Tarda en dar las dos en punto en el reloj. El espectáculo va a dar comienzo. De manera puntual, se abre la puerta, y mientras esto sucede, él puede ver la silueta de ella de nuevo, iluminada por la aparatosa luz que entra por la oquedad a borbotones salpicando de belleza su rostro femenino. Distingue su sonrisa luminosa, sus grandes ojos, su bello rostro que sospecha de una suavidad infinita. El, de aspecto más solemne, la tiene en sus brazos y ambos salen bailando por la puerta. Nacieron para ello. Es su objetivo en este mundo. No tienen que preocuparse de nada más que de bailar. Impelidos por un resorte inician el baile al son del Cascanueces de Tchaikovsky que deja caer sus notas sobre ellos.
No tienen que preocuparse de otra cosa que no sea bailar. El carril les indica el camino que deben recorrer mientras bailan, y él la mira a los ojos enamorado mientras ella le sonríe agradecida. Sus movimientos, gráciles y elegantes, son los mismos que ejecutan siempre. Es un baile aprendido desde siempre, y tanto él como ella, se preocupan tan solo de disfrutar del momento para el que nacieron: bailar. Es una danza silenciosa, porque sobran las palabras: él sabe que ella le ama, y ella sabe que él la ama. Sobran las palabras y sólo hay lugar para la música y el baile.
La melodía dura menos de lo que ellos desearían, y en seguida vuelven dentro, y la puerta se cierra, inundándoles de una dolorosa oscuridad. El sabe que ella está junto a él, y ella sabe que él está a su lado, pero ya no pueden verse. Y esa oscuridad duele; les hace mucho daño. Saben que hasta dentro de un tiempo que se les hace infinitamente eterno no volverán a bailar. El no podrá contemplar su resplandeciente sonrisa y ella no verá su porte elegante y sus ojos llenos de deseo mientras bailan.
Mientras están encerrados, empapados de oscuridad, piensan… Piensan en el pasado, en el presente, en el futuro… Ella recuerda el momento en que fueron creados. Recuerda los ojos de aquel relojero llamado Benito Cortés. Recuerda sus ojos, enormes y azules, acercándose a ella, tras los cristales de aquellas gafas que apenas le cubrían sus cansadas pupilas. Recuerda su mano temblorosa sujetando el pincel que daría color a su vestido, a su rostro, a su pelo… Recuerda que luego Benito le creó a él, a su amado, aunque él se enfade cuando ella se lo recuerda. El lo niega y afirma que primero le creó a él. Y eso lo dice porque Benito no encontró pintura amarilla para su pelo y lo dejó para lo último, cuando ya estaban ambos terminados del todo. Ella tenía un aspecto algo
grotesco, tan elegante y bella a la vez, pero con el pelo aún sin pintar, dándole un aire campesino.
El recuerda la primera vez que vio a don Adolfo y doña Elvira. Estaban en un escaparate de la calle Altamira, en una tienda de compra y venta de relojes y antigüedades a donde habían ido a parar después de que su dueño se hubiera interesado por aquel hermoso reloj de pared. El recuerda que sonaron las pequeñas campanadas y salieron a bailar, como solían hacer siempre. Y allí estaban ellos: don Adolfo y doña Elvira, con la mirada enamorada, viéndoles bailar. Don Adolfo la besó y después de decir algunas palabras, entraron en la tienda y compraron el reloj.
No tardaron en buscarles un sitio en su casa, en medio de aquella pared violeta del salón, junto a una escopeta de caza que había pertenecido al padre de don Adolfo y que estaba colgada junto a ellos. Al principio, descubrían a don Adolfo y doña Elvira mirándoles a menudo cuando salían a bailar. Tanto él como ella se esforzaban en bailar lo mejor posible, orgullosos de tener un público tan entregado. A continuación don Adolfo besaba a doña Elvira y desaparecían del salón.
Pero hace mucho tiempo de eso. Con la llegada de la rutina, dejaron de venir a verlos bailar, y simplemente les echaban una mirada de lejos cada vez que comenzaba su baile. Luego nació Adolfito, el único hijo del matrimonio. Don Adolfo cada vez pasaba menos tiempo en casa, mientras doña Elvira educaba a su hijo esperando el regreso de su marido.
