobús, salvo la del conductor alelado y la mía en el supuesto de que la tengamos (él tiene alguna probabilidad más que yo). La nada. Por pura pereza no llamo para avisar a alguna revista científica de que hay un agujero negro bien cerquita, aquí entre nosotros, de sábado sabadete pasadas las seis de la mañana. Demasiado pronto para unos y demasiado tarde para otros. El agujero nos absorberá al pasmado y a mí dentro de esta carcasa roja, y nos escupirá en algún otro bucle espacio temporal, puede que en Oslo a las nueve y cuarto de la noche en, digamos, cualquier calle del centro...
BASTA. Me digo mientras arrimo el culo al borde del asiento para estirar más las piernas. Desde donde estoy, puedo ver el espejo interior del conductor. Clava sus ojos sobre mí... serán imaginaciones. Vuelvo a mirar. El autobús está parado en el semáforo y el tipo sigue mirando. No hay duda.
Me incorporo levemente. Estiro un poco el cuello (aquí estoy yo no me voy a sobar y un poco de respeto a un crápula por favor) y carraspeo desde más allá de la garganta en sonido que pone en duda millones de años de evolución.
Del rojo al verde y el paquidermo con ruedas reanuda su marcha por el viejo bulevar al que alguien ilumina con luz nueva. El conductor sigue mirándome en cada parada y aún en marcha. Me da por pensar que igual ese whisky tan bueno estaba rellenado; que ¿Roberta?, lo rellena de cuando en cuando desde hace siglos, qué digo siglos, milenios, qué digo milenios...
—No me conoce, ¿verdad?
Es el conductor. O me habla a mí o es Haley Joel Osmond en la película aquélla.
—¿Eh?—balbuceo desde mi asiento, más o menos por la mitad del autobús. De los de bajarse rápido.
—Que no me conoce...
Ni siquiera me he fijado, joder. Pienso mientras contemplo lo voluminoso de su espalda: noventa y siete veces la mía. Por un momento dudo y cuando estoy a punto de ignorarlo me levanto y me siento cerca de él, en el asiento más próximo. Tengo sueño y mis movimientos son bruscos. Será eso.
El tipo se gira y le puedo ver la cara. Condenadamente feo. Más fuerte que gordo y con unas fosas nasales del diámetro del Santiago Bernabeu, frente al que ahora pasamos y que se queda en sombra por culpa de las fosas.
El conductor que ahora se calla. Miro a la derecha y veo a una pareja en la parada del autobús. Veo las tetas de ella y la calva de él. Dan un par de pasos en dirección a la acera en gesto sabido y mil veces practicado.
Levantan la mano... me entra la risa al verles la cara. Después ya no me río tanto: ésa era su parada, y éste su autobús. Cierro el silogismo después de un par de nanosegundos y miro de nuevo al conductor.
—Oiga—le digo—¿no se ha saltado su parada?
No; no me estoy transformando. La pareja que ha perdido el autobús me importa una mierda. El mosqueo va conmigo. Soy yo el que va en el autobús.
—O sea que no me reconoce—vuelve a decir girando temerariamente la cabeza hacia mí—supongo que es normal. Vamos que lo normal es que yo sí le conozca. Pero para usted yo no soy nadie.
Tanto como nadie... el único conductor de autobús asesino en serie de todo el planeta, me temo.
—Y yo sé quién es usted—prosigue—Mario... del apellido ya no me acuerdo, creo que González o algo así, y el siguiente apellido menos común. No me equivoco, ¿verdad?
—Mario González Espínola—digo de carrerilla como si estuviera en el colegio. Al poco me siento gilipollas.
—Ya. ¿Ve como no me equivocaba? Era el Espínola el que no me salía. Siempre he sido muy bueno con los nombres. Se me quedan grabados, ¿sabe usted?—me dice al tiempo que se da tres toquecitos con el índice en la sien. Ahí es donde creemos que tenemos el granero y ahí damos siempre el toque.
La cosa se pone fea. El tipo casi adivina mi nombre, y por si fuera poco, yo le ayudo a recordarlo. Ya no se trata sólo del primer asesino en serie de la empresa municipal de transportes, sino de la primera víctima que facilita su identificación, para que el susodicho serial-killer compruebe que el patrón a seguir se cumple, porque siempre tienen un patrón, ¿no? Me pregunto cuál será en este caso: ¿ser un González?, ¿que un apellido sea común y el otro no?, o, y éste se convierte de inmediato en el favorito, ser tan gilipollas como para coger de sábado el autobús de las seis treinta en la parada que está frente a la casa de ¿?
Se vuelve a hacer el silencio en el autobús. Vuelvo a observar que no se detiene en las paradas obligatorias. En la última también había alguien, probablemente otro noctámbulo.
—¿Es que no se va a detener en ninguna parada?—le pregunto.
Él no contesta. Ni siquiera se gira esta vez. Me fijo en sus movimientos. En cómo mueve el gran volante, en cómo cambia las marchas. Movimientos mecánicos y seguros. Lo del volante casi sin esfuerzo. Con esos brazos y esa espalda ya podrá. Más allá de los cristales el día sigue imparable en su empeño por traer más y más luz. A la vista de que el proceso es irreversible, decido ponerme las gafas de sol. Espero que el psycokiller no se moleste.
—Teresa—suelta el conductor con el tono de voz más grave todavía, algo así como Terminator al volante en frase para la posteridad a la que se le añaden más decibelios de la cuenta en el estudio de grabación. Sólo que aquí no hay truco. La voz le sale así; directamente de su espalda y resuena en la gran lata roja.
—¿Teresa?—pregunto con un tono situado en las antípodas del suyo. También lo es mi voz. Y más a estas horas.
