Un par de hachas y un buen fuego le rondan al fontanero por la cabeza cuando después de un rato de dar vueltas por la casa decide sentarse a meditar. Elige un sofá de fina piel azulada, de tres plazas para que tres culos, al menos, lo vayan hundiendo progresivamente cada día. Se tumba en él y enciende un cigarrillo. No sabe cuánta gente vive en la casa. Las fotografías (tres retratos protegidos por un marco chiquitillo y otros dos que descansan sobre un aparador) informan de que la habitan un número de personas superior a dos e inferior a cuatro. El fontanero emprende un recorrido visual por entre las fotos (es capaz al tiempo de lanzar espirales de humo al techo) y descubre en ellas a una niña bastante guapa, a una mujer de rostro constelado de pecas y a un hombre que cuida su cabello sin duda. El fontanero enciende la televisión. La pantalla es inmensa como el salón que ahora le custodia, como la casa que le encierra de momento, como las intenciones que se le están empezando a descongelar de la memoria y que antes, hace escasamente una hora, le hervían a fuego candente. La pereza le captura de tal manera que ha olvidado elevar una opinión con respecto a las fotografías. Paulatinamente va descubriendo que el televisor guarda una gran cantidad de canales que él no conoce, incluido uno de Argelia y otro de Ucrania, mientras aplica sus dedos sobre los botones de un mando a distancia, negro y grueso, que ha encontrado en una de las hendiduras del sofá. El carrusel telemático dura apenas, a la tercera vuelta el fontanero se cansa y vuelve a rebuscar con la mirada por los alrededores (sigue tumbado, cada vez más cómodo). Al poco tiempo captura otro mando, descubierto también en la misma hendidura del sofá, y enciende el equipo de música. Primero sintoniza la radio y, más tarde, prueba con los cedés almacenados en la memoria del equipo. Mozart.
El fontanero cierra los ojos y comienza a navegar. Va ingresando lentamente en el hueco de una modorra dulce que lo relaja y lo adormila. Empieza a soñar con un clavicordio, con las manos afinadas de una mujer que lo toca en un teatro solemnemente acallado. Las plateas están en definitiva vacías y del palco asoma un único cuerpo. Al concluir la pieza, las manos de ese hombre colisionan con estrépito y el eco que provocan los aplausos es para dejarte sordo. Para que te saquen de una pesadilla.
A la escena del salón se le simultanea otra:
Es una habitación de hotel. Por las dimensiones, cualquiera podría decir que se trata de la suite presidencial. Está decorada con mucho fuste, cortinas carmesíes pespuntadas de oropeles y bastante cristalería, espejos y otros útiles de un aspecto melindroso. El cuarto está marcado por el hachazo en su centro de una cama matrimonial. Las sábanas, la colcha y las mantas (hace frío, aunque no lo parezca, en esa sauna) descansan en el suelo, hechas un ovillo, un manojo casual como de heno anacrónico. Un humo sinuoso (parece un pequeño camino de niebla orientándose hacia el techo) surge, más o menos, del lateral derecho de la cama, de la parte en la que se suele situar la almohada. Para ser más precisos, del cabezal de ese camastrón en que yacen un hombre y una mujer. El hombre (de pelo beige, quizás canoso, bien peinado) sustenta un puro aromático entre los labios, a los que les da por gemir a rachas y entonces se abren. El puro no se cae, se mantiene firme en su boca, adherido gracias a la saliva escasa que le remoja. El hombre tiene los ojos cerrados. Entre sus piernas, una mujer aplica su mano y su ritmo sobre su miembro (ahora rojo y gordiloco) y de vez en cuando se lo mete en la garganta. La melena tupida de la mujer (un pelo oscuro, sabroso y largo) oculta el proceso, pero si se presta atención, algo se puede adivinar. El hombre aúlla con los ojos cerrados. Delira que distingue cómo cabalga ante él un ejército de caballos blancos sobre las arenas finas de una playa. Contempla su galope desde el mar, mientras flota a la deriva, cuando las olas no se lo impiden. Las crines de los caballos se voltean hacia arriba, por los empellones del aire y por la velocidad. Nadie los cabalga. Parecen desbocados. En ningún momento el hombre se acuerda de su mujer ni de su hija, a la que le gusta el dulce y que le afirmen que parece una princesa en miniatura. En ningún momento.
Aún es posible que se añada una tercera simultaneidad.
