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Lebrón, Jorge I. (Loyds)

Mala saña



La primera vez que Martín oyó hablar de Malasaña fue en la canción de Manu Chao. Me gusta Malasaña, me gustas tú, cantaba el tío, en una fórmula que poco a poco ya se iba tornando repetitiva. De todas formas no pudo evitar sentirse seducido por ese nombre que, hasta entonces, ignoraba que existiese y aún más lo que quisiera decir. Pero le parecía un buen nombre, eso seguro. Tiempo después, poco antes de venir por primera vez a Madrid, se enteró de qué iba.

Su hermano, Iván, se había instalado aquí luego de la muerte de sus padres y, casualmente, vivía en Malasaña, según le comentó en una de sus visitas a Buenos Aires. Se trataba de un barrio al norte de la ciudad, antiguo reducto de yonkies y gente under, que poco a poco había ido incorporándose a ésta con gran suceso. Iván había caído en la zona arrastrado por su nueva novia, una chilena descendiente de alemanes, rubia de ojos celestes, que estudiaba bellas artes en calle de la Palma, en plena Malasaña. Ante los reiterados pedidos de Iván, que siempre había tenido gran admiración por su hermano más grande e insistía una y otra vez por mail en presentarle a su nueva novia (el chaval parecía estar realmente enamorado esta vuelta), Martín accedió a visitarlo.

Así arribó a la madre patria por primera vez y acabó viviendo en Malasaña. Jesús del Valle entre calle del Pez y Espíritu Santo, todavía recuerda la dirección, digna del pescador de hombres. Corría el año 2002, hacía seis meses había explotado la Argentina: millones de personas se encontraban acorraladas en el sistema financiero y no podían disponer de sus ahorros. Todos los argentinos que llegaban a Barajas lo hacían para quedarse, en busca de un futuro más promisorio, de algún curro que les permitiese salir del paso. No era el caso de Martín, que vino en plan de visita familiar y estuvo en Madrid poco menos de un mes, en lo de su hermano pequeño y su, hasta entonces, desconocida cuñada chilena. Cada vez que Martín se cruzaba con algún compatriota, le preguntaban si estaba buscando trabajo, hace cuánto tiempo había llegado y si viviría en Madrid o encararía hacia Barcelona u otra ciudad. No, yo vine de paseo, a visitar a mi hermano, a conocer a su novia, respondía. Todos lo miraban con cara de sorprendidos, uno hasta le dijo: ¿pero vos te robaste un banco? En fin, otra historia.

Volvamos a Malasaña. Aquella estancia de unas cuantas semanas no le trae a Martín un panorama más que difuso de calle del Pez y calle de la Madera, las dos que más recuerda. Y si de bares se habla, pues uno en una esquina de Pez (aunque no está del todo seguro) con unas enormes columnas que cruzaban todo el antiguo salón y una barra bastante amplia, y otro más donde con sólo pedir una caña te servían una suculenta paella. Martín no recuerda sus nombres, aunque sí puede decir que hoy, cinco años más tarde, ha intentado dar con alguno de los dos, pero su búsqueda ha resultado infructuosa, tanto como aquella que lo trajo de nuevo hasta aquí.

Los codos en la barra, decirle al cantinero, en voz bien alta: “ponme otra caña” y luego esperar a que regrese con un pincho o una pequeña tapa y haga estallar, o casi, el pequeño vaso de vidrio contra la madera, justo entre sus codos, chorreando espuma que nadie se preocupará por limpiar. Eso es lo que le gusta, siempre le ha gustado, o al menos desde que llegó a España, hace mucho tiempo ya. Iván sigue yendo al mismo sitio que descubrió bastantes años atrás, aquella noche difusa y alejada. Es que ahí, en ese sitio y no en otro, se siente a gusto y puede quedarse horas sin pensar en nada, sólo bebiendo, sin que nadie le hable. Con Manolo, el cantinero, un tío bastante parco y amable, han establecido implícitamente una relación cordial y distante: se dirigen la palabra únicamente para contraprestarse el servicio caña – dinero, dinero – caña, aunque de tanto en tanto se permitan un comentario aislado acerca de algún partido de liga. Así ambos se sienten cómodos. La señora Mari no habla, o al menos él nunca la ha oído hablar. Iván está solo en el mundo y eso está bien. Tiene un curro tolerable, puede pagarse el alquiler y beberse unas cuántas cañas todas las tardes a la hora de salida. Es todo lo que necesita.