Las deudas apremiaban y don Adolfo tenía que trabajar más tiempo y ganar más dinero para poder llegar a final de mes. Pero aún así, se querían y aprovechaban todo el tiempo que podían estar juntos. Cuando don Adolfo llegaba, exhausto, después de una agotadora jornada de trabajo, ella le recibía con un tierno beso de bienvenida y pasaban la tarde juntos.
El tiempo transcurría lentamente. Don Adolfo y doña Elvira se fueron convirtiendo en dos entrañables ancianos y Adolfito se iba haciendo un hombrecito.
Cuando dieron las cinco de la tarde, él y ella vieron abrirse la puerta que daba
paso a su baile. El sintió un cosquilleo por todo su cuerpo cuando vio de nuevo la sonrisa de su amada, pero apenas le dio tiempo a saborear aquel momento, porque en seguida salieron a bailar. Las notas del Cascanueces inundaron el salón mientras ellos giraban con elegancia y armonía al son de la música.
Pero aquel baile no fue agradable. Doña Elvira estaba agitada, llorando en aquel sofá que habían visto tantas veces, y que ya estaba más que viejo. Estaba sola y triste, y lloraba sin cesar. Antes de que regresaran de nuevo al reloj vieron entrar a un señor con serio talante. Fue él, el médico de la familia, el que le dio la trágica noticia a doña Elvira. Don Adolfo había muerto. Ella estalló en un triste sollozo, que ellos compartieron con aquella dulce anciana.
Adolfito llegó luego, con su novia. También fueron testigos de su dolor, pero comprobaron que en nada era comparable a la profunda y dolorosa pena de doña Elvira. Fueron días de mucho ajetreo. La gente entraba y salía en tropel, y el salón se llenaba de amigos, vecinos y familiares que querían darle el pésame a doña Elvira y acompañar a don Adolfo, de cuerpo presente, en sus últimos momentos antes de ser enterrado en el cementerio del pueblo. Vino incluso Aurelio, el hermano de don Adolfo, que vivía en la ciudad y llegó nada más enterarse de la noticia. Estalló en un contagioso llanto al ver el cuerpo sin vida de su hermano. Aurelio vino solo, sin su mujer ni sus hijos Marcos y Andrea, pues prefería afrontar aquella situación de dolor él solo.
Aquellos días, él y ella bailaban desilusionados, casi sin ganas; como una obligación que tenían que hacer forzosamente. Deseaban que el baile durara lo menos posible e intentaban pasar desapercibidos con la sensación de romper el silencio buscado por la viuda. Fueron bailes sin convicción, sin ilusión, sin esperanza…
Doña Elvira, a partir de entonces, no volvió a sonreír, o al menos ellos no la vieron regalar ninguna sonrisa a nadie. Tan sólo hacía una extraña mueca de agradecimiento y alegría cuando llegaba su hijo, que había sido llamado a filas y estaba destinado en un cuartel de infantería en Lérida, por lo que no venía muy a menudo a casa debido a la gran distancia que había desde su destino. Pero no permanecía mucho tiempo con su madre, pues en seguida salía a ver a su novia y volvía pasada la medianoche, cuando doña Elvira ya estaba acostada.
La existencia de la anciana fue penosa en sus últimos días. Deambulaba de un lado para otro sin ningún motivo, como si esperara algo y no supiera qué era exactamente. Es probable que esperara la muerte, y sobre todo, tuviera la dulce esperanza de poder unirse de nuevo con su marido, don Adolfo, para toda la eternidad. La soledad acabó matándola. Aún no había acabado Adolfito el servicio militar cuando doña Elvira dejó de vivir. Lo hizo en el sofá, aquel sofá que le acompañó durante tanto tiempo y al que tenía un gran cariño. Murió sola, en silencio, como si no quisiera molestar a nadie, y lo hizo con una leve sonrisa, como si en sus últimos momentos hubiera escuchado la voz de don Adolfo que la llamaba.
Adolfito volvió del cuartel de Lérida en cuanto se enteró, y asistió al funeral de su madre, al que acudieron casi todos los que habían estado en el entierro de don Adolfo, salvo el viejo Marcelo, que había muerto dos meses después que él. Pero Adolfito, siempre práctico y perseverante, había aprovechado su estancia en el pueblo para arreglar los papeles para casarse con su novia, Purificación, aunque todo el mundo la llamaba Puri.
