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Echeverría Vidal, Gregorio Andrés (Grimaldo Ezcurra)

Báñate conmigo



Cosecha Eñe 2009

Báñate conmigo


Grimaldo Ezcurra

Soy la gran madre la superhembra andrógina. No os burléis ni sonríais como si estuviera loca.

En todo caso la loca de amor no la del vals ni la mujer de Felipe sino la loca loca del amor

universal o más bien del amor cósmico. La quintaesencia del amor porque he esparcido mis

partículas mis células mis corpúsculos por toda la galaxia. Soy el polvo estelar de la vía

láctea soy todo soy millones y soy virgen porque llevo en mí negro y blanco y cóncavo y

convexo y los timbres del yin y los sones del yan.

De veras soy una tía supercreativa. Desde chiquita aprendí a fuerza de experiencia, que hay

dos caminos para llamar la atención del público. Hacer cualquier cosa mejor que nadie en el

mundo. O hacerla de modo distinto a todos los demás. Me diréis que no es lo mismo. De

acuerdo, no es lo mismo, la segunda no falla. Una de mis primeras lecciones serias la recibí de

un catalán que se metió frente a una multitud adentro de una bañera vestido de buzo, para dar

una charla acerca de la profundidad del subconsciente. Otro alerta me lo dio aquella mujer

que recorría las calles de New York acostada en el techo de un auto, completamente desnuda

y embadurnada de fideos con tuco. Quien a su vez supongo sabiamente se inspiró en otra

ninfa de la edad media que se paseaba en cueros a caballo por toda la ciudad, pero sin público

o sospecho con todo el público espiando oir detrás de las ventanas. ¿Y qué hay de la

mamacita de Alejandro Magno, quien de soltera se divertía (y divertía mucho a la

muchachada) correteando por el bosque desnuda y con un par de serpientes que la abrazaban

y se le metían por todos los agujeritos? Touché. Un amigo ya mayorcito me cuenta haber

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visto en el Di Tella de Buenos Aires una señorita que aparecía sentada en escena con unas

faldas largas, al encenderse la luz. Se despachaba un buen speech y cuando se levantaba para

despedirse, quedaba a la vista —bien iluminado— el inodoro en el que había estado instalada.

Si me dais un respiro, hay ejemplos a montones, nada más cuestión de hacer memoria. Pero

hay dos casos que confieso fueron los motivadores principales de lo mío. Uno es un quía que

tuvo la genial idea de envasar sus excrementos en latitas de treinta gramos, que expuso y

vendió a muy buena plata con sus prolijas etiquetas garantizando la calidad y el peso de la

cosa. El otro es un alemán que buscaba por internet muñecos de buen físico dispuestos a

dejarse matar y comer. Cuando lo agarraron terminaba de masticarse a uno, con el que habían

compartido —se ve que a título de preludio— sus genitales guisados con salsa. El detalle de

la salsa me parece un horror.

Lo mío es mucho más excitante pero inofensivo, no os asustéis. Siempre fui gordita, no una

exageración pero bien rellena. Me enganché en varios tratamientos para adelgazar, no porque

la gordura me moleste sino porque parece que le molesta a los chicos. Te dicen flaca de acá y

flaca de allá y por ahí entras a pensar que te están tomando el pelo, porque no serás una cerda

pero tampoco eres Twiggy. Hasta que empecé a escuchar lo de la lipo. Con todas las

seguridades del mundo, indolora, cómoda. Dije es la mía. Pero una no es de andar tirando

partes de su cuerpo a la basura. Eso del derroche y todo lo que los viejos nos metieron en la

cabeza ¿no? La cuestión era ver qué hacer con esos kilitos que me iban a sacar. No mucho, no

vayáis a pensar, no más de cinco o seis de entrada. El tano aquel hubiera llenado unas

doscientas latitas. Pero vender mi grasita a granel me parecía un tanto… como desvalorizante,

no sé si me podéis entender. Y por esos pocos kilos no podría sacar gran cosa. La grasa

animal se está vendiendo a menos de diez pesos, no llega a los tres dólares. Necesito

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incorporarle valor, pensé enseguida. Mucho valor agregado, ese es el gran secreto de nuestra

economía de mercado.

La verdad es que no recuerdo cómo se fueron hilvanando las ideas. Pero una se pone a pensar

y una cosa trae la otra. Me di cuenta —por ejemplo— de que los cosméticos cuestan más que

los alimentos. Y los cosméticos más caros son los que ofrecen más seducción. El sexo

siempre en medio del negocio. Como corresponde. Ya estaba en camino, el resto era cosa de

tiempo. Así que me tomé mi tiempo y entretanto iba descartando las opciones menos

interesantes. Porque lo primero que se me ocurrió fue elaborar alguna crema para el cutis o

para el cuerpo. Tibio, tibio. Me iba acercando despacito a la solución. El click vino por otro

lado. Porque no hay mujer que no haya soñado al menos una vez en su vida con andar de

prostituta. Sexo a mansalva, descontrolado. Al por mayor. Aquella princesa Margarita de la

Torre de Nesle. Algunas emperatrices bizantinas que no dejaron títere con cabeza. O la

princesita rusa que terminó su afiebrada carrera reventada por un padrillo (lo que dio origen al

mito de que importa más la calidad que la cantidad). También la protagonista de Los

hermanos corsos, que acaba su carrera desnuda dentro de una jaula en un cruce de caminos, a

disposición de viajeros y paseantes, entrada libre. Hasta las más sofisticadas, que solo fuman

habanos de marca.

