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Ballestar Urbán, Rubén (Hermes Leal)

La orilla



Tomás se sentó justo al borde del sofá, como si algo allí le fuera a morder, con el sobre entre las manos y un rictus amargo en su rostro enflaquecido. La carta había llegado hacía ya varios días y desde entonces había permanecido cerrada encima del televisor, entre un cedé de Tom Waits y una entrada no numerada del último concierto que Nacho Vegas había dado en la ciudad. Cada noche, mientras apuraba un último cigarrillo antes de ir a dormir, Tomás la observaba con recelo y el trozo de papel sellado parecía responderle con una mirada desafiante, como retándole a un juego en el que él no quería participar.



—La única forma de saber qué hay dentro —solía decirle Baby Cat Face cuando comprobaba que todavía no se había atrevido a tocarla— es que la abras de una vez.

Pero Tomás intuía que aquel pedazo de papel matasellado no podía guardar nada bueno en su interior. Durante sus últimos cinco años de estancia en Madrid no había recibido ninguna noticia de su familia y el hecho de que su madre eligiera ese preciso instante para entablar correspondencia con él le hizo sospechar que algo no marchaba según lo previsto en el hogar donde había nacido y de donde más tarde se vio obligado a escapar.

—¿Y si ha muerto alguien? ¿Y si ha sucedido algo terrible? —respondía él a la muchacha del rostro felino, justificando de alguna manera la pereza y el miedo que le producía plantar cara a ese objeto fabricado de tinta y celulosa.

—Si alguien ha fallecido, lo más probable es que ya no llegues al funeral —concluía ella tras sus ojos afilados y su mandíbula trazada a tiralíneas—. Y si algo espantoso ha sucedido en tu casa, lo menos que puedes hacer es enterarte cuanto antes y dejar que te salpique un poco de dolor.

En aquel momento, mientras introducía su dedo pulgar por la diminuta ranura del sobre y las primeras gotas de lluvia del otoño acariciaban la superficie pulida del cristal de la ventana, supo que al fin había llegado la hora de enfrentarse a sus fantasmas y conocer la verdad.

Tomás no era un hombre de mar, tampoco de tierra, sino de orillas: la orilla desde el mar, el mar desde la orilla, y lo gris. Todos sus antepasados habían vivido en Gijón y todos ellos habían dedicado su existencia al oficio de pescar, todos se fueron oxidando a causa de la humedad insoportable del puerto y todos sufrieron ese mareo perpetuo que impone el contraste entre el vaivén de las embarcaciones y la estabilidad de tierra firme. De pequeño acostumbraba a acompañar a su padre en su motora durante alguna de sus breves travesías, pero entonces ya adivinaba que su futuro no tenía nada que ver con ese trabajo ni con ese lugar. Cuando reunió el dinero suficiente, Tomás compró un billete de tren y huyó a la capital con la única intención de esperar su propio destino, pues sospechaba que buscarlo habría sido tan inútil como echar cacahuetes en el suelo y pretender que la casa entera se le llenara de monos. Su madre fingió llorar un poco al despedirse de él en la estación y su padre apretó los dientes y ni siquiera le dio la mano antes de subir al vagón. Él se abrazó con fuerza a su guitarra y se prometió que sólo regresaría cuando su verdadero porvenir hubiese dado finalmente con él.

El sonido del papel al rasgarse le recordó que sus sueños se habían cumplido sólo a medias y que su auténtico destino seguía tan distante como lo estaba aquel lejano día en que llegó a Madrid. A pesar de que había grabado un par de maquetas bastante decentes con su grupo, ninguna discográfica se decidía a apostar por el proyecto y editarles un elepé; aunque había hecho algunos bolos acompañando a varios de los cantautores más prestigiosos del país, las llamadas se habían ido espaciando en el tiempo y su teléfono móvil ya apenas sonaba para proponerle una nueva colaboración, seguramente como consecuencia de las habladurías que lo relacionaban con el alcohol, el desorden y las drogas duras. La situación profesional de Tomás se encontraba en esa temible orilla en la que se aloja la mayor parte de las vidas de los artistas jóvenes: la fama desde el anonimato, el anonimato desde la fama, y lo gris. En los conciertos jugaba a ser la estrella y minutos después su rostro se disolvía entre la multitud y volvía a ser un ciudadano más, uno cualquiera, uno al azar.

