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Buzo Salas, Teresa (Euclides)

Los diminutos



Los diminutos

Lo maravilloso de la infancia

es que cualquier cosa es en ella una maravilla.

Gilbert Keith Chesterton

Autor: Euclides

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            



He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño.

Joseph Heller Aprendí a una edad muy temprana que la belleza de la vida no está inherente en las cosas que nos rodean, sino en los ojos con que la miramos. Mi madre me mostró el lado mágico de una realidad cruel y tosca al transformarla en un mundo repleto de fantasía donde crecer feliz y segura….   Vivíamos solas en una de esas vetustas viviendas de renta antigua que se extendían a lo largo de la zona vieja de la ciudad. Aquellas fachadas ruinosas exhibían la decadencia de un pasado esplendoroso y tanto las ajadas puertas, los balcones descolgados como las pinturas desconchadas de las paredes representaban el abandono más absoluto y un sentido de dejadez casi negligente. El desidioso edificio donde vivíamos estaba completamente vacío a excepción de nuestra casa, una destartalada y humilde planta baja repletas de corrientes de aire debido a las múltiples rendijas del desolado inmueble. El tufo procedente de las centenarias tuberías exteriores empeoraba en los días de lluvia, emanando un desagradable olor que impregnaba de una fetidez nauseabunda cada una de las habitaciones. Y en las tardes veraniegas el calor provocaba unos efluvios putrefactos que hacían que a las cuatro de la tarde fuera casi imposible respirar aquel aire denso y corrompido. A pesar de la tosquedad del burdo caserón a mi me fascinaba mi hogar, ya que imaginaba que vivíamos en una casa hechizada, llena de pequeños enigmas y cargada de extraordinarias fábulas. Desde que tengo uso de razón recuerdo la voz misteriosa de mi madre al narrarme leyendas fantásticas las cuales yo escuchaba con los oídos bien abiertos, prestando atención tanto a sus palabras como a sus interminables silencios.

- Mamá pero… ¿Es cierto que existen los diminutos de los dibujos animados?-.

- ¡Pues claro hija! Lo que ocurre es que no podemos verlos. ¿Recuerdas lo que dice la letra de la canción?-.

Y al instante comenzábamos a entonar aquella cantinela pegadiza para terminar riéndonos a carcajadas tendidas sobre la cama. Sin embargo al cabo de un rato yo volvía a decir en voz alta para reafirmar mis dudas:

- Entonces esos ruidos de correteos que se oyen por las noches son los diminutos-.

- ¡Por supuesto! ¿Qué van a ser si no? Salen de detrás de las paredes cuando estamos acostadas porque son muy miedosos, y por ese motivo te he dicho que no te levantes a media noche ya que puedes asustarlos-.   Ella trabajaba durante todo el día en una cafetería, y a la caída del sol se marchaba de nuevo para colaborar como voluntaria en “la asociación de ayuda al desamparado” teniendo que salir a la calle en las madrugadas más invernales. Recuerdo el día que me despertaron los incesantes chirridos de los diminutos correteando por el piso de arriba. Por primera vez desobedecí las advertencias de mi madre y me levanté de la cama para ir a su dormitorio. Mis ojos se abrieron como candiles cuando al abrir su puerta observé la extraña indumentaria con la que iba ataviada. Ésta consistía en un encorsetado vestido rojo y una llamativa peluca fucsia que dejaba caer unos lacios mechones a la altura de sus hombros. Al verme a través de la luna descascarillada del ropero frunció el ceño, y mientras apoyaba la mano en la cabeza en un dramático gesto de preocupación me dijo:

- Te he dicho mil veces que no te levantes ¡Ay como asustes a un pobre diminuto!-  

- ¿Por qué vas vestida así?- le preguntaba sin cesar de mirarla de arriba abajo.

- Porque voy a una fiesta de disfraces que organiza la asociación, ya sabes que las voluntarias debemos ofrecer entretenimiento y compañía a los desamparados.