¡Tengo que fabricar jabón! La idea estalló dentro de mi cabeza y en todo el resto de mi cuerpo

al mismo tiempo. Algo repentino, tan instantáneo como la explosión de un tanque de gasolina.

De pronto pasaron por debajo de mis bucles todos los principios teóricos que necesitaba.

Jabones, por supuesto. La saponificación de las grasas por medio de álcalis. Ya estaba. El

resto fue cuestión de pulir y bruñir, pero la base estaba echada.

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Como es natural, el placer estuvo en los detalles. Qué tipo de grasas agregar para que aquello

no fuera una pompa de jabón que se agotara no bien empezar. Glicerina para darle suavidad.

El perfume, uno de los puntos clave. Y al final, el toque magistral. La forma. Al llegar aquí

me imaginaba a Miguel Ángel instando a hablar a su Moisés de mármol. ¡Parla mascalzone!

Claro que de tratarse de una mujer dudo que hubiera insistido en la idea. Me refiero al

maestro. Pero ya andaba cerca. Era cuestión de decantar un poco la tormenta de propuestas y

elegir. Cierto que ayudé preparando el ambiente. Recuerdo que durante esos días andaba

desnuda por la casa, deteniéndome delante de los espejos, imaginando mi nuevo cuerpo sin

los molestos kilitos de más. Ahí saltó justamente lo de la prostitución. Ser la mujer de

muchos, de todos los hombres. Ya está. Clarito y exacto como sumar dos y dos. Tengo que

darle la forma de un cuerpo de mujer, pensé primero. Y de golpe, la segunda erupción, el

genuino Big Bang. Tiene que tener la forma de mi cuerpo. Es más, debe tener la forma de mi

nuevo cuerpo. Tan sencillo que me saltaron las lágrimas. Yo misma no podía creerlo. Me

encontré pensando en Cortázar. Vosotros ni lo imagináis, seguro. ¡El ídolo de las Cícladas!

Me sentí de inmediato transformada en Somoza el antropólogo rioplatense medio loco

desnudo y transpirado, acariciando los senos menudos de la estatuilla de piedra. En un

instante de delirio yo fui aquel ídolo sagrado y él… él era toda la mitad masculina de la

humanidad dispuesto a pulirme a lengüetazos, a violarme salvajemente pedazo por pedazo.

Reconozco que tardé un buen rato en volver en mí. Y volví con un pensamiento de innegable

pragmatismo. ¿Quién se haría cargo del modelo? Necesitaba un modelo, era obvio. Un patrón

que pudiera reproducirse ad libitum sin variar un ápice la arquitectura del producto. Que

copiara y copiara cada detalle del cuerpo que la mitad de la humanidad debía desear y poseer.

Alguien hábil en la talla de miniaturas. Y aquí nuevamente el ángel de la guarda, mi alter ego.

¿Por qué una miniatura de movida? ¿Por qué no una escultura a tamaño real de la modelo

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auténtica? Sencillamente talentoso. Una escala en la que podría trabajarse hasta el ínfimo

detalle y de paso sirviera de guía irrefutable al equipo de cirujanos plásticos y a los expertos

de marketing. Estás matando dos pájaros de un tiro, muchacha. Dos al precio de uno, como

dicen los sacamuelas de feria. Muy talentoso, sobre todo si lograba dar con un artista que

valiera la pena, capaz de atreverse sin cortapisas con el mejor desnudo de su vida. Fue

pensarlo y preguntarme ¿y cómo me lo encuentro? Porque el hecho —por cierto cruel— es

que nunca se me dio por frecuentar esos ambientes. Y no están las cosas para fiarse de los

críticos de arte. Que al igual que los críticos literarios y los musicales conocen al dedillo el

oficio de hacerte pasar gato por liebre. Conque no era cosa de pescar una columna de arte de

cualquier periódico o de una revista de moda y hacerle caso a la primera recomendación que

me saliera al paso. Pero lo que me salió al cruce en ese preciso instante fue mi geniecillo, mi

elfo doméstico que últimamente no pegaba un ojo de día ni de noche. Como un chispazo vi

delante de mí al caníbal alemán compartiendo con alegría la agonía de su invitado y el sabor

de sus genitales. ¡Búscalo por la internet, mujer!

