… Aunque tenga el móvil apagado desde el momento en que llegué y por lo tanto esté ilocalizable al menos que quieran venir a buscarme, que probablemente querrán, pero todavía me quedan unas horas, como poco, y, además, aparte de buscarme tendrían que encontrarme y eso ya puede que no sea tan fácil, porque me los imagino, condescendientes, dos de sus chicos preguntando en recepción: “¿Saben dónde está el doctor…?” y un post-adolescente lleno de acné mirando en la pantalla de registros y dándoles la información que ellos ya saben, cada vez más impacientes, insistiendo: “No, vamos a ver, nos referimos a si han visto…” y el post-adolescente británico –aquí los contratan ingleses o daneses o noruegos o alemanes, porque los clientes son alemanes, noruegos, daneses o ingleses, nunca españoles- mirará con cara de no entender nada, de no saber quién es el doctor … y ellos intentarán explicarle hasta que desistan y entonces se pondrán a buscarme de verdad, sin previos ni trámites de excusa, porque lo que no pueden hacer es llamar a la editorial, decir, sin más: “No sabemos dónde está” y que, cuando el jefe les pregunte, “¿habéis preguntado en recepción?”, que a mí y a cualquiera le parecería lo mínimo, pues resulte que la respuesta sea “no”.
Lo que no quiere decir que ellos esperen que en recepción sepan dónde estoy, porque las otras veces, en los otros hoteles –y eso que eran hoteles de ciudad, nada de miles de hamacas rodeando tres o cuatro piscinas, palmeras suntuosas, daikiris y un paseo relativamente corto hasta la playa vacía y blanca- no tenían ni idea de dónde estaba y por supuesto no sabían quién era, porque si algo se me da bien es pasar desapercibido y, si por mí fuera, así habría sido siempre, quiero decir, que siempre habría pasado desapercibido porque todo el mundo sabe que alguien que no llama la atención es alguien que no necesita huir.
Sencillamente no fue posible.
Así que se pondrán a buscar por su cuenta, a intentar meterse en mi cabeza de psiquiatra venido a menos, tan a menos que se ha convertido en una eminencia, y los puedo imaginar, perdidos en el hall enorme del hotel –más palmeras, sillones blancos, un televisor donde echan un partido de la Bundesliga-, tratando de seguir los pasos de un fantasma, porque eso seré yo, un fantasma, dentro de unas horas, cuando me haya escondido y ellos no puedan encontrarme, y se pongan a pensar: “¿Estará en la playa?”, cosa bastante absurda porque ya saben que soy muy blanco de piel y que no soporto el sol, ni el agua, ni mucho menos la gente, aunque aquí no hay gente, no es tiempo de que haya gente –me pregunto, entonces, por qué demonios me han hecho venir, quién paga esto-, así que descartarán la playa y pensarán en algún pub o bar, de acuerdo, pero ¿qué bar?
Sólo en la manzana que rodea al hotel –aunque realmente no hay mucho más que esa manzana, salvo una especie de minigolf construido sobre cenizas volcánicas en la entrada del pueblo- hay dos restaurantes japoneses, tres restaurantes chinos, cuatro pubs irlandeses, un sitio hawaiiano donde camareras con faldas a flecos sirven menús del día, de primero, lentejas con tomate, de segundo, pollo asado con patatas. ¿Quiere postre? Sí, qué tienen. Waikiki. ¿Qué es el waikiki? Es un postre típico de Hawaii. Probaré el waikiki entonces… un restaurante griego, tres pizzerías con bandera italiana en la puerta, pequeña, casi testimonial, como casi todas las banderas aquí, porque aquí es imposible sentirse orgulloso de dónde vienes, porque si te sintieras orgulloso de dónde vienes, jamás hubieras venido a este sitio. Una discoteca que abre por las tardes para adolescentes. Un centro comercial.
