Me seguían por el Hermitage desde hacía media hora. ¿Qué tiene eso de raro?, me dirás. ¿En Rusia? Está bien, tienes razón. Pero no me refiero al típico Ivan adusto, con trenca.
Para nada.
Se trataba de algo muy distinto. Una hechicera, una deidad celeste.
Se detuvo entre los matisses y los picassos para anotar algo en uno de esos cuadernos baratos rusos a los que se les sueltan las hojas. La observé de soslayo: un mohín encantador fruncía sus voluptuosos labios rojo sangre mientras se retiraba un mechón de cabello de sus ojos violeta.
¿Qué edad tendría? Diecinueve años; veintidós, como mucho.
Aunque me sentía atraído por su fuerza gravitatoria, mantuve una discreta distancia mientras observaba a aquella diosa niña que se deslizaba por el suelo de mármol.
Dobló la esquina hacia las Antigüedades Egipcias, deteniéndose a examinar una momia. Me retrasé un momento por prudencia y luego entré en la sala, donde fingí interés por unos fragmentos de cerámica del Imperio Antiguo que ocupaban la pared opuesta.
Probando, probando, probando… ¡Contacto! Dio unos pasos hacia mí, lanzando una mirada por encima del hombro para evitar que nuestros ojos se encontraran.
El tempo lo es todo. Un tropel de alemanes irrumpió en la sala, estirando el cuello con ansiedad teutónica. ¿Lo estarían pasando bien aquellos brutos boquiabiertos? Daba lo mismo: me proporcionaron una pantalla tras la que observar a mi ángel ruso.
El tempo. Había llegado el momento de tomar la iniciativa, dejar la sala, deprisa, antes de que ella se me adelantara y la perdiera de vista. Ser descubierto siguiéndola sería una catástrofe. La diferencia de edad que nos separaba… En una sociedad todavía arrinconada en las sombras de la paranoia soviética podía pasar cualquier cosa: un comentario precipitado a un vigilante del museo, una visita a rastras a la oficina de seguridad, mi reputación, mi matrimonio hecho añicos…
Palpé las notas que guardaba en la chaqueta, la conferencia para la Academia de Ciencias: “El complot francoruso para la invasión de la India británica”. Dos años de investigación en los archivos de San Petersburgo, en la Oficina de la India de la Biblioteca Británica, en aquellas sofocantes salas de lectura de Nueva Delhi e Islamabad. Podía presentar pruebas que iban a sacudir los cimientos del mundo académico ruso. Por fin, la confirmación irrefutable de que Napoleón y el zar Alejandro I actuaban en connivencia, conspirando para expulsar a los británicos de India y repartirse el subcontinente entre las dos grandes potencias europeas. El director, que había leído mi ponencia aquella mañana, alzó con sorpresa sus cejas breznevianas. “¡Señor, van a nominarlo para la medalla de oro de segunda clase de la Sociedad! ¡Quizá incluso para la de primera! Ach, ya veremos. Haré lo que esté en mi mano”.
¿Qué hacer? Tenía que arriesgarme, dar media vuelta y abandonar la sala con aire distante. Me separé de los alemanes. ¿Me habría visto ella? La suerte estaba echada. No osé mirar atrás. ¿Me seguiría? ¿Insuflaría nueva vida a las fantasías de un hombre de mi edad? ¿Estaría la vanidad jugándome una mala pasada?
Un brusco giro a la derecha para sustraerme a su mirada, caminando despreocupado hasta el retrato de Goya de la actriz española Antonia Zárate. Decisión arriesgada con la que le indicaba una vía segura hacia los maestros españoles. Percibí el suave sonido de pisadas aproximándose, una presencia cercana, un aroma a lavanda. Y allí estaba, a mi lado. Le lancé una mirada furtiva. Mi corazón estuvo a punto de dejar de latir. Tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba de su cuerpo. Se volvió hacia mí. ¡Nuestras miradas se encontraron! Llevaba un jersey de pico de cashmere azul que dejaba a la vista la elegante curva de un cuello esbelto y un diminuto crucifijo de oro. ¿Cómo ignorar el impacto erótico de ese símbolo de tortura?