¿Cuáles son los límites de Malasaña? Primera pregunta que se hace Martín. ¿Acaso el nombre de todo el barrio se debe a la calle Manuela Malasaña? La segunda. ¿Quién fue Manuela Malasaña? La tercera. ¿Y San Vicente Ferrer? Esa sí que la sabe. Martín ha leído por ahí que fue un santo que hacía unos milagros de la hostia, una vuelta le dieron de comer un niño a la parrilla y el hombre parece que lo revivió. Santos eran los de antes, joder. Ahora, en esa misma calle, un tío se queja de las hordas enardecidas que vomitan en el porche de su casa y beben ruidosamente hasta las 8 de la mañana. Todo esto Martín debe haberlo leído en el diario y, seguramente, pensó en decirle a ese tío, al que vive en el corazón de Malasaña y ni su doble vidrio puede aislarlo de tanta juerga: hombre, en lugar de intentar dormir, baja y bébete una caña; si no puedes con tus enemigos, pues únete a ellos. Pero volviendo a la primera pregunta, los límites de Malasaña, al modesto entender de Martín, son al sur la Gran Vía, al norte calle de Carranza, al este Fuencarral y al oeste San Bernardo. O al menos eso es lo que le indica su mapa.

Iván lo dijo claramente. Después de darle una hostia (que Martín dejó sin contestar) y bajar corriendo las escaleras, llorando, perseguido por los borbotones de excusas que salían de la boca de su hermano mayor. Martín estaba borracho y no recuerda bien nada de lo que sucedió esa noche. Tal vez no haya sido culpa suya sino de su cuñada. O tal vez fue al revés. Lo que sí supone es que seguramente no ha merecido la pena. Pero de todas formas, también es consciente de que, aún hoy día, es probable que hubiera hecho exactamente lo mismo. Así de sincero es y así de sincera es su búsqueda, Martín no es capaz de engañarse. No recuerda casi nada de esa noche, de esa fatídica noche que lo alejaría de su hermano pequeño para siempre, o al menos hasta que logre encontrarlo y decirle aquello tan importante que trae desde tan lejos y que aún no sabe si se atreverá a decirle. Sólo recuerda, o mejor dicho, ha grabado en su memoria deteriorada esas palabras que a veces hasta retumban en sus pesadillas. Es que Iván lo dijo tan claramente. Iván dijo: “no quiero ver nunca más a nadie, ojalá me trague uno de estos bares de Malasaña”.

Martín llega al Bandido Doblemente Armado, un bar librería en calle de Apodaca y Fuencarral, en momentos en que presenta su libro un poeta que nadie recordará. El tío, maquillado con un violento bronceado artificial, lee unos cuantos poemas bastante bien estructurados y recibe un fraternal aplauso de familiares, amigos y conocidos convocados al efecto. Luego, mientras firma ejemplares de su flamante poemario, Martín se desliza suavemente entre el público y estrecha la mano del encargado de la librería. Hay mucha gente y mogollón de libros por vender. Pero Martín, entre una venta y otra, logra mostrarle la foto de su hermano. El encargado le confiesa que no cree haberlo visto antes y le recuerda que hay demasiados bares en Malasaña como para esperar encontrar a alguien en alguno de ellos. Martín ya lo sabe, le agradece y se retira en silencio.

Iván sale del trabajo contento. Sabe a dónde va. Sabe a qué va. Sabe que otra vez va a emborracharse.

La misión es clara: tiene que encontrar a su hermano, tiene que dar con el bar indicado. Aquí la gente va de bar en bar, no se detiene, eso es salir de bares, le dice todo el mundo. Pero Martín tiene que encontrar uno sólo y no se resigna, aunque no cuente con mucho tiempo. Tuvo la suerte de pillar un piso cerca del barrio, en calle Churruca con Barceló, le basta con cruzar Fuencarral para sumergirse en ese lugar donde el graffiti es ley llamado Malasaña.

