Al abrir los ojos lo primero que vio fue la completa oscuridad. Estaba seguro de que tenía los ojos abiertos, pues podía incluso oír el chasquido orgánico que hacen las pestañas al abrirse y cerrarse repetidamente; pero por mucho que intentara fijarlos en cualquier ángulo la situación no cambiaba. No se sintió extrañado, al principio, de haberse despertado en plena noche en su dormitorio.
El aire era húmedo y caliente, bochornoso. Cuando levantó el brazo para abrir la ventana, que presumiblemente habría de hallarse a su derecha, se dio cuenta de que no podía alcanzarlas; instantáneamente se dio cuenta de una segunda irregularidad en su habitación, o más bien, en su cuerpo: le era prácticamente imposible levantar el brazo sin sentir agudas punzadas en la axila y en el interior mismo del brazo, como si estuviera perforado por largas y finas cables de fibra. Sintió que los dedos eran completamente incapaces de tomar alguna forma, a pesar de que intentaba cerrarlos y abrirlos. ¿Qué me está pasando?
La tela de su pijama, o de lo que fuera en que estaba vestido, estaba pegada a sus brazos, y al pecho. Notaba la tela como una segunda piel, húmeda, que seguía los movimientos de sus diafragma. Hacía mucha calor.
El zumbido de la sangre subiendo al cerebro invadió sus oídos. Podía escuchar el acelerado latir del corazón a través de sus venas, e incluso le pareció que al percatarse de ello su ritmo cardíaco se aceleraba. Aquellos largos y finos cables de fibra se retorcieron por todo lo largo de su brazo que sentía pegado al costado como empujado por una fuerza invisible. Intentó moverse pero se cuerpo respondía muy lentamente, entre hormigueos, como si estuviera muy débil. A la altura del pecho notó una punzada. No puede ser, no me acuerdo de nada. ¿Dónde estoy?
Una imagen le vino, de repente, a la memoria. Era una instantánea modificada por el recuerdo en que se ve a uno mismo desde un ángulo anterior, como si un tercero hubiera tomado la fotografía, un gran plano. Estaba sentado en la mesa, la mesa de tapete verde y bordado, el mismo tapete que le había dicho varias veces que le disgustaba el color, pero que al final accedió a que cubriera la mesa del comedor, debajo de un jarrón de margaritas; con los codos apoyados en el tapete, el tenedor en la derecha y el cuchillo en la izquierda; y algo en su boca, una masa de pasta carnosa que daba vueltas a la derecha y a la izquierda de su lengua. Así que parecía que estaba cenando, o almorzando, vestido con la ropa de trabajo. Sin duda que acababa de llegar a su casa, la casa, sí estaba casado, ahora lo recordaba con claridad. Estaba casado y acababa de llegar del trabajo, se había sentado en la mesa y estaba cenando. Se vio sentado en la mesa, vestido como había recordado, pero no pudo verse el rostro desde el recuerdo; el ángulo era insuficiente, aunque le permitía observar el resto del comedor. Ella estaba de pie, observándole desde la cocina. Llevaba el delantal puesto y los brazos cruzados. ¡Marta! ¿Marta?! ¡Qué dolor de cabeza! ¡No puedo moverme con todos estos clavos en mi cabeza!!
Consiguió darse la vuelta y entonces reparó en el hormigueo de la espalda cuando la sangre fluyó por su cuerpo. Consiguió ponerse de costado, moviéndose torpemente. Le escocía la espalda allí donde el peso de su cuerpo era mayor. ¿Pero, cuanto tiempo debo llevar aquí? El suelo no era de piedra, irregular, con una superficie dura, que a veces se tornaba angulosa, otras lisa y en algunos momentos rasposa. El suelo se parecía al tacto del hormigón, pero ¿dónde demonios tenían un suelo de hormigón?
Sintió en su pecho como goteaba un largo hilillo de baba que le caía por la boca. Tenía la boca llena de saliva y notaba en el paladar y bajo la lengua algo picante y amargo, debajo del regusto a cacao. Había chocolate en la taza que su mano derecha sostenía, mientras que su izquierda lo revolucionaba con una cuchara. Daba vueltas y vueltas, para enfriar la mezcla, mientras salía una pequeña chimenea de humo que ascendía en el aire frío el invierno. Fue después de que empezaran a gritarse.
--¡Y yo te digo que te sientes!
Marta se sentó lentamente en la silla de enfrente. Sí, ¿y entonces que me dijiste? Tenía los brazos cruzados, cogiéndose los codos, la mirada ojerosa y los ojos enrojecidos y brillantes. Estuvo un rato sin decir nada, observándolo con frialdad, mientras se tomaba tranquilamente el chocolate. Cuando hubo terminado dejó la taza vacía en la mesa. La cuchara tintineó en su interior.
--Muy bueno.
--Espero que te pudras lentamente.
Pero Marta ¿qué había ocurrido? ¿Por qué habías llorado? No me dijiste nada. Una repentina congoja que le oprimió el pecho. No podía relacionar aquellos recuerdos con su situación actual, y el aire, que cada vez le parecía más cálido y espeso, le dificultaba la respiración. Avanzó de rodillas sobre el suelo, tentando la más negra de las oscuridades. El suelo se le clavaba en las rodillas. De golpe sus dedos tocaron algo liso y sólido. ¿Una pared?
Cada una de las yemas de sus dedos recorrieron la superficie lisa. Tenía esta unas líneas regulares a cierta distancia que iban repitiéndose, horizontalmente. Entre superficie y superficie había un intersticio más grande y profundo, donde cabía un dedo. La pared estaba llena de estas superficies. ¿Ladrillos? ¿Pero donde estoy?
