Trabajo en un sótano de un rascacielos del centro de la ciudad. Soy un apasionado de los videojuegos y de las películas porno danesas. Proporciono seguros de vida a mujeres acomplejadas con sus labios, pechos y facciones lumínicas; a padres de familia con un índice de masturbación superior a la media; a familias felices y a perros de todas las razas; a hombres solitarios y a hombres y mujeres pudientes que simpatizan con la seguridad. Amo los colores y bebo agua. Me gusta viajar a través del canal Viajes de pago, y mi lugar favorito es Irán. Sueño con morir asesinado en un bar de carreteras pero de momento nadie ha querido cumplir mis deseos espirituales. Cumplo mi horario de 9 de la mañana a 9 de la noche, con una hora y media para comer y soñar. En mi espacio no hay ventanas y mi culo forma parte del mobiliario.
Mi ordenador tiene una capacidad aproximada de 3000 MB, es decir, según mi jefe, que hasta el día de hoy no he tenido el placer de conocer, podría archivar más de cinco millones de casos de seres humanos encadenados al tiempo y a un destino predeterminado. Un destino que ya conocemos: la muerte, que más tarde o más temprano, se presentará con un cólico de estomago, una catana o un hacha para despedirse.
Hasta ahí todos somos iguales, y sin embargo, la experiencia de este trabajo me hace dividir a las personas en tres grupos, apreciar sus diferencias. Los que tienen dinero y aseguran sus vidas; los que tienen dinero y no las aseguran; y los que no tienen dinero. Yo pertenezco al segundo. Nunca en mi vida aseguraré mis órganos vitales, a mis hijos, a mi madre o a mi padre. Nunca. La idea de ser inmortal gracias al dinero no entra en mis planes de jubilación, pero me gano la vida vendiendo seguros de vida y no tengo hijos.
Hoy me ha tocado trabajar, es sábado.
Un largo pasillo conecta mi escritorio con los servicios, con las figuras dispares que aparecen en su fachada y que diferencian al macho de la hembra. Las de nuestra oficina son muy particulares: el de hombres, unas pelotas colgando; y el de las mujeres, unos cabellos dorados.
Me levanto, camino lentointuyendo que ese viaje al lavabo es más que una necesidad, más que una de las muchas pausas que hago durante el día.
Pasossuaves, agrietados, que dudan de su destino. Observo de izquierda a derecha. Tengo la sensación de que me dirijo al origen de las religiones, a un túnel de lavado de coches o al agujero negro de mi vida, al umbral de mis miedos, mis pesadillas, mis dudas y los problemas con el sexo. Como si me dirigiera a jugar el último partido de fútbol, como si estuviera en los vestuarios, donde se esconden los jugadores, las estrellas de mis festivos, bajo un fondo negro y el inicio de todo.
Sin embargo, enprincipio, simplemente voy a fragmentar mis intestinos. Hace no más de una hora he digerido un desayuno completo con huevos rotos, bacón, salchichas, zumo de pera y agua. Un carga de explosivos para un sábado gris y caluroso.
Quizá, mi problema sea este: no asumir mi falta de talento. Mis aspiraciones mentales no concuerdan con mi nivel de inteligencia; y mi físico no encuentra respuesta a mis objetivos. ¿Pero qué puedo hacer? Cada día soy un ser más frustrado pero he encontrado el placer en el fracaso. Me gusta errar, actuar como un ser torpe, engañar y defraudar. Rechazo mis rasgos y odio intensamente mi aliento.
Llego, y entro por los huevos colgantes.
Cada vez que accedo a los servicios es como si fichara, como si hubiera un rayo láser que conectara este lugar con mis recuerdos, mis fantasmas, las penas, los abrazos y las culpas. El bien y el mal. Una batalla de valientes en un metro cuadrado, y mi mente navegando por los ríos de la memoria.
Dos pasos y elijo mi lugar favorito de los seis cubículos. Entro en el váter, apoyo mis nalgas en una triple capa de papel cortante, descansando mi cuerpo, y esperando el inicio de algo. Lo detesto. Sueño con la obstrucción del estómago para no acercar nunca más mi bello culo a este encantador lugar de entrenamiento mental.
Desde hace tiempo pienso que las mejores ideas han surgido en los baños, que los mejores filósofos se han consagrado en estos espacios minimalistas, mugrientos o decadentes, que se han hecho existencialistas, nihilistas, relativistas o empiristas dependiendo del papel higiénico utilizado o de la postura a la hora de desintegrarse. Lo sé, y también sé que las cuatro paredes son blancas y grises, que la escobilla se encuentra en su sitio y que el sonido del extractor tiene el ritmo del vuelo de una mosca.
Sudo, sudores fríos.
Huele raro y el sonido es caprichoso, parece las teclas del viento, el cuchicheo de una voz cansada.