Cuando Baby Cat Face irrumpió en el piso sin llamar, Tomás ya se había inyectado una dosis de heroína y su mirada delataba que se hallaba en ese limbo al que va a parar la conciencia cuando ha sido iluminada con la paradójica enana marrón. La mujer tomó del suelo la carta abierta y comprobó que las conjeturas de él habían sido más acertadas de lo que ella misma habría podido imaginar: la trémula e infantil caligrafía de la madre de Tomás anunciaba la gravedad de la enfermedad del padre y suplicaba su presencia inmediata antes de que la muerte del viejo impidiera la inevitable despedida. Baby Cat Face suspiró, introdujo la hoja manuscrita en su envoltura y dejó el conjunto de nuevo sobre la tele, quemó en una cuchara lo que le había sobrado a él, penetró en la arteria cubital con la punta de la jeringuilla y se acostó a su lado en el sillón, abrazándole con las escasas fuerzas que aún le restaban después del chute.

Baby Cat Face volvió en sí poco antes del medio día. Unas gotas de sangre coagulada decoraban su brazo blanquecino. Levantó la cabeza y maldijo la luz que penetraba por el ventanal. Llamó a Tomás pero él no respondió. Volvió a llamarle pero el resultado fue el mismo. Se incorporó con cierta dificultad, tambaleándose como un bebé que está aprendiendo a caminar, y examinó todas las habitaciones para asegurarse de que, efectivamente, Tomás ya no estaba allí.

Había conocido a Tomás en el último recital que Nacho Vegas, el poeta de moda del rock independiente, había dado en la sala Galileo. Sus ojos se cruzaron cuando sonaban los primeros acordes de la canción Baby Cat Face. Después del concierto, Tomás la llevó a su apartamento y la invitó a un porro de marihuana y a una copa de ron. Hicieron el amor sobre la alfombra y después compartieron un poco de caballo. Ella se quedó con el apodo, y él con su corazón. Después de casi medio año juntos, ella ni siquiera sabía cómo era exactamente ese individuo y Tomás ni siquiera le había preguntado cuál era su nombre real. Ella había querido ir a vivir con él desde el principio pero se tuvo que conformar con una copia de las llaves del piso y con los pocos instantes que compartían bajo el edredón. Él siempre estaba demasiado ocupado ensayando con la banda o practicando en su dormitorio con la guitarra y ella comenzaba a comprender que su presencia en casa de Tomás era como una de esas sombras tenues y difusas que se desvanecen cuando cambia la inclinación del sol. A pesar de la solitaria y misteriosa existencia de su compañero, Baby Cat Face jamás se había entrometido en sus asuntos ni le había exigido más de lo que él le podía dar; su madre le explicó cuando ella era pequeña que las mujeres que preguntan demasiado o que siempre dicen la verdad se quedan solas para toda la vida y ella había aprendido de memoria aquella lección.

Tomás llegó a la hora de comer, justo cuando ella sacaba de la cazuela un par de platos de macarrones a la carbonara.

—¿Dónde has estado? —le preguntó ella sin dar importancia al hecho de que únicamente se encontraba ataviada con unas bragas amarillentas y las zapatillas de andar por casa de Tomás.

Él no argumentó; se limitó a rodearla por detrás con los brazos y a hacer oscilar sus pequeños pechos como si fuesen dos globos llenos de agua. En la mano izquierda sujetaba un billete de tren. Tomás apretó su entrepierna contra el trasero de la mujer de las pupilas gatunas y después presionó sobre sus hombros hasta que ella cayó de rodillas al suelo. Baby Cat Face le hizo una mamada allí mismo y, al acabar, el reguero blanco que se deslizaba por su afilada barbilla se asemejaba cómicamente a la salsa que acababa de preparar para acompañar la pasta.

Comían en silencio. Ella no sabía qué preguntarle y él no tenía nada que decir. En la televisión el pronóstico del tiempo anunciaba lluvias para el resto del fin de semana. Ella miraba la pantalla del aparato sin prestar atención, y él no levantaba la vista del plato. Ambos masticaban con lentitud hasta que Baby rompió el mutismo y atacó.

