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Dotras Bravo, Alexia (Aldobra)

Maternindad de pintor desconocido

           MATERNIDAD DE PINTOR DESCONOCIDO            La madre agarraba al hijo de la oreja, tirando más bien poco, poco en comparación con lo que le gustaría tirar. Hasta arrancársela. El sofoco no había sido para menos, en la mejor pastelería de la ciudad, a la que habían ido muy emperifollados (el chaval lavado detrás de cada oreja, de cada pliegue, con colonia hasta en el carnet de identidad, la madre con esa falda ajustada de color frambuesa que solo puede ponerse después de tres días comiendo puré de zanahoria y macedonias de sandía), al niño se le había metido en la cabeza que la nata de una de esas tartas recargadas, las que casi llegan a la horterada, estaba estropeada. Tiene mala pinta, está como arrugada, no brilla como la tuya mamá. Y la señalaba. La madre hacía que no iba con ella, que ella no había montado nata en su vida, que no tenía hijos, que, de hecho, los mocositos repelentes que todo lo opinan y todo lo tocan, como ciudadana, le molestan. De haberse comportado como la madre que era, con la autoridad aceptada de mala gana en el momento de parir, le hubiera dicho eso no se toca, deja ya de joder con la pelota, haciendo gala de conocimientos sobrados de música de cantautor social, oriundo de barrio marginal barcelonés, caracterizado en la actualidad por las bandas musicales de gitano, organillo y cabra, por los cyber paquistaníes multiuso y por un aspecto permanente de no esperar próximamente visita del alcalde. Aunque a lo mejor la cultura musical en forma de gracia de madre coleguilla no alcanzaba la aprobación general de las gentes pacientes que solo van a la mejor pastelería de la ciudad a buscar una tarta de cumpleaños, sin nata arrugada a poder ser, dos docenas de pasteles con abundancia de los cubiertos con chocolate, por favor, o una empanada de bacalao con pasas, para abrir boca. De haberse comportado como la madre que era, después de percibir que el chiste había sido acogido con toses y medias sonrisas de compromiso y algún que otro meneo de cabeza, qué pena de chicos con padres así, que no se entiende lo de las palabras malsonantes en público fuera del núcleo comunistilla del artisteo, y en Europa, ya no te cuento, habría dado una palmada entre la nuca y los hombros de su hijo y le habría dicho, no seas maleducado, hala, ya no hay bollo para el camino. Y luego habría puesto en su cara una sonrisa de oreja a oreja, de cabo a rabo, de medio a medio y pediría unas disculpas en voz bajita, perceptibles solo para dos de los tres cívicos seres humanos que la tenían más a mano, cuyo aguante, sobradamente conocido por todos los habitantes del planeta, con las madres sin reflejos para la educación, sin consideración hacia los que esperan estoicamente la cola, sin ganas de nada, empezaría ya a flaquear. De haberse comportado como la madre que era, no hubiera tenido lugar tal escena bochornosa, porque eso querría decir que ya, anteriormente, se había comportado como la madre que era y ya tendría experiencia abundante en poner los puntos sobre las íes, en atar en corto y en transformar mocosos en hombres de pro para la patria. Se había comportado como la madre que, definitivamente, no tiene solución, la madre-no-madre que se queda embarazada de un hombre que dice ser su marido, aunque ande probando, aquí y allá, si hay más mujeres que podían haber sido la madre de su futuro hijo, a sabiendas de que hay muchas más posibilidades, tal como lo explica la sabiduría popular a la par que el sentido común. En un planeta donde los moradores se computan por docenas, por pares, que son más que las cuentas de un rosario, da que pensar que, solo en un pueblo de cinco mil habitantes, por ejemplo, cada vecino encuentre su costilla sin más problema. Por eso luego se produce el caso de la madre que topa con el padre al torcer a la derecha en la Plaza Mayor, se queda embarazada, es abandonada, no cobra lo estipulado por el juzgado de no se sabe qué instancia, decide salir del pueblo de cinco mil habitantes porque, al errar el tiro, probablemente alguna otra se habrá quedado con la costilla que le correspondía a ella y, antes de que la acusen de haberse cargado el ecosistema de mantenimiento de la progenie y de la armonía amorosa que está en vigor desde que dios es cristo, prefiere darse a la bebida y al anonimato en la gran ciudad de quinientos mil residentes, a la que emigra en buena hora, hasta parir un hijo con tembleque y aberenjenado, hospitalizado nada más llegar al mundo por dichas deficiencias, qué será lo que tiene, doctor, le pregunta al médico entre hipo e hipo de vino tinto peleón. El médico se abstiene de decirle un síndrome de abstinencia que te cagas, porque se vendrían abajo años de seriedad y aplomo ganados a base de vocabulario especializado y batas impolutas. Se abstiene también de llamarla borrachuza, aunque lo ha pensado y se ha quedado algo mosca porque le persigue un escrúpulo un tanto irracional para un hombre de ciencias que vendría a explicarse como la creencia de que lo pensado se transparenta a través de la frente, especie de panel anunciador del cerebro. Pero el médico sabe que eso son tonterías de naturópata y continúa sus advertencias, dentro de los límites de la medicina legal, para que la madre