Subí la escalinata a grandes zancadas, el sonido de mis pisadas sobre el mármol retumbaba en las blancas y deslumbrantes paredes y ascendía hasta lo alto del zigurat. Pasé por numerosas ventanas. Desde todas ellas se veía el mismo paisaje. Decenas de torreones terminados en punta, tachonados de ventanas ojivales. La escalera por la que yo ascendía era la del más alto de todos. Su cúspide enroscada se perdía entre las nubes. Miré hacia arriba y apreté el paso. No me iba a dar tiempo. Aún estaba a la mitad del trayecto y mis pulmones ya ardían como si hubiera aspirado brasas candentes. Empecé a escuchar los gritos. Ya estaba cerca. Alguien salió de la única habitación que existía en la torre. Era uno de los nuestros. Caminaba con la cabeza baja y arrastrando los pies. Al cruzarse conmigo hizo un gesto de resignación y sacudió la cabeza negativamente.
Cuando entré en la habitación me encontré con un corro de ángeles, todos parecían muy nerviosos y hablaban al mismo tiempo. Él estaba sentado al fondo, se levantó e hizo un gesto con la mano. Respetuosos, todos guardaron silencio.
- Está decidido, no hay vuelta atrás- dijo en un tono neutro, su voz no denotaba autoridad, ni siquiera enfado. Era el tono de voz de alguien acostumbrado a ser siempre obedecido.
Los ángeles fueron abandonando la estancia uno a uno, yo me eché a un lado para dejarles pasar. La mayoría tenía los ojos enrojecidos y signos de derrota en el rostro. Varios me saludaron con un leve cabeceo.
Me quedé de pie junto a la puerta. Él se sentó de nuevo y me miró.
- Adelante Azazel, tú no necesitas mi permiso para entrar en la torre, ya lo sabes.
Caminé despacio y en silenció hasta la ventana, la gran cortina negra estaba echada, no se podía ver el exterior.
- Has tardado en venir. Pero nada de lo que tú me digas puede hacerme cambiar de opinión. Es demasiado tarde.
- Entonces es cierto, ¿vas a hacerlo?- exclamé yo bajando la cabeza. Yo era el único capaz de soportar su mirada, sus ojos de luz y fuego. Pero me costaba un gran trabajo y aquella conversación iba a ser ardua y difícil, preferí reservar mis energías.
- Por supuesto que lo haré, ¿has dudado alguna vez de mi palabra, Azazel? ¿recuerdas algún momento que haya hablado en vano?- preguntó Él, pero no había reproche en su voz. Me apresuré en contestar.
- Nunca Altísimo- esta vez levanté la mirada y la clavé en sus ojos con respeto. Su luz me traspasó como una lanza en llamas.
- La decisión está tomada hijo mío. No hay nada que puedas hacer. Es el único camino.
- ¿Y si les dieras una nueva oportunidad? Anega sus cosechas, incendia sus ciudades, hazles conocer tu cólera.
- No juegues conmigo Azazel- su mirada era severa esta vez- Son más de las que puedo contar con los dedos de mis manos las oportunidades que les he regalado. Yo inventé el arrepentimiento Azazel y cuando miro hacia allí, no soy capaz de reconocerlo. La vanidad se ha apoderado de ellos. Han hecho mal uso de sus ventajas. No les di un raciocinio para hallar la manera de matarse entre ellos, no les di una conciencia para dejarla a un lado.
- Se encuentran perdidos, desorientados, no todos son inconscientes o asesinos. Hay bondad en muchos de ellos.
