PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Fernández Mallo, Agustín (Omega Man)

La noche de Sarah Palin



1

Fue un domingo por la tarde, a la hora de la siesta: vibró el teléfono móvil en mi bolsillo. «¿Es usted Agustín Fernández Mallo?» «Sí, ¿con quién hablo?» «Departamento de Loterías y Sorteos del Partido Republicano, Washington DC, es para comunicarle que le ha tocado.» «¿Que me ha tocado?, no he jugado ni apostado nada.» «¿No es usted Agustín Fernández Mallo, español, residente en la ciudad de Chicago?» Sé que tenía que haberle dicho la verdad a aquella voz femenina con acento puertorriqueño, sé que tenía que haberle dicho que ese Agustín era otro, que no me encontraba de vacaciones en España, que no trabajaba de cajero en la oficina nº 5 del Bank of America de la ciudad de Chicago, que no tenía treinta y cuatro años, en efecto, tenía que haber dicho muchas cosas que no dije, porque tras mi respuesta afirmativa, la puertorriqueña me comunicó que me había tocado un viaje para acompañar a la candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin, en su campaña electoral. No es que tenga nada en contra de acompañar a una posible vicepresidenta de los Estados Unidos, pero es que estaría obligado a pedir de golpe mi mes de vacaciones. Me hallaba enfrascado en la redacción de un minucioso ensayo sobre la Gran Bretaña de los años setenta, centrado en los inicios del punk y las teleseries, y había reservado ese mes para ver de un tirón las seis temporadas de Los Roper [las venden en El Corte Inglés, ahora mismo de oferta].

Conclusión: siete días más tarde me vi metiendo mi maleta en un Citroën C5 negro que me esperaba delante del portal.

2

A las 8 de la mañana de un viernes me depositaron en la puerta del Hilton de San Francisco, hotel que ya conocía por la serie de televisión Las calles de San Francisco [1972, Michael Douglas y Karl Malden], aventura semanal que alimentó mis fantasías pistoleras de infancia.

La entrada al Hilton era una especie de anfiteatro al que se accedía por las gradas de arriba, y abajo, una colección de quince ventanillas se destinaba al check-in. El acabado de las puertas en pan de ángel, los pasamanos de cobre teñido, las falsas alfombras persas y, precisamente, esa peculiar forma de anfiteatro, parecían ocultar que hacía poco tiempo aquello había sido un estadio de baseball tamaño escolar. Pero, si así fuera, ¿cómo era posible mi recuerdo de infancia de ese hotel en Las calles de San Francisco? Pensé entonces que en América hasta lo más antiguo siempre recuerda a algo moderno, y no a la inversa. Por ejemplo, a derecha y a izquierda, cartelones de tela satinada exhibían el rostro de Palin de medio perfil sobre las barras y estrellas; estaba muy claro que Palin era una mujer antigua que recordaba a algo muy actual: los diseños de Sexo en Nueva York copiados por Zara. Dos conserjes, ambos negros, me condujeron a la ventanilla nº 10. También ellos eran muy antiguos, muy africanos, pero por el calzado parecían jugadores de la NBA. Jesse custodiaba en todo momento que nada estuviera fuera de lo prediseñado. Acabo de darme cuenta de que aún no he hablado de Jesse: vestido con un amplio abrigo hasta los pies, Ray-Ban Wayfarer muy oscuras y guantes de piel, era el Relaciones Públicas del Partido Republicano para Asuntos Externos, cuatro escalafones por debajo del asesor personal de Sarah Palin. Deposité la maleta en la alfombra casi persa, y Jesse, con diligencia, me registró en el hotel. Pasaporte, habitación de fumadores, conexión a Internet 5 megas. Por cómo respondía a las preguntas de la chica-toma-datos, no tardé en darme cuenta de que Jesse había sido policía, las preguntas de la joven le ponían nervioso, incómodo, como acostumbrado a ser él quien preguntara, todo eran síes y noes; educación tipo test. Jesse me despidió con una apretón de manos, no sin antes aclararme que a las 8 a.m. del día siguiente estuviera en el vestíbulo, preparado para salir, «el viaje es largo, muchacho. Mañana toca una ciudad y cinco pueblos. Tienes ahora un día entero para ti, veinticuatro horas, descansa pero airéate, te aconsejo que vayas al muelle a ver las focas y comas tres helados de pistacho —me agarró del hombro para decirme—, son buenos esos helados, muchacho, créeme, muy buenos. Si tienes algún problema, éste es mi teléfono», y garabateó en el reverso de su tarjeta un móvil, de lo que deduje que era su «número B», el que das para no cogerlo cuando el teléfono suena. Su caligrafía unía números muy picudos, pensé en cordones de zapatos mal atados.

