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Latasa Echániz, José Luis (Pedro de Wellesley)

Hacia la cumbre



Domingo 10 de octubre. 10.00 h. Campamento base. Salí de la oscuridad de la tienda y observé el día que había amanecido hacía pocas horas. Me sorprendió un cielo sin nubes, y un sol radiante. Había temido que, nuestra única posibilidad de hacer cumbre, se viese obstaculizada por el mal tiempo. Pero no, allí estaban, frente a mí, las gloriosas cumbres de la Sierra de Guadarrama, hieráticas, gigantes, retándome a ser capaz de realizar la misión que afrontaba, burlándose de mi pequeña humanidad, dispuestas a darlo todo por impedirme alcanzar la cumbre por la que había trabajado tanto tiempo.

Volví a la tienda con un gesto ilusionado. Allí me esperaban mis compañeros, reunidos al calor del café y el colacao de la mañana. Los tres me lanzaron una mirada somnolienta que yo devolví con una gran sonrisa. Se les veía decaídos después del largo viaje. Yo también estaba cansado, pero no podía demostrárselo a mi equipo. Habíamos estado muchas veces en esta situación y sabía que cualquier muestra de flaqueza podía resultar un desastre. Hoy había que evitarlo a toda costa, hoy teníamos que conseguirlo.

Mi compañera de mil y un viajes, aventuras y desventuras, Raquel, me alcanzó una taza de café, mientras me preguntaba, una vez más, indecisa.

— ¿Piensas llevarnos hoy hasta arriba?, mira que carita tienen estos...

Se refería por supuesto a nuestros dos pequeños serpas. Se nos habían unido hacía pocos años en nuestras aventuras, pero ya eran miembros inseparables del equipo. El más alto, Martín, apenas si levantaba metro veinte del suelo. Pero era increíble lo que podía llegar a caminar, sin quejarse. En cada nuevo viaje me asombraba más, era capaz de llegar más lejos y cargando más equipo. La otra era Ana, la más joven, todo corazón y entusiasmo. Ahora mismo, me estaba mirando con sus grandes ojos, mientras se llenaba los morros de chocolate con el bollo energético que habíamos decidido consumir con el café. La mezcla de hidratos de carbono y serotonina era lo que necesitábamos para la larga jornada que nos esperaba. No iba a ser fácil, pero estábamos preparados.

10.20 h. – A 5,5 km. de la cumbre. Levantamos el campamento y empezamos a caminar despacio. El momento de la verdad había llegado, atrás quedaban los años de entrenamiento, la preparación, el gigantesco esfuerzo de volver a reunir al grupo y convencerlos de que podíamos conseguirlo. El desastre de la última aventura les había dejado una profunda marca.

Nos lo jugábamos todo a una carta y lo sabíamos. El parte meteorológico había comunicado que en una semana empezarían las primeras nevadas y, una vez llegase el mal tiempo, no habría otra oportunidad de escalar el pico hasta el año que viene. Si es que podía volver a convencerles de llegar hasta aquí. Esta expedición había costado mucho organizarla, demasiado. Podía marcar todas nuestras expediciones futuras. Otro fracaso y nunca más podría volver a escalar con ellos. Se habían sentido muy desilusionados la última vez. No podrían soportarlo de nuevo.

10.30 h. – A 5,3 km. de la cumbre. El momento de la decisión final está ante mí. Hemos llegado a, lo que en mi último modelo de GPS, adquirido expresamente para la misión, había marcado como la encrucijada. Allí mismo se veía un hito para orientar nuestros pasos. Seguro que había sido dejado por algún montañero que, como nosotros, siguió este camino ascendente en busca de una efímera gloría.

Me detuve a contemplarlo antes de volver a consultar el GPS. Allí estaban, claramente marcados, los dos caminos que nos podían conducir hasta nuestro objetivo. Uno recto, directo, como si un montañero loco hubiese decidido tomar el camino más corto hacia la cumbre. Lo llamaban la calzada romana y había sido la ruina de más de un hombre con demasiada prisa por alcanzar la gloria.

Giré la vista hacia mi equipo y lo sopesé con cuidado. ¿Serían capaces de conseguirlo? Recordé como había sido el último intento de ascensión por allí. El terreno pedregoso y empinado, las traicioneras rocas que te hacían trastabillar y perder el pie, el constante peligro de una ominosa caída al vacío. Miré a mis dos serpas, tenían las caras ya sonrojadas por el esfuerzo. Habían desaparecido de su mirada las legañas de la mañana y se notaba que sus cuerpos, llenos de oxígeno, buscaban con placer el futuro que les esperaba. Pero conocía esos rostros, los había visto antes en muchas expediciones fracasadas. Para ellos esto no era más que un juego, un divertimento en sus vidas. Sabía que si, en cualquier momento, se agotaban o aburrían, volverían la vista atrás, empezarían primero las quejas, los cuchicheos, y poco después el motín, los violentos chillidos y lloros que, una vez más, nos separarían de nuestro noble y único objetivo, hacer cumbre.