Fueron malos tiempos para ellos, pues la casa dejó de estar habitada durante algunos meses y nadie dio cuerda al reloj, por lo que pasaron un tiempo indefinido, una eternidad para ellos, sin poder bailar juntos, permaneciendo dentro del reloj a oscuras. Pero nunca perdieron la fe. Sabían que tarde o temprano alguien les rescataría de aquel infierno de silencio y oscuridad en el que se hallaban recluidos, aunque el silencio resbalaba por su piel tallada dejándoles heridas que jamás cicatrizarían y la oscuridad amenazara el amor que sentían el uno por el otro, aunque uniendo sus fuerzas no llegaría en ningún momento a resquebrajar sus sentimientos.
El tiempo se perdió en el infinito y la existencia se limitaba a ver la oscuridad, a veces tan oscura, a veces tan dolorosa…
Pero un buen día, surgiendo de las profundidades de la negrura más absoluta, les pareció escuchar un tibio rumor, un descorrer de cortinas, un mueble movido de sitio, unas voces… La esperanza emergió de nuevo a sus corazones y la alegría de su existencia brotó a borbotones por su suave piel. Sabían que era cuestión de tiempo que alguien reparara en ellos. Todo, en definitiva, era cuestión de tiempo. El tiempo lo arregla todo o lo estropea todo. Era cuestión de esperar. Y en eso, ellos tenían mucha experiencia. Su existencia se basaba en la paciencia: saber esperar el momento para bailar juntos…
Eran las seis de la tarde. Las campanadas del reloj anunciaron la hora e inmediatamente se abrió la puerta que les mostraba su pista de baile, aquel raíl tan conocido por ellos como la música del Cascanueces, que empezaba a dejar caer sus primeras notas sirviendo de preámbulo de su majestuoso baile. Al salir disfrutaron el uno del otro; él saboreando la sonrisa de ella; ella sintiendo las elegantes manos de él sobre su cuerpo. Todo volvía a ser como siempre. Les daba la impresión de que el tiempo no había transcurrido. Disfrutaron tanto el uno del otro que no se percataron de que el salón había cambiado. Sólo después de haber salido a bailar unas cuantas veces se dieron cuenta de que todo había cambiado. La decoración, la pintura de las paredes, y sobre todo, los moradores.
Adolfito se había convertido ahora en don Adolfo, y su novia Puri en doña Purificación. El ambiente se había vuelto más incómodo, más lejano, más protocolario, más hostil… Pero a ellos les daba igual. Ellos eran felices pudiendo hacer lo que más le gustaba: bailar. Y lo hacían amándose en cada nota, en cada paso de baile, en cada giro… Volvían a ser felices juntos, y la oscuridad que se les imponía ya no era un impedimento a su felicidad, porque desde siempre se habían acostumbrado a tener pedazos de oscuridad rotos por la música y el baile.
Don Adolfo había cambiado con el transcurso de los años. Ya no era aquel joven jovial y despreocupado que hacía travesuras en cuanto le dejaban solo. Tenía un carácter avinagrado, serio, demasiado amargado para la edad que tenía. Y su mujer, doña Purificación, siempre estaba quejándose por algún motivo. Siempre había algo que no le gustaba. No paraba de dar indicaciones, de cambiar cosas de sitio. A veces recibía la visita de un par de amigas y se pasaban la tarde jugando a las cartas y criticando a sus respectivos maridos.
Y cuando don Adolfo llegaba a casa, añoraban la alegría con que doña Elvira recibía a su marido. Doña Purificación apenas hacía caso al suyo cuando por fin terminaba la jornada de trabajo, y después de ponerle la cena en la mesa, apenas le prestaba atención.
Un día de mayo notaron algo raro. Casualmente estaban bailando a primera hora de la mañana cuando pudieron ver entrar a un hombre después de haberse marchado don Adolfo al trabajo. Doña Purificación le recibió con premura y apenas estuvieron un momento en el salón, atravesándolo para ir a la zona de las alcobas. Apenas hablaron y parecían nerviosos. Aquel día no le vieron salir pero poco más tarde pudieron ver que no tardaba mucho en marcharse. Apenas un baile o dos más. Las visitas de aquel hombre al que no conocían fueron siendo cada vez más frecuentes, pero casi siempre duraban lo mismo, y siempre con furtividad.