Supongo que el frenazo se ha podido escuchar en Marte. Acabo con la cabeza en el asiento de delante, y me he dado con la rodilla frente a su respaldo. Instintivamente, busco tras los cristales. No veo a ninguna ancianita en el paso de peatones.
Recoloco mis huesos y trato de abrir la puerta delantera. No se puede. Salgo disparado hacia la otra. Tampoco. Le llego a dar una patada. Atino con la parte metálica. La puerta no se inmuta. Mi pie sí.
Mientras corro de nuevo hacia el conductor, compruebo que el bus arranca de nuevo. De hecho me parece que empieza a ir demasiado rápido.
Me acerco al conductor y me preparo para preguntarle qué coño pasa. Antes de hacerlo, él se gira. Su cara me acobarda y no le digo nada pero tampoco me siento. Me agarro a la barra que pende del techo.
El autobús va a toda leche. Me parece escuchar gritos desde alguna parada. Eso; aún encima, cabrearlo más. Debería hablar con él. Preguntar qué pasa con Teresa, pero la verdad es que no me atrevo.
A cambio:
—Oiga, mire. No sé qué puede estar pasando. De alguna manera me ha reconocido, vale. Yo no recuerdo ahora mismo... joder; es una locura. Discúlpeme, yo sólo quiero llegar a mi casa y acostarme...
Mi discursito no le hace mella alguna. Me ha parecido oír el chirrido de las ruedas en alguna curva. La cosa va mal. Será lo de Teresa, pero cualquiera le pregunta. Teresa... ¿qué Teresa? Ahora mismo no me acuerdo. Demasiadas mujeres, Casanova. A duras penas recuerdo el nombre de la de esta noche (Por un momento sonrío al sí recordar sus nalgas abanicándome mientras yo decidía que ése era mi último trago)
Le vuelvo a mirar y juro que le veo los cuernos encima de la cabeza. No los había imaginado así. Tan largos y formando pequeños rizos con varios salientes. Que qué me había imaginado; qué sé yo, como los de un toro... otro frenazo brusco y veo su cabeza sólo con pelo. Poco. Me froto los ojos.
—¿De dónde venía?—me pregunta mirándome.
—¿Cómo?
—¿Que de dónde venía cuando lo he recogido en la parada?
Los segundos que me tomo para contestar se hacen eternos. La eternidad de la siesta de un Dios.
Pienso en la Teresa de la que me ha hablado, pienso en los cuernos, trato de recordar el nombre de ¿? esta misma noche. Más silogismos relacionados con mujeres y con maridos siempre cabreados (hay que ver que poco fair play, señores), que me llevan a la única salida posible: una mentira.
—De ningún sitio especial... de casa de un amigo—suelto con voz de corderito degollado. ¿Degollado?
El tipo que me vuelve a dar la espalda. Veo en cámara lenta cómo su pie derecho se lanza contra el acelerador. Lo va a destrozar. El autobús que se pone en marcha otra vez. Se ilumina el rótulo de parada solicitada, sólo que con el texto cambiado por el de respuesta errónea, gilipollas.
Pienso en golpearle, pero algún instinto atávico de supervivencia me detiene. Él lleva el autobús y tiene el mando. Por no hablar de la espalda. A cambio hago algo que me cuesta menos esfuerzo y es gemir como una plañidera a la que le espera un extra si convence al viudo.
El tipo sigue sin inmutarse y yo me levanto del suelo y hago como que busco mi dignidad perdida encima de algún asiento. Si la cosa sigue así, nos estrellamos los dos y que se joda.
—Oiga—insisto—no sé qué le habré hecho—miento como un bellaco: los cuernos, Teresa... yo—ni de qué puede conocerme, pero sea como sea ya está pasado y tendremos que volver a casa, quiero decir, cada uno a la suya.
Por toda respuesta, su cara que coge el tono del autobús y su pie derecho que se empeña en hacer más músculo. Por un momento, Argüelles se convierte en el circuito de Silverstone. Me queda el consuelo que, de seguir así, alguien llamará a la policía. Unos segundos después pienso que qué coño va a hacer la policía para detener al psicópata y me desinflo. Me vuelvo a sentar.
Entonces vuelve a hablarme:
—La verdad. Tenga el valor de decir la verdad. Lo de antes ya lo sé. Quiero saber de dónde venía.
—¡De tirarme a... a una mujer, joder! Salía de su apartamento y quería volver a casa en un taxi y no pasó ninguno y...
—Ni siquiera sabe su nombre.
Por un momento me dan ganas de decir que no necesito recordar su nombre, que el nombre no me importa, que no creo que vuelva a verla y (aquí me alegro especialmente de mantenerme callado) que por lo que a mí respecta todas son Teresa...
Ni siquiera sabe su nombre Ni siquiera sabe su nombre Ni siquiera sabe su nombre
Sus palabras resuenan en algún lugar de mi cerebro, un lugar donde la fuga de neuronas ha dado paso al eco. Empiezo a pensar que son las últimas que voy a escuchar. Vamos, trata de pensar algo, algo que no empeore las cosas claro está...
—Que no recuerde—le digo— su nombre no significa nada... rubia, metro setenta, casada...
—¿Casada?
Según lo dice se gira y me vuelve a mirar a la cara. Cuando estoy esperando lo peor se empieza a reír. No sé nada de asesinos justicieros. No sabía que rieran. Ni siquiera sé si es bueno o malo. Carcajada seca, algo nerviosa.
Entonces escucho ese golpe de aire que acompaña a la apertura de las puertas del autobús. Sonido celestial. En menos de lo que tarda un gallo en abrir el pico para cantar estoy fuera.
Dos zancadas ya en la acera y escucho:
—No dirá que no le he dejado cerca de casa...