Así que, ¿dónde ponerse a buscar? Sí, es probable que haya salido a tomar una copa. Otra copa. ¿Hay algún cargo de servicio de habitaciones? No, sir. Entonces, habrá tenido que salir a tomar la copa fuera. Sí, ¿pero dónde? Lo que está claro es que no puedo haber dejado la isla. Es absurdo que haya dejado la isla. Ellos saben que es absurdo, porque necesito el dinero de la conferencia –“El camino recto de la felicidad: seis lecciones básicas de coaching”- y uno no pasa a la historia como un jodido rácano capaz de vender a su madre para luego desaparecer antes de una conferencia de 60 euros la entrada –si es que entra alguien, yo no veo a nadie por aquí y llevo ya más de cinco horas-, y aunque es probable que ese tipo de excentricidades hagan que el libro se venda mejor, mejor aún, la reputación de la editorial se vería afectada… ¡ah, las editoriales… esas viejecillas entrañables, con tanta facilidad para el escándalo.
Así que no, en la isla tengo que estar, eso seguro. Y en el fondo, puede que ni siquiera sea tan importante encontrarme antes de la conferencia porque, bueno, voy a ir a la conferencia, ¿no?, en eso habíamos quedado. Pero también saben que yo me ofendería muchísimo si no vinieran a buscarme, si no mostraran ese mínimo de preocupación, si no pidieran las llaves –aquí hay llaves aún, no tarjetas, las habitaciones son enormes, como bungalows adosados, permítaseme el oxímoron- y el recepcionista insistiera: “Absolutely impossible, sir, you´d need to call the police for that, sir”, todo para que las dudas vuelvan: “¿Dónde demonios puede haber ido?” y entonces decidan empezar a buscar en uno de los irlandeses por una asociación mental ridícula Irlanda-pub-viejo curda, ¿vamos juntos o cada uno por nuestra cuenta? Pues mira, casi mejor por separado, por si luego nos preguntan… aunque ellos sepan que va a dar igual juntos o por separado, porque aquí lo importante no es que busquen sino que encuentren y eso va a depender de mí, va a depender de hasta qué límite quiera llevar el juego, cuánto tiempo quiera hacerme el niño mimado, cuándo me canse y vuelva a casa y me tumbe rendido en la cama, o, casi mejor, me duerma en el coche, de camino, apoyado contra la ventana mientras mi madre le dice a mi padre: “Baja la radio, que el niño está durmiendo”, sólo que ese recuerdo debe de venir de otro lado, de alguna película –
NOTA: comentar en la conferencia eso, que la felicidad consiste en parte en poder elegir los recuerdos, sean propios o no-, porque cuando yo era pequeño los coches no tenían radios y estoy por asegurar que mi padre no tenía coche.
Con lo que las cosas podrán seguir así un día o dos, hasta el martes, ellos buscándome y yo escondiéndome, o podrán durar sólo unas horas o podrán ni siquiera empezar, porque empiezo a cansarme un poco de estos juegos, conforme la mezcla de champán y ansiolíticos del avión va perdiendo poder, y quizás todo sea tan sencillo como quitarle el sonido al móvil o dejar encendido el buzón de voz hasta que se llene de mensajes –
NOTA: quizás pueda llamarme yo repetidas veces hasta que el buzón se llene. Decenas de mensajes míos, yo hablando conmigo, contándome, relajándome, diciendo: “No te preocupes, todo va a ir bien”, de manera que cuando ellos llamen, no sepan lo que está pasando. Memoria del buzón de voz llena, por favor llame más tarde- y simplemente estar ahí, en la cama, dormido o viendo algún capítulo de una de esas series de dibujos animados donde todo el mundo es normal, estúpidamente normal, una parodia, una imposibilidad, un deseo.
La normalidad. La felicidad es ser normal. Eso podría valer, si aceptaran pagar ese dinero por ver a alguien normal. A ellos no les gusta esa idea y quizás por eso me llaman –o no me llaman, imposible saberlo en este momento, más tarde, todo más tarde, para convencerme de que no diga esas excentricidades acerca de la normalidad y me limite a ser normal y convencionalmente excéntrico –disculpen de nuevo el…-, pero ahora mismo no es descartable: la televisión puesta y yo, en calzoncillos tumbado boca abajo, las piernas abiertas como una nadadora sincronizada y ellos buscando, con mi foto en la mano, brutalmente desganados. El de la chaqueta negra hablando en griego, inglés e italiano; el de la chaqueta gris persiguiendo camareras con flecos en alemán, japonés y chino.
