Matilde me apremiaba cada día un poco más. Era difícil convencerla de algo. Estaba en ese estado de incredulidad total que la incapacitaba para entender un simple sistema de ecuación matemática como dos más dos. Para ella, claro, no eran cuatro, y ahí comenzaba la puesta en escena con mucha dramaturgia, cargando la mano en un personaje impostado sin duda, pero que hacía sobre mis nervios el efecto de un erizo bajo la almohada. Todavía nace y no has comprado el colchón de la cuna, exclamaba al borde del colapso; siempre dejas todo para última hora. Y continuaba por ese camino la letanía de responsos inacabables. La canastilla, ¿cuándo voy a comprarla? Dime, dime. Vamos a tener que envolver a la inocente criatura en papel periódico y acostarla en el piso como sigas sin resolver la cuestión.
La cuestión resultaba bastante espinosa, En otras palabras: estaba con la soga al cuello y sólo esperaba que de un momento a otro me quitaran el banquillo debajo de los pies, y quedara colgando en el aire como un maniquí sin relleno que el viento pendonea a su gusto y capricho.
Pero como dios aprieta pero no ahoga, según dicen los viejos, y como ellos han vivido más y sobre este particular al parecer cuentan con experiencias nada despreciables, un día leí en la prensa, casualmente porque hacía mucho tiempo no miraba un periódico de frente, la convocatoria para un concurso de narrativa. En estilo conciso, muy escuetamente, la nota informativa reclamaba varias cuartillas, con original y dos copias, escritas a dos espacios y treinta líneas de sesenta golpes cada una. Un solo cuento. Cuatrocientos pesos al ganador. No puedo negar que esos cuatrocientos pesos me entusiasmaron de inmediato. Comencé a calcular lo útil que sería tenerlos en mi bolsillo, a mi entera disposición, y ya no dejé de soñar. Compro un bombillo para el baño y otro para la escalera, donde ya he tropezado varias veces y he estado a punto de romperme la nuca en esa pendiente dispuesta a cuarenta y cinco grados en cartabón, donde al final uno ni encuentra la cerradura. El colchón, la canastilla, algunas otras boberías, y después de estos gastos necesarios, tal vez me quedaran todavía veinte o treinta pesos para concluir el mes con vida.
Así las cosas, con ese objetivo por delante, y la luz como una esperanza que se vislumbraba al final del túnel, inicié gestiones apresuradas con la finalidad de capacitarme para la tarea en mente. No era nuevo para mí la estrategia del cambio, y ya estaba entrenado en los trajines de adaptarme a situaciones de emergencia que me planteaba el destino, aunque con este nombre se enmascaren sucesos sobre los cuales uno no tiene ascendiente. Consulté a varios amigos, pero ninguno supo darme la dirección correcta del nuevo camino. El tiempo era mi principal enemigo, el concurso no esperaría por mí. Nadie pudo tenderme la mano, pero en las conversaciones alguien mencionó un nombre y dijo que era el único que podía ayudarme. Yo me hice el chivo con tontera cuando lo oí mencionar, sin embargo, no eché en saco roto el apunte. Lo estuve considerando largo rato, hasta que decidí jugarme esa carta, porque de lo contrario aquí terminaba mi empresa, apenas sin comenzar. Hablé con el intelectual de la coleta que vive aquí al doblar la esquina de la casa, mi única y última carta. Muy fino él, demasiado para un hombre, creo yo. Pero, a fin de cuentas, tuve que admitirlo, no iba a acostarme con él, sólo solicitaría su asesoramiento calificado, es todo. Como un tutor para una tesis de grado. Lo digo por si las moscas huelen la fetidez del asunto no hagan revuelos que atraigan las miradas, ya se sabe, alguien me ve frecuentando su compañía, le pasa la voz a otro, aquel lo comenta con alguna comadre, la comadre sigue la cuerda y en breve estoy enredado en una telaraña mayúscula de la que no me desataría tan fácilmente. Y si los amigos se enteran me desacreditan frente al barrio. Eso sin contar a Matilde, embarazada y a punto de parir, este golpe la dejaría anonadada. El intelectual de la coleta, en nuestra primera entrevista, no bien le hube expuesto mi plan de ataque, me recomendó agenciarme una extensa bibliografía. Así nombró la retahíla de libros, artículos, ensayos, prólogos, decálogos, dodecálogos y no sé cuántas cosas más que me aconsejaba leer para entrar en calor. Lo primero es entender de qué se trata, lo demás viene solo.
