PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Candelario Suárez, José Daniel (Himerio Consilio)

Los hilos de Himerio



A Himerio le han dicho que no debe pensar más y él está totalmente de acuerdo. Por eso  no recuerda cual fue el motivo para pintarlo todo de blanco en su habitación.  Nunca le gustó demasiado ese color. Tampoco le disgustaba y de todos modos no creía preciso llamarle al blanco un color. Por eso no pensaba en Consilio. Pensaba en que blancos eran los lienzos antes de aplicarles la pintura y blanca era la pared que solía mirar antes del día en que tuvo que matar aquella hormiga que se paseaba por ella con un rumbo demasiado irregular. Entonces supo que tenía que apresurarse.

En la mañana se había encontrado bien arropado en su cama. Y esta vez, por pura casualidad solamente, se levantaba más o menos a la par con la subida del sol. Tenía que apresurarse. Tenía que cuidarse de no estar mucho tiempo en la cama sin estar dormido, así que se apartó del colchón y entró a lavarse la boca. Allí observó nuevamente la silueta rectangular en la pared donde solía estar ubicado un espejo y recordaba ahora el día en que se percato de esta medida tan cruel: le habían quitado su espejo y esto sin darle ninguna explicación. Eso significaba entre otras cosas no poder verse los dientes mientras los cepillaba. Antes, cuando tenía espejo, le divertía mucho mirar el proceso. No era necesario hacerlo, pero ahora que no puede se suele sentir afligido en las mañanas. Había también algunas veces que al levantarse necesitaba simplemente mirar a su reflejo mostrando los ojos abiertos para saber sin más misterios que ya estaba despierto. Pero ahora el sopor no se le iría por completo hasta que sintiera el correntazo del agua cosquilleándole las yemas de los dedos al rozarlas contra el chorro del lavamanos. Nunca abría Himerio la pluma por completo, precisamente para que saliera el chorro diáfano y sin burbujas. Puso entonces sus dos manos juntas para atrapar una ambueza y sumergió en ella sus mejillas, pero claro, no sin antes contemplar aquel poquito de agua, permitirle que se calmara y luego hacer trampa y mirar en él a su reflejo. De todos modos no seria trampa porque estaba encerrado en la libertad de su cuarto de baño; entonces supo que tenía que apresurarse.

La mañana había continuado su curso de prisa, sin detenerse a esperarlo mientras se miraba el reflejo en el agua. Ya subía por su ventana un rumor de tazas y platos chocando con cubiertos y supo que se empezaba a servir el desayuno. Pero él se quedaría allí reclinado en su sillón preferido mirando a las aspas del abanico de techo dar vueltas. Así solía pasar su tiempo en estos últimos meses. Había intentado ya otros pasatiempos para hacer que pase su tiempo sin tener que pensar, pero ninguno le había sido tan efectivo como el de mirar al abanico. Mirar a la pared blanca fue uno de los más prominentes a pesar de su peculiar semejanza a tener los ojos cerrados. Paso así bastantes meses hasta que un día mató a una hormiga que se paseaba por ella y después tuvo que pensar en otro pasatiempo. Ahí siguieron surgiendo muchos otros pasatiempos temporeros como mirar el vaso del agua sobre la mesa o mirar a la esquina de su habitación y así siguieron sucediéndose hasta llevarlo al abanico.

En realidad no era tanto el abanico, mas bien eran las aspas. Le gustaban las aspas porque eran fáciles de entender; cuatro piezas idénticas girando alrededor de su centro de masa que a su vez permanecía estático siempre que no se considerara la rotación de la tierra alrededor de su centro de masa ni el desplazamiento de cualquiera de esos dos centros de masa por la orbita elíptica de la esfera. De pronto dejaba de ser tan simple todo. Sucedía entonces que, si consideraba el desplazamiento del centro de masa de la tierra a través de su orbita, las aspas ocupaban un espacio distinto en absolutamente todos los instantes y así de fácil, ya no podía ver mas al circulo simple de antes dando vueltas alrededor de un centro de masa estático. Las aspas se convertían en otro objeto como todos los demás. Ahora las aspas formaban un espiral tan complejo que cumplía con todos los dotes para llamarse garabato. Tal vez seria algo como su mirada o su recuerdo lo único que podría unir con línea recta a una posición dada de cierta aspa en cierto instante, pero solo con una línea recta que es mas simple para modelar numéricamente en tres dimensiones porque moviéndose a través del garabato seguramente hay un modo, pero mucho mas complejo para modelar, sin embargo no sabia como hacer esa línea. Entonces supo que tenía que apresurarse.

