De todas las historias que estas fantasiosas gentes me han referido, ninguna me ha cautivado tanto, como aquella del Guagua Ñawi, contada por los vecinos de la Villa de Quito. Talvez porque a diferencia de otras tantas que he relatado en mis crónicas para Su Majestad, en esta, pude reconstruir a través de numerosos y consistentes testimonios, gran parte de los eventos que envolvieron a este personaje en un halo de misterio que ha trascendido hasta hoy, décadas después de su muerte. Tuve la fortuna, por decirlo de alguna manera, de conocerlo cara a cara, y escuchar de viva voz, su confesión ante las autoridades cuando fue tomado prisionero.
Bordeaba los diecisiete años cuando fue ejecutado en la horca, el día de San Atanasio, de ahí el origen de la procesión de San Atanasio que se celebra hasta estos días cada dos de mayo, para conjurar el nacimiento de demonios con sed de sangre. Es por eso que cuando hablan de él, los indios se persignan cada vez que dicen su nombre, y los mestizos y blancos no lo mencionan jamás. Pero conocen la historia, sobre todo las mujeres, porque la leyenda del Guagua Ñawi se ha sazonado en las cocinas de las mansiones y casas señoriales, entre murmullos de criadas.
Dicen pues, que en un importante convento de la Villa, una monja criolla bien nacida,
asistida por una discreta partera india, dio a luz un enclenque sietemesino. La comadrona, experimentada en estos menesteres conventuales, se hizo cargo de todo, incluso del infante, se lo llevó como había hecho ya tantas veces con los hijos de pecado. Gracias a ella dos o tres conventos, así como algunas docenas de damas, conservaban la honra y el buen nombre. Nunca sabía a ciencia cierta que hacer con los pequeños, por lo regular encontraba familias indígenas que los aceptaban como hijos propios. Ella misma había criado tres de ellos. Pero esta vez, no estaba tan segura de encontrar quien lo quisiera, estaba demasiado débil como para sobrevivir y a nadie le interesa un hijo medio muerto.
Estaba amaneciendo cuando pasó por la quebrada de las Tenerías del Tejar, se encontró con su compadre, evacuando la tinaja de inmundicias que recogía de los solares aristócratas, por lo que ganaba un salario, con el que apenas lograba alimentar a su mujer y a sus cuatro hijas. Al ver a la comadre con el chiquillo en brazos, el hombre se acercó a mirarlo, era un varón, el varón que a él le faltaba.
Desde que pudo caminar acompañaba al padre a su inmunda labor, en la carreta tirada por una mula. Recogían juntos en la tinaja el contenido de las bacinillas ilustres. El niño al que llamaban Guagua Ñawi, por los ojos grandes y negros cercados de espesas pestañas, se acostumbró a los hedores y putrefacciones como cosa natural. No sentía reparo alguno en comer o dormir en la carreta junto a los pondos nauseabundos que brincaban con cada piedra del camino salpicando su espeso caldo.
Igual que el padre hizo suya la costumbre, antes de volver a la choza, de zambullirse en
las limpias aguas del Machángara, para luego echarse sobre las matas de menta que crecen en sus orillas. Hablaba poco, nunca con su madre o hermanas adoptivas. Realmente era para ellas un extraño, una especie de fantasma, que dormía en un rincón junto al perro, que no pedía nada, ni el calor de la lumbre, ni agua, ni comida. No es que no tuviera hambre, muy al contrario, siempre estaba satisfecho, porque era capaz de comer cualquier cosa que sangrara, le daba lo mismo una rata, que un pescado, un gato, que un corazón de cabra. Entonces no le resultaba difícil proveerse de alimento; la quebrada de las Tenerías, así como la de Unaguayco, que son las cloacas de la Villa, desbordaban como hasta hoy, de ratas, perros, gatos y gallinazos.
El intenso olor a sangre que flotaba en el aire cada miércoles, día de faena en el rastro, le descubrió el camino al que sería uno de sus manjares predilectos: abortos de ganado, criaturas a medio cuajar, cuyo solo pensamiento de la sensación viscosa en el paladar, le producía enorme placer, hacía fluir su saliva con cierto sabor que lo transformaba en una bestia, capaz de destrozar a quien se interpusiera entre él y la presa. No hacía como los indios, que esperaban la orden del matarife, para recoger los mondongos, y piltrafas inservibles; él aparecía como diablo, entre los montones de vísceras y tripas, tomaba el bocado, lo engullía a la vista de todos, quebrando con los dientes los tiernos huecesillos, mientras hilos rojos le rodaban por las comisuras de la boca. Y desaparecía.