Aunque el relato no es mi fuerte, sino la dramaturgia, me explicaba Ramoncito, Mongui para los amigos, te reuní una bibliografía bien completa. Biblioqué, le espeté. Bibliografía, o sea libros, revistas, artículos que tratan el tema. Ah, bueno, y tendré que leérmelo todo para chocar la bola, ¿noesasí?
Cierto, respondió Mongui. De cualquier manera tienes que poner de tu parte, tampoco es coser y cantar. Sin embargo, me fue imposible conseguir la "Carta a un aprendiz de cuentos", de la mexicana Guadalupe Dueñas.
Seguro seguro que las oficinas de correos del país azteca tienen retrasos en la entrega de la correspondencia. Es normal la demora, ¿no crees?, dije yo.
No importa, dicen los entendidos que allí hay mucho de Poe y de Horacio Quiroga. Así que podemos pasarla por alto y no habrás perdido mucho. El grueso de los materiales ya lo tienes en tu poder.
Cuatro meses atrás, me había quedado sin trabajo de pronto. Sucedió tan de repente que no alcancé a recuperarme del imprevisto. Yo era técnico en un almacén, y un buen día el techo de aquello se derrumbó. Fue el acabóse. Primero se sintió un estruendo como de fin del mundo, como si un pedazo de cielo descendiera sobre nuestras cabezas. Las paredes se cuartearon y un terremoto sacudió hasta los cimientos del edificio y por primera vez pensé en la salvación de las almas. Después, trasladaron el almacén para el mismísimo infierno. Tenía que levantarme a las cinco de la madrugada y cambiar dos veces de ómnibus para llegar temprano y que no me pasaran la raya roja. En ese entonces, Matilde empezó con los vómitos y mareos. Se sentía pésimamente y a cada rato me pedía algo: un vaso de agua, aspirinas, la leche.
Era un fastidio, la verdad. Me quería a su lado. Cada vez que me levantaba a trabajar, ella también abría los ojos automáticamente. Acuéstate, decía Matilde, no me dejas dormir. Tengo que ir a trabajar, Matilde, se me hace tarde. Ay, chico, prepárame un batido de mango y tráeme galleticas.
Aquello no tenía para cuando acabar. El resultado era que no ponía un pie fuera de casa sin la protesta de ella.
Como resultado, tuve que ponerme a trabajar en una ponchera aquí mismo, cerquita. Enderecé llantas, eché aire a las gomas, puse rayos, pinté bicicletas. Como alternativa, después de nuevas protestas y llantos pasando como incomprendida, también llené fosforeras en una mesita baja, mientras ella me vigilaba y fastidiaba y su barriga iba creciendo día a día. Mil y un inventos para que Matilde no se sintiera sola.
Mira, me dijo Ramoncito después, si de verdad te interesa puedo presentarte a un cuentista experimentado, con varios libros publicados en el género. Nonono, gracias. Creo que esto me basta. Lo que no le confesé es que no tenía derecho a expresar abiertamente mis reservas respecto a esa gente, y menos a él que se había tomado tantas molestias conmigo, y de seguro se les parecía de una u otra manera.
Recuerdo que años antes me llegó la inspiración, como llaman a la inquietud interna que no te permite vivir tranquilo hasta que la sacas afuera. Algunos poemas salieron de mí sin apenas darme cuenta. Fue recién cuando conocí a Matilde, en una zapatería. El corazón se me puso blandito como un pudín, y me dio por la sensibilidad, y andar como colgado de las nubes, vagando en franco desafío a la gravedad terrestre, como dicen que pintaba a las personas un ruso que más tarde emigró a Francia llamado Chagall. Pero eso que me parecía tan bueno, que tanto bien me hacía, cayó hecho pedazos cuando un amigo me confió en secreto que componer poesías se consideraba pajarería de alto grado, que los hombres de verdad no andan llenando los papeles con versitos y esas cosas. Suéltalas rápido, me conminó, la mayor parte de los escritores bailan en otra cuerda. Es la debilidad del gremio, mi socio, y me exhortó: suelta el tizón mientras no te queme.
