s bastante curioso, pues si nos guiásemos por lo que cada uno de nosotros se merece (como si Dios al fin nos entregase una vuelta por nuestra felicidad o nuestra tristeza), yo debería escribir acerca de los últimos meses de mi adolescencia, para que así en un futuro quizás me tocasen algunos momentos de buena suerte. Pero ni siquiera recuerdo que en las primeras épocas de mi madurez inconclusa hubiera habido una sola cosa que estuviera a la altura de lo que este mediodía yo desearía decir. Y así, siendo mi cronología una masa homogénea de alegrías y de tristezas mediocres, contarán mis verosímiles pasajaes (amén que mi Editor no esté de acuerdo) otra tristeza más de mi vida homogéneamente triste.
Añado aquí, para que mi Juez acabe por aceptar que también Él es importante para mí, que muchos corazones han ido pretendiendo ver su nombre inmortalizado en los párrafos de esta leyenda. Cual aves de paso ellos vienen a mi vida y se marchan tras mi desilusión. Pero no consiguieron con su insistencia otra cosa que mi temprano alejamiento, persuadiéndome con dramáticas escenas, palabras críticas antes que correctivas, a que se quiebre mi promesa de haberles dedicado un capítulo de esta antología. ¿Qué habrá de mágico en estos párrafos confesores que unas personas fueron capaces de dar palabras que de antemano sabían no cumplirían? Quizás a cambio de que sus nombres figurasen en este doloroso tomo de tapa increada, fue que escuché las ofertas de algún S.O.S. que venía del otro lado de mundo, tentándome a que aceptara sus ayudas para el final recuentro con el amor de mi vida. Yo no pensaba en aquel momento que alguien podría tomar tan ligeramente las verdades de este texto que seduce consciencias ambiciosas. Cuando las ahogantes desilusiones empezaron a abrir la puerta de mi desingenuidad, ya fue tarde y yo no pude borrar de mi memoria a los que mintieron para nada. ¿Qué ansiedad fustiga las riendas de algunas mentes? Torciéndose hacia el lado de la deshonestidad, algunos me sirvieron en bandeja la ilusión de que me ayudarían a llevarle noticias mías a ella. El color del trigo, sí. Una desconfianza privada (que no dejé que se me note hasta el último momento) me concedió la despreciada verdad. Y aunque en ese momento no lo reflexioné, luego pensaría en la situación ridícula que esos espíritus representaron para mí. ¿Con que finalidad alguien puede ofrecer lo que no hará? Sin nombrar la desconsideración por los instantáneos desánimos que me vendrían, sin considerar que se sumaría al gran dolor de no verla nunca más el dolor que sentí al saber que existe en el mundo tremendos desubicados: personas que que quieren conseguir, a través de la vacía mentira, participar entre las salteadas líneas de mi historia solamente para satisfacer su perecedero capricho. Pero una satisfacción efímera, pues nada le significará después de los primeros momentos de haberlo conseguido: Yo figuro en la Leyenda de los Cinco Principitos. ¿Y luego qué? ¿Qué valor puede tener aquella alma? Ante la insatisfacción que les causa su propia vida (me arriesgo a decir, si sigo las huellas del dolor que unos han dejado en mis entrañas), los egóticos pretenden vivir en sueños ajenos. Y no es por aparentar ser un ángel, pero siempre procuré que mis fracasos y aún mis escasísimos triunfos, tengan grandes dosis de legitimidad. Y en cambio algunos: estuvieron dispuestos a ensuciar con la mentira o el engaño la historia que yo intento mantenga (ya que la felicidad aquí no es abundante) la mayor integridad que la honestidad pudiera darle. ¿Son los impulsos bien ideados una tentación para los corazones carentes de aventura propia? Mi vida es dolorosa, pero es mía.