La casa donde se habían mudado hacía dos años era una finca apartada. Tenía dos plantas, tejado a dos aguas y una galería que hacía de balcón, que se podría cubrir con un toldo verde. Estuvieron un mes para hacer la mudanza y en aquel entonces les pareció que habían encontrado su refugio ideal. Marta corría por todas las habitaciones, arreglando una mesa o cambiando una estantería, con su alegría era primaveral, sin conocer más dicha que la de haber visto cumplido su sueño. Desde la galería estuvieron observando el resto de la finca, abrazados, resguardados a la sombra y disfrutando del oreo matutino. Varias hectáreas de arboledas y huertas cubrían su vista de reflejos plateados y dorados. Así estuvieron disfrutando hasta que el sol de verano llegó a su cenit y comenzó el descenso. Entre las lejanas copas rielaba el tejado de un viejo cobertizo.
--Alguien tendrá que cuidar de todo esto, ¿no te parece?
--Contrataremos a alguien del pueblo.
Aquella misma semana tuvieron la primera discusión. Poco después, a medida que comenzó el trabajo y a aumentar las ausencias, las discusiones se agravaron hasta convertirse en algo rutinario e insoportable.
En un día de octubre, tras una fuerte discusión, Marta se lanzó a sus pies y le agarró las piernas mientras sollozaba.
--Venga, te digo que no ha pasado nada. Vamos.
--¡Prométemelo!
--Te lo juro. No he estado con nadie más. Sólo estamos tú y yo.
Marta le miró a los ojos. Se levantó y se secó la mejilla con el dorso de la mano. Luego le abrazó y le acercó los brazos a su oído y le susurró:
--Si me engañas... te mataré.
Él se rió y frotó su espalda con ambas manos, los dedos abiertos, como un masaje.
--Hasta que la muerte nos separe...
Luego se besaron.
Seguramente habría sucedido un accidente. Abría resbalado y al golpearse habría perdido la memoria; por ello no había motivo para preocuparse, pues todo habría sido un pequeño accidente doméstico. Tan sólo tenía que encontrar la luz y la puerta para salir de esta habitación. Sin embargo, y a pesar de que le costaba concentrarse, el estómago seguía doliéndole, y el sudor le resbalaba por las manos. Una punzada mucho más fuerte le retuvo contra la pared. El estómago parecía arderle como si hubiera tragado brasas. Apretándose el estómago llegó a ponerse de pie, pero notó que le fallaba el equilibrio y se apoyó contra la pared. Tuvo la idea de gritar pero se sintió ridículo.
Alargó el brazo y sus dedos toparon con una estructura metálica, hueca. Al introducir la mano halló formas circulares pesadas, de superficie plástica que recordaban a garrafas, cajas metálicas, mangos de madera, fijos rugosos y fríos, botes circulares que contenían líquidos espesos... ¿Pero qué hacía él durmiendo en allí, en ese estado? El aire entraba y salía más rápidamente por su boca, caldeándose.
Se vio, de repente, agarrado a dos tobillos; los dos pies, flácidos, iban enfundados en sus medias y se miraban entre sí. Arrastraba su cuerpo por el suelo liso y embaldosado, curvado hacia adelante y caminando hacia atrás. Las manos le resbalaban lentamente por la seda. En el pasillo su cuerpo se había hecho más pesado, y el sudor le goteaba de la frente irritándole la visión. Un estallido de calor prendió fuego en su estómago y le obligó a detenerse. Ella no se movía, y sus brazos, por encima de la cabeza parecían formar una o en el suelo, como si intentara tocarse con los dedos. No, no puede ser. Miraba el techo indiferentemente, con su cabellera ensangrentada esparcida alrededor de su cabeza. La punta de sus dientes se asomaban por la boca entreabierta. Intentó tirar de su cuerpo pero sólo consiguió que sus músculos se agitasen rítmicamente. Resbaló y cayó al suelo. No, no puede ser, no soy capaz. Se asfixiaba, se enrojecía, se desabrochó los botones de la camisa intentó levantarse pero volvió a caer, agarrado a su estómago y con su cabeza sobre el regazo de su amada Marta.
Se le heló la sangre. Sintió entre los dedos de la mano derecha el peso de una vara de hierro, la misma que usaba todas las mañanas para desplegar el toldo de la galería. Los pelos de la nuca se le erizaron y comenzó a sentir escalofríos entre los hormigueos. No, por favor, no he sido capaz. No puede ser. Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas al recordar los gritos de esa noche. Había descubierto lo de Sylvia.
Una especie de miedo velado, un horror al final, a lo ineludible, le había impedido contárselo. Quizás, si lo hubiera hecho, ahora ella estaría con él, a su lado, en la cama, durmiendo tranquilamente. Pero algo en su interior le dijo que lo ocurrido no había sido gratuito. Sí, algo le había provocado esa reacción. Pero, ¿qué era? El dolor del estomago le hizo recordar como se abalanzó sobre ella acusándola de asesina; y como sus ojos se agrandaron por el horror de aquellas palabras. Ella retrocedió hasta la cocina mientras su mano aferraba la vara metálica. El paso de la piedad al odio fue vesánico. Alzó su arma con ambas manos y su cabeza sonó como la madera al romperse.
Probablemente no había metido la dosis suficiente para matarle, pero lo estaba pagando caro. Se apretó más las tripas y se secó el sudor de la cara con la camisa. Las cejas le chorreaban. Se quedó estupefacto, sentado en el suelo, agarrándose el estómago y ardiendo de rabia.
--¿Me oyes? ¡No has podido conmigo! No te sirvió de nada. Sigo vivo.
Marta sabía cumplir lo que decía, pero, al parecer, no le había servido de nada. Rió para sus adentros mientras reflexionaba lo que había dicho. La pequeña cámara no permitía que la voz resonara. Su última sílaba retiñó en sus oídos como en un sueño. Seguramente nadie había escuchado su voz, a menos que... Espera. Pero, entonces, ¿qué hago aquí?