Me puse en guardia de inmediato, porque nunca he querido problemas de esta índole. Comencé a indagar por aquí y por allá, y efectivamente, a los del ramo les gusta la diversión. Hasta llegué a preguntarme si de veras eran literatos u oftalmólogos, y buscaba la oculta relación entre la literatura y el ojo que no ve, el ciego, ese perdido más abajo de la espalda. Esos fueron mis pensamientos de entonces; con esas reflexiones dejé la poesía a un lado y me concentré en Matilde, no fuera a ser que me metieran también a mí en el potaje, a mí que nunca me han gustado los frijoles.
Desde esa época no había querido caer en el hueco nuevamente, y ahora, sin embargo, la necesidad me obligaba a tirarme de cabeza en el pozo y tratar de salir seco. Una labor de mago, si se piensa dos veces. Pero no tenía tiempo para malgastar en pensaderas. Cuatrocientos pesos me harían de pronto un hombre solvente, al menos por un mes, o dos semanas, si descontaba las compras urgentes y algunos problemas que se habían ido acumulando. Los problemas siempre se acumulan. Uno los mira desde arriba, desde abajo, se aleja un poco para no tenerlos a mano, pero ellos mismos se encargan de acercarse, y cuando lo hacen vienen en grupos, se reúnen todos y tocan a la puerta. Al sentir los golpes debes abrir y salir con el pecho abierto. A eso le llaman enfrentar los problemas.
No sé cómo ,Matilde se enteró de mis propósitos de escritor. Una noche me capturó con el montón de libros y por poco le da un ataque. Ahora sí te volviste loco de remate, chiflado sin remedio. Estamos con una mano delante y la otra detrás, tu hijo está por nacer y tú leyendo libritos como un príncipe. Has cambiado tanto de trabajos en los últimos meses que no dudo te ejercites para colocarte como lector de tabaquería.
Qué tabaquería, Matilde; no intentes encender tabacos a esta hora, por favor. Debo estudiar. Con un cuento, fíjate bien, con un solo cuento, me limpio el pecho. Resuelvo todos nuestros problemas. Así que déjame tranquilo. A ti por lo visto te vuelven las crisis cada cierto tiempo, me decía ella. ¿Te acuerdas de las poesía que me escribistes al comienzo? No me recuerdes eso. ¿Por qué no? Eran muy bonitas. A mí me gustaban. Una vez me diste a guardar un cuento o lo que fuera. Hasta me hiciste mecanografiarlo. Era corto, pero interesante. A lo mejor te sirve para tus propósitos y te sales de esa locura de libracos. Debe estar en alguna de las gavetas. Ah, sí, aquí está, aunque debieras ponerlo al derecho, así no hay quién lo entienda. El título es bastante raro: “Casi Palindroma”. Y eso, ¿qué diablos será? Y yo qué sé, Matilde. Una enfermedad o algo así. Déjame verlo.
Palindroma casi.
. Revés al mundo este para respuesta la descifrar logre que seguramente aparecerá alguien. Arriba patas todo puesto ha que la guerra la es. Derecho anda nada ya. Agonía, sangre, insultos. Babel gran una como, mucho entendía se tampoco mismo él y prójimo su a comprendía nadie. Pelea una esquina cada en. Pie en idea una, sano hueso un, intacta cabeza una quedó no. Coincidencias de remanso un hallar sin dilataba se cadena la, así... Pobreza la a ricos los, ricos los a pobres los, anárquicos los a estoicos los, estoicos los a escépticos los, escépticos los a altruistas los ,altruistas los a eclécticos los, eclécticos los a incriminaban grupos ambos. Sí entre luchaban también pensadores los y otros a unos acusaban se soldados los entre aún pero. Soldados los a pensadores los y pensadores los a culparon guerreros los. Vainas sus de salieron aceros los y pronunciadas fueron palabras las y. Sangre la brotar hacen que las espadas las son pero, hieren palabras las.
¡Madre mía!, yo nunca escribí algo semejante. Ahora ni recuerdo de dónde lo copié, porque lo seguro es que lo haya copiado. Si me exprimieran el cerebro no sabría decir quién rayos es su autor y mucho menos los motivos que tuve para copiarlo. Sería la curiosidad de encontrar un escrito virado de cabeza.
