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Torres Caballer, Benedicto (Quark)

Íntimo secreto



Juan tenía su autoestima por los suelos. Desde su última separación, hace algunos años, no se sentía así. Aunque no llegaba a los cincuenta, se notaba viejo, decrépito, solo, sin rumbo. Deseaba comentar su problema con alguien, su secreto, pero no con ningún amigo suyo. Lo consideraba humillante, triste. Entonces se acordó de su dulce y admirable amiga Amelia, su amor interrumpido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio, poco antes de casarse.

Amelia, rebelde, soltera porque así siempre lo deseó o también porque nunca encontró al hombre que la entendiese, era algo mayor que Juan. Vivía en un modesto chalet, en un pequeño pueblo lejos de la ciudad. Pintaba óleos, retratos al pastel, acuarelas,... Sus cuadros estaban bien cotizados.

Después de pensarlo mucho, Juan decidió visitarla, aunque no sabía muy bien como le iba a contar su problema. Daba lo mismo, necesitaba hablar con alguien y ella era la más indicada en esos momentos de crisis, pero antes la llamaría por teléfono para asegurarse de que se encontraría en el chalet. Cogió su móvil y marcó el número de Amelia, al conectar, oyó por el auricular:

—Hola Juan, ¿qué tal te va?

—¿Cómo sabías quién soy?

—Tu móvil sigue siendo el mismo y me sale el nombre por el visor —dijo Amelia con una dulce y pausada voz.

—Yo que pensaba preguntarte si sabías quién era.

—Pues ya ves, si no quieres que te reconozca debes llamarme desde otro número —contestó sin malicia.

—Te llamaba porque deseaba ir al chalet para verte —dijo Juan algo ruborizado.

—No tenía pensado salir. Si quieres ven, aunque tengo la nevera vacía y no te voy a poder ofrecer nada.

—No prepares nada, cualquier infusión me servirá.

—Aquí estaré, ven cuando quieras.

Cuando hablaba con ella Juan se sentía bien. Amelia era una mujer que sabía lo que decir en cada momento y a cada persona.

Salió hacia el garaje y arrancó el coche. El testigo del combustible estaba encendido y se dirigió hacia una gasolinera; llenó el depósito y tomó la dirección del pueblo de Amelia, hacia la montaña. Por la autovía apenas se tardaba una hora en llegar. Conducir le distraía. La música del radiocasete, subida de volumen, y la concentración en la carretera, le impedían pensar en su problema. El tiempo pasó rápido.

Llegó al pueblo, pequeño, de calles estrechas y sinuosas. El Ayuntamiento se encontraba en la única plaza, en el centro de la villa. Se distinguía del resto de casas por unas banderas raídas que colgaban de unos mástiles sujetos a una barandilla negra. La Iglesia, no muy grande, sin la solera artística que dan los lustros, también estaba en la plaza, haciendo recodo con una callejuela. El chalet de Amelia se encontraba a las afueras, en el campo. Era una construcción de estilo mediterráneo y, aunque no tenía un diseño especial, resultaba aparente. De dos alturas, la planta baja servía de garaje y trastero, arriba, subiendo por unas pocas escaleras, se encontraba la vivienda, amplia, de grandes habitaciones, cómoda pero sin lujos, tal y como los padres de Amelia la dejaron cuando la heredó.

Juan salió del coche y abrió la verja. Luego entró con el vehículo, dejándolo aparcado al lado de un almendro plantado en la parte central del terreno. Había suficiente espacio para varios coches. Salió del vehículo y subió las escaleras. Amelia se percató de su llegada y dejó la puerta abierta.

—Pasa. Estoy en la cocina —dijo cuando oyó cerrar la puerta.

—¿Y si llega a ser otro? —preguntó Juan con cierto retintín cerrando la puerta y dirigiéndose a donde estaba ella.

—Le hubiera dicho lo mismo, aquí nos conocemos todos. En invierno casi no hay gente —dijo de espaldas mientras él entraba.

Amelia tomó un trapo de cocina y, secándose las manos, giró para ver a Juan y saludarlo. Se besaron en las mejillas. Luego, Juan intentó darle un abrazo.

—¡Eh!, esas manos quietecitas —dijo ella con dulzura apartándolas con suavidad.

—Mujer, ¡sólo era un abrazo amistoso!

—Tú abraza a tus amigos, pero para mí eso significa otra cosa.

—Veo que tu conducta no ha cambiado con los años —dijo él sin saber qué hacer con sus manos.