En los primeras semanas habían contratado a un labriego de la zona para que trabajara y regara sus campos. Marta entró en el cobertizo y se dispuso a arreglarlo para su uso, tal y como le prometía siempre cualquier cosa. Hicieron una lista con todos los aperos y herramientas necesarias que les pidió. Luego arreglaron el cobertizo y montaron las estanterías metálicas. Todo eso fue mucho antes de las discusiones. Aquel día Marta barría el cobertizo. Él se acercó sigilosamente, perturbado por una extraña idea que guardaba desde el día en que se conocieron, y cerró suavemente la puerta mientras Marta barría. Cuando oyó el chasquido y desapareció la luz Marta empezó a gritar. Al comienzo sólo quería gastarle una broma, pero a medida que sus gritos se hacían más terroríficos le pareció una obstinación desmedida, necesitada de castigo. Con la mano en vilo esperó un rato más, mientras los golpes de sus puños resonaban sobre la superficie metálica de la puerta. ¿Qué pasaría? Siguió contemplando la desesperación. Sus gritos parecían demasiado ridículos. Ella también resultaba ridícula.
Finalmente, de ella tan sólo quedó un sollozo ahogado.
No. Él no gritaría, de nada le serviría ya. No era ridículo. Forzaría la puerta con alguna herramienta.
Cuando abrió la puerta estuvo riéndose un rato del miedo que había pasado. Ella lloró acongojada toda la tarde.
--¡Un día de estos me vas a matar!, ¡y tú te morirás del susto!
Desde aquel día Marta nunca entró en el cobertizo. Sí, si sólo hubieran roto en aquel momento, ahora esto no sería más que un sueño; pero, espera, si la puerta no puede abrirse desde dentro...
De repente recordó que el cobertizo no tenía respiradero.
Se quedó con los ojos abiertos, contemplando las formas luminosas de la sangre reflejadas en su pupila. Sintió desfallecerse, dilatarse, e notó que empezaba a mearse en los pantalones. Tanteó en la oscuridad hasta hallar la plancha metálica de la puerta que golpeó con ambos puños.
--¡Marta! ¡Marta!, ¡por favor, sácame de aquí!!
Estuvo gritando un buen rato hasta que las palmas de las manos le dolieron. Luego intentó encontrar una herramienta, pero no obtuvo resultado. Le temblaban las manos y el corazón le latía demasiado rápido. Estuvo tanteando en la oscuridad que parecía querer ocultarle venganzas más tenebrosas. Llevándose la mano al cuello el aire se le hizo irrespirable por el calor. Tosió continuamente. Sus pulmones ardían mucho más deprisa y el temblor de las piernas le hizo caer al suelo. Puso sus codos por delante pero se golpeó en la frente.
Cuando algo, frío, le agarró del tobillo, todo su cuerpo quedó petrificado.
Notó la presión aumentar, y se imaginó a su tobillo aplastado en un torno; pero eran cinco los puntos que se clavaban en su propia carne.
Golpeó la oscuridad y se zafó de aquella garra invisible. Gritó hasta acabar el oxigeno de sus pulmones, mientras rodaba por el suelo, liberándose de la negrura que amenazaba en abalanzarse y devorarle en cualquier momento. ¿No estoy alucinando? Y tumbado contra el suelo tuvo la certeza de que Marta se saldría con la suya. Tan seguro estaba como que le había abierto la cabeza con una vara metálica. Pero como había llegado hasta el cobertizo no lo retenía su memoria.
Ella estaba muerta, bien muerta, pensó entre sofocaciones, mientras escuchaba algo como ropa arrastrándose por el suelo, junto a un goteo líquido. Entonces supo como había llegado hasta allí.
Marta siempre cumplía sus promesas.
No hay que pagar al acordeonista
Tras la sacudida, con mecánica apertura, abriéronse las puertas (que permanecieron así, uno, dos, o más segundos, quizá un tiempo largo e indeterminado –en el que nadie prestó, ni presta atención–, los segundos que tardan en cerrarse) con un piar de pitidos penetrantes... marcado en arrojado corrimiento de las puertas tras el ralentizado arranque del vagón.
Había una anciana, un joven y un adulto. Serían tres personas si no fuera por el acordeonista que acababa de entrar desde el andén. El resto del vagón iba vacío, como quedan las salas de espera.
Un vaivén suave, mecedor, acompañaba el runrún de la máquina pesada, encarrilado con rítmico temblor por las entrañas de la urbe; cuando el próximo andén, veloz ante los ojos, pasó de largo acelerando con furiosa resonancia, transcurriendo como la vida ante los ojos de quienes ya no la esperan; sólo visos sucediéndose de hileras rojas, plástico detrás de las ventanas, parrillas de enrejados fluorescentes centelleando en el acero de las barras, de paneles grises diluyéndose tras el negro de las ventanas.
Los habitantes se miran sin decir palabra. La anciana, expresa una completa despreocupación ante la ceñuda mirada de la juventud. Se pasó de largo, protesta interpelado por sus ojos glaucos, ¿Cómo se baja uno donde quiera si se pasa de largo? Sí, contesta le contesta con resignación la anciana. Siempre se pasa de largo. Ajeno a la sutil conversación, el adulto, solitario, maldice la estupidez del conductor, y espera, secretamente, a que haya una explicación útil. Es justo en ese momento de sus vidas con el acordeonista plantado en el pasillo, que fluye de los dedos un harmónico suspiro inicial, de obertura, que al adulto le suena y que la anciana rememora, de aquel momento que ahora pasa a lo largo de su vida con airosa melodía. La anciana lo entendió al momento. El joven, de pie, contemplando las entrañas de la tierra en rápida sucesión, no prestó atención a la banda hasta que lentos y graves resoplaron los fuelles de su acordeón. ¿A cambio de escuchar su canción le pediría las monedas que no quería pagar a aquel hombre de traje, sucio y oscuro, que ocultaba la mirada bajo su sombrero de clochard? La vida adulta se perdió discretamente en los gestos rítmicos del acordeonista, intentando recordar, aún, porqué ya, sin saberlo.
