PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Colil Abricot, Juan Ignacio (Koyote)

Azotea



Azotea

¿Cómo llegamos a la azotea? Pienso que fue producto de un movimiento natural, algo así como una oleada que nos incitó hacia las alturas. Una corriente de aire que nos condujo buscando un escape.

Ahora es un viejo edificio inofensivo, derruido, que mira a los jardines con indiferencia y sabiduría. En su época dorada nos albergó y se transformó en nuestra guarida. Sólo tenía cinco pisos y un aspecto de estructura sólida, pesada. En los pisos inferiores estaban los laboratorios y algunas salas en las que guardaban todo tipo de frascos con bichos muertos o que nunca nacieron, desde el tercer piso hacia arriba se distribuían las oficinas, una biblioteca y otras dependencias que habitualmente permanecían cerradas o vacías.

A la azotea se llegaba por una escalera ancha, en cuyo final sólo había una puerta que carecía de cualquier resguardo y que sólo en ocasiones permanecía cerrada.

Afuera nos recibía la luz, el viento del otoño y un cierto tufillo que yo pensaba que era la libertad. En ese tiempo creía que la libertad podía respirarse, sentirse en el ambiente, palparse como un ser vivo. Cosas que uno pensaba de joven.

Desde ahí podíamos ver  las copas de los árboles desde arriba,  como si fuera la imagen de un territorio perdido, una tierra desconocida y añorada. Pero en ese tiempo no estábamos para nostalgias, por lo menos eso suponía, aunque pensándolo bien lo que nos movía era justamente la nostalgia. La búsqueda de un territorio, de un tiempo que uno cree se encuentra en el futuro, pero que inevitablemente se ubica en el pasado más remoto e incierto. Quizás como una forma de certeza.

Fue en aquella azotea en que comenzó y creo que concluyó todo.

Nos parecía un lugar seguro en el cual podíamos sentirnos a nuestras anchas. Abajo el mundo transcurría en lo que aparentemente a mí me parecía  inercia, mediocridad, vulgaridad. Desde aquella azotea se tenía otra visión de los días. Puede sonar ridículo y es que en cierta forma lo era.

Abajo los días transcurrían como suelen suceder en una universidad bajo una dictadura. Marchas, protestas, ollas comunes, infiltrados políticos, jóvenes conscientes, profesores con pasado turbulento, estudiantes esforzados, amores en los jardines, canciones de Víctor Jara, guardias con lumas, radios y bigotes y un etcétera interminable. 

La azotea se convirtió en un espacio privado, sólo para iniciados. Aunque eso es sólo una forma de decir. Nunca nos sentimos mejores o superiores que el resto, sino simplemente que vivíamos en una franja angosta de realidad. Una franja que se manifestaba espacialmente en ese cuadrado que era la azotea. ¿Un punto de fuga?

Desde allí mirábamos al resto como quien observa una película muda. Los gritos nos llegaban confundidos en una madeja de sonidos y a veces el aire picante nos indicaba que las bombas lacrimógenas habían sido lanzadas.

La azotea nos mantenía en un falso estado de levitación, aunque más que la azotea, ese estado lo alcanzábamos con las permanentes dosis de marihuana que consumíamos. Habitualmente se trataba de tradicional cogollo andino, que en esos años aún era rey y señor. Por unas cuantas monedas y una buena caminata uno conseguía lo suficiente como para pasar el día y quizás parte de la noche.

Los lugares de expendio habitualmente eran tradicionales poblaciones en las cuales alguna familia empujada por la necesidad  había emprendido la riesgosa misión del comercio ilícito.

Por lo general  la transacción se hacía de forma rápida, sin preguntas ni muchas miradas. Con el tiempo uno iba estableciendo las relaciones entre aquellas personas que aparecían, por los rasgos, por las edades, podía formarse la borrosa imagen de un árbol genealógico. Desde la abuelita, que vendía sentada mientras disfrutaba del sol de la tarde, hasta los nietos, un poco más acelerados y nerviosos, que no dudaban en enseñar cicatrices y  armas a modo de bienvenida. Códigos que se aprendían con celeridad y se respetaban con humildad.

Fue en una de aquellas misiones rápidas en la que nuestro traficante frecuente nos solicitó ayuda. Era un tipo simpático, muy amistoso y generoso, cualidades que lo hacían sobresalir en su difícil medio. Le conocíamos por Hugo, aunque después supe que no era ese su verdadero nombre.

Él, a diferencia de los demás, nos hacía pasar a su casa, nos ofrecía algo de su reserva personal y siempre contaba alguna de sus historias. Tenía una facilidad de palabras que provocaba que uno le pusiera atención.

