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Sanz Rodero, Hugo (Tada-Ima)

Avelino y la máquina del tiempo



 

 

Avelino y la máquina del tiempo

Tada-Ima

Avelino Gordo Calvo no era un hombre feliz. Siempre le había resultado obvio, desde la toma de conciencia de su nombre completo, que el camino hacia la felicidad iba a estar sembrado de obstáculos. Y nadie que se hubiera tomado la molestia de observar su comportamiento a lo largo de la vida podría decir que no lo había intentado. Sin embargo, tres días después de su trigésimo tercer cumpleaños, tras comprobar una vez más ante el espejo cómo el tiempo había gustado de modelar su cuerpo dando la razón a sus dos apellidos, decidió poner punto y final a aquella absurda existencia.

Existían dos factores, uno bueno y uno malo, que potenciaban e impedían respectivamente la ejecución de tan traumático plan. El obstáculo mayor residía en que Avelino se sentía incapaz de provocar a nadie -menos aún a sí mismo- cualquier forma de mal físico. Eso descartaba por completo la opción de ejecutar su propia muerte y, desde luego, resultaba una seria dificultad. Por fortuna se daba una circunstancia que esperaba pudiera resultar ventajosa; Avelino, como cabía esperar por el exagerado volumen de su cráneo, se había convertido en un reputado científico y acababa de finalizar la construcción de su proyecto más ambicioso: una máquina del tiempo. Habría de precisarse en este punto que la parte puramente funcional del artefacto no le había llevado más de seis meses de trabajo -de hecho hacía diez años que funcionaba a la perfección-  pero lo más difícil de todo para Avelino había sido encontrar los adornos necesarios que dotaran al artilugio de una apariencia agradable, pues la máquina se hallaba en el salón de su casa -decorado con motivos coloniales- y su integración en aquel espacio estético había resultado harto complicada.

El plan, pues, para la consecución de su propia muerte sin usar forma alguna de violencia consistía en regresar a la época en que sus padres se conocieron y evitar el acto en el que fue engendrado. Resultaba una estrategia no muy original -las películas de ciencia-ficción habían tratado el tema hasta la náusea- pero era la única que se le ocurría. La documentación acerca de cuándo y dónde se encontraban sus padres en el momento de su concepción no fue fácil de obtener, pues su madre, tras varios intentos frustrados de aborto, murió en el parto desangrada a causa del descomunal volumen de la cabeza del bebé Avelino. Su padre, por otro lado, había desaparecido, sin dejar más rastro que el genético, treinta y siete segundos después de la primera y última cópula con su madre. Aún así, con ayuda de los amplios conocimientos científicos de Avelino en materia espacio-temporal y partiendo de su fecha de nacimiento,  consiguió calcular, con mínimo margen de error, el lugar y el momento exacto en que fue concebido. El dato se remontaba al quince de agosto de 1973 a las 21:21 horas y el emplazamiento -comprobó sorprendido, una vez transformadas las coordenadas- se hallaba a pocos metros de su actual casa.

Programó entonces la máquina del tiempo un par de horas antes de la fecha averiguada, esperando tener de esta forma un margen de actuación suficiente. Justo antes de emprender su extraordinario viaje notó nuevas molestias en una de las pocas muelas sanas que resistían, pues su boca desde siempre había sido un pozo negro de afecciones. Sin embargo, dada la inminencia de su desaparición, se le antojó innecesario retrasar su salida para visitar al dentista.

Sin más dilación se introdujo en el angosto pero elegante cubículo de su preciada máquina y, una vez hubo cerrado la puerta -chapada interiormente en ébano-, acomodó cuerpo graso y cabezón en el silloncito orejero de piel de elefante. Accionó la palanca y se desintegró.