—Vuelves a Gijón, ¿verdad?

—Sí —resolvió él mientras daba un sorbo a su vaso.

—¿Para cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Regresarás? —inquirió ella con los ojos enrojecidos y la mano que sujetaba el tenedor agitándose en pequeños espasmos incontrolados.

—El tren sale esta noche. Es un milagro que todavía tuvieran plazas libres; la gente aprovecha siempre el domingo para viajar. Sólo he comprado el billete de ida. He sacado de un cajero automático el poco dinero que me queda, por lo que pueda pasar. No sigas preguntando, no tengo más respuestas. No me pidas que te hable de lo que aún no he tratado con dios.

Baby Cat Face se levantó de la silla, arrojó a la basura la mayor parte de su comida y se trasladó al salón. Sacó de su bolso un pequeño paquete relleno de polvo terroso, rescató del suelo un pedazo de papel de aluminio y se dispuso a arder hasta apagarse. Baby veía en el humo que inhalaba la metáfora perfecta de su turbia y fútil relación con Tomás.

Por más que observaba su rostro, se le seguía antojando una absoluta desconocida; de hecho, ni siquiera sabía cómo se llamaba de verdad. Dormida, con la boca abierta y en esa posición casi fetal, Baby sólo parecía un maniquí articulado apartado del escaparate de una vieja tienda de ropa. Tomás se dio cuenta entonces de que llevaban casi medio año juntos, viviendo bajo el mismo techo y las mismas sábanas, compartiendo fluidos de muy diversa naturaleza, sin saber quién coño era esa Baby Cat Face.

Tenía un serio problema con las mujeres; siempre había sido consciente de ello y no hacía falta que nadie se lo recordara: su historial amoroso atestiguaba fidedignamente lo mal que se le daba la mente femenina. Ninguna de sus novias le habían soportado más allá de tres o cuatro meses; Baby Cat Face constituía su propio récord Guiness, su mejor marca personal. Ella no hablaba demasiado y él veía en esa característica una gran virtud. Él hacía su vida a su manera y ella no juzgaba sus movimientos ni su manera de actuar. A ella le encantaba follar y él jamás decía que no. Ambos compartían el mismo gusto por el rock, por las drogas y por el placer físico. Baby era la mujer con la que Tomás habría soñado si alguna vez se le hubiese ocurrido soñar con una mujer. Pero no se había dado el caso y para él Baby sólo era una mirada atigrada, un coño salvaje y un cojín al que abrazarse después de cada inyección.

Calentó sobre la lámina plateada el mágico líquido de los sueños vacuos y se tumbó en el sillón al lado de Baby Cat Face. Instantes antes de desvanecerse, Tomás pensó que el origen de su incapacidad sentimental no residía en el usual pánico al compromiso, ni en la megalomanía que siempre se había diagnosticado, ni siquiera en sus aspiraciones artísticas o en su particular tendencia a la autodestrucción. Su total invalidez para el intercambio de sentimientos nacía del miedo a perder su identidad, del terror a ver manoseada su intocable individualidad; por eso había aprendido a acomodarse en ese espacio tan complicado en el que podía contemplar a su antojo la soledad desde la compañía, la compañía desde la soledad, y lo gris.         Por la tele retransmitían uno de esos partidos antiguos del Real Madrid en los que el Real Madrid siempre ganaba. A Tomás no le gustaba especialmente el fútbol, pero en esos enfrentamientos que reponían insaciablemente habían eliminado todos los tiempos muertos y eso los convertía en un producto menos insoportable de digerir.

—Ojalá se pudiera hacer eso mismo en la vida —dijo Tomás en voz alta a la vez que sus ojos se quedaban definitivamente en blanco y Baby dejaba escapar un suspiro detrás de él—. Suprimir los momentos en los que no ocurre nada interesante. Pero entonces quedaría tan poco…

El sonido de una puerta al cerrarse lo despertó. Extendió el brazo para acariciar a Baby pero ella ya no estaba allí. Gritó su sobrenombre pero no obtuvo respuesta. Se incorporó a duras penas, con las sienes martilleando de manera abusiva, y se percató de que el sol comenzaba a caer detrás de las terrazas y sus monstruosas antenas parabólicas. Miró su reloj de pulsera y descubrió, asustado, que marcaba más de las siete. Se dio un par de bofetadas para salir del sopor de la resaca opiácea y miró a su alrededor. Sobre la mesa auxiliar, donde había depositado unas horas antes el pasaje de tren y la cartera repleta de los últimos billetes que había conseguido ahorrar, únicamente quedaba un espacio vacío e inquietante.