Fue —si se quiere— la parte más sabrosa de mi proyecto, al menos la que disfruté más al pie

de la letra. Si eres mujer, te aconsejo que jamás te desnudes frente a un hombre y le preguntes

qué le sugieres, porque no te darán tiempo a maldita cosa. Ni te escuchan. Después de ser

atropellada y follada como Dios manda y también como Dios prohibe por dos o tres docenas

de energúmenos (quienes dicho sea en rigor de verdad no estaban nada mal), empecé a poner

paños fríos. No solo a mis partes sino a la estrategia de la cuestión. El pedido por la internet

funcionó a las mil maravillas, como os podéis imaginar. Fue meterme en un par de foros y de

salones de chat y mi correo y el teléfono no daban abasto. De modo que a medida que iba

descubriendo los inconvenientes del método, avanzaba en la selección de mi candidato. Pero

no os quiero aburrir con pormenores de los cuales podéis haceros cargo con una pizca de

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imaginación. En menos de tres semanas tenía ya en funciones y compenetrado de todos los

requerimientos al maestro escultor. He de confesar que tenía el muchacho buen ojo y mejor

mano. Para todo, si es que lo queréis saber, que bien os adivino la intención. Todo muy

profesional, eso sí. Arrancamos con unas carbonillas y unos croquis rapiditos para tener de

dónde partir. Se hacían los retoques y correcciones del caso y se iba al próximo boceto.

Después empezamos ya con unas vistas a lápiz, alternados con unos esbozos plasmados sobre

un papel manila con crayones que él llamaba sanguinas. Entre una cosa y otra, la etapa de

dibujo llevó otro par de semanas, antes de ponernos a la escultura en sí. Aquí es donde el

maestro sacó a relucir toda su experiencia y lo mejor de su oficio. Arrancando de un armazón

de hierros y alambre que parecía como mi radiografía de cuerpo entero, lo fue recubriendo de

estopa con tirillas de lienzo y yeso de París. En quince días tenía ya fraguada y en condiciones

de debastar una figura que podía pasar por mi gemela, palabra. Debo reconocer que el

maestro se tomaba su tiempo, palpando con la yema de sus dedos cada porción de mi piel y la

de su obra para ajustar hasta la temperatura y el grado de humedad, yo qué sé. Lo cual daba

pie a los intervalos y entreactos que os podéis figurar y no vale la pena resaltar. Pero el hecho

es que después de lograr una perfecta copia de mi cuerpo actual, fue trabajando sobre ella

para quitarle de donde correspondía los excesos que los cirujanos deberían retirar del original.

La casa era un revoltijo de yeso, estecas, tazones, cinceles y espátulas, circunstancia que a mí

no me quitaba el sueño ni a él la inspiración. Cuando el maestro dio su obra por concluida,

habían transcurrido diez semanas de dura, qué digo. Durísima labor.

El resto de la historia lo tengo como en medio de una nebulosa. Envié la escultura a un taller

especializado en moldeos a escala, para reducirla a su formato final, que había decidido fuera

de 95 milímetros de altura, medida calculada para que se lucieran todos los detalles del

milagro quirúrgico. Una vez obtenida esta reducción se entraba a la etapa de fabricación de

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los moldes, unas robustas piezas capaces de moldear 96 jabones en cada colada. Mientras se

iba poniendo en condiciones el laboratorio donde se desarrollaría la producción y se

encargaban envases y elementos de publicidad. En fin, una historia verdaderamente

complicada que me ocupé de supervisar hasta en los mínimos detalles.

Andando como andaba la parte industrial casi sobre ruedas, nunca hubiera imaginado que los

escollos surgieran del ámbito médico. Después de unos estudios preliminares, el equipo en

pleno me citó en el lujoso consultorio y el director me espetó sin gastar en preliminares:

lamento decirle que su peso está seis kilos por debajo del registrado hace tres meses en su

primera consulta. No hay vestigios de tejido adiposo removible en las zonas convenidas con

usted, como podrá comprobarlo si compara estas fotografías tomadas ayer con la escultura

que puso usted a nuestra disposición como modelo para nuestra tarea. Es obvio que ha

realizado por su cuenta una gimnasia que ha sustituido con ventajas la operación. Y dado su

estado, le advierto además que estas intervenciones están absolutamente desaconsejadas

durante el embarazo.

No se mate nadie en imaginar el final de la historia. La campaña “Báñate conmigo” fue un

éxito de locos. El mismo equipo de cirujanos me proveyó de bastante grasa (de varias

pacientes) para el comienzo. Después empecé a recibir de otras clínicas. Y ahora estoy

probando ya con materiales sustitutos que me aseguren un abastecimiento estable. La primera

semana se vendieron 150.000 jabones. Estamos alcanzando ya el millón mensual. Creo que

mi bebé llegará al mundo con un promisorio jabón debajo del brazo. ?

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