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Validakis, Cristina (Ceklina)

Los dueños del final...



      Jueves...         Tengo una buena excusa, parece que el destino se puso de mi parte… ¿O en mi contra? El Servicio Meteorológico anuncia muy mal tiempo para el sábado. Condiciones riesgosas para emprender un viaje... Si bien los trenes tienen el destino trazado en el parapeto inevitable de sus rieles, la neblina, la lluvia, las tormentas, también pueden jugarle malas pasadas... Un cruce de rieles mal desviado o endurecido por la nieve, el adormecimiento de un guardabarreras por el frío, la distracción de los conductores.... todos inconvenientes,  generados por un clima adverso... Y sí...  Tal vez el tiempo haya decidido por nosotros entendiendo que tal encuentro resulta de alto riesgo para ambos. ¿Riesgo...? Y... al fin y al cabo... ¿cuál es el riesgo de verdad? ¿La ruptura de nuestras parejas consolidadas y firmes a través del tiempo de convivencia y costumbre? ¿La posibilidad inevitable de hacer de las personas que dijimos querer durante años,  vulgarmente unos “cornudos”? ¿O tal vez... la particular sensación de entender, simplemente que esto también, lo que nos une, como tantas otras cosas, está tocando el límite de lo imposible y a la vez agobiante,  y que sólo hemos construido eso mismo de lo que intentábamos huir? Tal vez sólo estemos encontrando buenas excusas para postergar el final de algo que ya sólo nos produce una mezcla de cansino  aburrimiento y agotadora culpabilidad. Algo que los dos sentimos y sabemos desde... ¿cuánto tiempo ya?

                Ahora  cuando me toca asumir el papel de tercera en un triángulo, dónde paradójicamente, también tú, mi amante secreto, cumples el mismo papel, es cuando puedo entender el profundo significado del poema “Amor Prohibido” de César Vallejo cuando entiende al amor como un pecado. Cualquiera podría pensar que al estar igualados en situación de estado civil, y por ende, de pecado,  sería más fácil todo esto que vivimos. Sin embargo, también es paradójico esto de engañar y al mismo tiempo sentirse engañado.  El rol de amante en las sombras puede ser más doloroso que el de engañado feliz cuando los sentimientos verdaderos invaden tu alma. Como los  que puse yo desde el día aquel en que, me senté  en el mismo vagón, en el que viajabas desde Juárez Célman e  intercambiamos las primeras palabras que sentenciaron nuestra historia:

-    Yo también leí “ Mujeres que corren con los lobos...”  – me dijiste ni bien me senté frente a vos e intenté abrir el libro que llevaba en mi bolso – hace un tiempo ya, pero me pareció fantástico para entender como funciona la psicología femenina... todo un misterio por cierto...

-          ¿Cómo? – pregunté como tonta mientras el sonido del tren se mezclaba con tu voz...

-   Digo.... – y repetiste la pregunta hallando una buena excusa para sentarte a mi lado y acercar tu boca a mi oído al hacerlo e invadiendo mis sentidos con tu perfume...          A veces... no es sólo un instante lo que sentencia una historia, no es sólo una voz, un aroma... unos ojos. Es todo un conjunto, un compendio de sensaciones que se disparan como una locomotora sobre rieles prefijados. ¿Destino...? ¿Propulsión de hados misteriosos? ¿Tropel de inusitadas necesidades desconocidas?

