Al rey ruiseñor le iba a nacer su primer hijo. El pobre pájaro estaba en la sala de espera de maternidad hecho un manojo de nervios. Su mujer había muerto en el parto y sólo le quedaba aquel hijo como recuerdo de su amada. Solicitó la asistencia al parto pero, el equipo médico se lo denegó porque preveían dificultades.
Ya llevaba dos horas desde que el huevo entró en el quirófano, y esto, no era un buen síntoma; él se esperaba lo peor. Pasó media hora más, cuando de repente se abrió la puerta del quirófano y de allí salió un pájaro con bata verde y cara de circunstancias. Se le acercó con paso templado y con voz suave le comunicó que todo había salido bien, pero que su hijo tenía un defecto...Le faltaba una pata.
Aquella noticia le sonó al rey como un cañonazo. Cayó en la silla de sopetón, llevándose las alas a la cabeza. Pensó en su reino, pensó en cómo iba a presentar en sociedad a su hijo y sintió vergüenza, así que lo cogió y en la primera pajarería lo dejo para que lo diesen en adopción.
Al llegar al bosque, sus súbditos le habían preparado una fiesta, pero al verle la cara recogieron todo y cada uno se fue a su árbol en silencio.
A la semana de haber salido del huevo y gracias a los cuidados de aquellos profesionales, el pollo fue ganando peso y las plumas ya le empezaban a salir por todo el cuerpo. Parecía como si la naturaleza quisiera compensarle por el error que había cometido con él, haciendo que otras facultades se le incrementaran rápidamente.
Un buen día pasó por allí Berta, la hipopótama que quedó estéril por culpa de una enfermedad venérea que le contagió su marido por su mala cabeza, y al ver aquel pollito en el escaparate, tan pletórico de vida se enamoró de él inmediatamente y sus instintos maternales la llevaron a iniciar el papeleo para la adopción, sin pedirle opinión a su marido.
Cuando ya a estuvo todo arreglado, se presentó en casa con el pajarillo entre sus patas llena de alegría. Al llegar su marido se lo presentó diciendo:
- Mira, como me dejaste estéril, he adoptado este polluelo. Tienes dos opciones, o aceptarlo y ayudarme a criarlo o irte de casa. ¡Tu mismo¡ ¿Qué vas a hacer? Dímelo pronto porque a partir de ahora tendré mucho trabajo.
Alberto que así se llamaba su marido, ante aquella disyuntiva no le quedó otra que decir que sí, no obstante, puso una débil objeción diciendo:
- Pero, Berta querida, si este animal es de otra especie. ¿Qué pasará cuando se haga mayor? Tendrá problemas de identidad, se hará un lío y nos lo echará en cara.
Berta, que era muy larga y para todo tenía solución le contesto:
- Lo que haremos será quitar todos los espejos de la casa y le diremos que es un hipopótamo. Y así lo hicieron.
Le pusieron de nombre José, al pequeño ruiseñor y pensando que era un hipopótamo fue creciendo arropado por los atentos cuidados de Berta y Alberto.
Creció tanto en estatura como en fracasos. La vida de los hipopótamos se le hacía muy pesada a José para sus pequeñas fuerzas.
No obstante José era un artista maravilloso con sus imaginarias patas delanteras, cualquier cosa que se proponía hacer, lo hacía, sin ningún tipo de preparación. Incluso llegaba a soñar que con sus patas delanteras podía volar entre los árboles, por las nubes, dejarse llevar por el aire. Era estupendo, pero, esto no se lo podía contar a nadie, debía guardárselo, sino, se le reirían los que él pensaba que eran de su especie.
Conoció a sus veinte años a Margarita una linda hipopótama, funcionaria ella de INEM.
Se casaron y tuvieron dos hermosos hiporuiseñores Amadeo y Helena con h, Margarita era de educación clásica.
El nacimiento de sus dos hijos llenó de alegría el corazón atormentado por las dudas y fracasos de José, e hicieron que se centrara más en su trabajo: La albañilería.
Era uno de los mejores especialistas en las grandes alturas. Allá donde nadie quería subir, José se encaramaba sin ningún miedo.
Todo iba sobre ruedas como se suele decir, pero la fatalidad o la suerte, según se mire, quisieron que un día cambiara el curso de su vida.
Se encontraba alicatando una fachada a 80 metros de altura cuando un ruiseñor se posó a su lado y se lo pió todo.
Al llegar a casa, José le dijo a Margarita que él no era un hipopótamo, que era un ruiseñor y le hizo unas torpes muestras para corroborar sus palabras. Aleteaba de un lado para otro del comedor.
Margarita al ver aquel espectáculo se puso a llorar y le dijo asustada:
- Tienes que ir al Psiquiatra, necesitas ayuda.
José se echo a reír, y volvió a agitar sus patas delanteras y dar saltos uno y otra vez
Tanto le imploró Margarita que fuera al Psiquiatra que José accedió de mala gana. Pidieron cita en la Seguridad Social y llegado el día se presentaron los dos cogidos de las patas y con el corazón encogido.
En la consulta José le expuso detalladamente al facultativo lo que pasó aquel día en la obra. El doctor le escuchaba atentamente, analizando todas sus palabras. Al terminar José de contar su historia, el médico sacó su talonario de recetas y se puso a escribir.
Margarita toda nerviosa, le preguntó:
- ¿Señor, que le pasa a mi marido?
- Señora su marido padece un brote de esquizofrenia paranoide. Pero no se preocupe, estas pastillas le irán muy bien. Contestó el psiquiatra.
El mundo para Margarita y José se había acabado ese aciago día. José empezó a tomar aquellas pastillas, pero notaba que lo dejaban como atontado, andaba todo el día con sueño y decidió dejarlas sin que Margarita lo supiera.
Por otra parte, cuando estaba a solas practicaba el vuelo corto y los saltos.
En su interior José se preguntaba si en realidad estaba mal de la cabeza o tenía razón aquel `pájaro de la obra.
A mediada que el tiempo pasaba los vuelos cortos se iban alargando más y más y la convicción de que en realidad era un ruiseñor se iba consolidando. Por su parte, Margarita que no se chupaba la pezuña, notaba que su marido ya no era el mismo, lo había perdido y el amor por él también. Ahora le producía miedo, para ella esta situación era insostenible, tenía que terminar algún día no muy lejano, porque de lo contrario sería ella la que necesitaría ayuda.
No hacía más que pensar en la separación, pero, estaban los hijos ¿Qué podía hacer?
Un día se armó de valor y fue a visitar a su abogado para que le asesorara sobre sus derechos y obligaciones. Sufría enormemente porque en su interior sentía que iba a abandonar a su marido cuando probablemente más la necesitaba.
Todo se desencadenó el día que Margarita se olvidó las llaves del despacho en casa. Al entrar en el jardín vio a José encaramado a la rama de un árbol, y éste al verse pillado in fraganti le dijo:
- Mira Margarita lo que hago. Y de un vuelo rápido llego hasta la chimenea de la casa que distaba cincuenta metros en línea ascendente.
Margarita ya no tuvo dudas. Se fue directamente al abogado y en poco más de una semana estaban los dos firmando la separación delante del juez.
A estas alturas, José, tenía claro que no era un hipopótamo, él era un ruiseñor y por lo tanto no tenía sentido seguir con aquel teatro. Estaba claro que era de diferente especie, su voz era más fina, sus patas más pequeñas, su cuerpo estaba cubierto de plumas que le ayudaban a volar y sus excrementos más pequeños porque cada una caga según sus dimensiones, y también y sobre todo, que su medio era el aire, su casa los árboles y su lenguaje los trinos.
Ahora se podía dedicar a lo que toda su vida había soñado, volar, volar entre los pinos, volar por el aire entre las nubes, dejarse caer en picado y luego subir. ¡Ay¡ era increíble, que alegría sentía en esos momentos.
Solo quedaban tres asuntos que le inquietaban. En primer lugar y el más importante el futuro de sus hijos, en segundo lugar la identidad de sus verdaderos padres y en tercer lugar aunque tan preocupante, era el hecho de que nadie ni siquiera él mismo se hubieran percatado de que no era un hipopótamo, de que él, José, era un ruiseñor, pero esto, ya es otra historia.
Llovieron los años tan rápidos como cae el agua en una tormenta de verano, y los cambios que con ellos trajeron produjeron las mismas consecuencias en la mentalidad de los pequeños hiporuiseñores.
José, el papá ruiseñor, después de la separación cumplió rigurosamente con sus deberes como padre. Los visitaba todos los fines de semana y a medida que fue pasando el tiempo se percataba más y más del problema que se les avecinaba pues a los pequeños les empezaba a salir alas en el lomo de sus cuerpos de hipopótamos.
Margarita, la mamá hipopótamo, por su parte era una madre muy responsable y proveía a sus hijos de todo aquello que una cría de hipopótamos puede desear. En cuanto a su educación, debido a la preparación universitaria que poseía la ex de José, ella sabía muy bien los pasos que había que dar para hacer de ellos unos buenos estudiantes y lo llevaba a cabo de forma sistemática, siempre dejándose aconsejar por los tutores que tenían los pequeños en el colegio.
José confiaba plenamente en la eficacia y capacidad de Margarita en cuanto a la educación, pero había un tema que le preocupaba, y éste era ¿Cómo iban aceptar Amadeo y Helena, su condición de ser mitad hipopótamos y mitad ruiseñores. Así que un día se armó de valor y expuso
a Margarita sus temores. Después de hablar largo y tendido decidieron ir al psicólogo, pues consideraron que el tema era lo suficientemente grave, como para dejarse aconsejar por un profesional. Cogieron hora en el Psicólogo más reputado de la ciudad. El doctor Jacobo era la serpiente más erudita en los tratamientos freudianos. Así que llegado el día allí que fueron los dos como en otro tiempo fueron por José. Una vez acabaron de explicar el motivo de su visita, quedaron los dos callados esperando a que el doctor abriese al boca par indicarles el camino a seguir. Pasados unos minutos que el facultativo utilizó para salir de su asombro dijo: miren, es la primera vez en mi larga carrera profesional que me encuentro con un caso como éste, no existe ningún referente, es más, estoy seguro que sería de gran ayuda para la ciencia estudiarse caso. No obstante, el sentido común me dice que los dos hiporuiseñores deberían saber su condición y esperar a que la naturaleza y el tiempo hablaran y con esto, dio por terminada la visita. Salieron los dos del edificio en donde tenía la consulta el doctor Jacobo, y una vez en la calle se despidieron y cada uno tomó su camino. Margarita fue directamente a un parquecillo que había por allí a ordenar sus pensamientos, necesitaba serenarse y tomar decisiones importantes que iban a afectar a sus hijos que eran lo que más quería en el mundo. ¿Por qué a mí? Se decía. A su mente acudían recuerdos del drama que vivió con su marido, creía ella que con la separación todo había terminado ¡Qué equivocada que estaba¡ no había hecho más que empezar. Pasaron por su cabeza infinidad de ideas entre ellas la de ocultar a sus hijos su verdadera identidad, pero sabía que José no se lo iba a permitir ¡Dios mío¡ se dijo; ¡Qué desgraciada que soy¡ y rompió a llorar desconsoladamente
FIN