- Es el egoísmo disfrazado de bondad lo que tú ves Azazel. Todos son culpables de sus desgracias. El que no mata, deja morir. La arrogancia les ciega, se quieren demasiado a sí mismos. Han creado maravillas que compiten en audacia con las mías. Han avanzado a pasos de gigante. Crean, inventan, imaginan. ¿Y todo para qué? Son inventos que alimentan su vanidad y hacen de ellos el uso equivocado. Son capaces de ver lo que sucede a miles de kilómetros de sus hogares. Ven a gente morir, ser asesinada, violada, apaleada, torturada. Son conocedores de las injusticias, pero su conciencia está aletargada, anestesiada, hueca, vacía. Sólo tienen que mirar para otro lado y todas esas atrocidades desaparecen de sus vidas, como si en realidad no estuvieran sucediendo, Azazel. Pero están sucediendo, a diario, por todas partes. Y ellos no hacen nada. Continúan con sus vidas como si no fuera con ellos.
Me quedé callado. No podía discutir ese argumento porque era cierto. Todos lo sabíamos. Tenía razón. Pero no me rendí. Tenía que haber algo en ellos que mereciera la pena.
- Hay que volver a empezar Azazel, para ellos es demasiado tarde- dijo Él mientras paseaba por la habitación circular- Llevan siglos tentando mi ira y cada vez es peor. Acabarán por destruirse ellos mismos. Pero no dejaré que eso suceda. Seré yo quien les destruya. Serán castigados.
- ¿Y qué hay de aquellos que sí tienen conciencia, que luchan por cambiar las cosas?- pegunté yo en un último intento de apelar a su propia conciencia- hay cientos de ellos, miles.
- A veces pagan justos por pecadores Azazel, tú deberías saberlo.
- Podrías destruir a quienes siembran la maldad, dejar que los demás empiecen de nuevo- sabía que aquello era imposible, pero no se me ocurría nada más.
- Es demasiado tarde, hijo mío. Es cierto que unos han sembrado la semilla, pero los demás la han dejado florecer. Es tarde para ellos, para todos.
Me dejé caer en la silla que había junto a la ventana y me cubrí el rostro con las manos.
- No sufras Azazel, no te lamentes por quien no lo merece- me espetó- hay más criaturas que merecen mi misericordia. Fue un error, en esa ocasión fue mi vanidad la que me cegó. Crear unos seres a mi imagen y semejanza… Mis hijos, diría yo después. Podrían haber hecho del mundo un lugar maravilloso donde vivir, lo tenían en sus manos. Pero lo destrozaron, lo mutilaron, lo prendieron fuego. Queman los bosques, asesinan a otras criaturas de la creación por mera diversión, secan los ríos, disparan contra sus hermanos, matan a sus hijos, arrojan comida a la basura mientras otros se mueren de hambre. Maltratan a los que consideran diferentes a ellos. Y lo que es peor, cometen infinidad de atrocidades en mi nombre. No lo permitiré más, Azazel.
- Pero ¿y los que sueñan con un mundo mejor?, los generosos, los que aman a su familia, los que dedican sus vidas a mejorar las de los demás, los que son amables con los que les rodean. Los que protegen a otros seres de la creación. ¿Es qué no compensan sus actos los anteriores?
- ¡Ay Azazel!, nunca cambiarás- suspiró- hice de ti un ser demasiado sensible y ahora me arrepiento. Las voces de aquellos a los que te refieres son demasiado débiles e inconstantes. No les juzgo como individuos, Azazel, sino como especie. Y como tal son defectuosos y han de ser eliminados, sin más. Es mucho más simple que todo lo que tú me planteas. Si les dejo vivir, serán ellos quienes se destruyan. Acabarán con todo rastro de vida en el planeta. Son como una plaga, una plaga letal que arrasa todo a su paso. He de proteger mi creación. Han ido demasiado lejos.
Hice amago de contestar, pero me acalló con un gesto de la mano.
- No hay más que hablar, hijo mío. Ahora puedes quedarte y observar lo que va a suceder o puedes marcharte y seguir con tu labor, para nosotros esto no es más que un pestañeo, mañana lo habrás olvidado.
Me quedé donde estaba, sentado masajeándome las sienes con los dedos. Debí haberlo sabido, esta era una batalla perdida de antemano. A veces, yo mismo había deseado su destrucción. Les había observado y me había horrorizado con su crueldad y su egoísmo. No le culpaba.