¿Estará bien aclarar que necesito con urgencia un corresponsal valiente? Un corresponsal que no cuestione mi pasado, pero igual tener la seguridad de que me entiende, amén de sus silencios. Un corresponsal acompañante que no cele los imposibles días de mi legado, para que yo conserve la libertad de contar lo verdadero, y así no busquen mis textos la complacencia, por el temor al severo juicio de mi lector, que promovería mi incomodidad. Sin temor a ofender o a lastimar ningún corazón (salvo el de mi Censor) con las confesiones de mis más secretos amores. Necesito un corresponsal que no este dominado por ese orgullo que distorsiona la practicidad, alguien que me diga lo que quiere sin especular con mi curiosidad. Alguien con el corazón suficiente para considerar antes que parar demandar nada. Y necesitaré toda la libertad que alguien puediera darme para la redacción. Pues el relato de estos recuerdos es para mí más que duro.
Pero también he de aclarar aquí otro punto: Las prosas que no tienen corresponsal o destinatario me cuestan más. Además de ir navegando por los reveladores océanos de mis caligrafías sin curso ni guía, al no tener mis notas un destinatario digno, me domina una tremenda pereza, pues sospecho que se desperdiciarán en el anonimato y no me esmero demasiado por construirlas. En cambio cuando hay alguien que vale la pena, enseguida se me ocurre hacerlo participe en esta moraleja de mi vida. También se me ocurre que deberé aclarar que me gusta dilatar todo lo posible las prosas de esta leyenda, por una razón que lejos está de mi propia vanidad o de mi jactancia. Quisiera que si alguna vez esta narración (leal curadora de mis vergüenzas) llegara a los ojos inquisidores de alguna popularidad que se interese más en las formas que en el contenido, que se interese en revisar esta historia por sus barroquiales líneas decorosas antes que por el intrínseco nudo que reúne los distintos extremos de la antología de mis peores catástrofes autodestructivas, quisiera que leyeran con deleite y esperando siempre lo que dirá el renglón artificial que siempre prosigue, quisiera que esta narrativa quedara terminada lo más clásicamente que pueda, por el hecho de que considero de suma urgencia que otros Yo proyectados en otros cuerpos humanos, otros iguales a mi Yo pasado unos dos años de este minuto, hayan sido atraídos hasta aquí aunque más no sea por mi esmerada gramática, y sigan como cuesta abajo estas sintaxis hasta la frase final que yo inventaré cuando algunos años más hayan pasado desde que un punto diminuto y negro concluya esta idea presente. Pues lleva tiempo edificar sobre las ruinas.
Pero por suerte estas aquí, querido e invertebrado Corresponsal. ¿Imaginas lo mal que sería para cualquier compositor dedicar todo esto para la soledad? Y sin embargo no poder detenerse por la simple razón de considerar una responsabilidad irrenunciable esta certeza de que otros necesiten de ese fastidioso tejido de palabras que nunca acaban, para ser advertidos de lo denigrante, de lo vergonzoso, de lo ruin que puede llegar a ser el humano cuando elije bajar los brazos ante las bayoneetas de la depresión, iguel que un soldado a punto de ser tomado prisionero.
Me desmoralizo cada vez que imagino a lo que me deberé enfrentar algunos renglones por debajo de esta prosa creadora
Una sensación de libertad tuvo para conmigo gestos que no termino de entender si son de súplica, agradecimiento o un recordatorio que sirve como advertencia. Pero ya sin más cuestionamientos o dudas (salvo la pregunta: si en un futuro seré capaz de resistirme a una nueva oportunidad), cuento aquí, todavía en combate, acompañado por mi alma que se fragmenta en recuerdos de tristeza, pérdidas y arrepentimientos y (ya nuca dejará de haber en mí) vergüenzas… Cuento aquí (decía antes) las imágenes que me han quedado de esa noche.
L
a parrilla de Victoria era lo de Vicky para quienes llevaban tiempo yendo a la esquina. Así que esa noche elegimos quedarnos en el barrio en lugar de ir a embocar rayadas y lisas en el billar.
Miguel y Soledad ya se habían saludado antes de que nos sentemos. Los minuteros habrían avanzado cinco posiciones cuando Fernando se acercó de la calle directamente a la mesa, mientras Miguel bajaba las tiras del pasado vacío con otra medida de vino tinto, como si ellas fueran la merca, que cuando terminada la gira castigaba nuestro pecado con un irreversible acristalamiento en todas las articulaciones. Y entonces los bebedores licuaban su químico efecto con indigentes tetrabricks de Uvita o (quienes frecuentemente nadaban en una élite de ruines edificios portentosos) consumiendo inmedidamente las botellas de Ballantain hasta que la relajación de sus afectadas falanfes curaban dislexias.