-         Debes ser el primer hombre que conozco, que ha leído este libro... – respondí mirándote a los ojos primero - tus ojos verdes y surcados de arruguitas pequeñas residuos de dolores viejos y la marca indeleble del tiempo- para luego mirar tu boca grande, soberbia, sonriente y feliz.            - Debo admitir que no, pero tampoco cualquier mujer puede leer este libro... eso ya te da mérito... – agregaste – Mi nombre es Andrés – y sin darme tiempo extendiste tu mano y tomaste la mía.          El tren siguió su marcha y la charla también. Pasaron las estaciones destilando su variación paisajística. Pasaron también misteriosamente y sin darnos cuenta tu estación y la mía. Y nos bajamos sólo cuando nuestras historias personales ya no eran un secreto de desconocidos charlando en un tren y nos sentíamos como amigos eternos...        A la semana siguiente, ninguno de los dos bajó en su estación, pero esta vez no fue un error. Fue el comienzo de la agonía de compartirnos, de dividirnos, de convertirnos en deseos prohibidos. Fue el comienzo de la espera interminable.  Como cantan el Grupo Maná: “…y siempre tengo que esperar paciente / el pedazo que me toca de ti ….”.                Fue el inicio de esta absurda  situación que durante más de tres años fue carcomiendo,  lacerando  permanentemente el alma.  Con un  dolor   extraño: más te duele, más deseas que te duela y menos quieres cortar con la fuente que lo produce. Así nos sentíamos vos y yo. Con el dolor de querer vernos, de no poder vernos... y de no hallar una manera de terminar con ello.... Consumidos absurdamente como velas carnales en cada encuentro, helados e impertérritos  en medio de noches en los brazos de quien no deseas estar, soñando con otro cuerpo. Bebiendo  un poco de más para festejar los encuentros... y bebiendo aún más en la espera, sin  siquiera poder explicar a los demás lo que te pasa.... por qué lo haces... Con paréntesis de angustias y dolores, felicidades y euforias que, por suerte, contribuyeron a que pudiera escribir  mucho y bien. Perdurando en un  pequeño infierno personal que sin embargo  parece el único lugar en el que tu alma encuentra una justificación para su existencia.                Y la vida comenzó a transcurrir en la nueva situación de esperanza y abandono: en el intermedio descuidando las relaciones de toda una vida; perdiendo hasta el  trabajo  su anterior sentido y sólo respirando  en el anhelo  del próximo encuentro clandestino, deseando con una parte de tu ser que por algún azar misterioso, éste sea el último, pero con la certeza de que vas a hacer hasta lo imposible para que ese deseo no se cumpla.             Y los sueños comenzaron a medirse por las novelas románticas de  Danielle Stelle y las películas lacrimógenas. Por primera vez, la disyuntiva de los protagonistas de “Los Puentes de Madison” cobra sentido en mi propia carne y puedo adueñarme de las palabras pronunciadas por Robert Kincaid el personaje que desempeña Clint Eastwood en la película: ““Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido” pensando, dolorosamente, si nuestra historia tendrá el mismo final, o tendremos el valor de cumplir nuestros sueños. Identificándome de manera inevitable con Meryl Streepp en su papel de  Francesca Jonson, un ama de casa común que apartada de su vida rutinaria por la llegada de un extraño,  finalmente decide quedar atrapada en su cotidianeidad, sin más sobresaltos que el recuerdo de un amor prohibido. ¿En eso se convertirá este amor? ¿En un recuerdo que el tiempo transformará en una herida de cobardías y secretos?             Y la belleza, comenzó a medirse por los detalles que le  agradan precisamente a ese extraño que ya no lo es, pero al  mismo tiempo que te esmeras por estar bella, floreciente y feliz para él, algunas raras mañanas, el espejo te devuelve unas  ojeras  tan tenebrosas como las de cualquier Vampiresa seducida  por  Drácula (que también es una gran historia de amor antes que de terror, como bien me dijiste)  ¿O será  que amores como el nuestro, tienen la capacidad de  adquirir matices terroríficos? pienso mientras intento disimular las manchas oscuras de mis ojos,  con un corrector que poco puede hacer al respecto... Porque en definitiva, lo que necesita corrección, no son mis ojos, sino mi vida.        Entonces,  un día, te descubres esperando el tren y deseando que algo haya pasado que acabe con el tormento, con la apoteosis que te ha condenado a morir  por un amor prohibido.  Ese día te descubres pensando en infinitas posibilidades que te arranquen del daguerrotipo que sola te has creado y en el que, sin darte cuenta ha quedado impreso tu destino.      “Tal vez... hoy llegó tarde a la estación... “      “Tal vez su mujer descubrió el engaño....”        “O quizás ha muerto de un ataque... de una enfermedad y nadie puede avisarme... (nunca intercambiamos teléfonos, la cita fue  en el mismo lugar, el mismo día, la misma hora) Nadie en su vida me conoce, simplemente hoy pudo pasar....  Que  nunca más suba al tren... Y no sabrás si ha muerto, o si simplemente, vos tuviste el valor  que yo no tuve de terminar la historia, porque sucedió lo que debía suceder: la magia se acaba y la realidad se impuso.”               Sí, un día, me descubro pensando que tal vez, las seguridades materiales, las complicaciones legales, las costumbres establecidas  terminen siendo más fuertes que la pasión absurda y descabellada que nos une. Que es posible que prefieras el páramo gris de tu unión legal, el sepulcro sentimental de tu matrimonio. Y me condenes así, a recordar tu rostro de guerrero rubio y peligroso como  un retazo tal vez amable en el álbum de las aventuras adúlteras de sólo una más de las pequeñas o grandes señoras de la Región del Centro.        Y... entender, que no voy a tener el valor de  arrojarme del tren cuando alcance su mayor velocidad o pase por el puente... ni de pararme en el medio de las vías sin tomarlo, después de beber el champagne que llevo en el bolso y esperaba compartir con mi amante, para que, simplemente sea ese tren que nos unió el que termine con mi pesadilla. Pero lo más probable es que seguramente, seguiré viva, con los restos del lápiz labial en el borde de la botella como única compañía sobrellevando el estigma de adúltera abandonada que añora sus clandestinos encuentros en un coqueto hotel pegado a la Estación de un Pueblo sin Nombre.         Y.... si acaso eso ocurre... ¿qué quedará después, más que el refugio absurdo y estable de siempre...  la presunta seguridad de la cabecera al cobijo de una pareja que crees sólida, en su aburrida monotonía costumbrista y de las exigencias de los hijos que van creciendo  y en quienes  pondrás todas las esperanzas...? o las que te quedan cuando El Gran Amor se fue.      Si acaso eso ocurre tal vez, también me asalten las dudas sobre si ese Gran  Amor que creí vivir, verdaderamente lo fue, o si sólo fui otra blonda señora de ojos claros, de piel sedienta, y anhelos insatisfechos conseguida como  presa,  de un galán no menos insatisfecho, que sólo quiso  colgar mi cabeza a manera de trofeo en la misma sala donde cena con sus mujer y sus prolijos hijos y recibe los domingos, luego de amarme,  a sus honorables invitados.        En esa vana batalla para mantener la autoestima donde los miedos y las dudas corroen todas las certezas y destruyen los sentimientos, sigo perdiendo. Por Amor, o Desamor. Por tu presencia o tu abandono.         Nuevas creencias absurdas de este  mundo posmoderno confabulan contra mí, al mismo tiempo que matan (directa o indirectamente) a mis compañeras de trabajo, a mis mejores amigas... Basuras promocionadas hábilmente por servicios de marketing especialistas en   destruir la propia valía con argumentos de estándares de belleza.  No quieres ser una más de ellas,  víctimas de lipoaspiraciones para mantener al amante, de senos de silicona para seducir  a nuevos, y dietas severas que las condenan a la anorexia o la bulimia.       Y no dejas de preguntarte: si no hubiese sido por este dolor cotidiano de vivir repartida entre el amor seguro y el fugaz, por estos pequeños o grandes encuentros clandestinos  que decidieron alterar tu tedio por un fugaz instante: ¿Las cosas podrían haber sido diferentes?    