Bajo las ramas de un olivo
Y fue precisamente allí, sentado bajo las ramas de un olivo, donde te vi pasar aquella calurosa tarde de finales de agosto.
Antes estuve recogiendo unas moras de los zarzales que envuelven el camino de tierra que lleva hasta las huertas. Las almacené en una bolsa de plástico que ensuciaba uno de los márgenes del itinerario hasta la alberca. Las lavé con agua de los caños del cementerio. Agua limpia. Cristalina. Me recordó a ti. Sostenía, entre mi doblado dedo índice, un cigarrillo y meditaba sobre el trascurrir del verano y la asoladora sequía que acechaba los campos. Estaba llegando la hora de irme de aquí. Entre calada y calada cavilaba sobre la importancia del agua. Ese líquido elemento que se había adueñado del planeta y conformaba la mayor parte de su extensión. Yo necesitaba llenarme por dentro de ceniza. El humo del cigarrillo se elevaba por encima de mis ojos y los dañaba arrancando de mi rostro muecas mímicas y exageradas. Mis amarillos dedos temblaban ante la niebla que manaba del papel quemado. Unos grillos cantaban y entonaban baladas horrísonas acerca del devenir del estío. Un extenso manto acartonado de barro se abría ante mis ojos y un puñado de hierbas secas era todo lo que quedaba de las últimas gotas de lluvia del reciente y moribundo invierno. Sopor.
Sentí tu canturreo a lo lejos. Al principio lo confundí con los gritos de los grillos. Un amasijo de voces pululaban sedientas por entre los montículos y los collados de la serranía. Un aplauso de tonalidades desgajaban perseverantes llantos de corales. Silencio. Agudicé mis sentidos para separar el tarareo de esa canción de moda que repetías sin cesar. De esa mezcolanza entre tonadilla y romanza. Me pareció ver dos juglares saltando entre las hierbas rotas por la sequía. Uno de ellos soplaba un oboe. El otro acariciaba un laúd. Juegos malabares de poetas y trovadores para con las notas musicales. Cánticos alegres y joviales. Levanté la mirada pero no te vi. La espesura del campo agrietado por la escasez de agua se abría inmensa ante mis enrojecidos ojos. Despedí, con un pellizco de mis dedos, el cigarro consumido, lo más lejos que pude. Esperé paciente. Unas golondrinas peinaron las copas de los árboles hasta llegar a los nidos, laboriosamente instalados, en la vieja iglesia. Por un momento me pareció oír el repicar de las vetustas campanas. Tronaban bajo el cielo añil. Vertían repiqueteos sonoros a los cuatro vientos. Chillaban los metales. Gemían los torreones.
Al torcer la última curva, justo antes de llegar al olivo que nos presentó, te detuviste unos instantes antes de seguir andando. El tiempo acompañó tu demora. Los árboles dejaron de azuzar sus hojas. Los grillos silenciaron su canto. Las golondrinas se desvanecieron del cielo. Pasaste delante de mí a cámara lenta, ondeando tu vestido al fragor de la brisa veraniega. Una muchedumbre de cigüeñas blancas taponaron los rayos de sol. Aún recuerdo tus mocasines de piel marrón dejando al descubierto tus tobillos. La falda blanca bailando al son de tus caderas. El cascabeleo del collar de perlas que se deslizaba por tu cuello contando los pasos que faltaban para llegar a mi altura, primero, y los que te distanciabas, después.
«Buenos días», dijiste.
Mi frenesí necesitaba encontrarte algún defecto para no enloquecer. Eras tan perfecta. Tan carente de impurezas.
«Buenos días señorita», repliqué antes de que un nudo aprisionara mi garganta y me impidiera seguir pronunciando palabra alguna.
«Hasta luego», sentenciaste.
Vi como te alejabas a la misma velocidad que lo hacían las golondrinas y las cigüeñas. Intenté llamarte. Gritar. Me fue del todo imposible musitar palabras que detuvieran tu marcha, tu tránsito ante mis apesadumbrados ojos. Me puse en pie. Caminé tras tu rastro durante unos metros. Primero despacio, andando. Luego, más tarde, corriendo. Seguía el canturreo de tu voz. Seguía la estela del perfume de jazmines y rosas y lilas. Lo perdí. Perdí la primera oportunidad de retenerte aquí, junto a mí, bajo las ramas de este olivo.