Recordaba que cuando era niño le gustaba mucho mirarse en el espejo; el problema es que ahora no le dejan tener uno. En las noches que no puede dormir, le gusta encerrarse en el cuarto de baño e inundar la pila para así mirar su reflejo desde arriba con la bombilla en el fondo. El problema era que le habían dicho que no podía pensar y cuando se encerraba por mucho tiempo siempre lo hacia con miedo de que vinieran a tocarle en la puerta. Y si se les antojaba venir ahora mismo no sabría que hacer porque ya no podía sentarse en el sillón a ver las aspas, pero mucho menos iba a fingir estar dormido. Era pertinente pensar en alguna manera nueva de pasar su tiempo. Se sucedía nuevamente la situación en la cual había estado ya varias veces. Igual que con la pared blanca, después de levantarse a aplastar con un dedo al puntito negro que trazaba un rumbo demasiado irregular, le era inevitable pensar en la muerte cada vez que miraba a hacia la pared. Pero todo quedaba atrás, tal vez por eso le interesaban tanto las líneas rectas que pensó el otro día.

Ahora, ha tenido la dicha de que a nadie se le ha antojado venirlo a ver. Ya ha transcurrido bastante del día nuevo y, por pura casualidad solamente, se ha encontrado un carrete colmado de hilo de tejer. Ha tropezado con él en el sótano y se lo ha llevado para ver que se le ocurre hacer con él. En la primera planta no había nadie. Seguramente dormirían la siesta. Ha subido y se ha escapado hacia la terraza sin hacer demasiado ruido. Metiendo la mano en la jaula del fondo, se ha robado uno de los periquitos y lo ha confinado firmemente en su ambueza para intentar que no se escape ni un solo ruidito en lo que se alejaba del hogar. Se ha sentado en un sillón al fondo del patio y con sus dedos enroscados tiernamente sobre el cuerpecillo tibio y palpitante le ha dicho, No trines pajarillo, a la vez que elabora un doble lazo con el hilo del carrete, no trines, y le acaricia la cabecita con su dedo pulgar mientras fija bien el lazo a su patita, no trines, que te imagino volando largas distancias tal vez. Y después no sé,  y lo ha soltado a volar. El carrete lo ha dejado en el piso y el hilo de tejer, tan liviano, le ha permitido volar.

Desde la ventana de su habitación podía observar un árbol con un sillón en su sombra y si miraba con más detenimiento podía apreciar el carrete de hilo verde que había dejado allí. Al día siguiente hizo exactamente lo mismo, solo que ahora al asomarse a su ventana vería dos carretes y no uno. También en la caja del sótano habría un carrete menos y en la jaula de la terraza faltaría otro periquito, pero esto no se veía desde su ventana. Entonces, ya. Así de rápido había conseguido su pasatiempo nuevo. Ellos seguramente tendrían a Consilio como principal sospechoso del robo de pericos y carretes, pero a él no le preocupaba; ya había encontrado su pasatiempo para hacer que su tiempo pase sin tener que pensar. De todos modos él era el único que se acercaba hasta el sillón del fondo. Sabia que eventualmente se darían cuenta y tomarían algunas medidas especiales, pero no podía pensar en eso.

En las noches que no podía dormir a Himerio le gustaba llenar la pila y mirar su reflejo. Se recordaba que desde niño disfrutaba mucho de verse en el espejo. No lo hacia con intenciones de vanagloriar la composición de su físico, tampoco con lamentos; se trataba simplemente de mirarse estar. Pero en el reflejo del agua no era lo mismo. La diferencia capital era causada por la profundidad del agua. Sabía que si lograba crear un charquito uniforme que apenas forrara el fondo de la pila, podría verse como en un espejo, pero al sobresaturar ese charquito con tan solo una gota, ya, no seria lo mismo. No tenía una explicación para el efecto de esa gota adicional, pero no importaba. De todos modos llenaba la pila hasta desbordarse. Cuando se miraba en el reflejo sabia que en la pila había infinitos reflejos, pero él solamente podía ver el último. Si pudiera verse en una capa arbitraria, sacada al azar de las de entremedio, seguramente su reflejo sería distinto. Tal vez las capas se van sucediendo en orden ascendiente aunque en orden descendiente era otra posibilidad. Si viera su reflejo en una capa intermedia seguramente seria más viejo o más joven. Se le ocurría que también podían ser reflejos de otras personas o animales que hayan sido reflejados por esas mismas partículas en ocasiones anteriores. Entonces supo que debía apresurarse.

