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Barreras Alconchel, Miguel (Lobachevsky)

Aún te preguntas

Aún te preguntas

Seudónimo: Lobachevsky

Aún te preguntas por qué le mantuviste la mirada unos segundos. No era odio, pensaste en aquel momento, tal vez curiosidad. No lo supiste entonces ni ahora lo sabes. Estás seguro de que no era soberbia ni arrogancia.

Él sabía lo que le iba a pasar. Ellos no se molestaron en ocultarlo. Dos hombres grandes –ya los conocías de otras veces-, de mirada oblicua, vacía, lo sujetaban de cada brazo. Habría caído de bruces si en ese momento los hombres lo hubieran soltado, tal era el ángulo agresivo de su cuerpo frente al tuyo.

Él sabía lo que le iba a pasar pero no le temblaban los labios. Inclinado hacia delante te clavaba la ira de sus ojos, pero no te insultaba. Parecía un rostro decidido a la furia y, al mismo tiempo, se mostraba confundido, humillado.

Chimo acabó de contar el dinero.

- Está bien – se despidió de los hombres.

Y os fuisteis.

Creías haber advertido la venida de la noche, pero al salir por la puerta del garaje te sorprendió la oscuridad lechosa de la calle. Aún volviste para enfrentarte con él por última vez. No para pedirle perdón, tal vez para llevarte de recuerdo su cara de desconcierto y compararla con la que habías analizado unas horas antes, en el restaurante donde lo viste por primera vez. Pero ya los hombres se lo llevaban. A rastras. Gritaba:

- ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¡Soltadme!

Aquel mismo día, unas diez horas antes, por la mañana, Chimo y tu reñíais a gritos, sin golpes, en el cuarto de estar de vuestro piso de alquiler, sucio y destartalado. Los dos os echabais la culpa de haber perdido la última papelina. Si hubierais tenido fuerzas, si a alguno de vosotros se os hubiera ocurrido que en la cocina quedaban aún cuchillos afilados, que una pistola estropeada se congelaba en el frigorífico, allí mismo os habríais partido el alma. Pero Chimo ya temblaba y tú sudabas exageradamente, y el vecino de arriba aporreaba con la escoba vuestro techo y la vieja de al lado subía el volumen de su tele hasta hacer temblar la vidriera del armario antiguo que tocaba su pared, y la mujer de abajo insultaba a sus hijos, cabrones, que soy unos cabrones, y les pegaba, y os chillaba que iba a llamar a la policía, y una sirena volaba por el asfalto tal vez con el primer fiambre yonqui de la mañana y una cucaracha huía del escándalo por una hendidura del suelo y el casero casi tira la puerta exigiendo el dinero de los cuatro últimos meses que, naturalmente, no teníais.

- Sé que estáis ahí, cabrones. ¡Abrid o llamo a la policía! ¡Pagadme de una puta vez!

Luego vino un momento de calma. Sólo el estruendo de la tele de la vieja, como un silencio nuevo.

Os concentrasteis entonces en la única vía de salvación: vuestros móviles. Los colocasteis erguidos en la mesa, apoyados en sendos vasos, vacíos y sucios, y los contemplasteis devotos, como a dos santos reducidos. No quisiste imaginarte los rezos de Chimo. Te concentrabas en el parpadeo de las lucecillas y recordabas el sonido tantas veces oído y sudabas hasta que los ojos te escocieron y tuviste que ir a lavarte la cara.

- Al igual nos hemos quedao sin bate, Carlos.

Cuántas veces le habías dicho al imbécil de Chimo que hablara bien, que se reservara sus particulares expresiones para cuando alternara con sus colegas, que cuando trabajabais no era conveniente manifestar tan claro su conciencia de clase, de clase pringada. Nunca te hizo caso.

Para evitar el ansia de su rostro, su boca desdentada, imaginando sin esperanza que la actividad te liberaría del sudor agobiante, cogiste tu teléfono y marcaste el número del de Chimo. Al primer sonido, Chimo se abalanzó sobre él sin acertar con la tecla adecuada. Ya habíamos comprobado que no era cuestión de batería, pero él descolgó, confundido:

- Passa, Alex. ¿Hay algo? ¿Qué hay?

Le permitiste tres o cuatro frases más. Querías demostrarte que todavía quedaba gente más desesperada que tú.

- Pero Chimo, tío, que soy yo, Carlos. Y estoy aquí.

- ¿Dónde? ¿Dónde estás, Carlos?

Confundía las dos voces.

- ¿Para qué me llamas? ¿Has pillao algo?

Le quitaste el móvil de la mano, lo colgaste y le metiste debajo de la lengua una pastilla. Le obligaste a tumbarse en el sillón.

Todavía os quedaban algunas pastillas. Seis. Ahora cinco. A Chimo prácticamente no le calmaban. A ti sí, pero querías conservarlas, como el que, cuando se está ahogando, sabe que siempre puede abrir la ventana aunque la deje cerrada.

No sabrías decir cuánto tiempo pasó hasta que sonó el móvil de Chimo. En el abismo del desconsuelo el tiempo no se mide; en el mejor de los casos se reduce  a dos palabras: antes y después.

Tú estabas en la cocina, buscando alguna infusión por los armarios. Chimo se te anticipó:

- Sí, Alex. Sí. Te sigo, tubo, te sigo. Sí, entiendo. Una persona. ¿Una o dos? Pero, ¿a quién quieres, Alex? Dímelo ya, tubo. ¿A quién quieres?

Le quitaste el móvil de la mano. Chimo asumió que, en ese momento, hasta un perro entendería mejor que él cualquier tipo de mensaje.

Alex quería antes de las ocho de la tarde dos riñones. De la misma persona. Así que exigía una persona entre dieciocho y sesenta años. Daba igual hombre o mujer.

- ¿Por qué la misma? ¿No te valen dos? Cobraremos lo mismo.

- No es lo mismo, Carlos.

- Pues claro que no es lo mismo. Venga Alex. Os los llevamos al garaje. Os los pasamos ya inconscientes. Los pilláis con una máscara, les ponéis más inyecciones, hacéis vuestro trabajo y, al día siguiente, aparecen en un banco del parque con un riñón de menos, pero vivos, y sólo se acuerdan de la cara de Chimo. Y ya está. Pero siguen vivos, Alex. Están vivos. Aquí nadie ha matado a nadie. Pongamos que los intermediarios somos una ONG, un fórceps de solidaridad, unos llaneros solitarios distribuidores de riñones, unos donantes sin fronteras. Todos lo interpretamos como un préstamo a la humanidad y seguimos viviendo felices y contentos. Venga, Alex, que no es lo mismo un riñón más un riñón que dos riñones. No es lo mismo, Alex, coño, no es lo mismo.

- Ya sé que no es lo mismo, Carlos, ya lo sé. Pero no me discutas. Me han dicho una persona, y una será. No quieren problemas de incompatibilidades. Además, un tipo sin riñones canta menos que una rana en el Mar Muerto. ¿Entiendes? Y del resto, siempre sacaremos algo de los despojos. Un corazón, un bazo. En fin, no sé si lo ves, pero es obvio que es mejor negocio una persona que dos. Si no me traéis el material antes de las ocho de la tarde, despedíos de trabajar más conmigo. Ya sabes dónde, en el garaje detrás del almacén de alfombras.

- Oye, Alex, pásanos un poco de perico. Chimo está muy disperso.

- Id al Paralelo y preguntad por Lobachevsky. Controlad, que no quiero problemas. Decid “Euclides” y os pasará unas rayas.

Lobachevsky era un tipo sin sonrisa. Blanquísima la cara. Gris y grave, no ocultaba la amargura. No pasaría de los cuarenta. Un jersey negro de cuello alto le daba un aspecto atemporal. La nariz, grande, le crecía entre las cejas, delgadas y oscuras, casi parecían pintadas, como los ojos, negros, pequeños, inquisidores.

Dijiste “Euclides” y él sacó de su levita una bolsita con la droga.

Chimo se la quitó de la mano y su pulso tembloroso pergeñó sobre una mesa de cristal cuatro líneas poco paralelas.

Tú, mientras, intentabas disimular calma cuando te encontraste con los ojos de Lobachevsky.

- Dime, joven. ¿Cuántas paralelas a una recta pasan por un punto exterior a ella?

Le sostuviste la mirada y te tomaste tiempo para contestar.

- Depende.

No se le alteró el rictus quebrado de la boca, pero sus ojos sonrieron.

- Ven a verme cuando necesites trabajo.

Te metió dos papelinas en el bolsillo de la camisa y se fue.

La coca os puso a cada uno en vuestro sitio. Chimo se quejaba del frío de la pistola aún gélida sujeta por el cinturón a su barriga y tú calculabas las horas que faltaban hasta las ocho de la tarde.

Chimo quería acabar cuanto antes.

- Al primero que pase por esta esquina le meto la pipa en los riñones, le obligamos a subir al coche y, en un cuarto de hora, acabamos. Aún nos da tiempo de plantarnos a cenar en Donosti.

Chimo no sabía que la pistola no tenía balas.

A ti la coca te había instalado en un paraíso mental en el que te sentías seguro y poderoso. Te creías por encima del azar y no entendías cómo los individuos que pasaban delante de ti no se postraban de rodillas y te rogaban piedad o te agradecían que les perdonaras la vida. Quisiste prolongar el placer de la incertidumbre y le anunciaste a Chimo:

- Esperaremos hasta después de comer.

- Pero, ¿de qué vas, tubo? ¿De qué vas? Déjate de martingalas, tubo, pasa de comerme el tarro. Yo no tengo hambre, tubo. Paso total de comer. Vamos a pillar al primero que pase y a vivir, tubo, a vivir.

Era claro que mantener un mínimo de rigor con ese tipo resultaba imposible. Así que hiciste un pacto contigo mismo.

- Mira, Chimo. Voy a entrar a comer a ese restaurante. Tú me esperas en el bar de la esquina. Siéntate en la mesa de la cristalera. De aquí a una hora, salgo con la persona elegida. La seguimos, la cazamos y acabamos la faena.

- Pero, ¿qué dices, Carlos, tubo? ¿Qué me dices? ¿Estás colgao o qué te pasa? Venga, tubo, vamos a acabar ya con esto.

Sacaste una parte del regalo de Lobachevsky y lo agitaste suavemente a la altura de sus ojos desordenados.

- Mira, Chimo. Entre café y café, te vas al lavabo y te entretienes con esto. ¿Vale?

- Vale, Carlos. Vale, tubo. Total, una hora más, una hora menos.

Y te arrebató la bolsita de la mano.

- No tardes mucho, ¿vale? Que el café me da taquicardia.

Cuando entrabas en el restaurante eras consciente de que otorgabas al azar un margen excesivo, casi infinito. La persona elegida iba a comer o estaba comiendo ahí. Eso afinaba el grupo de los factibles a unas dimensiones prácticamente infinitesimales. Mientras te lavabas las manos, intentaste una clasificación grosera de todos los grupos que acababan de salvarse. De haber tenido más tiempo, hubieras diseñado un muestreo más consistente.

Acariciaste la papelina que te quedaba en el bolsillo trasero del pantalón y eso te dio la firmeza suficiente para erigirte en juez único del concurso oposición al que los comensales de ese restaurante estaban convocados sin saberlo.

Nunca habías estado en ese local. Un lugar limpio y con mucha luz, las servilletas de tela, con uniforme las camareras y sonrisa como de cobrar algo más que el salario mínimo. Elegiste una esquina del salón. Sólo perdiste de vista un par de mesas con cuatro comensales en cada una. Fuiste consciente de que la camarera que te propuso la mesa vacía les había salvado la vida a aquellas ocho personas.

Ya sentado fue la sensación de siempre cuando comes solo en un restaurante, algo entre molestia y alivio.

El primero en el que te fijaste era un tipo gordo, calvo, con perilla, que ocupaba la mesa de tu derecha. Hojeaba una revista de astrología mientras devoraba un plato de garbanzos. Te preguntaste casi sonriendo si aquella revista le revelaba que su vida, en ese momento, corría peligro, y que dependía más del antojo de un tipo desquiciado que de la posible alineación o no de algunos planetas más o menos lejanos. Debió de sentir de algún modo tu mirada, porque levantó los ojos de la lectura y te miró como preguntándote si os conocíais. No era así, ciertamente, pero su mirada te recordó a la de un profesor de la facultad que no te amonestó cuando te descubrió en un examen pasándole la traducción de latín a Soraya, una compañera de carrera que nunca te devolvió el favor.

No tenías prisa. Había más gente en el comedor. La camarera que vino a preguntarte qué comerías te sonrió con la mirada mientras permutaba la posición del cuchillo y tenedor. Le dijiste que no importaba el orden. “No importa, soy zurdo”, eso le dijiste y ella te contestó sin mirarte “Yo también”.