3

Introduje la tarjeta en la ranura, se hizo la luz. La cama, a mano izquierda. Una mesa al fondo, junto a la ventana de cristal ahumado. En el cuarto de baño se encastraban dos lavabos iguales en una sola pieza de mármol casi blanco. Me lavé las manos, la comida del avión me las había dejado hechas un asco. El grifo recordaba a un delfín abstracto, metafísico, como si lo hubiera diseñado Oteiza pero Made in China. Me eché agua en la cara. Jet lag. Me llenaba de curiosidad pensar que al día siguiente estrecharía la mano [y quién sabe si hasta un beso en la mejilla] de Sarah Palin. Los días anteriores al viaje había estado recabando mucha información sobre la candidata en la Red, por familiarizarme; no me gusta andar por ahí a pelo.

Me puse ropa cómoda, un chándal de los Knicks, blanco, comprado expresamente para el viaje, y extraje unos cuantos libros de la maleta, nada especial, generalidades de Historia de América. Encendí la tele, me acerqué a la ventana. Sobre la mesa, tipo camilla pero en versión casi isabelina, encontré una nota dirigida a mí, en papel timbrado del Hilton. Como gesto de bienvenida, alguien se había tomado la molestia de escribir a mano el directorio de teléfonos del hotel, la carta de comidas, los lugares de interés de la ciudad, todo, palabra por palabra, copiado exactamente del directorio estándar del hotel, el de imprenta, que estaba simétricamente colocado a su derecha. El dirigido a mí venía firmado por la gerencia del hotel con pulcra caligrafía. Estaba encabezado por la frase cien años de soledad; esto último no lo comprendí, pero me conmovió.

Me tiré en la cama, una de esas de palacio a las que le han decapitado el dosel, y me quedé en posición horizontal. La tele rugía; su selva de bosques de píxeles y electrónicas fotosíntesis ahí estaba, desarrollándose a mis pies. Me entretuve un rato en el techo de gotelé.

4

Me despertó la televisión, las diez de la mañana, dos horas durmiendo, desconectado del mundo. Sin embargo el televisor no había detenido su búsqueda de televidentes; vigilaba la habitación, y hasta el mundo, por mí. Me incorporé, y allí estaba, espectacular, un pantallazo de Sarah Palin, sentada, con las piernas muy cruzadas, a la derecha de un presentador con corbata de nudo anchísimo. Cogí del mueble bar un café instantáneo autocalentable, galletas, y me tumbé de nuevo sobre el edredón de caballitos de mar. Palin manejaba la pose con precisión milimétrica, tanto que ni atendí a lo que decía. Me di cuenta entonces de que su rostro era un paisaje, pero no un paisaje cualquiera, es decir, no era una urbanización de Los Ángeles, ni tampoco una calle neoyorquina atestada de gente, ni tampoco la costa urbanizada de Florida, ni siquiera un concesionario de coches, no, el rostro de Palin era algo muy elemental, y ahí residía su fuerza, su atractivo. En efecto, vi en su rostro montañas suaves cubiertas de otoñales ocres, vi vegetación de hoja caduca, prados con su lago truchero, y unos riscos despuntando levemente. El rostro de Palin era ese paisaje, neutro, vulgar, que tanto se cubre de nieve como de un tibio sol de atardecer, entendí entonces el porqué de su atractivo sexual, la razón de que YouTube estuviera lleno de vídeos con la supuesta Palin desnuda, entendí por qué la gente peregrinaba hasta el bar Chicago Old Town, donde se halla colgado el retrato de Palin, pintado por el dueño del establecimiento, demócrata declarado, en el que ella viste únicamente tacones y empuña un rifle, entendí también por qué esa chica de medidas corporales discretas, gafas de bibliotecaria, cinismo explícito, dulzura condescendiente y un poco de mala leche, competía en morbo e iconografía sexual con Paris Hilton, o por qué según la revista del corazón OK? se le ofrecía posar para el desplegable de Playboy en caso de fracasar en política, sí, entendí por qué desde que había aparecido en la escena política, Palin arrastraba un halo de atracción carnal, en bruto y simultáneamente ingenuo, al punto de que no pocos seguidores demócratas admitieran su atracción por aquella candidata [que también es madre, chacha, mujer a secas, cazadora de osos, parturienta compulsiva y hasta intérprete de flauta travesera a tenor de lo visto en un vídeo disponible en YouTube], entendí, por último, por qué muñecas de Palin vestida de falsa colegiala, con minifalda de cuadros escoceses y sujetador rojo, se vendían como churros en Internet a treinta dólares la unidad, porque se me hizo evidente que en la neutralidad de ese rostro, en ese paisaje que era todo y nada, radicaba el componente ambiguo, inquietante, que precisa todo cuerpo para ser objeto de morbo y deseo [entretanto, ya había abierto la segunda bolsa de galletas, y había tirado de la anilla de otro café autocalentable]. Un primerísimo primer plano me brindó el análisis que confirmaba mi teoría: pómulos ligeramente sobresalientes, sin cirugía, ojos sobredimensionados tras unas gafas sin montura, que le daban un aire de pez en su pecera, labios en su punto de carne, [como una BigMac, ni mucho magro ni mucha grasa], y siempre ligeramente abiertos, no en señal de reclamo sexual, sino todo lo contrario, de perplejidad o embobamiento. Todo ese rostro conformaba la pureza de su paisaje, sin estridencias, crepuscular, arquetipo de películas como El hombre que susurraba a los caballos o El estanque dorado. Coronando el mapa facial aparecía el moño, bien atado, pero lo suficientemente revuelto como para dar a entender que estaba cambiando el pañal al pequeño cuando tuvo que salir a toda prisa porque le esperaba un discurso ante miles de conciudadanos que, como ella, también cambian pañales, también cargan escopetas y usan moños despeinados. Unas orejas y nariz desapercibidas remataban el rostro. Estridencias, las justas.