Tal vez  simplemente vegetarías engordando, como tantas “señoras de su hogar”... o buscarías en barrer la vereda de tu casa, el sentido de tu vida. En transitar los pasillos del súper como una fantástica aventura cotidiana, en la elección de la mejor verdura o condimento para la comida. O en vivir los instantes de las vidas ajenas, tus vecinas, tus amigas, tus hijos como vanaglorias propias. De una u otra manera,  los ojos claros, el perfume novedoso y  masculino, las palabras dulces, los encuentros secretos, y en definitiva, el tren que te trajo a mí , han contribuido  con su particular encanto, a gestar este momento tan maravilloso y a la vez  absurdo y enervante que hoy padezco.      Momento que no deja de ser maravilloso, por este sentido nuevo que le has dado a mi vida. Escribo mucho y bien.... Me desvelo intentando emular a Benedetti o Neruda, y  habito de continuo en Rimas y Sonetos. Mis cuentos tienen personajes dramáticos, que enfrentan como yo, disyuntivas existenciales y paradojas inevitables.  No deja de ser excitante, esta adrenalina que me recorre cada célula los sábados por la mañana en la expectativa de verte, y el cansancio de mis articulaciones cuando te dejo al atardecer, el sabor de los besos que perduran por muchos días y hasta tu perfume impregnado en mis manos o en mi ropa.     Momento a la vez, absurdo y enervante porque no he podido sustraerme del sentido posesivo de tenerte un poco más que los sábados. Del deseo inevitable de cambiar de manera radical nuestras vidas, para dejar de sentirnos ladrones de tiempo. Del tiempo que le corresponde por derecho legal a otra persona.       Viernes...         Son las dos de la mañana y me desvela este final que no logro darle a nuestra historia y el apremio de las horas que se desgranan sobre mi insomnio acercándome al momento en que será inevitable decidir.  Pero este sábado, tendré una buena excusa. El Servicio Meteorológico sigue anunciando Emergencia Climática... ¿Será todo el día? ¿ o empeorando para la noche...? Si las nevadas comienzan al amanecer, no será buena idea  ésta de encontrarnos...    Tal vez, simplemente ha llegado el momento de ponerle fin a esta situación perversa, que altera permanentemente mi percepción de la vida y de lo que creo ingenuamente,  en llamar amor. Tal vez para otras Señoras,   este infortunio disfrazado de romance pueda significar la posibilidad de darle cauce a determinadas fantasías, a hallar consuelo de carencias afectivas dentro de su hogar... pero no es este mi caso. Jamás tuve carencias afectivas ni necesidad de llenar huecos con tu presencia. Sólo me enamoré de vos ... Y esta historia... a la que no puedo hallarle un final digno, me ha dejado ya sin  fantasías, sin sueños, convirtiendo cada instante en la paradoja interminable de una novela melodramática  y lacrimógena, donde sólo puedo dar lástima, donde tu indecisión, tu cobardía para hacer cambios sustanciales en nuestras vidas, sólo pueden lograr que  mis frustraciones y carencias tomen proporciones incontrolables, hasta el punto del no retorno.               En más de una ocasión ante mi planteo de blanquear nuestra situación, me hiciste notar mi condición de “señora casada” y tu condición de “hombre honorable que no deja a su mujer ni abandona a su familia”. Hablaste de las culpas... de los hijos... de las libertades...     ¿Culpas...? ¿ Y ahora te acuerdas de las culpas....? ¿Cuándo mi cuerpo y mi alma son esclavas de lo que has hecho con ellos?        ¿Hijos...? ¿En ellos pensabas a la hora de abrazarme.... o besarme... mientras el tren te alejaba de sus necesidades,  hacia un Pueblo sin Nombre  con una Mujer de la que  conoces muy poco... y que también deja sus hijos para verte?     ¿Libertades...? ¿Cuándo las tuvimos...? No soy libre, porque decidí en algún momento atarme a alguien que tampoco  lo es y mucho menos quiere serlo, a alguien que disfruta histéricamente de una sensación de no disfrute y clandestinidad, en pro de mantener a la vieja usanza su patriarcal reinado de marido.      He decidido preservar después de todo y ante todo, lo único que sobrevive a  la cobardía. He decidido que lo único que podemos preservar es el recuerdo de los momentos gratos, las palabras dulces, las experiencias bellas que aún en condiciones limitadas, fuimos desarrollando en la absurda creencia de que podíamos llamarlo Amor.     He decidido que no quiero ya, saber tu teléfono... tu dirección... tu vida.        No quiero ya la molesta condición de innombrable, la espera en la Estación, el encuentro en nuestro vagón de siempre,  la estúpida adrenalina de la cita en una ciudad extraña en un hotel que ya no me parece bello, sino más bien tan tétrico como el Castillo de Drácula (aunque ésta también pueda haber sido una historia de Amor).         Los escritores, como yo, padecemos una enfermedad incurable: el romanticismo. Por supuesto, creo que nunca lograste entenderlo transformando mis sentimientos en una situación de infortunio permanente.       Sábado...       Las nevadas han comenzado temprano, casi al amanecer y el tránsito está cerrado en casi todas las ciudades de los alrededores. Rutas y rieles clausurados por hoy... seguramente. Tengo una buena excusa para no ir a tu encuentro... Tienes una excusa, para no verme.       He terminado de escribir estas líneas esperando el día de hoy. Ansiando quizás de manera inconsciente que las nevadas no se produjeran y subir una vez más al tren , como si dentro mío nada hubiera cambiado. Pero todo es diferente. ¿Tendré el valor de entregarte este cuento, que más se parece a una carta, si logramos vernos? ¿Tendré el valor de ponerle un final ominoso y feliz: “llegué al tren, me estabas esperando con el anuncio de tu inminente divorcio”? ¿Será realmente ése el final feliz adecuado? ¿O para nuestras respectivas familias, el final feliz, es que toda esta locura termine de alguna manera eficaz... y sin que nada altere sus rutinas estables y falsamente dichosas?   ¿Y... en todo caso... existiría una manera eficaz de concluir un tormento que más que depender de causas externas, sólo tiene un origen: la irracionalidad del sentimiento?    En definitiva... ¿le pondré yo el final a esta historia o se lo pondrás vos, para que estos sueños que intentamos unir, no se transformen en pesadillas? ¿ para que estos sentimientos no adquieran la forma lacerante del  naufragio y del desamor? ¿quién tendrá el valor de hacerlo....?     ¿ Se lo pondremos nosotros? ¿podremos ser los dos, los dueños de este final?¿O el mismo Destino que nos unió se encargará de enajenarnos en el murmullo de la distancia y el olvido?     Termino estas frases... Pliego las hojas mientras la nevada se intensifica. Miro el reloj... A las tres de la tarde podríamos escribir juntos este final, en nuestro acogedor y cálido cuarto del hotel. Me pongo el abrigo y llamo un taxi, sabiendo que tengo el tiempo contado para llegar al tren y que si has tomado la misma decisión que yo,  te traerá nuevamente a mí.  Abro la puerta...    La voz del locutor del noticiero que recién escucho, se impone al murmullo del viento y la nevada  anunciando: “Terrible descarrilamiento en el cruce de Unión y Juárez Celman... socorristas buscan sobrevivientes....”       Me quedo petrificada bajo la nevada mientras el viento desparrama los papeles de mi cuento en la nieve, porque ya no importa quién o cómo le escriba el final a esta historia.    Jamás sabré si  el agotamiento de esta larga relación prohibida y la nieve hoy, te dieron como a mí, una excelente excusa para evadir el encuentro. Ojalá sea así... y  no estés en ese tren que no alcancé a tomar, que ni siquiera estaba decidida a tomar.   Porque no puedo.... no quiero...  no tengo,  ni tendré nunca el valor de averiguarlo...            Quizás es sólo esta nieve.... esta nieve blanca que por momentos adquiere matices rojos, la única dueña del final de la historia.... pero ni vos ni yo, sabremos nunca cuál fue.           Tal vez no saberlo sea precisamente, lo único que nos salve...                                                                                            Ceklina                                       &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&                                            &&&&&&&&&&&&&&

