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Rojas Berroa II, Lissette Carolina (África mía)

Ayer los globos de colores

                                      Ayer los globos de colores, por África mía

Ayer los globos de colores volaron sobre nuestro patio y yo pensé en ti, Dany. Recordé el día en que te vimos de rodillas cuidando de un rosal en la casa de Juan Luis Sierra y supimos ya para siempre y sin remedio que no eras millonario ni podrías serlo.

Globos de colores liberados al viento. Qué poco saben de la propiedad privada estos globos, Dany. Queríamos que fueras asquerosamente rico, un príncipe moderno que asistía a nuestro colegio solo porque sus padres quisieron darle una lección de humildad. Pero nos decepcionaste, Dany. No eras más que el hijo del jardinero, un pobre niño que apenas podía estudiar en el mismo lugar que nosotras: te debías a la caridad de los patrones.

Pantalones cortos grises, rodillas sobre el césped, unas rosas rojas como la sangre y nosotras espiando por entre los hierros de la verja imponente a un príncipe venido a menos o a un mentiroso que nunca nos dirigió una palabra. Los patrones celebraban una fiesta, por todos lados había globos de colores y de vez en cuando uno se escapaba y remontaba un vuelo maravilloso.

Es verdad, Dany, nunca dijiste que tu padre fuera el famoso cantante, sin embargo te creímos. Vivías en una mansión de ricos y siempre ibas impecable al colegio, los zapatos relucientes, el pelo peinado hacia atrás como los galanes de las novelas ¿qué podíamos pensar, Dany? ¿Acaso se visten así todos los hijos de jardineros?

Tu príncipe es un jardinero, dijo cruel una de las tres voces; y las otras dos permanecimos tristes y mudas como lápidas sin dolientes. No hubo risas después de aquellas palabras; en su lugar solo pusimos la certeza de que asistíamos a la agonía de la magia, al entierro de la fantasía.

Quizás no me creerás si te digo que solo fuimos a espiar por curiosidad. Aún llevábamos puesto el uniforme y en casa nos esperaban para almorzar, pero antes queríamos saber por qué no fuiste a la escuela. Nos peleábamos por ti y tratábamos de descifrar en tu mirada a cuál de nosotras querías y a cuál le pedirías que fuera tu novia. Hasta teníamos un plan, Dany: decirle al guardián en el portón de tu mansión que éramos tus compañeras de estudios y que queríamos visitarte porque nos dijeron que te encontrabas enfermo.

Pero verte allí con esas tijeras... aquello resultó un golpe bajo, Dany. Eso no se le hace a nadie. Nos dio vergüenza constatar que habíamos estado soñando con un jardinero que tenía pocas probabilidades de superar el oficio de su padre. Para colmo, más tarde supimos que tu madre trabajaba allí mismo como doméstica y entonces sí que nos enfadamos contigo. Aquello era un insulto.

Nunca más quisimos saber de ti, Dany. No sé si te diste cuenta de que ya nadie telefoneaba solo para escuchar tu voz y quedarse callada. Ni siquiera entre nosotras mencionábamos el asunto, tu asunto, que se convirtió en sinónimo de bochorno, porque a quién se le ocurre hacerse pasar por rico, no con palabras, sino con esa seguridad en ti mismo, con esa actitud de que estabas listo para comerte al mundo y tirar los huesos por el camino.

Por primera vez en mucho tiempo dejamos de pelearnos a diario por la butaca junto a la tuya. La dejamos vacía para no juntarnos contigo, hijo de sirvienta y jardinero, que vivía en una casa de zinc ubicada en una barriada que salía por las noticias. Aprendimos gracias a ti la palabra beca y empezamos a comprender por qué nadie pasaba por ti a la salida de la escuela y te marchabas caminando hasta la calle El Cerro.

Aquel año no hubo un estudiante que no se enterara de tu precaria situación. Nos encargamos de decírselo a todo el mundo, hasta a los maestros, y sin darnos cuenta te aislamos, porque ya nadie quería jugar contigo, Dany. Hasta George Stonechmeyer y Silvie Coldmann, tus amigos inseparables desde el jardín de niños, buscaron un pretexto para romper la amistad de ustedes. Creo que los presionamos suficiente. Era eso o la ley del hielo para ellos también. 

Qué solo te veías, Dany. Preferías quedarte en el aula a salir a recreo. Tenías que verte la cara de dolor que llevabas y que se acentuaba cada vez que te encontrabas con George o Silvie en los corredores del colegio. Te asemejabas a un perro herido cuando los mirabas y ellos volteaban y fingían no verte. Aquello te destruyó, Dany, pero decidimos que te lo merecías por pobre. Tu pobreza nos parecía intolerable. No te correspondía estar entre nosotros.

Creo que fue en esa época cuando empezaste a leer como un loco y a tomar libros prestados compulsivamente en la biblioteca. Siempre llevabas uno bajo el brazo, qué pedante, Dany. Te volviste más aplicado en clases, pero lejos de lograr nuestra admiración solo lograste enfurecernos más y levantar una ira colectiva. No tenías derecho a humillarnos obteniendo mejores calificaciones solo para que nuestros padres nos reclamaran porque el niño becado es el más sobresaliente del curso y del colegio.

La directora te tenía colgado del alma, Dany. Sin embargo, advertíamos en su trato hacia a ti un respeto que ella no le dispensaba a ningún otro estudiante. Qué estafa la tuya. Te hicimos bromas imperdonables, te gritamos improperios en los pasillos y hubo alguien que se atrevió a moverte la silla en la cafetería justo cuando te disponías a sentarte. Yo lo vi todo, Dany y no puedo negar que me reí, como todo el mundo, hasta que me dolió la barriga. Aquello se convirtió en el chiste de la semana, mejor dicho, del año.