Aquello me turbó, fui al baño, me lavé la cara por segunda vez, releí por encima la nota de bienvenida, fumé un Lucky, pero sin prestar atención a ninguna de esas cosas, sólo pensaba en el sex-appeal de Palin, aquella mujer con aspecto de maestra de provincias, la más íntima iconografía americana, la Olivia Newton John de Grease antes de su transformación sexo-animal al final de esa película. Palin, la mujer cuyo afrodisíaco mejor guardado es la aparente debilidad.

Me senté en el suelo, a un metro de la pantalla, creo que en ese momento pasó una ambulancia por la calle, comencé a fijarme en su voz, en la modulación de sus palabras, casi mecánicas, robotizadas, de repente parecían las de un cyborg, criatura mitad humana, mitad máquina, y entonces el paisaje otoñal y neutro de su rostro, aquellas montañas con su lago y su fauna y flora se volvieron heladas, extraterrestres. Dejó de ser Olivia Newton John preparando pastel de manzana en la cabaña mientras espera a Robert Redford que cabalga en tanto el abuelo Henry Fonda pesca truchas para la cena, para pasar a mutar en una implacable Mujer Biónica en secreta misión, enviada a los confines de Universo electoral americano.

Tal descubrimiento dejó mi mente por unos instantes en coma.

Llamé al servicio de habitaciones. La 1:30 p.m., el especial Sarah Palin continuaba en la pantalla, y sólo pensaba en devorarlo, pedí un sándwich, fruta y cerveza, y comprendí que esas dos características, la natural de su rostro y la biónica de su voz, en ella no se sumaban de manera simple, sino que daban lugar a un tercer resultado que los superaba: la pura ambigüedad, el puro transformismo. Y ése era el componente final que rubricaba el porqué del sexo-imán de su rostro, ya que nada resulta más atractivo que lo ligeramente monstruoso, lo que no participa de ninguna naturaleza al completo y al mismo tiempo está en todas.

5

Las 3 p.m., un descanso. Bajé el volumen de la tele. Terminé el sándwich de roast beef que había dejado a medias. nota: venía servido dentro de una campana plateada, que era antigua pero recordaba a un satélite de telecomunicaciones del final de la Guerra Fría. Una vez más, algo antiguo recordaba a algo moderno. fin de la nota.