Hasta que un fatídico día don Adolfo volvió a causa de una fiebre que no le había impedido ir a trabajar pero que, una vez llegó a su oficina en el banco, se había incrementado de tal manera, que decidió volver a casa para meterse en la cama y descansar. Pero lo que se encontró en su casa, y más particularmente en su cama, no sólo no le ayudó a descansar, sino que le llenó de una excitada agitación.
Oyeron voces, gritos que no salían de la garganta, sino de lo más profundo de las vísceras. Escucharon correr a don Adolfo, y sus acelerados pasos cada vez se escuchaban más cercanos. Le oyeron maldecir y sus palabras casi les salpican, y notaron cómo algo se descolgaba de la pared junto a ellos. Y luego, dos disparos llenaron la oscuridad. Fueron breves pero martilleantes, llenos de rabia y rencor. Y luego, el silencio. De nuevo el silencio reinaba en la casa, y lo hizo durante mucho tiempo.
No volvieron a ver a don Adolfo, que ingresó en prisión al día siguiente acusado de doble asesinato, y por supuesto, no volvieron a ver a doña Purificación, cuyo entierro se celebró en la más cerrada intimidad.
El silencio y la oscuridad se apoderaron de sus respectivas existencias, como había sucedido cuando murió doña Elvira, y de nuevo sus corazones se llenaron de tristeza, pues les volvían a impedir hacer lo que más les gustaba, la razón de sus existencias: bailar y amarse. Tuvieron que llenarse de nuevo de fe, una fe llena de amor por el otro para poder soportar aquel infierno oscuro y silencioso. Perdieron la noción del tiempo, que ellos controlaban por las veces que tenían que salir a bailar, pero sabían que estaban juntos, aunque no se vieran, aunque no pudieran bailar.
El tiempo todo lo arregla…
Son las siete de la tarde. Llueve en la ciudad aunque ellos están protegidos del frío y la lluvia dentro del escaparate lleno de vapor de la tienda de compra y venta de relojes y antigüedades de la calle Altamira. Se encuentran junto a toda clase de objetos que pueden venderse: una vieja guitarra, desafinada, una máquina de escribir a la que le falta la tecla de la letra eme, una pluma que en otros tiempos escribió cartas de amor y cuyo futuro ahora seguramente consistirá en firmar cheques… Toda una batería de artículos inconexos al que lo único que les une es la esperanza de encontrar un nuevo dueño, alguien que consiga que su existencia tenga una razón de ser, de poder ser utilizados de nuevo para lo que en un principio se crearon. Todos, desde la guitarra hasta la pluma, pasando por el reloj de pared, están llenos de esperanza, esperanza de que alguien se fije en ellos y decida comprarlos.
Cada hora, puntualmente, él y ella salen a bailar y observan todo a su alrededor, fijando su atención más allá del cristal, ahora empañado por la lluvia, con la esperanza de que alguien se fije en su elegante danza. Esperan que otro don Adolfo y otra doña Elvira pongan sus ojos en ellos y les guste cómo bailan.
Pero saben que el tiempo es muy traicionero. Saben que el tiempo, con su inmenso poder, todo lo arruina. Nada sobrevive a él, ni siquiera los objetos, ni las personas, ni los sentimientos… Todo lo que existe en el mundo es víctima del tiempo, que va tejiendo su infinita telaraña sin prisas, pues el tiempo es dueño de la urgencia y la pausa. El tiempo aniquila los sentimientos, y el odio y el amor se mitigan en sus aguas cuando apenas se recuerda la causa del odio o la persona amada. Muchos se juran amor eterno, y nada hay más falso que esa promesa. La eternidad es un engaño del tiempo para que la gente intente ser feliz. El tiempo hace añicos las caricias pasadas, los besos perdidos, las miradas furtivas… El tiempo destroza cualquier ilusión que crea poder sobrevivir a través del tiempo. El secreto está en disfrutar cada momento como si fuera el último, porque, en efecto, cada momento que se vive es el primero y el último. No volverá a repetirse. Podrá haber momentos parecidos, pero el mismo momento, una vez devorado por el torbellino del tiempo, no volverá jamás. El amor, tan comprometido con la eternidad, no es más que una gota de rocío que se perderá en el transcurso de la soleada mañana. El tiempo es el gran triunfador, y todo lo demás, súbditos que intentan robarle un pedazo de felicidad a su amo. Aquellos que creen que su amor perdurará a través del tiempo, por toda la eternidad, saborean tarde o temprano el amargo sabor de desamor. Y su sabor les apena, embargándoles una sensación de vacío que jamás vuelven a llenar.