Tiró del cordón que colgaba junto al ventanal y descorrió la cortina. El mundo. Centenares de imágenes de diversos lugares se podían ver desde la ventana. Distintos países, distintos seres. Guerras, sequías, brutalidad policial, discursos políticos, mentiras, engaños, violencia, crueldad. Entonces les odié, les odié por haberse convertido en lo que eran, les odié por merecer su destrucción, por no haber aprovechado sus ventajas. Nos quedamos en silencio unos minutos, observando. Cada minuto que pasábamos así, era un minuto más de vida para ellos, pero no lo sabían. Desconocían que no habría un mañana, ni si quiera un dentro de un rato. Entonces Él cerró los ojos y segundos después las imágenes desaparecieron, la ventana quedó a oscuras hasta que apareció una gigantesca bola incandescente en el centro, el mundo estaba en llamas, se consumía, era como una antorcha que iluminara el universo, competía con el Sol y su fulgor.
Me pareció que podía escuchar sus gritos, sus lamentos, los lamentos de un mundo enfermo que se consumía en su propio dolor.
Aparte la vista horrorizado y traté de acallar los gritos y los gemidos de dolor en mi cabeza, pero era imposible, sus voces se abrían paso a través de mi cerebro y me torturaban con su sufrimiento. Intenté levantarme pero me sentía mareado y me fallaron las piernas.
- Enseguida terminará hijo mío- dijo Él observándome.
Pero aún tardaron un rato en acallarse del todo. Después el silencio. El silencio más absoluto. Me levanté y me acerqué a la ventana. El mundo se había convertido en un lugar oscuro, en un montón de cenizas que el viento arrastraría y esparciría por el universo.
- Ahora todo volverá a empezar, pero no cometeré el mismo error Azazel.
Me di la vuelta y le miré directamente a los ojos. Su luz me traspasó, los ojos me ardían, pero no retiré la mirada.
- Mañana lo habrás olvidado- dijo y sin más se sentó detrás de su mesa y se puso a remover entre los miles de papeles que había ahí esparcidos. Yo tomé aquello como una despedida y abandoné la habitación.
Bajé las escaleras despacio, no tenía prisa esta vez. Las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Pero a pesar de mi dolor fui capaz de comprender que había hecho lo correcto. Y tuve la seguridad de que a Él también le había dolido.
Entonces decidí bajar. Hacía siglos que no lo hacía, que ninguno lo hacía. El mundo había sido demasiado complicado en los últimos tiempos para nosotros, así que nos limitábamos a observar. Pero ahora quise verlo de cerca, aunque fuera por última vez.
Aterricé en una ciudad cualquiera. El espectáculo era desolador. Algunas llamas aún ardían aquí y allá y las cenizas revoloteaban a mí alrededor. Hacía mucho calor. Los restos de los edificios, convertidos en amasijos de hierros candentes humeaban y despedían un olor acre, como el del azufre. No había restos de criaturas vivientes. Paseé por las calles respirando el olor de la destrucción. Lo peor era el silencio, un silencio oscuro y tangente, el mundo se había convertido en un gigantesco cementerio y yo paseaba entre las lápidas y los mausoleos, el único hálito de vida en un planeta muerto. Ya no existía el color, había desaparecido, Él lo había borrado con su implacable castigo. Sólo el gris y el negro persistían, habían esperado miles de años y por fin habían cubierto el mundo con sus oscuros mantos.
Me senté sobre los restos de una panadería, el cartel aún humeante, se encontraba a mis pies.
La pulsera de Jonás
“El Destino es un dios ciego, hijo del Caos y de la Noche. Tiene bajo sus pies el globo terráqueo y en sus manos la urna fatal que encierra la suerte de los mortales.”
Mitología griega y romana.
J. Humbert.
Jonás nació de pie. Pero eso no impidió que a él también le pusieran la pulsera.