Martín entra por calle Velarde, directo hasta la plaza 2 de mayo, que es un sitio que le apetece bastante. La plaza está llena de gente paseando a sus perros e intentando ligar a través de éstos. Ello le consta porque a poco de llegar ve a una tía rubia con unas bermudas verdes que flirtea, mascota en mano, con un gigante de cabello cortado al ras. Justo en la esquina de Velarde con San Andrés, Martín se topa con un bar muy parecido al de calle del Pez cuyo nombre no recuerda. El 2° D se llama este, con altas columnas, a la antigua, pero demasiado iluminado y atestado de gente que habla a los gritos. Así no hay forma de emborracharse, rodeado de gritones y sin espacio para pedir una ronda más, piensa por un momento. Aunque sospecha que Iván jamás se sumergiría en ese ambiente, decide dar una vuelta para sacarse cualquier duda: su hermano no está allí.

Martín sale entonces y sube por calle San Andrés en dirección norte. Al final de la plaza encuentra la pizzería Sandos, muy clásica aunque sin lugar para sentarse, sólo un salón subterráneo que prefiere no conocer, sabiendo además que Iván es claustrofóbico. Siguiendo un poco hacia arriba, el contraste es un bar muy moderno llamado La Rama. El nombre le sienta bien pero su interior es demasiado pijo para cualquier borracho que se precie de serlo y sus valores suficientes para asustar a su poco pudiente hermano. Una calle más y llega a la esquina con Manuela Malasaña, donde hay un teatro enorme que rompe con la línea arquitectónica de la zona. Frente a él, Martín observa un irish pub (ni a él ni a Iván le gustaron nunca esos sitios porque son demasiado oscuros) y en diagonal la Casa Maravillas, toda una maravilla, aunque sea mejor dejarla para otra ocasión, porque no hay nadie parecido a su hermano en su interior.

Martín dobla entonces a la izquierda y cruzando la calle Ruiz encuentra La Musa: se trata más bien de un restaurante un tanto cosmopolita, que ofrece desde sushi hasta parrillada argentina a precios bastante razonables. Más que para beber da para darse una paliza de cena, e Iván no es lo que se dice de buen comer. Continúa pues Martín por Manuela Malasaña hasta calle de Monteleón y allí de regreso en dirección sur. Gira en Divino Pastor y pasa frente al hermoso Café Isadora, con piso de ajedrez y un piano al fondo, justo al lado de un lugar especializado en fondué. Martín entra ilusionado, es el lugar perfecto: su hermano toca el piano desde chico y siempre fue aficionado al ajedrez. Pero no hay nadie, siente que se ha metido en un bar fantasma o algo así, ni siquiera hay algún encargado a quien preguntarle o mostrarle la fotografía que lleva en su bolsillo izquierdo.

Martín retoma por calle de Ruiz en dirección a la plaza. A la derecha, justo en la esquina, la rubia habla al oído del gigante, sentados en la única mesa exterior del Café del Malhon, caña de por medio, su perro totalmente abandonado en algún sitio de la plaza. Martín accede al interior del local, bastante colorido: tampoco parece ser el lugar indicado para un Iván, tampoco su hermano está allí. Sale y gira en torno a la plaza en sentido contrario al de las agujas del reloj. Una placa recuerda a los héroes populares que resistieron en ese mismo sitio a las fuerzas de Napoleón, el 2 de mayo de 1808, cuando aún no había ninguno de todos esos bares y esa gente entre la que no está su hermano pequeño. Se prohíbe jugar a la pelota, reza un particular letrero, muy fotogénico desde el punto de vista de Martín, aunque muy toca pelotas (valga la redundancia) para los amantes del fútbol como él.

Antes de llegar a la última esquina, otra pizzería, también llamada Maravillas (tiempo más tarde Martín sabrá que, antes de llamarse Malasaña, el barrio se llamaba Maravillas), del otro lado de la plaza, deja escapar un aroma muy tentador. Acuciado por el hambre y la caminata, decide sentarse en una de las mesitas colocadas sobre la acera, pero la lluvia repentina parece no estar de acuerdo y logra hacerlo cambiar de idea. Encara entonces a Pepe Botella, un bar bajo techo, a pocos metros, nuevamente sobre la calle San Andrés. Pero Pepe, como su nombre lo indica, solamente bebía, ni una tapa le tiraba al buzón. Y beber con la barriga vacía a Martín le pega muy mal, así que decide olvidarse del hambre y seguirlo buscando: a él, a ese maldito orgulloso que había desaparecido hace cinco años en esas mismas calles de Malasaña.

