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Leal Canales, José Antonio (Pepe Calvino)

Los milagros de Cábala



 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

             Cualquier forastero que llegara a Cábala tenía que tener una razón. Y no la tenía el hombre que empujó la puerta de la taberna aquella tarde de invierno, y luego adelantó el paso inseguro camino de la barra. Quienes lo miraron con curiosidad desde las mesas de juegos debieron de pensar que había llegado a Cábala como podía haberlo hecho a cualquier otra parte, porque se notaba enseguida que era un hombre de esos que van a la deriva. Un vagabundo, que manifestaba su esencia en la ropa mugrienta, y también en la barba sucia y desaliñada, que parecía de media vida. No era difícil reconocerlo como un integrante más del ámbito de los marginales.            Se acercó hasta la barra, apartando con un gesto de desprecio las miradas curiosas y los codos apoyados sobre el mostrador de cinc, y llamó al camarero golpeando con los nudillos sobre la barra. Éste se acercó hasta él y lo miró a los ojos vidriosos, reconociendo en ellos la traza familiar, aun siendo extraños.            - Una copa de coñac -le dijo el hombre, desvaneciendo con la mirada sostenida la sombra de la duda, mientras sacaba del bolsillo unas monedas que fue poniendo sobre el mostrador.            Cuando el camarero le sirvió, atrapó la panza de la copa con sus   dedos de uñas negras y la vació de un solo trago, sin dar tiempo a que el líquido amargo le rozara apenas el cielo de la boca. Sacó luego del bolsillo trasero del pantalón raído un paquete arrugado de cigarrillos, y extrajo uno, que enderezó con sus dedos amarillos, pasando varias veces por la extensión del cilindro la pinza del pulgar y el índice. Le prendió fuego y, al soltar la primera vaharada de humo, notó de nuevo sobre sus hombros las miradas de los hombres que jugaban a las cartas en las mesas del fondo, y también las de los que le miraban de reojo desde ambos lados de la barra. Fue entonces cuando vio la foto sobre la pared. Por cualquier lugar adonde iba veía los mismos carteles pegados en las paredes y en los cristales. Incluso en aquel pueblo remoto y miserable adonde por azar le habían llevado sus pasos fugitivos.            Expelió una vez más el humo de su boca, originando a su alrededor una nube densa, y llamó al camarero apenas con un gesto. El dueño de la taberna se acercó hasta él con el mismo ánimo desconfiado.            - ¿Pa dónde cae la casa del cura? -le preguntó.            La casa de don Cirilo no estaba lejos porque nada ni nadie estaban lejos en Cábala. Don Cirilo Espinosa era el cura del pueblo desde los tiempos sin memoria, porque muy pocos de los que habían nacido en Cábala podrían decir a ciencia cierta el día en que llegó destinado a la parroquia. Cualquiera que no rebasara los cincuenta años de edad había sido bautizado por él. Don Cirilo era la representación oficial y única de Dios en Cábala, porque hasta aquel rincón del mundo no llegaban nunca los jerarcas de la iglesia.            Cuando don Cirilo oyó los golpes en la puerta, aquella tarde mortecina de lluvia, se encontraba escribiendo una nueva carta a Su Ilustrísima, con el esmero del respeto distribuido con orden y a pluma por la extensión bien marginada del papel. Don Cirilo Espinosa no cejaba en su empeño de escribir cartas inútiles que nunca le llegarían al prelado, ya que era muy posible que murieran en las manos de su secretario, que las haría pedazos y las tiraría a la papelera sin el menor escrúpulo, obedeciendo antiguas órdenes, una vez que hubiera reconocido la letra gótica del sobre. En el palacio donde residía el obispo se conocían de sobra las continuas peticiones de don Cirilo para su parroquia. Pero la humilde iglesia románica de San Nicolás significaba poco para el obispado, más inclinado a otras parroquias de su diócesis que a un lugar de cuatro casas, perdido en el monte y difícil de ubicar en el mapa.            Por eso, don Cirilo Espinosa se había ido apañando como Dios le dio a entender y él mismo reparaba los desperfectos de las imágenes: dedos de guantes de goma, de los que usaban las mujeres para lavar, para los santos que hubieran perdido los suyos de escayola; papeles de magdalenas para remediar las alas rotas de los angelitos; un ojo de búho, regalo de un taxidermista, para suplir con desmesura otro de San Antonio; plastilina incluso, para corregir por error el rabo del perro de San Roque. La imaginación que Dios le daba le servía para ir recomponiendo el santoral, pero había desperfectos mayores, sobre todo en el retablo, que ni siquiera su imaginación podría librar del futuro derrumbe.            Dejó aparcada la última frase, tras poner el punto, y salió a abrir. No era raro que alguien llamara a su puerta a cualquier hora y con cualquier pretexto, pues su casa siempre estaba abierta para los fieles. Sin embargo, la imagen del hombre que vio al otro lado del umbral lo desconcertó en principio.            - ¿Tú eres el cura? -le oyó decir.            Don Cirilo se miró a sí mismo de arriba abajo, abriendo sus manos. Era de los pocos curas del país que aún conservaban la sotana, acaso porque los nuevos tiempos lo habían cogido ya demasiado viejo para el cambio, no ya de las costumbres, sino de los hábitos. Sin disimular la ironía, le preguntó a su vez:            - ¿Y quién habría de ser con esta pinta?            - Quiero posada pa esta noche. No tengo dónde dormir -le dijo el hombre.            Don Cirilo adelantó el paso en la penumbra y sacó afuera el perfil inquisitivo de su rostro.            - ¿Y tú quién eres? -le preguntó.            - Eso te importa poco. Sólo quiero dormir esta noche. No está el tiempo pa quedarse afuera.            Don Cirilo advirtió entonces que la lluvia persistía y abrió un poco más la puerta. El hombre adelantó el paso y entró en el zaguán frotándose las manos.            - ¿Y quién lo mandó para acá? -quiso saber el viejo sacerdote.