La chica langosta
No sabía por dónde empezar, así que decidió escribir: “El Rey estaba dolido”. Le resultaba extraño escribir un cuento sobre reyes, a estas alturas. ¿Sabrán los niños lo que era un rey, uno de los de verdad?, ¿siguen valiendo las viejas convenciones para la literatura infantil? Bien, y si el rey estaba dolido, ¿por qué estaba dolido? No tenía manera de casar a su hija, seguro. La mayoría de los cuentos van por ahí y siempre han funcionado.
En el fondo, ese era el problema, que desde pequeños nos sumergían en un universo “chico encuentra a chica” del que luego nos era imposible salir, por mucho que nos empeñáramos. Era estúpido, pero era así.
Miró de nuevo la frase y se replanteó el encargo. ¿Podría escribir el cuento?, ¿realmente era capaz? Le hizo gracia el adverbio: “realmente”. Decidió levantarse del asiento y dejar al ordenador preguntándose cómo seguir. De momento, él se rendía.
Sí, el problema era ese. Los príncipes azules. Se han empeñado en convertirnos en príncipes azules y todos nos hemos aprendido los mismos trucos por si cuela. Los príncipes azules y los Beatles. En su cabeza, venían a ser lo mismo: promesas.
Como no tenía el cuento enfrente, decidió repasar su vida, que, al fin y al cabo, también era literatura. No le había ido mal. Si se ponía a analizarlo fríamente no le había ido nada mal. Pedirles además que le quisieran… No tuvo una adolescencia soñada, pero nadie ha tenido nunca una adolescencia soñada.
Debería de haber sido psicólogo. Un psicólogo absurdo, quizás, pero eficaz. Todo lo relacionaría con los Príncipes azules y las canciones de los Beatles. Laura, por ejemplo, era una canción de los Beatles. “I want to hold your hand”, pongamos. Una canción de los Beatles y otra de los Beach Boys. Veranos que nunca llegaron. En su memoria, Laura era una sucesión de estaciones y tristezas, sin más.
Paul Mc Cartney, menudo hijo de puta...
Y Laura. Un nombre que le perseguía como una plaga de langostas, arrasando con todo el pasado. Miraba hacia atrás un momento y no veía nada, no quedaba nada, sólo Laura. De todos los hombres que había sido, todos los que había imaginado en sus cuentos para niños, para mayores: reyes y princesas, cayucos abandonados en playas imposibles, fracasados en sus múltiples versiones artísticas y vitales… él se quedaba con el que una vez consiguió abrazar a Laura y perderse por completo en sus dedos.
Todo el mundo tiene diez dedos, pero no todo el mundo sabe utilizarlos. Laura, sí. Laura te abraza y el espacio en vez de contraerse, se dilata.
Laura buscando príncipes azules y besando sapos. La facilidad constante de las chicas para besar sapos, para besarle a él, por ejemplo, y obviar que un hombre sin pasado –o con un pasado estéril, completamente arrasado- es un hombre sin futuro. Una memoria sin recuerdos, que decían en una película francesa de su adolescencia. Laura, de nuevo.
Pero no, no había estado mal. Por supuesto, percibía su vida como una continua ausencia. Ausencia de Laura, de los Beatles y de la princesa prometida. Ausencia del sentimiento mágico de ser el elegido. Sentirse saldo de rebajas en demasiadas ocasiones. Pero, en reglas generales, podía sentirse satisfecho. Debía sentirse satisfecho. Si a él le contaran su vida como si fuera la de otro, le parecería una vida perfecta.
Quizás ahí estaba el problema, pensó.
Se acercó a la cocina y metió dos rebanadas de pan de molde en la tostadora. Cuando salieron disparadas, las volvió a meter. Le gustaba el sabor del pan quemado, su olor penetrante y peligroso. Caliente, te quemas… Buscó fiambre para meter en medio y sólo encontró unas lonchas de jamón de York. Bastaría. Tenía que bastar, en cualquier caso.
Estaba de nuevo frente al ordenador, sólo que con menos tiempo por delante. Establecía rutinas para todo y eso incluía también la escritura. Cosas que hacer en vez de cosas que recordar.
Tenía varios libros publicados y una casa preciosa en pleno barrio de Salamanca; tenía decenas de correos por leer y varios encargos que esperaban respuesta. Era bueno en lo que hacía y le gustaba hacerlo. Nunca aprendió francés para enamorar a nadie, pero se enamoró de una chica que viajaba a Francia todo el rato. La chica langosta. Enfrente tenía al Rey, aún doliéndose, y pensó que lo mejor que podía hacer era reflejarse a sí mismo, convertir el cuento en un espejo. Los niños lo entenderían, los niños lo entienden todo.