De eso hace ya veinticuatro años, trescientos sesenta y cuatro días y dos horas. Porque sólo quedan veintidós horas para su veinticinco cumpleaños. Y ese será el día en que se acabe todo.
La fiesta ya está en marcha, esa misma noche le esperan todos en el bar de siempre. Será por todo lo alto, porque no todos los días se muere un amigo. Pero a Jonás no le apetece ir.
Se levanta temprano, las nueve es buena hora. Hay que aprovechar el tiempo, le decía su padre. Jonás lo entiende ahora mejor que nunca.
Elige la ropa con cuidado, va a ir a ver a Isolda. Nunca le ha importado mucho el vestir, pero ahora que se acerca el momento quiere que le recuerden guapo, bien vestido.
Han quedado en un café en el barrio de ella. Normalmente iría en metro, desde que el combustible escasea tan alarmantemente pocos son los valientes que sacan sus vehículos a pasear. Pero eso a él ya no le importa, así que termina de desayunar y acciona la apertura del garaje desde la cocina. Sale de casa sin la tarjeta de acceso. A estas alturas a nadie le importará tener que levantarse en plena madrugada para abrirle la puerta. Son las ventajas de que todo el mundo sepa cuando te vas a morir. Cuando la fecha se acerca todos quieren ser amables contigo porque saben que ya no te van a ver nunca más.
Jonás coge la moto con ganas, hace mucho tiempo que no la utiliza. Le cuesta un poco en las primeras subidas, pero enseguida recorre la ciudad a la máxima velocidad permitida, al limitar la velocidad de los vehículos a 100 Km. por hora los accidentes se habían reducido drásticamente en los últimos años. Aunque en la época en la que vive Jonás son muchos más los problemas que el ser humano, como raza, tiene que afrontar. A la falta casi total de combustible se le une la de agua mineral. Ahora todos beben un sustitutivo fabricado por empresas químicas que aporta todos los minerales y nutrientes necesarios, pero que no es capaz de hacer lo más importante, saciar la sed. Los huertos y jardines que una vez fueron fuente de alimentación para los habitantes del planeta han desparecido completamente y han sido sustituidos por enormes y pestilentes fábricas que crean todo tipo de alimentos parcialmente sintéticos. Pero lo que más mina el ánimo de aquellos habitantes del nuevo mundo es sin duda la gigantesca cúpula que cubre en su totalidad las ciudades. Fuera, la inexistencia de oxígeno hace imposible el desarrollo de la vida, así que unos enormes aparatos de oxígeno acondicionado proveen a la ciudad de aquel valioso elixir. El día y la noche apenas son diferenciables.
Pero de todo esto lo que más odia Jonás es la maldita pulsera. ¿Por qué sus padres habían permitido una abominación como aquella? Pero la pulsera era obligatoria. Podías no mirarla, decían. Pero como no ibas a mirar un trozo de plástico que te colocan en la muñeca al nacer y que predice de manera exacta el día de tu muerte.
Jonás pensaba en todo eso mientras cruzaba las calles de la ciudad que tan solo le iba a regalar un amanecer más y quizá ni siquiera eso, la hora de tu muerte y el modo en que sucedería quedaban al azar.
Llega pronto a la cita, como siempre, no le gusta hacer esperar a los demás y menos a Isolda. Para su sorpresa ella ya está allí. Otra de las ventajas de la pulsera, piensa con amargura. Ya no hay tiempo para hacerme esperar, cada minuto vale lo que una vida.
Isolda le saluda sonriente desde su mesa. Lleva el jersey que le regaló al poco de conocerse, aquello le revuelve las tripas. No era necesario, piensa.
-Ese jersey nunca te ha gustado- dice sin saludar.
- Ya, no sé, lo vi ahí en el armario y pensé que estaría bien ponérmelo- contesta ella un poco avergonzada.
-¿Qué pasa, ahora que me voy a morir te sientes culpable por haberlo relegado al fondo del armario?