Firme y seguro, toda su vida ha tecleado firme y seguro, sin dejar asomar entre las notas atisbo alguno de su naturaleza, pues el acordeonista, que se volvía armónicamente a ambos lados del vagón, ha compuesto esa canción. El joven, sentado, pensando en el tiempo que habría de pasar fingiendo no saber que trataban aquellas uñas curvas y alargadas, que no impedían teclear a sus huesudas manos, ni a sus brazos vibrar rítmicamente, buscó una moneda en el bolsillo. El acordeonista, columbrando su deseo, se acercó hasta a su asiento, andante, descubriéndose ante todos la cojera en sus pies descalzos, y luego, adagio, meciéndose como rama de árbol sobre el joven, que pronto adivinó su error.
Cerrando los ojos, tapando los oídos, alejó aquella música infernal. Tenía necesidad, todavía, de una segunda oportunidad. ¿Pero cuál había sido su deseo desde que el amor deviniera en muerte? Se echó a temblar ante la sombra que aguardaba, sin apenas atreverse a respirar. Estaba seguro que en el próximo andén habría de bajarse por su propio pie. Habría otra posibilidad de enamorarse y dejar de escuchar los metálicos acordes. Cuando abrió los ojos, vio en aquellas falanges algo grotesco, inhumano, pero no sintió culpa alguna por dadivarle nada más que la mirada. No debía, demasiado pronto, todavía no, deseaba.
La anciana buscó en el monedero y extrajo, sin titubeo, deferente, dos monedas cuyo peso conocía muy bien sobre la palma de su vida. El acordeonista, volviéndose hacia ella, allegro, se tocó el sombrero cuando cayeron los dos óbolos dentro del vaso que pendía en su instrumento. Sabemos qué toca hacer en su momento, se dijo, mirando al joven condescendientemente. En lo tocante al pago, hemos conocido el valor de nuestra vida, si nunca deja de tocar como éste acordeón. La anciana fijó su mirada sobre sus dos ojos, cubiertos por el ala del sombrero, que amanecieron blancos y sin vida. Así que tocaba de memoria.
Se retrepó con un suspiro, cuando el acordeonista apartó su mirada fatal, acariciando el ídolo en oro chapado que le cuelga de una cadenita. Así que es eso, se dice, cuando el joven la observa, y sintiéndose ridícula deja de acariciar esa impresión. Pero no se compadece del joven, pues aún no conoce esta canción que no deja de tocar, ahora, allegretto, por arte de su naturaleza en pocos segundos, con rítmicos acordes, transmutando en solemnes octavas en fuga, agorando graves contrapuntos, fluyendo de nuevo con renovada resonancia el tema principal de la canción.
El adulto, que había cavilado en el progreso inacabado del vagón, estaba convencido del ejemplo que encubre el pago de la generosidad, algo inexistente, conducta aparente, como él, de los cargos de conciencia. Ahora vendrá hacia mí y no le daré ni las gracias, pues no le he pedido que toque, ni menos, que se me acerque a limosnear. Por mi voluntad que lo que ha hecho esa anciana ha sido ingratitud. Yo decido cuál es el valor de los actos, yo lo acuño, libre, sin que nadie me obligue, no como esas egoístas que sólo piensan en el pago de su salvación ¿Qué salvación? A mi nadie me convence de lo contrario. El acordeonista hizo una lenta reverencia, de largos acordes afollados, con sus andantes brazos zanquivanos. El adulto contempló su rostro con altivez medida, pues es de los que mira fijamente al fondo de las cosas, mas se abismó en la noche descarnada de su rostro.
El vagón volvió a saltarse el nuevo andén, despertando inquietudes en el rostro, acelerando hacia su destino, con una breve sacudida que balanceó las cabezas. El adulto, fingiendo la seguridad de su experiencia, ni demasiado senil ni juvenil, tira del freno del vagón sin obtener otro resultado que un momentáneo riesgo, en el que la canción, al contrario que la vida, iba a paso larghetto. La anciana, sabe, queda poco tiempo de espera en esta sala para llegar al final del trayecto. Y el joven no deja de mirar alrededor, observa con sorpresa la sonrisa descarnada del maquinista descalzo, quien alza la cabeza en expresión de triunfo y muestra la ósea blancura de su piel, sonriente, con mentón saliente y cejas arqueadas, tan sólo tocando, sin dar razones, ni preguntar, ni escuchar el tintineo de los óbolos. Así pues, también es sordo, advierte quien le ha escuchado alguna vez tocar, demasiadas veces, el mismo tema. Pero sabe perfectamente lo que hace. Y de súbito las luces se apagaron.
En la noche subterránea, todo se perdió en una glauca descomposición que salpicaba los relieves. El adulto no dejaba de tirar del freno, como si pudiera con su voluntad y empeño, hacer que las cosas fueran de otro modo. Sin embargo, en aquella oscuridad, el espacio empezó a desacelerar. Desapareció toda referencia, súbitamente, como párpados cerrados. No se ha oído ninguna explosión, ninguna hecatombe, pensaron, entre la música que saltando a una octava menor, bemoló largamente sacudiendo en la estructura de sus esqueletos. Se escucharon metálicos reniegos. Lentamente, fue parándose. Y todo se paró.
Las distancias se acortaron, pero el espacio se ensancho indefinidamente. Volviéronse oblicuas las relaciones entre el espacio y el tiempo. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estamos? pregunta el joven. Ya hemos llegado, dice la anciana. Y la urgencia de todo lo no hecho prendió en los corazones de los hombres. No temas, hijo, no temas, no ha sido culpa tuya, sonó en la prolongación de la única nota del compás. Es un accidente, no pasa nada, replicó el adulto a las graves connotaciones de la anciana. Nos avisarán dentro de poco. Ésta avería no puede repararse. Pues yo digo que el mundo está lleno de averías, y todo siempre tiene solución. ¿Todo? Nunca.