Estimulado por una brutal sacudida interior, Tomás saltó del sofá y abrió la puerta del apartamento. En la escalera pudo escuchar con claridad los pasos acelerados de Baby Cat Face. Se abalanzó con rapidez por los peldaños. Cuando distinguió el cabello ensortijado de la fugitiva, se apoyó en el pasamanos, tomó impulso y se arrojó sobre ella desde una diferencia de altura de algo más de un piso. El impacto de su caída arrastró a Baby con él. Tomás se golpeó con el canto de un escalón en la frente y sintió una gota de sangre rodando por su nariz. Él la sujetaba con fuerza por los brazos y en la mueca de ella se distinguía el espanto. Una puerta se abrió en el rellano, justo al lado de ellos dos, se escucharon algunas voces nerviosas e inmediatamente se volvió a cerrar con un fuerte estrépito.

—¿Qué intentas hacer? —gritó él con la mirada furibunda y la saliva brotando espumosa de su boca—. Entiendo que quieras robarme el dinero pero ¿por qué coño te has llevado el billete para Gijón?

Baby Cat Face lloraba con pesadez, entre hipos y gemidos, pero Tomás no fue capaz de distinguir si esas lágrimas eran provocadas por el arrepentimiento o por la desesperación. Comenzó a zarandearla por los hombros y ella le suplicó una clemencia que él no estaba dispuesto a regalarle tan fácilmente.

—¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido? ¡Dámelo!

Insultó a Baby Cat Face. La amenazó de muerte. Le dio un par de bofetadas y le tapó la boca para que no pudiese gritar. Vislumbró sobre su hombro las cabezas de algunos vecinos curiosos que se asomaban desde sus postigos para averiguar el origen de todo ese escándalo, pero los ignoró y continuó con su propósito.

—¡Dámelo! ¡No me obligues a cometer una barbaridad!

—¡No te irás! —se pronunció al fin ella entre sollozos—. ¡No te irás sin mí! ¡Eres lo único verdadero que hay en mi vida! Tengo miedo de que no regreses.

A Tomás se le antojó que el mundo se había cubierto de una densa humareda parda y maloliente. Su pituitaria exageraba el perfume del sudor de Baby y lo mezclaba con el sabor arcilloso de la china de heroína que había inhalado algunas horas antes. El dolor de su frente magullada y el retumbar de sus mecanismos cerebrales todavía anestesiados estaban a punto de hacerle perder definitivamente la razón. El estómago le dio un vuelco y Tomás no pudo contener el vómito, que fue a parar directamente a la cara de Baby Cat Face. Ella aprovechó la indisposición de su atacante para escabullirse de férrea sujeción y huir. De forma totalmente instintiva Tomás extendió su pierna derecha, Baby tropezó en ella y su cuerpo comenzó a rodar. Primero Tomás escuchó sus gritos de ratón; después, un último aullido quebrantado; finalmente, sólo un silencio denso y pegajoso nada esperanzador.

Descendió unos cuantos peldaños y divisó el cuerpo de ella agolpado contra la pared, grotesco, retorcido y bello a un tiempo. Dudó de sus propios sentidos y se frotó los ojos con las manos manchadas. Una vez más, como en otras muchas ocasiones, se sintió en esa demarcación ambigua a la que la droga siempre lo trasladaba: la realidad desde el delirio, el delirio desde la realidad, y lo gris. Se agachó a su lado y buscó entre los bolsillos de su ropa hasta que dio con el ticket de ferrocarril y con la cartera de cuero que ella misma le había regalado el día de su cumpleaños. Ni siquiera comprobó si el corazón de Baby Cat Face latía o si el aire circulaba con normalidad por su sistema respiratorio. Asió con fuerza los dos objetos y echó a correr. Salió a la calle y la fina lluvia del exterior lo abrazó con frialdad y, en cierta medida, le hizo sentirse bien. Una sirena de policía comenzaba a intuirse en lontananza. Dentro del edificio, la desconocida Baby Cat Face vacilaba entre la vida y la muerte: esa orilla.