El muy cabrón sabe hasta dónde vivo, pienso mientras mis patas piden la independencia a gritos. Supongo que se tratará del presidente de la asociación de maridos cabreados o algo así.
Por un momento, y mientras sigo a la carrera, me creo un tipo con suerte mientras dejo atrás mi portal.
Fuera de sí
Reinaldo Cienfuegos desapareció por unos días y le dieron por muerto.
No se trata de una frase hecha sino que fue así, sucedió tal cual; certificaron el fallecimiento de Reinaldo y así murió con todas las de la ley, no para él mismo en cuerpo presente, claro. Ése y no otro era el pequeño detalle que chirriaba en la historia oficial.
Vale que Cienfuegos había sido un tipo bastante solitario; vale que no había formado una familia como otros sí habían hecho; vale que había descuidado las amistades que un día había tenido... pero de ahí a darle por muerto mediaba un abismo, pensó el propio Reinaldo mientras repasaba su esquela.
Era una esquela pequeña en un periódico local que él había comprado en una gasolinera cercana mientras regresaba a su casa.
Reinaldo Cienfuegos bla, bla, bla, murió a la edad de bla, bla, bla, se ruega una oración por su alma y bla, bla, bla.
Incluso había una fecha, la fecha de su entierro. El entierro imposible del vivo que lee su propia esquela y que tendría lugar en las próximas hora, tan sólo unas horas para el acto, el último generalmente, aunque no era el caso.
Miró su reloj y pensó que tenía el tiempo justo para volver al coche, regresar a su pueblo y aclarar ese absurdo malentendido.
Pero en el corto trayecto que tenía que recorrer su coche pinchó una rueda, un accidente bastante menor para quien podía estar muerto pero se resistía a estarlo.
Buscó un gato en el maletero para comprobar, como suele pasar en esos casos, que no tenía gato alguno. Tampoco una rueda de repuesto.
Pensó que como le siguiera faltando lo que necesitaba, bien podría llegar a pensar que había muerto en realidad. Los muertos no tienen nada, seguro que les falta de todo, sentenció para sí.
También pensó que, al fin y al cabo, nadie había regresado tras su muerte para explicar lo que sucede, si es que sucede algo.
Pero estaba él mismo, él mismo en carne y hueso (de hecho lo comprobó pellizcándose), estaba el coche comprado hacía ya una decena de años y estaba la maldita carretera comarcal por la que no pasaba nadie.
Ya podía haber pasado alguien, pensó maldiciendo su suerte en un día que no parecía propicio para su fortuna ya que había empezado de la peor manera posible, con su propia muerte.
“Si es que las cosas no podían haberse puesto peor”, masculló para sí.
Marcó el número de su seguro en el teléfono móvil y el propio cacharrito le respondió que no podía efectuar llamadas por estar dado de baja el número y el contrato, y que, en caso de querer utilizarlo, debía darlo de alta de nuevo. Alta que, supuso, debía ser efectuada por un teléfono diferente.
“¡Pero qué demonios!”, ya casi gritó Reinaldo, empezando a creer (con creciente enfado) que un día, por más que comience con la muerte de uno, puede ir empeorando a cada paso.
Así que dejó el coche en la cuneta y se puso a caminar en busca de un teléfono desde el que llamar.
Un par de kilómetros después dio con uno de esos teléfonos de emergencia dentro del túnel que atravesaba el gran pico local, túnel que permitía que la carretera pudiese continuar su sinuoso trazado.
Un teléfono para situaciones de auxilio, un teléfono tras un caparazón brillante con las letras S O S escritas en él: un teléfono para casos de apuro con el que acceder a la ayuda necesitada.
Un solo destinatario posible
—Emergencias, dígame...
—Hola. Oiga, verá... me he quedado tirado en la carretera. Algún problema en el coche, así que necesito ayuda.
—De acuerdo. ¿Me da el nombre de su empresa aseguradora? También su nombre y apellidos.
—Sí. La empresa es Fénix. Y mi nombre Reinaldo Cienfuegos Expósito.
—No se retire, que en un minuto le paso con ellos.
El túnel estaba oscuro como si nunca hubiera conocido la luz, apenas se podía vislumbrar la entrada. Tampoco la salida.
Tras dos minutos
—¿Perdone? —Otra vez la misma voz de antes— Me dicen que no tienen a nadie asegurado con su nombre. Que puede que lo hubieran tenido; es un poco confuso pero me temo que no se hacen cargo.
—Esto es el colmo ya... si he pagado religiosamente las pólizas y apenas he dado partes todos estos años...
—Espere. Vuelvo a intentarlo, a ver si se trata de algún error.
Reinaldo se palpó los bolsillos en busca de la cartera. Se dio cuenta de que la había dejado en el coche. Hay días...
—¿Oiga? —De nuevo la misma voz, la misma chica— Sí; mire, me temo que el asegurado que usted me dice ha fallecido. Dice usted que se trata de usted mismo, así que confío en que no se trate de una broma...
—Claro que no. Le digo que soy yo mismo, el asegurado digo, y que estoy tirado por culpa del coche.
Reinaldo optó por no mencionar nada acerca de su inminente funeral, al que llegaría tarde por culpa de la avería, le pareció más prudente no enredar las cosas ante un asunto, digamos, tan chocante.
—Si me da sus datos —volvió a hablar la chica del teléfono de emergencias—, los verdaderos datos, podría mandar a alguien igualmente.
—¡Si mis datos son los que ya le he dado!
—Sí; claro. Los del fallecido, ¿no?
—Sí, esos mismos. Vaya empeño en que me he muerto, coño.
—Buenos días señor...
La chica de emergencias tuvo ya suficiente y optó por cortar su conversación con el muerto, digo, con Reinaldo.
Vista la situación, R.C. optó por seguir caminando, no en dirección a su coche averiado, no, sino en dirección a su casa, a su pueblo de siempre, a punto ya de celebrar su réquiem.