Aquella noche apenas pude conciliar el sueño. Te oía tatarear. Te veía caminar erguida delante del olivo donde yacía sentado. Sediento. Triste. Conté cientos de veces los pasos que diste cuando pasaste ante mí. Dibujé tus tobillos una y otra vez. Tantas que al final me quedé dormido. Perfilaba en la noche cada una de las venas que atravesaban tus piernas hasta enredarse en las rodillas. Mascullaba entre fantasías y alucinaciones el centelleo de tu sonrisa al saludarme. Parecías tan humana. El clamor del viento aporreando tu pelo, peinándote. Era la primera vez que una brisa de agosto se tornaba en galerna septentrional con el único fin de acicalar tu cabellera negra, de componer un paisaje con tus ojos y las puntas de tu pelo. Aún puedo percibir el almizcle que derramaba tu melena cuando giraste por la curva.
Al día siguiente me levanté antes que nunca. Cansado. Hicieron falta varios barreños de agua para despejarme. Una docena de paños fríos atizaron mi frente. Las ojeras me llenaban la cara y me hacían parecer diez años más viejo de lo que era. Arrugado. Melancólico. Escasamente desayuné una rebanada de pan con azúcar y vino. Cuatro cigarros me separaron de las ramas del olivo donde te vi la primera vez. Salí de casa como un moribundo que huyera de la muerte, como una golondrina que buscara su nido. Llegué hasta el camino de tierra que bordea el cementerio. Estuve un rato de pie, delante del olivo. Los rayos de sol asomaron por la loma y lanzaron agujas contra el barro reseco del campo.
«¡Maldita sequía!», murmuré con los dientes apretados.
Dos años sin llover y las huertas se agrietaban, se resquebrajaban dejando entrever las hendiduras de la desesperación. Ya no había nada que cultivar.
Los grillos iniciaron su canto.
«¡Silencio!», grité.
Al principio pensé que soñaba, que era imposible volver a escuchar tu voz por entre la loma. Me negaba a creer que eras tu la que vocalizabas tan excelsamente esa maravillosa melodía. Mi mente quería pensar que se trataba de una quimera, de un espejismo construido en el calor del verano. Mis ojos se clavaron en la curva. Mi respiración se detuvo. No hizo falta controlarla, mi cuerpo ansiaba lo que mi mente pedía: verte.
«¡Buenos días!», saludaste.
Tardé unos segundos en responder. O quizás fueron horas, no sé, el caso es que me sentía como si el tiempo fuera algo insustancial y controlable al mismo tiempo. Como si nos encontráramos en un museo y fuésemos dos estatuas de mármol posando una al lado de otra. Podíamos vernos, sentirnos, pero no éramos capaces de tocarnos. Dos figuras de barro cocido puestas juntas. Hombro con hombro. Nuestros manos se romperían con sólo intentar abrirlas. No te podía abrazar. Ni besar.
Un puñado de golondrinas me distrajeron y de mi boca surgieron las palabras que estaban atrapadas en mis labios.
«¿Cómo te llamas?»
Durante las horas que pasé bajo las ramas del olivo mi cabeza le hizo innumerables preguntas a mi inconsciente. Ninguna fue respondida, porque me faltaba la más importante de todas: tu nombre.
«¿Cómo se llamará?», me preguntaba apurando la colilla.
Docenas de nombres se agolparon en mi mente. Uno detrás de otro, primero. Varios a la vez, después. Me quedé absorto, inmóvil.
«Rocío», dijiste.
Una mujer con nombre de lluvia, pensé entre los sudores del calor. Me puse en pie torpemente. Quería acercarme a ti y darte un beso en la mejilla. Me enseñaron que las presentaciones se hacen así: con un beso. Pero las confundimos con las despedidas: que también se hacen de la misma forma. Todo empieza igual que acaba. Sonreíste.
«¿Y tú?», me preguntaste sin dejar de mesarte el pelo.
«Kilian», respondí poco acostumbrado a decir mi nombre en voz alta.
Una nube de estorninos empalagaron el cielo con sus graznidos. Un crascitar enloquecedor atiborró todos nuestros sentidos.
«Kilian», repetiste antes de desaparecer tras el cerro que rodea el cementerio.