Sendero violeta

           Camino nuevamente hacia el tanque, con una opresión en el pecho que casi me impide respirar. No sé por qué he regresado después de más de sesenta años, a mi hogar natal. Y mágicamente, todo está igual a la tarde en que lo abandonamos para siempre: los olores, los sonidos, las plantas y las flores. Pero una urgencia me apremia: debo llegar al tanque. Sí, debo hacerlo. Es importante, pero no recuerdo por qué. Y corro, no con mi cuerpo actual de adulto, sino con mis piernas pequeñitas y ágiles de niña, con el cabello largo golpeando mi rostro y las polleras con enaguas enredándose en las rodillas. Y grito, no con mi voz actual, grave de vivencias y dolores, engrosada por la opresión de lo callado y lo temido... sino con esos musicales sonidos infantiles que se derraman agudos  a la brisa, horadando el aire. Y subo la pendiente enorme para mi tamaño, e interminable para mis pies. Y me aferro, finalmente, con una esperanza inédita al borde de cemento del tanque.         Entonces, sobre la superficie burbujeante de las aguas oscuras y fétidas veo las panzas blancas e hinchadas, y las bocas espantosamente abiertas de mis Carpas Doradas, que injustamente hemos abandonado.

-         Nadie las cuidó – grito entre hipos de angustia – me mintieron, me mintieron....   Y casi no puedo hablar por el llanto que cierra mi garganta mientras miro espantada el agua, que respondiendo a mi voz, empieza a burbujear intensamente. Y el olor me abruma.              De pronto una explosión ensordecedora golpea el aire y estira los álamos y casuarinas en su onda expansiva. El silencio que le sigue es abrumador. Silencio de pájaros aterrados y atmósfera quebrada abruptamente. El aire queda inmóvil y mis pies perciben el temblor de la tierra. Hacia el este un hongo negro con llamaradas rojas se eleva en el contraste azul de la mañana cálida y serena de noviembre, desde los polvorines mientras el tanque se mueve. Y debo soltarlo, alejándome de él. Entonces, extrañamente llueven del cielo pedazos incandescentes de metal sobre el líquido apestoso que  comienza a saltar de sus bordes y cae a torrentes sobre la pendiente como si un terremoto lo agitara y las hinchadas carpas caen a mis pies rebotando entre las piedras. Allí quedan inmóviles con sus colores anaranjados, amarillos y verdes destellando al sol, con los ojos opacados y fijos de la muerte. En pocos segundos a mi alrededor hay un reguero de pescados inmóviles, alternados con el hierro candente que llueve de ese cielo ahora oscuro de humo, y se deslizan entre la mezcla pegajosa y nauseabunda como restos ultrajantes de una catástrofe inevitable. Y allí están sus ojos acusadores y tristes. Mirándome... mirándome...       Huyo a los tropezones, perseguida por el sonido ensordecedor de otras explosiones incomprensibles, de una guerra tan  inexistente como  inexplicable. Mientras corro desesperada por los canteros, agobiada por el olor a pólvora, miro hacia atrás, hacia la casa, ahora misteriosamente derruida e invadida de malezas, prueba testimonial de la desintegración de mi hogar. Esqueleto del pasado que ahora, se estremece melancólico en su ineludible deterioro. Y detrás de ella, como fondo vital y triunfo de la tecnología, parecen burlarse las infinitas columnas de humo gris y azufrado que brotan de las fábricas. Sin comprender qué hacen allí en mi campo, en mi tierra, esas moles metálicas reverberando sonidos insufribles, sigo corriendo por el manzanar seco, por los gallineros y el palomar vacío y llego agotada con el rostro mojado de lágrimas, al jardín del frente. Con un maquinal reflejo busco las violetas. Mis violetas... Desde los bordes de los canteros me miran las hojas aplastadas y pisoteadas, y los pétalos frígidos e inútiles, incapaces de brindar su aroma. Aún así busco entre ellas su preciado regalo. Y mis manos sólo llegan a aferrar los mustios y pálidos capullos quemados e invadidos de espinas.          Entonces sigo corriendo entre ellas, ahora con las fosas nasales impregnadas de aromas imposibles en ese lugar que fue, sigue siendo y siempre será en mi corazón infantil, mi hogar.          Casi asfixiada por las emanaciones de las explosiones  y de... sí, ahora sé qué es... cloro y agua oxigenada, productos químicos que invaden todo el ambiente y se entremezclan fatídicamente en el preludio de la muerte del pueblo que me vio nacer, avanzo a los tropezones evitando las enormes grietas que misteriosamente se abren en la tierra, casi bajo mis pies y soy consciente de que debo huir. Que mi vida va en ello. Llego a la Puerta Colorada, salgo y me apoyo allí llorando, sin poder creer la muerte de mis cosas, el rostro arrugado y deforme que se presenta de mi pasado como monumento insalvable de mi infancia. No, no es cierto, me digo. Dentro de la casa todo debe estar igual: mis padres, mis hermanos, nuestras posesiones... todo. Y cuando intento abrir la puerta nuevamente para entrar... para entrar y ver si es verdad que perdí mi casa, mis peces, mis violetas, mis tierras, la puerta está trancada y ya no puedo abrirla. La empujo, la golpeo a los gritos, ahora con mi voz grave de adulto, comprendiendo que ya jamás podré pasar por ella.       En ese instante, las imágenes se cristalizan adquiriendo la inmovilidad desvivificada de un cuadro: una enorme acuarela de colores ambiguos que ocupa toda mi visión. Una acuarela del desastre inevitable.      Y despierto... Y despierto sudorosa y angustiada otra vez, con las imprecisas imágenes quemando como objetos temblorosos que se evaden y transitorios puentes que se elevan alejándome de la pesadilla. Trato de aferrar sus imágenes, símbolos de mi universo personal y fantasmagórico. Porque sé que mi alma indigente los necesita, para descifrar lo que sucedió en esa época. Para entender su críptico mensaje fugitivo. Y trato de detener mi edad en ese momento mágico impregnado de violetas y carpas danzantes, antes de caer en la profundidad y la tristeza inconmensurables que el paso del tiempo agiganta y desploma sobre el alma. Finalmente, las imágenes del sueño se alejan inalcanzables dejando en mi rostro el resto indeleble de las lágrimas y la hierática sensación de los perdido.      Abrumada, busco la caja que guardo en mi mesa de luz, y entre viejos papeles y recuerdos saco uno, la Biblia de mi madre. En su interior encuentro lo que necesito: un montón de papeles arrugados y documentos que alguna vez me negué a ver y un ramillete marrón, quebradizo y frágil como mis recuerdos, como las imágenes de mi sueño, ya sin aroma y sin vida.   Y avanzan los rostros de aquellos que alguna vez, exiliados, caminaron y traspusieron esa puerta del pasado que ya no puedo abrir.     Corre el año 1944  y aún con mis cándidas sensaciones infantiles, puedo ser capaz de captar claramente el ambiente pesado de opresivo  luto que de golpe cubrió cada rincón de mi hogar. Los mudos y lóbregos almuerzos, ahora sin mi padre presidiendo la mesa familiar y el rostro demudado y envejecido de mi madre toda vestida de negro que, sin probar bocado, sólo se instala como una sombra en la mesa para controlar que al menos yo, coma lo que en el plato se enfría lentamente.      Y luego, por la tarde, las inevitables discusiones entre mis hermanos creyendo  que mandándome a dormir la siesta podrían ocultar la situación familiar desbordante. Palabras inconexas y sin sentido llegan a mí: crédito, fideicomiso, escribano, expropiación de las tierras, fábrica militar... Palabras desconocidas pero no por eso, menos amenazadoras al captar su peso ofensivo sobre mi familia.   Y desde mis escasos cinco años, alcanzo a comprender que el problema es, en definitiva el dinero y nuestros campos. Y que nuestra familia ha sufrido una transmutación irreversible. Que las visitas sociales y alegres han terminado, que los domingos ya no habrá tortas humeantes servidas en la mesa, ni espera de amigos con la vajilla de porcelana.         Mi madre también ha sido víctima de este maremoto injusto que nos arrastra a todos. No ha vuelto a usar sus preciosos vestidos ni a perfumarse con la colonia de lavanda. Tampoco me ha retado cuando rompí su única pintura labial traída de la Capital. Añoro su sonrisa, ahora casi imposible de conseguir, aunque lo he intentado por numerosos medios. Finalmente aburrida y frustrada por la atención que no logro ganar, recurro al maravilloso mundo de mis fantasías en el jardín. Donde soy reina, princesa, dueña y ama. Es el único lugar que parece no haber sido tocado por la varita malvada de la bruja de las desgracias. Allí están los infinitos y laberínticos senderos de lajas, bordeados con sus flores y plantas exóticas. Corro por ellos, saltando los canteros de piedras blancas, alborozada por la brisa primaveral. Llego al rincón , donde juego unos minutos con los huesos del asado que nunca dejo que tiren a la basura. Inmaculadamente limpios, ahora, en mi impetuosa fantasía se han convertido en el indomable ganado que debo conducir a sus corrales. Los guío y traslado de un lugar a otro, hasta que cada animal se reúne con sus congéneres. Aquí, las vacas, un poco más allá, las ovejas.          Pocos instantes más tarde el juego pierde sentido ante la mágica posibilidad de hallar nidos en los ligustros.  Mi búsqueda siempre es fructífera ya que el lugar es el preferido por innumerables aves. Sólo hay que meter las manos entre ellos, sufrir algunos raspones y pinchazos y... ¡ya está! ¡Son tantos los huevos! Si bien sé que no debo hacerlo, tomo algunos, uno de cada nido para que sus madres no noten la falta y lo abandonen. Termino con la canastita llena con un tesoro turquesa y blanco que inmediatamente y con sumo cuidado he aprendido a vaciar a través de agujeritos diminutos y luego ensarto en un cordón también azul que anudo. Con el collar de huevos en el cuello, corro, sintiéndome una princesa como la de los cuentos que mi madre me lee antes de dormir, por el inmenso manzanar hasta llegar al tanque. Esos son los momentos más hermosos de la tarde, cuando tomada del borde, observo extasiada las innumerables carpas de todos colores y tamaños que danzan en las cuidadas y transparentes aguas.             Ni bien sienten el golpe de mis pies y mis manos sobre el cemento y sus ojitos detectan mi sombra sobre el agua, se amontonan en la superficie con una inquieta algarabía y sus enormes bocas abiertas a la espera...  Y comienzo a arrojarles las miguitas de pan que siempre llevo en mis bolsillos para alimentarlas. Siento que son como mis hijas. Me quieren... me esperan todas las tardes. Y hasta me sonríen y me saludan con sus coletazos irisados. Con ellas, el tiempo transcurre tan rápido, sé todo sobre cada una, las conozco e identifico por sus peculiaridades. Las más viejas tienen nombre y estoy segura que cuando las llamo, vienen a mi encuentro. Y me hablan con sus grandes bocas redondas y carnosas y su ritmo de abrir y cerrarlas burbujeando. Las más pequeñitas que mi hermano sacó del tanque de crianza y agregó al cardumen, todavía son tímidas  y desconfiadas. ¡Claro, no me conocen aún! Pero pronto se sumarán a la familia hambrienta de mis atenciones. Sobre todo cuando descubran que soy quien las alimenta.            Finalmente, cuando todas ellas comienzan a fluir hacia el fondo e ignorar mi presencia, comprendo que debo marcharme. Y que el juego terminó.           Desciendo por el sendero con el agónico sol de frente escondiéndose en la distancia, detrás de las casuarinas que con el viento suave del sur que ha comenzado a soplar, inician su ritual concierto de silbidos. Desando el recorrido hacia la casa, ahora por los caminos bordeados de violetas. ¡Y junto tantas! ¡Tantas violetas!... que se caen de mis manos. Y me siento feliz, liviana y perfumada...            Con la sonrisa en el rostro enrojecido de sol y placer, miro hacia atrás y veo que ha quedado un reguero de violetas caídas perfilando con su aroma el sendero que transité y recuerdo al tío Luciano, que siempre me dice apretándome en un cálido y abrigado abrazo con olor a tabaco:

-         ¡Por aquí me parece que anduvo la “Hormiguita violetera”! Ha dejado un rastro colorido y perfumado...          El recuerdo ensancha mi sonrisa mientras regreso a casa. Mi madre me recibe conmovida y cuando ve  mis manos repletas del aromático presente, me levanta en sus brazos como hace muchos días que no lo hace y siento sus lágrimas en mis mejillas. Entonces le doy el ramo de violetas.

-         ¡No llores mami!, no las corté a todas... El jardín aún está lleno de violetas.

-         Si, hija, lo sé, no lloro por eso...

-         Entonces... ¿ por qué lloras?

-         Porque yo también amo mis violetas, mi jardín, mi manzanar, mis carpas... ¿Oyes hijita? Las casuarinas están llorando. Se ha levantado viento sur. ¡ Qué tristes se sienten! Si parece un lamento... Ah, pequeña, yo no sé como podré seguir viviendo sin todo esto...

-         ¿Estás triste por el viento, mami? A lo mejor, las casuarinas no lloran, sólo están cantando – le digo tratando de consolarla. - ¿Te gustan mis violetas?

-         Muchísimo... Ven, vamos a ponerlas en agua para que no se marchiten.    Aferrada a la falda de mi madre, aún no comprendo por qué la niñera empacó todas mis cosas: mis vestidos domingueros de boutique, mis juguetes exóticos y hermosos traídos por mis tíos en los grandes baúles de madera. Veo angustiada los espacios de la sala vacíos, sin los muebles ni los cortinados que se llevaron mis hermanos mientras yo jugaba en el jardín.

Sólo veo que de su rostro sombrío, continúan cayendo interminables, gigantescos lagrimones silenciosos sobre la chalina negra de luto que cubre su cabeza y su cuello.

Y empezamos a andar por el sendero bordeado de piedras, mientras mis hermanos mayores trancan las puertas y luego se nos adelantan con los últimos bolsos.

Al llegar a la Puerta Colorada mi madre se detiene, mira el jardín por última vez y traspone la puerta. Sólo en ese instante comprendo la finitud de todo, aunque nadie me haya explicado nada. Y sólo una cosa me preocupa y les grito desde el auto:

-         ¿Y las carpas, mami? ¿Ya las cargaron? ¿Dónde están?

-         No podemos llevarlas, hija...

-         ¿Las dejaremos? – pregunto sin poder creerlo – No, mamá... se morirán... por favor... debo buscarlas. – Y comienzo a tironear el brazo de mi niñera que me agarra fuertemente y también para mi sorpresa está llorando. – Son como mis hijas... no puedo dejarlas solas, necesitan que yo las cuide. Por favor, mami... – casi grito.