Cuando llegó al pueblo ya era de noche y lamentó no haber asistido a su funeral, al fin y al cabo, tenía una oportunidad única, que era la de comprobar cómo serían sus exequias, ver quién va, quién no va, esas cosas.
Seguro que me hubiera llevado más de una sorpresa, dijo para sí, lamentándose una vez más de la oportunidad perdida.
Uno cree que nunca va a tener la ocasión de ver algo así, pero se ve que no se puede estar seguro de nada, como comprobaba en sus carnes, aún no putrefactas, el propio Reinaldo.
Era ya tan de noche cuando llegó que no había una luz en todo el pueblo. Parecía éste y no Reinaldo el que se había muerto.
Caminó en dirección a la Plaza Mayor. Estaba desierta y presentaba un aire casi fantasmal, muy adecuado a las circunstancias.
Por un alucinado momento pensó que tal vez sí, tal vez se había muerto, y eso era lo que había tras el óbito, pasear por tu pueblo, por sus calles desangeladas, sin encontrarte a nadie, como un alma en pena.
Cuando pensó lo del alma en pena se asustó y dio un pequeño respingo aunque también, concluyó, ningún alma en pena puede hablar por teléfono por más que sea un teléfono de emergencias.
Se sintió algo aliviado y siguió caminando hasta su casa. Metió la llave en la cerradura y comprobó que no giraba, la llave no cumplía el fin para el que existe y no le permitía franquear la puerta.
Maldijo unas cuantas veces y se sentó en las escaleras de la entrada. Sin casa, sin coche y sin documentos, y, por así decirlo, medio muerto. No; definitivamente, no se trataba del mejor día del señor Cienfuegos.
El momento no parecía el propicio para los pensamientos positivos, pero como todo sucede cuando uno menos se lo espera (y más en el día de marras), Reinaldo tuvo uno que razonó así:
“Al fin y al cabo si ya me he muerto no soy quien he sido, así que podría ser quien yo quisiera a partir de ahora. Sí; eso es, puedo ser cualquiera, sin las limitaciones de todo lo ya vivido para acabar siendo quien soy. De todas maneras tampoco es que estuviera muy satisfecho con mi vida, a decir verdad era bastante aburrido ser Reinaldo Cienfuegos”
Algunas disquisiciones metafísicas después, Reinaldo se sintió mejor y empezó a soñar con su vida fuera de aquella casa, fuera de aquel pequeño pueblo y fuera, incluso de sí mismo.
Noche de Halloween
No entiendo la estúpida costumbre de celebrar Halloween (como esa noche, la dichosa noche)
Los niños golpeaban la puerta, cansados ya de aporrear el timbre. Por un momento sentí la tentación de salir y gritarles, quizás tirarles la bolsa de los dulces, estropearles la fiesta.
Pero no hice nada de eso, no. Mi marido estaba todavía en el baño, duchándose. Pero cuando salió
—¿No han llamado a la puerta?
No respondí; fingí desinterés y me dirigí a la cocina, abrí la nevera y saqué una cerveza. La abrí y me senté en una de las sillas, apoyando la cerveza en la mesa ajedrezada, colocándola en el centro de uno de sus cuadrados.
Él, obstinado, me siguió hasta la cocina y observó mis movimientos
—¿Pasa algo?
Enarqué las cejas, ése fue mi gesto.
La algarabía que formaban los niños, y los que no eran niños, llegó desde la calle, inundando la cocina como una mala noticia.
—¿Qué es eso?
Dijo él. Como si no lo supiera.
—Ya entiendo —siguió— es la noche de Halloween, ¿no?
Asentí con la cabeza. Le di un trago a mi cerveza. Estaba casi helada y rascaba mi garganta con furia.
—No sé por qué le tienes tanta manía a la noche ésta. ¿Porque es una moda americana? Los americanos tienen sus cosas buenas, ya lo creo.
Él llevaba un jersey de cuello vuelto, de color negro. Hacía mucho tiempo que no le veía con ese jersey, quizás años.
—Mira si no las hamburguesas, ¿están buenas las hamburguesas o no lo están? Con mucho queso, tomate también, un poco de mostaza...
Ni siquiera me molesté en contestar. Tenía que saber que ya hacía varios años que las detestaba. Ni siquiera me llegaron a gustar nunca como a él, pero, pasado un tiempo, las odiaba profundamente.
—... Y el cine, ¿qué me dices del cine? Son los putos amos.
Por un momento estuve tentada de contestarle . Podía haber dicho que hacía ya demasiado que no íbamos al cine.
Bien podíamos haber ido al cine esa misma noche. Pero no creía que se hubiera puesto aquel jersey de cuello de cisne para ver ninguna película.
Llevaba también los pantalones que mejor le sentaban, unos beige con algo de pinza; él se los había lavado dos días antes; lo sé porque los había visto en la secadora.
Los pantalones y el jersey.
—...Woody Allen. Él... él es americano.
Sentenció su ridículo discurso. Con Woody Allen. Ésa fue su manera de terminar el discurso pro yanki . Pude haber jurado que sacaría a Woody Allen. Aunque Woody Allen no hubiera existido, habría hablado igual de Woody Allen.
—¿No dices nada? —Sonrió por primera vez— Woody es mucho Woody. Y neoyorquino de pura cepa.
Los zapatos que él llevaba eran nuevos. De color negro, desentonado un poco con los pantalones, pero, por otro lado, iban con el jersey de gran cuello. Los zapatos parecían brillar.
Él era muy predecible con esas cosas. Mirarle era como mirar un libro abierto y observar las letras, las palabras, las frases y los párrafos con una gran lupa. Así era él a todas horas.
