Cuando escuché ese --Feliz año nuevo, varón-- por cuarta vez en cosa de diez minutos, supe que si lo volvía a escuchar una vez más, terminaría matando a ese tipo.
Había salido de casa para ir donde Verónica. Quería verla, platicar con ella, aprovechar el año nuevo para abrazarla y tal vez, bueno quién sabe, tal vez…
Crucé la calle para comprar cigarrillos y al nomás atravesar en búsqueda de la cuadra de enfrente, veo a ese hombre que venía ocupando la acera casi por completo. Estaba borracho por todas partes, su rostro y ese andar dubitativo entre aquí o allá lo delataban al primer vistazo, su mano temblorosa sostenía una lata de cerveza. Un hombre común y corriente de esos que solemos llenar esta ciudad, más o menos de mi estatura, cabello negro, moreno, con una pequeña barriga que empezaba a asomar debajo de la camisa a rayas y abotonada hasta el cuello, unos jeans celestes gastados y una mochila al hombro completaban aquella desgracia.
Mientras me acercaba al borracho supe que se detendría al escuchar mis pasos que se acercaban, no sé por qué pero eso es tan común. Escuchan que te vas acercando y detienen su marcha, tratan de observarte, algunos lo logran y se quedan ahí, parados, viéndote cómo vas caminando sin reparar en ellos. Eso fue lo que pasó, casi…
Se detuvo tres pasos antes de que yo llegara hasta donde él, giró el cuello para verme a su espalda justo en el momento en que pasaba a su lado, reaccionó con los reflejos de un felino que lleva entre pecho y lomo dos botellas y media de aguardiente, e intentó levantar la mano que sostenía la lata de cerveza.
--Feliz año nuevo, varón.
Le respondí como queriendo dejar en claro que yo también le deseaba el mejor año posible, en medio de su felicidad alcohólica.
--Feliz año.
Pero entonces ya era muy tarde para mí. El desasosiego llegó como una rara bacteria dentro de aquella simple expresión. ¿Qué tiene de feliz este año? Nada. Todo sigue igual, todo es tan caótico como ayer. Si las cosas fueran tan fáciles como remover el viejo calendario de la pared… pero como decían en aquella clásica película del cine mexicano de ficheras, “los mismos güeyes con las mismas viejas”
¡Borracho infeliz! Ya me quitaste estas ganas de año nuevo que traía a medias entre el desengaño y el consuelo. Te he dejado atrás, mientras estás buscándome todavía a tu lado, pero tus palabras han dejado todo muy claro, ahora nada más el malestar existe en esta parte de la ciudad, donde individuos como vos ponen de rodillas cualquier voluntad, a toda hora del día y de la noche.
La bestial borrachera que trae, hace que el tipo casi esté enterrando el hocico en la acera, malditas ocho y quince de la mañana en que me vine a topar con este engendro. Después llegarás a tu casa, quizás a comer, después a dormir, todo tranquilo, aquí no ha pasado nada, nadie dijo nada ni ha tocado ninguna precaria fibra de la verdad, todo está bien, después estarás roncando como la puta que los parió.
Pido el paquete de cigarrillos, Doña Inés se ha ido hasta adentro para buscar el cambio, enciendo uno y doy una buena bocanada. Ahora me doy cuenta que lo terrible está a la entrada de esta escalinata, el borracho se ha detenido frente a las gradas y me observa de la manera más perturbadora, siento que ya me va pedir un cigarrillo y la verdad no quiero dárselo. Sigue observándome.
--Feliz año nuevo, varón.
Le respondí en voz muy alta, casi gritando,--¡Feliz año!-- que hasta Doña Inés se asustó y también respondió,--Feliz año, hijo-- pensando la pobre que era con ella, pero es que el tipo logró irritarme bastante, no sé que será. Quizás sea ese malestar propio del mal sueño de la noche anterior, o tal vez las tres cervezas que me tomé anoche, tres nada más y después a intentar dormir. Tres es una mala cantidad cuando se trata de cervezas, muy pocas para emborracharse y demasiadas para ir tranquilo a dormir, junto a uno se acuesta aquella vocecilla diciéndote al oído: “Una más, una y dormirás bien, tal vez dos, por si acaso”, pero es que tres… no sé, tal vez sea eso, o tal vez sea que el borracho ya no está frente a las gradas, sigue caminando por la acera, ¡desgraciado! Metiendo dagas como nubarrones en el corazón y escapando seguro de cualquier mirada que pueda aterrizar en sus ojos… quizás sea eso el malestar mientras te veo caminar tan lento por esta cuadra.
Es lentísimo, no puedo siquiera intentar caminar a esa velocidad, no creo que nadie pueda hacerlo. Bueno, ni modo que me quede aquí hasta que el tipo desaparezca, como sé que le voy a dar alcance en cualquier momento, a caminar más rápido cuando esté cerca, tal vez ni se entere que pasé a su lado y así ambos seremos indultados por la enorme mano que hila cada minuto de este día.
Se toma toda la acera para caminar, anda como si tuviera un metro imaginario entre sus manos y quisiera medir el ancho de todo la acera, eso parece, va de aquí para allá, lo que menos hace es avanzar hacia adelante, camina hacia los lados. El trayecto que absorbo en tres pasos, él lo recorre en doce. Ya me jodió el día de año nuevo este cabrón.
Se dejó comer la cabecita con esos mensajitos que abundan en estos días, que “año nuevo, vida nueva” y otras ridiculeces de ese clase que quieren hacernos creer que en realidad la vida es un viejo slogan caído en la honda desgracia del cliché. Por eso no le importó irse anoche con sus amigos, beber toda esa cerveza o peor aún, ese aguardiente barato que te golpea el cuerpo como si se tratara de un saco de box, a emborracharse porque “de todos estamos empezando un nuevo año y hay que empezarlo bien”, llegará a su casa y su mujer le va a reclamar, suponiendo que tenga mujer y quizás hasta hijos. Pero qué importa, todo vale la pena por una noche como la de anoche… las líneas de coca que poco a poco iban tomando la forma de un signo fatal en aquel sucio espejo, subiendo por los billetes enrollados, quitándoles la borrachera para seguir bebiendo. Qué importa que ahora se caiga de ebrio, todo valió la pena por una noche así. Después una última lata de cerveza para aguantar el ardoroso camino de regreso. Quiere dormir, quiere olvidarse que mañana debe ir a trabajar, quiere olvidarlo todo.
Voy a alcanzarlo pronto. Paso por su lado muy rápido y ya está, no se va a dar cuenta. Eso es, ya pasé ya pasé, ni siquiera se enteró…
--Feliz año nuevo, varón.
Desgraciado infeliz, bueno ni modo, a seguir caminando, ya lo dejé atrás.
En la esquina veo cruzar el bus que debo tomar, tengo que alcanzarlo antes que ese borracho miserable se acerque.
Llego a la parada y el bus sigue esperando ahí, ya estuvo, lo alcancé. Subo, pago y busco un asiento, alguno que de preferencia esté vacío, fácil, el bus apenas está ocupado por algunos pasajeros, creo que entre todos, incluyendo al motorista, llegamos apenas a diez.
Aunque el malestar no haya desaparecido ahora estoy un poco mejor, sentado al lado de esta ventanilla, al menos me libré del embriagado tipo ese…
No puedo creerlo, ahí está, en la otra acera… ¡no! ¿Vendrá para acá? Parece que va a cruzar la calle, no puede ser, no puede ser que tome este bus, no puede ser que el bus se quede aquí esperándolo. ¿Qué diablos espera este motorista para irnos?
--¿Y a qué hora nos vamos a ir? Ya es tiempo.
El motorista busca por el retrovisor a la persona que le ha gritado, por supuesto que detiene su mirada en mí. No dice nada y sigue esperando. ¿Y el borracho? Miro para la acera de enfrente y no está, ¿habrá cruzado la calle? Miro por la ventanilla y tampoco está, miro hacia el frente y lo veo subir lentamente por la escalerilla del bus, es lentísimo. Cada lento paso suyo es una profunda puñalada que entra en mi hígado, en mis riñones, en mi estómago, en mis pulmones… lo peor sería que el tipo se sentara junto a mí, pero sigue caminando y se sienta en la otra columna de asientos, al otro lado de este mínimo pasillo por el que transitamos, y aunque tampoco se sentó en el asiento que está paralelo al mío, está en el de atrás, en diagonal conmigo, lo alcanzo a ver con lo último de mi ojo izquierdo, me está observando.
--Feliz año nuevo, varón.
Ya está, me tiene harto, no es posible que me haga esto una vez más, qué necesidad tiene de repetirlo, o es que no entiende que no hay ninguna felicidad en este día, qué tipo tan terco. Son ya cuatro veces que me dice lo mismo.
Finalmente avanzamos, el borracho se ha quedado sentado ahí en el mismo lugar, me sigue observando… mientras no se le ocurra sentarse a mi lado todo estará bien. ¡Ah, desgraciado! Se sentó… apenas lo pensé y él se sentó a mi lado, es como si lo hubiera sabido… qué más da, lo voy a ignorar.
Sería más fácil si tuviera un periódico o un libro, lo pongo en mi rostro, finjo que estoy leyendo y sanseacabó, no tendría que pensar en él ni en nada.
A falta de lectura me concentro en mis manos, están cubiertas por levísimos pellejos que se levantan desde el borde de mi piel. Voy arrancando cada uno de ellos, los despego de mis manos con cuidado y con temor, aunque no duele siento como si arrancara un trozo de mí cada vez que lo hago, como si yo me estuviera arrancando de mí mismo, como si me extirparan todito de este mundo, pero no puedo dejar de hacer esto, algo me obliga a seguir desprendiendo estos pellejos de mis manos.
Después de tres cuadras y quince pellejos, regreso al borracho, sigue sentado a mi lado, lo observo de reojo, es la persona más triste que he visto en mi vida, sentado ahí, de vez en cuando me observa y parece que toma impulso para decirme algo, entonces hace un gran esfuerzo para apenas elevar su cuerpo del asiento y levantar su brazo, va a decirme algo y luego su rostro cambia, se vuelve duro y desconsolado, baja el brazo y su cuerpo cae terriblemente sobre el asiento, suelta el aire que guardaba en sus pulmones, es el mayor derrotado que ha podido registrar la Historia.
El borracho se levanta, camina hacia el conductor del bus, se sienta en el lugar que está detrás de él, desde ahí observa hacia atrás, observa a todos los que estamos en este momento viajando en este bus.
Desde ahí logra decir --Feliz año-- a dos pasajeros que están cerca de él. Ninguno de los dos le hace caso. Se queda sentado, observándonos, el bus se detiene y suben dos pasajeros más. Extiende su brazo como si intentara detenerlos pero es imposible, antes de alcanzarlos, el brazo regresa dubitativo junto al cuerpo.
Ahora debo bajar del bus, me paro para dirigirme a la salida, el bus empieza a detenerse y yo camino hacia la puerta de atrás, pero el borracho también se levanta y trata de caminar hacia donde estoy, es desesperante, no quiero que baje, no quiero que baje. Por suerte el bus reinicia la marcha antes que el tipo se acerque a la salida. Desde aquí logro verlo y él me mira desde una ventanilla.
Este malestar no cesa, sigue abatiéndome, enciendo un cigarrillo y camino en dirección contraria hacia donde debería dirigirme, le voy a dar una vuelta a la manzana para disipar estas raras nubes del pecho. Y camino más de una cuadra, poco a poco siento que cada pellejo que arranqué de mis manos en ese bus, regresa a su puesto, y sigo caminando en línea recta. A la tercera cuadra doblo en dirección a donde debía conducirme desde el principio, enciendo otro cigarrillo para acabar de poner los pellejos en su lugar y observo que debo atar las cintas de mis zapatos.
Busco una pequeña grada frente a una casa para apoyar mis pies y atar los cordones, primero el izquierdo, ahora el derecho… subo el pie lentamente al peldaño y entonces mi sangre se hela cuando escucho horrorizado aquel --Feliz año nuevo, varón--. Apenas me doy cuenta de todo lo que sucede y de todo lo que está por suceder, deslizo mi mano desde el zapato hasta dentro del pantalón, cerca del tobillo, siento el gélido vinculo de mi mano con el universo y lo tomo, tomo la navaja en mi mano dando media vuelta para ensartarla seis veces en el estómago del borracho.