-         No, hija, ahora no... Escucha: tu hermano vendrá a buscarlas después. ¿Estamos? Vamos... no te preocupes... no te preocupes por ellas. – finaliza mientras me ayuda a subir al auto otra vez.

-         ¡Y las violetas! – grito otra vez, volviendo a la carga, porque no me quiero ir - ¡Mamá, tus violetas! Se quedan solas en el jardín... – y con fuerza logro soltarme y correr hacia ellas. Nadie me detiene.

Por un instante el tiempo parece inmovilizado en una parálisis de agobio y destemplanza. Todos me miran con el espíritu cristalizado, mientras recorro nuevamente el largo sendero del jardín, llenándome las manos del violeta y sustancial recurso para atesorar lo abandonado. Junto, como siempre, más de las que mis manitas pueden sostener. Y sobre las piedras blancas queda el último sendero violeta que dibuja el itinerario obligado de nuestro éxodo, mientras el viento hace danzar un perfume persistente... tan persistente como el dolor y los recuerdos.

No recuperé mis carpas, ni mis tierras, ni mis sueños infantiles, que ahora sólo viven en este recuerdo reincidente que no logro evaporar. Pero aún sigo sembrando las violetas en mi jardín. Porque su aroma me transporta a esa época incomprensible y distante.

Nunca volví a mi hogar natal; sólo cuando fui mayor, me informaron que había sido expropiado para la construcción de la Planta Química de la Fábrica Militar que durante muchos años fue una de las  fuentes sustanciales de la ciudad, pero que en el año 1995 se convirtió en el lugar del horror cuando explotaron los polvorines. Casi toda la ciudad y yo junto a ellos, tuvimos que abandonar nuevamente todas nuestras posesiones para proteger nuestras vidas.

Esa fábrica de la que parte de ella, está en las tierras que alguna vez me pertenecieron. Ese lugar donde quedó mi infancia.

¿Sabrán aquellos burocráticos funcionarios, arrogantes reyes en vidas ajenas, que en su arbitrariedad indiscutible, confiscaron mi niñez? ¿Qué las posesiones tienen alma, y la imperecedera energía del amor de sus dueños, perdura en el tiempo? ¿Y que aún en su vida material y limitada, se proyectan en el recuerdo y los sueños...?

Y entonces, las cosas de antaño, se amontonan en la calle de la melancolía y afloran y reviven... y con su presencia se transforman en un recordatorio literal e ineludible del dolor que a ellas asociamos.

Sí, ahora puedo comprender que no he podido darle la adecuada sepultura a mis posesiones de entonces, ni a mis carpas, ni a mis violetas incautadas. Que no he sepultado el dolor injusto de perder mi hogar sin posibilidades de reclamo, sin alternativas de elección. Y ese pasado intranquilo, sigue presentándose con el rostro de su propio enojo y se entremezcla con el rencor de la catástrofe que trajo el atentado en la Fábrica Militar a esta ciudad.

Porque de pronto, la pesadilla que me despertó angustiada y que me persiguió durante tantos años, cobra sentido al enfrentarme con la mortandad de las cosas, el transcurso del tiempo y el deterioro del recuerdo. Al mostrarme que todo tiene una duración limitada, sin retorno, de puertas que deben cerrarse para no volverse a abrir. Y que el destino a veces nos tiene reservadas  sorpresas que jamás hubiésemos imaginado, ni en nuestros sueños más proféticos.

Entonces, con la certeza de la redención, decido darle al fin una adecuada sepultura a esa época que oxidada y agotada implora descanso en el pasado. Porque hasta el dolor y el rencor claman su fin. Porque algo debe morir, o quedar atrás para el nacimiento de otras cosas.

Con mis últimas lágrimas, quemo los papeles que guardaba en la caja, certificados de la ausencia y la pérdida. Mirando la fogata roja, intento aspirar el aroma de mi infancia camuflada en un ramo de violetas secas. Entonces, las acaricio por última vez y haciendo acopio de un valor que nunca tuve, las arrojo al fuego. Para que mis violetas... las violetas incautadas del pasado que durante tanto tiempo he intentado retener, vuelen al fin, liberadas.

Y por primera vez en tantos años,  como aquella tarde antes de enfrentarme a la mortandad de las cosas, vuelvo a sentirme... liviana, feliz y perfumada.

Tu piel... en el espejo

            Si hay algo que le guste más a una mujer que comprarse ropa, ese elemento básico que constituye su segunda piel, o mejor dicho, la que muestra al mundo, yo aún no lo descubrí. Por supuesto, no es el único elemento el que se encuadra en este rubro. Es bien sabido que una mujer, para disfrazar socialmente su epidermis, necesita “algo más” que ropa. Y en ese algo más se incluye toda una larga serie de accesorios que abarca: cintos, biyú, carteras, zapatos, cintas, cintitas, hebillas, vinchas, bufandas, pañuelos, chales y un millón más de elementos que aparecen cada año con el cambio de temporada. Junto a la rotación  de las estaciones, como en la naturaleza, también vienen los nuevos de colores de moda. Por supuesto es imprescindible que cada año y cada temporada se use una tonalidad y un tipo de tela distinta principalmente, pienso, para poner en evidencia a la pobre mujer que ese año no pudo comprarse nada nuevo. Pero más allá de este tortuoso juego de las tiendas y fábricas para asegurarse la venta de sus productos, toda mujer que ame la ropa tiene otros inconvenientes que superar cada temporada. Eso suponiendo que su presupuesto se lo permita, el principal obstáculo que falta sortear es, generalmente el marido.       En eso pensaba  Alejandra esa tarde de otoño mientras miraba la vidriera de su tienda de ropas preferida. Un espectro inusitado de colores ocre, marrón chocolate, camel y rosa viejo se abría ante sus ojos incitándola a la tentación. No necesitaba nada de lo que se ofrecía en el escaparate. Su vestidor estaba colmado de ropa que ni siquiera llegaba a usar y de otras prendas que fueron archivadas luego de su estreno, por supuesto víctimas  del abandono por haber sido adquiridas en un momento de sugestivo consumismo. Mirando bien las composiciones logradas por el decorador de la vidriera, ni siquiera eran colores que le agradaran pero... esa blusita y esa pollera... resultaban atrayentes. No. Mejor el pantalón y el pullover... porque era menos chocante la combinación y podría usarlos más de una vez. Por lo visto, lo imprescindible era añadir al guardarropas, algo de cuero o piel natural. Sí, decididamente se compraría algo para ponerse el sábado, original y moderno. Resuelto el primer problema de resistirse a la moda: lo mejor, era no resistirse y listo.        El segundo problema: el marido, aún no estaba resuelto. Qué decirle cuando viera el nuevo atuendo. Por supuesto, después de expresarle con ojos de carnero degollado que estaba linda, vendría la pregunta que rompía el encanto, de cuánto había gastado en un producto tan poco ecológico y a la vista, tan poco económico. O lo que es peor un silencio absoluto, y más adelante, en cualquier situación inesperada, el reproche por el gasto innecesario. Porque para los hombres, la ropa que requerimos cada temporada para no andar por la vida como desubicadas con respecto a los colores y las formas, es siempre un gasto innecesario. Eso porque no entienden que, para las mujeres,  más que una segunda piel, la ropa es una forma de código de comunicación muy especial que nos permite relacionarnos, como para ellos las marcas de los autos o estar al tanto de los resultados de los últimos partidos de fútbol.    Con la bolsa violeta en la mano y el corazón exultante por la nueva adquisición, Alejandra se dirigió  a su casa con una muda nueva, que no necesitaba y sin resolver aún el tema de las excusas al marido por semejante derroche. Muchas de sus amigas tenían formas infalibles de enfrentar esta situación según le habían contado. Las principales frases escapatorias eran:

-          Pero... ¿ cómo? ¿ Nunca me lo viste? .... Hace muchísimo tiempo que tengo este conjunto. Pero... como nunca me mirás... ¡Qué te vas a dar cuenta de la ropa que tengo! – es la fórmula que no le falla a Cecilia y anula por completo  a su esposo al poner en evidencia algo, que seguramente es cierto.

-          Me lo regaló mi mamá. – suele decirle Laura - Viste, con su jubilación a veces, le queda algo y nos compra una cosita a cada una de sus hijas... – ahí viene la mirada dudosa del hombre, pero la versión es imposible de rebatir o de indagar, porque preguntarle a la suegra, raya en la falta de respeto, así que... la solución de muchas de sus amigas, generalmente da resultado.

-          Las chicas... para el cumple se jugaron con esto... – esa respuesta sólo es posible si el cumpleaños es reciente. Si no... es improbable que una mujer guarde algo mucho tiempo sin estrenarlo, así que la

mentira queda  expuesta por su misma imposibilidad.         Todas estas artimañas, Alejandra ya las había utilizado  y su cumpleaños estaba lejísimo, así que no podía emplear ninguna en esta ocasión. La cuestión es que, al llegar a su casa, aún no había pensado la manera de evadir la mirada acusadora o el reproche que vendrían, entonces  tiró la bolsa y las etiquetas con el precio en el cesto y guardó en lugar seguro su nuevo atuendo. Cuando llegara el momento, lo peor que podía suceder era tener que enfrentar el asunto con la frente en alto y listo. Al menos eso creyó ella. Porque no siempre, lo peor que puede sucedernos es que ocurra lo peor que esperamos. Tal vez, uno debería saber que lo peor que puede sucedernos es que ocurra lo peor que no esperamos.     La semana transcurrió sin sobresaltos y el sábado se presentaba augurioso con una salida sorpresa que le permitiría estrenar su compra. Estaba tan feliz que ni siquiera iba a permitir que la cara de su esposo cuando se diera cuenta, y sospechara los costos, la alterara.      Consistía en un conjunto de pantalón y chaqueta de cuero teñido, de color rosa viejo terminado con bordes de piel de conejo de color natural, acompañado por una camisa de seda del mismo tono claro. Completó el conjunto con un pañuelo que repetía estos colores en guardas salvajes que incorporaban el marrón, imitando la piel del leopardo. Si bien siempre había adquirido productos sintéticos, al observarse en el espejo confirmó que había sido una excelente elección permitirse por una vez en la vida semejante extravagancia, justificado por la belleza del conjunto en general.   Giró sobre sí misma, primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, lentamente... observando cada detalle. Estaba perfecto: llamativo y elegante, para producir un efecto devastador. Se pondría los zapatos de cuero claro y la cartera haciendo juego y ... a enfrentar el mundo. Apagó la luz principal y se dirigió al fondo de la habitación para apagar el velador. Desde el lugar divisó su sombra  reflejándose en  el toillette ubicado al costado de la cama, con su enorme espejo biselado que había pertenecido a sus antepasados. En realidad, si bien amaba ese mueble y lo había restaurado ella misma, no le gustaba observarse en él porque la hacía más delgada sobre todo, si uno se miraba de lejos. Pero siempre, el reflejo final terminaba

teniéndolo en él, como una forma de hábito.  Entonces giró para observarse mejor, aspirando el aroma del cuero adobado con ámbar de la ropa estrenada, entremezclado con el carísimo extracto francés que emanaba de su cuerpo.  Y de pronto, la luz del velador destellada en el espejo se agrandó y ocupó casi toda la superficie del cristal  como una estrella en crecimiento. Su imagen desapareció como absorbida por la luz mientras sentía que todos sus músculos se tensaban y la paralizaban en el lugar. El efecto duró unos segundos de encandilamiento absoluto y luego la Supernova que acababa de invadir su espejo, explotó hacia el interior del mismo y la arrastró por el Agujero Negro insondable en el que de pronto se encontró sumergida. Viajó interminablemente por un túnel oscuro rodeada de un silencio total hasta que se sintió arrojada sobre una superficie blanda. Demoró en abrir los ojos.         Lo primero que le llegó fue el inconfundible sonido de pájaros, insectos y otros animales y los roces de las hojas zamarreadas  por la brisa.

-          Alberto.... – murmuró mentalmente, llamando a su esposo, aún sin abrir los ojos y comprendiendo que no había conseguido que el nombre brotara de su  boca, en cambio había emitido sólo un sonido extraño y desconocido. Intentó relajarse y aguzar sus sentidos para entender lo que estaba ocurriendo.     El alboroto de eufonías, susurros, chillidos, rumores y gorgoteos se intensificó hasta aturdirla. Trató de llevarse las manos a los oídos, pero no pudo, como si su cuerpo ya no le perteneciera y su conciencia oficiara sólo de espectadora. Abrió los ojos y miró a su alrededor, sin proponérselo. La rodeaba un paisaje selvático, de verdes furiosos y brillos inusitados. Sus fosas nasales se impregnaron de diferentes olores: pastos revueltos, esencia de flores y frutas dulzonas,  cuero y pieles agitadas despidiendo sus aromas a  sudores acres. A su lado, un enorme animal de piel oscura acechaba a otro más pequeño  de maravillosa pelambre clara, que pastaba tranquilamente entre los cardos. Se sobresaltó invadida por el pánico e intentó huir, pero sus músculos siguieron sin responderle. Por un instante se sintió como observando una película de terror desde la platea y pensó que estaba segura, protegida por el sueño que vivía. Pero de pronto, como en esas pesadillas en las que no sabemos bien quién somos ni qué rol cumplimos, ella se sintió transportada al

