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Pacios, Jesus de Dios (Muwatalli)

Manzanas



Al lado del Cuartel Nuevo, más allá del muro de pizarra que nos aísla del mundo, hay un huerto enorme lleno de manzanos a rebosar. Todos los años lo asaltamos unas cuantas veces y otras tantas salimos corriendo cuando nos sorprenden y lanzan los perros. Es un buen juego y si no hay errores no hay daños. Nos hemos vuelto unos expertos en calcular cuántas nos podemos llevar sin perder el culo de un mordisco. Pero estos últimos días las cosas han cambiado. Hemos entrado varias veces y está todo muy quieto. Los perros no están. Ni el viejo de pelo blanco que los azuza y nos amenaza con la vara. Nos hemos hartado de comer manzanas pero así no tiene gracia, es como tenerlas en la cocina de casa y comerse una obligado por la madre. Ya no nos interesan. En cambio nos puede la curiosidad y llevamos días encaramados al muro intentando saber qué sucede, haciendo turnos, para que no se nos escape un detalle, un signo, un acontecimiento.  Ayer fue el primero, cuando una escavadora entró y estuvo derruyendo los cercados y alisando el terreno. Carlos y Toño que estaban de vigías fueron corriendo a decírselo a Vites y al poco tiempo estábamos todos en el muro. La excavadora había terminado y ahora unos hombres trazan marcas en el suelo con cal blanca. Nosotros seguimos en el muro, como una bandada de gorriones al acecho. Uno de los hombres nos ve y se acerca y nos ponemos a revolotear sin saber si levantar o no el vuelo, pero el hombre nos llama y parece amistoso, así que nos calmamos y nos entregamos a la curiosidad. Vites, que es el jefe desde que me acuerdo, se deja caer y habla con el hombre, que le señala los manzanos y luego a nosotros y vemos como Vites abre los brazos, como si se asombrara y pega un brinco y el hombre le mesa los cabellos en un gesto afable y Vites viene corriendo y se nos queda mirando desde abajo, con cara de haberle tocado un premio muy grande, porque se pasa al menos un minuto queriendo decirnos algo que no le sale hasta que explota y nos dice que todas, todas, todas. Le miramos sin saber qué hacer por que no entendemos nada hasta que la sale algo más y nos grita, con los brazos abiertos, como si no fuera capaz de abarcar la imagen que tienen en la cabeza,  que nos las dan todas, todas… las manzanas, todas las manzanas, para nosotros, que van a cortar los árboles y que si las queremos hay que cogerlas porque mañana por la tarde los tiran. En el muro, la bandada de gorriones se queda un instante muda, mirando a Vites y al hombre que sigue la escena desde lejos y a mi se me ocurre que para qué queremos las manzanas, pero es solo un instante porque los gorriones están todos en el suelo y es obvio que ninguno se ha preguntado lo mismo que yo, así que salto también y espero a que Vites, que para eso manda, diga para qué. Pero es en vano, porque sale disparado hacia el primer manzano y se sube y empieza a lanzar manzanas al suelo y sin dejar de hacerlo organiza la intendencia y nos pone a la mitad en los árboles y a los otros acarreando manzanas en el regazo de los jerseys, hasta un esquinazo del muro que queda oculto de las miradas de la gente que sube por el camino que pasa entre el cuartel y el cementerio, subiendo desde Ramón Ferreiro hasta la plaza de Bretaña y que es una tierra de nadie, ni del huerto que allí no llega, ni de los guardias porque les cae fuera del recinto. Ya es muy tarde cuando nos rendimos y nos paramos a ver. El montón de manzanas sube por encima de nuestras cabezas y su base es más grande de lo que podríamos abarcar entre todos cogiéndonos de las manos. Pero sigo sin saber para qué y se lo pregunto a Vites que me mira incómodo porque le pregunto una tontería para la que no tienen respuesta. Toño dice que para comerlas, claro, y se pone a ello pero a mi tanta manzana ya me da asco y a los demás parece que también porque le dejamos sólo hasta que se para y escupe un último trozo. Es muy tarde y hay que irse y en ello estamos cuando a Vites se le ilumina el cerebro y le brillan los ojos con la idea y dice que vamos a hacer una guerra y que para eso son las manzanas, que mañana se lo dirá a los de Montirón y que así acabamos el verano como debe ser, con una buena guerra con munición limpia, así lo dice, limpia, como para comparar con las piedras de toda la vida que pasan a ser munición sucia y seguro que así los padres no tienen que intervenir este año como el pasado, cuando las cosas se salieron de madre el día que Manel acabó en el dentista sin los dos paletos que le saltaron de una pedrada y de paso descubrieron que los cardenales de nuestros cuerpos y las brechas en la cabeza de Soto y el Fugachó no eran de jugar al fútbol. Por cierto, que en estas andamos cuando me pongo a pensar lo curioso que resulta que estos dos