—Veo que hoy estás de pocas palabras
Había algo nuevo en él, en el aire. Sí; era su perfume. No lo reconocí y quizás él esperaba que le preguntase. “Oh, cariño, colonia nueva, ¿te importaría decirme la marca?
En casa se quedaría el aroma de su ausencia.
Sí. Me pasaría toda la maldita noche oliendo aquello. Sin poder pensar en otra cosa. La puñetera noche de Halloween y aquel perfume. Los niños, los gritos y aquella colonia. Las calabazas, los caramelos y aquella maldita esencia con algo de limón, puede que jazmines también.
—Tengo que salir. Ya te lo había dicho, ¿no?
Ven lo que les decía. El libro abierto por la página exacta. Y con el párrafo subrayado en rojo.
—... Es trabajo, querida. Puede que no lo parezca, pero es así, de verdad, y no creas que no preferiría quedarme aquí contigo, en nuestra casa y ver un rato la televisión. Un plan tranquilo, ¿eh?
Mientras hablaba recorrí con el dedo anular la base del botellín de cerveza, no sé cuántos círculos pude dibujar.
—... De verdad; me canso de tanto trasnochar, de tanta cena de negocios. Porque son negocios, ¿sabes?, siempre son negocios. Nos guste o no, eso es lo que sucede, cena tras cena...
Me besó la frente; un beso fácil, uno seguro, sin muchos riesgos, una póliza a la baja donde el capital invertido permanece asegurado.
Negocios.
La escena, toda esta escena, duró lo que un botellín de cerveza. Un tercio de litro. Él salió después de la cocina y pude ver cómo caminaba hasta el salón, después siguió caminando hasta la entrada, abrió el armario, sacó uno de sus abrigos y salió sin más a la calle
—¿Truco o trato?
Un niño, o, mejor, varios niños le preguntaron a gritos. Estaban apostados tras la puerta, agazapados como las hienas en la oscuridad del Serengetti.
—¿Truco o trato?
Volvieron a gritar; él les respondió que trato, que no sabía muy bien en qué podría ser el truco, pero que no se arriesgaba, que, sin duda, trato.
Un hombre de negocios, claro.
También les dijo que lo único que llevaba encima era dinero. Que con el dinero se podrían comprar las golosinas que quisieran . O puede que no dijese golosinas, y dijese caramelos, no lo recuerdo.
A ellas, a las hienas, les pareció bien. Uno de esos bichos moteados dijo que por la mañana podrían salir a comprar, que el dinero estaba bien y así, al día siguiente, podían seguir disfrutando.
No lo dijo exactamente así, pero así como es como lo entendí yo desde la cocina, frente a la cerveza terminada.
La puerta, al fin, se cerró, y pude oír todavía algunas voces como de cascabel ; también varios gritos. Puede que alguno de esos carroñeros golpeara, levemente, la puerta.
Pensé que a podrían haber dejado alguna clase de marca en la puerta. Esos pequeños viciosos marcarían la casa que cumple con lo debido y la marca podía ser una cruz que la exime de peligros, al menos, por esa noche.
No sé a qué hora sería cuando él regresó, pero yo aún estaba despierta. Le estaba esperando.
Nada más abrir la puerta le golpeé con el botellín en la cabeza. Con todas mis fuerzas. Él cayó desplomado pero yo no podía saber si estaba vivo o muerto. Me agaché y vi que tenía los ojos cerrados.
Fui a por uno de los cojines del sofá del salón, del sofá color crudo con los cojines como chocolatinas sobre él. Bien; cogí uno de esos cojines y lo aplasté contra su cara, uno, dos, puede que cinco minutos. Tenía que cerciorarme y nadie, ni siquiera él puede dejar de respirar tanto tiempo.
Ya no respiraría más.
Después volví a la cocina y cogí la cuerda que había preparado y la escalera metálica que teníamos para cambiar alguna bombilla, para hurgar en el maletero de la gran casa de los techos altos. Al volver al salón, él estaba tirado en el suelo, frente a la puerta de entrada, como un muñeco abandonado. Era perfecto, las piernas y los brazos parecían haber perdido su simetría original. El muñeco destartalado.
Abrí la puerta y me aseguré de que no hubiese nadie en la calle, los chalés como dormidos. Serían ya más de las cuatro y no pasaba ni un alma por la urbanización y todavía había restos de Halloween por los suelos, brillantes papeles que envolvieron caramelos y cosas así.
Precisamente hoy leí la noticia en el periódico. Estaba en la terraza, tomando el sol. Desde ahí puedo ver parte de la isla, quiero decir que puedes darte cuenta, desde mi terraza, de que realmente vives en una isla.
La noticia del periódico hablaba de él, y hablaba de Halloween también. Ya los ingredientes pueden resultar terribles por separado, pero, unidos, parecían cambiar de signo, como los números negativos que, multiplicados, , oh sorpresa, dan lugar a un nuevo número, éste, positivo.
Pues bien, la noticia hablaba de que lo que había parecido, a los vecinos, un adorno de Halloween, había resultado ser un cadáver.
El cadáver de él.
Tres días. Eso era lo que habían tardado en darse cuenta de que él, con su ridículo jersey de cuello negro y los brillantes zapatos a juego; él, con el pelo revuelto tras la noche de juerga y el botellín en la cabeza; él, el marido infiel e inoportuno; él, ya digo, no era un adorno de la noche de los muertos, el resto colgante y aún tapado por los árboles vecinales no era un colgajo de la fiesta, el resto simbólico de la noche residencial de la urbanización de la buena vida.
La buena vida.
Cuando me cansé de tomar el sol salí a la calle y caminé hasta el único cine de la isla. También era una suerte que echasen una de Woody Allen. No; si al final, él iba a tener razón.