Yo me quedé sentado un buen rato. Terminé el paquete de tabaco y empecé otro. El tronco del olivo se alió con mi tristeza y compartimos aquella larga tarde de estío a modo de dos amigos que fueran cómplices. De dos inseparables amantes que no guardaran secretos el uno hacia el otro. Musité tu nombre repetidas veces: Rocío, Rocío, Rocío. Lo pronuncié hasta perder la noción del tiempo. El asomo de las estrellas en el cielo azul oscuro de la noche me indicaron que había llegado la hora de irme a casa.
Anduve por los caminos rotos por la sequía. Por las lomas resquebrajadas de hierbas secas, de piedras de barro, de barrizales vacíos, de charcas consumidas. La luna se puso a mi espalda y su reflejo me untó la camisa del fulgor del sol. Mi sombra se proyectaba por los largos caminos del destierro. Aún no sé por qué, pero aquella noche terminé llorando como un estúpido. Como un niño despojado del regalo de cumpleaños. Como una quinceañera abandonada por su novio. Lloraba más por lo que callé, que por lo que dije. Te podía haber dicho muchas cosas. Que esto no tenía que terminar así. Que teníamos que portarnos como seres humanos. Recapacitar. Caminar juntos por los campos de trigo. Acariciar los girasoles. Inundar los lagos con agua de lluvia. Humedecer las hojas de los almendros.
A la mañana siguiente aún no había cantado el gallo que ya estaba en pie. Los ojos negros de un gato siguieron mis pasos hasta llegar a la puerta. El ansía de llegar al olivo y postrarme bajo sus ramas secas y esperar el asomo de tu canturreo por detrás del cerro, no me dejaba respirar. Me ahogaba. Me asfixiaba por el mero hecho de pensar que no vinieras, que no transitaras por aquellos caminos sarmentosos. El corazón parecía que se me iba a salir del pecho. Trotaba como una locomotora basculando sus motores en la ladera de una montaña. Como un barco de vapor consumiendo sus últimos bramidos en el puerto. Como los exiguos rayos de sol que flotan encima de la dehesa antes de que la luna los expulse.
Aquella mañana te hiciste de rogar. Callaron varias veces los grillos. Dejé de respirar durante dolorosos minutos para que mi aliento no enturbiara el canto de tu melodía. Y hasta mi corazón se paralizó el tiempo suficiente para no morir bajo aquellas ramas retorcidas y ásperas del olivo que nos presentó. Entonaste una canción distinta. Más alegre. Una fragancia musical recorrió cada uno de los inhóspitos rincones de ese secarral en que se había convertido el valle donde los olivos reinaban ante la atenta mirada de los almendros y los abetos del cementerio arrastraban sus ramas empujados por el viento y aplaudían el canto de las cigüeñas aporreando con sus patas las piedras de la vieja iglesia. Tu silueta se perfiló tras aquel cerro turbio y desdibujado. Apareciste como una virgen en un sueño, como una princesa en un cuento. Mis ojos se entornaron para que el sol de agosto no los hiciera añicos.
«Buenos días Kilian», dijiste sonriendo.
Me parecía increíble que te acordaras de mi nombre.
«Buenos días Rocío», respondía a tu saludo.
Un puñado de colillas mal organizadas se consumían bajo mis pies. Las tapé, en parte, con mis zapatos.
«Hasta luego Kilian», te despediste.
Una de las ramas del olivo me golpeó la cabeza. Suavemente primero, toscamente después. Que me quieres decir, le pregunté con la mirada.
«¡Espera!»
Me miraste confundida. Aquellos ojos negros como aceitunas se posaron sobre los míos y tuve que bajarlos a riesgo de ser consumido por su fuego abrasador.
«No te vayas todavía»
«Sabes que no me puedo quedar», replicaste agotada por el sol abrasador.
Lo sabía de sobras. Sabía que tu destino era transitar por estos caminos, sin tregua, y esperar a que llegara el día en que te quedaras aquí durante todo el invierno. Te sentaste a mi lado, bajo las ramas del olivo. Hablamos. Me contaste tu teoría de que formamos un todo. De que un día moriremos e iremos al lugar a donde pertenecemos. Somos piezas de unos engranajes superiores que a su vez constituyen una maquinaría enorme que mueve el universo. Demasiado complicada para que nosotros podamos siquiera entenderla. Tu eres una célula de ese ser superior, de ese estado a donde desemboca la creación misma. Yo seré otra de similares características.
