Tenía el libro abierto sobre las rodillas cuando ella abrió la portezuela y subió.
- A Ángel Gallardo – dijo desde el asiento trasero.
Él la miró por el retrovisor, hizo el libro a un lado y se tragó de golpe la saliva que tenía guardada en la boca. El mapa de su cabeza, el que se activaba apenas oír nombrar una calle, de pronto se puso en blanco.
- ¿Por Cuauhtémoc? – dijo con la boca seca, con una voz que sintió prestada.
Ella dijo sí y sonrió. Él giró la llave. Con reserva, examinó el espejo retrovisor, como si se entrometiera y fuera a encontrarse con el justo castigo. Se dijo que sí. Era ella. Apretó los labios para no decirlo en voz alta. Sí. No podía ser otra. Había abierto la puerta, la boca. Estaba en el asiento trasero de su taxi. Era ella. No había duda. Era Madame LeBlanc.
Encontró el libro una noche al terminar turno. Abrió la cajuela y ahí estaba. “Arte uno”, pensó; “un futuro artista se subió a mi taxi, como se habrán subido algún día Siqueiros, Rivera o Toledo al taxi de alguien más. Un artista en potencia”. Lo hojeó tumbado en su colchón, casi con descuido, con cierto resentimiento. Alguna vez quiso dedicarse a la pintura. Un par de dibujos malogrados habían terminado con sus aspiraciones. No sólo había nacido pobre, si no torpe también. Sus manos servían sólo para dar volantazos, para sortear baches y doblar esquinas. Y una vez asumido su talento, se dedicó a pasar ocho horas con el culo pegado al asiento del escarabajo verde limón.
En una de las hojas que pasaban entre sus dedos y el humo del cigarro, se detuvo para ver a un hombre con el pelo y la barba encendidos en rojos y anaranjados, con los ojos azules y un gesto tenso. Luego la había visto a ella. No reparó en el nombre del autor. Tampoco en el del cuadro. Pero fue esa la primera noche que durmió con la imagen de aquella mujer dibujada en la mente.
Este día era Viernes y eran las dos de la tarde. Cuauhtémoc estaba infestado de automóviles, como era habitual ese día y esa hora en la ciudad de México. Habían andado apenas unos cien metros y ya estaban parados frente al primer semáforo en rojo.
La luz cambió a verde y él avanzó el taxi casi por inercia. El atiborramiento en los carriles le dejaba el tiempo suficiente para mirarla de reojo por el retrovisor y sentir cómo ese asombro estúpido aún no se le borraba de la cara. Le dejaba tiempo también para mirar afuera y comenzar a reconocer el entorno. El armatoste de concreto del Centro Médico a la izquierda. El edificio de Exhibimex y el parque con el busto de la primera mujer médico del país, a la derecha. Las escaleras que conducen hasta las entrañas de la ciudad, donde corren las vías del metro. Y en seguida, un semáforo en rojo otra vez. Luego un sonido agudo: como el ladrido de un perro, que fuese robot y que además estuviese nervioso.
Ella metió las manos en un maletín rojo y sacó un teléfono celular que ladraba ahora con más histeria. Pero él no puso atención en el teléfono. Sino en las manos de ella. Las uñas apenas crecidas, la piel ciñéndose a los huesos como un guante quirúrgico. Dos manos ligeras, cuya textura podía asegurar, ya conocía.
No hacía más de un mes que el libro lo acompañaba. El dueño no aparecía y nadie mostraba interés alguno en él. Y cuando estacionaba en el sitio o hacía fila, hojeando aquel libro se había enterado que el señor barbudo y pelirrojo de ojos azules era un autorretrato de Van Gogh. Pero sobre todo, había revisado de nuevo el retrato que un tal Ingres había hecho de Madame LeBlanc. Desde la primera vez que vio la fotografía del cuadro, a él le pareció una mujer hermosa. Y cada que lo veía se convencía más. Era hermosa. Y lo tenía sin cuidado lo que cualquiera pensara. Como aquel ex taxista. Que le había contado cuántas mujeres se había tirado en sus buenos tiempos y ahí merito, en el taxi. Que le había dicho pero qué te cuento, si tú algo has de saber lo que no se puede hacer adentro de uno de estos. Que le preguntó cuántas chavas te has comido en este vochito. Y que al ver la foto en el libro dijo esa vieja está del color de un muerto. Y también dijo de tan tiesa ni dan ganas de abrirle las piernas y encajarle los dientes en el ostión.