Paul Mc Cartney os va a engañar, tened cuidado.
Miró a la pantalla y giró la cabeza hacia la ventana para que la noche le devolviera la mirada. Eran sus ojos, era su boca, eran sus dedos. Podía sentirse orgulloso. El rey está dolido, pensó, pero sigue siendo el rey.
Retratos de otra época
-Al principio, no iba a
traerla- dijo, mientras cruzaba las piernas y se echaba hacia atrás en su
silla, dejando la taza de té sobre la mesa de la cafetería de cubierta. Era una
fantástica mañana de invierno, el sol brillaba justo sobre su cara mientras
pensaba en lo que diría después- No iba a traerla, pero me convenció. No se
encontraba bien y pensamos que lo mejor sería que viniera conmigo, con la
esperanza de que el viaje la calmara.
- ¿Qué le pasaba?
- Qué le pasa, más bien. Está triste. Un caso
de tristeza muy femenina, imposible saber qué es en concreto, lleva así desde
que perdimos al niño, hace ya unos años. Tiene fases dentro de la melancolía,
algunas más profundas, otras más llevaderas. Esta es profunda.
- Quizás pueda ayudarles… si
necesitan de mi ayuda.
- No, no creo que nadie pueda
ayudarnos; no a estas alturas, por lo menos. De alguna manera confiamos en que
la tristeza desaparezca como apareció, sin más. El médico le recomendó que no
se quedara en casa y aquí estamos los dos.
- ¿A qué va a América?
- Soy comerciante –dijo, sin
querer especificar mucho más, suficiente le había contado a aquel joven
desconocido, zapatos de estudiante, chaqueta pasada de moda, pelo demasiado
largo que le caía sobre la frente. Un chico atractivo, eso sí. Con el punto de
inocencia que da la juventud. Le gustaba- Si no me equivoco, usted me dijo que
iba a recibir un premio.
- No exactamente. He sido
invitado por el doctor Jung a unas conferencias en la universidad de Harvard,
para colaborar con él, preparar juntos las lecciones…
- No está nada mal para su
edad.
- Gracias.
El chico se quedó callado,
medio embobado, mirando el mar a ratos, fijándose en el sombrero de Shaun,
jugando con la servilleta. Ninguno de los dos quería estropear aquel momento de
paz y satisfacción. Pronto llegaría la hora de comer, según se adentraban hacia
el oeste las noches llegaban más tarde.
Unos niños jugaban con los
botes salvavidas: se agarraban con fuerza, intentaban subirse encima y darles
la vuelta, los golpeaban llenos de frustración... Formaban una hilera
interminable, muy molesta cuando se intentaba dar un paseo.
-
¿No le resulta un poco excesivo todo esto?–interrumpió
el chico finalmente, dirigiendo la mirada de Shaun hacia los botes- No estamos
en 1912.
-
Es bueno saber que se preocupan.
-
Ya, pero ese gusto por la demostración de
seguridad, ¿no le parece incluso un poco morboso?
-
¿A qué se refiere con morboso?
-
La sala. ¿Ha visto la sala dedicada al
Lusitania? Todas aquellas fotos de los pasajeros, del barco, de los ataúdes…
como recordando: “podría haberle pasado a usted”
-
Es un homenaje, supongo. No le dé más
importancia.
-
Ya, pero resulta algo anacrónico. ¿Cuánto ha
pasado desde aquello? ¿Veinte años?
-
No sé, puede- afirmó Shaun sin interés, aún balanceándose
en su silla- Los americanos tenemos esa manía: recordar todo el tiempo. Una
pena, un pueblo tan joven…
Shaun
miró el reloj. Iban a dar las doce. En tres cuartos de hora tendrían que volver
al camarote para comer, Anna siempre hacía que le llevaran la comida allí. Sin
embargo, no quería despedirse de aquel chico francés, con su torpe acento y su
manía de utilizar frases complicadísimas.
-
¿Nos acompañará a comer? –propuso- Mi mujer rara
vez sale del camarote. Sé que es algo absurdo. Hacer un viaje en transatlántico
para quedarse encerrada día y noche. De vez en cuando sale a tomar el aire,
pero sólo si está segura de que no habrá nadie cerca.