A al poco de presentarlos Beto ya le preguntó sin sutilezas por un cigarrillo de marihuana. Pasaba que Beto se había acostumbrado a identificar las electricidades que pasaban por el alma de los consumidores. Fernando no le ofreció marihuana, pero en cambio le dijo en rconocibles códigos que podía sí conseguirle toda la cocaína que quisiera. Los ojos Miguel Ángel demostraron un entusiasmo parecido al que tendría un buscador de tesoros cuando por fin pisa el umbral de la roja X orientativa. La justa desconfianza que Beto tenía incorporada quiso dejar bien cuánta velocidad pondría Fernando en aquella peligrosa diligencia secreta. ¿Rápido-rápido?, le preguntó. ¿Ping-pong?
En lo de Victoria la movida se perpetraba de una manera distinta que aquellas en las que estuve involucrado. Si con Gustavo uno se comía las uñas pensando que no regresaría, pensando en si no habría encontrado alguna cosa mejor que le hiciere preferir el engaño y el robo (pues también era un robo lo que nos hacía) a volver para tomar con nosotros, pues Fernando en cambio hacía la cosa rápida. Como posteriormente lo haría con los chicos de la plaza, Fernando trajo dos bolositas después de que Miguel le pasase el dinero por debajo de la mesa confidencialista. Y así las ajetreadas manos de Miguel Ángel tocaron las palmas de mi demonio.
Después que Fernando nos trajo la consumición, con Miguel ritualizamos una estúpida ceremonia, una sobremesa de las patologías. Y en mi inocencia (piensen ustedes, lectores de mis lamentaciones) en mi inocencia perdedora y engañadora, invité a Fernando para que se subiera con nosotros, yo hubiese experimentado calidez en su compañía. Pero sacrifcó la experiencia para irse a trabajar, y nos dejó que la disfrutásemos solos. Yo no lo pensé como ahora, pero en aquel momento intentaba sobornarlo para que conociera mi casa pagándole su adicción. Sin embargo antes de irse me prometió visitarme otro día. Le escribí mi teléfono en el ticket angosto que acompañaba nuestra cena. Y lo perdimos cuando se esfumó en el auto acelerando en dirección al capitalizado centro de Buenos Aires.
Cuando iba al lado de Miguel siempre tenía miedo de cruzarme con Mónica o con algún otro vecino. Miguel andaba dando voces a cualquier hora del día. O si no íbamos caminando y asustaba a los que se nos cruraran, destacan el miedo que les producía nuestra herida apariencia. Se descargaba de sus hogareñas insatisfacciones estirando su derecho a la locura todo lo que su inteligencia le permitiera. Esa noche, que por el frío ya se interpretaba como madrugada, dejamos restos de vacío en los platos de Victoria, y nos dirigimos a mi inconcurrido piso de Pehuajó con apresurados por la falopa.
Estaba acostumbrado a entrar en casa y recostarme en el opaco sofá estirado. Pero de pasada, al atravesar el pasillo, como cuando la equinosis contaminaba con depresivos dolores los detestados instantes de mi vida, yo miraba oblicuamente al espejo contorneado con simétricos rizos de hierro y reojeaba mi semblante en el cristal encerado. Pero esa noche no reparé en costumbres. Entramos y nos avalanzamos sobre el exquisito fumé de la mesa forjada. Habitualmente, en las distintas rondas, siempre lo hacíamos sobre un plato. Pero el cristal de mi mesa era tremendamente tentador para un consumidor. Como una especie de lujo para los ilusos drogadictos. Primero se pasaba un trapo húmedo en la mesa y luego se secaba, a fin de que el aire direccionado que pasaba por el canuto limpiara cautelosamente la superficie del vidrio. Suponiendo que esa noche habían sido 4 las rayas de cocaína, ubicadas al principio elegantemente, el área de la mesa que habíamos elegido para tomar, no superaba el radio de un plato del almuerzo o la cena. Dividí el primer papel en dos mitades sin haber utilizado el encendedor para moler la piedra de cocaína. Utilicé, creo, una tarjeta de teléfono que estaba rota por uno de sus cortantes cantos. Tal vez Beto se imaginaba lo que sucedería, pues me miraba con esa expresión de “no hay más remedio”. A su recurrente manera, Beto también era un hombre correcto y respetuoso. Miguel ya había preparado el canuto con una esquina de una hoja Rivadavia, que me había sobrado de no recuerdo qué carpeta o qué anotación. El canuto debía tener las dimensiones de un rulero de mujer. Miguel armaba siempre uno para cada uno. Sobre el fumé estaban las 4 babosas blancas y rugosas. Perdóname, por favor, dije pensando en Mía antes de snifar la primera vez.