Mientras esperabas la ensalada que habías pedido de primero te fijaste en una pareja, dos mesas más allá de la tuya. No se hablaban. Ni se miraban. Al hombre le debía de molestar el nudo de la corbata porque no dejaba de estirarse el cuello de la camisa. Ella se había quitado el zapato del pie derecho y se frotaba de vez en cuando el talón en la pierna izquierda. Los dos se mantenían muy erguidos sobre la mesa. Él sudaba. Seguro que unos charcos de sudor le empaparían los sobacos, aunque conservaba la chaqueta puesta. Ella parpadeaba demasiado, como si se le hubiera metido algo en un ojo o le molestara el rímel de las pestañas. Pensaste que podías elegir a aquel tipo. Y que de paso, tal vez le hicieras un favor a la mujer del pie descalzo.

Pero aún tenías tiempo y seguiste escrutando al personal.

Quedaron desechadas dos mesas ocupadas por sendas parejas de ancianos. Aunque no habías olvidado la cota de edad que te habían impuesto –menos de sesenta años-, pensaste que no estaría mal raptar a los dos, a cualquiera de las dos parejas. Se les veía felices y relajados, como sabiendo que ya habían cumplido con su cometido en esta vida. Llegaste a pensar que les harías un favor si facilitabas su desaparición simultánea, evitándoles el sufrimiento de asistir a la pérdida del otro, el profundo e irreversible desconcierto de quedarse sin su pareja. Pero te habían dicho una persona de no más de sesenta años y éstos eran dos y ya pasaban de los setenta.

De inmediato descartaste a dos tipos que comían con la boca abierta y bromeaban con la camarera zurda. “No te creas que el mono éste es de trabajo. Es que nos han invitado a una fiesta de disfraces y  nos lo estamos probando para ver qué tal nos sienta”.

Vino a sentarse en la mesa de tu izquierda una mujer muy delgada, morena, alta. Tú esperabas el segundo plato cuando ella, antes de pedir, sacó del bolso un libro que empezó a leer. No te costó descifrar el título: Laplace, el matemático de los cielos. Qué curioso. Te sentías custodiado por un tipo que se devanaría los sesos intentando interpretar su carta astral y una mujer desentrañando el significado de ecuaciones diferenciales que pronostican el curso de los cuerpos celestiales. Y ninguno de los dos consciente de que tú, sólo tú, decidías o podías decidir el futuro de sus riñones, de su existencia, la suya y la de sus familiares, la de sus amigos, independiente de que nuestro planeta viaje en una elipse de floja excentricidad o de que el día del nacimiento del gordo, del embarazo de su madre o la voluntad de concepción de su padre se produjera en solsticio o equinoccio.

En ese momento te hubieras quedado con el hombre de la mujer del pie derecho descalzo. Habías acabado el segundo plato, casi sin empezarlo, lo que te obligó a una disculpa a la camarera zurda. “¿No te ha gustado?”, te tuteó. “Si quieres te podemos hacer cualquier otra cosa”. “No gracias, muy amable. Es que no tengo mucha hambre. ¿Me traerás un café, por favor?”

Más sencillo resultaba cazar al gordo de la perilla, el amigo de la astrología, pero cada vez que lo mirabas te surgía la cara del pnn de la facultad, haciendo que miraba hacia otro lado, para evitar denunciar tu copieteo.

Pensabas que Chimo ya se habría pulido la papela que le habías colocado y aguardaría impaciente pensando que te habías olvidado de él.

Habías desechado una mesa en la que comían tres personas. Uno, que no descuidaba su aspecto y parecía mandar, con otro hombre de su edad, unos cincuenta años, y un joven que debía de ser el hijo del jefe. Éste tenía un aire de chulo putas, un reloj de pulsera de un amarillo hiriente, una sortija de las que llaman sello en un dedo de la mano derecha. Miró tres o cuatro veces de arriba abajo a la camarera y fumaba sin parar aunque en el local se advertía de que estaba prohibido. Te pareció éste una pieza más apropiada pero parecía muy complicado hacerse con ella. El amigo de la astrología tenía entonces un pie en la tumba cuando llegó un tipo joven, no más de veinte o veintiuno, saludó al trío del putero y compañía y se sentó a comer con ellos. El chaval te cayó mal desde el principio. Cogía el cigarrillo con el índice y el pulgar, descaradamente miró un par de veces los pechos de la camarera, le daba palmaditas en el cuello al chaval con el que comía, le levantaba la voz al amigo del chulo putas y a éste lo trataba como si fueran colegas de la mili. Era un tipo muy moreno, de ojos muy grandes y negros. Era guapo y él lo sabía. “Déjame a mí al Parrado, que va a durar en la empresa lo que una mierda en un terraplén”. Insolente, fue el término que te vino a la cabeza después de tres o cuatro minutos observándolo. Ésa era tu pieza, pero, en compañía de los otros tres, la cosa parecía complicada.

Pero pasó que los otros acabaron pronto de comer y tuvieron que irse. Dejaron así solo y a tu merced al individuo para el sacrificio. El repentino silencio y la luz intensa eran casi tus amigos y te distanciaban del resto y te dejaban solo con tu dolor de estómago, tu elección y tu cansancio.

Pagó la víctima y le guiñó el ojo a la camarera zurda y ésta le devolvió una sonrisa. Por un momento pensaste cambiar de mártir pero no sabías a qué hora salía la chica y tampoco te sentías fuerte para soportar la intensidad de sus ojos negros cuando le metieras la pipa en la cintura.

El individuo se había metido casi una botella de tinto y dos carajillos. Casi eran las cuatro cuando salió del restaurante. Te vino perfecto el rumbo que tomó: justo el bar de la esquina donde esperaba impaciente Chimo, ya con las llaves del Seat Málaga temblándole en el índice de su mano izquierda. También él era zurdo. No os costó nada que se metiera en el coche. Sobre todo, la patada en los testículos con la que Chimo le advirtió resultó motivo suficiente para que el tipo se doblará sobre sí mismo y en un arrastre leve fuera instalado en el asiento de atrás, con la pipa en tu mano derecha, todavía fría, presionándole el costado izquierdo.

Y así fue cómo redujisteis al chaval moreno de ojos negros.

El viaje duró poco, pero él aún pudo quejarse os habéis equivocado, qué queréis de mí, yo no tengo nada que ver con vosotros.

Y era cierto que nada tenía que ver con vosotros. Pero tú pensaste, así es la vida, chaval, aunque no dijiste nada.

Os esperaban en el garaje. Y con la profesionalidad que todos conocíais lo arrastraron hacia la puerta metálica que otras veces habíais visto sin traspasarla nunca.

Chimo contó el dinero y aún os entretuvisteis asistiendo al desconcierto del reo.

Le propusiste a Chimo la papelina que te quedaba de Lobachevsky. Había un bar cerca del garaje. Dejaste a Chimo en los lavabos mientras pedías unos cafés en la barra.

En la tele del bar un astrólogo vaticinaba futuros inmediatos a televidentes inquietos cuando los dos tipos del garaje te agarraron por los sobacos y te sacaron a rastras sin que nadie, en el bar, hiciera amago de protesta.

Allí, en la acera, te esperaba el índice señalador del chaval del restaurante.

-Probad con los riñones de éste. Puede que los suyos sí sean compatibles.

-Yo que pensaba que ser diabético era una putada y, mira por dónde, a ti te ha salvado la vida, chaval.

Así se despidió uno de los matones del joven, feliz y excitadísimo.

-No hace falta que te diga que de esto mutis total, ¿no?

-Vamos, Carlos -te consoló el otro.- Hoy no tenías los astros alineados.

Aún te queda tiempo ahora, antes del final, para preguntarte por qué mantuviste la mirada del joven moreno unos segundos, antes de abandonar el garaje, detrás del almacén de alfombras.

Clara, otra vez

Clara, otra vez

Seudónimo: Borel

No hay casualidades sino destinos.

No se encuentra sino lo que se busca.

Ernesto Sábato

P

arece necio o místico, o al menos arriesgado, negar la casualidad. Llámese capricho del destino o accidente, fatalidad, ventura, acaso o carambola. Y poco o nada conveniente disimular la trascendencia de algunos corolarios que, a veces, ocasiona. Casualidad es pasar al lado del árbol justo en el momento en el que el viento lo arranca y lo derriba y suerte tiene el que tras el lance aún puede lamentarse en el hospital y buscar sin éxito alguna explicación de por qué aquella tarde no se cepilló los dientes, como siempre, antes de salir de casa o prescindió del ascensor o no cruzó de acera por el semáforo acostumbrado.

Eso al menos es lo que siempre Castro había pensado.

No obstante, Castro aceptaba las amonestaciones de sus amigos:

- Muchos sistemas se mantienen en equilibrios inestables, órdenes frágiles y precarios. El aleteo de dos moscas disputándose un grano de azúcar en la playa de Sitges puede provocar un maremoto en las islas Fidji. No es casual así el maremoto, sino desenlace de una combinación concreta y aciaga de muchos sucesos concatenados.

- Dios no puede jugar a los dados.

- Todo lo que ocurre para algo ocurre.

Castro toleraba y sonreía, callando lo que pensaba: que no es necesaria la posición actual de los átomos del universo, que es sólo factible, quizá ni siquiera probable. Y jugaba a su juego favorito: inventarse universos distintos invirtiendo o anulando casualidades o accidentes.

En su larga e innecesaria estancia en Estados Unidos, becado para ampliar sus estudios de traducción, conjeturaba algunas veces encuentros improbables con Clara. En la fría cafetería de la universidad, en la biblioteca, en el museo. Tumbado en la cama estrecha de su severo apartamento de estudiante, gozaba diseñando los escenarios, con minuciosidad excesiva, patológica. Así, la luz aséptica de la cafetería giraba a pálida la natural blancura del rostro de Clara. Las tapas suaves y oscuras de los tomos de la biblioteca afilaban el gris de sus ojos, desconfiados o ausentes, nunca supo interpretarlos. Inventaba lluvia tras los ventanales del museo y confundía el paradero de La extracción de la piedra de la locura para que Clara le descifrara desapasionada el significado de un embudo.

Podía permanecer tardes enteras de sol o nieve, tumbado inmóvil y ciego, explorando diálogos verosímiles, exigiéndose estricto la coherencia, intentando resolver la ecuación de la desaparición.

Encuentros improbables, no imposibles, a pesar de que Clara vivía a miles de kilómetros.

Porque las casualidades existen. Algo que Castro no se cuestionaba.

Quizá por ello no se asombró de no sorprenderse cuando vio a Clara en aquella librería formidable de Nueva York. Protegido por la clientela borrosa quiso aumentar la distancia y se apoyó en un trozo de pared libre, cerca de las escaleras mecánicas, para asegurarse de lo que sabía con certeza, que era ella. Esperó a que levantara la vista de la mesa repleta de grandes libros de fotografía y comprobó la lentitud de sus ojos. Reconoció la boca, distinta, ahora con un rictus de irreparable y floja amargura, el gesto del dolor continuo, inútil, cotidiano, resumido en la convexidad de la comisura de sus labios.

No pudo confirmar entonces la imposible simetría de sus cejas, secretas bajo el ala de un sombrero negro que acentuaba el amarillo excesivo de su media melena, el áspero amarillo de su pelo.

Le habría gustado encender un cigarrillo mientras repasaba sin ira la noche del abandono.

Quizá las cosas no ocurrieron así, como ahora las recordaba. Ni siquiera los pasados se mantienen invariables.

Tantas veces se lo había contado a sí mismo y nunca a nadie. Ni siquiera a su amigo Alberto.

- Bueno, Castro, me vas a decir ya qué pasó con Clara, ¿o qué?

- Ya te lo he dicho. Lo hemos dejado.

Nadie entendía que el mundo único y excluyente de aquellos dos locos se hubiera roto de la noche a la mañana, en un fin de semana en el Pirineo.

Nunca se supo por su boca la zona de acampada, cerca de un lujoso Parador Nacional, en la que decidieron pernoctar aquella noche de verano. Ni el malestar no disimulado de Clara entre aquel tumulto de gente sucia y ruidosa con más vocación de dominguera que de campista. Las inmundas letrinas y las duchas a la intemperie. La urgencia de Clara por ir al lavabo. “Castro, voy a buscar un rincón oscuro por el bosque”. Las últimas palabras de ella. Luego la inquietud primera de Castro por la tardanza, la impaciencia. Esperar más de una hora. Peinar tres veces la zona de acampada. La alarma. Buscar por el bosque, sin saber dónde, intentando descartar posibles atropellos o desgracias. Gritar su nombre. Y correr sin rumbo, hasta llegar al vestíbulo del Parador iluminado. En el bar sacarse la vergüenza para describir a Clara al camarero.