Comí después los dados de melón, sandía y piña mientras miraba por la ventana. Junto al semáforo, varias ambulancias atendían un accidente. Algo yacía en la calle, cubierto por una manta dorada, saqué una foto a aquel bulto, destellante sobre el azul petróleo del asfalto; un pez muerto traído por una marea negra, pensé. San Francisco es la ciudad americana con el mayor número de indigentes, por lo menos cincuenta se apelotonaban en torno al bulto dorado antes de que un sanitario se lo llevara. Justo enfrente, en el edificio-parking, los coches, ordenados por pisos, vigilantes en su silencio, parecían la escultura de un desastre futuro; un tipo vestido con un chándal de los Knicks blanco, como el mío, daba patadas a todas las ruedas, como calibrando la presión. Mientras lo observaba pensé que me encantan los hoteles porque te dan la posibilidad de ser otro; tus objetos de casa no están contigo, y salvo la tele, que suele ser Sony, todo carece de marca comercial. Un espacio plano en el que se te brinda la posibilidad de reconstruirte en otro. A su lado, los manuales de autoayuda son meras listas de la compra. Llegado ese punto, no tenía la menor intención de salir de la habitación hasta que la tele pusiera fin al especial Palin.

Con las prisas, se me olvidó comentar que tenía pensado hacer un artículo a mi vuelta, tipo reportaje, (como el que había hecho en su día Yasmina Reza con Sarkozy), pero a esas alturas era consciente de que ya sólo podría escribir sobre su cuerpo. Con intención de ir tomando notas, me senté en la mesa camilla, y en el reverso de una de aquellas hojas del directorio que alguien había escrito para mí, anoté,

idea para futuro reportaje: de la misma manera que para los europeos la máxima expresión de la perversión sexual pasa por violentar explícitamente los símbolos religiosos, por ejemplo, una monja vestida de madame, en los Estados Unidos, donde la religión bebe directamente del mito eco-puritano protestante llamado «madre naturaleza», la perversión sexual masculina preferida es la ambigüedad de un paisaje natural, la posibilidad de que la mismísima Casa de la Pradera mute en un burdel de carretera, la posibilidad de que el libro que cada noche leía la Sra. Ingalls fuera un Kamma Sutra camuflado con las tapas de la Biblia. Ésa es la ambigüedad de Palin. La señora Ingalls «desviada» de un orden natural. fin de la nota.

6

Ahora ponían imágenes de la campaña, figuras humanas y lejanas que, con el volumen de la tele a cero, no eran más que objetos travestidos en personas, funciones mecánicas, glóbulos que van de vaso en vaso sanguíneo. Después salían McCain, Bush hijo, Bush padre, y se remontaban hasta George Washington. Entre cada uno de esos presidentes intercalaban a Palin visitando instalaciones militares, centros de acogida, bajando un río en una balsa-donut, dando la mano a un señor de bata blanca, abrazada a una escultura de goma hinchable de Homer Simpson, etc. Barajada entre tantos hombres, percibí otra peculiaridad de la candidata: lo andrógino de su rostro, ¿hombre o mujer? Le corté el pelo con una maquinilla que siempre llevo incorporada a los ojos, y descubrí que, lejos de resultar un rostro andrógino, era justamente lo contrario: se me apareció metrosexual, es decir, la radicalización de la oposición hombre-mujer en una sola cara. Me dirigí al lavabo, abrí el monomando chino de Oteiza, me eché abundante agua en los ojos; el espejo me devolvió a un gemelo cansado. Después, la bañera tardó unos minutos en llenarse. Una vez dentro, cerré los ojos. Vi a Palin en el otro extremo de la bañera, desnuda, sonriéndome, sus gafas, sin montura, reposaban junto a la repisa del gel, gafas limpias, puras, ni la pedante gafapasta ni la ostentosa Dolce Gabbana, sólo unos lentes que, sin despilfarros, constituían la erótica de su mirada, sin artificio, honesta, sexy hasta los confines de una urna electoral, Betty la fea tras la mutación final. Ese hallazgo me pareció definitivo, y a cada segundo que pasaba sentía más miedo por el encuentro del día siguiente; suelo marearme ante mujeres de esa intensidad.