Por eso él y ella no se prometieron amor eterno. Porque saben que mientras estén juntos no existe nada importante en el mundo.
Tan sólo hay algo que el tiempo no podrá borrar: el amor que siente el uno por el otro.
F I N
La deshonra de Vincenzo
Eppur si muove - G.G.
Un hombre como Vincenzo no merece ser llevado a un rincón del olvido. Era una persona afable y bondadosa. Tenía un carácter agradable y era sensato, prudente y reflexivo. Era amigo de sus amigos e intentaba ayudar siempre que podía a los suyos. Pero sobre todo, era un buen cristiano y vivía bajo la ley de Dios. Tenía un gran talento para la música, y componía maravillosas melodías que escuché un sinfín de veces en mi niñez. Fue uno de los primeros que intentó acercar la música al pueblo, revolucionando, en la medida que pudo, el concepto de la música italiana. Pero nunca pudo vivir de la música y tuvo que dedicarse al negocio de la venta de sedas, telas y paños. El negocio prosperó y su familia pudo vivir bien, sin agobios económicos. Eso le permitió tomarse la música como una afición sin ánimo de lucro. También era una persona culta, e intentó dar a sus hijos la mejor educación que pudo.
Mi padre y Vincenzo eran buenos amigos. ¿Qué digo buenos? Eran muy buenos amigos. Pertenecían a la nobleza de Pisa, la ciudad encantada, y pasaban gran cantidad de tiempo juntos. Poco antes de que yo naciera, el negocio de mi padre entró en quiebra, pero gracias a la ayuda desinteresada de Vincenzo, mi padre pudo salir de nuevo a flote y todo volvió a la normalidad. Fueron tiempos difíciles, y mi padre jamás pudo agradecerle como hubiera deseado su gran ayuda. En su honor me pusieron a mí también el nombre de Vincenzo: Vincenzo Maculano, nombre que he intentado llevar siempre con la cabeza muy alta.
Vincenzo tuvo siete hijos. Yo tuve la desgracia de coincidir en edad con su hijo maldito, cuyo nombre he jurado no volver a pronunciar, y bien sabe Dios que moriré sin volver a pronunciarlo y manchar mi boca con su ponzoñoso nombre. Cuando pienso en la cantidad de juegos que compartimos en nuestra infancia se me pone la piel de gallina…
Nuestros padres querían que fuéramos médicos, pero el destino nos tenía deparado otras misiones más importantes, al menos en mi caso. Nadie podía imaginar, en aquel entonces, que el alma del hijo de Vincenzo sería poseída por el Demonio. Era un chico menudo pero muy despierto. Tenía una inteligencia vivaz e inquieta, que muy pronto se desviaría del camino impuesto por Nuestro Señor Jesucristo. En aquellos tiempos éramos socios de juegos y pillerías (Dios perdone mi inocente candidez) y llegó incluso a ser mi mejor amigo (pido perdón a Dios por ello, y me inclino ante su infinita misericordia), pero la vida no tardó en separarnos. Mi padre emigró a Nápoles en busca de nuevos horizontes comerciales y dejamos de vernos.
Seguramente fue en la Universidad donde el hijo de Vincenzo se empapó de aquellas ideas malditas, y empezó a desarrollarlas con ímpetu. Nuestras vidas se separaron. Yo me recluí en el convento de San Agustín, en la orden de los franciscanos, y pronto empecé a ser valorado dentro de la jerarquía eclesiástica. Debido a mi carácter incorruptible, entré en el Santo Oficio recomendado por el cardenal Brunamonti, mi gran mentor. Dentro de la Inquisición, comencé a perseguir la herejía y la blasfemia, siendo todo lo duro que me permitía mi conciencia. Me sentía la voz de Dios en la Tierra, y trataba con severidad a aquellos que osaban insultar la imagen de Nuestro Señor.