- No empecemos con eso, por favor. Todavía quedan muchas horas y podemos hablar de cosas mucho más agradables.
- Eso es fácil de decir para alguien que va a vivir setenta y cinco años - contesta él secamente.
- ¿Te has planteado que mi vida va a cambiar mucho cuando te hayas ido? Tú no eres la única persona que está sufriendo.
- Yo te lo advertí, te di mi fecha, no puedes reprocharme nada.
- Yo no te estoy reprochando nada Jonás. Intento decirte que fue algo que decidimos los dos, los dos sabíamos que esto iba a pasar.
- ¿Por qué tuvieron que ponernos esta estúpida pulsera?- se queja Jonás.
- Según ellos, esto normalizaría la muerte, la gente dejaría de vivir con miedo, todos seriamos más libres, etc. Ya lo sabes.
- ¿No podían habernos preguntado? ¿Quiere usted saber el día de su muerte? ¿O prefiere que su vida no este predestinada desde el principio? Yo hubiera contestado que no, no quiero saber el día en que voy a dejar este mundo. La muerte es algo muy íntimo, exclusivo de cada uno. Quiero vivir con la emoción de que a lo mejor mañana es el último día de mi vida o a lo mejor no, de vivir la vida pensando que me depara cosas maravillosas y no sabiendo que es mejor que no estudie, porque no me va a dar tiempo a ejercer, que es absurdo hacer planes de futuro porque yo no tengo futuro- Jonás se lleva nervioso la taza de café a los labios y da una intensa calada a su cigarrillo.
- Pero tú estudiaste de todos modos- intenta tranquilizarle Isolda- y siempre has vivido como si nada de eso te importara.
- ¡Pues fingía!- grita Jonás- ¿cómo has podido pensar que nada de eso me importaba? ¿Crees que no me importa que la vida continúe sin mí? ¿Qué mis amigos crezcan y vivan experiencias de las que yo ya no formaré parte? ¡Pues estas muy equivocada!
- Tú nunca dejarás de existir para nosotros Jonás- dice Isolda con lágrimas en los ojos.
- No me vengas con estupideces del tipo de: seguirás vivo en nuestro recuerdo. En el fondo eres igual que ellos- diciendo esto se levanta, coge su chaqueta y se dirige hacia la puerta.
- Nos veremos en la fiesta- exclama Isolda a modo de súplica.
- No pienso ir a esa estúpida fiesta de despedida, parece que os alegrarais de que me vaya- y diciendo esto, Jonás sale del local.
Recorre las calles de la ciudad hasta que termina todo el combustible de su moto. Cuando esto ocurre la deja aparcada en una esquina, ni siquiera se molesta en candarla y continua a pie.
Deambula durante horas por los barrios donde había transcurrido su niñez. Se acerca a la universidad. Este edificio metálico y triste le trae los más gratos recuerdos. Fue ahí donde conoció a Isolda y donde pasó los mejores años de su vida.
Se sienta sólo en un banco del campus a fumar un cigarrillo y finalmente decide entrar en una pequeña cafetería. Pide un chocolate bien caliente y se sienta en una mesa apartada a leer el periódico. Pero al leer los primeros titulares se da cuenta de que ya nada de eso le importa, él no estará allí al día siguiente, qué le importa que el mundo se resquebraje a pedazos o que este o aquel político sea acusado de corrupción. Durante un instante se siente tentado a pasar a la última página y echar un vistazo a la sección de futuros óbitos para comprobar si es lo suficientemente importante como para figurar en la lista, pero luego recuerda que esas pequeñas reseñas biográficas junto a una foto en blanco y negro siempre le han producido náuseas. Así que no quiere imaginarse como se sentirá ahora al ver su foto junto a una frase del tipo de: “Jonás es un chico alegre al que le gustan el cien y las novelas de misterio”.
