Te despertaste a las 9:07 el último día de tu vida, sin todavía haber decidido que lo sería.
Como solías, fuiste directo de la cama a la regadera, sin pasar por el lavamanos. Seguido, continuando con la rutina, bajaste a la cocina a desayunar copiosamente, un lujo que te permitías sólo de unos años para acá, cuando ya tu trabajo no dependía tanto de tu cuerpo.
Al terminar, tomaste la bandeja con el plato de avena tibia para tu esposa, muda desde hacía treinta y dos meses, cuando saliera disparada tras el impacto de un camión. Enseguida enviarías a tu hijo a estudiar inglés lejos para evitarle la pena de ver a la madre vegetando.
Maniático como eras, jamás pensabas que una enfermera podía ser lo suficientemente atenta y cariñosa como tu esposa -¿sería acaso más apropiado llamarla ex ?- merecía. A veces hasta te sentabas a leerle el periódico, viejas reseñas sobre tu trabajo y aquella crónica de la noche cuando se conocieron en una recepción ofrecida por tu padre, Excelentísimo Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante Portugal.
Por muy confundido que andabas últimamente, hay cosas que jamás olvidaste. Otras, nunca las supiste.
Un maldito sábado, a las 2:53 de la tarde, una llamada había interrumpido su siesta. Le dijeron que si quería aclarar el motivo de tus sucesivas desapariciones debía presentarse en el motel de la esquina tal, en el suburbio de aquí al lado.
La voz le pareció familiar. Insistió en vano que se identificara y luego prefirió tomar atenta nota de los datos que le suministraba. Hasta el número de la habitación le dio, la muy intrigante. Colgó y se sentó en la cama. Rompió la hoja de sus anotaciones y lamentó haber dejado de fumar. Temblando empezó a recordar las últimas excusas que le habías dado para justificar tus ausencias, y las encontró más absurdas que antes. Te llamó y tu maldito teléfono celular estaba apagado.
Unió los pedazos de papel, se vistió y salió en su auto, sin despedirse del niño. Durante todo el trayecto se repitió a sí misma que estaba perdiendo el tiempo, que no tenía razones de peso para desconfiar de ti. Sofocó los nervios sintonizando música clásica en la radio.
No le fue tan fácil descubrir el motel como le habían chismeado: no era modesto, pero tampoco estaba ubicado en una zona accesible. Quizás porque allí la gente no va a ser molestada, pensó. Antes de bajar se arrepintió y quiso regresar a casa. Pero no. Recogió su mediana cabellera y tomó los lentes oscuros de la guantera. Era la mujer de un actor todavía medianamente célebre, no podía exponerse así nada más.
Cruzó la recepción con la mayor naturalidad, pretendiendo un paso seguro, a pesar de que ya las manos le temblaban y sudaban frío. Llegó a la habitación indicada y colocó el oído izquierdo sobre la puerta. No escuchó nada. Optó por ir hasta el fin con aquel disparate que la había sacado de la cama en plena siesta, y buscó a una camarera.
Le dio un billete a cambio de que le abriera la puerta, excusándose banalmente. Al cruzar el umbral oyó una inconfundible carcajada. Ya no hubo duda.
II
Guiándose instintivamente por tu risa, llegó hasta ti. Te encontró dentro de la bañera, jugando con el agua y las burbujas. No estabas solo.
No dijo ni una palabra, apenas bajó la mirada, como con asco, prefiriendo ver el piso. Sería la última vez que sus ojos te mirarían.
No había estado ni treinta segundos en aquella habitación. Intentaste detenerla, pero al descubrirte completamente desnudo en el pasillo te devolviste. Mientras te vestiste y encontraste las llaves de tu auto –que habías estacionado en la otra calle, estratégicamente-, te sacó una considerable ventaja.
Nunca supiste que ya al volante sintió el comienzo de un agudo dolor de cabeza. Ella, que siempre manejaba oyendo música, había olvidado encender la radio.