El joven se levantó. Por el eco de tonel de sus pisadas se alejó hasta el extremo más cercano, donde debería estar la puerta, pero sintió que si avanzaba más se precipitaría hacia el abismo. Notó los dedos hurgando en el vacío y sus piernas detenidas por una sólida superficie que se zozobró ligeramente a su intento. Se sentó de nuevo, en el suelo, absorto en otros indicios. Un efluvio sulfuroso abrasaba la nariz. Nunca hasta ahora le habían aterrorizado tanto sus expectativas. ¿Ahora tengo expectativas? Se cruzó de piernas y de brazos en medio de las tinieblas. ¿Cabrá hacer realidad algún sueño más? Y entonces, se dio cuenta que él último compás de una nota había reverberado hasta un silencio frío, catacúmbico. Buscó la moneda en los bolsillos. Toca, toca algo... por favor. Pero ya no sabía donde estaba.
No cabe duda, pensó descordándose la corbata, de que cuando nos echen en falta pronto seremos rescatados. Era extraño que parados como debían de estar, entre dos estaciones, no se oyera ningún ruido. Pero más que el silencio, lo que le inquietó fue que el tacto de su asiento había cambiado su adherencia plástica por una rugosidad primordial. Pero cuando se palpó el pecho no tuvo más remedio que levantarse. Yo no he pagado nada, gritó, yo decido cuando, y cuál es el rumbo que toman los acontecimientos a mi voluntad. Se quitó la chaqueta removiendo los hombros, e incrédulo, se palpó las muñecas. No puede ser. Todo para nada. ¿Para esto he perdido todo mi tiempo? No hay que pagarle, si no se quiere, fue la respuesta de la anciana.
Los sollozos del joven chapotearon alrededor de sus oídos. ¿Por qué yo? Lo que he dejado a medias, y lo que aún queda por empezar. No te preocupes, ahora ya no hay prisa. Pero lo peor es el deseo y la posibilidad. Aquí no han de servirte, le contestó. Pero no ha sido mi culpa. Es la culpa de todos. No es cierto, no lo merezco. Pero no puedo creer en lo que están sugiriendo, si sólo debemos esperar. Aquí, esperar, ya no tiene sentido. Incluso una solución o un problema es lo mismo. También, ni con esta cadenita, el muerto que sirve de consuelo a los vivos. Debe de haber alguna manera, iba a continuar el joven, pero sintió el peso eterno al que estaba encadenado. Se resistió a dudar y a convencerse de una causa o razón, pues no la había. Todo había ido de esta manera. Joven, llamó la anciana, para quien todo excepto ella era pasado. Toque de nuevo, si nos hace el favor.
Tintinearon nuevos óbolos. Se oyeron los acordes tras el tamborileo de las claves de un exultante órgano, en medio del viaje sin principio ni fin, emanando con aires de barquero, chapalearon como en la corriente del hado, intuyéndose un ligero movimiento entre el miasmático relente, suspendido como el reniego del condenado, fluyendo como cántico de sueño, la muerte nueva, no la de la vida. Cesaron los sollozos hasta oír tan sólo el chapoteo de la pértiga, y el joven, sentado en el travesaño de la barca, se asomó al borde sin temer ya que esta zozobrara. Los reflejos de una lívida esperanza le devolvieron el pálido consuelo de su rostro, mientras la pértiga, resonando en las profundidades, avanzaba allegro, marcial, augusta, y grave, recargada, pesada, deslastrada de las preocupaciones, de causas, razones, y de las consecuencias de las cosas, destinadas, todas ellas, al único fin de un principio que explique el final. Las notas salpicadas se elevaban sobre el peso de la angustia para permanecer, quietas, largas, y tenebrosas, como las horas de la noche que horadan los cimientos de la vida, meticulosamente, bajo la tierra húmeda del sueño, con pompa y circunstancia psíquica, silenciando penas y aflicciones, olvidando los últimos deseos.
Las ondas sonaban opacas. El acordeonista, de pie, remaba.
Primavera de 1919
Me encontraba dando un paseo por el casco histórico cuando, de repente, me vino a la memoria un viejo conocido. Avancé unos pasos más y me detuve con las manos en los bolsillos de la americana abierta, contemplando los adoquines. La calle retemblaba con los chirridos metálicos de los tranvías. Me había hospedado en un hotel de la ciudad, no muy alejado del centro.
No hacía mucho que las fronteras se habían reabierto, pero la ciudad apenas había cambiado tal y como la recordaba. ¿Habría cambiado él? La posibilidad me cautivó. La casa no estaba muy lejos, y Fritz regresaba ahora a mis recuerdos como un hombre en la setentena, mal afeitado, abandonado de sus viajes, con la mirada perdida y triste. ¿Tanto cambiaban los acontecimientos bélicos? Todo era muy reciente, y posible. Incluso podría haber muerto, o que aún estuviera en casa de su madre.
Dispuesto a averiguarlo salí de plaza y subí por la Kulturstrasse con el sol de cara. Fui avanzando, pegado a la pared, al socaire de los balcones. Había poca gente. Cuando llegaba al número 22 vi salir de la casa un hombre que se calaba un bombín.
El hombre bajó por la calle y se dirigió hacia mí. Iba mascullando algo entre dientes. Avanzaba con la cabeza por delante, los movimientos rígidos y mecánicos. Vestía traje gris y botines. Sus ojos estaban enrojecidos. Bajo la nariz ostentaba un fino bigotillo.
—Esto es demasiado... indignante. Será... ¡y sólo le he pedido una explicación!
Siguió avanzando hasta el final de la calle y desapareció entre la multitud.
Los plataneros que adornan la Kulturstrasse verdeaban colmados de primavera. Un oreo calmoso los mecía haciéndoles susurrar a lo largo de la ancha calle, mientras las palomas arrullaban entre sus ramas. Me detuve delante del número 22 y comprobé el nombre en una plaquita de bronce que había en un lateral. Antes de llamar al picaporte me volví hacia la plaza, de donde venía el murmullo de la masa humana y el estrépito de las máquinas que habían sido creadas por ella y para ella.