Aquello hace que le rechinen los dientes de rabia, cierra el periódico con un aspaviento y se bebe el chocolate tan rápido que por poco se abrasa la garganta. Se dirige a la barra a pagar su consumición, aunque piensa que bien podría no hacerlo, que le denuncien, qué más le da. Pero luego recuerda que todos los “siguientes”, como ellos les llaman, están sometidos a una estrecha vigilancia para evitar ese tipo de actos, así que deja el dinero en la barra y se marcha.
Cuando sale a la calle toma una decisión: irá a esa estúpida fiesta, al fin y al cabo todos sus seres queridos estarán allí, incluida Isolda, a la que había tratado de manera tan injusta.
Camina despacio, con las manos metidas en los bolsillos. Desde que viven en una atmósfera artificial nunca hace ni mucho frío ni mucho calor, pero ese día el clima parece haber empatizado con él, la tarde es fría y húmeda, como su ánimo. Por primera vez en mucho tiempo no tiene prisa por llegar a ninguna parte. La fiesta no empieza hasta las diez y no son más que la ocho. Así que decide acercarse al centro de la ciudad para verlo por última vez, no es un lugar que le guste especialmente, pero es imposible sentirse solo allí y así es como él se siente en ese momento. Se siente la persona más sola de todo el universo, todo el mundo con el que pueda pararse a hablar es diferente a él, todos seguirán allí mañana, él no. Nadie es capaz de entender ni por un momento el vacío que siente en su interior.
No tarda mucho en llegar al punto neurálgico de la gran urbe. Cientos de carteles luminosos brillan por todas partes, anunciando todo tipo de productos inútiles y absurdos que prometen facilitar la vida del afortunado comprador. Jonás maldice a todos los fabricantes de aquella basura, ¿acaso alguno de aquellos estúpidos inventos iba a evitar que mañana todo hubiera terminado para él? Entonces ¿qué es lo que anuncian con tanto orgullo esos imbéciles?
Jonás se dedica entonces a observar a las personas que pasan junto a él. Todas andan muy rápido como si tuvieran mucha prisa, exactamente como había hecho él hasta ese día. Algunas van riendo a carcajadas, otras discuten acaloradamente, otras simplemente observan con admiración y deseo los escaparates mientras pasean con las manos en los bolsillos, pero todas son completamente ajenas a su desgracia. Quizá entre todos esos seres humanos completamente desconocidos haya alguien que se encuentre en su misma situación. Eso le consuela un poco. Escruta sus rostros tratando de adivinar que piensan o sienten en aquel momento, seguramente a ellos nos le importe, lo más probable es que se sientan cómodos y agradezcan el que alguien les diga cómo va a ser su vida y cuando exactamente va a terminar, y así no tengan que andar haciendo planes, así funcionan las cosas para el resto del mundo, piensa. Pero ese no es su caso, él no es como los demás. Entonces comienza a sentir una profunda tristeza. Para el mundo sólo es una persona más que desaparece como todas las que lo hacen a diario, ese día probablemente hayan muerto miles de personas y él mismo no lo siente por que no las conocía, él solo es uno más entre esos miles de millones. La sensación de pequeñez e insignificancia hace que se le revuelva el estómago, siente unas terribles nauseas y tiene que esconderse en un callejón para no vomitar en plena calle. Se sienta en el suelo rodeado de su propio vómito y espera a que las náuseas terminen, después se mete a un bar cercano y pide un café doble.
Se sienta en la barra y simplemente espera a que llegue la hora de marcharse. No tiene que esperar mucho tiempo, apura su café y sale a la calle. Enciende un cigarrillo y camina hacia el bar en el que, seguramente, ya le estén esperando.
Camina despacio, arrastrando los pies, quiere que todo termine de una maldita vez, aquellas horas de espera se están convirtiendo en una profunda agonía.
Sumido en estos amargos pensamientos llega hasta la puerta. Dentro se escuchan voces, todas ellas conocidas, y música, sus amigos seguramente hayan hecho una recopilación de sus canciones preferidas para sorprenderle. Incluso aquello le resulta deprimente.