El resto sí lo sabes y recuerdas muy bien. Tal vez demasiado para tu gusto. Marcaste su celular varias veces, pero no respondió. Llamaste a casa y preguntaste al niño si su madre había dejado algún mensaje. Sobre todo te intrigaba saber cómo había llegado al motel. De repente debiste frenar. El tráfico te acentuó la ansiedad, si ello era todavía posible.
A las 4:37 observaste las luces de una ambulancia a lo lejos. Bajaste el vidrio e interrogaste a un fiscal de tránsito. Te reportó con detalles.
Estuviste a punto de desmayarte. Tenías la lengua seca. Y ni respirar podías.
En menos de un día fue intervenida quirúrgicamente dos veces. A juzgar por el estado en que quedó su auto, tus suegros se sintieron afortunados de hallarla viva. Con la cabeza a punto de estallar los saludaste por detrás de un vidrio del piso de terapia intensiva. En un rato sonaría tu celular. Era tu amante. No atendiste. Pasarían tres semanas antes de que se volvieran a encontrar, un martes.
Nadie de la familia supo lo sucedido antes del accidente. Para todos la culpa era de aquel camionero hijoeputa, a quien no se cansaban de maldecir.
A pesar de que su mirada quedó evidentemente perdida, a veces jurabas que sus ojos marrones te enfocaban. Y, peor aún, te reclamaban.
Maldita manía la suya de preferir siempre tragarse su rabia y salir corriendo. Y esta vez había sido para siempre.
III
En los últimos años ya habías empezado a engordar y beber, envejeciendo con rapidez, a punta de depresiones.
El último día de tu vida, cuando ya habías decidido que lo sería, fuiste a visitar al camionero en la cárcel. Era un pobre infeliz a quien juzgarían por lesiones culposas. Pensaste mucho antes de ir a verlo.
Jamás habían estado tan cerca. No sabías cómo decirle que no debía sentirse culpable más allá de haber cometido la imprudencia de no conservar una mayor distancia del auto que iba adelante en la autopista. Por lo demás, sabías muy bien que tu mujer estaba tan perturbada esa tarde que antes de llegar a casa lo más probable era que tuviera un accidente. Quién sabe, tal vez hoy sería ella la que estuviese esperando juicio por causar una colisión fatal. En las condiciones en las que salió del motel cualquier cosa hubiese podido sucederle.
Pero no sabías cómo explicárselo a aquel gordito maloliente que te contó cómo se le había desgraciado la vida después de aquella embestida. Todo por no frenar a tiempo, se lamentaba. Te pidió perdón como diez veces. Comenzó a llorar.
Le prometiste los servicios gratuitos de tu abogado, Reinaldo Acevedo. Y le juraste que a sus hijos nada les faltaría mientras él estuviese allí. Evadiste las preguntas y los agradecimientos. Te sentiste más humillado que él.
Saliste corriendo, bastante perturbado. Al final nunca te atreviste a confesarle por qué lo ibas a ayudar.
A la 1 y 19 te encontraste con tu amante para almorzar.
Manejando de regreso a casa, contrataste por celular a un jardinero. El olor de la grama recién cortada era una de las sensaciones que más te agradaban desde pequeño.
A las 6:22 te sentaste frente a la computadora y comenzaste a escribirle una carta a tu hijo, ya casi un adolescente. Le revelaste con detalles lo que precedió al accidente y las circunstancias en las que ella te había encontrado en un motel aquel sábado mezquino.
Cómo tu mujer había llegado hasta allí era algo que sólo ella hubiese podido responder. Le dijiste que no te considerabas culpable de tus debilidades. Confesaste sí sentirte responsable de que tu torpeza y falta de previsión hubiesen destruido a tu familia, atormentándote sin consuelo. Eso, no tiene perdón de Dios.