vayan juntos siempre en esto de hacerse daño, sobre todo desde  que el Fugachó quemó vivo, bueno, a medias, al Soto en una sesión de circo que montamos en el patio de la Carola, que con tal de vendernos unas gaseosas pasaba por lo que fuera, como aquella tarde en que aun nos duraba el recuerdo de la película del mago Fumanchú y el beso de la muerte y nos pusimos a hacer numeritos de magia, más bien patéticos, hasta que Jose se puso en medio del círculo de espectadores, vestido con un trozo de tela dorada a modo de capa y una toalla azul mal enrollada en la frente, como si fuera un turbante, una vela encendida en la mano derecha, un vaso lleno de líquido amarillento en la izquierda y así, con las brazos abiertos y la voz todo lo ronca que le dejaban sus trece años, dijo que era el mismísimo mago Fugachó y que atentos porque el fuego saldría de su boca igual que hacen los dragones chinos. La verdad es que daba un poco de miedo, o un poco de risa, no se muy bien, pero todo pasó muy rápido y ya da igual, sobre todo para Soto, que tuvo la mala suerte de andar cerca cuando el mago de pacotilla se metió un sorbo de gasolina en la boca y uno de los que andaban por allí, para hacer una gracia, se puso a hacerle cosquillas. Con las risas no pudo aguantarse y escupió justo delante de la vela, en el mismo momento que el Soto metía las narices para ver mejor. Así que el fogonazo le dio en la cara, cuello y pecho, le inflamó la ropa y se puso a arder hasta que uno de los mayores reaccionó y le apagó echándole un abrigo por encima. Salió de aquella con unas cicatrices enormes, desde la oreja izquierda hasta la mitad del pecho, pero como entonces las cosas se tomaban de otra forma  no pasó casi nada. Soto se quedó con las cicatrices y Jose con el mote, para el resto de sus vidas. El caso es que, volviendo a las manzanas, los dos ejércitos se reunieron junto al nogal que hay cerca del muro oeste del cementerio y se repartieron el campo. A mi no me gustó que nos tocara defender la fortaleza, es decir subirnos al techo de los nichos abandonados que está pegados al muro del cementerio viejo, aunque sea fácil hacerse la ilusión de que estás en un castillo almenado. El muro es de pizarra y tiene unos tres metros en todo el perímetro, pero es demasiado grande para que lo podamos defender desde todos los ángulos, aunque Vites, cuando se lo digo, sale del paso diciendo que son unos burros y que no se les ocurrirá venirnos por detrás. Es domingo y hemos subido al castillo cuatro grandes montones de manzanas y Vites nos ha organizado militarmente, o eso dice él. Los más pequeños han quedado encargados de abastecer a los tiradores y los tiradores sabemos, porque nos lo ha dicho Vites, que hay que hacer fuego cruzado y que una de cada grupo queda encargado de quedarse atrás por si alguno de los de Montirón consigue atravesar nuestro ángulo de tiro y trepa y hay que zurrarle un manzanazo en los morros antes de que llegue arriba. A las once se concentran alrededor del nogal, lejos de nuestro alcance y Vites se caga en la leche porque son muchos. Seguro que se han traído a los de San Roque, pero no sirve de nada porque enseguida se acercan y vuelan las primeras manzanas. Los muy cabrones las tiran hacia arriba y nos llueven, como fuego de mortero, dice Vites, así que nos agazapamos pegados al murete, cubriéndonos la cabeza con las manos y esperando que se acerquen los bastante como para que no les sirva la estrategia y que es justo cuando las manzanas ya no caen sino que nos pasan por encima, cuando el enemigo ya no está a más de cinco metros del muro y cuando Vites nos grita que ya y nos levantamos y soltamos la primera  andanada con todas las ganas y mucha suerte porque más de uno se va al suelo después de recibir un manzanazo en las narices o en el ojo y ninguno llega siquiera a tocar el muro. La cosa se repite un par de veces con el mismo resultado así que se repliegan hasta el nogal y esta vez discuten mucho tiempo. No me gusta porque si discuten tanto es que piensan y si piensan Vites está equivocado y puede que no sean tan burros ni que tarden mucho en ver por dónde somos vulnerables. A mi me preocupa el Amable, porque le conozco desde que vivía en Magoi y porque nos odia, desde niños, desde que se le negaba sistemáticamente el corozo de las manzanas que Fidel repartía cuando el huerto de su casa se llenaba de fruta. Todas las tardes aparecía con una manzana gorda, roja y brillante que se comía delante de nosotros, a pequeñas dentelladas, como un ratón minucioso, dejando sólo el rabito, el corozo de las semillas y el pegote rugoso del otro lado y entonces, como un dios generoso elegía a uno de nosotros y le hacía el regalo que nos comíamos con tanta fruición como asco me da ahora cuando lo recuerdo. Debía tener un orden premeditado, aunque aleatorio, porque nunca tuvimos