deje de beber y el hijo se desarrolle en un ambiente saludable. Por la autoridad que le es conferida en el momento de parir, aceptada de mala gana, la madre deja de beber y se plantea educar al niño como la madre soltera que finalmente es, a pesar de haber estado casada, eso sí, el tiempo exacto de un suspiro, y, para ello, busca un trabajo en la gran ciudad de quinientos mil habitantes, se ofrece chica para todo, sin éxito, porque el apéndice llamado hijo da muestras de ser un obstáculo fehaciente y comienza a crecer en ella el sentimiento de no ser la madre que es, un sentimiento ya adquirido en el mismo instante de quedarse embarazada y abandonada, como una única e indivisible acción, multiplicado en el paritorio y en desarrollo paranormal desde que por el puto crío, permítasenos la expresividad española, aunque en Europa no se entienda, no hay trabajo para una chica de pueblo. El tal crío se va haciendo mayor y la madre va trampeando con colocaciones por horas y empleos de menos salario mínimo interprofesional por explotación capitalista ilegal entre compresión entrañable del patrón más horas extras no cobradas. Y henos aquí con el hijo rozando los siete y la madre los treinta y dos, con el hijo de sabelotodo en la escuela, con un porrón de sobresalientes, un cero en gimnasia, y con la madre muerta de envidia ante tanta inteligencia sobrehumana y obcecada en no ser la madre que es, el que fue a Sevilla, perdió su silla y el que fue a León se cagó en Simeón que le robó el sillón. La madre desnaturalizada que no quiere al hijo, por más listo repelente que sea, se tiene que hacer la sueca en la mejor pastelería de la ciudad si al niño le sale la vena redicha, ante la mirada reprobatoria de todas las buenas gentes consumidoras de dulces y salados, que no se avienen a experimentar con el horno y la básica mezcla reiterada de una medida de harina, dos veces la medida de leche, tres yemas, la medida de azúcar, un sobre de levadura, baking power, y poco más. De haberse comportado como la madre que era no hubiera asesinado al niño con la mirada y le hubiera hecho callar con un ademán tajante de te la vas a cargar. De haberse comportado como la madre que era no lo hubiera metido en un portal, tres edificios más al norte, allá donde los confines de la tierra media se confunden con la región oscura, factible sentido del humor de un niño pretencioso si no estuviera moqueando por el tirón de orejas despiadado de la madre, y no le hubiera dado la azotaina esperada después del bochorno sufrido. No lo hubiera sacado a empellones del portal ni le hubiera dicho tira, anda, tira, que me tienes frita con tus cursilerías, ya que, de haberse comportado como la madre que era, hubiera llevado a su hijo de la mano, limpiándole el azúcar de los labios con una gota de saliva traspasada al dedo gordo de la mano derecha y le hubiera conminado a ser más educado, a pesar de tener la razón, porque toca hacer un inciso para asegurar que la nata estaba estropeada, es lo que tiene la mejor pastelería de la ciudad cuando se le sube la fama a la cabeza, pero ya se encargará la inspección de sanidad de hacer su parte por el bienestar de la población, sí señor. Le hubiera peinado el cabello rebelde con dulzura y le hubiera abrochado la cazadora por un vientecillo algo frío que se había levantado. No le hubiera soltado la mano al salir de la pastelería y hubiera reparado en el andamio frágil que estaba al salir del portal contra el que chocó el hijo, tanto por las desconsideraciones de la madre como por la mala suerte, no vamos a culpar de la desgracia al hecho de que no funcione siempre el principio de selección natural por el cual solo resisten las inclemencias de la vida los más fuertes y los más preparados. No vamos a culpar a nadie, ni a la madre sañuda, ni al hijo genéticamente mejorado sin intención, ni al dueño de la pastelería, que no reúne los requisitos básicos para el buen funcionamiento del negocio, cuyo lema debería ser lo primero y fundamental es que el cliente siempre tiene la razón, aunque la nata fuese la mejor de la que se haya visto en la gran ciudad de quinientos mil habitantes. No vamos a culpar a la sociedad, empezando por el padre del hijo, a la cual pertenece, por haberlos abandonado sin un mínimo de urbanidad, ni al pueblo de cinco mil convecinos, por hacerle el vacío a la madre como si la culpa hubiera sido suya por una fertilidad inoportuna, ni a la gran ciudad de acogida por no haber ofrecido un trabajo en condiciones o, al menos, a otro hombre con un hombro en el que apoyarse, o con otro sueldo que, con los antecedentes de la madre, ya le bastaba.            El hijo chocó contra el andamio.            Una de las barras de metal se desencajó y se cayó al suelo con estrépito.            Las maderas de la plataforma se vinieron abajo.            Al niño le alcanzó en la espalda, en la nuca, el peso de varios tablones y un soporte de metal. Su cuerpo se contorsionó. La madre sintió que se ahogaba. No supo gritar. Solo emitió un sonido ronco, convertido al final en un quejido agudo. Como un rinoceronte. Una pareja que estaba de paseo llegó a tiempo para recoger la desdicha de la madre, descompuesta en la acera, y para evitar que moviera al niño. Ya daría lo mismo. Salió sonido de su boca. Chillidos. Babas. No. La madre. El hijo.                       

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Aldobra

Sueños de plástico



Ella bailaba siempre con un chico que venía de lejos, con camisas nuevas y una sonrisa blanca. Que bailaba con ella aquellas noches de verano.

Su prima Rita no bailaba; estaba preparada para sacarla de apuros, por lo que se ponía detrás de algún grupo grande y la vigilaba. La tía Rita mayor la tenía advertida, si a tu prima le pasa algo, date por castigada el resto de tu vida. Cuando se iba por las rocas, Rita se removía. Cuando salía por la puerta principal, Rita inspiraba. Si pedía lo que fuera y lo llenaban de un líquido incierto, Rita se chascaba los dedos.

No bailes tanto, que te ven, no muevas el culo, no te subas la falda, no desaparezcas. No te preocupes Rita, ¿quién te quiere a ti? ¿quién es tu prima favorita? No me hagas esto que mi madre me mata. No te preocupes que yo le explico, ven, vamos a bailar. ¿Ves a ese? Le gustas una barbaridad. ¿Qué no? Que te apuestas, no lo sabré yo, qué sí, que me lo ha dicho su amigo. Anda, tonta, baila, que nunca bailas. Anda, Rita, baila.

No sería Rita quien le explicase por qué no podía tener siquiera un fallo, no sería ella quien le contase lo que podría pasar si la diversión se convertía en una vuelta demorada a casa por una borrachera o una virginidad mal perdida. María de las Mercedes, María Isabel, María del Carmen, María Cristina o cualquiera que pudiera ser su nombre; era la prima María, como la vecina que todos tenemos, la hija de tu comadre, la dueña de la mercería y la madre de dios.

En las fiestas de verano el aire está templado, eriza la piel, el calor es suave, agradable, la luna ilumina tenuemente los bailes, las palabras, las risas; la música se pierde atravesando la playa y el paseo. Le llega a los padres en duermevela que se giran inquietos. Le llega a los padres que no resisten la curiosidad y disimulan yendo a cenar con unos amigos, padres de otros. Desean cruzarse en el paseo con ellos y actuar con total naturalidad, pero eso nunca sucede.            María Dolores baila pegada al chico, le mira directamente a los ojos y de cuando en vez le pasa la mano por una cintura afilada, todo coxis. Suena un tema, y cómo te mueves cuando hacemos el amor, risas por todas partes, ojos que no aciertan a mirarse más que de un modo dificultoso. Nucas húmedas de sudor y colonia. Este verano la tía Rita mayor ha prevenido con más ahínco a su hija, mira que no te lo quiero repetir, mira que está hecha una mujercita, mira que no se pierda.

En las noches de verano parece que la luna siempre está llena. El mar simula ser un charco de aguas frondosas. Parece que ese aire leve y entibiado no pueda terminar nunca, que el invierno jamás ha existido. Las noches de verano son lindas, como la ropa que se estrena, como las risas que se lanzan al aire mientras un ritmo de twist se pega como un vestido liviano y estival de gasa.

Pues no le dejes ir, mamá, ya estoy harta de hacer de perro guardián, tienes que entender, así yo no disfruto de la fiesta. Pues no va ninguna y se acabó. ¡Lo que faltaba!, ya me amargo yo bastante como para que me lo fastidie del todo, eso sí que no. Rita deja de contarle a su madre que ella no baila con nadie, que no hay chico en la fiesta que repare en su presencia, que todos están allí por su prima, por las caderas de su prima. Le dice: qué divertidas son estas fiestas del verano, ¡eh, mamá!, qué pena que se tengan que terminar. No le dice: soy fea y no tengo caderas, y no bailo. Anda, Rita, baila.

Pedro, Miguel, Manolo, Ángel, Chicho, Jorge se apuestan (no se sabe qué) quien va a ser el primero en ligarse a María del Pilar. El primer inconveniente es el chico de fuera que coge a María Jesús, muy bien amarrada, por la espalda. Tú pides algo en la barra mientras vigilas, tú te haces amigo del chaval, tú ya te vas a las rocas, tú la coges y la mareas un poco y te la llevas, nosotros te esperamos en la puerta de fuera. Y la apuesta se desvanece. Y la intención se torna asesina.

Mira que ya no está la cosa de broma, no te despistes, que ya es otra edad... cada indicación de su madre resuena en los oídos de Rita, mientras, muda, observa cómo, en cuestión de minutos y unos pocos movimientos, María José desaparece por la puerta principal, riéndose encantada. Por primera vez, la prima Rita siente que su cuerpo pide salsa y se acerca, sacudiendo la cintura, a la pista. Un chico alto, guapo, se acerca por detrás y la agarra con una sonrisa en la boca, demostrando que no andaba lejos la felicidad. Mientras sopla la brisa levemente y huele a sal marina.

El lugar donde van a violar a María Inmaculada no está más que unas decenas de metros hacia allá. El lugar donde va a aparecer el cadáver está un poco más alejado, pero lo suficientemente oculto como para que no lo encuentren hasta la mañana, antes del amanecer.

Por las rocas se percibe más intensamente la salitre, la humedad. A María Purificación se le eriza el vello de los brazos, quién sabe si por el descenso de temperatura o por las posibilidades voluptuosas encerradas en el chico que la lleva del brazo. ¿Cómo se llama? ¿Manolo, Chicho, Pedro, Miguel, Jorge o qué? Al adentrarse en la playa sale otro. ¿Dos? Nunca se hubiera imaginado algo así, no cree estar preparada. ¿A la vez? ¿Consecutivos? Comienza a sentirse incómoda porque el verano era solo la pista, el bochorno, el ritmo, la cadera, la sintura, visitas eventuales a las rocas, las sandalias, risas fuertes, el son, la piel, yo quiero bailar toda la noche, el cuerpo tostado.

María Teresa se ve rodeada. El suelo rocoso es difícil de cruzar y los tacones se van enganchando en las fisuras, destrozándose. Mierda. Por suerte, se cae ante el apremio de los chicos y se golpea la cabeza. No es gran cosa, pero le hace perder el conocimiento y así no ve como se asustan, la zarandean, creen que está muerta. Uno (¿Jorge, Chicho, Miguel, Ángel, Pedro? ¿Quién?) comienza a llorar y otro le pega un par de puñetazos. Alguien (¿Manolo, Ángel, Pedro, Miguel, Jorge?) se da cuenta de que está viva y de que, al estar tumbada, la camiseta ha perdido la forma, el pecho ha crecido, se asoma incitante y no resiste palparlo. Es como tocar la campana del colegio que anuncia el recreo, cuando todos quieren comerse el bollo ya antes de llegar al patio. En un principio se empujan, se pelean, pero de una manera casi prodigiosa se ponen de acuerdo y forman una obediente fila india. María Luisa emite algún gemido, interpretado por Jorge, Miguel, Ángel, Manolo, Chicho, Pedro como placer.

Sin embargo, el crimen velado por el desmayo oportuno empieza a materializarse. Pedro (o Ángel) llora, enganchado a la chaqueta de María Elena, Manolo (o Jorge) abre los ojos y se  menea convulsamente, no va a llorar, no va a llorar, no va a llorar. Chicho (o Manolo) se sienta en una roca alejada, planteándose cómo suicidarse en los próximos cuatro minutos, Ángel (o Miguel) murmura sin pausa palabras entre dientes y recoge una y otra vez la falda arrancada, la posa en una piedra, la apresa con rabia, la sacude y la estira, dispuesta para la plancha. Jorge (o Miguel) tararea la canción que se oye al final del paseo, procedente de la fiesta, mientras se ríe bajito. Miguel (o Pedro, o Jorge, o Manolo, o Chicho, o Ángel) lo mira con odio e intenta disimular una erección perturbadora. Entonces propone llevarse a María de los Ángeles a una zona menos rocosa, a la playa, para que cuando se despierte se encuentre en un lugar agradable y piense que... o no piense y no hable con nadie. Y no hable nadie con nadie. Todos vamos a olvidar esto, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?

No saben cómo lo consiguen, pero vuelve la armonía organizadora. Tú le pones la ropa, tú la llevas por los hombros, tú y tú la lleváis por los pies y tú vigilas el camino. Va terminando la noche de verano. Ya es solo cuenta atrás. La música suena más lejana, los padres llegan al final de sus afanes, los asistentes a la fiesta pasean por los alrededores, aclarando sus mentes, repletas de alcohol, drogas y rock & roll. Y sexo. La comitiva comienza a avanzar torpemente entre bisbiseos y me cago en tal, vete a la mierda, agárrala bien, cuidado, ¡cuidado! Se escurre de las manos de todos. La cabeza volteada hacia atrás se estrella contra una piedra afilada. Sangra por la nuca. Se ahoga. Los planes desaparecen. Uno vomita. Hay que esconderla, hay que irse.

La tía Rita mayor tiene las luces de toda la casa encendidas. Grita, pero dónde está tu prima, pero cuántas veces te habré dicho que no la dejes sola, pero con quién se fue. ¡Explícate! Rita, extraviada, entorna los ojos. ¿Qué hora es?

¿Dónde está tu prima? ¡¿Dónde?!

A Rita, esta noche, la han besado por vez primera. En un banco del paseo, la melodía en sus oídos, el chico alto, guapo, le ha susurrado cosas bonitas y la ha acariciado suavemente, bésame, que quiero sentir tus labios besándome otra vez.

Su madre está llamando a la policía. Rita va consiguiendo centrarse. Su prima no ha vuelto. Su madre tiene toda la intención de arrancarle un brazo si no contesta, si no le cuenta todo, y luego ya verá que hace con ella, porque viene drogada claramente, porque no reaccionas, ¡reacciona, coño! En poco más de una hora ya ha aparecido un tacón roto, en una hora y cuarenta y cinco minutos María del Mar es descubierta tras unos matorrales, con la chaqueta del revés y un manchón de vómito en la camiseta.

A la tía Rita mayor la tiene que sujetar el sargento de policía, su hija y unas vecinas solidarias y cotillas. Quiere morirse y grita y se baba y, sin darse cuenta, se mea encima. Las casas van encendiendo sus luces y escuchan todos en sus dormitorios los desgarros de voz. Duran lo que el médico tarda en sedarla. Se la llevan, acompañada por la prima Rita, mientras todos comienzan a rezar aterrorizados, deshaciendo sus camas, como hace dieciocho años, cuando a su madre, la madre de María de las Mercedes, Isabel, del Carmen, Cristina, Dolores, del Pilar, Jesús, José, Inmaculada, Purificación, Teresa, Luisa, Elena, de los Ángeles, del Mar, la violaron y mataron en el mismo lugar, en una de esas fiestas del verano, con la música sonando de telón, y la brisa marina enredando las risas de todos, con el calor y la luz y el amor.                                                                                

Summer nights



Ella bailaba siempre con un chico que venía de lejos, con camisas nuevas y una sonrisa blanca. Que bailaba con ella aquellas noches de verano.

Su prima Rita no bailaba; estaba preparada para sacarla de apuros, por lo que se ponía detrás de algún grupo grande y la vigilaba. La tía Rita mayor la tenía advertida, si a tu prima le pasa algo, date por castigada el resto de tu vida. Cuando se iba por las rocas, Rita se removía. Cuando salía por la puerta principal, Rita inspiraba. Si pedía lo que fuera y lo llenaban de un líquido incierto, Rita se chascaba los dedos.

No bailes tanto, que te ven, no muevas el culo, no te subas la falda, no desaparezcas. No te preocupes Rita, ¿quién te quiere a ti? ¿quién es tu prima favorita? No me hagas esto que mi madre me mata. No te preocupes que yo le explico, ven, vamos a bailar. ¿Ves a ese? Le gustas una barbaridad. ¿Qué no? Que te apuestas, no lo sabré yo, qué sí, que me lo ha dicho su amigo. Anda, tonta, baila, que nunca bailas. Anda, Rita, baila.

No sería Rita quien le explicase por qué no podía tener siquiera un fallo, no sería ella quien le contase lo que podría pasar si la diversión se convertía en una vuelta demorada a casa por una borrachera o una virginidad mal perdida. María de las Mercedes, María Isabel, María del Carmen, María Cristina o cualquiera que pudiera ser su nombre; era la prima María, como la vecina que todos tenemos, la hija de tu comadre, la dueña de la mercería y la madre de dios.

En las fiestas de verano el aire está templado, eriza la piel, el calor es suave, agradable, la luna ilumina tenuemente los bailes, las palabras, las risas; la música se pierde atravesando la playa y el paseo. Le llega a los padres en duermevela que se giran inquietos. Le llega a los padres que no resisten la curiosidad y disimulan yendo a cenar con unos amigos, padres de otros. Desean cruzarse en el paseo con ellos y actuar con total naturalidad, pero eso nunca sucede.            María Dolores baila pegada al chico, le mira directamente a los ojos y de cuando en vez le pasa la mano por una cintura afilada, todo coxis. Suena un tema, y cómo te mueves cuando hacemos el amor, risas por todas partes, ojos que no aciertan a mirarse más que de un modo dificultoso. Nucas húmedas de sudor y colonia. Este verano la tía Rita mayor ha prevenido con más ahínco a su hija, mira que no te lo quiero repetir, mira que está hecha una mujercita, mira que no se pierda.

En las noches de verano parece que la luna siempre está llena. El mar simula ser un charco de aguas frondosas. Parece que ese aire leve y entibiado no pueda terminar nunca, que el invierno jamás ha existido. Las noches de verano son lindas, como la ropa que se estrena, como las risas que se lanzan al aire mientras un ritmo de twist se pega como un vestido liviano y estival de gasa.