Reapareció Avelino sentado, a oscuras, en un retrete del baño de un bar. La tapa del inodoro estaba bastante fría, por cierto. La primera sensación que le asaltó –fruto de algún efecto secundario de su viaje- fue un deseo desmedido de comer aceitunas negras. Salió de la cabina y al cruzar la puerta se encontró en el restaurante de un hotel bastante distinguido en el que parecía haber una convención de científicos. Se sintió orgulloso de saber que su madre se codeaba con aquellos personajes ilustres pero semejante sensación apenas le duró unos segundos, justo hasta el momento en que la descubrió saliendo de la puerta de la cocina vestida de camarera. Tras la pequeña decepción se dispuso a realizar el seguimiento de la mujer con cofia, que había de reconocer -eso sí- era muy hermosa. Así en vida, además, su madre resultaba mucho más atractiva que en aquella vieja fotografía tomada post mórtem en su día por la matrona de oficio. Avelino se acercó a la barra y pidió tres raciones de aceitunas negras y un agua con gas. El camarero, que lucía un extraño pelo apelmazado y los antebrazos repletos de  tatuajes, le sirvió con honda desgana. Avelino permaneció en la barra deglutiendo olivas sistemáticamente mientras vigilaba los movimientos de aquella mujer que, siendo su madre, era más joven que él. Pronto descubrió a uno de los más eminentes científicos de la convención cortejándola sin disimulo mientras ella le servía una bebida. Quizá fuera su hombre -es decir, su padre-. La reacción de su madre apoyaba también la hipótesis; le sonreía sin disimulo y parecía muy complacida por las atenciones del científico. Entonces Avelino cayó en la cuenta de que él mismo era también un eminente hombre de ciencia y el intelecto requerido para ello no podía haberlo heredado en ningún modo de aquella vulgar camarera. El falso caballero era, sin duda, un depravado que trataba de seducir con malas artes a la bonita muchacha para subirla a su habitación y allí abandonarla una vez satisfechos sus bajos apetitos.

Excitadísimo ante el inequívoco descubrimiento y con la sensación de tener el poder de alterar la historia, preparó el alegato que proferiría a su padre accidental mientras devoraba aceitunas a una velocidad prodigiosa. Cuando hubo ultimado el discurso en su cerebro, se levantó dispuesto a gestionar exitosamente su inexistencia. Pero en ese momento algo le distrajo; unas cuantas personas habían formado un corro en un rincón del restaurante y una de ellas pedía el auxilio de un médico; al parecer en el suelo había un hombre que no podía respirar. Avelino no quiso dejarse distraer por aquello y se dirigió a su presa con la decisión de un lemming.

Abordar a su presunto padre y ganarse su confianza en unos minutos no fue complicado, teniendo en cuenta que Avelino poseía conocimientos científicos tres décadas adelantados a ese tiempo. Una vez aquel hombre no tuvo ninguna duda de la seriedad de Avelino, éste ejecutó su estudiado movimiento:

- Me va a perdonar -le dijo como de forma confidencial-, pero he observado que se relaciona usted en un trato bastante cordial con aquella camarera. Me veo en la obligación, ahora que le he conocido y siendo usted merecedor de todos mis respetos, de avisarle de la naturaleza vil de dicha mujer. Ayer mismo yo sucumbí a sus engaños y me llevó con malas artes a mi habitación con el único propósito de robarme la cartera y alguna otra pertenencia de valor. Usted se preguntará por qué no la he denunciado a la policía y en este momento he de pedirle por favor la máxima discreción -el científico, atónito, asintió-. Lo cierto es que soy un hombre casado y aunque mi matrimonio no marcha tan bien como debiera, no me convendría en absoluto que a oídos de mi esposa llegara la información de que he flirteado con otra mujer. Le cuento todo esto porque, aunque lo acabo de conocer, me resulta usted un hombre muy agradable y no me complacería que resultara engañado al igual que yo.

El científico se quedó callado más de medio minuto, tiempo que Avelino se permitió derrochar contemplándolo y regocijándose de su propia astucia. Al fin el caballero se dirigió a él con los ojos rebosantes de agradecimiento sincero:

- No sabe usted cómo le agradezco lo que acaba de contarme, pues en mi caso el engaño hubiera resultado más humillante si cabe; yo me había enamorando súbitamente de esa perversa preciosidad y esta misma noche, de no ser por usted, le hubiera propuesto matrimonio.

El científico abrazó a Avelino como a un hermano y un millón de gotas de sudor emergieron frías en la espalda de éste, generadas por tres deducciones tardías: La primera y más evidente era que, de haber funcionado su plan, él habría desaparecido en ese mismo instante ya que habría evitado la consumación del acto sexual que lo engendró y por tanto jamás habría nacido. Pero él seguía allí. La segunda razón se debía al hecho de sentir, sin lugar a equívoco, la inaudita limpieza del alma de aquel hombre que le abrazaba, hecho que no cuadraba en absoluto con la circunstancia probada de que su padre abandonó a su madre 37 segundos después de su primer y único revolcón. La tercera y última de las razones, de índole genético-fisiológica, le arrolló en el instante en que el científico se separó de él tras su fraternal abrazo y Avelino pudo contemplar la asombrosa mata de pelo sobre su pequeña cabeza, su cuerpo de corte atlético y una dentadura blanca y perfecta que exhibía con su agradecida sonrisa. Aquel, sin duda, no era su padre.

En ese instante de honda decepción, se acercó a ellos la camarera muy ilusionada y Avelino escuchó impotente cómo su nuevo amigo le dedicaba unas palabras, si bien no subidas de tono, bastante poco corteses. La madre de Avelino huyó hacia la cocina con lágrimas en los ojos y el científico se volvió a Avelino esperando su aprobación por la forma en que la había tratado. Éste echó un vistazo a su reloj y comprobó con horror que apenas quedaban dos minutos para el instante clave.

Dejó con la sonrisa en la boca a su falso padre y corrió en busca de su madre.

La cocina del hotel resultó ser enorme y eran numerosos los camareros y cocineros que la transitaban, pero su madre no estaba entre ellos. Desesperado, salió por la puerta de servicio y allí, en un sucio callejón, la encontró. Estaba tendida sobre un contenedor de basura, con el vestido remangado hasta el cuello, el rimel corrido por las lágrimas y un camarero -el mismo que había servido a Avelino las aceitunas- sobre ella, con los pantalones por los tobillos, embistiéndola sin delicadeza alguna. Al tipo, con la fogosidad del momento, se le había caído al suelo el grasiento peluquín y exhibía una brillante y enorme calva tan sudorosa como la panza con la que tensaba su sucia camisa. Tras unos pocos y torpes golpes de cadera, un estremecimiento sacudió el cuerpo de tan desagradable ser y se quedó, de repente, inmóvil. Avelino, como hipnotizado, accionó en ese instante el cronómetro de su reloj de pulsera. El repulsivo camarero se retiró bruscamente de su madre, limpió con el dorso de la mano la saliva que le caía por la comisura de la boca y se subió los pantalones abrochándose la bragueta. Sólo entonces tomó conciencia de la presencia de Avelino y le dedicó una fea sonrisa que descubrió una boca apenas poblada por media docena de dientes ennegrecidos; se dio media vuelta y comenzó a caminar buscando la oscuridad del callejón. Avelino paró su cronómetro y lo miró conociendo de antemano el tiempo que iba a marcar: 37 segundos.

Sobreponiéndose al trauma de haber contemplado bajo aquellas circunstancias tan deshonrosas el momento exacto de su génesis, Avelino se acercó a consolar a su madre, recibiendo de ella un agresivo rechazo -quizá por su parecido físico al hombre con quien ella se había tratado de consolar-. Aturdido, Avelino se alejó de allí portando una creciente desazón.

Se abría entonces para él un camino inesperado al no poder regresar a su propio tiempo. No había previsto forma de retorno por resultarle, en su momento, innecesaria. Gran error.  Así que no podía hacer otra cosa que tratar de sobrevivir en aquella época procurando, además, pasar inadvertido en todo momento.

Sin tener nada mejor en qué gastar aquellos días repetidos, decidió vigilar en la medida de lo posible a su madre y fue así como se convirtió en testigo lejano de dos tentativas de aborto a las que él, obviamente, había sobrevivido. Tras el tercer intento también fallido y como para premiar el espíritu de lucha que parecía tener aquel pequeño esqueje, su madre decidió alumbrar al niño.

Avelino consiguió hacerse pasar por estudiante tardío de medicina para poder asistir al parto y de esta forma ocurrió el insólito hecho de que Avelino presenció en directo su propio nacimiento. No le agradó contemplar cómo la voluminosa cabeza del bebé desgarraba la única salida que para él existía. Y no se explicó nunca -aunque hubiera estado allí, incluso por partida doble-  cómo médico, matrona, enfermeras y él mismo, distraídos todos por el extraordinario cráneo del recién nacido, pudieron olvidarse de la parturienta, muriendo ésta desangrada.

Fotografiaron a la olvidada fallecida para adjuntar la instantánea a la ficha del bebé y no encontrando rastro alguno del padre o algún otro familiar de la criatura, se vieron en la duda de cómo nombrar al pequeño. El médico dijo entonces que siempre le había gustado el nombre de su tatarabuelo, Avelino, pero que nunca se había atrevido a usarlo con ninguno de sus catorce hijos. Todos decidieron que era un buen nombre. En cuanto al apellido, una de las enfermeras recordaba que la madre habló un par de veces del padre refiriéndose al gordo, así que todos acordaron también que ese sería su apellido. En la documentación de la madre obtuvieron el segundo apellido, no siendo éste otro que Calvo.

