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Navarro Sánchez II, Rita (Aurora Espina)

Aurora espina

                                                     AURORA ESPINA         Aurora Espina era una niña casi normal, si no fuera por el espinoso asunto de las púas que llenaban su cuerpo. No nació con ellas, era un bebé precioso. Pesó casi cuatro kilos al nacer y tenía una tez blanca como la leche. Las espinas le llegaron cuando cumplió el año, un día que los padres se la llevaron a los tomateros donde trabajaban: Allí el padre preparaba la tierra para echar los tomateros y la madre recogía y empaquetaba los tomates. Aurora iba con sus padres a las tierras, la dejaban al lado del cuarto donde guardaban las herramientas para la cosecha, en una caja de tomates con un saco como sábana.

Un día, un simple día de esos en los que amanece, como siempre,  llevaron a la niña al trabajo. Hacía tanto calor que la pusieron a la sombra, al lado del cuarto de aperos, resguardado por varios árboles y tuneras. Sus padres estaban tranquilos porque podían verla desde los tomateros. Estaba allí, tranquila, durmiendo en una caja de madera que servía como cuna. Arrullada por una pequeña brisa que se levantaba desde el Este. Nadie se dio cuenta entonces de lo que pasó. Cuando los niños se acercaron a ella para ver si dormía, pues los pequeños ayudaban a cuidarse unos a otros, vieron que estaba llena de espinas por todo su cuerpo. Y lo más sorprendente de todo era que Aurora no lloraba, no se quejaba, reía e intentaba coger las manos de los niños que la tocaban extrañados. Uno de ellos corrió hasta los tomateros para avisar a los padres. La madre, más rápida que un rayo, llegó la primera junto a la niña, y vio el prodigio: Aurora estaba llena de espinas, pero no le sangraba el cuerpo.

La niña era lo más parecido a la tunera que tenía cerca, de la que todos decían que le habían caído las espinas, arrastradas por el viento. Empezaron a quitárselas, pero cuando quitaban una, del mismo poro nacía otra, y otra, y otra; mientras, la niña nunca perdía la sonrisa.          Así, transcurrieron cerca de tres meses, hasta el médico, Don Miguel, que debía bajar de las montañas cada semana en su burro, ya no iba a ver a la niña. No sabía decirle a aquellos padres qué tenía su única hija, ni cómo hacer desaparecer esas espinas.

Aurora, a la que habían bautizado así porque nació blanca y clara como la aurora misma, tenía toda la piel llena de espinas, las pestañas eran espinas más largas y las manos tenían espinas tersas de ésas de las que no pican, como de terciopelo. Nadie supo decir qué tenía, por qué le volvían a nacer, por qué no sangraba, por qué ella parecía más feliz que nunca. A partir de entonces, la niña no salía para nada de la casa. La madre dejó de trabajar para cuidarla. Nadie se les acercaba, nadie quería ver a la niña. Toda clase de historias y supersticiones surgieron alrededor de ella: que si era porque había nacido en Mayo, con luna llena; que si había pasado un duendecillo a su lado; que si era una maldición de la tierra… En el pueblo y los alrededores pensaban que era bicho raro, un monstruo, aquella niña linda y frágil que sonreía a todo el mundo. La gente con mala lengua la llamó Aurora Espina, aunque también le decían cosas peores, sólo porque era diferente a los demás.

La madre le pidió ayuda al cura, pero se negó incluso a que entrara en la iglesia: "Entiende, mujer, si entra tu hija, se me va toda la gente". Le pidió entonces al maestro que le diera plaza en la escuela, y el maestro se negó: “Entiende, mujer, si viene tu hija, los demás niños se distraerán, además, quién me asegura que no pinchará a los demás niños. No, no y no. Esta es una escuela para niños y niñas, y tu hija es..., es, es otra cosa”. Fue hasta el alcalde del pueblo a pedirle ayuda, y éste le dijo: “Entiende que no puedo hacer nada. Si el maestro no la deja entrar en la escuela, sus motivos tendrá. Si el cura no la deja entrar en la iglesia, sus motivos tendrá, y yo no puedo hacer nada. Anda, anda, es mejor que vayas a tu casa y le enseñes tú a leer y a escribir; y..., y sácala poco por la calle, porque luego todo el pueblo viene aquí a quejarse”. Entender, entender, la madre de Aurora no entendía nada. Su hija era una niña que se reía, que crecía, que le encantaba estar con otros niños y niñas, vamos, una niña como las demás.

La madre, por miedo a las habladurías de la gente, no dejaba que Aurora saliera, ni que la visitaran los niños que se escapaban de sus casas para verla. Aurora quería ir a la escuela, pero la madre no la podía dejar salir. Aurora quería pasear hasta la iglesia, pero los padres ya ni se acercaban allí.

En esos días, Aurora que entonces estaba en un florecer en colores rojos y amarillos, pasó a un pálido marrón que secaba sus flores y espinas.  Cada vez que se la caía una espina, gemía como quien perdía un tesoro muy valioso. Era la primera vez que le dolía, le dolía perder sus espinas. Parecía una planta que se secaba y languidecía hacia la izquierda, buscando su corazón. Los padres, que entendían el dolor de su hija, no sabían qué hacer. La madre empezó por sacarla al aire y al sol, y parecía que mejoraba, pero desde que entraba en la casa, volvía a secarse. Los padres comprendieron que su hija necesitaba al sol, como al aire, salir a la tierra y ver a los otros niños y niñas pasar para ser feliz. El padre la cogía débil y temblorosa, gimiendo en silencio, la sacaba y sentaba donde le diera el sol, y al instante, levantaba la cara, estiraba los brazos, para darse un baño de rayos, y sonría agradeciendo esa oportunidad de calentarse. Se ponía entonces a jugar y los niños y niñas que salían de la escuela, se sentaban a jugar con ella. Tras esto, todos los días la sacaban al sol y la dejaban jugando con la tierra, con los rayos, con la lluvia, con los niños y niñas que la querían por lo buena y generosa que era.

Cuando creció, y empezó a hacer preguntas, le decía a la madre: "¿Por qué yo no soy como las otras plantas, por qué no me quedo en la tierra, por qué no tengo ese líquido verde, por qué no me salen más flores?", y la madre le replicaba: "¿Dirás que por qué no vas a la escuela, por qué no te vistes, por qué no vamos a la iglesia? Eres una niña Aurora, una niña." Pero ella no pensaba así, ella sentía que era una planta, porque siempre había sufrido el rechazo de todas las personas del pueblo por sus espinas, por sus flores y por su bondad. La tierra, el sol y el agua nunca la habían rechazado y siempre la ayudaban a crecer, a reír, e vivir. Su único sueño era poder plantarse algún día en la tierra como las tuneras, como los cactus, como los rosales.  Día tras día, se pasaba todas las horas hablando con las plantas, limpiándolas, e incluso les producía lluvia. "Aurora, deja de regar las plantas", le decía su madre. "No las riego, las lluvio", le decía a la madre, "no ves que eso es lo que más les gusta, el sol y la lluvia. Como sol ya tienen, la lluvia se la lluvio yo". Y la madre, resignada, ya no le replicaba nada.

Lo que más le gustaba a Aurora del día, era la tarde. En ese momento, sus amigos y amigas se sentaban a su lado a escuchar las historias que Aurora les contaba de las plantas. Era la persona que más sabía de plantas, tanto, que las gentes del pueblo empezaron a llevarles plantas, árboles y arbustos que se marchitaban, para que las curara. Un día se acercó el maestro, porque se le marchitaba su planta preferida, y no sabía cómo ayudarla. “Aurora, por favor, mira qué tiene mi planta”. Aurora la cogió y le acarició sus dos únicas hojas, se comió un poquito de su tierra y respiro junto a su tallo, y le dijo: “Señor Maestro, su planta está triste y mustia porque usted no la riega lo suficiente. Me ha contado que usted se bebe los vasos de agua y le da a ella las gotitas que le sobran de los vasos. Está triste no tanto por la poca agua que le da, sino por su egoísmo con ella, que tanta belleza le brinda”. El maestro se sintió avergonzado y se fue de allí prometiéndole a Aurora que la cuidaría con mimo y cariño, y le daría un vaso de agua al día. Otro día se acercó hasta la casa de Aurora el alcalde. Llevaba un naranjero pequeñito, que colocó junto a la niña. Le contó que desde hacía dos años daba sólo naranjas con sabor a sal, “y antes era el mejor naranjero de mis tierras, daba las naranjas más dulces que jamás nadie haya probado”. Aurora abrazó aquel fino tronco durante horas, lloró con el árbol y le dijo así al alcalde: “Señor Alcalde, su naranjero dice que hace dos años que no duerme y por tanto, no produce ricas naranjas”. El alcalde la miró con incredulidad y le dijo: “¿Y por qué no duerme?”. Aurora, que estaba poniendo algunas de sus flores en las flacas ramas del naranjerito, le contestó: “Fácil, usted tiene una escalerita que apoya en este naranjero para coger las naranjas. Esa escalera usted la hizo con las maderas de un viejo naranjero que se marchitó y cayó hace muchos años”. El alcalde muy sorprendido le dijo que sí, que hizo esa escalera y un taburete para sentarse. “Pues sepa usted, señor Alcalde, que esa naranjero era el abuelo de este naranjerito, y cada vez que usted apoya la escalera en él, siente aún la voz de su abuelo. El pobre naranjerito recuerda con tristeza a su abuelo, se pone a llorar y por eso las naranjas saben a sal. Le doy un consejo, cuando un árbol de sus tierras se marchite y caiga, entiérrelo cerca de árboles iguales, para que con su experiencia, les ayude a crecer y florecer.” El alcalde agradeció a la niña su ayuda y se fue llevándose con él su naranjerito, mientras le pedía disculpas por su poca sensibilidad.

Aurora, la niña con espinas, se hizo famosa y mucha gente se acercaba a su casa por lo sabia y generosa que se había hecho.

Una noche, la niña salió al terreno que había junto a su casa e hizo un hoyo en el suelo. Tras rociarlo con agua, metió dentro del agujero sus piernas espinadas. Volvió a tapar el agujero y sus piernas y se quedó allí, tiesa, mirando a la luna, canturreando. Cuando la madre salió, la regañó: "Ahora voy a tener que lavarte, y me voy a llenar de tus espinas. ¡Sal de ah!" Pero no podía. Siguió plantada y regándose. La madre se acercó y la intentó sacar, pero no pudo: "Ya, ya vendrá tu padre, y ya verás como te desplanta,..., ¿pero qué digo? Te va a sacar de ahí en un pispás". El padre con voz ruda le dijo: "Aurora, hija, sal de ahí." Y la madre por detrás la esperaba con un cubo lleno de agua para limpiarla. “No puedo, papá, ya me han crecido raíces.” “Esta niña me va a matar”, pensó el padre. Estuvieron toda la noche y todo el día intentando arrebatar de la tierra a su querida hija. Después de cuatro días y cuatro noches, se dieron cuenta de que era imposible: su hija estaba plantada, plantada y feliz. Aurora era una niña planta. Y así, plantada fuera de la casa, seguía recibiendo las visitas de las gentes que le preguntaban sobre plantas, el tiempo, la tierra, el aire, las abejas, los sentimientos.

Los días transcurrían tranquilos, y las noches también. La madre compró un sillón y lo puso frente a su hija, fuera de la casa, lejos del pueblo, pero cerca del corazón de su hija. Allí, todos los días se sentaban los padres frente a su hija y hablaban. La madre hacía ganchillo y la hija crecía, y el padre se volvía un viejito canoso que se reía con las historias que Aurora le contaba a los niños para que fueran generosos en sus vidas y respetuosos con la tierra.                                                          AURORA ESPINA         Aurora Espina era una niña casi normal, si no fuera por el espinoso asunto de las púas que llenaban su cuerpo. No nació con ellas, era un bebé precioso. Pesó casi cuatro kilos al nacer y tenía una tez blanca como la leche. Las espinas le llegaron cuando cumplió el año, un día que los padres se la llevaron a los tomateros donde trabajaban: Allí el padre preparaba la tierra para echar los tomateros y la madre recogía y empaquetaba los tomates. Aurora iba con sus padres a las tierras, la dejaban al lado del cuarto donde guardaban las herramientas para la cosecha, en una caja de tomates con un saco como sábana.

Un día, un simple día de esos en los que amanece, como siempre,  llevaron a la niña al trabajo. Hacía tanto calor que la pusieron a la sombra, al lado del cuarto de aperos, resguardado por varios árboles y tuneras. Sus padres estaban tranquilos porque podían verla desde los tomateros. Estaba allí, tranquila, durmiendo en una caja de madera que servía como cuna. Arrullada por una pequeña brisa que se levantaba desde el Este. Nadie se dio cuenta entonces de lo que pasó. Cuando los niños se acercaron a ella para ver si dormía, pues los pequeños ayudaban a cuidarse unos a otros, vieron que estaba llena de espinas por todo su cuerpo. Y lo más sorprendente de todo era que Aurora no lloraba, no se quejaba, reía e intentaba coger las manos de los niños que la tocaban extrañados. Uno de ellos corrió hasta los tomateros para avisar a los padres. La madre, más rápida que un rayo, llegó la primera junto a la niña, y vio el prodigio: Aurora estaba llena de espinas, pero no le sangraba el cuerpo.

La niña era lo más parecido a la tunera que tenía cerca, de la que todos decían que le habían caído las espinas, arrastradas por el viento. Empezaron a quitárselas, pero cuando quitaban una, del mismo poro nacía otra, y otra, y otra; mientras, la niña nunca perdía la sonrisa.          Así, transcurrieron cerca de tres meses, hasta el médico, Don Miguel, que debía bajar de las montañas cada semana en su burro, ya no iba a ver a la niña. No sabía decirle a aquellos padres qué tenía su única hija, ni cómo hacer desaparecer esas espinas.

Aurora, a la que habían bautizado así porque nació blanca y clara como la aurora misma, tenía toda la piel llena de espinas, las pestañas eran espinas más largas y las manos tenían espinas tersas de ésas de las que no pican, como de terciopelo. Nadie supo decir qué tenía, por qué le volvían a nacer, por qué no sangraba, por qué ella parecía más feliz que nunca. A partir de entonces, la niña no salía para nada de la casa. La madre dejó de trabajar para cuidarla. Nadie se les acercaba, nadie quería ver a la niña. Toda clase de historias y supersticiones surgieron alrededor de ella: que si era porque había nacido en Mayo, con luna llena; que si había pasado un duendecillo a su lado; que si era una maldición de la tierra… En el pueblo y los alrededores pensaban que era bicho raro, un monstruo, aquella niña linda y frágil que sonreía a todo el mundo. La gente con mala lengua la llamó Aurora Espina, aunque también le decían cosas peores, sólo porque era diferente a los demás.

La madre le pidió ayuda al cura, pero se negó incluso a que entrara en la iglesia: "Entiende, mujer, si entra tu hija, se me va toda la gente". Le pidió entonces al maestro que le diera plaza en la escuela, y el maestro se negó: “Entiende, mujer, si viene tu hija, los demás niños se distraerán, además, quién me asegura que no pinchará a los demás niños. No, no y no. Esta es una escuela para niños y niñas, y tu hija es..., es, es otra cosa”. Fue hasta el alcalde del pueblo a pedirle ayuda, y éste le dijo: “Entiende que no puedo hacer nada. Si el maestro no la deja entrar en la escuela, sus motivos tendrá. Si el cura no la deja entrar en la iglesia, sus motivos tendrá, y yo no puedo hacer nada. Anda, anda, es mejor que vayas a tu casa y le enseñes tú a leer y a escribir; y..., y sácala poco por la calle, porque luego todo el pueblo viene aquí a quejarse”. Entender, entender, la madre de Aurora no entendía nada. Su hija era una niña que se reía, que crecía, que le encantaba estar con otros niños y niñas, vamos, una niña como las demás.

La madre, por miedo a las habladurías de la gente, no dejaba que Aurora saliera, ni que la visitaran los niños que se escapaban de sus casas para verla. Aurora quería ir a la escuela, pero la madre no la podía dejar salir. Aurora quería pasear hasta la iglesia, pero los padres ya ni se acercaban allí.

En esos días, Aurora que entonces estaba en un florecer en colores rojos y amarillos, pasó a un pálido marrón que secaba sus flores y espinas.  Cada vez que se la caía una espina, gemía como quien perdía un tesoro muy valioso. Era la primera vez que le dolía, le dolía perder sus espinas. Parecía una planta que se secaba y languidecía hacia la izquierda, buscando su corazón. Los padres, que entendían el dolor de su hija, no sabían qué hacer. La madre empezó por sacarla al aire y al sol, y parecía que mejoraba, pero desde que entraba en la casa, volvía a secarse. Los padres comprendieron que su hija necesitaba al sol, como al aire, salir a la tierra y ver a los otros niños y niñas pasar para ser feliz. El padre la cogía débil y temblorosa, gimiendo en silencio, la sacaba y sentaba donde le diera el sol, y al instante, levantaba la cara, estiraba los brazos, para darse un baño de rayos, y sonría agradeciendo esa oportunidad de calentarse. Se ponía entonces a jugar y los niños y niñas que salían de la escuela, se sentaban a jugar con ella. Tras esto, todos los días la sacaban al sol y la dejaban jugando con la tierra, con los rayos, con la lluvia, con los niños y niñas que la querían por lo buena y generosa que era.

Cuando creció, y empezó a hacer preguntas, le decía a la madre: "¿Por qué yo no soy como las otras plantas, por qué no me quedo en la tierra, por qué no tengo ese líquido verde, por qué no me salen más flores?", y la madre le replicaba: "¿Dirás que por qué no vas a la escuela, por qué no te vistes, por qué no vamos a la iglesia? Eres una niña Aurora, una niña." Pero ella no pensaba así, ella sentía que era una planta, porque siempre había sufrido el rechazo de todas las personas del pueblo por sus espinas, por sus flores y por su bondad. La tierra, el sol y el agua nunca la habían rechazado y siempre la ayudaban a crecer, a reír, e vivir. Su único sueño era poder plantarse algún día en la tierra como las tuneras, como los cactus, como los rosales.  Día tras día, se pasaba todas las horas hablando con las plantas, limpiándolas, e incluso les producía lluvia. "Aurora, deja de regar las plantas", le decía su madre. "No las riego, las lluvio", le decía a la madre, "no ves que eso es lo que más les gusta, el sol y la lluvia. Como sol ya tienen, la lluvia se la lluvio yo". Y la madre, resignada, ya no le replicaba nada.

Lo que más le gustaba a Aurora del día, era la tarde. En ese momento, sus amigos y amigas se sentaban a su lado a escuchar las historias que Aurora les contaba de las plantas. Era la persona que más sabía de plantas, tanto, que las gentes del pueblo empezaron a llevarles plantas, árboles y arbustos que se marchitaban, para que las curara. Un día se acercó el maestro, porque se le marchitaba su planta preferida, y no sabía cómo ayudarla. “Aurora, por favor, mira qué tiene mi planta”. Aurora la cogió y le acarició sus dos únicas hojas, se comió un poquito de su tierra y respiro junto a su tallo, y le dijo: “Señor Maestro, su planta está triste y mustia porque usted no la riega lo suficiente. Me ha contado que usted se bebe los vasos de agua y le da a ella las gotitas que le sobran de los vasos. Está triste no tanto por la poca agua que le da, sino por su egoísmo con ella, que tanta belleza le brinda”. El maestro se sintió avergonzado y se fue de allí prometiéndole a Aurora que la cuidaría con mimo y cariño, y le daría un vaso de agua al día. Otro día se acercó hasta la casa de Aurora el alcalde. Llevaba un naranjero pequeñito, que colocó junto a la niña. Le contó que desde hacía dos años daba sólo naranjas con sabor a sal, “y antes era el mejor naranjero de mis tierras, daba las naranjas más dulces que jamás nadie haya probado”. Aurora abrazó aquel fino tronco durante horas, lloró con el árbol y le dijo así al alcalde: “Señor Alcalde, su naranjero dice que hace dos años que no duerme y por tanto, no produce ricas naranjas”. El alcalde la miró con incredulidad y le dijo: “¿Y por qué no duerme?”. Aurora, que estaba poniendo algunas de sus flores en las flacas ramas del naranjerito, le contestó: “Fácil, usted tiene una escalerita que apoya en este naranjero para coger las naranjas. Esa escalera usted la hizo con las maderas de un viejo naranjero que se marchitó y cayó hace muchos años”. El alcalde muy sorprendido le dijo que sí, que hizo esa escalera y un taburete para sentarse. “Pues sepa usted, señor Alcalde, que esa naranjero era el abuelo de este naranjerito, y cada vez que usted apoya la escalera en él, siente aún la voz de su abuelo. El pobre naranjerito recuerda con tristeza a su abuelo, se pone a llorar y por eso las naranjas saben a sal. Le doy un consejo, cuando un árbol de sus tierras se marchite y caiga, entiérrelo cerca de árboles iguales, para que con su experiencia, les ayude a crecer y florecer.” El alcalde agradeció a la niña su ayuda y se fue llevándose con él su naranjerito, mientras le pedía disculpas por su poca sensibilidad.

Aurora, la niña con espinas, se hizo famosa y mucha gente se acercaba a su casa por lo sabia y generosa que se había hecho.

Una noche, la niña salió al terreno que había junto a su casa e hizo un hoyo en el suelo. Tras rociarlo con agua, metió dentro del agujero sus piernas espinadas. Volvió a tapar el agujero y sus piernas y se quedó allí, tiesa, mirando a la luna, canturreando. Cuando la madre salió, la regañó: "Ahora voy a tener que lavarte, y me voy a llenar de tus espinas. ¡Sal de ah!" Pero no podía. Siguió plantada y regándose. La madre se acercó y la intentó sacar, pero no pudo: "Ya, ya vendrá tu padre, y ya verás como te desplanta,..., ¿pero qué digo? Te va a sacar de ahí en un pispás". El padre con voz ruda le dijo: "Aurora, hija, sal de ahí." Y la madre por detrás la esperaba con un cubo lleno de agua para limpiarla. “No puedo, papá, ya me han crecido raíces.” “Esta niña me va a matar”, pensó el padre. Estuvieron toda la noche y todo el día intentando arrebatar de la tierra a su querida hija. Después de cuatro días y cuatro noches, se dieron cuenta de que era imposible: su hija estaba plantada, plantada y feliz. Aurora era una niña planta. Y así, plantada fuera de la casa, seguía recibiendo las visitas de las gentes que le preguntaban sobre plantas, el tiempo, la tierra, el aire, las abejas, los sentimientos.

Los días transcurrían tranquilos, y las noches también. La madre compró un sillón y lo puso frente a su hija, fuera de la casa, lejos del pueblo, pero cerca del corazón de su hija. Allí, todos los días se sentaban los padres frente a su hija y hablaban. La madre hacía ganchillo y la hija crecía, y el padre se volvía un viejito canoso que se reía con las historias que Aurora le contaba a los niños para que fueran generosos en sus vidas y respetuosos con la tierra.    


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