Como el selvático rugido que se extiende en atmosfera africana, Resurgió entonces en mi fallecido pecho aquel hálito de vida que había permanecido desmayado en el limbo de mi alma. Otro prendido que quise mucho me dijo una vez: Yo prefiero que la primera sea gordita. Luego me quedo lleno para toda la noche.
De los años pasados, donde mis primeras reuniones empezaban a filtrar mi concepto de las virtudes humanas, algún que otro perdido cocaínomano se había creado teorías acerca de la eficacia con que la pulverizada droga afectaría al tomador dependiendo de las dimensiones del canuto. Me explicó con total conocimiento y finura que un sake “pegaba” mejor cuanto más delgado quedaba el papel enrollado. También me explicó la contraproducencia si acaso el papel quedaba dando un aspecto cónico. La forma de un canuto bien hecho debía tener unos 6 ó 7 centímetros de largo, y el diámetro de uno de esos sorbetes con los que tomábamos el Colacao que nos sirvía mamá o aquellos comerciales que nos servirían en un combo de Mc Donal´s. Y me continuó explicando que el canuto debía introducirse en la nariz todo lo que se pudiera. Aquel hombre, trataba su autodestrucción con una delicadeza que admiraría a cualquiera. Cada uno de nosotros vivía la ceremonia del consumo de una manera distinta. Y yo esa noche, luego de 4 orgullosos años de abstinencias, desenfunde un lado de mí que por lo general nadie sería capaz de notar.
Te decía, mi Querido, unos párrafos más atrás, que el ritual de peinar el papel (pero los ritos son necesarios), a mí me poseía. Primero separé en 4 líneas todo el debatiente gramo, mientras un terror se iba apoderando de mí: era ciego el virus de la adicción que aún no se había disuelto del todo como para desarraigarse del torcido país de mi patología. Y hacía fuerza por dominar el tránsito de mi vida. Dos años han separado el fortuito presente de aquella noche, y aún el parásito subconsciente que mis tentaciones sembraron en los cultivos de mi alma, lucha para que no le mate con los curadores bombardeos de mis descripciones prosaicas. También es por vergüenza. Parece que el virus de la morbosidad diluye los malos recuerdos que testifican sobre las abominaciones de nuestra personalidad más primitiva, para que así uno no se entere de lo dañino que pudo haber sido mientras se encontraba bajo una absurda sumisión frente a las órdenes de sus miserias.
Cuando ya la habíamos acabado (siempre con Miguel Angel Cancelo utilizábamos otro término que más estaba a la altura de nuestra enfermedad: liquidado), comencé a buscar más entre los restos de los canutos y los celofanes, que para decir algo más, esa repulsiva inmundicia me hubiera dado bastante asco en otras épocas más elegantes de mi vida; pero también más cobardes.
Mi pensamiento era sencillo: creía que aún podíamos conseguir dos generosas líneas más. Yo no me sentía satisfecho con aquella mala efervescencia que produjeran en mi pecho las dos traicioneras larvas, que fueron esfumadas del cristal a lo largo de 5 minutos. Luego, sobre el fumé que yo quise tanto se quedaron selladas las pruebas de nuestra irresponsabilidad: en el diámetro antes dicho quedaban piedras y manchas gomosas con sabor de frialdad al mismo tiempo que de dulzura. Entonces yo me permitía mendigar aquella suciedad raspando las marcas con la tarjeta, y con cada pasada acostumbraba detener la muñeca para dar unos golpecitos con la punta de la tarjeta en el vidrio, para que así cayeran sobre la mesa las piedritas que habían quedado imantadas al plástico. Por eso escarbaba siempre en los posibles lugares de donde se podría haber recolectado alguna piedrita extraviada, cuando al aspirar algunas sobras volaban en direcciones irónicas. También desenrrollaba el flemoso canuto, y limpiaba una y otra vez su enrulada superficie, presionándolo entre la mesa y la tarjeta. También confundía con la droga minúsculas partículas de la hoja. Para juntar todo lo que me imaginaba que había, empezaba a pasar la tarjeta sobre el vidrio. Imagínate ahora, mi Firme Testigo, una navaja que le saca filo a una madera. Pues la acción del raspado esquizofrénico sería más o menos la misma. La mesa era la madera que se rascaba con el canto de la tarjeta, y en cada raspe iban apareciendo virutitas de cocaína.