Un Van Gogh
Todo empezó con un
viaje a Amsterdam. Nunca he sido muy viajero pero Pedro, en el trabajo, llegó a
ponerse muy pesado
—Que sí, tío, que
aquello es el paraíso: sexo, drogas, todo liberalizado, ya sabes. Yo voy cada
vez que puedo. Alguna vez sin Rebeca, ¡eh!, aunque también con ella. Te lo digo
porque está bien ir solo, no como a otros sitios que son un coñazo, ya me
entiendes...
—Ya...
—... Porque tú
irías solo, ¿no? Vaya, no me quiero meter, que a lo mejor te acompaña un
colega, pero no una mujer porque no tienes pareja, ¿verdad?
No le respondí. Él
sabía tan bien como yo que no salía con nadie. No desde que me dejó Isabel.
Quizás a ella le hubiese gustado viajar a Amsterdam. Y no sólo a Amsterdam,
supongo que cualquier otro sitio más o menos lejano a Madrid hubiese valido
—Te coges—siguió
diciendo Pedro—un par de días y te vas. Te pegas un fin de semana largo, ya
sabes. Merece la pena; yo lo sé bien. Además, ahora hay vuelos tirados de
precio y te vas por nada. Los hoteles son un poco caros, pero con lo que te
ahorras del avión los puedes pagar.
—Siendo así...
—Una pasada, ya te
digo. Te vas al barrio rojo y alucinas... por la calle te venden todo lo que
quieras, no te tienes que preocupar de buscar nada; ya verás que aquello es el
paraíso...
No sé si me
convenció o si quería que parase de hablar. El caso es que en ese momento nos
conectamos a internet. Allí mismo, en la oficina. Utilizamos su ordenador, que
estaba más preparado para esas cosas.
Antes me estuvo
enseñando varias páginas porno, pero sólo las que tenía en su lista de
favoritas
—Mira; de éstas
hay en Amsterdam las que quieras. Y las ves, tío, eso es lo más grande de todo.
Las ves allí, en los escaparates y tú mismo decides; no hay más que dejarse
llevar, que hable el gran jefe, el pequeño dictador, tú ya me entiendes...
Sin resolver la
duda sobre si mis motivaciones provenían de mi curiosidad o de mi necesidad de
silencio, le pedí que me buscase los vuelos. Fuera por lo que fuese, el caso es
que encontró uno de esos viajes baratos. Tenía que salir el viernes a las siete
de la mañana y regresar el domingo a las doce de la noche.
—Voy a tener que
madrugar mucho más—se me ocurrió decirle—que para venir a trabajar.
Tendría que estar
en el aeropuerto antes de las seis así que calculé que tendría que levantarme a
las cuatro
—Sólo a ti se te
ocurre pensar en eso, joder. Que te vas a Amsterdam—deletreó entonces la
palabra, sólo que terminando en ene como el Ampurdán—no lo olvides, tío, no lo
olvides. Ya verás que pronto se te olvida el madrugón cuando estés allí.
El despertador
sonó obstinado durante cinco minutos. A las cuatro en punto. Demasiado tarde
para unas cosas, demasiado pronto para otras. Además, había tardado en dormirme
más de lo habitual, pensando en el
viaje. Estuve a punto de apagarlo y seguir durmiendo. En ese momento Amsterdam
me importaba poco y me parecía demasiado lejano. Incluso la idea de ir me
empezaba a resultar desagradable.
Tenía mucho
sueño y pensaba en quedarme en Madrid y
aprovechar esos mismos días que ya había pedido para arreglar algunas cosas en
casa. Me vi a mí mismo contándole a Pedro algunas mentiras sobre el viaje y
fanfarroneando sobre lo no vivido. Sería fácil. Él acabaría por contarme su
experiencia previa y yo tendría que limitarme a corroborar su visión de aquel
paraíso.
Seguía fantaseando
con la idea de no ir mientras ya me estaba tomando un café bien cargado. Poco
después estaba camino del aeropuerto.
Llegué a Amsterdam
a las nueve y media. Tomé en el mismo aeropuerto un autobús que hacía su ruta
por muchos de los hoteles de la ciudad. También por el mío.
Al llegar,
comprobé que el hotel estaba bastante alejado del centro. Por allí no había
luces rojas ni nada parecido. Por lo visto, en esa zona había varias
universidades y un barrio residencial bastante grande. Igual que el de
cualquier otra ciudad.
También supe por
el recepcionista que el hotel estaba bastante cerca del barrio de los museos.
Pensé en Van Goh. Sabía que allí estaba el museo de Van Goh. Dónde si no iba a
estar...
Siempre me había gustado
Van Goh. No es que yo conozca a muchos pintores, pero sí a él. Era mi pintor
favorito; ya sé que lo es para mucha gente, pero eso a mí me daba igual. Me
gustaba desde que había visto cuadros suyos en un libro de historia del arte.
En la biblioteca del colegio.
De eso de Van Goh
y de ir a su museo no le había dicho nada a Pedro. Tampoco es que me hubiese
dado opción. Era capaz de tomarme por maricón si le hablaba de pintura mientras
él me hablaba de sexo. Y de drogas también.
Me llevó más de
media hora llegar al centro. Muchos canales. Más bicicletas todavía. Holanda...
Al caer la noche
me acerqué hasta el barrio rojo. Al principio me dio vergüenza ver a las
mujeres en los escaparates. Las había en ropa interior, con las tetas al aire,
y completamente desnudas también. Me dio por pensar que las que estaban
desnudas eran más baratas, pero puede que fuese al contrario. Todas aquellas
mujeres... allí estarían acostumbrados, pero a mí se me hacía raro. Caminaba
por la acera frente a esos ventanales mirando de reojo, como quien no quiere la
cosa.