-
Sociofobia.
-
Llámelo como quiera, doctor, a mí me hace la
vida igualmente imposible. ¿Nos acompañará, entonces?
Guy pensó si tenía algo mejor
que hacer pero no tenía nada que hacer, en general. Ni mejor ni peor. Antes de
irse, Marie le previno contra los americanos, pero aquel hombre parecía de
fiar. De lo más educado y atento.
-
Por supuesto- contestó, y los dos se quedaron en
la misma posición, apurando el buen tiempo hasta el último trago.
Anna estaba acostada sobre una
cama a medio hacer. Llevaba un vestido verde y los zapatos descansaban junto a
la puerta. Tenía los ojos cubiertos por una gasa húmeda. Apenas contestó cuando
Shaun saludó, pero a él no pareció importarle.
Guy no sabía qué hacer. Miró a
su nuevo amigo como si él tuviera la respuesta. Quizás debería irse, ahí
molestaba. Se volvió a poner el sombrero e hizo un amago de acercarse a la
puerta.
-
No, tranquilo- le susurró Shaun- Es una de sus
jaquecas, se le pasará en seguida. Deje ahí el abrigo, por favor.
Guy hizo caso, dejó el abrigo
en el perchero y volvió a mirar hacia la cama donde la mujer del comerciante
seguía inmóvil. Era una mujer preciosa, parecida a Marie. No, más bella que
Marie, aunque diez años mayor, calculó. Algo se había roto en ella y se podía
ver desde esa distancia.
-
Cariño, tenemos invitados –dijo Shaun, como sin
darle importancia a la noticia.
Anna suspiró, se quitó la gasa
de la frente y se incorporó lentamente. Guy intentó disculparse de inmediato:
-
Lamento si no es el mejor momento…
-
No se preocupe, si mi marido tuviera que esperar
al mejor momento para invitar a comer a sus amigos, sin duda comeríamos solos
todas las tardes. Mi nombre es Anna –dijo, ya de pie, mirándole fijamente con
sus ojos azules verdosos.
-
Guy- dijo él, intimidado.
Efectivamente, la jaqueca
desapareció al poco rato, conforme avanzaba la charla y la comida. Tomaron
vino, escucharon música, tomaron más vino. Era una pareja adorable y no dejaban
de preguntarle y de reírse con sus anécdotas. Jugaron a las cartas un rato, él
siempre perdía.
Se sentía completamente
eufórico, en la cima del mundo. Iba a Estados Unidos, a colaborar con Jung en
Harvard, y estaba al lado de una mujer realmente preciosa que no dejaba de
mirarle, como si su marido no existiera. Dejó que la tarde corriera por sus
venas, aceptó la invitación a bailar y se dejó llevar por completo cuando Anna
empezó a besarle suavemente en la cara y a quitarle la ropa como si fuera un
niño.
-
Nuestro niño –murmuró ella.
Inmediatamente, miró a Shaun,
pero Shaun no dejaba de sonreír y dar palmas al ritmo de la música. Ni siquiera
se movió del sillón, como si aquella fuera una escena mil veces repetida que le
gustara observar. Guy se dio cuenta de que le resultaba atractivo, con la
botella de vino en la mano y la corbata desanudada. Parecía mucho más joven
así, más de lo que aparentaba cuando se conocieron, conversación casual
mientras los motores rugían.
Anna le llevó a la cama y
empezó a desnudarse ella también. Tenía unos pechos perfectos y unas piernas
muy largas y firmes, Guy no encontraba manos para tanta mujer, sólo el instinto
le permitía continuar torpemente. Estaba sin pantalones, sin chaqueta, tumbado
en la cama con aquella preciosidad encima, Shaun borracho en una esquina
tarareando una canción que habían escuchado aquella misma tarde, que él había
bailado tantas veces con Marie en casa.
Quería que Shaun participara,
necesitaba abrazarlo y besarlo a él también, pero Shaun silbaba y seguía
cantando, su voz golpeando los oídos de Guy, chocando de pared a pared,
inundándolo todo de irrealidad.
El camarote empezó a dar vueltas y vueltas en
su cabeza, como si estuviera alojado en la hélice. Sentía el mar por debajo de
su espalda y le invadió un miedo repentino, como un vértigo, una culpa, Marie...