En una de esas ocasiones  nos pidió que nos consiguiéramos un auto. Era para un viaje rápido. Es cosa de un par de horas, dijo con soltura. Ese día yo andaba con Armando, uno de los que frecuentaba esporádicamente la azotea. No era muy amigo nuestro, sólo a veces conversaba con nosotros, no nos gustaba su estilo pedante, ni sus conversaciones seudo filosóficas, pero siempre cargaba con un poco de efectivo.

Es algo muy rápido y  no es para nada peligroso. Insistió Hugo.

No sé por qué le creí. Armando también lo hizo y no nos costó mucho para decidirnos a apoyarlo

En un par de horas ya estábamos arriba del automóvil del papá de Armando. Pasamos a buscar a Hugo, quien iba acompañado de dos tipos silenciosos y de aspecto deportivo. Apenas se subieron hicieron dos inmensos pitos con una marihuana color verde esmeralda con unos sutiles toques violetas.  El pequeño espacio del vehículo se convirtió en la nebulosa de Andrómeda, entre toses, ojos rojos y sonrisas. La nebulosa de Andrómeda se desplazaba confiada por un universo en expansión.

En unos cuantos minutos íbamos con rumbo sur. Supuestamente hasta San Francisco de Mostazal. En un par de horas estaríamos de vuelta y por supuesto nuestra recompensa sería una suculenta porción de cogollos premium. En esos tiempos, algo muy lejano para cualquiera.

Con Armando, sólo nos imaginábamos lo que haríamos con nuestra parte del botín. Nos veíamos en la azotea girando sobre un interminable carrusel.

Todo era tan fácil, tan rápido, Hugo eran un tipo tan amable, todo eso se mezclaba en mis pensamientos a esa hora en que la tarde comienza a alargar las sombras en los primeros días de primavera.

En el auto la música de Pink Floyd nos llevaba aún más rápido, aún más livianos. Hugo comentaba acerca de algunos de sus viajes mientras sus acompañantes se limitaban a sonreír y a preguntar cosas sin importancia. Íbamos llegando a San Francisco de Mostazal cuando Armando se dispuso a tomar el desvío. Sólo le bastó disminuir un poco la velocidad y comenzar a señalizar hacia la derecha para escuchar la voz de Hugo.

-         Todavía nos falta un poco, por favor continúa adelante.

-         ¿Cuánto más?

-         Unos pocos kilómetros, yo te aviso – dijo Hugo con seguridad. Yo observé que en su mirada había algo más. Sus acompañantes miraban distraídamente por la ventana. Los minutos comenzaron a transcurrir lentamente a partir de ese momento. La nebulosa de Andrómeda cayó en un campo de fuerzas difusas.

No recuerdo haber mirado a Armando, pero supe que estaba tenso y que las palabras de Hugo comenzaban a transformarse en  pequeñas agujas que caían sobre su cabeza.

-         ¿Es muy lejos? – me atreví a preguntar.

-         ¿Tenís miedo?, ¿qué preguntai tanto? – me contrapreguntó uno de los acompañantes. Mientras Hugo le ponía una mano sobre los hombros para calmarlo y hablaba para imponer su parecer.

-         Tranquilo,  es cosa de minutos.

No volví a preguntar, ni a mirar hacia atrás. Me recriminaba por haber sido tan imbécil para decidir acompañar a los sujetos. Veía todo con claridad y cada segundo que transcurría podía ver más claramente nuestra estupidez, nuestra cuota de ambición desmedida, nuestra ingenuidad, nuestra falta de experiencia. La tarde comenzaba  a quedar en el pasado y continuábamos devorando kilómetros hasta que después de una media hora o cuarenta minutos, Hugo nos indicó un camino hacia la cordillera por el cual nos introdujimos y avanzamos al ritmo de Pink Floyd con su wish you were here, que era lo más apropiado para ese momento. Pasábamos raudos por un paisaje de álamos, cercos y extensos potreros que se extendían hacia los costados. De tanto en tanto nos encontrábamos con una vaca o un caballo que nos miraban sorprendidos. Después de un rato tomamos un camino de tierra, angosto y lleno de baches, por esa huella recorrimos unos quince minutos hasta que Hugo nos indicó con un gesto que habíamos llegado.

Bajaron del auto y nos dijeron que los esperáramos. Yo apenas me atrevía a mirar más allá de lo que el paisaje me ofrecía. Sólo se veía una vieja y pequeña casa de campo. Un par de perros aparecieron ladrando hasta que reconocieron a Hugo y comenzaron a saltar a su alrededor. Después de eso apareció un hombre mayor que los invitó a entrar.

Era evidente que los acontecimientos comenzaban a complicarse. Lo único que añoraba era estar en la azotea.