Aquella vez le hice creer a Matilde que lo había escrito yo. Si se llega a enterar de la verdad echará chispas por las orejas y en su estado no le conviene enfurecerse. Lo mejor será cambiar de tema para que no fije esas ideas.
Cómo empezar el cuento. He ahí el punto escabroso según aquellos que tienen una experiencia probada en estos menesteres. Las primeras palabras definen no sólo el contenido sino del texto completo. El otro escollo a sortear es definir quién contará la historia, Esto es, si voy a darle la voz narrativa a un orate, tanto las cosas que cuenta como la forma en que las cuenta deben por fuerza ser cosas locas o medio locas. En tanto si me decido a utilizar un niño como narrador principal, la inocencia y el lenguaje sencillo, una imaginación de acuerdo con esa temprana edad, deben prevalecer. Esto es bueno recordarlo porque de ahí depende la credibilidad de lo que se cuenta. Son convenciones, como la misma literatura en general. Con palabras se levantan castillos, se cabalga o se rompen las compuertas de un dique; todo habrá de hacerse con palabras. De palabras será, entonces, las piedras del palacio, el caballo y su jinete y también el agua que irrumpirá impetuosa por el terreno inundado, arrasando a su paso los caseríos y los sembrados. Es el reino de las palabras Otra particularidad de gran peso, será conceptuar en esencia lo que es un cuento. No es un avión, eso lo sé. Aunque este señor, en sentido figurado claro está, dice que el cuentista no levanta vuelo para ir a todas partes: él sabe, antes de despegar, hacia dónde se dirige. Aquí el avión, pero más tarde lo compara con un tigre: es el tigre de la fauna literaria. En qué quedamos,?tigre o avión? ¿Un tigre que vuela o un avión felino? Otro dice que el cuento y la novela se dejan comparar con la fotografía y el cine, aunque después los mete a boxear y el cuento debe dar golpes precisos y ganar por nocaut. Allá, una mujer nota la similitud entre escribir un cuento y una poesía lírica, porque ambos, uno y otra, son rápidos como un chispazo. Brevedad, economía, tigre, boxeador, avión, arco y flecha., concentración, fotografía. Muy bien, para eso son escritores, para mover el paisaje de las palabras; pero, en fin, ¿ qué diablos es un cuento? A este ritmo comprenderé mucho de nada. Palabras, palabras, palabras; unas diferentes a las otras. Mas, como decía mi abuelo, cortando guevos se aprende a capar. Y esta gente se ve que ha cortado bastantes, por lo que sé. Mejor dejo la cosa así y salgo a coger un poco de fresco. Parece que las teorías abundan, pero el cuento que debes escribir, ese nadie puede mostrarte cómo hacerlo.
Un cuento se hace y después se explica. Después viene la teoría. Primero hay que hacerlo. Y yo, como dice el dicho, no hice el cuento, aunque quedé vivito y coleando. Y agradecido por la experiencia. Tal vez algún día vuelva a intentarlo, pero por ahora lo he dejado descansar. Me sentía como el señor de aquel chiste muy manido que es dueño de un perro cuyo nombre es Cuento.
Una mañana el perro amanece con catarro y de la afección respiratoria el perro muere. Muerto el perro se acabó el Cuento.
Matilde me colmó de alegría cuando dio a luz a nuestra hija, y gracias a Dios no tuvimos que envolverla en periódicos ni acostarla en el piso. Es cierto que no pude escribir ni una sola de las cuartillas que exigía el concurso. Sin embargo, las noches de estudio continuo, las horas que le robé al embarazo de Matilde, no fueron completamente improductivas. Poco a poco, apenas sin darme cuenta, de tanto leer la bibliografía que me prestó Monguito, me convertí en un experto en géneros narrativos, en un teórico pasable, que sin ejecutar directamente la literatura, sí podía entender el entramado, las estructuras, personajes, escenas y otras truculencias imprescindibles. Ahora trabajo cerca de la casa como asesor literario.
He dejado de llenar fosforeras, coger ponches y vender plátanos. Me dedico a vivir del cuento, así, literalmente. Y si todavía no he logrado cortar mis primeros guevos, como advertía mi abuelo siempre que se tratara de aprender algo, mi nueva ocupación me ha ofrecido la oportunidad de machacar algunos.