Puso la mano sobre el volante y tenía marcados dos dientes en el nudillo.
- Ya voy para allá, vengo trepada en un taxi. No te me histerices, ya voy para allá – vociferó ella.
Sus dedos ligeros apretaron un botón en el aparatito y se deshicieron de él con la misma ingravidez con que lo habían tomado segundos antes. Luego salió de su boca una exhalación violenta. Es el calor, imaginó él, este calor que su estirpe nórdica no está acostumbrada a soportar. Y este era uno de los arranques de impaciencia que él había adivinado tras la sonrisa impasible y la actitud mansa con que había posado para su retrato de mil ochocientos veintitrés. Lo llenó de un orgullo inexplicable haber adivinado ese rasgo de su carácter.
Después de devolver el celular, las manos de la mujer apartaron el maletín, como queriendo ignorarlo y al mismo tiempo, no perderlo de vista. Esas delicadas manos indiferentes al paso del tiempo. Imperecederas.
Alguna de aquellas primeras mañanas en que el libro comenzaba a acompañarlo, había leído que Ingres usaba espejos redondos para resaltar algunos lugares del cuerpo de sus modelos. Debía haberlo hecho con ella y con sus manos. Sus manos seguramente eran las mismas, con esos dedos largos y delgados que habían sostenido el aparatito telefónico como si fuese una extensión de ellos, justo como en aquel cuadro los había posado sobre su faldón negro.
– Madame – se le escapó un poco sin querer, un poco intencionado, y ella no dijo nada.
Volvió a sonreír con discreción y después preguntó “¿Qué?”. Él imaginó que hacía mucho tiempo que nadie la llamaba así. Indicó el camino con las manos sin atreverse a proferir otra palabra, pidiéndole autorización para seguir derecho. Ella, sin borrar la sonrisa de sus labios, asintió inclinando apenas la cabeza. Él entendió aquel gesto como un reconocimiento al respeto proferido. Ella le reconocía haber utilizado la pleitesía propia. Y las manos le comenzaron a sudar frío.
El calor que él no lograba sentir, a ella parecía incomodarla. Se quitó la chaqueta verde, y le mostró con el pudor de este siglo, sus brazos dorados y su camiseta blanca con la fotografía de una vaca a la altura del pecho.
El tiempo la había cambiado, como cambia todo. Su piel ya no era de aquel blanco rosado, sino del dorado característico de su nueva raza.
Ella se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, aprovechando para apartar los cabellos que se quedaban pegados. Una especie de costra se desprendió con la fricción formando un rollito que ella apartó con un dedo. “Mugre”, pensó él. E inmediatamente buscó encontrar otra respuesta, porque Madame LeBlanc no podía tener rollitos de mugre en la cara. Revisó con atención el retrovisor, aprovechando otro semáforo en rojo. Tardó casi nada en darse cuenta que era una costra de piel quemada lo que se había desprendido de su frente. No se notaba a primera vista. Pero aquel color tostado no era producto de su raza de ahora, sino de una larga exposición al sol. Imaginándola sin aquel barniz áureo, era todavía más parecida a su retrato del siglo XIX. Con su piel blanca, sus manos gráciles, su sonrisa apenas sugerida.
Y su cabello. Era aquel cabello. Los rizos oscuros ya no iban recogidos a la altura de la nuca como turbante. Estaban sueltos, desperdigados. Pero ahí estaba la crencha en el medio del cráneo, inevitable desde hacía doscientos años. Los mismo rizos, cayendo ahora hasta la altura del pecho. Que ya no eran aquellas gruesas tetas ceñidas en un cauteloso escote. Ahora se habían liberado de la opresión del corsé. Imaginó el alivio que habría sentido al salirse de aquellos vestidos pesados y poder llevar ahora esos jeans y esas sandalias de piel.
El viaducto había quedado atrás, los autos seguían apretados y se avanzaba con dificultad. Y mientras él seguía contemplando la realeza de aquel rostro, ella miraba desesperada por las ventanillas, apartándose los rizos de la cara.
Y de pronto, así, dejó escapar entre dientes un “¡Mierda!”.