Pues no le dejes ir, mamá, ya estoy harta de hacer de perro guardián, tienes que entender, así yo no disfruto de la fiesta. Pues no va ninguna y se acabó. ¡Lo que faltaba!, ya me amargo yo bastante como para que me lo fastidie del todo, eso sí que no. Rita deja de contarle a su madre que ella no baila con nadie, que no hay chico en la fiesta que repare en su presencia, que todos están allí por su prima, por las caderas de su prima. Le dice: qué divertidas son estas fiestas del verano, ¡eh, mamá!, qué pena que se tengan que terminar. No le dice: soy fea y no tengo caderas, y no bailo. Anda, Rita, baila.

Pedro, Miguel, Manolo, Ángel, Chicho, Jorge se apuestan (no se sabe qué) quien va a ser el primero en ligarse a María del Pilar. El primer inconveniente es el chico de fuera que coge a María Jesús, muy bien amarrada, por la espalda. Tú pides algo en la barra mientras vigilas, tú te haces amigo del chaval, tú ya te vas a las rocas, tú la coges y la mareas un poco y te la llevas, nosotros te esperamos en la puerta de fuera. Y la apuesta se desvanece. Y la intención se torna asesina.

Mira que ya no está la cosa de broma, no te despistes, que ya es otra edad... cada indicación de su madre resuena en los oídos de Rita, mientras, muda, observa cómo, en cuestión de minutos y unos pocos movimientos, María José desaparece por la puerta principal, riéndose encantada. Por primera vez, la prima Rita siente que su cuerpo pide salsa y se acerca, sacudiendo la cintura, a la pista. Un chico alto, guapo, se acerca por detrás y la agarra con una sonrisa en la boca, demostrando que no andaba lejos la felicidad. Mientras sopla la brisa levemente y huele a sal marina.

El lugar donde van a violar a María Inmaculada no está más que unas decenas de metros hacia allá. El lugar donde va a aparecer el cadáver está un poco más alejado, pero lo suficientemente oculto como para que no lo encuentren hasta la mañana, antes del amanecer.

Por las rocas se percibe más intensamente la salitre, la humedad. A María Purificación se le eriza el vello de los brazos, quién sabe si por el descenso de temperatura o por las posibilidades voluptuosas encerradas en el chico que la lleva del brazo. ¿Cómo se llama? ¿Manolo, Chicho, Pedro, Miguel, Jorge o qué? Al adentrarse en la playa sale otro. ¿Dos? Nunca se hubiera imaginado algo así, no cree estar preparada. ¿A la vez? ¿Consecutivos? Comienza a sentirse incómoda porque el verano era solo la pista, el bochorno, el ritmo, la cadera, la sintura, visitas eventuales a las rocas, las sandalias, risas fuertes, el son, la piel, yo quiero bailar toda la noche, el cuerpo tostado.

María Teresa se ve rodeada. El suelo rocoso es difícil de cruzar y los tacones se van enganchando en las fisuras, destrozándose. Mierda. Por suerte, se cae ante el apremio de los chicos y se golpea la cabeza. No es gran cosa, pero le hace perder el conocimiento y así no ve como se asustan, la zarandean, creen que está muerta. Uno (¿Jorge, Chicho, Miguel, Ángel, Pedro? ¿Quién?) comienza a llorar y otro le pega un par de puñetazos. Alguien (¿Manolo, Ángel, Pedro, Miguel, Jorge?) se da cuenta de que está viva y de que, al estar tumbada, la camiseta ha perdido la forma, el pecho ha crecido, se asoma incitante y no resiste palparlo. Es como tocar la campana del colegio que anuncia el recreo, cuando todos quieren comerse el bollo ya antes de llegar al patio. En un principio se empujan, se pelean, pero de una manera casi prodigiosa se ponen de acuerdo y forman una obediente fila india. María Luisa emite algún gemido, interpretado por Jorge, Miguel, Ángel, Manolo, Chicho, Pedro como placer.