«Algún día Kilian estaremos allí los dos», me dijiste sin apenas abrir la boca, susurrando.
«¿Te reconoceré?», me atrevía a preguntar aún sabiendo que tu respuesta me podía herir.
«Claro que sí Kilian», me dijiste taimadamente. «No te puedo mentir aunque quiera»
Me explicaste que fuésemos a donde fuésemos, nuestras almas formarían parte de un todo y estarían muy próximas. Nos conoceríamos enseguida. Sabríamos que alguna vez fuimos algo y que estuvimos muy cerca.
«¿Igual que ahora?», te pregunté.
Asentiste con la cabeza.
«Claro Kilian, seguramente ya nos conocemos de antes, pero no nos acordamos. Ahora, en este camino, lo único que hacemos es despertar todos aquellos sentimientos que una vez tuvimos el uno hacia el otro»
«No me acuerdo»
«No te acordarás nunca, pero algo en tu interior te dice que no podemos estar mucho tiempo juntos»
«Lo sé, eso es precisamente lo que me duele»
«¡Mira el olivo! ¿Ves cómo se retuercen sus ramas?¿Sabes que busca, verdad?»
«Tengo sueño Rocío, tengo sueño y estoy cansado ¿Cuándo es el día?»
«Mañana», me dijiste antes de desaparecer en la curva del camino de tierra.
La dehesa estaba cubierta de un manto de hierbas secas. Rotas por las pisadas de los hombres. El desazón por la falta de tabaco me consumía las entrañas al mismo tiempo que lo hacía el saber que mañana era el último día. Mi presencia aquí ya no era bien recibida. Mañana vendría Rocío para quedarse y yo me tendría que ir. Que destino tan cruel. Que maldición aberrante hizo que el amor nos aprisionara. Yo no podía dejar de pensar en Rocío. En sus tobillos redondos. En sus ojos negros. En su sonrisa imponente. Siempre nos enamoramos de los seres equivocados. Cada año ocurría lo mismo. Yo veraneaba en estos campos resecos del sol. Caminaba cabizbajo por los caminos minados de cerros y montículos. Por las explanadas de trigo y amapolas. Solo. Con la soledad que da el no sentirse querido. No tenía remordimientos de mi fatalidad. De la predeterminación de mi infortunio. El verano tocaba a su fin y los campos debían ser regados y preparados para el invierno. El largo y frío invierno. Entonces es cuando venía Rocío. Que guapa estaba con su vestido de flores. Con su cabellera negra ondeando a la brisa del monte. Andaba por los secarrales y los empapaba de vida. Mojaba las ramas de los almendros y llegaba hasta las oliveras que hay al lado de la alberca. Las grietas de barro en el fondo era todo lo que quedaba del verano.
«¿Cómo te llamas?», me preguntaba nada más verme.
No me conocía. Cada año cambiaba de aspecto, pero ella era siempre la misma. Cuando yo llegaba a principio del verano, nada más agonizar la primavera, me esperaba paciente a que deslizara su manto húmedo por entre los campos y se marchara hasta el mes de septiembre. Regresaba con las primeras lluvias y llenaba los pantanos y los lagos. Mojaba la sierra y colmaba de vida las copas de los árboles. Entonces era cuando yo moría. Me quedaba aprisionado entre el barro de las huertas. Sin poder mover mis pies. Sin respirar. El humo del fuego emanado de los bosques quemados me llenaba por dentro.
«Kilian», me decía Rocío «huye antes de que sea tarde»
Había llegado el invierno y con él las primeras lluvias. Los primeros chubascos refrescantes. La sequedad de agosto no tenía nada que hacer. No había ningún lugar en el universo donde pudieran coincidir el verano y el invierno. La sequía y la lluvia. El bien y el mal.
Yo era malo por naturaleza. Mi presencia atemorizaba a los hombres. Poblaba de soledad y aflicción todos los lugares donde me sentaba. Aquellas ramas de olivo donde me refugié durante el mes de agosto se secaron. La única esperanza de salvación era la llegada del Rocío. Mi amor. Nunca quise a nadie tanto. Pero desde siempre supe que no podíamos coincidir en el tiempo. Solamente nos veíamos durante unas pocas horas, cuando ella llegaba a reemplazarme y yo moría aquí, bajo las ramas de un olivo, mientras empezaba a llover...