-Es un peculiar retrato de Goya. Verás… –señalé las manos de Antonia Zárate, que descansaban cómodamente sobre su vestido de seda gris-, Goya no solía pintar manos; eran para él la parte más difícil de la anatomía. De hecho, cobraba más por copiarlas…
Una sonrisa curvó sus labios.
-Mi ingléss no bueno. ¿Repitis lo que decir di Goya, por favior?
Me maravilló ser capaz de contestar sin ahogarme.
-Estoy seguro de que tu inglés es muy bueno. Decía que… -por el rabillo del ojo vi un letrero sobre la puerta: Salida. Tienda de regalos. Café. ¡Café!
-¿Goya? Ah, sí, las manos. Verás, manos-muy-difíciles-a Goya-no gustar –deja de hablar como un indio, idiota-. Escucha, soy inglés, profesor; de Glasgow –señalé al techo-. Glasgow. En el norte. Me preguntaba si te apetecería un café. ¿Café?
-Ummm –ladeó la cabeza con un coqueto encogimiento de hombros-. OK, ssí, bien.
Una multitud invadió la sala.
-¡Por aquí! –gritó una ronca voz femenina-. ¡Flashes no. No permitidos!
Los alemanes.
Se reagruparon en torno a la guía, una corpulenta rubia teñida con aspecto de azafata de Aeroflot de los 70. Algunos turistas, sin dejarse intimidar por las normas, sacaron un par de fotografías antes de ocultar precipitadamente en sus bolsas las ofensivas cámaras, con un intercambio de sonrisas cómplices
-¡Digo no flash! Si otra vez, quito cámara –la guía dio unas palmadas-. Ahora, por aquí, miren retrato Goya –otra palmada impaciente -. ¡Vamos, todo el mundo!
La guía encajó su considerable volumen entre … y yo ¡Ni siquiera le había preguntado su nombre! ¿Dónde estaba? La turba se desplazó hacia delante, separándonos hasta que sólo pude ver sus ojos sorprendidos alejándose tras una pared de robustos hombros, como los de un desesperado nadador mientras lo traga el agua. La vi reír y despedirse con la mano al tiempo que la marea se cerraba sobre su cabeza.
Lancé un codazo a un alemán que me bloqueaba la salida. Se echó a un lado emitiendo un gruñido de protesta. Salí disparado, cruzando a la carrera la sala de Rubens. Un guarda de seguridad tocado con unos de esos ridículos gorros puntiagudos dio un paso al frente para detenerme, pero yo, jadeante, señalé el reloj:
-¡Tarde! ¡Tarde! –grité.
Él sacudió la cabeza y volvió junto a la ventana, en cuyo alféizar le esperaba un cigarrillo humeante.
La sala de los maestros españoles formaba la base de una U que unía dos galerías paralelas. Obviamente ella había continuado por el lado opuesto, camino de los retratos flamencos, hacia la parte superior de la U, donde una escalera de caracol conducía al salón de baile del Palacio de Invierno.
Para cuando llegué al fondo de la larga galería me ardían los pulmones. ¡Ni rastro de ella! Pasé precipitadamente por los primeros impresionistas franceses y por la galería flamenca, paralela a la de Rubens. En ella había una gris familia rusa, el padre en silla de ruedas, con la pierna escayolada, acompañado por tres niños con cara de pan. Aparte de ellos, ni un alma a la vista. Horrorizado, me di cuenta de lo que había sucedido: la sala de los maestros españoles no era la base de una U; ¡era el travesaño de una H! Al otro lado, la galería continuaba hasta el letrero verde de Salida.