Ya era de noche cuando me senté de nuevo a ver la televisión. Por algún motivo que aún no entendía, seguían en la calle las ambulancias. Tras una breve publicidad, comenzaron a rodar otra vez imágenes de Palin, su día a día, acompañando a sus hijos al colegio, comiendo un asado de alce en una cabaña bajo cero, vestida de Dinastía en su fiesta de graduación. Y por primera vez me fijé en su cuerpo. Lo aislé de la cabeza, tuve que esforzare para decapitarla, pero una vez lo hube conseguido tuve una iluminación: vi unos pechos pequeños sobre una robusta caja torácica, como de culturista a medio hacer, una fuerza detenida. De nuevo la ambigüedad. También vi unas piernas cortas de muslos muy musculados, y recordé otra de las muñecas de Palin que arrasa en ventas en la Red, la vestida con abrigo negro hasta los pies, que deja ver una minifalda blanca con cinturón ancho. La guerrera, la Matrix con todas sus vueltas argumentales, la Palin que empuña el arma, la heroína de vídeo juego, la Angelina Jolie caracterizada de Lara Croft en Tomb Raider, sexo químicamente puro en la mujer irreal que despierta las más reales pasiones. Ésa era Palin, tan ultramusculada como ultrasexuada, capaz de apalizar a cualquier hombre mientras le da el pecho a su pequeño. No sentí miedo, no, pero deseé con todas mis fuerzas que sonara el móvil con el teléfono de Jesse iluminando la pantalla, por charlar, por distraerme con una voz amiga, por nada. En el parking de enfrente un hombre vestido con chándal de los Knicks continuaba dando leves patadas a las ruedas; maldecía.

7

Serían las diez de la noche cuando atravesé el vestíbulo del hotel. Más que un antiguo estadio de baseball, me pareció entonces un vestigio de circo romano. En los cartelones, los ojos de la candidata brillaban con especial fulgor bajo los halógenos. Salí y giré a la derecha. Compré en la licorería de la esquina un pack de seis cervezas, me lo metieron en una bolsa blanca, sin publicidad [como los objetos de las habitaciones de hotel, recuerdo que pensé]. Comencé a subir y a bajar cuestas, siempre en dirección al mar. Un tipo que pasó vestía también un chándal de los Knicks blanco, después vi a un tercero con el mismo chándal; empujaba un carrito. De repente me sentí ridículo con aquel atuendo, si ni siquiera soporto los deportes de equipo, ni el hip-hop y, lo que es peor, ni siquiera sé quiénes son los Knicks.

Sin mapa, fui llevado a impulsos: un papel del suelo me reclamaba, y cuando lo alcanzaba, era el luminoso de una tienda cerrada el que hacía que mis piernas se movieran hacia ese lugar, y al llegar a ese luminoso, era una sirena lejana, o la espalda de una mujer que se perdía al doblar la esquina, lo que me impulsaba a seguir. A través de esos equívocos pero poderosos signos desemboqué en el muelle, con su centro comercial apagado. El Golden Gate levitaba en la niebla. Casetas de tiendas, atracciones diversas, bares, el pequeño mercado de frutas, todo se hallaba cerrado. Los cuerpos brillantes de unas focas que chapoteaban llamaron mi atención. Me senté en un banco; en el agua, esos mamíferos, muy juntos, componían una masa amorfa, los sonidos emitidos por sus gargantas me recordaron a los lamentos de un candidato electoral cuando pierde y, ya solo, una vez idos sus asesores de campaña, se abandona a la oscuridad de su habitación de hotel, su Noche Oscura particular. Dejé el pack de cervezas en el suelo. Al fondo, la prisión de Alcatraz emitía luces intermitentes. Alguien se acercó por mi derecha, instintivamente miré; se sentó a mi lado. Era un hombre corpulento, tenía un helado en la mano, me lo ofreció, acepté. El hombre sacó un teléfono, tecleó un número; tres segundos después vibró el mío en le bolsillo. Descolgué, era la voz del tipo que tenía al lado, «Agustín, te lo dije, éste es un buen sitio para airearse, pareces un buen muchacho, lástima que esta tarde en tu habitación hayas pensado cosas tan vergonzosas sobre nuestra candidata. La verdad, por el bien de todos, no creo que sea aconsejable que viajes con ella». «Lo sé, Jesse, lo sé —tartamudeé al contestar—, pero, dime, ¿cómo soportas toda la carga erótica de la candidata, cómo sobrevives a esa pulsión?, yo no podría». Entonces Jesse, con rápidos movimientos de brazos, se despojó del abrigo y la chaqueta, el pantalón se lo arrancó (estaba unido por hilvanes), y apareció un traje-chaqueta de minifalda, rojo, sobre un cuerpo compacto y menudo. Cuando se deshizo de la peluca, me pasmé en el despeinado moño. Se quitó las Ray-Ban y extrajo del bolsillo interior unas sin montura, de cristal grueso, se las puso. Me miró detenidamente, con esos ojos grandes, lejanos, de pez en su pecera. El helado mojó mi mano, y Sarah me dijo, «anda, abre esas cervezas, vamos a emborracharnos».

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de