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Hernández Gómez, Iván (Euclides Brito)

Autodefensa



Autodefensa

Euclides Brito

 

Madre e hija se encontraron en el andén. Separadas por un grupo de ancianos que avanzaban dispersos hacia la salida, caminaron  bordeando parejas a punto de despedirse, fumadores solitarios y niños sentados sobre las maletas de sus padres.  La madre vestía una falda larga y una blusa sin mangas y arrastraba un par de maletas con ruedas tan rápido como podía. La hija caminaba más despacio,  más ligera en sus pantalones deportivos.  Una mujer anunciaba las salidas de autobuses a la playa por el altavoz cuando por fin se encontraron frente a frente. Antes de que alguna abriera la boca, se repasaron con la mirada, como si en esos meses en que habían dejado de verse hubiera emergido del interior de sus cuerpos la solución de algún misterio y, al no encontrar la evidencia que buscaban, se abriera entre ellas un vacío que finalmente las impulsara al habla.

--¡Mamá! ¿Y desde cuando usas gafas oscuras y maletas fosforescentes?

-- Son preciosas ¿verdad, hija?

--Tuvieron que costarte un ojo de la cara.

--A los viejos todo nos cuesta más barato

--Eso no me lo creo. Los viejos de verdad no hacen viajes tan largos. ¿Nos vamos?

--Y mi abrazo, ¿qué?   Al momento del abrazo la madre sintió como si un par de tenazas le abrasara la espalda requemada por el sol de la playa y tuvo que esforzarse para que en su cara no apareciera ninguna señal de dolor. Ángela la soltó, cogió las dos maletas verdes por el mango y caminó hacia la salida. La madre la siguió arqueando un poco las rodillas a cada paso. Sin detenerse miró a los lados para comparar a su hija con otras mujeres de su edad, mientras Ángela le preguntaba sobre su viaje a Acapulco. Ninguna tenía las espaldas tan anchas, ni caminaba tan rápido y seguramente, ninguna de ellas había dejado su casa para irse a vivir sola, pensó.  Cuando llegaron a la salida Ángela avanzó unos cuantos metros y se detuvo delante de un Ford descapotable

-- ¿Y este coche,  Ángela?

--Lo acabo de comprar. Es de segunda mano, pero funciona bien.

--Parece un coche de ricos. Te podría dar problemas.

--No tiene porqué. Además, es una ganga. Hago lo más que puedo con mi sueldo. Ya me gustaría ser pensionada. Anda, súbete, que tengo cosas que hacer.   Ángela echó a andar el motor y puso la radio. Su madre se quedó un poco inclinada hacia delante, de modo que el respaldo no le lastimara la espalda.  Aún así el sol le quemaba los hombros y la cara.   --Ángela, ¿puedes ponerle el techo a tu coche?   --Se llama capota. Capota. Y está descompuesta.   --A tu padre le gustaban mucho los diccionarios. Creo que los leía nada más para corregirme.   --Mi padre, el pobre.   --No vayamos a empezar otra vez ahora que estamos juntas   --No estamos juntas, pero es mejor no discutir, tú con tu vida y yo la mía. ¿Ese era el trato, no?

Era domingo por la mañana y no había nadie en la carretera que iba a casa de la madre. El silencio solo era interrumpido por el sonido de voces superpuestas que producía la radio al desplazarse la aguja del sintonizador y quedar siempre entre dos estaciones.   --Has cambiado mucho, Ángela y no te hace bien.   --¿Cómo que he cambiado mucho?   --Ahora estás en otra ciudad, vives sola, y haces demasiado ejercicio.   --Es mi trabajo, soy instructora de gimnasio, de eso como.   --Pero yo creo que no deberías…   --¿Qué es lo que yo debería?   --Yo no te voy a decir lo que tienes que hacer, pero quizá, si conocieras a alguien,   --Como a quién.   --No lo sé, quizá si salieras con otra clase de gente.    --Podrías llevarme contigo a uno de tus viajes.   --Esa gente te aburriría.   -- ¿Y a ti? ¿No te aburre viajar con ellos? Yo preferiría quedarme en casa antes que tener que aguantar sus historias, sus enfermedades.   --Cálmate, Ángela, ¿ves como ir al gimnasio te pone muy nerviosa?   --Te voy a dar la razón.

En lugar de tomar la carretera que llevaba a casa de su madre, Ángela cambió de un volantazo la dirección en el entronque de las carreteras entre Celaya y Querétaro. Tomó la carretera que iba a Celaya. Se puso unos audífonos y luego apretó una tecla en su teléfono. -- ¿Germán? Hola, sí, soy yo, ¿Te importaría que nos veamos en casa? Muy bien ¿puedes comprar algo de comer? Hay alguien que quiere conocerte. Vamos para allá. Bueno, madre, ¿contenta?   -- ¿Quién es ese tal Germán?   --Es la persona que a ti te gustaría conocer. ¿O no era eso lo que querías saber? A cambio tú me vas a contar qué le pasa a tus rodillas.   --Mis rodillas están perfectamente bien.   -- Y por eso te caíste en Veracruz.   -- Ah, así que te contó tu tía.   -- Mi tía se preocupa por ti. -- Tu tía miente. Me tropecé.   -- No mamá, no, primero vas a conocer a Germán. Luego vas a dejar de hacer esos viajes estúpidos para ver a un médico.   --Yo estoy bien y no necesito ningún médico. Además no me has dicho nada del tal Germán.

A unos cien metros delante de ellas se extendía una fila de automóviles. Había un retén militar revisando a los coches uno por uno, buscando objetos de contrabando en el interior de los coches. Aquella era una zona conocida por el afán de los turistas de comprar mercancías ilegales a bajo costo, y aunque Ángela y su madre no tenían nada qué ver con todo eso, tuvieron que detenerse a la primera señal de un hombre uniformado.   --Te dije que este coche te traería problemas, Ángela.   --No digas tonterías madre, todos tienen que detenerse.

Cuando el coche estuvo completamente inmóvil, un soldado se acercó para explicarles de qué se trataba la detención y les dijo que procedería a hacer una revisión de rutina. Les pidió que se bajaran.   --Si no le importa, oficial, prefiero quedarme adentro.   --Madre, no exageres, es solo un momento.   --Este señor puede hacer lo mismo conmigo arriba o abajo.   --Madre, por favor.   -- Señora, tiene que bajarse, lo marca el reglamento. Si hace falta le traigo una silla de ruedas.   -- Eso no lo consiento, oficial y usted no es quien para insultarme.   --¿Pero cuando vas a aceptar que tus rodillas ya no dan para más?   --Me encuentro perfectamente.   El soldado volvió poco después con una silla de ruedas. La madre se bajó con dificultad del descapotable, pero rehusó la silla y se quedó con las manos apoyadas contra el maletero del coche, insultando en voz baja al soldado y a todo el ejército. Lo mejor, según ella, era hacer como que aquello no estaba sucediendo y hacerse la desentendida hasta que terminara. Las rodillas le dolían cada vez más y el mareo inesperado que le había provocado el sol le hacía sentir que la tierra debajo de sus pies se movía.   Al otro lado del coche, Ángela miraba al soldado salir del asiento trasero   --¿Me va a decir de donde sacó usted esta pistola, señorita?   --No sé. Ustedes son unos cabrones, me la pusieron allí.   --La sacamos de esta bolsa.   --Eso es ridículo. Esta bolsa es de mi madre.   -- Esto le puede causar una sanción grave,  señorita.

Otro soldado, de mayor rango se acercó al ver que la revisión al coche de Ángela se prolongaba demasiado y la fila detrás de él se extendía.   --¿Algún problema, soldado?   --Mi teniente, aquí la señorita trae una pistola que no sabe de dónde sacó. Vamos a tener que revisar el resto de sus cosas. Si no se calma la vamos a subir a la patrulla, señora.   --No voy a hablar más, ya dije que no sé de dónde salió esa pistola.

La madre podía ver, apoyada aún en el maletero, el rostro enfurecido de su hija, al tiempo que el segundo oficial volvía a entrar al coche y salía con una nueva maleta. Era la maleta azul metálico que Ángela utilizaba para ir al gimnasio. --A lo mejor la señorita nos está ocultando más cosas, mi teniente, con su permiso, voy a proceder.   --Deja eso allí, cabrón, que no es tuyo.   Ángela se abalanzó sobre el soldado que abría su maleta deportiva. Lo jaló de los cabellos y le dio varias patadas en las piernas. El teniente intentó sujetarla por las muñecas, pero Ángela lo sorprendió con una patada en los testículos. El soldado la sujetó por las muñecas y la empujó contra el coche, le separó las piernas y le puso las manos contra el toldo.  Su madre, que no podía moverse de su sitio por el mareo, sólo alcanzaba a gritar el nombre de su hija, y luego, le pedía a los policías que la dejaran en paz. De la maleta deportiva salieron dos bragas, dos mancuernas, un sostén comestible y varios consoladores además de dos paquetes llenos de condones y un frasco gigante de vitaminas. Mientras el soldado iba vaciando la maleta, la madre intentaba llamar su atención confesando la posesión de la pistola.   --Fui yo oficial, fui yo, es que tenía miedo, porque nos asaltaron, en Veracruz, hace seis meses.   --Tú cállate, mamá, no digas tonterías. Pero el soldado no le hacía caso. Él y su compañero estaban demasiado entretenidos con los juguetes. Ángela alcanzó a escuchar el ruidito que hacía el soldado al no poder evitar la risa, y en un descuido se dio la media vuelta e intentó darle con el puño en la cara. El teniente se acercó a ella por la espalda, la tumbó sobre el suelo y montado encima de ella le puso las esposas.   --Te gustaría que gritara, ¿verdad?   --Señorita, lo que usted haga en su tiempo libre no nos interesa.   --Yo me cojo a más cabrones de los que hay en tu jodido retén todos los días ¿y qué?

Como pudo, la madre rodeó el coche gritando que soltaran a su hija y cuando intentó impulsar su cuerpo hacia delante para abalanzarse sobre el teniente que seguía montado encima de Ángela, se resbaló sobre la arenilla y cayó sobre su costado.   Hasta que llegó la ambulancia militar pasaron por lo menos quince minutos en los que Ángela no paraba de decir que si algo le pasaba a su madre los militares tendrían la culpa. Su madre seguía consciente, pero el dolor le había quitado las ganas de hablar. El teniente, asustado ante su caída, ayudó a otros soldados a subirla a la parte trasera de la ambulancia. Se quitó sus gafas de sol y la gorra que marcaba su rango y le dijo:   --No se preocupe señora, que todo va a estar bien. Pero no es buena idea defender a su hija nada más porque sí. Por usted voy a dejar pasar esto, ustedes me dejan la pistola y yo le digo a mi comandante que la encontré tirada en el camino. Si no las tendría que encarcelar.

La madre hizo un gesto con la cabeza que indicaba su aprobación. Después de revisarla, los médicos decidieron que podía irse a casa apenas se pasara el efecto de la pastilla que le habían dado para el dolor. Una dosis parecida de tranquilizantes se había tragado Ángela, completamente afónica y esposada en el interior de una patrulla militar.

Ambas estaban de vuelta en el coche. La madre tenía puesto un collarín y no podía voltear la cabeza. Había olvidado el dolor en los hombros y en la espalda y se había reclinado contra el asiento. La palidez de su cara había absorbido todo el maquillaje. Ángela tenía la garganta cerrada y casi no podía hablar. Durante todo el camino de vuelta a la casa de su madre se la pasó mirándola de reojo, en la cara y en las rodillas, para asegurarse de que estaba bien. Cuando por fin llegaron ya era de tarde. Algunos vecinos las vieron llegar, pero no hicieron nada por acercarse a ellas. Ángela se bajó del coche y caminó hasta la entrada para abrir la puerta, mientras su madre esperaba sentada en el asiento del copiloto. Luego volvió y se pasó uno de los brazos de su madre por encima del cuello, la cogió por la espalda y por debajo de las rodillas y la llevó en vilo hasta la entrada. En esos diez segundos de flotación, madre e hija se sintieron seguras. Cuando la madre volvió a tocar el suelo se encontró de frente con el fondo en penumbras del salón de su casa y antes de entrar despidió a su hija de un beso. Ángela le respondió con algo parecido a un abrazo y le dijo algunas cuantas palabras incomprensibles, entre las que había una promesa de volver a verse pronto. Luego ambas se fueron alejando, la madre lenta e insegura hacia el salón, la hija intranquila y temerosa hacia su coche de segunda mano, sin que ninguna de las dos se decidiera a volver la vista atrás.

La zanja



La zanja había sido abierta muchos años antes de que naufragara proyecto de la Casa Nueva. Olía a fresco y a piñones, y era casi tan honda como la alberca imaginaria que mis padres planeaban construir en un espacio rodeado de pinos. Se podía bajar a ella por una escalera de hierro incrustada en las rocas. La descubrí el día en que Raquel y Arturo, mis padres, y Juan Miguel, mi hermano mayor, se opusieron por unanimidad a que yo, Ramón Casamayor, tuviera mi propio cuarto en aquella casa. Un cuarto solo para ramoncito era un exceso si se consideraba la instalación de un salón de juegos, otro de baile y uno más de entrenamiento para Juan Miguel, karateca en ciernes. El Ramoncito que yo era entonces, al ver en los rostros familiares un gesto de asco e incredulidad, de rechazo abrumador, salió corriendo al bosque, como en la ciudad salía corriendo por el angosto pasillo del departamento hacia el rellano y luego abajo por las escaleras hasta abrir la puerta del edificio y avanzar de frente hasta la avenida. Por no haberme sido concedido el pago de una excursión a Reino Aventura, había dado la vuelta al parque de la colonia; por no haber conseguido un cuarto exclusivo, corrí por el bosque hasta perderme. Corría, corría siempre que veía transformarse aquellos rostros y no podía detenerme hasta que dejaba de verlos en mi cabeza. En el bosque fue distinto. El  resuello me faltó a unos metros de la carretera y según me fui acercando, sentí debajo de mí la ligereza crujiente de unos cardos que me rasgaban los calcetines. Me agaché para quitarme las espinas y pude ver, a unos pasos, que entre los cardos se abría una grieta: la cortina de espinas y hierba mala ocultaba un pequeño abismo. Acostado bocabajo, pude ver entre los piñones que había regados en el suelo algunos objetos irreconocibles y a un costado, la escalera que revelaba la premeditación con que aquél espacio había sido construido. Bajé al interior apretando fuertemente los peldaños; al llegar al fondo pisé uno de los piñones y caí de espaldas. No obstante tenía un dolor ligero en el costado y el hombro, el miedo había desaparecido. Me sentía a salvo, aunque no sabría decir exactamente de qué. Oí a lo lejos el rumor de los automóviles y la voz cortante de mi hermano que me llamaba. Pasaron varias horas antes de que saliera. Sobra decir que al llegar a la Casa Nueva Raquel y Arturo me recibieron agotados por la preocupación, sudorosos, y con media botella de whisky vacía en la mesa del salón. Juan Miguel me recibió con una patada en el hombro que me había lastimado, menos preocupado por mi desaparición que por mi momentánea importancia. Cuando me preguntaron donde había estado, imité una O alargada de asco con la boca y encogí los ojos. Mientras pensaba con placer en mi nuevo refugio, les contesté que en un bosque, conocido o desconocido, es casi natural perderse.   Un año después, mientras volvíamos a la ciudad en el cuatro por cuatro importado con placas todavía ilegales, y mis padres charlaban sobre la posibilidad de colocar una estatua griega en la entrada, junto a la hipotética fuente, un locutor interrumpió la cumbia para anunciar la devaluación del peso, con la misma enjundia con la que anunciaba los títulos de las canciones. Raquel y Arturo estaban tan emocionados con sus ideas que no pusieron demasiada atención al anuncio, hasta que algunas semanas más tarde, Arturo tuvo que despedir a sus comisionistas en la ferretería y varios meses después, clausurar su negocio. Raquel, atemorizada por la posibilidad de volver a usar ropa de segunda, volvió al magisterio en una secundaria privada. Juan Miguel tuvo que conformarse con poner una cinta marrón nueva encima del viejo uniforme. El cuatro por cuatro fue sustituido por un sedán de dos puertas para pagar las deudas adquiridas con la casa del bosque.

Por increíble que parezca, la Casa Nueva sobrevivió al endeudamiento. Sin techos en el segundo piso, sin pintura en la fachada, sin agua en la fuente de la entrada. Las hierbas empezaron a crecer en el frente. En el patio trasero sobrevivieron las tumbonas y los fierros incrustados en yeso que tenían que hacer las veces de un asador de carne. Ni Arturo ni Raquel se amedrentaban. Cada fin de semana nos llevaban a Juan Miguel y a mí a montar allí una especie de campamento intramuros. Cargábamos con colchones, mantas y una hielera con whisky, coca-colas, cervezas, leche, embutidos y algunas latas de atún. Subíamos por la escalera de caracol hasta el segundo piso al aire libre, y desde allí, viendo el bosque, recordábamos con tristeza la alberca, el comedor de cedro y la televisión de cuarenta pulgadas que mi padre había prometido instalar en la sala. “No importa”, decía mi madre, “de esta saldremos tarde que temprano, porque a poco no, la vista que tenemos aquí es padrísima”. Luego se bebía un trago de whisky entre cigarro y cigarro y se abrazaba a Arturo. Arturo le apretaba las nalgas delante de nosotros como pidiéndonos que nos fuéramos a dormir para que ellos encontraran el oasis perdido durante la semana en la única habitación que tenía protecciones en las ventanas. Juan Miguel sudaba tanto en sus entrenamientos pseudomilitares con vistas al campeonato nacional, junto al patio trasero, que una vez acostado empezaba a roncar como una metralleta. Y mientras él dormía y mis padres retozaban sin temor a que sus movimientos rechinaran en un colchón, yo salía por el marco de la puerta trasera, armado con una linterna  y unos cacahuates, rumbo a la zanja.

Una de esas noches en que me encontraba felizmente recostado entre los piñones, como una doncella a punto de ser rescatada, alcancé a ver un haz de luz. Un hombre vestido con un impermeable y una gorra militar, bajó los peldaños con una caja atada a una cuerda. La depositó en el suelo y la abrió. Sacó de ella pequeños paquetes que escondió entre los piñones. Tuve suerte de que no me enfocara con la linterna. Logré contener la respiración hasta que se fue y no salí de allí hasta la mañana siguiente. Cuando caminé de vuelta a la Casa Nueva Juan Miguel ya estaba entrenando. Me vio llegar con las ropas enlodadas y las manos llenas de heridas. Me preguntó, como era de esperarse, donde había estado. Le dije que había estado corriendo. “No te escuché salir. Tú corres con las nalgas, mira cómo las traes”, replicó, al tiempo que cortaba el aire con un golpe seco de su palma izquierda y avanzaba hacia delante. Seguí de largo y entré en una de las habitaciones. Mis padres seguían dormidos. Debían haber estado enculados toda la noche y me asqueaba pensarlo. Incluso pensaba que podía oler el semen de mi padre en el aire pero en realidad se trataba del aroma que los piñones me habían dejado en las manos.

Pasé las siguientes semanas pensando en lo que había visto. Le pregunté al profesor de educación física si alguna vez había visto la acción en el ejército. Su sí fue la respuesta de un hombre ofendido y aunque yo sabía que a los pocos meses de entrar tuvo que renunciar por problemas de vista consecuencia de sus años como boxeador amateur, quería saber si él alguna vez había visto incautar droga. Su sí esta vez fue más sospechoso, porque ningún cadete incauta droga, pero la pregunta iba dirigida más al boxeador fracasado al que había visto meterse rayas en el estacionamiento de la escuela junto con otros compañeros, que al cadete efímero convertido en profesor. “Cuando es cocaína la meten en paquetes pequeños, sellados con cinta de aislar en las esquinas, para evitar cualquier fuga”, me dijo, como si el mismo hubiera sellado y luego destapado aquellos paquetes.

Me contagié de cierta paranoia. Cuando salía de la escuela y veía a algún desconocido me echaba a correr y a la vuelta de la esquina lo veía pasar con una niña de la mano. Si en el autobús alguien sospechoso se sentaba junto a mí, me bajaba antes o después de mi parada habitual y no enfilaba a casa hasta no estar seguro de que nadie me seguía. En el colmo de la sospecha, cuando mi madre cocinaba pasteles para compensar sus bajos ingresos como maestra, esperaba a que saliera al baño para oler el contenido de las bolsas de harina; un par de veces llegué a aspirar con un popote los restos de un saco que había comprado para abaratar los costos de un pastel de bodas. Cuando íbamos de campamento a la Casa Nueva, me escabullía de día hasta la zanja, para evitar volver a ser deslumbrado por la linterna de un matón.

En cuatro meses Arturo había engordado y Raquel todo lo contrario. Arturo se la pasaba en el bar de la esquina, sin lograr emborracharse y Raquel haciendo dietas, dizque para ahorrar. Cogían todas las noches como refugio a su pérdida de estatus, a la angustia existencial que les causaba salir de noche una vez al mes y al hecho de estar perdiendo cada vez más amigos “billetudos”. Juan Miguel se convirtió en su única salida. Para los campeonatos nacionales en San Luis Potosí, cada uno se compró ropa nueva y un nuevo uniforme para mi hermano. A mí, en cambio, se me dejó encargado con una tía, porque los gastos eran muchos “y tu hermano merece que lo apoyes, podría llegar a ser un gran atleta, es mucho esfuerzo el que está haciendo por esta familia”. Yo no veía en Juan Miguel el esfuerzo de un hijo de familia, sino la formación a cuentagotas de un sociópata. Pero allá ellos, me decía. Me guardé todo el coraje. Fui un niño ejemplar en la casa de la Tía Elena, que vivía sola en un barrio polvoriento cerca de la estación de autobuses recién remodelada. Comimos galletitas con chocolate y según avanzó la tarde me confesó sin querer que a mis padres no les faltaba tanto dinero como hacían pensar a todo mundo, era sólo que deseaban volver a “ser los de antes” y tú, me decía mientras me sobaba los brazos” siempre has sido “un niño que no da lata”. Un niño que no da lata en mi propio lenguaje significaba mitad idiota mitad desplazado. Mi lata empezó cuando las joyas de mi madre y la colección de coches miniatura de mi padre fueron desapareciendo. Las envolvía en un paquetito blanco sellado con cinta de aislar y las ponía, junto con otros paquetes, en la zanja. Traduzco: deseaba que los matones de la droga se pusieran en contacto con mis padres para darles una lección.   Aunque mi plan era que Arturo, Raquel y Juan Miguel no se dieran cuenta de mi furia, a la vuelta de los campeonatos nacionales, en los que mi hermano obtuvo el cuarto lugar, mi hostilidad creció cada vez más en la casa y en la escuela. Me resistía a seguir las instrucciones del maestro de educación física, y cada vez que este se me acercaba para obligarme a hacer 50 sentadillas, yo subía y bajaba delante de él llamándolo yonqui el desertor. Cada vez robaba más cosas de la escuela y provocaba más riñas que mi hermano tenía que resolver. Hasta que un día mis padres hablaron con el director, y éste les dijo que era probable que todo se tratara de un típico caso de celos filiales. Mis padres comprendieron y, más avergonzados por tener en la familia a un rebelde sin motivo que preocupados por el destino del hijo “que no les daba lata”, intentaron resolver la situación organizándome una fiesta de cumpleaños en la Casa Nueva.   Mi creciente filantropía hizo que pocos niños aceptaran mi invitación. Al final sólo éramos cuatro: Juan Miguel, yo, una niña hija de madre soltera, cuya madre mandaba a cuanta fiesta era invitada y un tal Sergio, apodado Boogie (el aceitoso) por su padre, por su aspecto prematuro de mecánico forzudo y melancólico. El resto de los invitados eran padres de familia que desconocían la situación precaria de mi familia e intentaban congraciarse con la antigua versión de la familia Casamayor. Montaron una especie de carpa, llevaron mesas y sillas de la Corona, mi madre hizo el pastel y mi padre compró las botellas y los vasos de plástico. El único detalle infantil de la velada fue los globos y la música de Cepillín, un payaso en retirada que aguzaba las cuerdas vocales en busca de sentimiento, de emociones para la chiquillada. Lo demás eran cubos de hielo y charlas de negocios, de asociaciones de mujeres inteligentes que mi madre recomendaba a las invitadas. Antes del pastel, en la hora del crepúsculo veraniego, mi padre anunció que había guardado cinco pequeños regalos en el bosque y que, como mi hermano y yo lo conocíamos tan bien, podríamos guiar al resto de los niños para encontrarlos. Después llegaría mi hora de regalos y sonrisas falsas. Nos dio a cada uno una linterna y nos lanzó al bosque como si de una manada encerrada se tratara. Boogie encontró un coche a control remoto. La hija de la madre soltera se raspó las rodillas y le pidió a mi hermano que la llevara de vuelta a la fiesta. Juan Miguel volvió con dos bolsas de dulces (comprendimos que el coche era la tapadera de los dulces) y de vuelta a casa dijimos que no había más qué buscar. Mi padre, algo nervioso, dijo que aún faltaba el regalo más importante: una consola de Nintendo. Entonces corrimos todos, es decir, Boogie, Juan Miguel y yo, y la hija de madre soltera a la que el dolor de los raspones se le había desaparecido ante la oportunidad de su vida. La hija de madre soltera se pegó al brazo de Juan Miguel, y Boogie me siguió a mí.  A los pocos minutos estábamos ya en pleno anochecer con las linternas encendidas. Juan Miguel apareció frente a nosotros con un gesto de asco. La niña le había querido dar un beso y él la había empujado al suelo como si se trata de un adversario en combate. Boogie se ofreció a ir por ella. Mi hermano le indicó el camino con el dedo y se puso delante de mí. Yo dudaba ya de la existencia de la consola, pero le seguí el juego con tal de no quedar atrás. Corrimos casi pegados el uno al otro. En un momento Juan Miguel volvió la vista atrás alumbrándose la cara con la luz de la linterna para avisarme que estaba a punto de dejarme atrás. Pensé que había adivinado el lugar donde mi padre había dejado su supuesto regalo, y cuando reaccioné ya había perdido de vista a mi hermano. Unos metros más adelante sentí que algo crujía bajo mis pies y se me colaba debajo de los pantalones. Había llegado sin darme cuenta a la zona de la zanja, y mi hermano antes que yo, seguramente había caído en ella. Apagué la linterna. Al rato oí la voz quejumbrosa de Juan Miguel. Era evidente que se había roto la pierna y no podía subir por su cuenta. Mi refugio había sido descubierto y mis robos estaban a punto de serlo. Volví corriendo a la fiesta. A mitad del camino me encontré con la hija de la madre soltera, que me preguntó de dónde venía tan sucio. No le respondí. Cuando llegamos a la casa nueva la niña volvió a ignorarme. Se acercó a donde estaba Boogie, y un momento después ambos, cogidos de la mano, empezaron a beber coca-cola sin gas. Los adultos bailaban con las canciones de cepillín a todo volumen.

Medios ebrios, medio preocupados, los adultos me siguieron, Raquel y Arturo incluidos, después de escuchar cual era la situación. Los hice rodear varios caminos por media hora y finalmente los llevé hasta donde se encontraba Juan Miguel. Mi padre se agachó para ver a su hijo, pero ni su linterna ni la de él, a la que se le habían acabado las baterías, funcionaban. El padre de Boogie se ofreció a subir a mi hermano. Bajé antes que él para iluminarle el camino. Juan Miguel chillaba quedo y mientras era subido hacia la superficie me decía “hasta que has aprendido a usar las nalgas y los pies”. Me sentía como un héroe, un héroe falso, sí pero un héroe que al fin y al cabo había encontrado a su hermano. Arturo y Raquel no lo vieron así, o por lo menos se les bajó la borrachera cuando supieron a su hijo a salvo. Volvimos todos a la fiesta. Una de las mujeres resultó ser enfermera y le hizo un torniquete a mi hermano, que de paso se hizo el valiente con ella. Sonó de nuevo la música de cepillín, y luego, cuando volvieron a coger la borrachera la cambiaron por las cumbias de rigor. Arturo y Raquel bailaban una pieza y luego se acercaban a Juan Miguel para preguntarle si podía con el dolor. El karateca en ciernes que un día terminaría inaugurando su academia junto a Boogie el aceitoso, negaba cualquier sensación y les decía que se fueran a bailar y ellos, prestos, lo obedecieron. Todos, menos yo, claro, se habían olvidado de la consola de Nintendo, del pastel azul y las felicitaciones. Me fui de allí, medio enfurecido, medio aliviado de que mi secreto no hubiera sido descubierto. Minutos después bajé los peldaños de la zanja y me quedé allí viendo los paquetitos blancos que se habían multiplicado por dos, en un rincón, y oliendo los piñones. Pensé que Raquel y Arturo habrían aceptado parte de aquellos paquetitos para seguir construyendo su Casa Nueva, pero decidí que sólo se merecían los cimientos de su alberca y su segundo piso. De pronto vi una cisterna que se cernía sobre mí. El matón ha vuelto para llevarme, pensé. De pronto la linterna se apagó y alguien bajó los peldaños. Mantuve mi propia linterna apagada para evitar ver el rostro de aquél que estaba a punto de darme muerte. Sentí que una saliva fría me cubría los labios y la frente. Era la hija de la madre soltera. ¡Feliz cumpleaños¡ me dijo. En el cielo brillaba Venus.  

Jabón



Esta tarde, en el tránsito que va del sueño a la vigilia volvió a ver la imagen que lo había obsesionado durante sus años como estudiante de artes  gráficas: la de un hombre fugitivo que cerraba la puerta de una habitación vacía dispuesto a no abrirla otra vez jamás. Vagamente sobresaltado, estiró los brazos y abrió los ojos en un mismo impulso. Dos o tres segundos más tarde su oído se terminó de espabilar y distinguió el murmullo de la radio y el salto del temporizador del horno micro-hondas en la cocina. Su resaca era doble: alcohólica y amatoria. Su cabeza seguía lenta, pero pudo reunir la cantidad suficiente de datos para seguir adelante: Maira: en el trabajo. Arena en la cama: traída de la playa. Cuaderno de dibujo sobre la mesa de noche: aun sin abrir, comprado hace un par de semanas para demostrar el talento. Ruidos externos: el medio hermano de Maira, que debería haberse ido hace dos días. Razones para estar aquí: el despido de la agencia de publicidad, la evidente falta de casa, el subsidio generoso aunque temporal de una mujer.

Fracasaron sus intentos por esbozar la imagen del fugitivo. Se levantó deprisa y fue hasta la mesa. Al pasar el lápiz por el papel volvieron sus hábitos de publicista. Primero lo interrumpieron probables diseños de anuncios de escaleras y pinturas, de agencias inmobiliarias, o colchones, luego las habitaciones de alquiler, cuatro o cinco, que había compartido con Maira antes de que ella lo invitara a compartir casa. Su casa era un departamento de tres habitaciones en una sexta planta sin ascensor. Además de la alcoba había una habitación para huéspedes y un cuarto que funcionaba como bodega para lo que ella llamaba genéricamente “mis negocios”. En él guardaba cajas, algunas joyas de fantasía, televisiones, vestidos, canastas vacías, maquillajes, esmaltes de colores para las uñas y juguetes de peluche cubiertos con mantas eléctricas y cobijas sobre las cuales había un anuncio que decía: NO TOCAR pero que él había tocado, a pesar de la prohibición, en una de sus mañanas sin inspiración en que no se le antojaba salir a dar paseos.

Domínguez, el universitario y becado medio hermano de Maira para mayores señas, seguía allí. El cansancio causado por las doce horas del regreso en un autobús de segunda y su decepción por el resultado del viaje lo habían hecho olvidar el saludo torpe y sudoroso que Domínguez había intercambiado con él la mañana que lo conoció en la sala comedor del departamento. “Mi hermanito del alma”, lo llamaba Maira cada vez que hablaba de él.  “Dime Domínguez” fueron sus primeras palabras antes de levantarse para estrecharle la mano, recostado como estaba, con las piernas cruzadas sobre el brazo del sillón, en su papel impostado de anfitrión que recibe visitas y no de familiar invitado a pasar unos días solo en el departamento de su (media) hermana, mientras ésta y su novio pasan tres semanas en las playas de Oaxaca.   Dispuesto a mantenerse encerrado para no tener que cruzar palabra alguna con su cuñado en turno, pasó una hora en la cama, intentando reconstruir cada una de las frases que Maira había dicho sobre la estancia de Domínguez. En ninguna de ellas aparecía la frase “por unos días” o por lo menos el adjetivo “temporal”, pero tampoco condicionales como “hasta que…” Aunque ahora tendría motivos para reñirla por teléfono, era Maira la que, con sus arrebatos y desapariciones, decidía el comienzo y el fin de una pelea, la que lo había impulsado a dejar su empleo para desarrollar su “potencial creativo”, antes de entrar de lleno en eso que llamaban la madurez, la voz ágil y equívoca que había omitido mencionar la estancia larga de su hermano; la cabellera rizada atada a una cinta negra, las uñas verdes o amarillas, el vestido de flores y los zapatos de plataforma; la mano mulata que al escucharse esa voz se restregaba un anillo de obsidiana en el dedo, ya fuera para pedir un favor o solicitar una caricia, para ejecutar una intención, una despedida o un desplante; la hábil “estilista” y “empresaria”, como ella misma se llamaba, que había aceptado cargar con la renta de un departamento mientras él desarrollaba su potencial creativo y conseguía un nuevo trabajo.   Las doce horas de viaje lo habían agotado. Lo único que podía hacer era intentar trazar un retrato, o un intento de anuncio, para no perder el pulso. Vio su cuaderno mate sobre la mesa de noche. Podía intentarlo otra vez, por lo menos mientras terminaba el turno de ocho horas de Maira para llamarla. Uno, dos trazos, y después decidió que si empezaba a trabajar sus recuerdos sobre el viaje desaparecerían bajo sus ideas y no quería recordar otra cosa que los días y las noches tan largos en la playa en los que a su juicio había conseguido ser un buen amante, un buen conversador, en suma, un buen acompañante. Noche y día acompañado de Maira… y del exbeisbolista cubano, las hermanas suecas que acababan de recibir una herencia, y el niño de madre boliviana y padre francés que construía extrañas casas orientales de arena blanca, del ruido de los tambores en las fiestas nocturnas en las que Maira era el centro de atención y él se quedaba sentado viéndola bailar con desconocidos, resignado a su incapacidad para mover los pies juntos al mismo tiempo, sonriéndole a extraños para demostrar que de haber querido habría guiado al éxtasis a ese cuerpo   El hambre y la suciedad terminaron de convencerlo de que aquel no era un buen momento para trabajar. Salió de la habitación. Vio a Domínguez masticar un trozo de algo con la ayuda de un vaso de cerveza, lo saludó con un gesto y siguió de largo. Entró en el baño, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y cuando se bajó los calzones reconoció sobre su miembro un papel pegado con cinta. Lo desdobló y encontró un mensaje garabateado con mayúsculas: QUÉ GRANDE LA HAS TENIDO ESTA NOCHE, MI VIDA. CORAZON, VAMOS A VENDER MUCHOS JABONES Y A SER FELICES. Desde el primer día, cada vez que se encontraban –la duración y el espacio entre cada encuentro eran impredecibles y dependían enteramente de ella--, Maira le dejaba uno de estos mensajes, incomprensibles para él, pegados en diferentes partes del cuerpo. A la frase hermética agregaba un deseo, un cumplido dirigido sobre todo a su culo y a su cosa, e intentaban explicar su paradero o sus sentimientos. Él los había guardado casi todos entre las hojas de papel mate donde hacía sus bosquejos. Los consideraba una fuente segura de inspiración. No obstante, esta vez vivían juntos y él necesitaba saber porqué su hermano medio seguía allí, y qué era esa cosa de la felicidad que traerían unos jabones.

La falta de agua frustró sus planes de baño. Cuando volvió a la sala comedor y quiso abrir la nevera lo interrumpió la voz de Domínguez

--No te molestes, cuñado. No he tenido tiempo tampoco de pagar el agua, pero mañana voy, lo prometo. Ahora todo lo que hay que hacer es esperar al chino.  –Lo voy a echar yo mismo, pensó de espaldas a Domínguez, y estaba a punto de hacerlo cuando dio la media vuelta y encontró un plato y un vaso vacíos en la esquina del mantel y sobre la mesa, un montón de jabones de colores. Los había rosas o verdes, fluorescentes, de vainilla o canela, cilíndricos, cuadrados y en forma de pito, cada uno envuelto en plástico y con su correspondiente código de barras. Tenía tanta hambre que dejó pasar la escena hasta después de recibir el pedido de comida china y engullir el último bocado de su rollito primavera. En ese lapso decidió que lo mejor era hablar con Maira antes de pedirle explicaciones a su medio hermano. Domínguez había terminado una doble ración de arroz y pollo con verduras y con el último bocado todavía en la boca, volvió a adelantársele:

--Ah, me dijo Maira que estuvieras con la caja de jabones a más tardar a las cuatro. –Le pasó un papel con la dirección que él cogió con el rollito primavera atorado en la garganta, se levantó del sillón y volvió a la habitación sin despedirse, cogió el móvil, marcó el número de Maira y cuando por fin entró la llamada tuvo que tragarse sus quejas ante una Maira cariñosa e imperativa. Hola mi vida, ¿te gustó mi mensaje de hoy? ¿tienes con que anotar? Es un laberinto padrísimo querido, cuando lo veas ni te lo vas a creer, es muy cachondo el lugar. Anota. Él anotó y antes de preguntar cualquier cosa Maira le mandó un beso virtual y colgó.

Cuando volvió a la sala comedor para recoger el pedido, le preguntó a Domínguez cómo era posible que supiera lo que él mismo estaba punto de hacer.

--No lo sé, Maira siempre es así. Y siempre se sale con la suya. Yo te ayudaría, pero estoy muy dolorido de un costado.

-- Eso pasa por beber sin parar.

--Es una racha, solamente ¿a ti no te ha pasado? Cuando estábamos con Marc él manejaba la furgoneta, claro, porque era suya y…

--¿Marc?

--Sí, Marc, te decía que a veces le empezaba a doler tanto el costado que tenía que detenerse. Así fue como Maira aprendió a manejar. Pero yo le digo que como la detengan y se den cuenta de que no lleva licencia se queda sin furgoneta y sin negocio de jabones.

--¿La furgoneta es de Marc?

-- Era ¿no lo sabías? ¿De dónde crees tú que Maira iba a sacar una furgoneta? Marc se portó muy bien con ella cuando rompieron. Creo que después de Marc, tú eres el más constante y eso significa mucho porque a Maira no suelen durarle mucho sus novios.

--¿Y eso?

--No sé, yo sólo soy su medio hermano, pero supongo que nadie es capaz de seguirle el paso, ni de evitar los celos y las escenas. Qué pendejada ¿no? Maira es la mujer más fiel y más cariñosa que conozco y siempre encuentra la manera de acabar bien con todo mundo. Bueno, cuñado, está buena la plática pero creo que se te está haciendo muy tarde.

El laberinto resultó ser un motel. En la cabina de recepción había una mujer escuálida llena de pecas remendando una minifalda que le sonrió al verlo aparecer con la caja de jabones.

--¿Eres el novio de Maira? No me dijo que fueras tan serio. Te está esperando en la 8. Toma. –Sintió cómo la mujer le metía la llave en uno de los bolsillos del pantalón y después de agradecerle entre dientes se alejó de la cabina. Abrió la llave de la habitación y dejó caer la caja. Había un pantalón y una blusa, bragas y medias colgadas cuidadosamente en una percha, junto a un vestido de noche. La habitación era completamente blanca y había en ella los tradicionales espejos detrás de la puerta y encima de la cama. Maira estaba escribiendo sobre una hoja de papel cuando el golpe seco de la caja en el suelo la sacó de su tarea.

--Mi vida… estaba haciendo cuentas. Esa vieja loca nos va a comprar cientos de jabones y tú vas a diseñar la envoltura.

La escena lo ablandó en apariencia. Fue arrojando la ropa al suelo, hizo una mueca de sonrisa y sus puños cerrados se fueron abriendo lentamente. Cuando terminaron, la miró quedarse dormida encima de las cuentas que había hecho en una hoja de papel. Cogió el plumón de punta fina que había caído al suelo y empezó a escribir sobre ella. Le trazó un nombre en el seno izquierdo que no era el suyo y varios insultos en las piernas. Por último, escribió en el vientre sobre el pubis, EL TALENTO, ¿ES ESO? Aseguró la puerta y arrojó la llave por la ventana antes de acostarse y quedarse dormido. 

Maira se había ido cuando despertó. Abrió los ojos y en el espejo de luna que había en el techo, reconoció un código de barras pintado en su estómago. Cuando se levantó, vio que la caja de jabones seguía intacta donde él la había dejado. La abrió y sacó de ella el único jabón que había quedado a salvo de su rapto de furia en el taxi, y aprovechando que todas las habitaciones de los moteles tienen agua, se preparó para el baño largamente pospuesto. Se  restregó el jabón por todo el cuerpo sin alcanzar a ver lo que el pulso tembloroso y débil de Maira le había escrito en la espalda.

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