Sucede en un parque. Está oscureciendo aunque no es tarde (ocurre en un día de invierno en que anochece tan pronto). Hay bancos y columpios amarillos. Los bancos están prácticamente carbonizados de tatuajes. Sobre los columpios juegan cuatro niños y un adulto que acaso sea anormal. El viento remueve la corona de los árboles (son de hoja perenne, tienen pelo y chillan bajito). El parque está diseñado como un laberinto de avenidas, trochas de tierra que se van cruzando azarosamente en apariencia. En la parte más oculta del mismo (allá por donde ningún anciano transita), contra uno de los árboles, se apoya una mujer. Su tronco recio la soporta sin protestas. Tiene una pierna levantada y la falda en el suelo. Las bragas en la boca. Los ojos cerrados y a un hombre empujando contra ella, adelante y atrás, adelante y atrás. A la mujer le gusta ese mecanismo (adelante y atrás, adelante y atrás) que la surte de un placer que la transporta mentalmente hacia su casa, donde abre la puerta, recorre el pasillo y se introduce en el cuarto de baño. Ella está allí, en el baño de su casa, y también aquí, en el parque, donde sus ojos permanecen lacrados y los portalones de su mente abierta. El hombre sigue empujando sin emitir alaridos que pudieran detectarlos. Las pecas de la mujer anegan el conjunto armónico de su rostro. Es bella a su estilo, a la manera de las oblicuidades. Abre el grifo caliente y el frío de la bañera, al mismo tiempo. Se sitúa sobre ella y palpa el agua para comprobar su temperatura. Está ya tibia. Sonríe. Derrama un frasco entero de esencias y al fin el agua se convierte en espuma. Una espuma blanca y creciente como la nata montada. El albornoz sucumbe a su impulso y cae deslizadoramente lento, acariciando en su recorrido monótono lo más suave de su cuerpo. Sus piernas son fértiles y blancas. Largas, muy largas. Lo sabe, cuando se haya zambullido en la bañera, un fontanero abrirá la puerta y le sonreirá.
2
El hombre que fuma un puro aromático cree que ha llegado el momento. Lo dice así: me corro. Y luego lo vuelve a decir: me corro. Ha abierto los ojos y los caballos se le han fugado al desierto de la nada y ahora, en cambio, recuerda que si las declaraciones de los testigos y que si el veredicto del juez. Analiza con disimulo la limpia pintura del techo y la lámpara que lo corona y, es cierto, cree que todo esto es un horrible desliz. Que los ujieres lo que deberían hacer es diligenciar las notificaciones y dar cuenta correctamente de los expedientes.
La mujer del parque procura cerrar un poco más la vulva para que el roce sea duradero e intenso. Lo hace constriñendo la mente y aderezando sus músculos vaginales. Abre los ojos y mira a su alrededor. No hay bañera, ni espuma, ni un fontanero refrotándole la espalda con un bulto en la entrepierna que le puede estallar en cualquier instante. En cambio, lo que sí observa es a un muchacho que rasguña la maleza frente al árbol fornido contra el que ella está apoyada, aunque no es sólo uno, sino dos o tal vez tres los que están disfrutando a su antojo de ese espectáculo al aire libre. La radiografía perfecta de una anhelada representación teatral. Su hombre, el que acosa su cuerpo con violencia, sigue dale que te pego a los riñones.
El fontanero se recompone. Recobra la casi horizontal postura (la espalda le chirría pero no le hace caso alguno) y se sienta sobre el borde mullido del sofá. Se aplana la parte de ese mono de fontanero que cree arrugado (es azul, ostenta el logotipo naranja de su empresa) y suspira. Mira a su alrededor. Otea a lo lejos un periódico, en una silla al fondo del salón. Se concentra. Le pide a la fuerza de su mente que se lo acerque, que lo aproxime junto a él sin tener que levantarse. Le apetece leer un artículo de opinión, la reseña de una obra de teatro, las cartas de los lectores. Alguna noticia de sucesos. Pero está muy lejos. Ve el periódico muy apartado y lo que decide es descalzarse, eliminar las engorrosas botas negras que cubren su pie y sentirlo descalzo, pleno y libre de molestias innecesarias. Eleva sus piernas sobre la mesita central y cómodo enciende otro cigarrillo. Ya ha olvidado por qué está en la casa, cómo ha entrado, a quién pertenece. Es tal vez que no quiera asumir su estancia en ella y simplemente prefiera descansar, relajarse a pulmón pleno. Su mirada activa se detiene en la fotografía de la mujer. En uno de los dos retratos (plano americano, dimensión estándar) se le aprecia perfectamente el contorno de su figura, el pelo corto diseñado a lo moderno, tintado, andrógino, el rostro pleno de pecas. En la otra foto, ella está de pie (a su derecha el hombre de correcto cabello y a su izquierda la niña preciosa) vestida a faldazo corto, con un suéter amarillo. El pecho abundante, las piernas larguísimas. Hay algo en su fisonomía que altera efervescentemente lo anguloso del muslo del fontanero. Es una sensación frenética de cosquilleo general y de bruta excitación particular. Le aumenta el bulto, siente cómo le cuece la herramienta y se empieza a rozar. El slip le duele.