Imaginó si en aquel entonces, cuando Ingres le pedía erguirse más o permanecer con la mirada tiesa, ella le habría soltado un “¡Mierda!”, con esa voz enronquecida. No pudo evitar repasarla con la mirada de nuevo. Y en cuanto sus ojos se toparon, el ceño fruncido de ella se relajó y esbozó otra de esas sonrisas. La sonrisa puesta en un lienzo.
Había decidido que seguiría derecho y no le pediría más indicaciones. Confiaba en que ella sabría mejor que nadie cuándo y cómo darlas.
Pasaron varios semáforos, todos con la luz verde. Y mientras la ciudad estaba hundida en un vaho caliente y espeso, él seguía sintiendo el cuello frío. Y las manos frías. Y los pies fríos.
- A la derecha, por Universidad – indicó ella con el índice.
Había acertado una vez más. Quería soltar el volante y tomar el libro entre las manos y mostrarle cómo llevaba semanas contemplando su retrato, y cómo a pesar del paso del tiempo, él lograba reconocerla.
Lamentó no saber francés, tener las uñas sucias por haber revisado el aceite unas horas antes, no haber gustado jamás de pasarse un cepillo por el pelo. Y no haberse bañado aquel día.
Ella siguió paseando la vista de una ventanilla a la otra, mientras sacaba de su enorme bolso rojo una cajetilla de cigarros.
- ¿Fumas? – le preguntó alcanzándole la cajetilla.
- No – mintió él sin saber por qué.
- ¿Te molesta?
- No – dijo de nuevo y estiró el brazo para tomar el cigarro que le había ofrecido ella antes.
- ¿Fumas o no, güey?
- Sí. Sí fumo. Gracias – y cuando lo dijo ya no se sintió estúpido.
Güey.
El ruido de las calles, el de su cabeza, se ahogaron en aquel sonido. Fue como un golpe en la frente, que le cimbró dentro con la fuerza de un eco.
Güey.
Le había dicho güey.
Un semáforo en rojo nuevamente y ella con el cigarro encendido en una mano, le estiró la otra ofreciéndole la llama. Él se acercó y tapó la flama ahuecando la mano fría. Aspiró. Se encendió la brasa. Y antes que ella retirara la mano, sus dedos se tocaron. Apenas un roce. Apenas lo suficiente para sentir cómo la piel de ella no estaba fría. Cómo parecía que ardía al igual que la brasa de su cigarro. El semáforo volvió a cambiar a verde. Y el celular timbró de nuevo.
- Bueno, con un carajo – dijo ella sin disimular la incomodidad creciente – Güey, estás gastando dinero a lo pendejo. Estoy a dos cuadras. En dos minutos llego. Relájate, güey. Tómate un válium o algo.
Volvió a apretar teclas, a soltar el aparato dentro del maletín. Volvió a apartarse el cabello de la cara. Él seguía sus movimientos por el retrovisor. Con sus manos sobre el faldón. Con su pulcritud reluciente. Con su apariencia apacible equilibrando su personalidad explosiva. Sabía sus rasgos de memoria, los veía cuando cerraba los ojos, cuando soñaba. Arrojó por la ventanilla el cigarro consumido a la mitad. Y apartó los ojos del espejo oblongo.
La apostura. La distinción. El garbo. La elegancia que había retratado Ingres. Miró de reojo el libro en el piso del taxi.
- Qué puto veranito, ¿no? – dijo ella abanicándose con una mano y tiró la colilla por la ventana.
El sudor comenzó a calentarse. El de su frente, el de su espalda, el de su lengua.
- A la derecha, en el siguiente semáforo – siguió ella.
En Miguel Laurent la luz era verde. Las calles ahora eran estrechas y los autos se habían quedado en las avenidas anchas. Una cuadra, dos.
Apretó las mandíbulas conteniendo esa lágrima que amenazaba resbalarle por la mejilla. Sintió cómo el hueco que hasta ahora le ocupaba el estómago comenzaba a llenarse de un caldo hirviente.
- Y me dejas en la siguiente esquina.
Los músculos se le tensaron, todos en sincronía. Madame LeBlanc. La luz amarilla en el semáforo se encendió. Una mujer cualquiera. Su mano forcejeó con la palanca de velocidades. Una mujer vulgar. Su pie se hundió en el acelerador. Madame LeBlanc.
- Pero ¡¿qué estás haciendo, hijo de la chingada?! ¡Te dije que aquí me bajo! – alcanzó a chillar antes de que la bofetada la adormeciera.