- Sí, creo que la he visto. Una joven rubia, de tu estatura, más o menos. Con un forro oscuro, verde, puede ser. El pelo liso, media melena.

- Sí, esa.

- La he visto tomando un té sentada en aquella mesa.

- Estaba sola.

- No, no. Hablaba con un cliente del hotel. Hace de esto media hora, o más.

- Oiga, perdone, quizá le pido algo que no puede hacer, pero es importante. ¿Podría llamar a la habitación del cliente?

- Sí, claro. Pero, tranquilízate, chico. ¿Quieres tomar algo?

- No, no. Gracias.

- Bien, ven conmigo a la recepción y desde allí llamamos. Creo que sé el número de su habitación.

Pero nadie descolgó el teléfono.

En ese momento cerraban el bar.

Resuelto a no ser abatido por la soledad se dijo en voz alta, agrio e impasible, “esperaré en la noche”, y se refugió bajo un árbol, enfrentado a la geometría monótona de la fachada del edificio, necesitando creer en algo que no encontraba. No tuvo frío. No pensó el concepto traición, ni nombró la palabra venganza.

Desde el bostezo medido y repetido de la puerta automática del hotel, los dos asaltaron la luz húmeda de la mañana. Castro los siguió con la mirada hasta que se pararon a la puerta de un coche largo y ancho, gris metalizado. No tuvo tiempo para analizar la aparente indiferencia del acompañante de Clara. No le importaba. Buscaba un signo, una indicación, algo, para renunciar a la humedad espesa del suelo helado. Pero tiritaba, de frío, tal vez, de sueño o de rabia. Rendido al abandono, se limitó a comprobar cómo el hombre le abría la puerta a Clara, la cerraba, y, tal vez acostumbrado a sentirse observado, se echaba hacia atrás el pelo con una naturalidad aprendida y ensayada. Por fin, el hombre encendía el sonido templado de su máquina, y clausuraba, sin saberlo, inocente, el capítulo esencial de la existencia de Castro.

Durante un tiempo Castro se ocultó la historia -llaga latente-, indisponible para la memoria. Quizá temió sentirse condenado a confundir desde entonces el odio con la hermosa luz de aquella mañana.

Pero luego se acostumbró a convivir con ella, como con un gato fiero, que casi siempre araña o muerde pero, a veces, exige la caricia.

Sin moverse del sitio estaba más cerca de Clara, porque la librería se iba vaciando de voces y ajetreos.

Aún gastó tiempo jugando, apostándose consigo mismo una fracción indefinida de su futuro. Miraba hacia otro lado, uno, dos minutos. Contaba los segundos, volvía a buscarla y la encontraba, ahora con unas gafas que exageraban los ángulos de su rostro, buceando en las páginas de un libro de tapas rojas.

Por fin la tenía enfrente porque ya Castro se aproximaba a Clara.

- Sorry, madam. Can I help you?

En ese momento no supo interpretar la calma en su mirada color de nube. La sonrisa apagada parecía sincera, pero levantada con esfuerzo.

Nadie mencionó la palabra casualidad. Ninguno de los dos amagó el gesto del beso, vacilando tal vez si entre labios o mejillas. Ella propuso el café, en el bar del último piso. Clara fue delante, en la estrechez de la escalera móvil, indefensa a la presencia de Castro, un peldaño abajo, que, mientras, juntaba o soportaba un universo finito de emociones contrarias.

En la puerta de la cafetería Castro se paró, buscó los ojos de Clara y sostuvo un tiempo de silencio fatigoso.

- Ve cogiendo sitio, Clara. Enseguida vuelvo. Tengo que ir al lavabo.

Y se fue, privándose sin esfuerzo de la reacción de Clara. No quiso volver la cabeza cuando se dejó llevar hacia abajo por el infinito engrasado de la escalera mecánica.

Bajó sin prisa los cuatro pisos. Ya en la planta calle, a punto de salir, tuvo tiempo de pararse ante la puerta automática. Veía aparecer y desaparecer su imagen en el ritmo trivial de los inmensos cristales mientras sintetizaba su existencia en el preciso aliento gélido de un ábrete sésamo repetido.

Fuera, un muchacha seca, abrazada a su violonchelo, desafiaba al silencio del hielo de la acera con las notas de un adagio asociadas a la luz de las farolas, a las sirenas de las ambulancias.

Sin darse cuenta, Castro se quedó al lado del concierto, recostado en la pared, aspirando la inapreciable soledad con la que las grandes ciudades bendicen al solitario, con un pie apoyado en el suelo, el otro en ángulo recto, la suela del zapato contra el muro, quizá ensuciándolo. Protegida por mitones, la muchacha tocaba para nadie, o para Castro, alzadas las solapas de su abrigo  abierto, ajeno a la helada, sin agradecer ni ver las bocanadas de aire espeso y tibio que, con cadencia impredecible, vomitaba la puerta corrediza. No llegó a pensar que podría pasar por el compañero de la chica, la música que tiritaba con su chelo, por su representante; por su proxeneta, tal vez.

Fumó para volver a preguntarse lo de siempre. Por qué Clara se quedó con el tipo del Parador. Si lo conocía o no. Quién a quién se acercó. No sabía nada. De modo que podía suponer. Suponer a Clara en el bar preguntando por los lavabos. Y en su regreso a la oscuridad oír desde un sillón bajo, al lado de una mesa, “buenas noches, señorita Torres”. Girar el rostro hacia el saludo y encontrarse, tras una nube de humo, a su profesor de Teoría de la Composición, el joven catedrático que la felicitó en público por su último trabajo. Aceptar la invitación y dejarse halagar por el brillo etílico de sus ojos, por el silencio templado que el hombre propone o por su sonrisa sin fe. Ella entiende lo que él busca, lo que espera, y tal vez compara su impecable dentadura con los mugrientos aseos de la explanada. Y, aunque la majestuosa montaña es tan bella desde ese sillón de cuero al lado del ventanal transparente que desde el pasto del prado, prefiere la música que oye al rugido estridente de una madre llamando a sus hijos para la cena. Quizá también en ese momento Clara intuye la posibilidad de cambiar de rol: pasar de ser la admirada de Castro a ser ella misma admiradora del hombre que tiene en frente, al que prácticamente no conoce. Pero no olvida que Castro la espera y avanza la disculpa que el otro desarma agitando los cubitos de su vaso alargado:

- A partir de ahora nos queda, a cada uno, una casualidad menos. Sólo que no sabemos cuántas.

Y eso es lo mismo que Castro pensó, cuando la brasa de la pava del cigarro lo devolvió al frío, a la noche, a los dedos congelados de la chica del chelo. “A partir de ahora nos queda, a cada uno, una casualidad menos. A Clara y a mí, en este caso”, ponderó. Y quizá por eso, tras la genuflexión para depositar sin ruido en el estuche del instrumento de la chica un par de monedas, retornó al alboroto apagado de la tienda y otra vez se dejó arrastrar por la escalera para intentar resucitar el corolario de esta casualidad que quizá fuera la última.

No temió no encontrarla. Entró en la cafetería con pocas fuerzas para idearse entusiasmos. La descubrió sola y apartada, un temblor húmedo en las líneas de los labios.

Contestó resignado a las preguntas de Clara: ya casi cuatro años en la Universidad de Wisconsin, mañana mismo volvía a Madison, estaba en Nueva York por un congreso, tenía una oferta de una universidad de España y otra para quedarse aquí. Y aceptó el resumen de Clara, mientras juntaba para olerlas las yemas de los dedos de una mano. Castro no entendía si la que hablaba era Clara o una reproducción de ella. Preguntó mudo a sus manos indefensas, a sus uñas mordidas, si seguía con el tipo del Parador.

- Enrique y yo lo dejamos. Ahora llevo una galería de arte.

Castro rechazó una cara para ese nombre y se aplicó al fuego del café en su taza para abortar el apunte del reproche. Irrupción, abandono, tedio, pasión, desencuentro o renuncia: caras del mismo dado, travieso y caprichoso.

Las luces avisaron del cierre de la cafetería. Ella llevaba en el bolso una botella de whisky que, antes de entrar en la librería, había comprado. Echaron a cara o cruz el hotel donde la abrirían. Salió Clara.            La mañana siguiente, Castro se despertó con el martilleo de una ducha. Le pareció que Clara cantaba. Volviendo del sueño, sintió unos pasos desnudos y ligeros y una presencia húmeda de mujer. Clara metió la mano bajo el edredón para explorar el cuerpo desnudo y aún tibio de Castro. Y encontró deseo. Se disculpó con una caricia en la barbilla áspera, “Perdona, cariño, tengo que visitar una galería”. Él se dejó besar en la boca mientras intentaba una definición de felicidad sin palabras. No evitó la sugerencia de Clara:            - Vuelve conmigo a España, Castro. Aquí hace mucho frío.            Desde la cama la espió mientras se vestía para, otra vez, sentirse esclavo. Respondió aún acostado, perezoso, al adiós de Clara y se impuso pensar en la traducción pendiente para apartar el recuerdo de la otra despedida.            Supo que aquel día perdería el avión de vuelta y, sin fabricar ninguna excusa, pensó en llamar a la universidad para avisarlo. Recordó que había dejado el teléfono en su hotel. El ordenador portátil de Clara, sobre la mesa, le sugirió la posibilidad del correo. Lo encendió y, mientras la máquina recobraba la conciencia, se dejó acuchillar la piel bajo el chorro de la ducha.            Ya en internet, buscando su servidor, la fuerza de la costumbre le llevó a desplegar la lista de las últimas visitas. Recorrió los nombres sin leerlos pero su retina no pudo eludir la palabra wisconsin. Allí, en la quietud palpitante de la memoria extendida, constaban tres páginas muy familiares para él: la de la universidad, la de su propio departamento, la del departamento de publicaciones. Tardó un tiempo inmedible en darse cuenta. Entendió ahora por qué algunos ordenadores son condenados a la congelación. Quiso asegurarse de lo obvio y escudriñó y encontró un escueto archivo de texto donde se leían, bajo las tres direcciones de internet, también la de su apartamento en Madison y la del hotel de Nueva York donde Castro durmió dos noches. Y el teléfono de su oficina, su correo electrónico, las fechas y el horario del congreso en Nueva York.            Olió de nuevo la soledad y el cansancio y se entretuvo en enfrentarlos a la sonrisa vencida de Clara.            Las casualidades existen. A veces, sólo lo parecen. Simplemente, no lo son.            Pensó Castro mientras cerraba el ordenador.

Como en Madrid

Como en el Madrid

Seudónimo: Gödel

Él entonces no lo sabía. Me había visto fugazmente en la antesala de su despacho, donde yo esperaba la entrevista junto con los otros dos candidatos al puesto de Director Técnico de Bodegas Beruin, flamante empresa de la que él, Ernesto Fidel Cariñena Álvarez del Sotillo, era único accionista.

Apareció con una cartera de cuero verde pardo bajo el brazo. Los tres aspirantes nos levantamos de nuestros asientos.

-Tendrán la amabilidad de disculparme unos minutos.

No lo preguntó. En el colegio tampoco tenía costumbre de preguntar.

- Enseguida estoy con ustedes.

Se ajustó con el dedo medio de la mano derecha las gafas livianas, casi invisibles. No me reconoció. Normal. En los últimos diez años, yo había engordado bastante y las canas me daban el aspecto de una persona bastante mayor de lo que era. No se podía decir lo mismo de él. Conservaba su cuerpo atlético, como asiduo a saunas y gimnasios, y la abundante cabellera negra, peinada hacia atrás, y una dentadura blanca y perfecta, incontestable rasgo de las personas que han nacido para dominar.

Volvimos a sentarnos cuando Cariñena desapareció detrás de la puerta de madera oscura.

Mis dos competidores se relacionaban con familiaridad. Aparentaban tranquilidad pero sonreían demasiado y no dejaban de ajustarse el nudo de la corbata y estirarse las mangas de la camisa. Por la conversación que mantenían, deduje que se habían conocido en Burdeos, en la escuela de Enología. Uno de ellos, el más gordo, había obtenido el premio extraordinario de fin de carrera. Cuando les comenté dónde había cursado mis estudios, percibí en la cara del alto una expresión clara de alivio. Ya no me preguntaron nada más. Me excluyeron de su charla. Siguieron hablando de sus cosas, de sus conocidos, de sus mundos comunes, de sus últimos másteres y trabajos.

Tampoco ellos lo sabían entonces. Ni lo intuían. No sabían que yo iba a ser el Director Técnico de Bodegas Beruin.