¡No! Enseguida iba a despertar de aquella pesadilla para encontrarla sentada en un banco de la galería. Reiríamos juntos y yo haría un comentario sarcástico sobre los bárbaros teutones al pasar por Goya y Zurbarán, de camino a una mesa en un acogedor rincón del café.
La cruda realidad era que se había marchado. Mi reloj marcaba las 16,45. Me esperaban en la Academia de Ciencias una hora más tarde, tenía apenas el tiempo justo para atravesar la plaza adoquinada hasta mi hotel, en Neva Enbankment, quitarme la chaqueta de tweed y los pantalones de pana, ponerme un traje y confiar en que el taxi me dejara en la Academia a la hora convenida.
Aquella noche devoré una cena de esturión, repollo, blinis y caviar, con un pésimo merlot búlgaro. Di cuenta de todo a una velocidad de vértigo, arrastrado por una convicción irracional: cuanto antes vaciara el plato, razonaba, antes estaría libre para inspeccionar la ciudad en busca de mi diosa del Hermitage.
-Señor presidente, distinguidos colegas, honorables invitados… -por lo menos, doscientos. Aquello me iba a asegurar una cátedra en Glasgow. Iba a dejarlos boquiabiertos, sólo tenía que llegar el momento en que mostrara los diarios del conde Petrovsky, sus cartas al zar…-. Como saben, he dedicado los últimos tres años… -carraspeos de impaciencia, miradas furtivas al reloj. No, sáltate la introducción. Al grano-. Sabrán que está en mi poder una carpeta que contiene correspondencia de estado secreta, en la que se confirma, sin lugar a duda, que sólo un idiota como yo dejaría escapar de sus garras a una criatura tan exquisita hace menos de dos horas… Hubo una serie de encuentros entre el ministro ruso, conde Petrovsky y el mismísimo Pequeño Corso. Esto tuvo lugar en… mayo de 1812, un año fatídico para Rusia y, en mi opinión, más aún para Francia –alguna risita de suficiencia al recordar el invierno ruso-. Lo que Rusia propuso en esas reuniones, en un despacho privado de Versalles, fue que me vaya a la plaza Dvortsovaya, donde acaban de cerrar; ella me estará esperando en uno de los cafés situados a las puertas del museo. Si India podía ser arrebatada a Gran Bretaña, ¿no podían los franceses y los rusos repartirse Europa y Asia? Imaginen una superpotencia tal, un subcontinente de habla rusa con la tan ansiada salida al cálido mar.
¿He oído un lloriqueo, incluso un sollozo procedente de una mesa del fondo?
-Pero como todos ustedes saben, Napoleón y el zar Alejandro no se pusieron de acuerdo, por decirlo de alguna manera, así que, en lugar de que la patria rusa absorbiera la sensual cultura veda, lo que Rusia padeció fue la invasión de las hordas de asesinos tártaros, adoradores de demonios con torsos desnudos por armadura…
Jugué sin pudor con los sentimientos de mi audiencia.
-Así que, señoras y caballeros, de no haber resultado abortada aquella gran alianza… ¡imaginen el resultado! Las rutas comerciales desde Europa hasta el sur de Asia, así como las vías marítimas de todo ese hemisferio, bajo control ruso. Sí, una oportunidad desaprovechada, ¿y quién mejor cualificado que yo para afirmarlo, el gran maestro de las oportunidades desaprovechadas? Señoras y caballeros, agradeciéndoles su amabilidad, alzo mi copa por la Academia de Ciencias.
Colapsé sobre la cama de mi habitación del hotel, agitado y dando tantas vueltas como el techo que la coronaba. Me obligué a levantarme y fui tambaleante hasta el cuarto de baño para refrescarme la cara y la nuca con agua fría. Me puse la camisa sport y los pantalones de pana de aquella tarde, que había dejado tirados en el suelo; llegué al ascensor dando bandazos y, después de atravesar el vestíbulo desierto, salí a la gélida calle.