Te entró un gran escalofrío. Buscaste más whisky. Aunque ya era de noche, saliste al patio a oler la grama. No te gustó cómo el jardinero había podado aquel helecho. Se lo ibas a comentar a la empleada, pero ya se había marchado. Mejor, en realidad no querías ver a nadie. Comenzaste a beber directamente de la botella.
Volviste y las palabras fluyeron con una velocidad que te sorprendió. Al terminar enviaste la carta por correo electrónico. A tus suegros les escribiste otra, a mano. Se las dejaste en el escritorio, del lado de allá, lejos de la ventana.
Subiste a tu cuarto. Apagaste y escondiste el teléfono celular bajo la almohada, decidido a no oírlo más. Le quitaste la bata a tu esposa y le pusiste, con torpeza, uno de los vestidos que creías era de sus favoritos, -estabas equivocado. También la calzaste.
La cargaste hasta el auto. La colocaste de copiloto y le cruzaste el cinturón de seguridad. Volviste por la botella. En un momento tuviste la sensación de que ella adivinaba lo que pretendías y, más aún, que lo apoyaba. Arrancaste tras beber el enésimo sorbo y encender la radio en un canal clásico.
Conducías con firmeza, a mediana velocidad, con la mirada quizás perdida como la de ella, pero sin saltarte las luces rojas.
Casi cuarenta minutos después llegaste al punto exacto del funesto choque. Detuviste la marcha, pero sin apagar el motor. Intentaste reconstruir en tu mente la escena que habías leído cien veces en los expedientes sumariales y que el camionero te había repetido ese mediodía.
Estabas muy cansado y el alcohol te había agudizado el hambre. Tomaste su mano. Quisiste besarla, pero te pareció un abuso. Te sentiste peor. Se te anegaron los ojos y pisaste el acelerador con tanta fuerza que los cauchos chillaron. Ibas siguiendo el sentido de la curva y de repente dirigiste el volante hacia el pedazo de la autopista que ella misma había dejado sin barra de defensa.
El carro se precipitó por el barranco y te sentiste en Cabo de Roca, como tantas veces habías soñado. Eran las 9:51 de la noche de un miércoles, a tres días de tu cumpleaños.
En la mañana del jueves el teléfono comenzó a sonar insistentemente desde temprano. Volviste a la prensa. Ustedes dos adornaban las primeras planas. Qué barbaridad, la gente maneja como loca y las autopistas están en el último estado.
Para todos lo más extraño de explicar era la presencia de ella en el auto. Unos se horrorizaron y te llamaron morboso, otros lo consideraron un acto de amor, especulando tus motivos.
Reinaldo Acevedo, tu amante, no lo podía creer. Y tu hijo, desde Oregon, mucho menos.
FIN
Cuenta regresiva
Cuenta regresiva
Cool Hand Luke
“Asesinada por entrometida”. Una vez deseaste leer ese titular sobre tu suegra.
¿Por qué te sorprendes? Sabes bien que sobre ti, lo sé todo. Absolutamente todo.
-Si amanezco viva, te llamo.
-¡Por tu madre, no me hagas eso, manita! Mira que aquí en cualquier momento se prende un huéleme la chancleta... ¿Qué? No, no me cuelgues... ¡Aló!, ¡Aló!... ¡Ésta se volvió loca, Cristo Rey! ¡Ahora sí que la pusimos!
Te encantaba ver telenovelas. Más de una vez soñaste que Lupita Ferrer se presentaba ante ti con sus ojos de farol y te decía, clamando perdón arrodillada, que ella era tu verdadera madre.
Se te alborotan las imágenes. De repente te sientes raro, como si te acabaran de disparar en pleno pecho. Corres instintivamente, sin rumbo. Te falta el aire. Es un dolor extraño. Nunca lo habías sentido. Agudo, como cuando te golpeas el dedo más chiquito del pie, pero elevado a la enésima potencia. Para calmarte, te colocaré una vieja canción que te gusta.
Voy a perder la cabeza por tu amor, porque tú eres agua, porque yo soy fuego, y no nos comprendemos...
Si hubieses escuchado con más atención aquella balada ochentosa, no te habrías casado con la gallega.
…yo ya no sé si he perdido la razón, porque tú me arrastras, porque soy un juego de tus sentimientos...
La verdad es que la gallega nunca perdió su encanto. Si no la conocieras tan bien, te hubieses echado para atrás cuando firmaron la separación, antier. Apuestas que pasó horas en la peluquería arreglándose lo mejor posible para perturbarte. Y encima se presentó con el fantoche ese con el que está saliendo. ¡Disfraz!
A tu mamá nunca le gustó la gallega. Decía que era malcriada, posesiva y temperamental. Sí, es verdad. Pero también era y sigue siendo muchas otras cosas que sólo tú sabes. En cambio, a tu papá siempre le agradó. Claro, no le gustó para nada que se casaran corriendo a los 19 años.
Un día tu mayor preocupación era estudiar Cálculo, y a la semana siguiente no podías dormir de la angustia de saberte padre. No te casaste convencido. Pero no te atrevías a comentárselo a nadie. Mucho menos a la gallega. Por supuesto, ustedes trataron de invertir las noticias, para disimular.
Encarnación y yo nos queremos casar, señor Noya.
Pero nadie les creyó.
Dijiste adiós para siempre al curso de inglés in context. Si recuerdas bien, esa fue la primera gran renuncia que tuvo tu vida.
Tu papá te dijo que estabas lanzando tu vida por un barranco, que lo habías decepcionado “profundamente”, que eras un inmaduro, que los hijos ignoran que todo lo que hacen afecta a los padres, tengan la edad que tengan. Hoy le das toda la razón. Como siempre sucede, sólo aprendiste a ser hijo cuando fuiste padre. Cursi, pero cierto.
Si fuiste lo suficientemente hombre para hacer la sinvergüenzura que hiciste, tendrás que serlo para mantener a esa muchacha. Pero eso sí, ¡te prohíbo dejar la universidad! ¡Yo no sé qué vas a ser, pero aunque sea a rastras te llevo a clases todos los días!
Le cumpliste. Aunque la Ingeniería te tomaría dos semestres más de lo esperado, tras empezar a trabajar en el taller mecánico de tu suegro.
Ahora, divorciado, pierdes también el servicio gratis en ese taller. Eso es terrible, porque pareja se consigue, pero mecánico de confianza, muy difícil. El suegro te dijo que siguieras llevando el carro sin problema, que una cosa no tiene que ver con la otra, chaval. Pero por más que sea, ya no es lo mismo.
Lástima, porque el viejo es simpático y su eterna crítica a Franco, se hable de lo que sea, es muy ingeniosa. Siempre busca la manera de caer en el tema. A tu suegra le pasa lo mismo, pero con la realeza. Las revistas de chismes las compra religiosamente, aunque los precios estén por las nubes.
Me cuestionó y casi se vistió de luto con la muerte de Diana, a pesar de que nunca aprobó su divorcio y mucho menos su noviazgo con el multimillonario árabe. Es que nunca se tragó el capítulo de la ocupación mora. Del mundo, muy poco sabe, salvo si un país tiene o no monarquía.
A pesar de todo, crees que es una buena persona.
¡Un momento! Te desconoces: ¡estás diciendo que tu suegra es una buena persona! ¿Acaso se te olvidaron los primeros años, cuando vivías en el anexo de Maripérez? Hasta por teléfono te perseguía.
¡Tu lugar es aquí, al lado de mi Encarna, tu mujer! ¡Lo que le has hecho a mi niña no tiene nombre!
Ni apellido tampoco, porque yo me voy. De paso, su hija no era virgen cuando la conocí,- te provocaba gritarle a la vieja. Pero nunca te atreviste.