Se hizo nuevamente la hora de la siesta para los demás, y esta vez había una persona despierta escudriñando los alrededores de su sillón. Himerio se acerco de todos modos. La persona le conto que un periquito entró en su habitación con un hilo atado a una patita; enredó su hilo en una lámpara, en una escoba, en su mesita de noche, en dos bolígrafos, en las cortinas de baño, en la pasta de dientes y en no sabia que otra cosa; continuó con su vuelo nervioso buscando la salida; en su sobresalto voló muy cerca del abanico; lo rajó una de las aspas; el periquito reventó y el hilo que traía se enredó en el abanico; se siguió encabullando y encabullando; la tensión aumentaba, pero el hilo no cedió; ahora tenia las cortinas, la lámpara, unos papeles importantes… en fin, cuanto objeto confinado con un hilo verde a su abanico. La persona se le presentó como Emanuel Consilio, esto después de darse cuenta que Himerio no lo reconocía todavía. Le explico Consilio que había seguido el hilo por curiosidad solamente. Himerio le pregunto por el abanico. Ya no corría. Al parecer, la escoba se había trancado contra el techo y la geometría de la lámpara actuaba de manera tal que mientras mas fuerza intentara el motor del abanico, mas se imposibilitaba su movimiento. Entonces le conto que siguió el hilo verde hasta llegar a él. A Himerio nada le pareció extraño. Lo único que lo tomó por sorpresa fue que la hora de la siesta se extendió un poco mas de lo normal y que así nunca se dieron cuenta que estuvieron allí hablando. No le sorprendió la llegada de Concilio y tampoco le sorprendió que halla sentido curiosidad por saber lo que era ese hilo. Esa noche cerró el paso del grifo mucho antes de colmar la pila. Cuando se vio en el espejo era lo mismo todavía. Él ya imaginaba que sería así. Lo que necesitaba ver era una capa intermedia mientras la pila esté completamente llena. Se imaginaba Himerio que las cosas desconocidas se paseaban por esas capas intermedias.

Así había empezado a olvidársele la existencia de los espejos. Le habían dicho que no debía pensar y él estuvo completamente de acuerdo. Al otro día vio que el sillón ya no era uno sino dos y de todos modos fue con un periquito en la mano a sentarse en su sillón. También había una paloma enjaulada y una caja llena con carretes. También estaba Consilio sentado en el segundo sillón mirándolo a Himerio mientras le ataba la línea al pajarillo y lo echaba a volar. Lo imitó perfectamente, Concilio, con la paloma que había traído. Dos hilos nuevos soltaron ese día. Al día siguiente hicieron lo mismo, solo que envés de una paloma fueron dos alcatraces. Luego fueron unas tortolitas. Así siguieron haciendo por meses. Los periquitos se acabaron hace tiempo y los carretes del sótano también, pero Concilio nunca llegaba con las manos vacías. Allí pasaban las tardes sentados, trabajando silenciosos; no había que hablar. Después de soltar suficientes pájaros por ese día, contemplaban un rato la cantidad de líneas que salían del patio: salían hacia arriba y hacia los lados también y se cruzaban entre ramas, entre postes de tendido eléctrico o hasta en ellas mismas. Finalmente, cuando empezaba a hacerse el atardecer, Consilio se iba caminando por el fondo del patio e Himerio entraba en el hogar sin hacer ruido en exceso y sin levantar su vista del suelo para que su mirada no chocara con la de nadie. Cuando llegaba a su habitación, cerraba la puerta y trataba de dormir. Los demás seguramente se habrían dado cuenta ya y andarían locos dando vueltas dentro de la casa y asomándose por las ventanas, pero ya nada podrían hacer. Tendrían demasiado miedo de salir al patio.

Esta tarde, tan pronto ha llegado a su habitación, ha llenado la pila hasta desbordarse. Al mirar su reflejo en la capa superior se ha recordado de los espejos. Se ha recordado que todavía prefiere a los espejos. Los prefiere todavía, a los espejos, sin embargo el reflejo en la pila tiene un potencial que los espejos no tienen. Aunque si coloca un espejo enfrente de otro puede suceder algo, pero se ha dado cuenta que debía apresurarse; de todos modos ya no se ha dado tanta prisa, ha intentado enredar un hilo en el agua de la pila para ver si podía sacar algo mas. Consilio, en otra parte, ha visto algo horrible mientras regresaba caminando: automóviles inservibles por las marañas de hilos en los ejes, niños asomados en las ventanas con deseos reprimidos de salir a correr, pájaros estrangulados en sus propias líneas y líneas rodeándolo en todo momento desde que ha partido caminando. Se ha sentido Consilio atrapado en los azares de los espacios abiertos.

Esa misma noche se hablaron Himerio y Consilio. “He estado pensando”. Dijo Consilio. Yo también. Dijo Himerio. ¿Qué piensas tú? Yo pienso en lo mismo que tu: nos falta el agua. Ya lo sé. Vamos a necesitar peces. Peces de todas variedades. Peces coloridos para que se enreden en los corales, peces grandes que naden hasta el continente africano. Peces pequeños y brillosos para que los pelicanos saquen los hilos del agua… “No es eso lo que yo estaba pensando”.

Lo visité de nuevo a Himerio algunos meses después. Encontré que por las paredes se paseaban finas pinceladas trazando unos rumbos demasiado irregulares. Cuando lo encontré a Himerio estaba sentado en el sótano. Se había preparado un taller de pintarle las patitas a las hormigas.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de