Después de un rato Hugo y sus amigos aparecieron cargando cada uno un saco. Parecía una mercancía muy pesada. Nos pidieron que les abriéramos la maleta. Cada uno guardó su saco, se despidieron del viejo  e iniciamos el camino de regreso.

-         Todo salió muy fácil – nos dijo Hugo mientras nos palmoteaba la espalda –en cosa de un rato vamos a estar de vuelta y todos felices.

Nosotros sólo nos limitamos a mirarlo por el espejo y a sonreírle. Pensamos ingenuamente que todo había concluido, que volveríamos a Santiago y que a modo de agradecimiento Hugo  nos regalaría una suculenta provisión y luego nos despediríamos.  

Llegamos a Santiago y anduvimos deambulando hasta altas horas de la madrugada, por poblaciones que ni siquiera conocía de nombre. Hugo nos guiaba con indicaciones precisas, dobla en la siguiente esquina, sigue, deténte, continúa derecho, ahora dobla a la izquierda. Armando simplemente obedecía, ya que ni siquiera queríamos enfrentar el posible disgusto de Hugo y sus acompañantes.

Nos detuvimos en algunas ocasiones, Hugo se bajaba con sus amigos, bajaban uno de  los bultos, ingresaban a alguna casa,  conversaban con otros tipos. Nosotros los mirábamos desde nuestra posición y nos culpábamos mutuamente de habernos enredados en esa situación. Para cualquier tipo medianamente informado todo aquello era un riesgo absurdo. En cualquier esquina nos podíamos encontrar con los pacos o los milicos o en el peor de los casos con los cni y de nada valdrían las explicaciones. Lo único que esperábamos era que todo concluyera lo antes posible y a medida que los minutos transcurrían, nos conformábamos simplemente con que se bajaran del auto. Ya ni siquiera esperábamos nuestra retribución.

Pero cuando las cosas andan mal y uno se lamenta, lo único que consigue es que las cosas empeoren.

En el trayecto nos detuvo un grupo de civiles que  estaba en una esquina, nos pidieron los documentos, nosotros temblamos y tratábamos de simular tranquilidad, pero ni siquiera sabíamos si había toque de queda. Los tipos se veían como cualquier hijo de  vecino, chascones, con bufandas, chalecos de lana. Lo único que los diferenciaba era cada uno portaba bajo el brazo una uzi. Nos hicieron descender y nos pusieron contra la pared, fue en ese momento que distinguí en el interior del vehículo de ellos a una joven, tendría la edad nuestra. Fue sólo un fugaz instante que su figura se cruzó con mi vista. Su pelo negro largo caía sobre sus hombros, una venda cubría sus ojos. Hugo se acercó al que mandaba, sacó algo de su bolsillo y se lo enseñó. Los vimos conversar. El tipo nos señaló con un gesto y algo se dijeron. Se rieron. Después Hugo volvió al auto, reiniciamos la marcha y los dejamos en su casa cerca de las dos de la mañana.

Ese rostro con aquella venda sobre los ojos nunca pude sacarlo de mi memoria, quedó guardado, escondido y cada cierto tiempo aparecía en mis divagaciones, en mis sueños, en mis pesadillas. Quise olvidar aquella visión, pero mientras más tiempo transcurría más nítida se hacía, como si las sombras de aquella lejana noche se disiparan con los años. A cualquier hora del día o de la noche me enfrentaba nuevamente a ese rostro cubierto por aquella venda, su pelo negro cayendo sobre sus hombros, la noche y el miedo cayendo sobre mí. Wish you were here sonando en mi cabeza como una banda sonora. A veces pensaba en lo que a ella le tocó vivir en esas horas. Imaginaba que después de ese encuentro la liberaban en medio de la oscuridad y ella corría y corría por las calles vacías, su pelo al viento, sus ojos llenos de entusiasmo, sus piernas ligeras impulsadas por el miedo y la rabia. Acompañada sólo por el ladrido de los perros y la mirada de los gatos hasta que por esas casualidades, se volvía a topar con nosotros que finalmente la rescatábamos. A veces pensaba que le sacaba la venda y la invitaba a la azotea, a veces pensaba que esa noche debía haber hecho algo, o quizás debí haberlo hecho en los días siguientes, pensaba en buscar a alguien de la Vicaría de la Solidaridad y contarle lo que había visto, pensaba en ir a alguna radio o a alguna revista y contarles, quizás pudiesen saber quién era ella, pensaba en varias alternativas, pero sólo me quedé con la idea, con la sola intención que nunca llegó a transformarse en nada.

No volvimos a ir donde Hugo, ni tampoco volvimos hablar del tema. Nos refugiamos en la azotea y creo que pasó mucho tiempo antes que nos atreviéramos a bajar.                                                                           KOYOTE

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de