El Avelino adulto decidió observar el crecimiento de sí mismo desde tan cerca como le fuera posible. Sin embargo no consiguió hacer gran cosa durante el periodo de confinamiento del pequeño en el orfanato, época que duró veintitrés años. En todo ese tiempo Avelino adulto pudo reflexionar acerca de lo que debía hacer con su doblemente absurda existencia y se propuso no perderse ojo a sí mismo hasta el momento preciso de su regreso al pasado. Llegó al convencimiento también de que debía hacerlo con la máxima discreción puesto que ignoraba los efectos que podría generar sobre su yo joven el que se encontraran alguna vez cara a cara.

Así, cuando el Avelino veinteañero salió del orfanato y comenzó a cursar estudios universitarios, tuvo siempre, sin saberlo, la sombra de sí mismo con treinta y tres años más. El cada vez más demacrado Avelino viejo fue espectador de lujo de la prematura caída de pelo de su yo joven, así como de su encarnizada y desigual lucha contra la obesidad creciente y el inexorable deterioro de su dentadura. Sobra decir que mientras observaba todo aquello, el viejo Avelino fue perdiendo los pocos dientes que conservaba y sus holgadas carnes se fueron descolgando para desfigurar aún más su ya de por sí deslucida figura. Hubo, no obstante, algún hecho agradable en aquella vida por dos veces gris, como el día en que Avelino joven pudo adquirir un apartamento en los bajos de un edificio nuevo. Dicho edificio, por cierto, había sido casualmente levantado sobre el mismo lugar en el que veinte años antes se había erigido el hotel donde trabajó la madre de él y él. 

Poco a poco se acercaba la fecha en que el Avelino joven viajaría al pasado y el viejo Avelino ideó un nuevo plan para acabar con la ingrata existencia de ambos; se colaría en su propia casa inmediatamente después de su yo joven y usaría la máquina para regresar él también a la noche fatídica. Una vez en el restaurante se impediría a sí mismo ir a hablar con el científico evitando de este modo que su madre acabara en las sucias manos del grasiento camarero, anulando, por tanto, su engendramiento.

Sí, había sido una espera larga pero por fin lograría hacerse desaparecer. Conseguir la llave de su propia casa no fue ningún obstáculo pues cuando regresó la primera vez en el tiempo dejó una copia olvidada en su bolsillo y la conservaba desde entonces.

De esta forma, seis días después de su sexagésimo sexto cumpleaños, se introdujo en la casa de su yo joven y no pudo dejar de admirar con orgullo la elegante belleza de su máquina del tiempo. Antes de nada, tuvo la brillante precaución de retrasar en un par de minutos las coordenadas temporales para no fundirse consigo mismo sobre el retrete del baño del restaurante, con las imprevisibles consecuencias que aquello conllevaría. Después se introdujo en el artefacto y accionó la palanca, pulverizándose como esperaba.

Se materializó de nuevo sentado en el ya conocido inodoro, que esta vez no estaba frío pues las nalgas de su yo joven se habían encargado de templarlo. Volvió a experimentar, eso sí, las mismas terribles ganas de comer aceitunas negras. Salió del baño para apoyarse en la barra todo lo alejado que pudo de yo joven y pidió al perplejo camarero -sabiendo ahora que era su padre- tres raciones de aceitunas negras y un agua sin gas, pues hacía años ya que las burbujas le sentaba mal. Cogió los tres platos y el agua y decidió sentarse en una mesa algo retirada pero con buena perspectiva de sí mismo, para alcanzar a detenerse en el momento óptimo. Por largo rato observó, comiendo aceitunas, cómo su yo joven comía aceitunas. En el preciso instante en que Avelino joven se levantó creyendo erróneamente dirigirse a cumplir su misión, Avelino viejo se levantó para impedírselo y lograr así que se cumplieran las misiones de ambos. Pero con tanto ímpetu se levantó el viejo Avelino que el hueso de la última aceituna deglutida se le atravesó en la tráquea, bloqueando el paso del aire a los pulmones. Avelino viejo apenas pudo avanzar un par de metros y después se derrumbó en el suelo, con las manos en la garganta y el rostro cada vez más amoratado. Un tumulto de personas se arremolinaron ante él sin saber muy bien cómo actuar. Uno de ellos pidió a gritos un médico y en ese momento Avelino joven giró su cabeza hacia el corro que ocultaba a su yo viejo agonizante. Avelino joven no iba a dejar que un incidente ajeno a él abortara su misión y se dirigió, muy decidido, a aquel hombre delgado, de espeso cabello y perfecta sonrisa que trataba de embaucar a su madre.

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