—¡Y por qué tenía que cambiarla!, estoy contenta de mi carácter. ¿O acaso me ves huraña?

—En absoluto, sigues siendo la maravillosa persona de siempre, por eso he venido, me apetecía hablar contigo —contestó quitándose el abrigo.

—¿Después de todo este tiempo sin hacerme ni una llamada?

Juan salió de la cocina para colgar el abrigo en una percha de madera que estaba en la entrada, aprovechando esto para pensar qué responder. La cocina se situaba frente a la puerta de entrada, era espaciosa y muy luminosa, con enormes ventanas por las que se veían grandes extensiones de frutales y unas lejanas montañas; contaba con un pequeño cuarto con una alacena y numerosas estanterías que contenían todo tipo de utensilios de cocina; una puerta de aluminio daba paso a una larga y estrecha terraza con ropa tendida.

—Bueno..., tienes razón. Al estar casado he ido algo agobiado —dijo con cierto titubeo.

—¿Ahora ya no estás casado? —preguntó Amelia mientras buscaba en el armario uno de los botes de infusiones.

—Es una larga historia —contestó Juan mintiendo—. Y a ti, ¿cómo te va?

Con movimientos serenos, como si estuviesen ensayados, Amelia dejó sobre la encimera, con especial cuidado, todo lo necesario para comenzar a preparar un pequeño refrigerio.

—Pues como siempre, con mis cuadros, mi jardín, mi vida tranquila. Me gusta estar en mi casa.

Mientras hablaba, Amelia se dirigió al comedor para apagar la televisión sorteando delicadamente a Juan y dejándole una fresca y suave fragancia de agua de rosas.

—¿Sola? —preguntó Juan siguiéndole sus pasos.

—Si te refieres a si tengo pareja, ahora no estoy con nadie. Además, es como deseo continuar, los hombres sois muy pesaditos, para un polvo que dais, a veces no muy bien, tengo que estar pendiente como si fuerais unas criaturas indefensas. ¡Qué pesadez! —dijo dirigiéndose nuevamente a la cocina.

—A veces resultas caústica.

—No, soy realista —contestó poniendo agua a calentar para la infusión.

—Pues yo en alguna ocasión me he acordado de ti, de cuando éramos novios.

—¿Novios?... Corazón, tú y yo nunca fuimos novios. Que nos acostásemos tres o cuatro veces no significa nada, además, fuiste tú quien no quisiste continuar.

—¡Continuar contigo después de decirme que ibas a un congreso para pasártelo en grande con todo aquel que te gustase! ¿No fue en Chile? —preguntó sentándose en un taburete.

Amelia le contestaba con voz lejana desde la terraza mientras tendía un par de paños húmedos.

—¡Uf! ¡No veas como me lo pasé! Me enrollé con un ponente y estuve acostándome con él todo el tiempo que duró el congreso. Menudo ejemplar; un superdotado. ¡Qué bueno era en la cama!

—Y..., ¿casado? —dijo Juan mirando el interior de un vaso vacío.

—¡Pues claro!, ese hombre no podía estar soltero —afirmó mientras cerraba con suavidad la puerta que daba a la terraza.

—A veces tu frivolidad me desborda —dijo Juan dejando el vaso y cruzando los brazos con cierta indignación—. Y su mujer, ¿qué?

—Ella sabrá, ese no es mi problema. Yo pienso por mí misma, para divertirme, para estar a gusto en todos los sitios. Cada uno debe apañarse con sus situaciones, somos mayorcitos ¿no?

Amelia apagó el fuego al ver hervir el agua, echando a continuación un poco de ésta en la tetera para calentarla; después de removerla, tiró el agua.

—Pues yo te quería, ¿lo sabías?

—Me alegra saber que tenías esos sentimientos hacia mí, son bonitos —respondió mientras echaba tres cucharadas de té escaldando las diminutas hojas con el agua hirviente.

—Y tú..., ¿no me quisiste un poquito? —preguntó mirándola con ojos suplicantes.

—No —dijo con sinceridad—, estaba a gusto contigo, disfruté y ya está.

—¡Caramba!, a veces eres fría en tus afirmaciones.

—Vale..., te quería un poquito —respondiéndole así para evitar que Juan se pusiera triste.

—¡Menos mal! —exclamó creyéndose su respuesta.

Amelia le pidió a Juan que la ayudase. Entre los dos colocaron las tazas y la tetera en la mesa del salón. Ella sacó de un armario el azucarero y un bote grande con pastas de diferentes tipos. Intuía el problema de Juan, pero no quería sonsacarle su secreto. Si quería ayuda debía decidirse por contárselo. Tomaron asiento y prosiguieron con su conversación.

—Cuéntame cosas de tu chica, bueno de tu mujer ¿no? —preguntó mientras decidía qué pasta iba a coger.

—La verdad, no sé por dónde empezar.

—Si no quieres contármelo no me lo cuentes. Disfruta la merienda. Luego podemos ver una película.

—No, Amelia, deseo desahogarme. Estoy bastante jodido. Eres la única persona que me haces ver que los problemas no son tan graves como parecen.

—Los problemas los podemos convertir en graves sin necesidad. Afrontándolos con firmeza y dándoles la importancia necesaria, la mayoría se suelen resolver. Así se evita pasar malos tragos.

—Verás... Mi mujer... —respondió Juan sin atreverse a continuar.

—¡Está muriéndose! —exclamó de sopetón quedándose quieta y aparentando cierta perplejidad.

—No seas bruta, no es eso. No sé si contártelo... es confidencial.

—Entonces, está embarazada, no queréis hijos y va a abortar —dando un cierto tono dramático y sabiendo que no era nada de eso.

—¡Uf!, desde luego no aciertas una —contestó Juan indignado echándose té en la taza—. ¡Que me ha puesto los cuernos, caray! —exclamando esto en voz baja.

—Y ese es el problema grave por lo que estás tan ¿jodido? —preguntó mientras miraba las galletas apuntándolas con un dedo titubeante.

—¡Claro! ¡Como para ti es tan normal ir poniendo los cuernos a la gente!

—¿Lo has hablado con ella?, ¿estás seguro? —preguntó Amelia mirándolo con sus penetrantes ojos azules.

—Quiere la separación.

—Eso está bien. ¡Entonces ya tienes el problema resuelto! —contestó con cierta alegría dándole un pequeño mordisco a una galleta que había seleccionado.

—A veces simplificas tanto las cosas que me exasperas.

—Pero ¿por qué lo tienes que ver todo tan complicado? Analiza fríamente la situación. Tu mujer se va con otro, seguramente se ha enamorado, te pide la separación, ¿qué quieres hacer? Si te resulta mejor, cómprate un látigo masoquista en un “sexshop” y te atizas hasta darte cuenta de que las cosas son como son.

—Pues yo no lo veo tan sencillo. Deberé comenzar de nuevo, vender el piso, alquilarme uno, hacerme la comida, fregar, planchar, lavar...

—¿Ves? ¡Si ya lo tienes todo pensado! —escudriñó nuevamente el bote de galletas—. Con respecto a ser amo de casa, ahora no existen esclavas. Además, hoy en día la mayoría de mujeres no están por la labor de ser criadas de sus parejas. Pero puedes contratar a una cocinera y a una señora de la limpieza, es tan sencillo como eso.

—¡Ni que fuera Onassis! —exclamó Juan alzando ligeramente la voz.

—Pide un préstamo. Hasta acostumbrarte a las tareas del hogar, pagas y te las van haciendo, mientras, puedes disfrutar de tu independencia, salir con tus amigas, encontrar a otras, acostarte con las que quieras o se dejen. En fin, tienes un paraíso por delante; no entiendo por qué te quejas.

—¿Siempre lo ves todo de forma tan optimista?

—Sí. Quizá por eso vienes a hablar conmigo.

—No sé... Puede que tengas razón. Siempre la tienes.

—¡Anímate Juan! Eres todavía atractivo, aún puedes gustar a las chicas. Tu situación de malestar durará poco, realmente lo que quieras hacerla durar.

—Entonces, ¿te resulto atractivo?

—Supongo, aunque te veo como a un amigo.

—Bien, es tarde, me voy a ir, estoy agotado y no quiero molestarte más.

—Si quieres puedes quedarte a dormir aquí, en la habitación de invitados —dijo Amelia dulcemente mientras recogía la mesa.

—¿Te ayudo a recoger?

—Eso no se pregunta, pero no te preocupes, eres mi invitado. Ahora te daré una manta por las noches refresca, yo también estoy cansada.

—¿No podría dormir en tu cama? —sugirió, pensando obtener una respuesta afirmativa.

—Nooo... —respondió Amelia, alargando especialmente la negativa.

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