Bajo la cada vez más copiosa lluvia, Martín cree llegar a la esquina de San Andrés y calle de la Palma, donde está emplazada la Taberna 9. Por la ventana, porque ni entrar se puede de la gente que hay, ve una enorme pizarra sobre una de sus paredes que indica los precios de las distintas copas de vino. El lugar es muy pintoresco, pero es imposible que su fóbico hermano pueda estar allí, aplastado entre tanta gente, sin aire que respirar. Martín sigue pues su marcha hasta el corazón del barrio, hasta San Vicente Ferrer. En esta calle, en tres cuadras, hay tantos bares como sean necesarios. Está Angie, con su enorme lengua stone en la puerta; Taboó, un bar medio discoteca; el café y botillería Manuela que es una verdadera belleza aunque sirvan solamente bebidas; la Antigua Huevería con su fachada llena de gallinas pintadas; y Mastropiero, un simpático bar todo de madera, por mencionar sólo algunos de los que ha recorrido en estos días de búsqueda incierta. Es que entre Fuencarral y la bajada que lleva a San Bernardo puedes pasarte una semana entera entrando y saliendo de un bar al otro. Eso Martín ya lo sabe.

Iván traspone la fachada y zócalos de cerámica original e ingresa a la Casa do Compañeiro, se quita su campera de lluvia y la cuelga a secarse entre una colección de bastones. La señora Mari lo reconoce y lo saluda con una media sonrisa. Él se sienta en un banco y apoya los codos sobre la antigua mesa de coser, en el extremo opuesto a la pared de la que pende un enorme mapa de Galicia. El cantinero, parco y amable, le ofrece una inclinación de cabeza, serio y desde lejos, como si estuviese ofendido porque Iván no se ha ubicado en la barra, como siempre, como todos los días.

Un loro de gran tamaño se descuelga de un piso a otro de su jaula, sosteniéndose de las rejas con el pico. Iván recuerda la primera vez que lo vio, cuando se quedó quieto y silencioso, aguardando por unos instantes que el pajarraco dijese algo o le diera algún consuelo y éste parecía no estar de humor para brindarle show alguno. Poco después, en un artículo recortado prolijamente de algún periódico y pegado contra otra de las paredes del bar, Martín leyó que el loro es venezolano, que se llama Roberto y que dejó de hablar en el preciso instante en que llegó a España, años antes de que Iván incluso hubiese nacido. Ahora el loro le resulta simpático, silencioso pero simpático.

Iván pide una copa de rioja y una exquisita matanza que le es servida por Mari con mucho orgullo. Quizá sea Mari la única persona en el mundo que aún le profese cariño a Iván. El plato queda vacío en tiempo récord. Iván pide otra copa. Y otra.

De regreso a casa, caminando por San Vicente Ferrer, un chino casi atropella a Martín con su changuito lleno de cerveza, mientras escapa calle abajo de un coche de policía. De pronto Martín se acuerda de ese bar adonde iba a tomar la última copa antes de que todo ocurriese, sobre corredera de San Pablo. Cada noche le servían un cubata cargadísimo de cacique y él lo dividía en dos para que durase más, mientras miraba las imágenes en blanco y negro en la pantalla gigante. El problema es que su nombre le resulta impronunciable y posiblemente Iván nunca habría ido por allí.

Martín concluye también que su búsqueda es vana, que de todas maneras ya da igual, porque nunca nada va a volver a ser como antes. Otro Iván en el mundo tal vez le sirva como placebo o tal vez no, pero de seguro ese no es motivo para ser perdonado. El tiempo no puede volver para atrás. Las cosas no pueden deshacerse. Y eso Martín también lo sabe.

Iván está borracho. Está solo también, aunque Mari lo observe con cariño desde la puerta de la cocina, aunque Manolo lo proteja con su mirada parca, desde lejos. Por un momento se acuerda de su hermano, de esa única familia que decidió dejar atrás, en el pasado, para siempre. Ya casi no siente nada al respecto. Probablemente lo único que a esta altura le haga sentir alivio (felicidad sería demasiado) es atravesar la puerta de este viejo bar de Malasaña y beber. Aquí se siente seguro, esa es la palabra, y nadie puede encontrarlo ni traicionarlo nunca más. Y Manolo y Mari quizá sean lo más cercano a una familia que finalmente le ha dado la vida. Es que la vida es un bar. Mientras piensa eso, Iván se toma de un trago el fondo de su última copa, paga la cuenta, saluda y sale tambaleándose por la puerta a las calles de Malasaña, a esas calles atestadas de otros bares por los que alguien lo busca sin encontrarlo.

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