- Eso qué importa.            - ¿Y dónde está escrito que tengo que darte posada, rufián? -le advirtió, sabiendo que no iba a poner reparos a lo que pedía, a pesar de su contestación insolente.            - Lo dice la Biblia -le dijo.            Don Cirilo lo miró de arriba abajo y observó su estado miserable: las guedejas del pelo lacio y sucio sobre los hombros, la barba crecida y desordenada, la ropa andrajosa, las botas cubiertas de barro.            - Tú no has visto la Biblia ni en pintura –le dijo.            Luego llamó a Inés, su ama de llaves, y le dijo que preparara algo de comer a aquel espíritu.            La señora Inés, que estaba viendo la televisión, se levantó de mala gana y echó al hombre una mirada que resumía de una vez su desaprobación y su lástima, cuando pasó a su lado camino de la cocina. El hombre observó que en el telediario estaban dando una vez más la noticia. Volvió a ver la fotografía de la pequeña vestida con el traje de la Primera Comunión, que mostraba la madre abatida, a la vez que pedía ayuda, repitiendo las mismas palabras ahogadas en el llanto.                       - ¡Cómo puede haber tanto cafre en el mundo, Dios mío! -dijo a sus espaldas don Cirilo, que también se había quedado mirando la televisión.            La señora Inés volvió de la cocina y le dio el bocadillo, sin dejar de mirarlo con recelo. El hombre se lo quitó enseguida de las manos y mordió el pan como si tuviera atravesada el hambre de dos días.            - Luego puedes dormir en aquel cuarto -le dijo don Cirilo, señalándole una puerta al fondo del pasillo-. Pero antes te lavas un poco en la jofaina, y mañana cuando me levante no quiero verte por aquí -le advirtió con firmeza.            Por eso le sorprendió que estuviera en la iglesia a la mañana siguiente, en la misa temprana que oficiaba cada día para las cuatro beatas que ocupaban los primeros bancos. No esperaba verlo allí, asistiendo a misa como un feligrés devoto, cuando parecía ser uno de esos hombres que han dejado de creer en sí mismos.            Al acabar la misa, don Cirilo pasó al confesionario, como hacía cada mañana, dispuesto a despachar con cierta displicencia a las mujeres que confesaban a diario los pecados inútiles, a quienes absolvía de sus faltas sin necesidad de oírlas.

Iba a retirarse ya cuando escuchó al otro lado de la celosía las palabras del hombre:            - Quiero confesarme, cura -le oyó decir.            Don Cirilo volvió a recuperar su posición en el banco, dispuesto a escucharlo.            - ¿Desde cuándo no te confiesas, hijo? -le preguntó, no por curiosidad -que la tenía-, sino porque era ésta la pregunta que se hacía siempre al iniciar el rito.            - Desde nunca -le contestó el hombre.            La respuesta sobresaltó a don Cirilo, que no estaba acostumbrado a oír otras palabras que no fueran las pertinentes y esperadas en la confesión.            - Te escucho, hijo -lo animó a seguir, ahora más intrigado.            - Ayer quité el Cristo de la pared y lo puse boca abajo en la mesilla. Cuando lo hice vi que tenía los ojos cerrados.            - No debiste hacer eso, hijo. La imagen del Señor nos protege mientras dormimos, vigila nuestros sueños para que no sean pecaminosos -le dijo el sacerdote, que creyó que era ése el motivo de su confesión.            - Esta mañana lo cogí pa colgarlo otra vez en su sitio y entonces ha abierto los ojos.            - No te entiendo, hijo.            - ¿Es que los curas no creen en los milagros? –le gritó el hombre.            - Debo de ser el único que cree en ellos en este pueblo, pero no hace falta que levantes la voz. A nadie más que al Señor le interesa tu confesión, y él te escucha sin necesidad de que grites –le dijo.            - El señor, el señor. ¡Váyase al carajo! –le gritó, antes de levantarse y salir corriendo a la calle.            Don Cirilo no salió enseguida del confesionario. Permaneció allí durante unos instante, tratando de reflexionar sobre las palabras que le había dicho aquel hombre.            Luego entró en su casa y se dirigió al cuarto donde había dormido. La cama deshecha y removida manifestaba que aquel hombre había tenido malos sueños. Encima de la mesilla estaba aún el cuadro que no se había atrevido a colgar de nuevo sobre el frontal del lecho. Al darle la vuelta, vio que el Cristo tenía los ojos cerrados. Había comprado aquel cuadro en una tienda en la ciudad, adonde a veces iba por ver si encontraba algún apaño para la parroquia. Qué barato te venden, Señor, había dicho entonces, cuando lo colocó sobre el mostrador y se dispuso a pagarlo.            Lo cogió ahora otra vez entre sus manos y lo giró hacia atrás con un leve movimiento. El Cristo abrió los ojos.           

- Demasiado barato para ser tan útil, Señor -dijo, y besó la frente acristalada antes de colgarlo en su sitio. Luego se puso de rodillas, se santiguó y rezó en silencio durante unos segundos.

Cuando se levantó del suelo se dirigió hacia la ventana con el fin de abrirla para ventilar el cuarto, donde aún persistía el mal olor que había dejado la desidia de aquel hombre. Desde allí lo vio avanzar por la carretera con el paso lento e inseguro de quien lleva sobre los hombros la carga de una culpa.

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