Pasó un minuto largo antes que vinieran a abrir.
Durante ese tiempo distinguí que parte del murmullo humano que llegaba a mis oídos provenía de la misma casa. Intrigado me acerqué a la puerta, y entendí que adentro se había acallado una fuerte discusión.
Fritz me encontró con la oreja pegada a su pecho.
—Hombre, Fritz. ¿Qué tal viejo amigo?
Estuvo observándome como una estatua, sin moverse, ni reconocerme, hasta que desapareció mi sonrisa. Luego, desde sus anteojos, parpadeó un instante, justo antes de empezar a sonreír. Tenía una mirada ojerosa, pero aún ostentaba el profuso mostacho por el que fue conocido; es más, había crecido hasta taparle prácticamente el mentón, lo que le daba una vago aspecto de sacerdote o maleante. También percibí que los años no le habían pasado factura desde 1900; a pesar de las crecientes arrugas y canas, sus gestos y movimientos eran rápidos, ágiles, y llenos de espontaneidad. El cabello plateado corría desordenadamente sobre la cabeza que escribiera las mejores obras.
—¡Al final has llegado! Madre de Dios —dijo con toda naturalidad—, y en el momento más oportuno. Te esperaba hace muchos años. ¿Dónde has estado?
Nos abrazamos como dos viejos amigos.
—Pasa, pasa —e hizo ademán, de acompañarme al interior—. ¿Qué tal tu madre?
Hablamos en el recibidor un poco de nuestras vidas respectivas, a pinceladas. Yo había estado ocupado durante la guerra, trabajando de voluntario. Ahora me encontraba completamente libre, por fin, de viajar a mi libre albedrío por el mundo, pero la casualidad había querido que nos encontráramos de nuevo.
—Sí, recuerdo la última vez que nos vimos. ¿No fue... en el 97?
De la sala contigua salía un murmullo de protesta. Miré hacia la puerta y le pregunté si no sería mejor vernos más tarde, pero él hizo como si no me escuchara. Siguió hablando. Me comentó algo de su hermana, con la que no andaba en buenas relaciones, y luego me dijo en voz baja:
—Échame un cable con esos tres, que no me los puedo quitar de encima.
Asentí entusiasmado con la posibilidad de un duelo verbal y pasamos al comedor, como dos actores que preparan su entrada en medio de la escena.
Sentados alrededor de una mesa redonda se entreveían los tres invitados. Una espesa cortina de humo, intensa, de cigarro y pipa, pendía del ambiente como en una sala de conspiraciones. Una de las sillas estaba vacía.
—Caballeros, les presento a un buen amigo al que he esperado durante muchos años. Herr Übermensch. Así que con esta feliz casualidad suplimos la reciente pérdida del caballero indignado —acabó diciendo con las manos recogidas y dando ligeras inclinaciones con la cabeza.
Fritz se sentó en un sofá y me indicó que me acomodara en la silla vacía. Luego me hizo un gesto con la mano para que me tranquilizara.
En aquel comedor modesto, sentados a mi alrededor, los tres invitados me observaron antes de presentarse y dar la mano. A mi izquierda tenía un sujeto con trazas de mendigo. A pesar del olor a tabaco su cuerpo hedía a humedad y tierra, y como a papel quemado. Su mirada ojerosa y el color de su piel no denotaban buena salud, y le daban un aspecto fúnebre. El pelo crespo y escaso, de diferentes tonos amarillos, y la calvicie arrugada, en la que se veían unas manchas redondas, daban cuenta de la avanzada edad del invitado de la izquierda. Vestía una especie de túnica o ropaje raído que recordaba a un sacerdote, y por todas partes se veían manchas de barro y suciedad. Parecía como si aquel vejestorio se hubiera revolcado en una caballeriza, o como si acabara de excavar un túnel; a lo sumo, como si hubiera salido de una tumba. Su mano era gomosa y fría. Llevaba entre sus dedos delgados un rosario con una pequeña cruz metálica.
Justo en frente había otro anciano, de formas redondeadas, aunque de aspecto más jovial. Estaba entrado en carnes, y su tez era rosada, casi como la de los cerdos. El pelo cano peinado a los lados, con meticulosidad, descubriendo una calva de tonsura. Llevaba unos anteojos pasados de moda y cuello desechable, sobre camisa blanca. Hasta aquí parecía un individuo arrancado de algún álbum del siglo pasado. Sin embargo, la principal peculiaridad era que estaba completamente manchado de rojo, hasta el punto en que pensé que vestía un traje escandalosamente fauvista; pero aquello eran manchas y salpicaduras secas que acartonaban un traje a rallas. Pensé en la salsa de tomate, pero me pareció ridícula la escena. Luego, así, a primera vista, si no fuera por la edad, pensé en un pintor de brocha gorda que se hubiera tomado un descanso; pero las lentes y la abotargada risita que codiciaban sus mofletes hacían pensar en algo sórdido e inhumano. Sudaba continuamente, lo que provocaba que unas manchas oscuras aparecieran en las axilas. Sus movimientos eran lentos y perezosos.
Finalmente, a mi derecha, había un hombre de mediana edad que apoyaba la cabeza sobre sus brazos cruzados en la mesa, como si estuviera durmiendo. Era un ser de mirada grosera y aspecto enfermo. Su aliento apestaba a alcohol y su pelo desordenado se apelmazaba irregularmente. Vestía un traje lleno de lamparones y manchas de grasa, una corbata arrugada, y las mangas de la americana recogidas hacia adentro. El tacto de su piel era seco y tembloroso, y sus movimientos hacían pensar en la dipsomanía. Daba la sensación de algo ingrávido, como un globo, que en cualquier momento echaría a volar por la habitación. Aún así, algo en su mirada ofensiva despertaba inseguridad y temor; sus ojos glaucos se fijaban con tenacidad sobre sus objetivos y tenían la particularidad de hipnotizar a sus presas con una especie de sospecha infundada. Constantemente se agarraba la barriga con su mano derecha, por dentro de la camisa.