-
Necesito irme –murmuró, pero Anna seguía encima
de él y Shaun cortaba la salida.
-
Necesito irme –dijo en voz alta e intentó
apartar a la mujer, pero sin conseguirlo.
Se encontraba mal, con ganas de
vomitar. Fuera ya era de noche y haría frío. Iba medio desnudo, ¿dónde podría
ir así? Debería quedarse ahí, pero la mujer de pronto le provocaba más miedo
que placer. Volvió a mirar hacia Shaun, pero Shaun ya no estaba. Inquieto,
intentó echar un vistazo a todo el camarote, pero no había rastro de aquel
hombre. Cerró los ojos y gritó, quitándose a Anna de encima con un empujón,
liberándose de su peso, de sus manos, de su lengua…
Gritó hasta el vómito y cuando
abrió los ojos de nuevo no había nadie en la habitación. Se incorporó
lentamente y pensó que podría haberlo soñado todo pero aquel camarote no era el
suyo. Sobre el perchero sólo colgaba su abrigo. Tenía los pantalones puestos.
La comida estaba sin tocar, aún en la bandeja de plata.
De repente, sintió un temblor
que crecía poco a poco, como un terremoto. Intentó agarrarse a las barras de la
cama pero cayó al suelo. Por un momento, el camarote adoptó una posición
diagonal, luego volvió a estabilizarse. Las sirenas empezaron a aullar de
inmediato. Guy salió tambaleándose del camarote. No sabía dónde estaba. Corría
descalzo por los pasillos llenos de gente, llenos de caos, buscando su propio
cuarto, sus pertenencias, sus papeles.
¿Dónde estaría aquella pareja y
para qué le habían llevado hasta ahí? Nunca conseguiría encontrar el camino de
vuelta.
Los temblores seguían. Guy caía
y se levantaba como el resto de los pasajeros y los tripulantes. Nadie
intentaba poner orden, sabían que era imposible. Como en un sueño siguió
avanzando, sin sentido. El agua helada mojaba sus pies. El frío era
insoportable, el barco entero era una cuesta arriba. Atravesó un par de salas y
se encontró rodeado por una sucesión inmensa de fotografías con una
reproducción de un transatlántico en medio.
Por un momento, se sintió
seguro. Reconocía aquello, había hablado de este sitio aquella misma tarde. ¿O
no?
Los temblores cesaron
repentinamente y un silencio sospechoso llenó toda la sala. Estaba
completamente solo y confundido.
-
Nos salvarán –pensó- esto no es 1915, no hay
ninguna guerra en marcha. Esto es el Bremen y es imposible que el Bremen se
hunda.
Estaba sudando, creyó tener
fiebre. Se sentó en el suelo, aún mojado y repasó las fotografías, todas esas
caras de muertos anónimos. Tenía tiempo, seguro que tenía tiempo, y si no lo
tenía, mejor no malgastarlo huyendo. Que le encontraran. Pasó su mirada por una
pared y luego por otra: todos los pasajeros parecían felices al subirse al
Lusitania, como si supieran que ese viaje iba a cambiarles la vida definitivamente.
Las sirenas volvieron a
encenderse, provocando un ruido insoportable. Guy volvió a vomitar, se levantó
e intentó correr hacia adelante, pero parecía drogado, no podía tenerse en pie.
Cayó de nuevo al suelo arrancando de la pared una foto a la que intentaba
agarrarse.
El suelo volvió a inclinarse,
empujándolo hacia abajo, con la fotografía aún cogida, un soporte inútil, los
calcetines resbalando e intentando frenar el golpe contra la pared de enfrente,
nuevas fotografías, nuevos cadáveres. El agua le llegó primero a la cabeza,
mojándole el pelo y luego los hombros, colándose por su chaqueta, su camisa,
confundiéndose con el sudor, como cuando corría a la playa las tardes de verano
y decidía lanzarse contra las olas antes de que las olas se lanzaran contra él.
Chocó contra la pata de una
mesa y empezó a sangrar. El impulso lo llevó a un rincón. Segundos después
llegó la fotografía, deslizándose a su espalda, como una condena. Aún tuvo
tiempo de echar un último vistazo. Era una pareja con un niño en brazos. Ambos
sonreían a la cámara. No tardó demasiado en reconocerlos.