cuerpo blanco de piel y se convirtió en el pequeño conejo pastando inocente en la tranquilidad del mediodía. Pero ahora sabía que otro animal lo estaba acechando. Estiró sus orejas y olisqueó venteando el ambiente y le llegó con claridad el nauseabundo olor de la bestia en vigilia, dispuesto a cazarlo. Giró sus ojos rojos con rapidez y entonces lo vio. Sólo un segundo en que los ojitos del pequeño se unieron a los enormes y amarillos del felino. Y entonces saltó despavorido entre las matas espinosas buscando un refugio que no alcanzó a hallar. En el segundo en que sus patas delanteras parecieron alcanzar la cueva oculta tras el espinillo, sintió sobre sus ancas el violento dolor de las garras que lo arrastraron hacia la boca enorme del animal. En ese momento, Alejandra sufrió física y espiritualmente por el pequeño animal atrapado en las fauces del otro, pero antes  de comprender el sentido de su muerte, percibió nuevamente esa transmutación increíble del cambio de roles que suelen poblar nuestras pesadillas. Ahora, estaba dentro del cuerpo de ese monstruo de piel marrón afelpada y suave. Destrozando y masticando la carne del pequeño conejo. Disfrutaba con éxtasis  el resultado de la cacería cuando oyó el disparo y el impacto doloroso sobre su cuerpo. Giró sobre sí misma para entender qué había ocurrido y vio el punto negro en su lomo del que empezó a manar un líquido rojo y pegajoso. Sus piernas se doblaron y aulló de dolor tratando de lamerse la herida.    -  ¡ Lo logramos!- alcanzó a entender- el cebo dio resultado.       Desesperada, caída sobre el pasto y sin poder salir del cuerpo de ese extraño animal, miró hacia el lugar de donde provenían las voces.

-          ¡Qué bella bestia hemos cazado hoy! – dijo un hombre que portaba un arma, acercándose y señalando el cuerpo del enorme gato salvaje.

-          Y con esta van... diez. Van a darnos unos cuantos dólares por estas maravillosas pieles.     Alejandra, los miró con sus ojos amarillentos y trató de explicarles que ella, no era un animal aunque pareciera, a todas luces, estar dentro de la piel de uno. Que estaba allí, sin saber cómo ni por qué. Que no había querido entrar en ese ser. Que jamás había sido su intención convertirse en el cebo para cazar,  y mucho menos en la presa despavorida  e impotente que se desangraba sobre el pasto húmedo y helado de la

Selva Chaqueña. Pero de su boca sólo salieron unos gruñidos de desesperación y miedo. Y otra vez, el olor fétido del cuero sudado le impregnó sus fosas nasales. Pero ahora, dentro de esa piel de animal, ese era “su” olor. El hedor del terror ante la muerte injusta, inesperada... El olor increíble de la muerte.

-          Dale el tiro de gracia, que  a este bicho no me le acerco ni loco. – dijo el cazador a su compañero.

-          Siempre tan valiente... – respondió el otro, levantando su escopeta y apuntándole a la frente.      Sólo alcanzó a ver un ojo oscuro que la miró directo a los ojos y el impresionante destello seguido de la explosión que la cegó por un segundo de total aturdimiento. Y luego, sólo el silencio. Omnipresente y total.       Abrió los ojos asombrada sobre el piso helado de su habitación. Lo primero que vio fue el rostro preocupado de su esposo sobre ella, tratando de hacerla reaccionar.

-          Mi amor... ¿qué te pasó? – escuchó que le decía desde la distancia.

-          No lo sé....- pudo murmurar, incorporándose. – Pero estoy bien, sólo debo haberme dormido.

-          ¿En el piso? ¿Estás segura que estás bien?- interrogó ayudándola.

-          Sí. – respondió incorporándose totalmente y mirando el espejo con recelo. Pero allí, sólo estaba su imagen y la pequeña luz del velador en el fondo, amarillenta e inocente como siempre.

-          Menos mal entonces, porque... me asustaste. Oí un golpe y corrí a ver qué pasaba. Y te encontré en el piso. Me parece que fue un desmayo. ¿Cómo te sientes?         Alejandra se miró con atención, pero ahora, sin la vanagloria con la que se había admirado hacía sólo unos minutos. ¿ O toda una vida? ¿O millones de vidas atrás? Lo peor que podía pasar no siempre es lo peor que esperamos. O tal vez, lo peor que en realidad nos ocurre, a veces, demoramos en entender que en realidad fue lo mejor. Como este viaje irracional que acababa de realizar a otras vidas desconocidas y aterradoras. Y sin embargo que le había sido necesario para despertar de la verdadera pesadilla, en que puede convertirse el pacifico mundo en el que nos desenvolvemos cotidianamente, sin atrevernos a cuestionar o modificar, su absurda organización alienante.   Ella era otro animal más en este páramo

incomprensible donde la manada se deja conducir hacia el consumo incuestionable. Era un animal anulado en su conciencia pensante y en sus conocimientos de las verdaderas y más sustanciales necesidades. El mundo posmoderno había hecho eso con ella. Uno más del grupo, conducida por el marketing,  la publicidad, los mass media, la globalización, las  trasnacionales. Hasta sus convicciones más arraigadas, habían ido puliéndose con la lima del conformismo, la mansedumbre, la egolatría y la comparación absurda.      ¿Hubiera comprado ese conjunto de cuero y piel, con el aroma inconfundible de la muerte que llevaba puesto, en otro momento de su vida, cuando había sido siempre una defensora de la Ecología? ¿ O nuestras convicciones van de la mano de nuestro poder adquisitivo? ¿Le gustaban en realidad esos colores? ¿O se había acostumbrado a verlos en las vidrieras hasta que le parecieron atrayentes? ¿Era una combinación agradable a la vista? ¿O solamente estaba de moda? ¿Necesitaba ese traje de verdad? ¿Lo usaría en otras ocasiones?    ¿O sólo quería demostrar que podía darse ese lujo?               - ¿Es nuevo? – escuchó  de pronto que preguntaba su marido al verla pasar sus manos por el traje, y retirándolas bruscamente casi con asco. -  No te lo había visto nunca. – agregó.

Y la tan temida pregunta que horas antes implicaba lo peor que le podía pasar ahora, parecía de tan poca importancia en relación a lo que había experimentado.

-          Esperáme un segundo que voy a sacármelo.- dijo  con un gesto de repugnancia.

-          ¿Por qué? Si te queda bárbaro. – preguntó el hombre para su sorpresa.

-                     Puede ser... pero por más lindo que sea... no es lo que necesito para mí. – dijo Alejandra, sintiendo  de pronto, una libertad inusitada.  Como si por primera vez, pudiera escapar de la incuestionable trampa que es a veces,  el espejo del mundo en el que, sin pensar ni cuestionarnos, nos miramos y construimos nuestra identidad.  Perdiéndonos... lentamente... en esa selva globalizada y moderna de consumismo extremo, de deterioro irracional, de inconsecuente egolatría,  donde sin darnos cuenta, se van diluyendo las propias convicciones.      Donde  nadie puede estar seguro,  si se convirtió en el cebo, el  cazador o la presa.

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