Crucé el canal por el puentecito de piedra, tropezando con los adoquines. El octubre de San Petersburgo no es ninguna broma. Me planté delante del Palacio de Invierno, que estaba a oscuras excepto por algunos cuadrados de luz amarillenta, donde, con toda certeza, estarían los guardas de seguridad bebiendo té dulce y fumando cigarrillos ilegales. No sentía el frío. Todo me dolía demasiado. Quizá debido al efecto del brandy o de lo que fuera que me había echado al gaznate cuando el taxi me dejó en el hotel. Conozco gente que ha bebido hasta perder la consciencia y ha despertado a la mañana siguiente hecho un mar de lágrimas. Yo no podía esperar a la mañana. Mis incontenibles sollozos llamaron la atención de un policía con un gabán de doble botonadura de latón. Arrugando su hosco rostro eslavo, gruñó:
-¿S vami vsio v poriadke?
-Da, sí, estoy bien, vuelvo a mi hotel, Moika –señalé al otro lado del canal.
Pasé el resto de la noche desplomado sobre el escritorio de caoba pulida, preparando tazas de manzanilla en la tetera eléctrica, sin alzar la mirada para no encontrarme con la triste y cenicienta imagen del espejo.
El estridente timbre del teléfono sonó a las nueve en punto.
-Buenos días –gorjeó una voz femenina-. Su coche para el aeropuerto lo está esperando. Que tenga un buen día.
Colgué con una dolorosa sensación de vacío en el estómago y di un último repaso a la habitación.
La Academia había puesto a mi disposición un reluciente Lada negro. El chófer era uno de esos rusos poco atractivos, con un traje mal cortado y un ceño permanentemente fruncido. ¿Será que las mujeres rusas son el equivalente humano de esas arañas que devoran a sus machos tras la cópula?
Tuvimos que cambiar de sentido hacia Nevsky Prospect para tomar la carretera del aeropuerto. No era fácil para un largo sedán avanzar esquivando los grupos de turistas próximos a la catedral de la Resurrección, a sus cinco mil metros cuadrados de paredes de mosaico y a su cúpula. Giramos en Griboyedova Canal, una de las encantadoras calles de la ciudad antigua. También allí los cafés estaban animados por turistas que saboreaban su taza matutina bajo el tenue sol otoñal.
Pasamos junto al Café San Petersburgo; su fachada acristalada dejaba a la vista las mesas de mármol repletas de cafeteras con café humeante. Algunos rusos estaban concentrados en los periódicos del sábado, ajenos a los ruidosos turistas. Hacía apenas veinticuatro horas yo también me sentaba en una de esas mesas, junto a la cristalera, con un capuchino, preguntándome cómo me entretendría hasta la hora de la conferencia en la Academia.
-¡Pare! –me abalancé sobre el chofer, dándole una palmada en el hombro-. ¡Por favor, pare! -¿cómo demonios se dice “parar” en ruso?-. ¡Ostanovites!
El conductor giró la cabeza.
-¿Ostanovites? –gruñó.
-Sí. Da, pare aquí, ¡ahora!
Frenó en seco, dando lugar a una airada sinfonía de bocinas en la callejuela. Allí estaba ella, con el cuaderno apoyado sobre una tetera de porcelana, jugueteando con un lápiz entre los dedos.
Sucedió rápidamente, aunque no lo bastante para los conductores que nos seguían. Bocinazos, juramentos, puños amenazadores. Ella alzó la cabeza. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y luego se relajaron con expresión risueña. Se cubrió la boca para disimular una risita. Supe lo que iba a suceder a continuación: abrí la puerta. Ella se puso en pie, inicialmente indecisa. Dejó unas monedas sobre la mesa. Tomó el cuaderno. Yo me puse detrás del chofer. El corazón me palpitaba tan desbocadamente que en un momento de pánico llegué a preguntarme si tanta emoción no me causaría un ataque cardiaco. Recordé haber leído en alguna parte que era improbable. Ella murmuró unas palabras al conductor con voz extraña, suave y autoritaria. Él emitió un gruñido y arrancó.