Estudié mi segunda opción, el camino de Agromán y la República. Una senda más larga, pero que ascendía como una larga serpiente por la montaña. Mucho menos empinado y en mejores condiciones, esperaba que no cansase tanto a mis acompañantes. Llevaba ese nombre por unos montañeros que tuvieron el valor de soñar nuevas sendas que atravesasen las montañas y uniesen a los pueblos de lejanos valles. Seguir los pasos de esos hombres, me llena de pasión y orgullo.

— Bueno, qué, te decides ya, ¿o vas a estar mirando ese cartel todo el día?

La voz de Raquel me sacó de mi ensimismamiento. Ella, mi compañera en el viaje de la vida y la montaña, siempre tan decidida y dispuesta a iniciar una nueva aventura. No le podía hacer esperar más. Tomé una decisión. Hoy alcanzaríamos la cumbre, y sería por la carretera de la República.

11 h. A 4,0 km. de la cumbre. Nada más comenzar la ascensión hemos tenido el primer problema. Ana, ha sido afectada por el mal de altura. Pensaba que ya tenía suficiente experiencia para no padecer esa enfermedad, pero enseguida fue obvio que estaba equivocado. Después de un rato de tranquilidad, en el que el grupo unido se mantenía en su objetivo, Ana echó a correr. Los gritos y órdenes que le dimos para que se detuviera no sirvieron para nada. Corrimos tras ella y conseguimos detenerla al borde del camino. Respiraba agitadamente y gritaba como una posesa.

— ¡Una mapiposa, una mapiposa!

¿Qué locura podía haberla llevado a semejante estado? Mis intentos de hacerla entrar en razón fueron en vano. Le expliqué que si seguí así, podía sufrir un agotamiento físico prolongado que le impediría continuar. Pero no surtió ningún efecto, cada rato, por más que intentáramos mantener el rumbo, salía corriendo detrás de una flor, insecto o cualquier cosa que llamase su atención. Aterrorizado me di cuenta de que si seguía así, jamás conseguiríamos llegar hasta el final, iba a estar demasiado agotada. Juro que por un momento el pensamiento cruzó mi mente, pero no, no podía dejar a ningún miembro del equipo atrás, esto lo habíamos planeado juntos. Habían sido muchas horas de trabajo y esfuerzo, no podía discriminar a nadie, o lo lográbamos todos o ninguno.

11.15 h. A 3,5 km de la cumbre. Una casualidad del destino ha hecho que volvamos a recuperar nuestro ritmo de ascensión. De no sé muy bien de dónde ha aparecido una bestia salvaje en nuestro camino. Ha saltado sin previo aviso de detrás de unas rocas enseñando las fauces. Ana, que estaba persiguiendo alguno de sus sueños, se ha llevado un susto de muerte. Rápidamente me he interpuesto entre la bestia y ella. He adoptado la posición del dominador de canes que aprendí en un documental sobre la India y he esperado su ataque. Pero, o la postura ha funcionado, o el animal sólo estaba nervioso, porque después de unos instantes, se ha escuchado un silbido entre las montañas y ha desaparecido de nuestra vista. Este incidente sin más consecuencias para nuestra ascensión ha provocado que Ana superase el mal de altura. Desde ese momento no se ha alejado a más de un metro de Raquel. Mis esperanzas en el éxito de la misión se han renovado completamente.

11.45 h. A 2,0 km. de la cumbre. Hemos sufrido una caída. Ha sido algo totalmente inesperado. Estábamos cruzando un pequeño torrente en nuestro camino cuando Martín ha sufrido un resbalón y ha caído, ha sido un momento muy tenso. Ana y Raquel han gritado desesperadas, por un momento he llegado a pensar que lo perdíamos. He ido corriendo a su rescate. Me he metido en el torrente y el frío del agua se ha clavado como un punzón de hielo en mis pies. No quiero pensar lo que podía estar sufriendo Martín en ese momento. Le he conseguido sacar del torrente y entre Raquel y yo, hemos buscado huesos rotos, alguna herida mortal, pero por suerte no había nada. Sólo unos pequeños rasguños.

Hemos celebrado un pequeño conciliábulo para aseverar la situación. No sabía si Martín podría realizar esta ascensión empapado. Nos arriesgábamos a que sufriese una neumonía, congelación o algo peor. Por un momento he dudado, ¿habíamos llegado tan lejos para que un poco de agua nos echase atrás? Acostumbrados a nuestra vida burguesa no lo recordamos, pero aquí, en las cumbres de la tierra, la vida y la muerte se miden con otra regla. La diferencia entre una y otra puede ser simplemente un poco de agua.

Esta vez, la que me ha sorprendido, ha sido Raquel, me ha vuelto a recordar por qué es ella la que siempre lleva la intendencia de nuestras expediciones. Ha dejado su mochila en el suelo y como por arte de magia ha sacado un hatillo de ropa seca. Ni sabía que había cargado con ella.