la sensación de ser discriminados, excepto Amable que nunca se comió uno y, aunque no sé por qué, debía merecerse el maltrato porque a todos nos parecía natural. Así que nos odia desde entonces y no ha parado de hacernos todo el daño que puede, como el año pasado que nos prendió la hoguera de San Juan la mañana antes de la fiesta y salimos todos con ánimo de lincharle, llegando hasta su casa y rompiéndole un par de cristales hasta que su padre salió con el sacho en la mano amenazando con partirnos la crisma si no salíamos de allí inmediatamente. Así que ahora estaba allí, encaramado ligeramente al nogal y quedándose con la palabra y haciendo gestos a los de Montirón y San Roque, como trazando un plan para destruirnos que parece bueno porque le escuchan, atentos, y eso, para uno de otro barrio, un mercenario al fin y al cabo, es mucho. Vites estira la cabeza para oír, pero está muy lejos y debe acordarse de mis palabras porque mira continuamente hacia atrás, calculando qué pasará si la mitad del ejército enemigo, más numerosa que todos nosotros juntos, se decide a rodear el muro y venir desde atrás, aunque no parece que haya encontrado una solución por la cara que pone, así que me levanto y le digo la mía, aunque al principio no se lo cree o no se atreve y me mira como quien descubre de repente que tiene al lado a otra persona que conoce desde siempre pero que no conoce de nada, porque lo que le propongo tarda en entrarle en la cabeza, hasta que asiente, despacio, como si le costara aceptar la barbaridad pero no lo quedara otra. Así que llamo a Toño y a Carlos, que ya están acostumbrados, descendemos por los nichos, entramos en la iglesia, levantamos la tapa del osario y empezamos a meter fémures, falanges, cúbitos, radios, costillas, vértebras,  huesecillos de todo tipo y un montón de cráneos sin mandíbula en un par de sacas viejas de esparto en las que habíamos llevado las manzanas. Las subimos al muro y las desparramamos delante de los otros y para que pierdan el miedo Carlos y yo nos lanzamos un par de fémures, en plan artistas de circo y Vites, que ya se ha repuesto, dice que la mitad a la retaguardia con la munición nueva y los otros a sus puestos en el muro que ya vienen, como es verdad, los de Montirón, por delante igual que antes y Amable, con los de San Roque, por detrás, con cara de haber encontrado el camino de la victoria y a punto de caernos encima. Pero yo, que me tocan los huesos por haber parido la idea, agarro un cráneo y se lo lanzo al pecho con tan buena suerte que lo coge con las manos y se lo queda mirando, a las cuencas vacías, con una cara de asco infinito, hasta que lo suelta y se frota las palmas contra el jersey, como para quitarse el olor a muerto, justo cuando recibe otro huesazo en plenas narices, se pone a sangrar como un cerdo, se da la vuelta y se escapa llorando seguido del resto de la tropa que huye, escapando de aquella andanada inesperada, mientras que los de Montirón,  desconcertados porque desde arriba les sigan lloviendo manzanas se detienen o vacilan un instante junto al muro, lo suficiente para que la brigada hueso retome las armas convencionales y remate la faena con el brío que da la sensación de victoria y se lance al suelo, buscando el cuerpo a cuerpo y gritando como locos, hasta que los vencidos se dan la vuelta y escapan no sin que podamos retener a dos de ellos y el resto se lleve en la espalda, el culo y el cogote muchos más impactos de los que la dignidad de un niño derrotado puede asumir sin echarse a llorar. Lo malo de hacer prisioneros es que algo hay que hacer con ellos y con los de Montirón llevamos un tiempo en que las bromas y las delicadezas están de más, aunque no me puedo acordar por qué, bueno, si, porque lo de las ortigas de Toño todavía escuece, a él sobre todo, supongo, desde que el año pasado le pillaron solo volviendo de un recado, le llenaron los pantalones de ortigas y se los pusieron, haciéndole venir corriendo y sin dejar que se los quitase hasta la puerta de casa. Toño tiene la venganza al alcance de la mano y los dos vencidos deben acordarse de él porque no dejan de mirarle. Ortigas hay de sobra y con la impunidad del ganador podemos hacer cualquier cosa, pero rápido porque a medida que se nos calma la respiración se nos quitan las ganas y nos entra el cansancio, así que le miramos, a Toño, porque hemos decidido sin hablar que a él le toca le toca dar la orden, pero no lo hace y sólo se acerca a los caídos, les levanta del suelo, les pide que se giren y les da una patada en el culo a cada uno, diciéndoles que contará hasta cinco antes de emprenderla a manzanazos, haciendo un amago de coger un par del suelo, sin mucha energía la verdad, mientras los de Montirón salen corriendo y les perdemos de vista, camino de su barrio.  

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