Permanecimos sentados en silencio, con los ojos clavados en el revistero colgado del respaldo del conductor. Forcé una sonrisa.
-Ayer te perdí. Aquel espantoso grupo de turistas, ¿recuerdas? ¿Los turistas de la sala española? –hinché las mejillas y palmeé una exagerada panza. Ella estiró los dedos pulgar e índice.
-Mi ingléss, diji ya, muy piquenio.
Íbamos a toda velocidad por Zagorodny Prospect, dejando el centro de la ciudad atrás. El paisaje era cada vez más parecido al viejo Leningrado de altos edificios estalinistas con balcones descascarillados y manchas de humedad. En unos minutos alcanzaríamos el aeropuerto Pulkovo y el BA Airbus en el que volaría de vuelta a mi adosado.
-¿Eres consciente de que voy…, quiero decir, vamos al aeropuerto?
-¿Tu nomb?
-¿Mi nombre? –dije-. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
-Natasha –dijo ella con dulzura.
Claro.
-Natasha… escucha, no… no sé qué está pasando. Te vi ayer en el museo, ahora vamos juntos hacia el aeropuerto. Es una locura. No te conozco. Ni siquiera sé qué quiero decir –alcé mis manos-. Natasha, esto no tiene sentido, y en menos de media hora…
-Bíssamie.
-¿Qué? –aunque sus ojos lo confirmaran, creí haber oído mal. ¿Cuántos años tendría aquella niña?
-Natasha, ¿cuántos años tienes?
-Pirdón, mi ingléss…
-Espera –metí mis temblorosos dedos en la chaqueta. Una de mis excentricidades es coleccionar cuadernos de hoteles. Me pregunto que pensarán mis hijos cuando llegue el día de vaciar mis cajones. Saqué un lápiz y dibujé una figura de palotes con bigote. A su lado escribí: sesenta y cinco-. Mira, ves –me señalé-. Yo, sesenta y cinco. ¿Tú, cuántos años?
Ella tomó el cuaderno y el lápiz e hizo algo que me dejó sin aliento. Presionando un dedo sobre su seno izquierdo, dijo con una risita:
-Onci.
Miré boquiabierto cómo se señalaba el otro seno.
-Onci y… pirdón, no sé palabra –flexionó un dedo.
-¿Qué? Ah, ya entiendo, quieres decir… ¿once y medio? ¿Es eso? Lo que hace…, veintidós y medio –escribí el número en el cuaderno.
-¡Sí! Vintidós y midio –asintió.
Bajé la ventanilla para dejar que el aire otoñal refrescara mis sofocadas mejillas. Estaba aproximándome a la frontera entre una vida convencional y lo inconcebible. La miré fijamente a los ojos. Sí, podría funcionar, ¿por qué no? Podría conseguir un trabajo con el British Council y, en cualquier caso, el año que viene me jubilo. Con eso bastaría para mi familia, lo que queda de hipoteca, las tasas universitarias. ¿Por qué no? ¿Por qué no?
Un cartel anunció Aeropuerto Pulkovo, 3 km. Una corriente eléctrica recorrió mi brazo: Natasha dibujaba círculos en el dorso de mi mano. Una voz interior me gritaba: por Dios, hombre, sé sensato. Exhalé un trémulo suspiro. De pronto, el sueño se me escapó como arena entre los dedos.
-Natasha, escucha, tengo que decirte una cosa.
Ella dibujó una espiral en mi mano. Miré por la ventanilla. Pulkovo Salidas Internacionales, 500m. ¡Dios mío!
-Natasha, tienes que entender –supliqué-. Esto es una locura; ni te lo plantees.
Tomé sus manos entre las mías.
-Querida mía, esto no podría funcionar… De ninguna manera. El conductor me va a dejar en el aeropuerto y le pediré que te devuelva a San Petersburgo. ¿Entendido? Natasha, por favor.