La gente iba y venía a su alrededor, como fantasmas traslúcidos sin ningún destino concreto. Las pantallas electrónicas indicaban que sólo restaban veinte minutos para la salida de su tren. Sentía los ojos de todas esas personas clavados en el reguero de sangre que manaba lentamente de la brecha de su frente y en el agua que goteaba de su ropa calada. El corazón le latía en una inevitable cuenta atrás. Tenía la lengua seca como un pedazo de mojama caducada y notaba en los testículos una desconcertante presión. Pensó que cualquiera que le echara un vistazo vislumbraría con facilidad los recientes efectos del jaco en su mirada perdida y en la blancura casi transparente de su piel, pero eso a él ya le daba igual.         Se situó en el andén, delante de la imponente línea amarilla que todos los letreros de la estación aconsejaban no traspasar, intentando que su herida se mantuviera fuera del campo de visión de los demás viajeros para no levantar ninguna sospecha innecesaria. Se preguntó si tenía miedo y se respondió a sí mismo que sí. Se preguntó si se sentía culpable del estado de Baby Cat Face y se respondió que todavía era demasiado pronto para formularse esa cuestión. Siguió haciéndose preguntas y más preguntas y rara vez encontraba una contestación que le convenciera de verdad.         Quince minutos para la llegada del convoy. Trató de recordar el rostro de su madre pero a su psique maltratada únicamente acudieron viejas fotografías borrosas de su infancia y un extraño olor a mar. Intentó entonces reconstruir las facciones de su padre pero sólo halló niebla, una niebla plateada en la que podía distinguir con dificultad un par de orejas desmesuradas y una barba densa y cana. Cerró los ojos para recrear el paisaje hogareño de su casa natal pero no se produjeron las sinopsis necesarias para lograr su objetivo. Tomás descubrió entonces que tantos años de ausencia y tanta droga consumida habían transformado a sus progenitores y a todo lo que tenía que ver con ellos en una maraña inconexa de imágenes carente de sentido. Lo que más le asustó no fue evidenciar que, igual que le ocurría con Baby, tampoco sabía quiénes eran sus padres, sino que ni siquiera podía asegurar a ciencia cierta quién era él; la distancia que existía entre lo que siempre quiso ser y en lo que en realidad se había convertido era tan grande como la que puede haber entre un diamante y una montaña de estiércol.         En un tremendo esfuerzo por recobrar la compostura, Tomás se juró que haría compañía a su padre en el corto trecho que le quedaba de vida, que aprovecharía su estancia en Gijón para desintoxicarse definitivamente y que regresaría a Madrid para buscar un trabajo de verdad y reencaminar sus pasos hacia una nueva y más saludable identidad. Su próspero futuro parecía dibujarse sobre el color ceniciento de los raíles, de las piedras angulosas entre las vías y de los adoquines que conformaban el apeadero.

—Quizás nunca estuve a la altura de mis sueños —murmuró a sabiendas de que nadie podía escucharle—. Tal vez todavía esté a tiempo de abandonarlos y sustituirlos por otros más razonables. Escuchó un potente y grave pitido muy cerca de su oreja e intuyó que el tren en el que debía montarse estaba ya entrando en la estación. Una voz masculina gritó con vehemencia a su espalda que se apartara inmediatamente de la orilla del andén. Al volverse precipitadamente para identificar al guarda de seguridad que había proferido la advertencia, Tomás comenzó a verlo todo gris, como si alguien hubiera espolvoreado un saco de cemento sobre sus ojos. Se secó el sudor frío que se deslizaba por su frente, contempló cómo el paisaje comenzaba a girar descontrolado en torno a él y súbitamente perdió el equilibrio entre las miradas asustadas y los gritos de los demás viajeros. Unas décimas de segundo antes de desmayarse, Tomás sonrió al descubrir que en realidad no le importaba en absoluto hacia cuál de los dos lados iría a caer.

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