La escena resultó de antología: Todo tu desayuno derramado por el suelo, tu uniforme estropeado por el chocolate tibio y tu amor propio por el piso de mármol de donde pensamos que jamás se levantaría. Esa mañana creí ver a Silvie, tu antigua amiga, llorar de lástima cuando caíste de espaldas.

Te cerramos todas las vías de escape o al menos eso creíamos. Nadie te dirigía la palabra ni se peleaba contigo; hacerlo significaba aceptar que existías, demasiada concesión para alguien de tu calaña. Apenas hablabas con los profesores y con el personal del colegio, gente de otra clase más baja, a la que nosotros nunca nos dirigíamos, a menos que tuviéramos una necesidad real y apremiante. Los iguales se atraen, sin lugar a dudas. Pero hay hechos inexplicables.

Todavía no comprendo bien cómo fue que en el último año lograste entablar una amistad con Régine Bouvier, la hija del diplomático francés que se integró a clases con dos semanas de retraso. Unos dijeron que la conocías de antes, de la casa de tus amos; otros, que ella necesitaba ponerse al día y te eligió a ti porque eras el único que hablaba su idioma. Tú, el hijo de un jardinero y de una doméstica cuyos salarios ni siquiera sumados podían superar las mesadas que nos daban nuestros padres.

Durante un par de semanas nos preguntamos dónde tú habías aprendido a hablar francés y cavilábamos cómo podíamos hacer para destruir aquella felicidad que resurgía en tu rostro por primera vez desde que te acorralamos por pobre cuando cursábamos octavo grado. Era evidente que habíamos crecido en odio y estatura. El odio, cuando es un sentimiento común, tiene la fortaleza destructiva de un tren de alta velocidad que se descarrila en una campiña.

Recuerdo que en uno de los tantos recreos nos sentamos a planificar tu destierro junto a la pared medianera que dividía el colegio de la residencia de los curas. Herman Lima ¿o fue Emilio Solitudenti? dio por fin con una fechoría cuyos efectos resultarían aplastantes y definitivos.

Contar con los varones para nuestra maldad era en verdad gratificante. María Amelia, Ana Laura y yo, Mía Farnesio, nos deslizamos con extrema pericia y sin ser vistas en el área de los casilleros. Una vez allí, aprovechamos que la puerta estaba como siempre, abierta por descuido, y tomamos los aretes Cartier que la francesita se quitó antes de la clase de natación y que se encontraban en su mochila. 

Te lo juro, no fue difícil culparte a ti. Tenías todos los requisitos para tildarte de ladrón, pobre, solitario, resentido. Solo hizo falta introducir los aretes de oro en tu mochila, y allí estaban cuando la directora ordenó la revisión de cada uno de los estudiantes en la cancha de baloncesto. Ahora que han pasado tantos años, no recuerdo haber visto una cara de desconcierto igual a la que pusiste aquel día. Qué vergüenza ¿Cómo pudiste?, después de tantas cosas que hemos hecho por ti, después de tanta consideración, empezó a decir la subdirectora.

Nosotros apenas podíamos reprimir la risa. Nuestra conspiración había sido un éxito. La directora estaba en shock; los profesores estupefactos, al igual que tu amiga extranjera, que supo reaccionar rápido y a tu favor cuando le pidió perdón a la directora, a toda la clase y, sobre todo, a ti porque milagrosamente recordó que te había pedido que le guardaras las prendas, porque no quería perderlas en la piscina.

Éramos malos, Dany. En aquella época no sabíamos ser otra cosa. Nuestros corazones daban golpes en lugar de latidos. Te hicimos tanto daño que pudo resultar irremediable. Y pensar que tú solo querías ser alguien en la vida para poder ayudar a tu familia.

Seguro que te preguntarás por qué estoy reviviendo todo esto, Dany. Y yo no dudaré en contestarte que me estoy muriendo de cáncer y remordimiento. Dicen los médicos que mi enfermedad está tan avanzada que con suerte puedo vivir más de seis meses, pero para mí ese tiempo es más que suficiente para pedirte perdón por todo aquello. Mi familia está sufriendo y a mí solo me atormenta conseguir tu perdón. No quisiera morirme sin saldar esa cuenta pendiente con la vida.

Si en aquel momento nos movían la envidia y el odio, te pido que olvides el mal que te hicimos y que hoy solo te mueva la compasión, aunque nosotros nunca la tuvimos contigo. Tú estás hecho de otro material.

La otra noche, cuando te vi en la televisión, pude percibir en ti la misma nobleza que llevabas como un estandarte en los años 90. Vi que te casaste con la muchacha francesa. Seguro que es una buena esposa y mejor madre. Se veía estupenda y feliz cuando anunciaron al ganador. ¿Te fijaste en los hermosos globos de colores del festejo, Dany? Remontaron un vuelo maravilloso, como el día del rosal.

Me atrevería a garantizar que Régine será una excelente primera dama, digna de un hombre de tu estatura. Tú serás un buen presidente, lo sé, aunque quizás yo no esté aquí para verlo, porque presiento que no me quedan más que unos días.

¿Sabes? Confío en ti plenamente. Cuando te veo, veo al niño que herimos tanto, un niño sobreviviente que triunfó, no como nosotros, sino a pesar de nosotros. No cambies nunca Dany.

Ayer los globos de colores volaron sobre nuestro patio y yo pensé en ti, Dany.

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