Pasé muchos años sin ver al hijo de Vincenzo, aunque supe de él por sus ideas malditas, que se transmitían entre cientos de herejes que conspiraban contra Dios. Seguí su pista de cerca. Eran tiempos de pensamientos licenciosos, y el Santo Oficio no daba abasto para intentar imponer un poco de orden en las almas de las gentes. En una ocasión, capturamos a un tal Mario Tardelli, acusado de herejía, que no pudo pasar la prueba del hierro y murió a los pocos días. A Tardelli le confiscamos numerosos libros herejes en los que se ponía en tela de juicio la existencia de Dios, lo que era considerado una falta muy grave. Cuando revisé personalmente aquellos libros, descubrí que el autor de uno de ellos era el hijo de Vincenzo. Me apropié sin dudarlo de él y me lo llevé a mi habitación aquella noche. Estuve leyendo hasta el amanecer. En aquel libro se defendía la idea de que la Tierra era un planeta más del Cosmos y que no éramos el centro del Universo, sino que la Tierra daba vueltas alrededor del Sol. Hice verdaderos esfuerzos para no arrojar aquella retahíla de falsedades a la chimenea. Mi cabeza no entendía cómo aquel chaval con el que compartí tantas horas de felicidad se había transformado en un tipo con una mente tan retorcida, capaz de idear las más odiosas atrocidades contra el sentido común y contra Dios. Después de leer aquel libro me propuse que debía restablecer el honor de Vincenzo, y salvar su honra de las garras de aquel hijo inmisericorde que había mancillado el nombre de su padre. No pensaba consentir que se saliera con la suya, aunque, por alguna razón que aún desconozco, sentía cierta compasión por él, convencido como estaba de que estaba poseído por Satanás, que era, a la postre, quien dictaba sus pensamientos y dominaba su conducta. Desde ese momento comencé a vigilarle a distancia, intentando mantenerme en la sombra, pero sin permitir que siguiera dando pasos hacia el abismo del desastre.
Por todo ello, en 1616 escribí una carta al cardenal Roberto Belarmino, en la que le exhorté a que saliera al paso de todos los pensamientos impuros que se estaban propagando de forma inevitable por todos los estratos de la sociedad, añadiendo que era nuestro santo deber parar todo aquello. Yo sabía que con aquella carta Belarmino se encontraría con el hijo de Vincenzo, pues era en aquel momento el máximo exponente de las ideas satánicas que negaban la obra de Dios. No tardó mucho en actuar, y a los pocos meses instó al hijo de Vincenzo a no seguir adelante con sus ideas, obligándole a firmar un documento en el que se comprometía a dejar a un lado aquellas herejías. Aunque parecía que iba a cumplir con su promesa, el hijo de Vincenzo tardó tan sólo unos años en traicionar su palabra, y volvió a las andadas. Estaba claro que el Diablo se había apoderado de su alma y actuaba en contra de la ley de Dios sin importarle las consecuencias.
Fue entonces cuando la Inquisición tuvo que tomar cartas en el asunto, dada su tozudez ante el pecado y la herejía. Decidí, dado mi cargo, que había llegado el momento de actuar sin máscaras, ayudado por la gracia de Dios. Llamé al hijo de Vincenzo a juicio acusado de herejía, pero él intentó esquivar su cita con Dios aludiendo su precario estado de salud. Aunque bien es cierto que ganó algo de tiempo, no pudo evitar al final comparecer ante el Santo Tribunal de la Inquisición el doce de Abril de 1633. Como Comisario General de la Inquisición, tuve el honor de presidir aquel Santo Tribunal que se encargaría de poner las cosas en su sitio y restablecer el honor de Dios y de Vincenzo en su justa medida.
El Papa, Paulo V, se mantuvo al margen para no dar una imagen de gravedad al asunto, relativizando la importancia de aquel revuelo, y de paso desmarcándose de la sentencia que resultara del juicio. Quizás no fuera mala idea, pues su acercamiento hubiera puesto nervioso a más de un cardenal del Santo Oficio, lo que hubiera entorpecido la labor de los componentes del Tribunal.
Como Comisario General de la Inquisición, inicié la instrucción en presencia del acusado. Le miré a los ojos intentando descubrir el demonio que estaba detrás de su mirada, pero él me miraba con una sonrisa rota por el tiempo. Cuando vi su rostro envejecido y demacrado por la labor del mal, no pude evitar por un momento compadecerme de aquel pobre hombre, aquel chaval que conocí en su niñez, y que seguramente era inocente de todo pecado, salvo de tener la mala suerte de que Lucifer se fijara en él y decidiera utilizarle para atentar contra Dios.