Cariñena llegó a mi colegio cuando las clases ya habían empezado. Tenía entonces dieciséis años, uno más que el resto de los chicos, porque estaba repitiendo curso. Era raro que alguien se incorporara en enero. Yo siempre pensé que vino tarde porque lo habían expulsado. Cariñena desentonaba absolutamente en mi colegio que, aun siendo de pago, acogía a una clientela procedente en su mayoría de la clase obrera. Cariñena no era obrero ni religioso, practicaba el esquí en vez de jugar a fútbol, prefería el póker al rabino francés, tomaba Jack Daniel´s en lugar de beber calimocho. Tuteaba a los profesores, incluso a los curas, lo que en aquel tiempo podía interpretarse como señal de modernez o de insolencia.

Casi todos mis compañeros admiraban a Cariñena. Lo envidiaban. Mientras nosotros crecíamos sumisos y cobardes, mansos y fieles al ideario del centro, él triunfaba ajeno a normas y principios, sabiéndose hijo de un padre rico y poderoso, aunque a veces parecía que, independientemente de su linaje, Cariñena se habría comportado siempre así, soberbio y arrogante. Se burlaba de los estudiosos de clase; no hacía nunca los trabajos para casa, declinando al día siguiente salir a la pizarra si algún profesor despistado osaba invitarle a ello. Menospreciaba a los que destacaban en fútbol o en baloncesto; se reía de los que presumían de haber salido con una chica el domingo pasado; desdeñaba la música que oíamos, la ropa que vestíamos, los bares que frecuentábamos, el cine en el que gastábamos las tardes de los domingos, la colonia que nuestras primas mayores nos regalaban en nuestros cumpleaños. Cariñena asistía a nuestra rutinaria vulgaridad desde su podio de prepotencia, siempre distante, benevolente a veces. Él, en todo caso, no competía. Se sentía superior a todos; era superior a todos.

Y yo lo odiaba. Desde el primer momento, no se limitó a ignorar mi liderazgo por todos convenido –profesores y alumnos-, sino que me lo arrebató. Le bastaron unas semanas para desposeerme del título de estudiante más popular, dignidad por nadie cuestionaba hasta que él llegó. Su capacidad de fascinación se extendió también a las alumnas del colegio, sólo una docena de chicas, en el último curso preparatorio para la universidad. La mayoría de ellas reían las gracias de aquel apuesto chavalote que, siendo pésimo estudiante, lucía un aura indefectible de triunfador sin límites.

No tuve más remedio que resignarme.

A finales de marzo de ese curso, un suceso luctuoso conmocionó al centro, al barrio, a la ciudad. Dori, una chica del colegio, vecina mía, desapareció y fue encontrada muerta después de una semana trágica de búsquedas e indagaciones. La hallaron metida en el capó de un coche abandonado, en unos campos despoblados, no muy lejos del colegio. La habían estrangulado.

Dori era una chica muy guapa. Menuda pero atractiva. Hablaba poco, quizá por discreción, quizá por no tener nada que decir. Yo la conocía desde siempre, vecinos del mismo rellano. Durante mucho tiempo estuve enamorado de ella, pero dejó de interesarme cuando me dijo que yo no le parecía interesante.

Durante dos días se suspendieron las clases. Jamás apareció el culpable. Las investigaciones de la policía, realizadas en absoluto secreto, resultaron infructuosas para dar con el autor; ni siquiera la causa del asesinato. La chica no presentaba, salvo el letal apretón en el cuello, señales de violencia. Apareció vestida y se descartó absolutamente el móvil sexual. Se supuso desde el principio que sólo una persona había participado en el crimen y, aunque disponían de una valiosa prueba –una carta en tono amenazante doblada en el bolsillo trasero del pantalón de Dori-, los inspectores no pudieron o no supieron sacarle partido. Yo vi la nota porque el padre de Dori le enseñó una fotocopia al mío. Y supe que había pretendido entregar a cada uno de los profesores del colegio una copia para que, discretamente, compararan la letra de la esquela con la de sus alumnos. El director del colegio se había negado alegando riesgo de alarma social. En todo caso, hubiera resultado seguramente vana tarea pues la letra del supuesto asesino pretendía ser deliberadamente anónima: todas las letras mayúsculas, cuadradas, separadas, más dibujos que grafías. Estaba firmada: BERTRAND. Sólo cinco líneas: la primera, de desconcierto: NO ENTIENDO TU CONTINUO RECHAZO, DORI. Luego, visos de esperanza: ES SIN DUDA PORQUE NO ME CONOCES LO SUFICIENTE. Para pasar a la autocomplacencia: CUANDO INTIMEMOS NO DUDO QUE CAMBIARÁS DE OPINIÓN. A la amenaza: NO ME PONGAS NERVIOSO, DORI, NO SABES DE LO QUE SOY CAPAZ CUANDO NO ME DAN LO QUE PIDO. Para acabar con una especie de ultimátum poético: ENTROPÍA. TAMBIÉN EL ORDEN DE TUS LABIOS TRISTES PUEDE SUCUMBIR AL FRÍO CAOS DE LA NIEBLA.

Aunque suponía que nadie en el colegio escribía normalmente de tan rara manera, le pedí al padre afligido una copia para realizar por mi cuenta algunas averiguaciones.

En mayo, dos meses después, todos, salvo la familia de la chica muerta, habíamos olvidado. También la policía, que archivó el caso a falta de argumentos válidos. Los padres de Dori habían pretendido tomar las huellas dactilares de los alumnos mayores del colegio para compararlas con las que se pudieran encontrar en la misiva truculenta, pero la policía, presionada o no por la dirección del centro, declinó la petición.

El cartel siempre había estado allí, en el vestíbulo del salón de actos del colegio: Prohibido comer pipas. Pero aquel cinco de mayo, cuando acudíamos a una reunión de carácter general, observé que alguien había añadido una subleyenda, con letras mayúsculas, cuadradas, separadas, más dibujos que grafías: COMO EN EL MADRID. Aquella letra extraña me sonaba: era la misma del escrito encontrado en el bolsillo de la infortunada Dori.

Así que el asesino se encontraba entre nosotros.

No dije nada a nadie y empecé a contemplar la posibilidad de cazar al homicida. Todo pasaba por descubrir quién había suscrito el aviso prohibitivo. Sin duda alguien que hubiera estado alguna vez en el cine Madrid, una sala de proyección barata en la que nos refugiábamos las tardes del domingo los chicos del barrio huyendo de nuestras casas, envueltas esos días en insoportable tristeza de tufo de faria y carrusel deportivo. El colegio alquilaba ese cine de vez en cuando para llevarnos a todos en manada, el día de S. Juan Bosco, el cumpleaños del padre director o en cualquier otra fiesta significada. Así que todos los alumnos del colegio habíamos estado alguna vez allí y habíamos leído la lista de avisos amonestadores que jalonaban cada tres metros las paredes de la sala: Prohibido comer pipas. Prohibido descalzarse. Prohibido escupir en el suelo. Prohibido fumar. Etc.

Todos éramos, de alguna manera, sospechosos, por tanto. No podía arriesgarme a preguntar a cualquiera si sabía quién había escrito la inocente gracia, COMO EN EL MADRID: corría el riesgo de encontrarme con el asesino sin ni siquiera percatarme yo mismo de ello.

El curso iba a acabar pronto. Debía darme prisa. Confeccioné un cartel similar al que prohibía la ingestión de pipas. Procuré y conseguí la misma letra y cambié el texto: Prohibido fumar. Un sábado por la mañana, mientras estaban limpiando, me fue fácil clavarlo con chinchetas al lado del otro sin ser visto por nadie.

El dos de junio hubo una representación teatral a la que asistimos todos los de mi curso. Antes de comenzar la obra, me demoré en la entrada. Alguno reparó en el nuevo letrero. Nadie escribió nada. Cuando acabó procuré salir el primero. Todos mis compañeros fueron abandonando el salón a mi vista. Yo disimulaba atándome los cordones del zapato. Entre el último grupo se encontraba Cariñena.

- Tenemos cartel nuevo – comentó sonriendo a Mario, su mejor amigo.

Sacó un rotulador de la cazadora y le dijo:

- Vigila.

Y, de puntillas, escribió debajo, con las mismas letras que en el otro: COMO EN EL MADRID.

Recuerdo que en aquel momento me supe poderoso. Aún tuve tiempo de recuperar de la pared el segundo aviso sin que nadie me viera. Lo metí doblado en el bolsillo del pantalón y me fui a casa paseando despacio, dando un rodeo, disfrutando de ese placer impreciso que la gente suele sentir con las desgracias ajenas, sobre todo, con las desgracias de los poderosos.

Sin embargo no revelé a nadie mi descubrimiento. Nada insinué a los padres desconsolados de Dori. No informé de la coincidencia de letras a la policía. Quizá por pereza; por miedo, tal vez. Me conformé imaginando que en cualquier momento podría hacerlo. En todo caso, me sentía dueño de la situación, como el que aguanta el cosquilleo impertinente de una hormiga en la barriga mientras toma el sol, consciente de que en cualquier momento puede apartársela con el dedo o aplastarla con la mano.

Ya no me creía inferior a Cariñena.

La última semana de clase se falló el concurso de relatos y yo gané el primer premio con un cuentecillo sobre un chico mongólico que tenía por único amigo a un gato inválido de las patas traseras. El profesor de Literatura me invitó a leerlo en clase. Cuando acabé, de vuelta a mi asiento, me crucé con los ojos de Cariñena que, despectivo, parecía querer decirme no se puede ser más cursi, chaval. Me paré a su altura. Toda la clase contempló en silencio el duelo mudo. Le aguanté la mirada y pensé, casi en voz alta, Entropía. También el orden de tus labios tristes puede sucumbir al frío caos de la niebla. Pero no dije nada. Él volvió la cara hacia su libro y yo, cuando me sentaba en mi pupitre, descubrí que la gente normal siempre necesita de algo para sentirse potente, una pistola, un coche lujoso, una nota firmada por un asesino, un castillo, un beso.

Enseguida llegó el verano. Cariñena no volvió el curso siguiente y yo me olvidé de él.

La entrevista era individual, naturalmente, y a mí me tocó entrar el último. Fue llamado en primer lugar el gordo, el premio extraordinario en Burdeos. El otro aspirante, el más alto, me contó entonces que la empresa que Cariñena iba a montar, Bodegas Beruin, iba a ser pionera en España, en medios materiales y en profesionales, y que sabía de muy buena tinta que el Director Técnico devendría jefe absoluto, que Cariñena, licenciado en Derecho, no tenía ni idea de vinos e iba a delegar absolutamente en el afortunado que consiguiera el puesto. No entendí por qué me contaba todo aquello, seguramente estaba muy nervioso. Después de casi media hora, se abrió la puerta y apareció el gordo, ufano, parecía más alto que cuando entró. Seguro que el día que le dieron el premio extraordinario no lucía mejor cara. Ahora le tocaba al alto. Sólo tuve que esperar cinco minutos más. Su semblante no albergaba dudas: había sido rechazado.

Pasé sin llamar.

- Siéntese, haga el favor. Será sólo un momento.

Me pareció curioso que Cariñena no me diera la mano. Me alegré de que no hubiera en la sala nadie más, ningún secretario, ninguna mecanógrafa.

- Me temo, señor... – buscó mi apellido en los papeles de encima de la mesa-, señor Enciso, me temo que su currículum no responde al perfil de la persona que necesitamos. Lo siento.

Mi currículum era reducido y nada brillante.

Ya se levantaba para, ahora sí, darme la mano. Yo permanecí sentado.

- Pero qué raro, Cariñena, que no te acuerdes de mí.

No debía estar acostumbrado a que lo tutearan. Me acuchilló con su mirada, entornados los ojos, sorprendido, enojado, como si me acabara de limpiar los mocos con su pañuelo, el pañuelo ocre que le asomaba por el bolsillo de su impecable chaqueta beige.

Se sentó entonces, para otorgarme quizá un minuto más de su preciado tiempo.

- Me llamo Julio Enciso Lahoz. ¿No recuerdas? Hace ya unos años, en Salesianos de Guadalajara. Yo era el delegado aquel año que mataron a una chica de último curso. Dori se llamaba. Supongo que eso no lo habrás olvidado, ¿no?

No percibí cambio en el rictus de su cara cuando mencioné el nombre de la chica muerta.

- Sí, claro; aquel año, claro que lo recuerdo. Pero, sinceramente, su cara no me suena.

Él seguía con el tratamiento de usted, aunque yo lo tuteara.

- Sí, ahora caigo, sí, creo recordar a un Enciso. Enciso organizaba algún discofórum en el colegio, ¿no es eso?

- Efectivamente. Premio. Y Enciso soy yo.

- Pues, ya lo siento, Enciso, pero, como te he comentado, tu perfil no es el idóneo. Lamento negarle el puesto a un antiguo compañero, pero... Oye, ya perdonarás, tengo mucha prisa. – Volvió a incorporase de su butaca. - Hacemos una cosa: dado que vamos a necesitar más enólogos para otros puestos en la empresa, le dejas tu teléfono a mi secretaria. Nosotros te llamamos. Será un placer que trabajes con nosotros.

Me extendió la mano sin sonreír. Pero yo seguía sentado.

- Es que yo quiero ser el Director Técnico.

Saqué despacio las fotocopias del bolsillo interior de mi americana. Las desplegué sobre el tapete de cuero negro, encima de mi expediente. Cariñena volvió a sentarse y se ajustó las gafas con el dedo corazón de su mano derecha.

- ENTROPÍA – Recité sin prisa, sosegado. -TAMBIÉN EL ORDEN DE TUS LABIOS TRISTES PUEDE SUCUMBIR AL FRÍO CAOS DE LA NIEBLA. No sabía que te gustara la física. Ni la poesía.

- Pero esto qué es. Una broma, supongo.

- No. No lo es y tú lo sabes. Vamos a simplificar el asunto. No perdamos el tiempo: Soy el Director Técnico, y esto es una broma; no lo soy y...

- Y, ¿qué?, desgraciado.

El señor Cariñena empezaba a perder la compostura. Me había llamado no “desgraciao”, si no “desgraciado”, que es peor.

- ¡Después de tanto tiempo! ¿Qué prueba esto, imbécil? ¿Qué puede probar? ¡Dos fotocopias roñosas!

- Tengo el original de ésta y el de la otra lo puedo conseguir. Mi vecino, el padre de Dori, es un sentimental y lo guarda todo. Las fotocopias no tendrán tus huellas dactilares; los originales, tal vez. Seguro que en algún remoto fichero de algunas dependencias policiales existen archivadas las huellas del físico poeta que escribió esta lírica amenaza.

- ¿Y qué? ¿A qué comisaría vas a ir con el cuento?

- A ninguna.

Se me quedó mirando y su boca esbozó una vaga sonrisa.

- A ninguna comisaría, Cariñena, a ninguna. No creo que hiciera lo mismo Enrique Pellicer.

- ¿Quién? ¿El de las bodegas Pellicer? ¿Qué coño tiene que ver ese trepa con este asunto?

- Todo tiene que ver, Cariñena. Todo tiene que ver. Simplemente se trata de tener paciencia y aguzar los sentidos. Pellicer anda muy preocupado con tu irrupción en el mundo del vino. Ya sabrás que es periodista, además de empresario. Dentro de un mes ve la luz un nuevo diario. Adivina quién va a ser el director. Y precisamente a Pellicer lo que más le gusta es el periodismo de investigación. Supongo que estaría encantado de inaugurar su diario con un titular impactante: “Halladas pruebas del asesinato de Dori Huarte. Cariñena Álvarez del Sotillo implicado”. Mataría dos pájaros de un tiro. ¿Me sigues? Y a mí, claro, me quedaría profundamente agradecido. Aunque yo, ya te lo he dicho, Cariñena, yo prefiero el puesto de Director Técnico.

Se movió nervioso el aro dorado en el dedo. Recolocó una foto de mesa en la que aparecían dos niños pequeños, sus hijos, seguramente. Empezaba a sudar.

-¿Cuándo empezamos? –pregunté mientras me levantaba para irme.

- Mañana. A las diez en punto. Sea puntual.

Bajó la vista para no mirarme a la cara.

- Lo seré, señor Cariñena.

Al salir observé una placa colgada de la pared con el icono de la prohibición de fumar. No pude evitar volverme hacia mi nuevo jefe y, señalándola, comentar:

- Como en el Madrid.

La confusion y la sangre



Está solo. Un sombrero blanco, demasiado grande, le protege del sol tenue de la tarde. El hombre está solo, sentado en una terraza estrecha, enfrentado a un océano cercano cuyo nombre ha olvidado. Tampoco recuerda el del barrio donde vive desde hace veinte años. Alguna vez intuye el de la ciudad y piensa sin palabras: Lisboa.

El hombre no habla. Ni siquiera con la mujer que se ocupa de él. La que le ayuda a levantarse cada mañana y le afeita la barba blanquecina y a veces le corta las uñas.

-Vamos, Nicolás. Alegra esa cara. Hoy hace un sol espléndido.

Ella le habla castellano traduciendo sin esfuerzo. Adela trabajó en Mérida cuando era moza. Es una mujer alegre aunque su pasado le recuerda que no siempre es posible el olvido.

-Hoy te voy a hacer unas sardinas que te vas a chupar los dedos.

Adela siempre le habla al hombre, aunque él siempre calla.

Ahora el hombre está solo. Sentado en un sillón de anea, con la vista perdida en la inmensa finitud del océano.

Esta mañana Adela le ha dicho, mientras preparaba la comida en la cocina:

-Voy a poner la tele, Nicolás. Me ha dicho la vecina que ha descarrilado un tren en la India y han muerto más de doscientas personas.

Así que hoy, antes de comer, el hombre ha oído la palabra tren. Y quizás se le he colado en la mente el delirio de muerte en los vagones.

Hoy Nicolás ha oído la palabra tren. La mujer, Adela, no se ha dado cuenta: cuando la pantalla insolente ha mostrado la confusión y la sangre, las vías retorcidas, el dolor ubicuo, el hombre ha entornado los ojos evitando la lágrima.

Pero ahora el hombre está solo, con un océano inundándole la piel, y un recuerdo ahogándole la mirada imprecisa.

Hace más de veinte años, Nicolás, aún demasiado joven, no lo sabía. Luego, de repente, le arrebataron la conciencia y no pudo aprenderlo. Él entonces no sabía que todas las estaciones de trenes son iguales. Que todas son la misma.

La misma en la que se refugiaba las noches de verano -los bares ya cerrados; todos, excepto el de la estación- con su amigo Luis para convencerse de que hay que esperar, hay que saber esperar, Nicolás, le decía su amigo. Mira cuántos trenes; uno será el nuestro, pero hay que elegirlo, hay que esperar.

La misma desde donde partió con una muchedumbre de jóvenes inconscientes y aturdidos hacia un lugar lejano y áspero que llamaban mili. Y la misma desde donde volvió a la libertad, a casa, tras más de un año de secuestro.

La misma donde encontró a Gabrielle, una noche de invierno.

Gabrielle irrumpió en su vida la noche del tres de enero de 1971. Estación de trenes de Zaragoza, El Portillo, andén número siete, las tres en punto de la mañana. Fue la primera persona que abrió la puerta, el tren tambaleándose aún tras la frenada, la primera en bajar las escaleras, ágil, a pesar del enorme maletón, sonriente, despeinada, núbil. Los dos se miraron serenos -ella luchando con su pesado equipaje, él quemándose los dedos con la pava del cigarro-, como si se hubiesen visto antes en algún lugar, como si ya se conocieran de siempre.

Buscando una excusa para aproximarse a ella, Nicolás se encontró con su cara muy cerca y sus labios sin pintar besándole en la mejilla. No se había percatado: su amigo Luis los acababa de presentar. Gabrielle era la compañera de Émilie, la amiga francesa de Luis, a la que habían ido a esperar a la estación.

Gabrielle y Nicolás se quisieron con un amor tierno y excluyente. En el cuarto estrecho de Nicolás, alternaban besos con vino tinto, masajes con cosquillas, Miles Davis con silencios. La pasión por Gabrielle inmoló el resto de las pasiones de Nicolás: Dejó de jugar al billar, aparcó la cámara fotográfica, ya no quiso tocar la batería con Geojazz, el grupo de jazz de la facultad, abandonó el entusiasmo por la tesina.

Gabrielle acabó su curso de literatura española en junio. Demoró el regreso a su casa. Pasaron juntos aquel verano. Nunca hablaban de su partida.

Un día Nicolás le preguntó cuándo empezaban las clases en su país. Ella le tapó la boca con un beso.

Llegó el día en que Gabrielle le comentó a Nicolás que había dejado pasar el plazo para matricularse en la Sorbona, que había abandonado sus estudios para quedarse con él. En ese momento Nicolás no pensó nada, no dijo nada. Luego, solo en la cama, tradujo: Ella lo había dejado todo para quedarse con él.

Al cabo de tres días de aquella confesión dejó de amarla y, tal vez sin pretenderlo, empezó a hacerle la vida difícil, casi imposible, hasta que ella ya no quiso saber nada más de él. El tres de enero ella le dijo te conocí en mala hora, amigo. Y lo dejó.

Nicolás intentó volver a su vida anterior, pero sólo encontró ecos, recuerdos, lo mismo que queda en una carta vieja de una amante antigua. Perdía continuamente el compás con su grupo de jazz, no encontraba el ángulo para la carambola fácil, ni el encuadre para la foto, ni la feliz idea que le sacara del nudo confuso en el que se había convertido su tesina. Incluso se planteó la pregunta esencial y necesaria, pero impropia de un joven de veintidós años al que la vida todavía no había pateado demasiado: para qué seguir si no hay razón alguna para ello. Llegó al extremo de robar un frasquito de cianuro que alguien había llevado al laboratorio.

Sí. Es cierto. Todas las estaciones son la misma. En todas ocurre siempre lo mismo: E ncuentros, abandonos, olvidos. En todas existen gentes instaladas en un extravío sin retorno; en todas hay una muchacha que se abraza a su amante con fuerza excesiva, tal vez intuyendo que, antes de la partida, ya lo ha perdido. Siempre poblada la misma estación de solitarios profesionales, de gente huraña o insólitamente sociable, jóvenes desconectados del mundo a través de unos cables que nacen o mueren en sus orejas. Tipos que hablan solos, mujeres que ignoran o evitan las miradas. En todas exagerados gestos de alegría desbordada, la de la madre que reconoce a su hijo bajando por la escalera del tren, la del amante que recupera a su amante cubriéndolo de besos y caricias profusos. Y siempre algún solitario que observa la escena con aparente indiferencia, pero que, en el fondo, siente envidia, porque a él nadie lo despide cuando se va y nadie irá a esperarlo a la estación a donde llegue.

Nicolás, tras la ruptura con Gabrielle, volvió más a menudo a la estación donde la había conocido. Quizá buscando individuos más parecidos a sí mismo, quizá con la esperanza ingenua de que allí, en esa misma estación, en el mismo andén, volvería a encontrarse con ella. Con Gabrielle. Mientras paseaba perdido entre la noche de vagones dormidos, reconocía la certeza de que fue él mismo la causa del abandono y soñaba con la posibilidad de que ella, alguna vez, reapareciera en su vida vacía.

También volvió el día tres de enero, dos años después del primer encuentro, un año después de la ruptura. Volvió al mismo andén, el siete, con el mismo abrigo que entonces vistiera. Fumando como aquella vez, quedó hipnotizado con el ángulo recto de las manecillas, a norte y este, flechas enemistadas, en un reloj cariado, cara boba de luna sintética. Las tres en punto de la mañana. Enredado en el crucigrama de un chaquetón a cuadros, no se dio cuenta, y, de repente, se encontró con su cara tan cerca, con sus ojos de cobre y sus labios sin prisa preguntando la hora. A él.

No se sorprendió de encontrarla porque, de alguna forma, la esperaba. Simplemente agradeció la voz sensual de la locutora que acababa de anunciar la llegada de un tren de San Sebastián. Y la evidencia de que era ella, Gabrielle, y sonreía, le sonreía, resolvió súbitamente la ecuación de su existencia.

Los dos entendieron que no hacía falta ninguna explicación. Que no había explicaciones. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, se tomaron por el talle y volvieron caminando, en silencio, a casa.

La idea fue de Gabrielle: Podían ir a pasar unos días a Lisboa. Ninguno de los dos conocía la ciudad. Cuando Nicolás aceptó no sabía, naturalmente, que allí se iba a quedar para siempre.

Fueron cinco días. Los dos evitaron evocar el año de ausencia. Sin esfuerzo variaron la conjugación de los verbos, el término ayer tuvo otro sentido; el presente en esa ciudad luminosa y decadente colmó sus existencias, que se convirtieron en una sola. Sin embargo, la primera vez que hicieron el amor, se mostraron tímidos, como amantes novicios, inseguros, y a tientas, torpes, se buscaron en la oscuridad. Y se reconocieron los pechos anhelantes, las bocas indecisas, los vientres tenues, los muslos tibios. Pero ninguno dijo cuánto te he echado de menos, cómo he sentido cuánto te quiero. Nadie dijo eso, aunque así era.

Alquilaron una habitación ruidosa en un hostal de la Plaza El Rosio. Gozaron de la calma de los cafés del Chiado, de la Plaza del Comercio. Juntos, releyeron a Pessoa. Se extraviaron felices por la geometría confusa del Barrio de Alfama y del Barrio Alto. Nadie podía entonces imaginarse que Nicolás pasaría sus veinte próximos años confinado en un apartamento del Barrio Alto, mirando el océano Atlántico sin percibirlo. Se perdieron entre las plantas excesivas del Jardín Botánico. Sentados, apoyados en uno de los muros de la Torre de Belém, Gabrielle se durmió abrazada a Nicolás, acunada por el rumor taciturno de las aguas del Tajo. El último día tomaron un tren para visitar Sintra, el Castillo de los Moros. El convoy era lento, de madera, traqueteaba continuamente y ello les hacía reír como si fueran unos colegiales en su primer viaje de estudios.

La mañana que hicieron las maletas y abandonaron el hotel sintieron un poco de pena. No mucha: Sabían que la felicidad no residía en ninguna ciudad; la felicidad viajaba con ellos. Su tren no salía hasta la noche. Pasearon sin rumbo, otra vez por la Alfama, quizá el inconsciente de Nicolás tomaba notas para su futuro terrible. Compraron unas manzanas y comieron en el Castillo de San Jorge, desde donde Lisboa se convertía en un mapa, en una maqueta de dimensión formidable. Allí Gabrielle le dijo:

-Ya nunca me voy a ir.

Y él entendió que no se refería a Lisboa.

Empezaba a anochecer cuando una tormenta súbita surgió del agua sin norma. Al principio se quedaron arriba, en el castillo, embelesados con el espectáculo de rayos y truenos que se les mostraban en diferido y desacompasados. Cuando arreció la lluvia, un cuadrante perfecto de arco iris se desplegó hasta hundirse en el horizonte acuático y solemne, y todos los colores se hicieron más húmedos, más intensos. Con el aguacero los dos corrieron calles abajo, prescindiendo de la protección que algunas tiendas y bares les proponían. Paró un tranvía amable a su llamada y los dos subieron, sonrientes, empapados y felices.

-Te gustaría quedarte a vivir aquí – preguntó Nicolás sin dejar de mirar por la ventanilla.

Algún hada malvada debió de escucharle el deseo.

-No se lo recomiendo, joven. Hay mucha gente aquí que vive peor que ese perro- intervino el conductor señalando con la cabeza un perro calado que intentaba sin éxito, encaramado, abrir una puerta vieja de madera.

En Portugal, en 1973, sólo podía hablarse con metáforas en lugares públicos. También en otros países.

Nicolás no pudo o no quiso olvidar el comentario agrio del conductor. Todavía oía su voz mientras esperaba, ya en la estación de Lisboa, el anuncio del tren con destino Madrid, la mano de Gabrielle entre sus manos. Y veía al perro chorreando, arañando con las patas delanteras el quicio de la puerta astillada, aullando sin fuerza, quién sabe qué esperanzas de acogida albergaría su leve alma de perro.

Un chico joven se paró en frente del banco donde Gabrielle y Nicolás estaban sentados.

-Un escudo, un escudo.

Alargaba la mano y miraba a izquierda y derecha, agitadísimo, como si alguien lo persiguiera, con ese tipo de excitación que no provoca el café. Con pantalones cortos, sin calcetines, de una de las zapatillas sobresalía hacia arriba una navaja cuyo filo amenazaba el gemelo de su pierna. Gabrielle le dio un billete y el joven se marchó muy contento, saludando a una papelera desfondada.

- Obrigado, obrigado, obrigadiño.

Antes de subir al tren, aún volvieron a verlo, de vuelta, una cortina de sangre en su pierna izquierda dibujaba oscuras señales con su andar confuso.

-Un escudo, un escudo – ahuyentaba al que se cruzaba en su camino, ignorante de que se estaba desangrando.

El joven era pelirrojo y tenía cara de perro. Eso pensó Nicolás mientras colocaba las maletas en lo alto del compartimento.

-Qué te pasa, Nicolás – quiso saber Gabrielle. Te veo serio.

Pero él eludió decirle que quizá le estaba naciendo una idea nueva de Portugal, distinta de tranvías y de cafés, más parecida a perros lastimeros y a locos que sangran desahuciados. Los malos pensamientos pueden contagiarse. Mejor reservarlos para el enemigo.

Arrancó el tren. Nicolás se imaginó que todos los que allí quedaban, parados unos, corriendo otros, que los que no montaban en su tren no eran reales, sólo figurinistas, extras de una película a punto de acabar.

Al poco de la marcha se les acercó un hombre joven. Manejaba un castellano comprensible. Su hablar era dulce, como su mirada. Gabrielle pensó en el personaje del Idiota de Dostoievski y quiso saber dónde iba.

-Voy hasta Madrid. Pero quiero pasar a Francia, aunque tendré que hacerlo escondido de alguna manera. Ya me expulsaron una vez de allí. No, no cometí ningún crimen. Simplemente me echaron porque no tenía dinero. Pero yo voy a pasar de cualquier manera. Mi amiga está allí. Yo, aquí, en Portugal, me ahogo. No hay trabajo, no hay libertad. Sólo miseria y represión. Mi amiga está en Francia y yo voy a pasar la frontera aunque sea a rastras.

El gesto del joven ya no era afable. Las últimas frases las pronunció despacio, en voz baja, con ira, con furia, con demencia.

Nicolás recordó el comentario del conductor del tranvía y Gabrielle sintió un estremecimiento impreciso por el joven, una mezcla de amor y compasión, y pensó recelosa que la felicidad en la que Nicolás y ella se habían instalado quizá fuera frágil, como la vida de un perro deambulando por una autopista.

El hombre joven les pidió un favor. Él sólo llevaba billete de ida y sabía que en la aduana española solían exigir de ida y vuelta. Máxime si el viajero no llevaba mucho dinero. Sabía que le iban a pedir una dirección. ¿Podía dar la suya?

Nicolás le contestó que con mucho gusto y que, por favor, aceptara un poco de dinero para ablandar a la policía. Pero el joven rehusó.

-Muchas gracias, amigo, pero hace tiempo me prometí no pedir dinero a nadie. No es orgullo, simplemente una apuesta que hice conmigo mismo.

En la frontera el tren paró. Y el mundo pareció detenerse. El silencio se tensaba con las voces duras de los guardias, gruñidos que comprimían el vacío desde el primer vagón. El joven empezó a temblar y Gabrielle, definitivamente, sintió pena por él. Afuera todo estaba oscuro. Se trataba de un simple apeadero con una caseta sin puerta.

Eran dos guardias con uniforme gris y gorra de plato. Los acompañaba un hombre ancho, vestido de paisano. Fue el que habló.

-A ver tú. El billete de ida y vuelta, el pasaporte y el dinero.

Todo fue muy rápido. Los guardias se reían de él y también de Nicolás y Gabrielle cuando insistían en que eran amigos y el joven se alojaría en su casa. Le invitaron una vez a que se bajara del tren y no atendieron más explicaciones. Como el joven no se movía, entre los dos guardias lo agarraron y lo arrastraron hacia la puerta más cercana.

El portugués se aferraba a la barandilla, mientras uno de los guardias le empujaba con la bota en el pecho y el otro le golpeaba los nudillos de las manos con la porra.

-Ten cuidado, no te vayas a caer –, bromeaba el hombre de paisano.

Gabrielle y Nicolás observaban aterrados e impotentes la situación. Parecía como si no hubiera nadie más en el tren.

Gabrielle no pudo soportar la escena y se abalanzó sobre el que blandía la porra.

-¡Déjelo en paz! ¡Déjelo ya!

-¡Gabacha de mierda! ¡Suéltame ya o te parto la cara, zorra!

El joven aprovechó para saltar a la vía. Corrió sin mirar atrás en dirección a territorio español. Al guardia se le subió una flema de ira a la altura del cuello. Apartó de un empujón el cuerpo de Gabrielle y le propinó un porrazo bestial que dio con ella en la vía. Nicolás pudo observar cómo la cabeza de Gabrielle estallaba contra una traviesa. Entonces se abalanzó sobre el guardia, las manos como garras, su dedo sintió la humedad del interior de un ojo. Fuera de sí, el guardia empezó a golpear a Nicolás, ya en tierra, en el pecho, en la espalda, en la cabeza, en la cabeza, hasta que su compañero se lo quitó de encima.

Luego, de nuevo el silencio. Un silencio roto por el traqueteo de un tren que arranca.

Sí, aunque el hombre no lo sepa, todas las estaciones de trenes son iguales. También los apeaderos. Todas son la misma. En todas hay besos, despedidas, lágrimas, abrazos. Confusión. A veces, sangre.

El hombre está solo. Una lágrima serpea por su mejilla. Desde el tejado de al lado, salta a la terraza un gato gris. Se sube al regazo del hombre requiriendo la caricia que el hombre le niega. Trae olor a madera rancia. Huele a incienso, el incienso de la Catedral, unas calles más abajo de donde vive el hombre.

Retrato de mujer con padre



Mírame a los ojos cuando te hablo. ¡Mírame, te he dicho! Y no cierres la boca. Abre la boca, que no tengo todo el día para darte de comer.

Debería dejar que te murieras de hambre. Yo me hubiera muerto de hambre de no ser por Alberto. Que se coma el puré ella sola, decías, que se lo coma ella sola. Te daba igual que me diera náuseas. Cómetelo, me gritabas, cómetelo. Menos mal que Alberto no era como tú. Para nada. Alberto me acariciaba el cuello mientras me metía suave la cuchara en la boca, y se esperaba hasta que engullía aquella pasta asquerosa. Pero tú no te conformabas y no parabas de gritarme, de insultar a mi hermano. Siempre maltrataste a Alberto, te cayó mal desde el principio, como si intuyeras lo que iba a pasar, siempre lo trataste mal. Sí, sí, Alberto, cuida de tu hermanita, que es tonta y así más aún lo será. Y la mamá aguantaba y sufría, pero no se atrevía a llevarte la contraria. Cuántas lágrimas llegó a tragarse la mamá en la cocina, a la hora de comida. Y cuántas en todos los sitios, a todas horas, por tu culpa, padre, por tu culpa.

Levanta la cabeza y mírame cuando te hablo. ¡Mírame! No bajes los ojos y mírame.

No te puedes imaginar cuánto he llegado a odiarte. Cuánto te odio, incluso ahora, que ya no puedes atacar, que no puedes defenderte. Te parecerá mentira, pero recuerdo tu gesto de furia el día que me arrancaste el chupete, cuando cumplí los cuatro años. Alberto entonces tenía siete. Pudo quitarte el chupete de la mano. Tú le diste un bofetón que lo tiró al suelo. Y te reíste, sí, te reíste, mientras Alberto se aguantaba las lágrimas y la mamá no sabía hacia dónde mirar, qué hacer.

Cuántas veces he soñado con tu bigote asqueroso. Si sintiera un ápice de piedad yo misma te lo afeitaría ahora mismo. Pero no, no. Quiero verte y recordarte como lo que eres, como lo que siempre has sido. Con tu bigote autoritario y tus canas rebeldes en las cejas y tus ojos siempre amenazadores, siempre despectivos, hasta que el Alzheimer se los fue comiendo y apagando hasta reducirlos a dos líneas lejanas y ausentes.

Abre la boca, te digo. ¡Ábrela!

Qué curioso que sea yo ahora la que te dé la comida, la que dé la comida al hombre fiero. Que se coma el puré ella sola, que se lo coma ella sola. Qué curioso que yo misma te ponga el babero. Tú nunca me lo pusiste. Que aprenda, gritabas. Que sea yo la que te afeite todas las mañanas y te cambie de muda. Que limpie con una toalla húmeda al hombre que jamás me dio un beso, ni un abrazo, ni una ternura. Al padre que nunca besó a su hija. Que sea yo la que tenga el tiempo para hacerlo. Porque no trabajo. Porque no tengo un miserable título con el que ir a pedir trabajo. Y a ti te lo debo. Para qué va a estudiar la chica, decías, cuando la mamá te enseñaba mis notas llenas de sobresalientes.

Abre la boca y traga, te digo. ¡Ábrela!

Y no tengo un título y no tengo nada. Sólo tiempo para ocuparme de ti. Sólo tiempo para odiarte.

Sospecho que fue la mamá la que te contó que salía con Eduardo. Ya ni me acuerdo de cuánto tiempo hace de esto. Hago cuentas y pienso que me quedan menos años de vida que los que he vivido. Bueno, vivido..., es un decir. Cómo puede ser que una única persona sea capaz de reducir así a otra. Cómo que un hombre sólo haya podido embargarme la existencia y las ganas de vivir. Sí. Sería la mamá quien te lo dijo. Tanto miedo te tenía. Tú odiaste a Eduardo sin conocerlo. Odiaste a todos mis posibles pretendientes antes de que aparecieran. Supongo que no querías ni imaginarte el terror de verme cogida de la mano de un chico. Y obraste en consecuencia. Eras listo y supiste la forma de separarlo de mí.