- ¿Yo puedo ir contigo mamá?-

- Sabes que me gustaría que vinieras, pero tu no estas sola ni triste, me tienes a mí, y además es tarde y mañana tienes que ir a la escuela así que ¡Venga a la cama!-   Mi madre vino detrás de mis remolones pasos para asegurarse de que me metía entre aquellas sábanas agrias que se tornaban dulces cuando las compartía con ella. Mientras ella tiraba de cada lado de la manta, arremetiéndola bajo el colchón yo la miraba con los ojos cargados de ensueños, imaginándome que ella llegaría a un elegante salón repleto de máscaras, y dejando a su paso a una decena de admiradores embelesados ante su presencia. Me dio un fugaz beso en la frente y me prometió regresar tan pronto como pudiese. Recuerdo que al cabo de varias horas apareció temblando de frío bajo las tiznadas luces de la aurora, e introduciéndose bajo la frazada me abrazó fuerte, apretando mi cabeza contra sus pechos esponjosos. Dormimos agarradas la una a la otra el resto de la noche.   Sin duda, un momento imborrable de mi infancia fue la vez que tuve el privilegio de conocer personalmente al ratón Pérez. Los postigos del salón estaban abiertos de par en par, colándose a través de las láminas de las persianas franjas azafranadas de sol, las cuales coloreaban sombras grises y doradas en el suelo. Yo estaba jugando a saltar únicamente sobre las rallas amarillas cuando de repente escuché un grito desgarrador. Fui corriendo hasta el baño donde vi a mi madre contemplando absorta un ratón castaño que correteaba inquieto de un lado al otro de la bañera. Ella parecía algo asustada pero al verme llegar su rostro se iluminó con una sonrisa y estrechándome fuertemente la mano exclamó:

- ¡Mira a quien tenemos aquí! ¡Si ha venido a hacernos una visita el ratón Pérez!-

Yo estaba totalmente ensimismada ante aquel pequeño roedor preguntándome como habría sido capaz de traerme la cajita de música si era tres veces más grande que su tamaño.

-¿Podemos quedárnoslo mamá?-.

-¿Cómo se te ocurre preguntar tal cosa? ¿Qué pasará con los demás niños si tú te quedas al ratoncito Pérez? ¡Imagínate cuando se les caigan los dientes y no encuentren nada bajo sus almohadas!-   Aquel fue un gran momento, pero sin lugar a dudas el día más inolvidable de mi vida fue la tarde que me encontré encima de la mesa de la cocina la tarta de chocolate más grande que había visto en la confitería de la esquina. Siempre que pasábamos frente a aquel escaparate de ensueño pegaba la nariz al cristal dejándole un enorme rosetón de vaho. Después de un rato saboreando con la mirada cada uno de los postres delicadamente expuestos sobre el mostrador, mi madre comenzaba a tirarme del brazo prometiéndome que el día de mi cumpleaños tendríamos para nosotras solas el pastel que yo eligiese. Aquel día indeleble cumplía seis años y recuerdo que teníamos las bocas tintadas del goloso dulce cuando de repente llamaron a la puerta. Mientras mi madre iba a ver de quien se trataba, yo me quedé en la cocina haciendo el tremendo esfuerzo de no meter la cuchara hasta que ella volviese. Al cabo de un rato regresó, pero sus negras pupilas parecían chapotear en un océano turbio. Al verme me tomó enérgicamente entre sus brazos, y esbozando la mayor de sus sonrisas dijo alegremente:

- ¿A qué no adivinas quienes eran los que estaban llamando a la puerta?-

Giré de un lado al otro la cabeza, ignorando completamente quienes podrían ser.

- ¡Son los diminutos! Me acaban de decir que por ser tu cumpleaños puedes jugar con ellos-.   Comencé a dar pequeños saltitos y a aplaudir emocionada, sin lugar a dudas aquella estaba siendo la mejor fiesta que había tenido nunca. Mi madre se dirigió corriendo al dormitorio y yo fui tras sus pasos. De repente sacó del ropero un viejo maletón de flores descoloridas, lo arrojó sobre la cama y comenzó a meter cosas, arrebujándolas unas con otras. Yo rondaba a su alrededor mirándola boquiabierta por aquella agitada actividad, confusa le pregunté:

-¿Qué haces mamá?-

-¡Cómo que hago! ¡Estoy protegiendo mis tesoros en el cofre de las flores mágicas! Porque si los diminutos te encuentran perderás y como premio se llevarán tus objetos más valioso. Así que tú tienes que hacer lo mismo, ¡Ve a tu cuarto y tráete tus tesoros más preciados! -   Al instante aparecí con mi cajita de música, el muñeco pepón sin el que no podía dormir, y la caja de lápices de colores. Mi madre además sacó de mi armario varias prendas que según ella tenían poderes enigmáticos, como el abrigo de piel de borrego que me hacía invisible cuando lográramos adivinar las palabras mágicas o las botas Katiuska con las que podría volar en tardes de sol. Repentinamente se quedó la casa a oscuras, tan sólo la salita permanecía iluminada por la débil luz de dos velas, las cuales reflectaban sobre las calcáreas paredes su luminosidad ambarina, formando siluetas agigantadas y creando una atmosfera espectral en toda la vivienda. Aquellos golpes ahogados que sonaban al principio comenzaron a hacerse más y más fuertes. Me di cuenta que mi madre estaba increíblemente entusiasmada con el juego, ya que iba de un lado al otro de la casa de puntillas, miraba por debajo de la puerta de la entrada, y se asomaba cuidadosamente a cada una de las ventanas al tiempo que cargaba con el pesado cofre de las flores mágicas. A mí me daba un poco de miedo la oscuridad, pero no quería estropearlo todo así que para no quedarme sola la seguí a todas partes, agarrando con mis dedos resbaladizos su falda plisada de cuadros verdes. Al cabo de un rato se agachó para decirme al oído, casi en susurros:

- Estos diminutos son muy listos, nos han apagado las luces para asustarnos pero no nos van a ganar, porque vamos a salir por la ventana y cuando entren por la puerta ¡Qué sorpresa se van a llevar!- Con gesto travieso agitaba la mano de un lado a otro sin cesar de sonreírme.   Arrojó el cofre de las flores mágicas por una estrecha ventana del lavadero que comunicaba a la callejuela de la esquina, y tomándome en brazos salimos las dos por la abertura. Me agarré fuertemente a su cuello, y nos deslizamos suavemente a través de una ancha tubería hasta alcanzar el suelo. ¡Hacía mucho frío!, pero la sobrecogedora visión que me ofrecía aquel panorama nocturno de intrigas y tinieblas me resultaba fascinante. Ante nosotras, las calles se extendían sobre el horizonte desplegando una alfombra de humedad acristalada, y  de esta manera abrigadas bajo un cielo bordado de estrellas plateadas, salimos corriendo hacia adelante agarradas en todo momento de la mano. Aquella noche viajamos juntas en un tren fantasma que cruzó campos rojizos y cenicientos bajo una sonriente luna parda, y ascendimos por colinas verdinegras salpicadas por agrupaciones de casitas blancas. Mi madre y yo dormimos abrazadas como tantas veces lo habíamos hecho, pero esta vez acunadas por el arrullo de la locomotora, y finalmente logramos ir tan lejos que los diminutos no nos llegaron a encontrar nunca…        Sin cesar de sonreír y sin salir de sus labios una sola palabra de queja mi madre luchó cada día para salir de la miseria. Recuerdo que un buen día le pregunté por aquella peluca fucsia, y ella se arrodilló frente a mi, tomó mi cara entre sus palmas y mirándome fijamente me contestó que la dejó olvidada en el viejo caserón como tantas otras cosas que se quedarían allí para siempre. Han pasado más de veinte años desde aquel momento, y ahora he vuelto para contemplar con los ojos cargados de nostalgia el barrio que me vio nacer. Al tiempo que paseaba con tiento sobre el asfalto desportillado observaba con el corazón encogido de melancolía el conjunto de bloques macilentos para acabar preguntándome si dentro de alguno de ellos aun seguirá viviendo algún niño que crea en los diminutos.                                                                                                                                                                                                                                                     

                               

¿Qué es nuestra imaginación comparada

con la de un niño que intenta

hacer un ferrocarril con espárragos?

Jules Renald



Hay un solo niño bello en el mundo

y cada madre lo tiene.

José Marti

Intercambios



No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.

Mahatma Gandhi

Yo soy libre solamente en la medida en que reconozco la humanidad

y respeto la libertad de todos los hombres que me rodean.

Mijail Bakunin  

Llevaba ya un mes en los Estados Unidos, y aún no había tenido la oportunidad de decir varias frases seguidas en inglés. Recuerdo que mientras embarcaba en el aeropuerto de Barajas tan sólo me embargaba la apacible idea de olvidar. Y así fue, al menos durante los primeros días en los que mi cabeza se llenó de frases hechas, palabras impronunciables e innumerables monólogos mentales. Llegué a esta tierra para relegar mis viejos fantasmas en el pasado, utilizando para ello la escusa de emprender una maestría. Por aquel entonces la barrera idiomática me pisaba los talones, por lo que opté hacerla en literatura hispánica. Sin embargo quería mejorar mi nivel de inglés y estudiaba con ahínco a todas horas. Aun así no lograba enterarme de nada cuando me asaltaban situaciones inesperadas, las cuales me llenaban de una impotencia lingüística casi inexplicable. La primera de ellas fue una tarde, en una solitaria parada de autobús en Parrish St, sentada bajo las luces anaranjadas del crepúsculo. En la soledad desértica del entresijo de calles del downtown se me acercó una enorme señora, que alzando considerablemente el tono de voz me dijo algo que no llegué a entender. En tales circunstancias solía obnubilarme y confusa excluía de mi mente toda capacidad de raciocinio. En aquel momento recurrí a mi socorrido: -¡OH yes, yes!- pero supongo que la respuesta no fue de su agrado o quizás debería haber sido: -¡OH no, no!- Aquella robusta mujer subió aún más el tono de voz, e increpándome con su mirada zaina comenzó a señalarme con el pulgar, para finalmente irse emitiendo toda una sarta de voces y alaridos. Petrificada como una estatua de mármol la miré marcharse a través de la extensa avenida, y fue sólo hasta aquel instante cuando me di cuenta realmente de que estaba en un país extranjero, en la otra cara de mi mundo y completamente sola.   Ingenua de mí, había pensado que me lloverían las llamadas al anunciarme en el tablón universitario para un intercambio lingüístico, sin embargo pasaban los días y el teléfono no sonaba. La incómoda situación de tener que aguardar paciente una llamada telefónica comenzó a crisparme los nervios, por lo que exasperada iba y venía al tablón de anuncios para ver que el cartel continuaba bien visible. Merodeaba a su alrededor, pero no veía a ninguna persona tomar nota del número, parecía que a nadie le importaba aprender español.   Desde mi llegada a aquel pueblecito sureño de los Estados Unidos no se habían vuelto a repetir los sueños delirantes y aterradores. Al octavo día de esperar la llamada del posible intercambio comenzaron a invadirme de nuevo las mismas pesadillas, aunque esta vez aparecieron durante una ligera siesta vespertina. Los ensueños dementes empezaron como siempre. Primero con un estrepitoso ruido al que le seguía otro mucho más potente, y después un revuelo de gritos mezclados con la visión estremecedora del desastre. Como siempre me despertaba bañada en sudor, sin poder controlar el temblor de mis manos y sin saber dónde me hallaba. La sensación de vacío que me dejaban las pesadillas dominaba el resto de la jornada, repitiéndose en mi mente imágenes aterradoras y repugnantes que me impedían comer o disfrutar de una simple lectura. Aquel día los sueños infernales volvieron a recaer sobre mí, despedazándome las entrañas como pajarracos carroñeros sobre una presa indefensa. Afortunadamente para el alivio de mis inquietudes lingüísticas y mi salud mental, sonó el teléfono.   La piel lechosa y los rasgados ojos felinos me confundieron, supongo que inconscientemente seguía conservando el estereotipo de que todas las americanas son rubias, altas y con grandes ojos claros. En cambio, se presentó una nipona menuda, cuya lacia melena le colgaba a la altura de los hombros como dos negras placas de acero. En el momento que nos presentamos me brindó una amplia sonrisa con el simpático efecto de enterrar las pupilas en sus dos gruesos párpados. Con el paso del tiempo y la confianza, le confesé la contradictoria impresión que tuve el día que la conocí. Ella también admitió que estaba fuera de sus expectativas físicas encontrarse con una española de cabellos claros. Hablamos muy seriamente sobre nuestras futuras citas idiomáticas y ambas estuvimos de acuerdo en nuestra negociación lingüística. El acuerdo constaba de tres sencillas normas, las cuales eran respetar el turno idiomático, proponer un tema de interés y corregirnos mutuamente en todo momento. Al cabo de dos semanas eludimos todas las reglas, para disfrutar de unas largas conversaciones personales en idiomas entremezclados, y con la ausencia absoluta de interrupciones correctivas. Aprendimos mucho la una de la otra y no fue tanto del lenguaje verbal como del humano. En nuestras charlas predominaban extensas explicaciones acerca de las costumbres propias de ambos países, colmando tardes enteras con comparaciones extrañas, y carcajadas incontenibles. Una de las veces que más nos reímos juntas fue el día que fuimos al restaurante mexicano “Los cuñados”. Nada más llegar, un camarero achaparrado de rasgos incisos y piel atezada nos condujo a una mesa en mitad de un colorido salón-comedor. Alenté a Karen a pedir nuestros platos para concederle la oportunidad de practicar el español. Ella por su parte, manteniendo su acostumbrada postura erguida y con voz grave, articuló muy decidida:

-Nos gustaría probar la enchilada de camareros-.

No pude contener la risa al ver la cara compungida de aquel tierno individuo que dudaba entre enfadarse o reír. Tras mis reiteradas disculpas comprendió la equivocación idiomática entre camareros-camarones, y advirtió que estábamos muy lejos de burlarnos de su cordialidad.   Podría narrar miles de anécdotas similares en los que el sonrojo y la vergüenza ya carecían de significados para nosotras, pero los meses pasaron y aquellas triviales conversaciones se convirtieron en reflexiones más profundas. Comencé a preguntarme si existiría la remota posibilidad de que las almas se comunicaran con los labios cerrados. Yo misma obtuve la respuesta al observar a Karen una tarde de invierno bajo el cálido abrigo de la biblioteca. Sus almendradas pupilas se clavaban en la pared de enfrente, y en su cutis luminoso de cera destacaba una extraña tonalidad cetrina. Yo conocía muy bien el significado de aquel estado de abstracción absoluta, por lo que me contuve de decirle palabra alguna. Tan sólo la miraba de reojo, para darme cuenta finalmente de que había llegado el momento de intercambiar algo más que nuestro idioma y cultura, era el tiempo de intercambiar almas.   Solía invitar a Karen a cenar a mi casa, aunque ella atacada por un sentido absurdo de recompensa, imponía la condición de cocinar al día siguiente. Al cabo de varios intentos en los que quemó las cortinas de su cocina, se hizo un corte en un dedo y no alcanzó a preparar nada medianamente comestible, se resignó a disfrutar de mis dotes culinarias. Ella establecía todo un ritual en torno a la mesa, donde las flores frescas no faltaron nunca y la humilde vajilla estaba cuidadosamente colocada frente a las servilletas de papel. Cada día degustaba con agrado y sin remilgos mis tortillas de patatas, arroces amarillos y lentejas con chorizo. Aquel día tras una copiosa cena y después de varios minutos de silencio, le dije sin más rodeos:

-Yo también tengo pesadillas-.

Ella sorprendida me preguntó.

-¿Tú también?-

Me acomodé en el asiento, la miré a los ojos y comencé a narrarle la siguiente historia:

-Hace dos años el médico de cabecera me detectó un extraño bulto en la glándula mamaria izquierda. Mis padres preocupados temían lo peor y solicitaron una cita con uno de los oncólogos de mayor prestigio de Madrid. El día anterior a la visita médica nos alojamos en casa de un pariente madrileño que había insistido en ofrecernos su hospitalidad. A la mañana siguiente necesitábamos tomar un tren, un autobús y dos metros para llegar al Hospital Puerta del Hierro. Mi padre sugirió tomar un taxi, pero aceptó sumiso nuestra petición de tomar el metro, ya que mi madre y yo insistíamos en querer conocerlo. Mi madre estaba visiblemente preocupada por mi salud, todavía puedo sentir en las yemas de mis dedos su contacto afectuoso. Mi padre entretanto, procuraba que existiera un ambiente distendido, y como timón que dirigía nuestra vela, nos conducía por el mar del olvido con sus continuos chistes y ocurrencias. Aquel once de Marzo del dos mil cuatro mis padres llegaron a Atocha sin saber que aquella iba a ser su última estación. No sé cómo ocurrió todo, sólo recuerdo que estábamos sentados juntos y que de repente una explosión muy fuerte nos asustó, tras la que se sucedió otra aún más estremecedora. Aparecí a varios metros de distancia del vagón, sobre el frío suelo de la estación y cubierta de sangre y cristales. Un dolor tremebundo ascendía por toda mi columna vertebral, creyendo en ese momento que todos los huesos de mi espinazo estaban astillados. A mi alrededor la situación era sobrecogedora. Cientos de voces gritaban y un fétido olor a carne quemada atufaba el ambiente. Todavía no puedo olvidar aquellos miembros humanos postrados ante mis ojos, despedazados y mezclados unos con otros. Tras la catastrófica visión intenté ir de nuevo al vagón, pero mis piernas no me respondían. Después de luchar infatigablemente por incorporarme, caí de nuevo al suelo y perdí el conocimiento. Desperté rodeada de un equipo de médicos que me dieron una leve explicación de lo que había sucedido. Aturdida, escuchaba sus voces sin distinguir muy bien sus palabras, entre las que se hallaban terrorismo, suerte de seguir con vida y un largo y penoso etcétera. En mi cabeza aparecía una sola pregunta: mis padres. Sin derramar una sola lágrima asumí la tragedia. Tras enmascarar por un tiempo mi dolor en múltiples manifestaciones y homenajes a las víctimas del terrorismo, me di cuenta de que era yo la única capaz de salir del agujero de la pena. A los dos meses me propuse ir al mismo médico, a la misma hora y tomando el mismo tren que aquel fatídico día. Lo irónico es que el resultado del diagnóstico fue un quiste benigno sin importancia-.   Después de un holgado silencio, Karen desplegó su particular flabelo de pestañas parduscas, y comenzó a contarme lo siguiente:

-Vivía con mi madre en un pueblecito de Illinois muy cerca de la capital de Chicago. Tras terminar mis estudios en negocios con unas altas calificaciones, me llovieron las ofertas de trabajo. Había muchas interesantes, pero yo opté por asistir a una entrevista en New York, en concreto en el World Trade Center. Mi madre insistía en que aceptara un jugoso puesto que me ofertaban en Chicago, ya que ella estaba muy enferma y no quería separarse de mí. Por aquel entonces yo era una persona egoísta, y no quería escuchar ninguno de sus consejos. Discutimos durante el desayuno, y recuerdo que derramé frases como: yo necesito, yo quiero, mi espacio, mis metas. Nuestra acalorada disputa provocó que perdiera el vuelo de la mañana y por tanto tuve que tomar otro más tarde. Al llegar a New York Aquel once de septiembre del dos mil uno, mis retinas contemplaron la hecatombe. Aún hoy no puedo explicar con palabras todo lo que sucedía a tan solo unos metros de distancia. Al regresar a mi casa subí las escaleras para abrazar a mi madre por un tiempo infinito. Guardamos silencio, no quisimos plantearnos lo que hubiera ocurrido si nuestro altercado no se hubiera producido la mañana anterior. Estuve con ella hasta que falleció al año siguiente de cáncer-.   Pertenecíamos a dos países distintos, hablábamos idiomas diferentes y en dos momentos desiguales nuestras almas habían estado unidas en el mismo sentimiento de dolor, miedo y pérdida. En este mundo donde el absurdo se apodera de toda lógica y destruye las vidas para recomponerlas sin un orden establecido, nos habíamos encontrado la una a la otra. Ambas habíamos sufrido los actos irracionales del terrorismo, y vivíamos sumergidas en un desengaño crónico hacia el género humano. No sólo habíamos compartido la comida y las tardes de risas, sino que nos habíamos apoyado desde que nos conocimos. Alejadas de todo sentimiento exacerbado de patriotismo, intentamos sumergirnos en nuestras culturas para comprendernos mejor. Aprendimos mucho la una de la otra, y con ello fortalecimos uno de los valores más importantes de la vida, la amistad.   Ayer fui a visitar a Karen al hospital. Había experimentado el milagro de traer al mundo un hermoso niño, que lloraba inconsolablemente en su regazo. Nada más entrar en su habitación me pidió que lo tomara entre mis brazos y sin decirnos nada, entendí que debíamos de confiar en la humanidad. La interculturalidad se debe contemplar como una ventana abierta al conocimiento y no una imposición o amenaza, sino un enriquecimiento mutuo donde el amor y el respeto sean los pilares de nuestra sociedad. Las generaciones futuras deben tener la oportunidad de crecer en la tolerancia y la libertad, ya que todos al igual que el hijo de Karen no merecen otra cosa….           

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