—Y bien, ¿dónde lo habíamos dejado?
—En que no tenía usted razón —acusó el hombre de rojo a Fritz, con una voz meliflua.
Poco después de retomarse la discusión empecé a sentirme hastiado de aquellos hombres. No era algo que proviniera del tono de sus voces, sino de la manera en que encadenaban sus argumentos. Fritz hacía ademán de escuchar, pero me lanzaba miradas de tanto en cuando, mientras soportaba diatribas sobre la moralidad y la responsabilidad de los actos. Apenas se defendía, haciendo ver que meditaba lo que decían esos infames señores. Aquella indiferencia olía a desprecio.
El hombre de mi derecha levantó la cabeza y, gesticulando con la colilla de un cigarro entre los dedos, articuló con voz gangosa una tremenda estupidez:
—Lo que ha ocurrido tan sólo puede deberse a una conspiración de las minorías —dijo mientras alzaba su cabeza como un dinosaurio y apuntaba con la colilla hacia las nubes de humo—. Las mayorías somos el deber, la utilidad moral de todos lo demás. Como es imposible que las mayorías puedan ir en contra de ellas mismas, ya que el interés mayoritario es el bien mayoritario, lo ocurrido tan sólo puede deberse a minorías.
—De judíos o bolcheviques —apostilló el hombre fúnebre.
—Sí, e incluso diría yo —dijo el hombre sanguíneo—, que en cualquier época y lugar, si el bien de la mayoría no consigue manifestarse, evidentemente, debe haber una causa positiva, y consecuentemente, en el caso de la sociedad moderna, sólo puede deberse a una minoría que impone falta de control a los gobernantes sobre la población, y así, como el país no puede optimizar su política se impide que mejore sus rendimientos, impidiendo al Progreso avanzar, dejando a la sociedad en la edad media.
—Y además —se lanzó de nuevo el borracho, hinchándose como un eructo—, ¿no somos demócratas? pues votemos la culpa del desastre, y verán como gana siempre la mayoría. No como ese señor —dijo señalando a Fritz—, que escribe libros antidemocráticos.
Percibí un hedor a descomposición mezclado con el del tabaco.
—Oh, sí, la laicidad, ese es el verdadero culpable. ¿No están convencidos ya de que sin Dios no puede existir el bien y el mal, y que por lo tanto, estamos condenados a vagar por el Infierno hasta que no restituyamos al Señor en su lugar correspondiente, y con él a sus ministros?
—Eso nunca —le espetó el gordo ensangrentado—, Darwin está por encima de Dios, y Einstein también.
—Pero Dios dio vida a Darwin
—Pero el gobierno de los hombres sólo es de Dios si la mayoría vota que Dios existe. Sólo entonces Darwin estaría por debajo de Dios, y eso sería legal —apostilló con sorna el hombre embriagado con sus propias palabras.
—No en este país.
—Deje, deje, ya verá como la historia siempre trae sorpresas.
—¿Se da cuenta, malvado, de lo que han conseguido sus libros? —le reprochaba el mendigo tétrico a Fritz, con una mirada de inquisidor.
Fritz, con las piernas cruzadas y estiradas, parecía más interesado en sus uñas que en la saliva que saltaba de los labios de aquel monje subterráneo. Parecía un niño descubriendo una hormiga.
Entre la niebla tabaquera y las palabras escupidas de aquellos cuerpos descompuestos y amenazantes, el ambiente se iba cargando con una expectación de desastre, aunque la catástrofe ya hubiera terminado hacía algunos meses. Algo hediondo emanaba la cualidad de aquellas formas. Había allí una indigestión de malas razones.
—Por eso hemos venido aquí, ¡para pedirle una explicación!
Pero mi viejo amigo hacía oídos sordos, se giraba hacia la ventana y corría el visillo, dejando entrar la luz el sol, que proyectaba sobre la habitación un haz blanquecino; afuera, la primavera, diáfana, agitaba las hojas verdes y las copas de los árboles que sobresalían de un patio cercano, invitando a pasear bajo la luz clara del mediodía.
De tanto en cuando una sombra se detenía recortada ante la ventana del comedor, y luego continuaba su marcha.
Las razones de aquellos engendros se arramblaban sobre la mesa, sin consideración y con descaro, turbando mi ánimo. Nuestro anfitrión, que se había levantado y daba vueltas por la sala cogiéndose la mano por la muñeca, observaba más allá de sus invitados. Decidí interceder:
—El señor Fritz tan sólo es el síntoma. Confunden el síntoma con la enfermedad. Uds. son los que están enfermos.
—¿Cómo? ¿Enfermos?
—No, muy señor mío, él está loco, y les ha vuelto a todos locos. Nosotros sólo buscamos la verdad —dijo el sanguinolento hombre de enfrente—. Él es la causa de la locura que nos ha llevado al desastre. Él es una epidemia.
—¿Un hombre solo puede ser una epidemia?
—O sí, —dijo el religioso.
Fritz acababa de salir de la habitación. Hubo un silencio.
—Hablan ustedes de la conducta como si prometiera recompensas desde una última verdad —reanudé—. Miren, la única verdad que existe es ésta —y di un golpe fuerte en la mesa.
Todos miraron el lugar del golpe con suma atención. Luego se retreparon lentamente. El monje fúnebre dijo:
—Muy listo. Quiere hacernos creer que hay algo más allá de esta mesa.
—¿Cómo? —dije indignado.
—Por una vez estamos de acuerdo —soltó el carnicero—. ¿Me van a creer a hora si les digo que allí sólo hay espacios subatómicos, electrones y protones? ¿Qué tenemos que fabricar para demostrárselo? ¿Cuantos sacrificios han de ser necesarios para la consagración del verdadero saber, una vez derrotados los falsos? El día llegará en que la materia no tenga secretos, y ese día todos los demás ídolos empalidecerán.
—Y destruirán a la humanidad, junto con este planeta. La obra de Dios.