Para qué va a estudiar la chica, decías. Tiempo tendrá de novios.

¡Traga de una vez! ¡Que no tengo toda la mañana!

Y Eduardo desapareció de mi vida. La verdad, no sé cómo lo hiciste. Si con amenazas o chantajes. O quizá tan sólo una mirada tuya bastó para espantarlo. El caso es que Eduardo se olvidó de mí. Pero no yo de él.

Tampoco te caían bien mis amigas. Aunque a ellas no tuviste que ahuyentarlas. Se fueron solas, tal vez por el tufo a pena que nuestra casa desprendía o por la desahuciada tristeza de la mamá.

Tú la mataste, padre. Tú mataste a la mamá. La fuiste marchitando lentamente, tal vez involuntario, pero consciente del deterioro. Todos lo veíamos. Día a día, asistíamos impotentes a su desgaste, sabiendo que se moría, que, poco a poco, desde el principio, la ibas consumiendo sin remedio.

¿Por qué desde siempre tantos gritos? ¿Por qué tanto desprecio? ¿Por qué te casaste con ella si no la querías?

Siempre he pensado que desde el mismo día de la boda deseaste que la mamá no existiera. Sólo que estuviera. Qué raro. ¿Quisiste vivir con ella para odiarla, tal vez? ¿Para odiarla y darle un sentido a tu existencia? ¿O, simplemente, buscaste una persona que te planchara las camisas, o te calentara la cama y las entrañas?

Tú nos negaste, a Alberto y a mí, el derecho al amor por mamá. ¿Sabes por qué? Porque antes de llegar a quererla ya la compadecíamos. Sí, padre. La mamá nos daba pena. Mucha pena. Y tú asco, mucho asco y miedo. Así que, por tu culpa, nunca pudimos llegar a querer a la mamá, a nuestra madre. Nos lo impidió la enorme lástima que por ella sentíamos. Creíamos que la queríamos mucho, pero aquello sólo se parecía al amor: era compasión. Y tú tenías la culpa. Tú tienes la culpa, padre. Tanto odio te tengo que nunca he llegado a preguntarme las causas de tu comportamiento, por qué eras tan vil.

Aunque, fíjate, una vez llegué a pensar que encontraba una explicación. Algunos días volvías del trabajo ufano, como si hubieras realizado una gesta. Hoy he repartido un montón de millones, decías, como si fueran tuyos, aunque lo único que hacías era comprobar y archivar los boletos premiados que llegaban a la oficina de Apuestas del Estado. Pero tú chuleabas, le he dado a un tipo calvo más de ochenta millones. Y yo conjeturaba una especie de principio termodinámico o energético. Claro, pensaba, tanta dicha concede fuera de casa que, para contrarrestar, el interior de la suya la llena de sevicia. Pero no, no era cierto. Cuando te dieron la baja por el principio de la enfermedad, todavía consciente la mayor parte del tiempo, seguías siendo tan cabrón, aún más cabrón que antes, cuando te creías que distribuías la felicidad desde el despacho.

Hubo un tiempo en que no entendía por qué te dedicabas a maltratar más a Alberto que a mí. Aquellas broncas porque Alberto no quería ir a cazar contigo y con tus amigos, esos tipejos de tu misma calaña. Aunque, a pesar de todo, Alberto iba, no le quedaba más remedio. Las blasfemias cuando tu hijo decía que no pensaba jugar en el equipo de fútbol del colegio y que se había apuntado a un grupo de teatro. Tu silencio turbio cuando Alberto le lavaba a mamá la cabeza en el fregadero de la cocina y luego la peinaba mientras le contaba la película del cine de al lado al que la mamá no iba desde que se casó contigo. Todo lo que hacía Alberto te disgustaba. Te sacaba de quicio; amenazabas, gritabas desafíos incongruentes. Sin embargo, conmigo no te metías. Yo te daba pocas preocupaciones. Te limitaste a excluirme del mundo exterior y ahí acabó tu faena.

Salí de dudas una Noche Buena, en la que tú te emborrachaste más de lo normal y te quedaste dormido encima de la mesa, roncando y babeando como una bestia. La mamá había tomado, obligada por ti, una copa de champán, y, como tú no la oías, se atrevió a llorar y se le escapó lo que alguna había intuido. Que yo era una hija no deseada, producto de la marcha atrás. Existo y sufro, te sufro, gracias a la incierta combinación del semen de un cerdo y un más menos de décimas de segundo. Me parieron y aquí estoy. De ahí tu indiferencia hacia mí. Tú sólo querías un hijo para hacer un calco. La mujer, tu mujer, mi madre, era sólo un objeto secundario, aunque necesario; y yo, nada.

Y, qué curioso, el personaje de sobra es precisamente el que te está dando la comida, cuando lo que debería hacer es dejarla en el suelo y ver cómo te mueres sin poder arrastrarte a recogerla.

No tengo ni idea de lo que pasa por tu cabeza ahora, desde que desertó la mente de tu cuerpo dejándote ese gesto vacío de pelele. Pero es posible que aún te ronde la conmoción de aquel día, cuando Alberto cumplió los veintidós años. Ojalá así sea. Ojalá aún sufras repasando el aplomo y la serenidad de Alberto cuando te dijo que se iba de casa a vivir con su novio. No entiendo cómo no te estalló el corazón en ese momento (todos lo estábamos esperando). Sin embargo, tuviste fuerza para abalanzarte sobre Alberto. Ojalá no hayas olvidado, y en la mente se te pudran las dos frases, claras y sosegadas, tú ya inmovilizado en el suelo. Ahora mismo te partiría la cara. No lo hago porque no quiero que la mamá sufra más.

Desde aquel día tú nos trataste a las dos mucho peor que antes. Para qué recordártelo. Hiciéramos lo que hiciéramos, gritos, amenazas, empujones.

Alberto, cuando nos veíamos, insistía en que yo también me fuera, que él me conseguiría un trabajo. Pero yo no podía. No podía abandonar a la mamá dejándola sola contigo.

Abre la boca. Traga.

A partir de la marcha de Alberto parecía como si ya, casi todo, te diera igual y degradaste el nivel de nuestra dignidad, la de la mamá y la mía, al de esclavitud, o más bajo incluso, al de electrodoméstico, al de cacerola. Recuerdo un día que, mientras bajaba por el ascensor para ir a la compra, me di cuenta de que había olvidado el monedero y volví a subir para buscarlo. Desde el pasillo me pareció oír unos jadeos extraños. Era el sonido de una película porno. Te encontré medio tumbado en el sofá, los pantalones bajados, muy colorada la cara y la mano derecha estrujando una cosa oscura. Habías recluido a la mamá en la cocina y a mí me gritabas. ¡Y tú, qué haces ahí, parada como una imbécil!

Cuando te diagnosticaron Alzheimer sentí una pena grandísima. No por ti, naturalmente, sino por la mamá. Pero, ingenuamente, pensé que quizá la enfermedad rebajaría tus excesos. No fue así. Te hiciste aún más exigente, más violento, complicándole más la vida a la mamá, que empezó a volverse loca al tener que añadir a la lista de sus sentimientos cotidianos - el odio, la amargura, la angustia -, uno nuevo, el de la compasión.

Creo que entonces, al principio de tu decadencia definitiva, las dos alimentábamos una esperanza imperfecta de llegar a verte, a sentirte, no como al tipo odioso que nos maltrató, sino como a un recuerdo, como al recipiente de aquella persona vil. Sin otra ayuda que la paciencia, día a día medíamos nuestra miseria, el tiempo perdido, la vida malgastada, pero con una confianza remota en que el hombre sano y cruel moría para dar vida al otro, inocente, inocuo. Pero supongo que el recuerdo, la fatiga, una sensación borrosa de estafa, tu olor, nos negaban el milagro de la metamorfosis.

Y así se fue la mamá, sin ruido, como vivió siempre, como tú la habías diseñado. Con los ojos disminuidos por las lágrimas que en los últimos tiempos se permitía, aprovechando tu ausencia.

Y nos quedamos solos. Tú y yo. No acierto a imaginarme tu universo: laberinto o pradera. El mío lo conforma el silencio estrecho del pasillo y un estúpido afán por transformar tu presencia en una forma blanda de soledad. Prescindiendo de mí misma, simplemente presto mi piel a las agujas frías de la ducha y mi cabeza a recuerdos mezclados que la recorren sin orden, a rudimentos o atisbos de esperanzas innombrables, sin querer imaginarme aún el terror o la calma de la casa vacía, de la cama sin ti. Y, sin embargo, este olor, esta mezcla de vahos indelebles, este encierro, me instala a veces en una sensación de consuelo que compensa la tristeza. Podría pegarte, obviarte, marcharme, pero cualquier cosa que hiciera no alteraría el dolor, el desamparo.

Come, padre, por favor. Traga ya.

Y otra vez me pregunto por qué no acabo contigo. Y sé por qué no lo hago. Ya te lo he dicho muchas veces. Si me inspiraras un gramo de ternura ahora mismo te ahogaba con esta bolsa. Eso es lo que vales, padre, una bolsa de plástico y dos o tres minutos de mi tiempo. Nada.

Pero, ¿qué te pasa, padre? ¿Te has atragantado? ¿Qué te ocurre, padre? ¿Lloras? ¿Por qué lloras, padre? ¿Por qué me abrazas? ¿Por qué me besas, padre?

Espera. Espera un momento. No, no te levantes. Voy a la cocinilla un momento.

Ya está.

Acuéstate en la mecedora, padre. Así. Deja que te tape con la manta. Ven, eso es. Dame la mano. Así. Cierra los ojos, papá. No tengas miedo. Yo estoy contigo. No te preocupes por el olor, papá. No te hará daño. Duérmete, papá. Duérmete.

Tú la llevas



En el juego puedes escoger dos placeres:

uno es ganar, el otro perder. Byron            El destino quiso que mi existencia laxa y rutinaria coincidiera en tiempo y espacio con la de aquel obseso. Enfermo y peligroso: Vicent. No olvidaré su nombre, aún sólo por maldecirlo. Aquel perturbado me contagió sin remedio. Maldito sea.            Todavía no me explico cómo ese tipo acabó trabajando en la cadena de una fábrica de papel. Quizás para conocerme a mí.

Hacía cuatros años que el neurótico Vicent había acabado sus estudios de Filosofía. Sin embargo dedicaba todo su tiempo libre a lecturas no exactamente metafísicas: Laplace, Peirce, Bernouilli, Fisher, Galton, Borel, Kolmogoroff. Los grandes pensadores de la Teoría de la Probabilidad. "La Ciencia Determinista no existe, y Ella lo sabe", le gustaba bromear de vez en cuando, y sonreía enseñando sus dientes amarillos, pequeños y afilados.            En un turno de noche la cadena se paró. Él solía trabajar a mi derecha. Nunca habíamos hablado antes. A parte del ruido infernal, no hubiera tenido nada que decir a ese mequetrefe calvo que parecía un selenita. Con gesto beatífico, casi baboso, mirada ida, calva reluciente, exclamó:            - ¡Es casi increíble! ¡Se han parado las cuatro!- y su voz era la de la Virgen María en un "hágase en mí según Tu Palabra".            Me pareció de mala educación no contestar al imbécil:

- Sí. Hoy estamos de suerte. (Ahí empezó mi perdición. Además, había mencionado en presencia del maníaco la palabra suerte)

- ¿Suerte dices? Mira, compañero. La suministradora UNO suele estropearse una vez al mes (Tenía razón, era la más vieja de las cuatro) La DOS y la TRES, una vez cada dos meses, más o menos, lo tengo comprobado (Yo también lo tenía comprobado) Pero la nueva sólo ha fallado una vez en estos seis últimos meses.            Efectivamente, de vez en cuando las suministradoras de papel se averiaban, pero en menos de una hora volvían a escupir pliegos y más pliegos de papel, toneladas laminadas de papilla de árbol. Además, la empresa se curaba en salud: cuando una fallaba, aceleraba las otras. Problema resuelto. Hasta ahora nunca se habían parado todas a la vez, ni siquiera dos al mismo tiempo. De ahí, quizá, el embeleso del neurótico.

- Pero, ¿tú sabes cuál es la probabilidad de que dejen de funcionar las cuatro en la misma hora de trabajo?- No era humano el que hablaba.

- Si me dejas dos minutos, sí.

Me acerqué al despacho y tomé prestada la calculadora del encargado que, en ese momento, debía de estar al borde del infarto.