El acusado no bajaba la mirada, y mantenía sus ojos clavados en mí, desafiante, animado por obra del Demonio. Yo sabía que no debía entrar en su juego y mantuve la calma. Mi objetivo era claro: derrotar al Demonio y restablecer el honor de Vincenzo. Debía actuar con frialdad y rectitud, y dejándome llevar por ambas, al final se impondría la Justicia Divina.
Después de oír la acusación, el hereje no convenció, como era evidente, a ningún componente del Santo Tribunal, y me dispuse a leerle la sentencia:
-... Por cuanto tú… –ahora era yo quien le miraba a los ojos sin miedo. Mientras leía, sentía la profunda satisfacción de estar haciendo justicia en nombre de Dios, y eso me mantenía firme en mi conducta-,…de setenta años de edad, fuiste denunciado, en 1615, a este Santo Oficio por sostener como verdadera una falsa doctrina enseñada por muchos…
Alcé la mirada un instante intentando descubrir la impresión que causaban mis palabras en el acusado, pero no obtuve ninguna pista fiable de sus pensamientos.
-…y atendiendo al deseo de Su Santidad, considera que tu idea del mundo es absurda, filosóficamente falsa y, teológicamente considerada, por lo menos errónea en la fe, prescribiéndote a abjurar del todo de la mencionada falsa doctrina; y que si rehusares hacerlo, seas requerido por el comisario del Santo Oficio a renunciar a ella…
Todos los presente escuchaban mis palabras en absoluto silencio, y mi voz retumbaba en aquel lugar con la contundencia de la verdad.
-…Visto lo cual, es nuestro deseo que seas absuelto, siempre que con un corazón sincero y verdadera fe, en nuestra presencia abjures, maldigas y detestes los mencionados errores y herejías, y cualquier otro error y herejía contrario a la Iglesia católica y apostólica de Roma. Pero para que tu lastimoso y pernicioso error no quede del todo sin castigo, te condenamos a prisión formal de este Santo Oficio por un período determinable a nuestra voluntad, y te ordenamos que declares públicamente el error de todas tus ideas.
Después de pronunciar estas palabras, mi corazón sintió una enorme liberación. Por fin había conseguido el objetivo que había marcado toda mi vida. Al fin podía hacer justicia y dejar el nombre de Dios donde correspondía, y en cierta medida, limpiar el apellido de Vincenzo que con desesperante tozudez su hijo se había encargado de mancillar sin importarle nada lo más mínimo. La lástima era que el pobre Vincenzo (Dios lo tenga en su Gloria), ya no podría asistir a aquella muestra de arrepentimiento de su hijo, que tanto dolor había causado a su familia.
El acusado escuchó la sentencia sin inmutarse. Su rostro era indescifrable. Parecía que aún estaba digiriendo la condena, y su digestión no era del todo buena.
El Santo Tribunal determinó como fecha de la abjuración el 22 de Junio de aquel mismo año, en el convento de Santa María, donde tenía que presentarse el acusado para realizar su constricción.
Esperé ansioso que llegara ese día. Mi mente estaba dispersa y no lograba concentrarme en los asuntos en los que, por mi cargo, debía ocuparme. Pero Dios está a nuestro lado, cuando la razón nos acompaña, y pronto llegó el día tanto tiempo esperado.
Toda la sala fijó sus ojos en el viejo anciano que entraba con paso cansado hacia su destino. Dentro de mí reinaba una gran satisfacción por el deber cumplido. Avanzó con desgana hasta el final de la alfombra, donde se hallaba un enorme cojín rojo donde debía arrodillarse para realizar la abjuración.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo, el viejo hereje caminaba con lentitud, como si su orgullo tirara de él hacia atrás para no hacer lo que ya era inevitable. Cuando llegó al cojín y se arrodilló, acerqué el atril que estaba junto a mí y lo puse delante de él. Nuestras miradas se cruzaron durante un instante. Pude ver todo el odio que estaba encerrado en ellos, pero mantuve su mirada para no mostrar signos de debilidad.