3
La mujer del parque se saca las bragas de la boca y se las viste piernas arriba. Mirando al hombre con un destello de recato, se disculpa por sus quehaceres. Nombra el deber de la recogida de su hija del colegio, pero instantáneamente se arrepiente de la información aportada. A su amante ocasional no le debería importar en absoluto, no obstante es un vulgar desconocido. Le asegura (hay bastante de sinceridad en el colorido ocre de sus carrillos) que la cita ha sido muy placentera, que le ha excitado tanto que haya gustado a los demás (a esos tres mequetrefes que no han abonado entrada por la sesión) y que posiblemente se reitere el encuentro en el futuro. Su amante se sube los pantalones, embarrados del sucio del suelo. No dice palabra, la situación tampoco las necesita.
La ujier levanta la cabeza y después abandona mansa su pieza. El miembro (ahora cárdeno y flaquicuerdo) descansa encogido, tras haber dado lo máximo de sí mismo durante ese embate a vida o a placer. Se abrazan a lo petate. El pelo del hombre apenas se ha meneado, infalible en su cardado definitivo. Lanza llamaradas de humo y rastrea a caricias el lomo de la mujer, que se acuchilla junto a él, buscando sus recovecos. Hablan: discuten un asunto laboral, algo sobre las vicisitudes de un caso peliagudo. Hablan: el calor se les va borrando del cuerpo a marchas forzadas y esto les obliga a quejarse, a recomendarse mutuamente (con un algo de cariño forzado, de amor en retirada) que deberían abrigarse con las sábanas, con la colcha, con lo abundante de las mantas que siguen rezando su triste abulia a los pies de la cama.
Las urgencias del fontanero son imposibles de domesticar. Un calor intensísimo se le ha posado definitivamente en la bolsa de sus testículos y humean una densa comezón hacia arriba, hacia no se sabe dónde de algún otro miembro de su cuerpo que es capaz de traducirlo en ideas. El mono de fontanero ya está descansando en un rincón. También la camiseta gris de Iron Maiden y los pantalones pitillo que huelen a la carcoma del sudor. Parece un modelo de anuncio de calzoncillos, si no fuera porque los suyos lucen un poco indecorosos. Lo del cuarto de baño es como un hábito que ganamos desde niños. Lo de la bañera es una costumbre de películas aristocráticas o burguesas. El fontanero abre el grifo caliente y el frío de la bañera, al mismo tiempo. Se sitúa sobre ella y palpa el agua para comprobar su temperatura. Está ya tibia. Sonríe. Derrama un frasco entero de esencias y al fin el agua se convierte en espuma. Una espuma blanca y creciente como la nata montada. De espaldas su cuerpo aparece curtido, cuajado de repliegues musculosos, adornado con el tatuaje de unas iniciales en las afueras de un corazón. Lo sabe, cuando se haya metido en la bañera, la mujer de las pecas entrará en su propia casa, recorrerá los pasillos y por fin se decidirá a ingresar en el cuarto de baño, donde dejará que su albornoz se deslice (provocará una caída teatral, bastante sinuosa) y, desnuda, se zambullirá a su lado.
Ya lo querría él, el fontanero.
4
La mujer de las pecas recoge a su hija a la salida del colegio. Es miércoles y ese día la niña disfruta de unas actividades extraescolares que le serán muy útiles para el futuro que viene. Antes ha llamado a su guardaespaldas. Su obligación es acompañarla a casa, llevarle los bultos y aguantar las impertinencias de la niña, mimada como cualquier otra. Al guardaespaldas lo tiene bien educado, sabe que ese día (todos los miércoles) disfruta de un tanto de libertad y le concede permiso esa tarde. El guardaespaldas tiene un aspecto de sana brusquedad y un visaje hosco le afea la conducta de la cara. Está capacitado para llevar armas. Su cometido es únicamente salvaguardar las espaldas de la mujer del Fiscal del Estado.
El Fiscal del Estado apura su puro y toma su móvil para llamar a uno de sus hombres. Realmente no necesita de esa defensa, pero existe una ley orgánica que obliga y él es cumplidor con las normas. Antes de despedirse, besa a la ujier en el centro de sus labios y se prometen que al día siguiente, en el trabajo, continuarán con la conversación.
La mente del fontanero viaja sin peajes. Sumido en esa niebla de espuma, siente que en esos momentos su vida es más fácil, más próspera, mejor indudablemente. Se toca y se retoca la parte de su cuerpo izada como un mástil. La calma le apaga los ojos, suspira, sueña: advierte el clamor de un teatro vacío, un clavicordio que va desgranando dulces notas, una mano blanca que se agita sobre el aire del teclado, una reata de caballos trotando sin ton ni son en medio de una playa aireada y a un hombre que desde las aguas del mar (pudieran ser también las aguas espumosas de una bañera) escucha el terco abrir de una llave para que a continuación presencie con pánico cómo un tipo hosco, ceñudo, desenfunda un revólver. De inmediato surge el llanto de un fontanero que confiesa que es inocente, que su intención no era robar, que sólo quería conocer la apariencia de la casa del amante de su esposa y encontrar las causas, las razones y los porqués de tantas simultaneidades.