Así intentaba yo peinar una erosionante rayita sobre el fumé, arrastrando con la tarjeta de Beto algún resto de cocaína que hubiera sobrevivido a nuestras inhalaciones. Con mirada de forzado intelectual que se moría de ganas de llorar y también se moriría de ganas de consolar ese llanto con otro “pase” de cocaína, yo – Damián Nicolás López Dallara– me quedaba en la mesa con la tarjeta en mi mano izquierda, acariciando el vidrio fumé. Si vale el símil, mis movimientos eran parecidos a los del repostero artesano que alisa la crema de las tortas con una espátula. No sé si es mi ego el que ametralla con ráfagas de ideas los ventrílocuos de mi corazón. Pero desecho tantas definiciones y selecciono la que menos impresión intuyo que puede causarte, Fiel Testaferro de mis degradaciones. Hacer eso era lo que me hacía peor. Después, algunas veces lograría evitarlo, preparando una taza de café llena de agua e inundando la evidencia de mi locura apenas consumía el último pase. Dos o tres veces multiplicaría el sainete de mi psicología hasta que Tú me pusieras freno con algún que otro regaño de mi solitario acompañante.
La cocaína nos daba la sensación de ser los protagonistas de una vida en la que lideraban los códigos y los misterios. Se podría decir que luego contábamos mejor la noche. Si uno está enganchado siempre se las ingenia para tomar: algunos robarían desprotegidos pasacassetes rompiendo la digitalizada cerradura de un Vols Wagen violado, otros engañarán a otros tomadores con delirios de su propia historia, para enternecer a los que siempre tenían un pase para convidar. Otros pretenderán (como lo pretendía mi Fantasma querido pero olvidado) hacer a otros dependientes de mil elogios tan improvisados como vacíos. O si no podemos entrar en el baño de un bar o de alguna estación de servicio, poner un poquito de ese rapé sobre la concavidad que se forma entre el pulgar y el índice, alzar la montañita hasta la nariz… y mientras se siente esa felicidad por lo que vendrá, esa felicidad por la felicidad ilusoria que tendremos por un momento, se aspiraba con toda la fuerza hasta que quedaba un gusto a frescura pura de los ríos, donde acaba el conducto que lleva el aire y comienza el paladar.
Ahora voy entendiendo. Mientras somos adictos no nos damos cuenta y pensamos que es la droga quien nos esclaviza. Pero lo que verdaderamente pasa es una locura. Es peor que una mujer. Pues aquella sensación placentera que en los mejores casos dura 15 minutos, crea una devoción incorrespondida hacia el empalagoso ritual de los consumos.
Pero el sacrificio del dinero y la sensación de poder que experimentaríamos en tan poco tiempo, merecía al menos buscar un billete y hacer un canuto para sentir que se estaba en la ceremonia. Ahora entiendo lo que decía Don Juan: La yerba del Diablo da la gloria a los hombre demasiado pronto, sin prepararlos para el poder.
Miguel mostraba una tremenda incomodidad viéndome tan miserable. Pero igual no decía más que un vamos o un insufiente dale que no me contenía la locura. Y antes de entrar en la convulsión salimos para airear nuestra innecesaria enfermedad. Para decir verdad yo deseaba quedarme en casa a conversar con Beto. Pero una vez instalada la vergüenza le acompañé a la Juan B. Justo esperando encontrarme con alguna broma compensadora que le aliviara sus pensamientos que merecidamente me condenaban.