En aquel instante imaginaba la estampa con placer: él arrodillado ante mí, en una clara muestra de derrota: Dios venciendo al Diablo, el Bien derrotando al Mal, yo venciéndole a él. Todavía recuerdo con nostalgia aquel momento, y me invaden sentimientos de grandeza, que como toda la grandeza humana, es efímera.
No esperamos mucho rato, y en seguida se dispuso a leer el texto que se apoyaba en el atril, con serio gesto. Al comenzar a hablar nuestros ojos se clavaron en los del otro, mientras yo apenas le escuchaba comenzar, debido a que tenía toda mi atención puesta en escudriñar su mirada:
-…siendo citado personalmente a juicio y arrodillado ante vosotros, inquisidores generales de la República universal cristiana contra la depravación herética, teniendo ante mí los Sagrados Evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído y, con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro, todos los artículos que la Sagrada Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina; y puesto que después de habérseme indicado que dicha doctrina es repugnante a la Sagrada Escritura, he escrito y publicado un libro en el que trato de la misma y condenada doctrina y aduzco razones con gran fuerza en apoyo de la misma, sin dar ninguna solución; por eso he sido juzgado como sospechoso de herejía, esto es, que yo sostengo y creo que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y es móvil, deseo apartar de las mentes de vuestras eminencias y de todo católico cristiano esta vehemente sospecha, justamente abrigada contra mí; por eso, con un corazón sincero y fe verdadera, yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionados, y en general, todo error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia; y juro que nunca más en el porvenir diré o afirmaré nada, verbalmente o por escrito, que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; asimismo, si supiese de algún hereje o de alguien sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio. Juro y prometo que cumpliré y observaré fielmente todas las penitencias que me han sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Pero si sucediese que yo violase algunas de mis promesas dichas, juramentos y protestas (que Dios no quiera), me someto a todas las penas y castigos que han sido decretados y promulgados por los sagrados cánones. Así, con la ayuda de Dios y de sus Sagrados Evangelios, que toco con mis manos, yo he abjurado, prometido y me he ligado a lo antes dicho; y en testimonio de ello, con mi propia mano he suscrito este presente escrito de mi abjuración, que he recitado palabra por palabra. En Roma, en el convento de Santa María, a 22 de junio de 1633; he abjurado conforme se ha dicho antes con mi propia mano.
Por fin había vencido del todo. O al menos eso creía en aquellos momentos. La soberbia del Maligno intentando desafiar a Dios se había hecho añicos. Había triunfado el Bien sobre el Mal. Mi alma respiró aliviada. Todo había terminado. ¿O no?
Intenté olvidar todo el odio y el rencor que había depositado en él durante tantos años, y quise mostrarme amable y educado con él. Esperaba confiado que el Diablo hubiera abandonado su cuerpo después de esta humillante derrota, así que le ayudé a levantarse. Cogí su brazo para que se levantara y él a su vez me agarró por el hombro. Nuestras cabezas se juntaron, y él acercó su boca a mi oído y me susurró con su italiano florentino aquellas palabras malditas que jamás he podido olvidar y que me han acompañado desde entonces en todas mis noches de insomnio.
Aquella frase significó el fracaso de mi empresa. Quizás pequé de soberbia al creer que podría vencer al Diablo yo solo, sin más ayuda que mis debilitadas fuerzas y mi entusiasmo por ganarme las simpatías del Altísimo.
A los dos meses del juicio abandoné mi cargo en la Inquisición ante el asombro de todo el mundo. Por supuesto, mantuve en secreto aquel incidente y todos desconocían la existencia de aquellas palabras salvo Dios, el Diablo, el hijo de Vincenzo y yo. Me retiré a un viejo convento y encomendé mi tiempo a la traducción de viejos libros griegos, de los que me encargaba de reparar algunas inconveniencias y alguna falta de respeto hacia la figura de Dios.
A todos engañé salvo a mi Dios, que conocía los hechos, y a mi conciencia. Fracasé en mi empresa de salvar la imagen de Dios ante aquel indecente, y lavar el honor de Vincenzo.
Desde entonces mi vida no tiene sentido. No encuentro nada que satisfaga mis ganas de vivir y sólo espero que Dios tenga a bien recibirme en su Reino para toda la eternidad.
Mientras tanto, aquellas palabras malditas siguen retumbando en mi cabeza todas las noches, martirizándome sin piedad en todo momento: