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Fernando Pérez Medina, Teresa Garrido González y (Marco y Heidi)

Love is strange



Una vez escuché decir a Ana María Matute que lo más difícil al escribir una historia es encontrar la frase de apertura. Cuando uno da por fin con ella, el resto viene rodado, como el canto de Sísifo. Parece entonces como si las palabras hubiesen estado ahí puestas desde el principio de los tiempos, mientras un pobre mortal se devanaba los sesos intentando acariciarlas, siguiendo su rastro entre las brumas y las sombras de una película expresionista. Muda, por supuesto. Por eso decidí ahorrarme ese molesto tiempo de espera que acompaña a cualquier presentación, incluso en power point. Sin darme cuenta ya le había pegado una patada a una musa (te lo merecías vieja, crecida y creída casquivana esquiva) y decidí que fuese ella, mi desconocida amiga de tardes dominicales de sofá y viento, la académica del sillón K, quien, con mi autoestima completamente destrozada, empezase por mí esta historia.

Sí, lo reconozco. En el fondo y en la forma, siempre fui un gran defensor de las salidas fáciles, los atajos señalizados y las líneas rectas que unen dos puntos en ninguna parte. No es que me faltara valor, es que me daba pereza tratar de reunirlo. Cuando estás atrapado como una polilla en una sucia habitación iluminada sólo por una bombilla de bajo consumo, simplificar las cosas no resulta una mala decisión. Recuerdo vagamente el día que decidí no complicarme nunca más la existencia, estirar la indolencia hasta su límite y después ir unos palmos más allá. Una nube había descargado tan sólo unas horas antes sobre la Ciudad Universitaria y la clase se encontraba infestada de púberes baladreros que consumían mi ración diaria de oxígeno. Escuchaba a Pilar —de quien siempre estuve secretamente enamorado, a pesar de que sus caderas fueran como las laderas del Guirizu— explicar, entre los efluvios de una indisimulada resaca y tirando de su carisma de mercadillo y plató de Globomedia, la teoría de la adquisición individual del lenguaje de Noam Chomsky, esa marca registrada de la disidencia de salón y tentetieso.

En ese preciso momento me di cuenta de que Pilar, aquel desigual y objetivado objeto de deseo, había dejado de interesarme. A partir de ahí, nada tuvo un sentido concreto para mí. Si las cosas dejan de importar se convierten en excusas de moderada levedad. Definitivamente, y analizándolo muy por encima, debió ser justo entonces cuando decidí convertirme en un mero simulacro mal ejecutado de mí mismo. No tenía necesidad ni ganas de justificarme, de rebuscar en el vertedero de las excusas y los pretextos. Aquella fotocopia difuminada de mí mismo me resultaba más auténtica que el original. Comencé a vagabundear, a caminar en círculos, a dejar de preocuparme por llegar demasiado tarde o cuando todavía no había aparecido nadie ni se le esperaba. Paré. En seco. Freno de mano. Punto muerto. No te olvides de cerrar la puerta y arrojar la llave por la alcantarilla. Ya no tenía ganas de tirar hacia adelante, como me recomendaban esos seres extraños y apenas reconocibles que decían ser mis amigos, y mucho menos de mirar hacia atrás. Tierra quemada, irrecuperable. Mi familia... Bueno, en casa hacía tiempo que todos los días eran como una cena de Navidad sentado al lado de un cuñado ebrio. Me convertí entonces en el tipo al que miras de soslayo, ése al que no compadeces tanto como agradeces que te reconforte con su aparatosa desgracia. Yo era el pesebre de su conformismo. Como todos, había renunciado. La única diferencia es que yo lo asumía, lo aceptaba y estaba comenzando a disfrutarlo.

Poco a poco, sin empachos, pero con un sobre de sal de frutas en el bolsillo, dejé a un lado mi maniática costumbre matinal de repasar mi geografía personal de curvas y discapacidades frente al espejo. Mi cuerpo pasó a ser una abstracción desapasionada. Hasta entonces, me deleitaba con los detalles insignificantes que sólo yo podía descubrir, como el prurito incontrolable en la pantorrilla, el sarro que convertía en estatua de sal mi sonrisa casi beatífica, la arruga de la camisa que no había detectado ese radar de precisión que era la implacable plancha de Ana o los cordones deshilachados de las deportivas raídas... y, en general, un revoltijo de nimiedades, necedades con las que intentar matar el tiempo antes de que éste se revolviera y me disparara certero entre ceja y ceja. A veces me enervaba pensado en todos los momentos absurdos que había perdido y que ya no podría recuperar para derrochar de algún otro modo más satisfactorio. En venganza, disfruté rompiendo las listas que había elaborado con insistencia durante mis 22 años y un día de preocupada existencia. Aquel inútil ser que decía ser dueño de mi pasado hacía listas para todo. Listas de la compra, listas de cosas por hacer y de asuntos por deshacer, listas de defectos, de virtudes, de cualidades indeterminadas... Listas de las mejores listas. Listas de listas a las que podía pedir los apuntes… Después, según mi antiplan magistral, fui improvisando pequeños desajustes que me permitían olvidarme del tictactictoc del tiempo. Retrasé al azar mi reloj de pulsera. En mi nuevo orden mundial las tres podían ser las nueve y viceversa. Las agujas giraban según mis designios, de modo que recuperaba los días pasados como quien reutilizaba el filtro del café. A veces, ni siquiera pasaban. Por un tiempo todo fue otoño. También me acompañé de alguna costumbre que me permitía espantar a la gente según mi antojo. Pensé que llevar un calcetín de rombos en el bolsillo derecho de mi gabardina me ayudaría en tales menesteres. Cuando alguien se acercaba más de la cuenta le sacaba el calcetín, sin acritud, pero con insistencia. Algunos me tomaban como un tarado cualquiera; otros, los más, me respondían con una cínica sonrisa que a mi vuelta habían convertido en una crítica vulgar y carente de originalidad. Bipolaridad, diagnosticaron los más perezosos, embotados de teleseries de sobremesa y tertulias de cantamañanas. Los menos, con un criterio más ajustado, aseguraban que tan sólo era una obscena obsesión con el tacto del cashmere escocés.            La toma de decisiones era, no obstante, un problema. Cuando una diatriba golpeaba mi cabeza como un percutor eléctrico volvían los fantasmas del raciocinio. Hubiese querido sortear los acontecimientos, lo justo para no tener que tomar decisiones, aunque no decidir no dejara de ser una opción más de la inaceptable baraja de posibilidades. A medida que pasaba el tiempo en mi reloj deformado estaba más seguro de que las ideas eran un estorbo para las emociones. Finalmente, decidí que mi mano afrontara la responsabilidad. Por la mañana, a veces por la noche -según dictase mi reloj de pulsera- escribía en mi mano un NO o un SÍ en Times New Roman, con versales y a cuerpo 12. Así, cuando alguien me preguntaba, yo le enseñaba la mano. «¿Ramón, quieres ir a tomar una cerveza?» La respuesta, inequívocamente, era un NO como una maNO. «¿Ramón, quieres ir a casa?» La respuesta, inequívocamente, era, también, un NO. Aquello, por supuesto, no terminaba de convencer a los que me rodeaban, ni siquiera a los que me rehuían. A veces, la falta de coherencia los dejaba paralizados, así que mi mano tenía que intervenir levantando en singular gesto el dedo corazón. Por suerte, hay un lenguaje universal con el que nadie se pierde en la traducción. Todo marchó según mis “no planes”. Una cerveza caliente sentado en un banco de la plaza de Tirso de Molina se convirtió en una de las opciones que más detestaba, y por lo tanto en una cita que de ninguna manera podía tachar de mi apretada agenda. Cumplía cada día con el ritual, tronara o lloviera sobre mojado. Celebré el día de la No Fiesta Nacional, el día de la No Natividad, el día de los No Santos Inocentes y así un corto y selecto etcétera. En tan sólo unos meses, puede que fuesen años o días según mi reloj, me había convertido en una isla. Y alrededor, un desierto. El silencio duró lo que tenía que durar, ni más ni menos, hasta que un día, sonó un teléfono. Hacía tiempo que había arrojado mi viejo Nokia de hormigón blindado al inodoro, para comprobar si era sumergible. Afortunadamente, el Fokker celular (como lo llamaba Pilar por su color rojo oprobioso, similar al del triplano de Manfred Von Richthofen, con el que probablemente también compartía fecha de fabricación) no sobrevivió. Así que, aunque aquel artefacto de última degeneración que exigía mi atención al ritmo del «Love is strange» de Buddy Holly no era mío, no pude evitar que mi curiosidad adormecida reclamara su derecho a ser feliz por una vez, sin que sirviera de precedente, desde luego.

Apreté el botón verde y contuve la respiración. Sin dejarme tiempo para pasear por cualquier lugar común, al otro lado del armazón de policarbonatos, litio, coltán y silicio brotó una voz dulce y cálida, saltarina pero acogedora, firme pero melodiosa. Los adjetivos me agotan y se agotan. Sentí como varios planetas estallaban en mil pedazos en mitad de la más desoladora inmensidad y yo volaba en uno de esos cascotes incandescentes, ajeno al desastre, feliz por su inminencia.           

—Creo que aún no lo sabes, pero estoy destinada a cambiar tu mundo. Hoy he descubierto que tengo que salvarte -dijo la voz a varios adjetivos pegada.

—Disculpa, creo que te has confundido. El camino hacia la redención se coge por allí, al fondo a la derecha —contesté sin pensar, fiel a mi estilo de resultar incluso más tonto de lo que inicialmente pudiera parecer. Pero esta vez tenía coartada. Estaba aterrado. Antes incluso de escuchar su heraldo de felicidad, ya había intuido que aquella voz no mentía, que venía a rescatarme del abismo para colocarme en algún otro barranco. Me daba igual precipitarme. Sólo quería que me empujara ella.

Colgó sin más, y durante días, meses según mi reloj de pulsera, esperé que el milagro volviera a cobrar vida. Me sentaba siempre en el mismo banco donde se produjo el inesperado advenimiento, a la misma hora y con el mismo vaso de plástico (la cerveza era cada día distinta, la sed no entiende de exacerbación romántica). Sólo cuando la batería estaba a punto de consumirse abandonaba mi retén, mi guardia, mi imaginaria imaginada, para pedirle a Tony (el dueño del restaurante oriental que me alimentaba con sus sobras, y con el que había llegado a entablar una relación de incomprensible complicidad) que me recargara el móvil. Que su hija, la bella Liu Shang, Luisa para los chicos del barrio, tuviera un cargador compatible con mi nuevo artefacto fue el penúltimo eslabón de una de esas cadenas de casualidades que hacen que el destino sea como un huevo Kinder: un envoltorio goloso y prometedor que casi siempre esconde una decepcionante y frustrante bagatela de baratija, pero que a veces nos sorprende con el más imprevisto giro de vértigo.

Y a lo peor es que estaba empezando a recobrar la cabeza, pero lo cierto es que a partir de esa llamada el mundo comenzó a parecerme un rincón más habitable. Salvo por las hienas que a veces me acechaban en alguna inhóspita esquina volví a sentirme, como nunca antes, redivivo. Todo lo veía de color de rosa, literalmente, con unas gafas último modelo a lo Elton John que adquirí por un precio a todas luces razonable a un hippie alcoholizado del Rastro. Iba por la calle enfundado en una seguridad extranjera, sonriendo a las mujeres. ¿Será ella? No, imposible, tiene cráteres en ese trasero embuchado en algodón de Zara. Inditex nos uniforma. Ella, salvo por las raíces negras, podría ser mi misteriosa mujer del teléfono. O puede que quizás no. Al fin y la postre, yo tampoco encajaba en el egregio ideal griego, y no necesitaba que físicamente fuese perfecta, ni siquiera anhelaba un notable alto. A mi presunción le bastaba con que alguno de esos esqueletos vencidos por las urgencias y las derrotas con los que me tropezaba a diario tuviese su mismo timbre (de voz). Me consolaba imaginármela a mi lado una mañana de domingo, haciéndome preguntas inconexas y de aparente sinsentido, que terminaban en un bostezo de croissant con leche. Con dos de azúcar, cielo. Pásame los deportes y ya te quedas con el dominical.            Creo que Amparo, como había decidido bautizar a mi desconocido fetiche, tendría una poderosa fantasía que me haría renovar mi fe quimérica en el ser humano, lo suficiente para alimentarnos a los dos, lo suficiente para que no tuviese que volver a enfrentarme al mundo real, siempre tan artificiosamente falaz. A veces, muchas, me imaginaba que tendría, al igual que yo, un grave problema para aceptar las cosas que no le gustaban y que cuando así sucedía lo único que podía hacer era farfullar. ¿Tu crees Amparo que alguna vez llegaremos a ver la convivencia pacífica entre israelíes y palestinos? «Hsjfhfjsdfhjsfhsjfhsd», respondía ella. ¿Consideras que el Estado de Bienestar y la madre Democracia nos pagará la pensión cuando estemos tan arrugados y amarillentos como el pergamino? «Kdjkdfjkdjdl», aseguraba Amparo. ¿Me querrás todavía cuando rebañe la última tarrina de helado que quede en la nevera? «Apfs, fasdfjsdkflsd», se sinceraba entre abatida y entregada.            Era una suerte que encajásemos tan bien. Dios debió hacerla tomando huesos de mi frágil y castigada anatomía. Ancha es costilla. Ahora todo encajaba a la perfección, incluso comencé a convencerme de que ese ocurrente reparto del Sumo Hacedor era la causa de mis constantes e inoportunos gases intestinales. Dejé que el Aerored cayera en vuelo suicida por la ventana del autobús circular. Una pareja de municipales lo confundió con un ataque químico, pero la alarma no cundió entre los transeúntes, que iban pensando en sus cosas: «¿Esta noche veo Aída o pongo una de Tarkovsky, quizás Dreyer?» «¿Dejé al niño en la guardería o lo olvidé en el coche?» «¿Debería empezar ese módulo de ingeniería mecatrónica o seguir con mis clases de ballet clásico?» Lo típico...            Sin embargo, lo que más estimulaba esa sensación de exaltada esperanza era la música, que volvió a convertirse en una necesidad vital, imperiosa y libidinosa, y no en un simple y agradable runrún de fondo. Como bien dejó prescrito el doctor Morrissey, nunca debemos olvidar las canciones que nos hicieron reír, llorar, las que nos salvaron la vida. Esas tardes de espera en Tirso fomentaban que los violines flotasen por el aire al compás de las cortinas, que las guitarras me envolviesen como sedas orientales, etéreas muselinas celestiales, y que la percusión latiera al ritmo de mi viejo y atribulado órgano distribuidor de sangre. «Destroy the heart, she said». Y con cada «sha la la la» y cada «uoooooo» pensaba en mi adorada, casi añorada Amparo, mi refugio en el fondo del mar contaminado, mi casita en el árbol del bosque embrujado, mi nave ignífuga entre la lluvia de meteoritos...

En algún momento remoto del tiempo y del espacio había dejado de disfrutar de aquella (baja, sin duda) pasión sonora y había perdido el norte del norte, absolutamente pasivo mientras veía el flotador alejarse a la velocidad de un Speedy Gonzalez con anabolizantes. Ahora aquellas sensaciones volvían a mí como cuando nada poseía gravedad, antes de que todo fuese tan significativo como insoportable. «Good vibrations».            Se derritieron las suelas de mis zapatillas mientras esperaba su llamada. Paseé por una abundante alfombra de hojas, vi las alcantarillas rebosar en sucias aguas y sufrí los estertores de una implacable alergia. Los calendarios comenzaban a acumularse en mi nevera desconchada cuando decidí pasar a la acción y empecé a buscar a Amparo en lugar de que ella me encontrara a mí. ¿Ha visto usted a una mujer adjetivada? Tiene cálida la voz y fuerte el espíritu. ¿La conoce? ¿Podría prestarme sus señas? Pero nadie supo darme respuesta alguna. El silencio como concepto comenzaba a enquistarse en mi plexo solar. Fue un atardecer en el que me sentía algo más viejo y cansado que de costumbre, cuando una chica, de sonrisa pizpireta y mirada penetrante hasta lo inquietante, se sentó a mi lado, en mi banco residencial.

—¿Tú qué crees que debería hacer para ser feliz? —me preguntó a bocajarro.

En principio consideré seriamente la posibilidad de mandarla a hacer puñetas o un bordado de Hardanger, pero un arrebato de piedad me hizo comprender que debía compartir mi basto, más que vasto, conocimiento sobre el grosero arte de vivir y aconsejar a esa alma cándida e incauta. Tomé aire, o el aire me tomó a mí, y le dije:

—Sé tu misma, y consume pocos hidratos.

Pensé que con semejante estupidez el conato de conversación quedaría zanjado, pero ella contraatacó decidida con otra observación aún más absurda, atendiendo a los criterios estándar de urbanidad y buenas costumbres occidentales.

—Me gusta mucho tu pelo.

Era lo más agradable que me habían dicho en las últimas dos décadas, pero desconfié. Después de semanas durmiendo a la intemperie, mi vigorosa cabellera era un arrumaco estrambótico de remolinos y grandes simas, como el de un Julius Erving desnutrido.

—Gracias — fue todo lo que pude añadir.

—Me llamo Amparo —dijo ella a quemarropa, pero con una templanza desapasionada, como si recitara a un tiempo la tabla de multiplicar y las propiedades vitamínicas de los Corn Flakes.

Intenté disimular mi turbación calorífica recurriendo al viejo método de meterme el dedo en la nariz. Un dedo meñique en el orificio nasal es como un elefante en un minipiso o un empate del Madrid en el Camp Nou en una temporada mediocre. Lo tapa todo. El mundo se para cuando te hurgas la nariz. Me bebí la cerveza caliente de un trago.

—Te esperaba, te he estado buscando... Creo que esto es tuyo— le dije mientras le ofrecía el móvil recién cargado por Tony.

—No, jamás he gastado de eso. No me gusta estar localizable; sé que el que me busca, me

encuentra.

Movía rítmicamente su pierna derecha, pero no parecía nerviosa. Entonces dominó su tic, me cogió la mano y me miró fijamente a los ojos.

—Insisto, ¿qué crees que debería hacer para ser feliz?

Agotado el chascarrillo nutricional y la pamplina zen a lo Paulo Coelho sólo tenía dos alternativas: salir corriendo o correr para salir. Tomé una tercera vía. Apreté su mano con fuerza y la miré a los ojos, descubriendo la electricidad. Y entonces lo solté.

—No estoy seguro, pero podría ayudarte en la investigación.

Sentí entonces, como si fuera una premonición o una simple corazonada de andar por casa, que todo acabaría en un beso, o al menos con el adelanto de una caricia furtiva, y que mi búsqueda desembocaría en un perfecto final. Como la versión B de Casablanca que hay guardada en un oscuro cajón de Hollywood, escondida bajo siete llaves custodiadas por siete guionistas que tuvieron una idea en los 60 y se forraron. Esta vez, ella no cogería el avión y, por supuesto, renunciaría a su reinado con el tipo correcto por pasar tan sólo un día subida nuevamente en mi Vespa, paseando por Malasaña, que es como París con chupa vaquera. Supe que mi suerte había cambiado por arte de magia, que el Atlético ganaría la Copa y el Teresa Herrera, que Reed y Cale se querían y volvían a reunir a la banda, que no habría más viajes en autobús solo, ni más cerveza caliente, ni calcetines en los bolsillos... Mi carismática Amparo me había transformado. Una palabra suya había bastado para sanarme, o para sanearme al menos. El simulacro de Ramón era ahora una versión nueva, sin fallos de seguridad y con un montón de aplicaciones que me permitían recuperar la memoria sin apenas esfuerzo. Reseteado y listo para procesar.  

—No, tonto —interrumpió mis pensamientos con su melodiosa voz— Ni siquiera es una investigación. Una famosa empresa familiar de congelados está valorando su imagen de marca entre los consumidores. Te llevo observando desde hace mucho tiempo. He pasado tu papel higiénico por la caja del supermercado durante 6 años seguidos, con doble capa y extra suave. Ahora me han ascendido, hago encuestas. Yo siempre tuve una vena de socióloga, ¿sabes? El nuevo mensaje de sándwiches “Amparito del Mar” es que comer brócoli y salmón ahumado de Los Fiordos puede cambiar tu vida y favorecer tu tránsito, el intestinal, claro, no hacia el más allá. Estar regulado en un mundo tirando a malo. Eso es lo que nos hace felices... 

—Lo sé —murmuré, tirando mentalmente de la cadena.

Madrid, 17 de marzo de 2009

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