—No tantos como las religiones.
—¡Hereje! —le acusó con su índice esquelético—. Falso profeta. Créanme a mí, yo soy la verdad más antigua, la más verdadera. Aún están a tiempo de salvar su alma para la eternidad, y evitar que el día del juicio final no sean juzgados por impiedad.
—Usted sólo era la penúltima verdad.
Empecé a sentir compasión ante tanta estupidez.
—Oigan —dije—, haya lo que haya, sea lo que sea, está aquí, delante de nuestras narices, y no en ningún cráneo privilegiado, ni trasmundo. Aunque esté aquí —palmoteé la mesa varias veces—, lo que ustedes digan o hagan sobre ella no les otorga nada que los demás no quieran creer. Así que, si necesitan limpiarse la conciencia tómese un baño, pero no nos traten de imbéciles —terminé dando un puñetazo sobre la mesa.
—Votémoslo —terció el hombre de mi izquierda, soltando un eructo—.
En aquel instante, unas primeras notas tecleadas dieron paso a una pieza de piano. Las escala entró volando por la puerta, escapándose por la ventana, y la sencillez de su ejecución junto con el timbre melancólico y la poca notación, apaciguaron momentáneamente nuestras voluntades.
Aquellas cosas prosiguieron la discusión. Me levanté y me fui a la sala de al lado.
En un modesto gabinete, Fritz, sentado ante un viejo piano, interpretaba el caminante de Mahler. Me quedé en el quicio de la puerta con las manos en los bolsillos, viéndole ejecutar su voluntad a lo largo y lo ancho de las octavas. La música evitaba que entraran las murmuraciones desde el comedor. ¿Qué estaría haciendo él con esa calaña de la habitación contigua?
La ventana trasera del gabinete daba una iluminación tenue y eclesial. De entre el claroscuros, las sombras se proyectaban a lo largo del mundo como siempre lo habían hecho y siempre lo harían. La figura de Fritz, a contraluz, levantó la mirada del atril y siguió tocando de memoria. Su contorno destacaba luminoso, por encima, incluso, de la música.
—Fritz, ¿por qué no te marchas de aquí?
—No puedo —contestó sin dejar de tocar—, ni muerto ni loco me dejan en paz.
—Pero puedes, la voluntad...
—Tú eres mi voluntad. Tú puedes marcharte. Yo pertenezco ahora a esta casa. Soy un invitado de esta calle, de este mundo.
No podía creerme lo que estaba oyendo. Parpadeé indeciso, por primera vez, de ver a mi amigo en semejante estado.
—¿Qué mundo? ¿No son todos el mismo mundo?
—La cultura, amigo mío —dijo sonriendo, casi apunto de estallar a carcajadas—. Esta... casa...
—¿Vas a quedarte en un sitio donde nadie sabe lo que dice y todos quieren tener la razón? Pero si son una maldita secta de adoradores y fanáticos, estos señores...
—Sí, sé lo que vas a decir. No soy yo quien confunde los medios con los fines. No existe ni lo uno ni lo otro. Pero aún así, aún estando seguro de que no hay más verdad que la no-verdad, siguen creyendo que soy un fin.
—¿La orden hermética de los adoradores del martillo?
—Sí —afirmó soltando una carcajada. Verle reír de esa manera me devolvió el ánimo. Dejó de tocar.
—¿Por qué no les hechas?
—¿De su propia casa? ¿Para qué? Volverían.
—¡Pues sal tú! —insistí.
Fritz me miró sonriente. Cerró la tapa y se levantó, dirigiéndose a la ventana. Descorrió el visillo y me hizo una señal para que me acercara. La luz despejó la penumbra. Se veía un patio floreado, cerrado por una verja metálica, tras el cual se extendía un pequeño parque. En medio del parque, cruzado por un río, había un puente de piedra fabricado para el hombre.
—Fíjate, allí, más lejos, la primavera. Siempre vuelve. Todo vuelve. Tú vuelves y yo también.
El jardín cercano había estallado en colores. El aire templado acariciaba cada uno de los tallos de todas las flores y plantas que parecían moverse siguiendo una única indicación. Mariposas blancas revoloteaban por entre los pensamientos, y en las copas de los árboles, los trinos de los ruiseñores se alzaban por encima de los tejados grises.
—Apetece salir afuera —sugerí a mi interlocutor.
—Sí, no habría que desaprovecharlo. Salir a la vida, como un pájaro libre.
Nos volvimos al interior. Fritz abrió un cajón y entre trastos sacó un martillo de carpintería. Luego salimos al recibidor. Todo parecía intuir la despedida.
—Esos señores de la otra sala todavía no pueden verlo, porque no saben leer —dijo sopesando el martillo.
Abracé a mi compañero. Sabía que le volvería a ver. Teníamos toda la eternidad por delante.
—Te olvidaré, hasta que nos volvamos a encontrar.
Me miró fijamente y dijo:
—Espero no haberte decepcionado. Tengo todas las esperanzas puestas en ti. Nosotros, los hombres, siempre buscamos una explicación. Las de esos señores que se pasan el día discutiendo tan sólo buscan limpiar la conciencia. Tienen miedo, pero no de ellos, sino de los demás. La cultura, amigo mío, es sólo eso: falta de lectura y de pensar en uno mismo.
Volvimos a abrazarnos y me despedí.
Creo recordar que antes de salir de la Kulturstrasse por una calle lateral, se oyeron algunos martillazos tras la reanudada discusión de aquellos anfitriones que nos habían invitado a Fritz y a mí, para ser exactos. Cruzando la calle lateral llegué al parque trasero. Entré en sus dominios y, lentamente, el murmullo de la ciudad y sus habitantes fue desapareciendo en un presente sin sucesión.
Bajo los chorros de luz del mediodía me desabroché la camisa e hice un ovillo con la chaqueta. Crucé el puente y, al llegar al otro lado, me estiré bajo la sombra gigantesca de la primavera.