Tuvieron una niña, que llegó con la nueva década. Ahora estás aterrado porque, aunque es muy inteligente, se parece cada vez más a tu suegra. Y no sólo físicamente. Es respondona, tosca, metiche, y habla hasta por los codos. No me culpes, tú mismo la dejaste malcriar.
Un día, ya no soportaste más a la gallega. Todo lo que antes te gustaba de ella había desaparecido o te molestaba. Imaginas que ella pasó por el mismo proceso, porque no eres para nada vanidoso.
No crees que te haya engañado. Tu sí. Si ella lo hizo, lo supo hacer, y eso lo agradeces. Esas cosas es mejor no saberlas.
Hace más de un año, cuando ya el árbitro estaba a punto de pitar el final de este partido, empezaste a tener sueños muy raros con la gallega. Fue en esos días cuando comenzó a resultarle intolerable recoger tu ropa.
…admítelo, te encanta desvestirte e ir lanzando todo por allí. Dejarme el desastre para tenerme de esclava todo el santo día… Mi mamá tenía razón…
La veías caminando por una calle, a media tarde, con el paraguas abierto, para protegerse del sol. Sí, porque la gallega es de las que nunca sale sin paraguas, lo que –tú me dirás-, habla mucho de una personalidad perfeccionista, quisquillosa o psicópata, según quien la analice.
Adelante, en la misma cuadra, unos obreros trataban de mudar un piano a través de un balcón. De repente, una de las poleas se reventaba. Todo sucedía tan rápido que nadie tenía tiempo de hacer nada. El piano se venía abajo, espachurrando a la gallega. Pobrecita. No quedaba nada de ella ni de su paraguas tan bien escogido y comprado en el duty free del aeropuerto de Orly.
Ahora que te has mudado solo, ocasionalmente tienes el mismo sueño, pero con una ligera variante. De un tiempo para acá salvas a la gallega: el piano cae antes o después de su paso. Lo cual, además de tremendo susto, le provoca una gran reflexión existencialista y la obliga a relajar un poco su carácter y sus manías tan fastidiosas. Pobrecito el idiota con el que está saliendo.
Te duele la cabeza. Déjame ver qué puedo hacer por ti. Maldita migraña. Pero ésta es distinta. Estás cansado y aturdido, lo sé.
Mañana no te querías perder la telenovela por nada del mundo.
-Estrellita, deja de limpiar por un momento. Tenemos que hablar.
-Señora, por favor, no me vaya a botar de la casa. Se lo suplico.
-No te arrodilles. Soy yo la que debería hacerlo... Acabo de descubrir que yo soy tu verdadera madre…
Anoche sentías que el corazón se te iba a salir del pecho de tanto que te brincaba. Te percibías de maravilla, sin razón aparente. Querías que todo el mundo te mirara y eso les bastara para ser feliz. Es más, pensaste que los sueños de todo el planeta iban por tu cuenta.
Ahora si es verdad que no entiendes nada de lo que está pasando. El ruido de esa sirena te tiene harto. No paras de hacer preguntas, pero nadie parece escucharte. Ni tú mismo oyes tu voz. Yo sí.
¿Qué es esto tan raro que siento?
¿Qué me están poniendo en la nariz?
¿A dónde me llevan?
¿Quiénes son estos idiotas?
¿Por qué huele así, como a cloro, pero más fuerte?
Pusiste resistencia al robo y te perforaron un pulmón. Siempre pensaste que Enero era el mejor mes para morir, porque tienes todo un año para olvidar. Claro que todos los meses tardan el mismo tiempo en volver, mas Enero te genera esa sensación. Es otra de tus ideas raras. Pero te la voy a complacer.
Aunque a ratos has dejado de creer en mí, y no pocas veces me has maldecido, acá te espero, con los brazos abiertos. A mi lado estarás mejor que nunca. Acá las Fuentes de Soda que tanto te gustaban no han desaparecido.
Como yo, nadie ama, jamás.
Relájate, sigue disfrutando la canción.
...y quizás mañana oigas de mi boca: “vaya usted con Dios...”