- Una entre más de seis billones- le anuncié. Es decir, este accidente cabe esperarlo una vez cada siete millones de siglos. Ya te he dicho que hoy estábamos de suerte.            - ¡Exacto! ¡Exacto!- Ahora mi interlocutor era un poseído.

Aquí empezaba el principio del fin. De mi fin.            En menos de media hora ya funcionaban la UNO y la TRES. Fugaz felicidad. Efímera por definición. Pensar que pueda durar es optimismo, el optimismo es falta de información.

Media hora fue tiempo suficiente para sentir el abismo insensato de su mirada, su gesto extraviado, sus manos temblorosas, sus sobacos catingudos. Treinta minutos para conocer al loco Vicent. Hacía tiempo que se me había olvidado compadecer a la gente, así que me limité únicamente a observarlo. Él, mientras, me declaró su interés -obsesión- por cualquier fenómeno de carácter aleatorio -más tarde intentaría convencerme de que todos lo eran-; su exhaustivo conocimiento de los clásicos de la probabilidad. No obstante, su libro de cabecera era una autobiografía, la del médico y gran matemático italiano del siglo XVI, Cardano: un desgraciado que se empecinaba en arruinarse continuamente, aun a sabiendas de la inexorable ley de los grandes números.

Para mi desgracia yo también había leído el diario del ludópata Girolamo Cardano. Se lo dije. Error. Fue entonces cuando el demente empezó a considerarme como un alma gemela. Un iluminado encuentra a otro bendecido: el principio de un gran amor. Me hizo contarle que había cursado dos años de Estadística en la Facultad de Granada pero lo dejé porque, a causa de la muerte de mi padre, tenía que mantener a mi madre y hermanos. Ahora ya había desestimado la vuelta al estudio.

Me esperó a la salida. Me defendí argumentando que las seis de la mañana no eran horas para litigar el teorema de Bayes. Obcecado, obviaba mi esquive y me atacaba con la paradoja de San Petersburgo.

Pude haberlo dejado plantado con su regla de Laplace y con el imposible período del número pi; abandonarlo desamparado en plena menstruación de conjeturas, paradojas, posibilidades y falacias; irme sin más. Irme a casa a dormir.

No lo hice. Fatalmente preferí el discurso acelerado del desconocido al insomnio invadido de fantasmas negros hablándome pausadamente en un árabe incomprensible mientras la misma mujer morena me sonreía siempre la misma despedida y me daba la espalda sin remedio. Mi novia Consuelo acababa de irse con un negro africano catedrático de Filología Árabe y yo llevaba dos semanas sin dormir ni una hora seguida, llorando sin Consuelo.            Vicent invadía mi espacio. Me saturaba. Yo no lo evitaba. Cada día una conjetura; cada semana una paradoja. Era un pozo remoto: oscuro y agitado. Vicent casi no dormía. Soñaba dados formidables, imprevisibles ruletas, electrones errantes, gatos gödelianos, infinitos fractales. Cada cual sueña sus propias obsesiones: lo que siente o quiere o imagina: lo que lo define.

Yo, por mi parte, desde el abandono, me abandoné: basé mi felicidad en estar triste. Era triste con el papel cíclico, con mi amable máquina de ajedrez; triste tocando el clarinete, triste con la almohada entre las piernas.

Con tristeza soportaba a Vicent y me empleaba a fondo en sus provocativos laberintos probabilísticos. Ya no me sentía abrumado. Tristemente entretenido.

Dos moscas fornican apasionadas en una playa de Namibia y su afán puede originar un maremoto en San Feliu de Guixols.

De todas las observaciones de Vicent, la más banal, la más trivial, provocó, a la postre, mi destrucción. La pregunta inocua "¿cada cuánto ves tres cifras repetidas en la matrícula de un coche?"  me sorprendió por vulgar. "Ya lo sabes, una de cada veinticinco, más o menos. ¿Por qué lo preguntas?". "Porque llevo días contabilizando dos de cada veintinueve".

Sonreí. Nunca había captado ningún tipo de sentido del humor en mi compañero paranoico.

La broma me alegró el día, pero, desde entonces, no he podido evitar ninguna matrícula. Mi vida viró hacia una única obsesión. Quedé atónito cuando, en la primera tanda de veintinueve matrículas, dos y sólo dos repetían tres veces una cifra. Busqué más coches para salir del asombro. Otro ciclo de veintinueve y otro y otro. Un día, una semana. Aquel infierno continuaba, incesante, invariable, inexorable. Esa frecuencia implacable me persigue.

Antes, mis viajes a la papelera resultaban relajantes, incluso placenteros. A veces ideaba divertidos anagramas, CONSUELO DUEÑE- CULO DE ENSUEÑO, o agónicos monovocálicos, SIN TI NI VI MI FIN. Inventaba amenos lipogramas y hasta palíndromos perversos: ¡AY ALÁ! MAMEM, ÁTAME, MÁMALA YA. A veces estudiaba mediante el radiocassette el curso de árabe Uaja: árabe en un mes, no sé por qué. Con las notas lánguidas de Eric Satie sombreando mi alma en el ámbito de mi coche me soñaba tocando el clarinete en una cava de Marrakech. Pasaba por la finca de Elvira Dumpis, una administrativa de la papelera. Fantaseaba con esa chica pecosa: sonriente, todavía en camisón, me invitaba desde la ventana a desayunar en su casa. Me abría su puerta, sus sábanas, su camisón, su vida. Yo tiraba la cinta magrebí a un charco y anagramizaba el nombre de mi amor definitivo, ELVIRA DUMPIS, MI DURA PELVIS.  Mi poderosa imaginación simpatizaba casi siempre con mi libido: algunas mañanas escoraba mi vehículo en un descampado cercano a la pelvis de Elvira para librarme con prisas y ternura de erecciones y fantasías. Volvía a la carretera: Salam malecum, tristeza.

Ajeno a coches y matrículas, viajaba feliz y anumérico, tristemente entretenido.

Todo eso antes de la pesadilla de las matrículas. Ahora conducir era un delirio, un infierno. No podía evitar leer las placas buscando agónico el fin de esa perversa insistencia. Dos veces me salí de la carretera; una noche invadí el carril opuesto y un camión con tres cincos estuvo a punto de arrollarme.

Tenía que desviar mi espíritu hacia cualquier otro ámbito que no fuesen las matrículas, debía obsesionarme con algo para quitarme de la otra obsesión enfermiza.

Pensé así ocupar mi tiempo libre persiguiendo a una mujer de la que decidí enamorarme perdidamente. Elegí a una chica muy joven, cuyo nombre nunca supe. Nunca hablé con ella. Jamás oí su voz. No llegué a saber cómo olía. Naturalmente, de ningún modo la toqué ni la rocé. Podría muy bien clasificarse mi enamoramiento de meramente plástico o, mejor, puramente visual. Prescripción facultativa, en todo caso. Así de poco exigente es uno en la necesidad. Era bella. A mí, al menos, me lo parecía. Y su rostro era cándido, no como el que se les pone a las chicas que abandonaban tempranamente los estudios e ingresan demasiado jóvenes en el mundo laboral. Nunca vi sus piernas: siempre lucía ceñidos pantalones, marcándole las curvas, las caderas, las nalgas; amables pantalones, más que ocultadores, descriptores del esplendor de la carne. La melena no era rizada (no hay nadie perfecto) Lisa y castaña, quizá demasiado larga. Ya he dicho que no supe cómo se llamaba, pero sí accedí muchas veces al buzón de su casa. Allí leí su apellido, Artal, y la inicial de su nombre, M.. La bauticé así Mirian Artal. Mirian trabajaba de dependienta en una lencería enfrente de mi casa. Tendría como diecinueve años, acaso menos. Las lencerías siempre han sido mis tiendas favoritas. Me gustan incluso más que las librerías. Siempre me detengo en sus escaparates. A menudo me enamoro de las modelos de las fotos y me deprimo, abandonado y hundido, cuando las retiran de la vitrina. Se parecen a mis peces, detrás del cristal: frías, inaccesibles. Confieso que muchas veces he comprado una braga para no regalársela a nadie: pedir la prenda a la dependienta atractiva, nombrarle a la bella doncella la palabra “braga”, aventurar la talla bajando la mirada hacia su cintura, me resulta siempre mucho más excitante que cinco películas porno. No tengo contabilizadas las veces que imaginé entrar en la tienda de Mirian. Preguntar por un picardías. Contestar a la pregunta ¿qué talla? con una mirada total, impúdica y desnudadora. Decir, Como tú, más o menos. Para luego sugerirle que se probara la prenda, por favor, si no te importa. Y acabar empañando el espejo del probador de suspiros y humedades. Nunca llevé a la práctica mi sueño, naturalmente. Ni siquiera llegué a entrar a la tienda.           La tienda de Mirian cerraba a las ocho. Todas las tardes, a las ocho menos diez, yo la esperaba escondido detrás de una farola. Ella siempre volvía andando a su casa. A veces compraba pipas, se detenía a menudo en las tiendas de ropa, se miraba en los cristales y arreglaba su pelo con disimulo. Un lunes la esperaba un tipo en la puerta de la tienda. Aparentaba unos treinta años, demasiado viejo para ella, y, por la forma de vestir, parecía empleado de una oficina de seguros, o algo así. A partir de entonces, el tipo aquel siempre la aguardaba en el mismo sitio. Tenía cara de imbécil, la invitaba todos los días a una cocacola y ella, Mirian, parecía feliz con él. Algunas veces acudía con coche. La presencia del vehículo me incomodaba tanto como la de su dueño. Entiéndase. No el coche, sino la matrícula, que yo evitaba siempre leer con grandes esfuerzos que me agriaban el humor. Con el tiempo fue tomándose confianzas y entraba en la tienda dejándolo aparcado en doble fila. Un día le rompí el espejo retrovisor. No pude evitar leer dos sietes de su matrícula y por eso le rompí también el segundo retrovisor. Otra tarde le quité los tapacubos, y le pinché una rueda. No sé muy bien por qué lo hacía. Al fin y al cabo aquel tipo no me había hecho nada. Realmente, aquellos actos de violencia doméstica no me aportaban ningún beneficio. Cuando se percataba del destrozo, gritaba, blasfemaba mirando al cielo y a su alrededor, ridículo, amenazante. Mirian adoptaba entonces una actitud maternal: lo abrazaba tierna, cariñosa; besaba sus párpados y parecía quererlo un poco más. No era tan tonto como para no reconocer mi fracaso. Como último recurso me dediqué a espiar al maromo: Alfredo Pérez Camino, empleado de banca; veintinueve años, aficionado al fútbol. Nada más. Encontré su número en la guía: 838468. Estuve llamándolo por teléfono algunas noches durante un mes, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la mañana, con puntualidad kantiana. Para asustarlo, para joderlo. A veces, Pérez desconectaba el aparato, no todas. Después de las llamadas nocturnas, acudía casi temblando a buscar a Mirian, mirando hacia todos los sitios (yo le amenazaba siempre con atropellarle en la misma calle de la lencería) Mirian, cuanto más abatido lo encontraba, más besos le ofrecía, más fuerte le tomaba por la cintura. No tuve así más remedio que abandonar para siempre a Mirian, dejarla desamparada con su futuro simple, seguro y aburrido.           Lo cual me devolvió a mí mismo al desamparo de mi futuro simple, seguro y fatal, la obsesión por las matrículas.

El martes del accidente llovía. De veintiocho vehículos sólo uno triplicaba la cifra. Buscaba excitado la matrícula bondadosa que me devolviera a mi tristeza entretenida. Un coche rojo me adelantó vertiginoso. El agua me impidió ver mi probable salvación. Aceleré tras él. Pude leer: 0-0000-0. Quedé atónito y una sonrisa malévola de Vicent invadió mi mente. No sé por qué frenó el coche rojo. El mío se empotró contra él. Me partí la espalda.

Sé que no andaré jamás.            Hoy he tenido visita. Vicent y Elvira Dumpis, la secretaria de la papelera, cogidos de la mano. Él sin manchas en la chaqueta; sonrisa blanca, zapatos nuevos, sobacos limpios. Ella vestía una blusa blanca muy escotada: parecía un camisón.

Venían a despedirse. Marchaban de vacaciones a Lanzarote. Vicent ha comentado "ya era hora" y a mí me ha parecido que miraba lascivo hacia el pubis de Elvira, dura pelvis que ya nunca será mía.

Antes de irse, Vicent ha ido al coche a buscar una caja grande llena de libros de probabilidad. "Tómalos, yo ya no los necesito". Mientras lo decía, he presentido que aquello no era un regalo. Era un maleficio.

Ya solo, he vuelto a la ventana a contar coches y números. Veintisiete y todavía ninguno. Se acerca un taxi, GR-8788-W.

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