Creció fuerte, con pelaje de caballo fino. Fiel compañero del padre, que lo llevaba todas partes, menos a misa, porque nunca lo bautizó. Según testimonio de su madre adoptiva,
lo vio por última vez en una fiesta de Corpus Cristi, cuando todos los caminos convergían en la Roma que era Quito. Venía gente de todas partes con cirios, granos, frutas, hierbas aromáticas. Ese día Guagua Ñawi, había trabajado solo en las cloacas, para que el padre disfrutara de la holganza. El guarapo circulaba abundante mezclado con licor de caña, las danzas se extendieron hasta la madrugada. Encontraron al viejo, tirado en una zanja, muerto de borrachera, ataviado con pelos de cabuya y plumas en la cabeza. El mozuelo no volvió a la choza desde entonces. Hizo su vida en los extramuros, en los basurales y rincones fangosos. Jamás volvió a pisar el centro de la plaza, ni volvió a beber de la fuente pública, ni caminó bajo el arco que quedaba en la entrada de la ciudad.
En las casas señoriales se comentaba de su existencia, pero nadie lo había visto jamás, pues nadie que no recorriera los arrabales podía haberlo hecho. Pero era conocido por las lavanderas y por los hombres que lavaban sus sobacos a las orillas del río donde él solía echarse. También por los matarifes, que lo descubrían como zorro merodeando el matadero. Es así que se volvió una leyenda difícil de creer, que servía para asustar a los niños, donde el Guagua Ñawi era una clase de demonio, que se comía a los niños zafios, los devoraba con su filosos colmillos y garras de tigre, como los que hay en Quijos.
A la cuenta de dieciséis años, un miércoles de Semana Santa, el mozo, esperó en vano la
matanza de animales, nadie llegó. Se conformó con un par de ratas desprevenidas. El sol empezaba a ocultarse, cuando emprendió la retirada, algo en el aire llamó la atención a su olfato, era sangre, sangre de criatura a medio cuajar. Se dejó guiar por el instinto. El
aroma provenía de una casa amurallada, lo podía sentir claramente. Se encaramó por los tapiales, saltó hacia un capulí, desde donde divisó un patio bordeado de corredores, se quedó inmóvil varios minutos aguzando los sentidos. Vio salir de unas habitaciones, a una criada, que empezó a arrancar hojas de limonero, su delantal estaba manchado de sangre.
Bajó del árbol sigiloso, al amparo de una espesa neblina que descendía. Se acercó a la ventana del aposento, entre las cortinas vio unos candiles encendidos que iluminaban a una joven, quizá de su misma edad muy pálida, tendida en una cama. Puso atención a su rostro blanco, a su cabello claro tejido en dos trenzas, a sus ojos tristes a punto de apagarse, a su boca roja entreabierta. Guagua Ñawi, sintió una ansiedad tan intensa como la urgencia de sangre, tan fuerte como aquella, pero no nacía en el estómago, ni en los pensamientos, ni en el sabor de su saliva. Era un vacío en el pecho, una angustia desconocida, un incontrolable deseo de abalanzarse sobre la presa inmóvil, de rozar su piel tibia, de hundir la nariz en sus cabellos.
La cama se inundaba en la sangre de la joven, las criadas cambiaron las sábanas y la estera, las pusieron en una cesta y salieron con ella al patio. Guagua Ñawi empujó la
puerta sin seguro, las ansias le llevaron a estar sin darse cuenta sobre la enferma, y por vez primera se sintió confundido, sin saber que hacer. Pasó su nariz por el rostro, por la boca, respiró el aliento, levantó la bata, palpó con sus manos el cuerpo. Un calor súbito
le invadió entre las piernas. Recorrió con su quijada el vientre abultado, llegó a la cima y fue bajando, separó las piernas, y el olfato fue directamente a la fuente del placer de placeres, sintió en su boca el sabor de la saliva que conocía tan bien y entonces la confusión desapareció.