Sin embargo, el crimen velado por el desmayo oportuno empieza a materializarse. Pedro (o Ángel) llora, enganchado a la chaqueta de María Elena, Manolo (o Jorge) abre los ojos y se  menea convulsamente, no va a llorar, no va a llorar, no va a llorar. Chicho (o Manolo) se sienta en una roca alejada, planteándose cómo suicidarse en los próximos cuatro minutos, Ángel (o Miguel) murmura sin pausa palabras entre dientes y recoge una y otra vez la falda arrancada, la posa en una piedra, la apresa con rabia, la sacude y la estira, dispuesta para la plancha. Jorge (o Miguel) tararea la canción que se oye al final del paseo, procedente de la fiesta, mientras se ríe bajito. Miguel (o Pedro, o Jorge, o Manolo, o Chicho, o Ángel) lo mira con odio e intenta disimular una erección perturbadora. Entonces propone llevarse a María de los Ángeles a una zona menos rocosa, a la playa, para que cuando se despierte se encuentre en un lugar agradable y piense que... o no piense y no hable con nadie. Y no hable nadie con nadie. Todos vamos a olvidar esto, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?

No saben cómo lo consiguen, pero vuelve la armonía organizadora. Tú le pones la ropa, tú la llevas por los hombros, tú y tú la lleváis por los pies y tú vigilas el camino. Va terminando la noche de verano. Ya es solo cuenta atrás. La música suena más lejana, los padres llegan al final de sus afanes, los asistentes a la fiesta pasean por los alrededores, aclarando sus mentes, repletas de alcohol, drogas y rock & roll. Y sexo. La comitiva comienza a avanzar torpemente entre bisbiseos y me cago en tal, vete a la mierda, agárrala bien, cuidado, ¡cuidado! Se escurre de las manos de todos. La cabeza volteada hacia atrás se estrella contra una piedra afilada. Sangra por la nuca. Se ahoga. Los planes desaparecen. Uno vomita. Hay que esconderla, hay que irse.

La tía Rita mayor tiene las luces de toda la casa encendidas. Grita, pero dónde está tu prima, pero cuántas veces te habré dicho que no la dejes sola, pero con quién se fue. ¡Explícate! Rita, extraviada, entorna los ojos. ¿Qué hora es?

¿Dónde está tu prima? ¡¿Dónde?!

A Rita, esta noche, la han besado por vez primera. En un banco del paseo, la melodía en sus oídos, el chico alto, guapo, le ha susurrado cosas bonitas y la ha acariciado suavemente, bésame, que quiero sentir tus labios besándome otra vez.

Su madre está llamando a la policía. Rita va consiguiendo centrarse. Su prima no ha vuelto. Su madre tiene toda la intención de arrancarle un brazo si no contesta, si no le cuenta todo, y luego ya verá que hace con ella, porque viene drogada claramente, porque no reaccionas, ¡reacciona, coño! En poco más de una hora ya ha aparecido un tacón roto, en una hora y cuarenta y cinco minutos María del Mar es descubierta tras unos matorrales, con la chaqueta del revés y un manchón de vómito en la camiseta.

A la tía Rita mayor la tiene que sujetar el sargento de policía, su hija y unas vecinas solidarias y cotillas. Quiere morirse y grita y se baba y, sin darse cuenta, se mea encima. Las casas van encendiendo sus luces y escuchan todos en sus dormitorios los desgarros de voz. Duran lo que el médico tarda en sedarla. Se la llevan, acompañada por la prima Rita, mientras todos comienzan a rezar aterrorizados, deshaciendo sus camas, como hace dieciocho años, cuando a su madre, la madre de María de las Mercedes, Isabel, del Carmen, Cristina, Dolores, del Pilar, Jesús, José, Inmaculada, Purificación, Teresa, Luisa, Elena, de los Ángeles, del Mar, la violaron y mataron en el mismo lugar, en una de esas fiestas del verano, con la música sonando de telón, y la brisa marina enredando las risas de todos, con el calor y la luz y el amor.

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