Está a punto de darse la vuelta y volver por donde había venido, pero la idea de pasar las últimas horas de su vida deambulando por los callejones de la ciudad como un vagabundo no le atrae demasiado, así que finalmente abre la puerta despacio.
Una luz tenue ilumina el local y una densa nube de humo dificulta la respiración. La mayoría de sus amigos ya están allí, unos beben cerveza en la barra y otros, los más sofisticados, apuran cubatas sentados alrededor de las mesas. Su familia había decidido no ir, se habían despedido de él con una agradable cena en casa a la que solo habían acudido sus padres, sus hermanos y su abuela. Jonás no echó de menos a nadie más.
Todos se dan la vuelta cuando le ven entrar. Algunos le saludan desde sus asientos y otros se levantan a estrecharle en un abrazo. De pronto todos comienzan a corear su nombre como si se tratara de un héroe de la Iliada o de un jugador de fútbol que hubiera marcado el tanto decisivo en la final de un mundial. Aquello violenta a Jonás, que no sabe si darse la vuelta y marcharse o mandarles a todos a la mierda y echarles del bar.
Entonces uno de sus mejores amigos se acerca con un par de cervezas en la mano.
- Hemos esperado a que llegaras para abrir el mejor barril- dice sonriendo.
Jonás le devuelve la sonrisa y da un largo trago a la cerveza.
- Deliciosa- suspira.
- Jonás- comienza a decir entonces su amigo- sé que es imposible saber como te sientes en estos momentos, pero también es probable que tú nunca llegues a saber el dolor que siento yo. Sé que el resto actúa como si de verdad hubieran asumido que la muerte es algo natural que tarde o temprano nos llega a todos sin excepción, pero estoy seguro de que en su interior sienten un profundo terror que intentan esconder bajo una falsa apariencia de normalidad. Probablemente ni siquiera ellos sean conscientes de cuán asustados están y la mayoría se irá sin saberlo, pero yo lo sé, puedes estar seguro.
- Gracias Alex- dice Jonás sonriendo tristemente.
- Tampoco es agradable saber que vas a ser el último en bajar del tren, voy a despediros a todos Jonás, uno detrás de otro y al final moriré solo, no creas que me apetece mucho la idea.
Jonás piensa por un momento en la tragedia personal de su amigo, quizá no sea tan horrible marcharse el primero finalmente.
En ese momento alguien le toma del brazo cariñosamente. Jonás se da la vuelta y ahí está Isolda.
- Sabía que hoy llegarías tarde- dice ella.
- Solo son las diez y cuarto- contesta él.
- Tú nunca llegas tarde.
Se funden en un largo abrazo.
La noche transcurre deprisa, Jonás e Isolda se sientan en una mesa apartada junto con sus amigos mas allegados. Todos tienen una anécdota que contar respecto a Jonás. Hay muchas risas y también algún llanto. Pero el alcohol mitiga el dolor y por unas horas todos quieren pensar que Jonás seguiría allí al día siguiente.
Comienzan a abandonar el local a eso de las cinco y media. Nadie se despide de Jonás. Según se van marchando se funden con él en un profundo y sentido abrazo. A esas alturas las palabras no tienen ningún sentido, todo está ya dicho.
Finalmente se quedan solos. Se miran largamente a los ojos sin decir una sola palabra. Y pasan lo que será su última noche juntos durmiendo abrazados en el sofá de un bar.
Jonás se despierta a eso de las ocho, Isolda sigue dormida. La contempla con lágrimas en los ojos, se despide de ella en silencio y se dirige hacia la puerta.
La abre despacio, es el momento de abandonar su refugio. La luz de un nuevo día lo inunda todo a su paso. Sale sin hacer ruido para no despertar a Isolda. Y comienza a caminar decidido.
Ya no siente miedo, ni alegría, ni tristeza, ni siquiera está nervioso, porque él, mejor que nadie, sabe lo que le depara el futuro.