Nos hemos acercado a Martín, que tiritaba de frío al sol. Le hemos ayudado a quitarse sus ropas mojadas y a ponerse las nuevas. Le he preguntado que tal estaba y él ha respondido que tenía frío. Le he hecho levantarse y moverse un poco, si se queda mucho más tiempo quieto puede que hubiese sufrido de hipotermia o algo peor. Pero ahí de nuevo me he llevado una sorpresa, cuando pensaba que me iba a decir que quería abandonar,  se ha levantado en toda su estatura y me ha dicho...

— ¡Seguimos!

Su determinación por el éxito de nuestra misión me ha llegado al alma. Sólo puedo decir que la expedición se ha salvado gracias a ellos. Mi equipo no merece más que mi sincera admiración y orgullo.

12.15 h. A 0,5 km de la cumbre. El momento más terrible de la ascensión ha llegado. Cada montañero tiene una forma de definirlo. Yo lo llamo el shock. Es una sensación extraña para aquellos que no la han vivido. Es un momento crítico en la ascensión con cualquier serpa. Comienza con un leve arrastrar de pies, el pequeño montañero camina más despacio. Después agacha la cabeza y se queda atrás. Lo mejor en ese momento, creo, es ignorarle. Pero, con el transcurrir de los metros, los síntomas se agudizan. La crisis comienza con pequeñas interjecciones que denotan su poca intención de seguir caminando. Eso rápidamente puede derivar en gritos, llantos, y una propensión a sentarse o dejarse caer muerto intentando abortar cualquier intento de proseguir la marcha. Y lo más terrible es que suele ser contagioso, una vez que un serpa ha tenido el shock, sus compañeros sucumben a la enfermedad rápidamente.

Cuando empezaron los signos del shock en Ana, la cumbre estaba muy cerca, teníamos el éxito al alcance de la mano. Le vi agachar la cabeza y arrastrar los pies, alejándose poco a poco del grupo. Un sudor frío recorrió mi frente. Allí estaban de nuevo, los síntomas que preconizaban el fin de nuestra aventura. Otro fracaso que añadir a nuestra larga lista. Escuché el primer quejido.

— Jo, estoy cansada, porque no volvemos ya… —murmuró la enferma criatura.

Un sentimiento de abatimiento llenó mi corazón, esta vez nos habíamos quedado tan cerca... Sólo faltaban quinientos metros, quizás ni eso. Mis ojos cayeron derrotados. Se cruzaron con los de Martín. Algo había cambiado en ellos. En ninguna expedición anterior lo había notado. Esta vez parecía que no querían dejarse llevar por el shock. Por primera vez sentí que me miraban interrogantes... Querían saber qué había allá arriba. Querían estar más cerca del cielo. Querían ver el mundo desde las alturas. Esa mirada me hizo descubrir en mi corazón una determinación que no había encontrado en otras ocasiones. Raquel ya estaba dando la vuelta.

— Vamos Pablo, la niña está cansada, ya hemos caminado suficiente.

Pero no, esta vez no, esta vez teníamos que conseguirlo. En ese momento me sentí el descendiente de una gran estirpe. Seguro que Michel Paccard, Jacques Balmat, George Mallory, Sir Edmund Hillary o Tenzing Norgay habían tenido su momento de debilidad, su shock. El compañero que se quejaba del cansancio, de la larga ruta, de que tenía ganas de hacer pipí, de que quería volver a casa a jugar con sus muñecas. Ellos, cuando tenían el éxito tan cerca no dudaron en alcanzarlo. Yo tampoco lo haría, esta vez no.

Decidido, me acerqué hasta Ana, la cargué sobre mis hombros y señale hacía la cumbre.

— ¡Vamos a llegar hasta nuestro objetivo!

Raquel me lanzó una mirada que había visto otras veces, esas en las que dudaba de mi raciocinio. Pero el grito de ánimo de Martín, le hizo cambiar de opinión y sonreír. Sí, podíamos conseguirlo.

Domingo 10 de octubre, 12.33 h. Cumbre de la Fuenfría. ¡Cumbre! ¡Cumbre! ¡Eureka! Lo hemos conseguido… A nuestros pies se extiende el camino recorrido. Los últimos quinientos metros han sido los más duros de mi vida de montañero, cargado a la espalda con mi serpa, intentando que no cayese al suelo. Mis piernas me fallaban, la altura, el largo camino, las preocupaciones, el miedo al éxito, todo se unía como una barrera contra la que había que luchar paso a paso. Sólo había un camino posible. Hacia arriba.

Poco a poco la cumbre estaba más cerca. Raquel se ofreció a cargar con Ana un rato, pero me negué. Ésta era la gran prueba, yo les había traído hasta aquí, ya habían sufrido bastante por mí. Así que cargué con mi equipo, mis dudas, mis ilusiones, mis deseos, mis frustraciones y paso a paso llegamos hasta la cruz que marcaba nuestro éxito. La celebración fue gloriosa, saltamos de alegría, se olvidaron las penas y nos abrazamos alegres, lo habíamos conseguido, juntos, que sensación más agradable fue esa. Me llené los pulmones de aire fresco y felicite a mi equipo, son los mejores, sin ellos esto no significaría nada para mí.

Después cuando la adrenalina ya había bajado iniciamos el descenso, la gloria y un gigantesco helado nos esperaban para celebrar nuestra victoria.

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