Frente a uno de
aquellos escaparates estaba una pareja. De unos cincuenta y con buena pinta.
Por los abrigos, sobre todo por eso. Miraban a la chica del ventanal con
atención y con total naturalidad. Estaban abrazados mientras la miraban. Él
tenía su mano en el hombro de ella. Y ella la suya en la cintura de él. No
había nada raro en su comportamiento.
Verlos allí me dio
confianza. Le daba a aquello de mirar a las chicas un aire como de andar por
casa. Quizás debería ser así. Me situé al lado de ellos y miré a la chica del
escaparate.
Llevaba una
braguita de encaje blanco y las tetas al aire. Por un momento le di la razón a
Pedro. Aquello estaba realmente bien: la chica, las luces rojas, aquel lugar...
Me pareció bastante
joven, como de veinte quizás y tenía una larga melena castaña. Cuando se giró,
pude ver que le llegaba a la mitad de la espalda. Demasiado larga, puede que un
postizo. La idea del postizo me excitó. No sé muy bien porqué, pero lo hizo.
Seguí allí, contemplándola,
un buen rato. La chica no te mira, no mira a nadie; no sé muy bien dónde lo
hace. Quizás mira a un extremo del propio escaparate, así se producía el efecto
de tener la mirada perdida. Supuse que no pensaría en quienes la miramos ni
nada de eso. Lo haría en sus cosas, sus historias. Eso la distraería.
Recordé entonces a
Isabel. No había estado con ninguna mujer desde que ella me había dejado. Pensé
que ya había llegado el momento.
Cuando ya me había
decidido, la pareja que seguía a mi lado se dio un beso corto en los labios y
se dirigió al portal que estaba al lado del escaparate. Al cabo de unos
segundos, la chica se marchaba y dejaba el escaparate vacío.
Me marché de allí
y busqué un sitio donde cenar. Cerca de allí me paraban cada dos por tres para
ofrecerme toda clase de sustancias alucinógenas. Eran ya casi las nueve y los
estancos seguían abiertos.
Me metí en un bar.
Uno cualquiera. En la puerta me paró un tipo de dos metros; me dijo que
esperara. Mientras lo hacía vi la gran humareda que allí había. Yo nunca he
fumado y pensé que me había equivocado de local. Cuando volvió aquel gigante y
me dijo que sí había un sitio para mí, estuve a punto de salir corriendo. Pero
no lo hice, no fui capaz de decirle nada y acepté sentarme en una mesa pequeña
situada en el centro del local, en el corazón mismo de aquella gran nube. Todos
fumaban a mi alrededor, la mayoría porros. Creo que llegué a colocarme.
Cuando llegó el
camarero tenía el hambre de un oso tras el letargo. No tenían nada de comer,
tan sólo servían bebida. No sin cierta euforia a pesar de la situación le pedí
una copa de whisky.
Al día siguiente
me levanté con dolor de cabeza. Cuando bajé a desayunar, el turno ya había
terminado. Decidí acercarme hasta el barrio de los museos, cerca del hotel y
fui hasta allí dando un pequeño paseo. El aire era húmedo y traía un olor a no
sé qué, puede que a tulipanes. Aquello era realmente grande y pude ver desde la
distancia varios edificios muy diferentes entre sí. Museos, sí. Pero a mí sólo
me interesaba uno de ellos, el de Van Goh.
Era el edificio
más moderno de todos cuantos allí había. Era sábado, así que tuve que hacer una
gran cola para entrar. Me entretuve mirando a la gente que esperaba comprar la
entrada como yo. No hablé con nadie.
Media hora después
estaba dentro. Quería ver todo el museo, todos los cuadros. La mayoría no los
había visto nunca o, cuanto menos, no los recordaba. Pero había otros que sí.
Me sentí bien viendo esos cuadros. De los que me acordaba, digo, por haberlos
visto antes. Estaba uno de esos auto-retratos. Y un campo de girasoles. Una
iglesia de noche también.
Pero sobre todo
estaba aquel campo de trigo con todos esos cuervos sobrevolando. Sí. Aquel
también lo recordaba. Supongo que era el que más me había gustado cuando leí
aquel libro en la biblioteca cuando era niño. El cuadro de los cuervos; así era
como lo recordaba.
Seguí mirando los
demás cuadros del museo. Al final los vi todos, pero quise volver a la segunda
planta y mirar aquellos cuervos en el campo de trigo. Seguía siendo mi
preferido tras la visita.
Me quedé frente a
él, mirándolo como si fuera nuevo a cada mirada mía. En el cuadro era de noche;
una noche amenazadora que parecía cernirse sobre el trigo y sobre los cuervos
como un peligro, quién sabe cuál.
Sonó un aviso por la megafonía del museo. Estaba a
punto de cerrar. La sala donde yo seguía se quedó vacía.
Entonces lo hice.
Todo pasó muy rápido. No fue algo que pensara mucho, simplemente lo hice. Me
acerqué hasta el cuadro y lo descolgué. Después me lo guardé bajo el abrigo y
metí las manos en los bolsillos sujetando el cuadro. Miré a ambos lados de la
sala; seguía sin haber nadie.
Ni siquiera cogí
las escaleras para bajar. Fui hasta el ascensor, pulsé el botón de bajada y
esperé hasta que se detuvo. Bajaban también otras tres personas a las que
saludé con un hello. Creo que seguía sin pensar en nada, sin pensar en lo que
estaba haciendo, simplemente quería salir de allí. Hubiera tenido que salir de
allí de todos modos; aunque no llevase el cuadro quiero decir.
Lo hice por la
puerta principal, la misma por la que había entrado horas antes. Lo hice así,
sin más, igual que si no llevase el Van Goh bajo el abrigo. Pero sí lo llevaba.
No me detuve a la
salida del museo y empecé a caminar en la dirección que creía la correcta. Sin
mirar atrás. No miré hacia atrás en ningún momento. Ni aunque hubiese escuchado
una explosión a mis espaldas lo hubiese hecho.
Seguí caminando en
dirección al hotel. No podía ir a ningún otro sitio. Lo hice de modo mecánico,
con la mirada clavada al frente, tratando de no pensar en lo que estaba
haciendo.
Llegué al hotel
sin novedad. Una vez en la habitación me desabroché el abrigo y saqué el Van
Goh. Lo puse encima del escritorio, apoyado en al pared. Me tumbé frente a él,
en la cama, y lo volví a contemplar. Un camino surcaba el campo de trigo, un
camino de tierra que, sin embargo estaba pintado en granate. Y en verde
también, como el verde de las olivas.
Puede que fuera
entonces cuando pensé en lo que había hecho. Me había llevado mi Van Goh favorito
de su museo y lo tenía frente a mí en la habitación del hotel. Nadie parecía
haber visto nada, nadie parecía haberme seguido. Me sorprendió que ninguna
alarma hubiese sonado, nada. Qué sé yo de seguridad y de electrónica. Quizás
hubiese fallado algo, a veces cualquier pequeño detalle, un cable, un botón,
puede desarmar un complejo sistema. No somos perfectos. Lo único que sabía es
que el cuadro estaba allí, conmigo.
Ya no salí más del
hotel. No más Amsterdam, no más museos, no más barrios rojos ni escaparates
iluminados. Creí que no debía salir de la habitación dejando allí el Van Goh,
mi Van Goh. Esa misma noche colgué el cartel de no molestar y ya no lo retiré
hasta mi marcha. Avisé en el hotel de que me quedaría en a habitación más allá
de la hora en que tendría que dejarla por culpa de una repentina indisposición.
No pusieron ningún problema.
Hice la maleta
cuando llegó la hora. No me hacía gracia la idea de llevar allí el cuadro pero
no tenía otro remedio. Mullí el equipaje con las toallas del hotel,
asegurándome de que el cuadro fuese bien protegido.
Esa vez fui en
taxi al aeropuerto. No quise coger el mismo autobús de nuevo. Al llegar allí,
facturé la maleta en el mostrador de mi compañía aérea y entré en el área de
embarque sin novedad.
Mientras me tomaba
un café pude ver el titular de un periódico que otro hombre leía. Era un gran
titular con las palabras Van y Goh y otras más que no entendí porque estarían
en holandés, pero que podía intuir mejor que nadie. Desde ese momento se me
hizo más larga la espera.
Finalmente
embarqué en el avión que debía llevarme a Madrid. Desde mi ventanilla vi cómo
metían el equipaje en el avión. Vi cómo lanzaban las maletas y cómo las
manejaban. Pensé en mi cuadro.
No lo pasé mucho
mejor en la recogida de las maletas. La mía salió de las últimas y, por un
momento, temí que hubieran descubierto el cuadro.
Pero no lo habían
hecho y llegué con mi maleta a casa. Saqué la ropa, las toallas del hotel y,
cuidadosamente, el cuadro. Estaba intacto, exactamente igual que cuando lo
descolgué en el museo.
Me sentí aliviado
al verlo. Le pasé la mano por el marco como si lo acariciara. Esa misma noche
descolgué el cuadro que me había regalado mi madre y que tenía en la pared del
salón. Ése tenía que ser el sitio del Van Goh; el lugar central de la casa, su
nuevo hábitat. El antiguo inquilino de la pared era una escena de caza con
perros, caballos, zorros y cosas así. Uno de los perros se había enganchado del
cuello de un zorro y no parecía querer soltarlo.
Entonces puse el
cuadro. Hoy ya sé que fue el último que pintó Van Goh. Poco después de hacerlo,
moriría, pobre, enfermo, medio loco. Yo no sabía que había sido su último
cuadro cuando me lo llevé del museo, de verdad que no. Lo cogí porque era mi
favorito. Sólo por eso.
He pasado muchas
horas mirándolo desde entonces. Hoy en día lo sigo haciendo. Descubro cosas
nuevas cada vez o, al menos, eso me gusta creer. Como si se pintase cada mañana
de nuevo. Como si se pintase para mí. Hace unos días descubrí una nueva mancha
de color. En el camino que cruza el campo de trigo, bajo uno de esos cuervos
que lo sobrevuelan.
Hay días en que yo
mismo no me puedo creer que tenga un Van Goh en mi casa, en mi salón. Nadie lo
sabe, no puedo decírselo a nadie. Una noche de copas estuve a punto de contárselo
a Pedro. Quería ver su cara cuando se lo dijera, así hubiera entendido lo bien
que aproveché el viaje a Amsterdam. Pensé, mientras el vodka me hacía efecto,
que así no se reiría más.
Pero no lo hice.
Fue mejor así. Nadie debe saberlo, nadie debe enterarse de que está el Van Goh,
el último Van Goh, en mi casa. Por ello pensé que sería mejor que nadie viniera
a verme aquí. No quería tener que sacar el cuadro cada vez que viniese alguien
a verme. El cuadro se queda en su pared
También estoy
seguro de que ha sido una buena idea cogerme una excedencia. Por ahora, seis
meses, después ya veremos. Empezaba a ver cosas raras en la oficina. No
confiaría en ninguno de ellos, no después de mi viaje a Amsterdam. A veces me
parecía escucharles hablar a mis espaldas. Cuchichear y cosas así. Hay que
estar alerta, nunca se sabe.
Como ahora que
llaman a la puerta. Suena y suena el timbre. No es la primera vez que sucede y
tampoco en esta ocasión pienso abrir. Con un Van Goh en el salón, ni que me
hubiera vuelto loco.