¿Qué lugar es este donde no gritan los pájaros, ni brillan los ojos y no se juega al fútbol? Sólo sé que soy un hombre que vende futuro y muerte en un pack rebajado durante 5 días a la semana, que llevo corbata verde en lucha con mi cuello y unos calcetines negros que me hacen sudar. Sólo sé eso, y que el sol se ha trasformado en noche y no tengo mando para cambiar de canal y no hay ventanas ni persianas para el frío. Te hablo a ti, sólo a ti, que nadie te conoce, sólo yo. Y ya sabes que mis problemas no huelen, ni dudan, y no tienen forma, que se encuentran en el otro lado del puente, donde surge el eructo de tu mundo. Silencio. No llevo reloj: te hunde en el recuerdo. No te rías, que me toca a mí. Me río y ahora te ríes tú. El aliento de los días se desvanece y echo de menos el calor de un abrazo punzante, probablemente, el tuyo; y me gustaría regalarte una flor y observar como se pudre. No voy a contar nada, no tiene importancia. Lo creo. Hace calor aquí dentro. Estoy rodeado que cuadrados blancos de tres centímetros por tres centímetros. Azulejos. ¿Cuántos habrá? Los azulejos nos van a invadir.
¿Y Dios, nos invadirá alguna vez? ¿Estará compuesto por algún ingrediente farmacéutico? ¿100 gramos de solventina, 200 gramos de paracetamol, y 4 pastillas de fluoxetina? Quizá tú estés diseñado con su sonrisa. Yo, vivo bajo tu mandato y un plan semanal dirigido por mi psiquiatra y sus dos visitas diarias a bajo coste. Es cuestión de elegir.
Me limpio el culo, tiro de la cadena, giro el pestillo, miro los 4.000 azulejos con cierta nostalgia, abro la puerta, y a mi izquierda observo a dos compañeros de la planta quinta que se miran y me miran y me enseñan un contrato tipo de seguros de vida. Me sonríen. Salgo del baño, cruzo el pasillo y antes de llegar a mi paisaje diario, me paro en la maquina expendedora de comida y bebida empaquetada y con fecha de caducidad como las niños y las niñas. Tengo que elegir: ¿dulce o salado?
Los zapatos untados en betún se deslizan por la moqueta. Finalmente, llego a mi silla y me siento. Suena el teléfono, lo dejo sonar varias veces: una, dos, tres, cuatro…
Mis compañeros me observan desde la lejanía esperando que conteste a la llamada, es decir, que haga mi trabajo. Les miro y contemplo el teléfono que continúa emitiendo su particular sonido, mi canción favorita de la semana.
la herencia
Los cámaras de la productora NUEVOS MITOS estaban allí, expectantes y deseosos de carne muerta, dispuestos a sacar el máximo partido a un nuevo muerto. Las unidades móviles dispuestas a lanzar por satélite dolor y madera quemada para el avance publicitario de las 15:30. Llovía intensamente, pero desde el interior del crematorio era imposible escuchar su música.
La productora, una chica de 24 años se acercó a mí sinuosamente y bajando el tono de voz como si no quisiera molestar me preguntó si podríamos empezar la entrevista en 5 minutos. La miré su cara afilada, con una sola ceja y la nariz fina y alargada, y contesté.
- Por supuesto. El muerto y yo estamos a su disposición
La joven productora salió escopetada para reunir al cámara y a la redactora, y yo mientras intentaba mirar a mi padre desde la silla donde me habían colocado para la entrevista. No me podía mover, y mi padre estaba a unos 10 metros de mi, junto a un hombre trajeado, de gesto serio y muy profesional en sus movimientos. Supuestamente él se iba a encargar de introducirle en un horno a más de 1.000 grados de temperatura. Quería tocarle pero el contrato lo prohibía.
- Sácale unos planos cortos antes de que le metan en el ataúd- grito la redactora al cámara mientras la maquillaban.
Y allí estaba el cámara intentando inmortalizar a mi padre. Su lente iba a captar su adiós. Grabó desde distintos planos, incluso uno cenital, que recibió la aprobación de la productora.
- Excelente plano. Esos quedan muy bien, tienen mucha fuerza. Tienen un mensaje simbólico.
El ajetreo dentro del crematorio y el intenso calor me estaban produciendo una bajada de tensión. Exigí un refresco. Pero según las normas del recinto estaba absolutamente prohibido beber en el interior e incluso en el exterior.
Quise levantarme para tocarle, para despedirme de él, pero el Vigilante de Seguridad Familiar, que era así como lo llamaban y que estaba contratado por la productora, me inmovilizó. El calor era intenso, una bola de fuego deambulando por la sala.
Los tacones de varios centímetros de la redactora se acercaron hacía mi, y muy elegantemente sus nalgas se postraron en la silla. Tenía una cara sensual, blanca y afilada. Se quitó la chaqueta y un top ceñido al cuerpo dibujaban sus pechos. Todo estaba preparado para la orden de la productora. Dos cámaras dispuestas a grabar la liturgia del espectáculo y otra para grabar mi entrevista. El hombre trajeado y sus ayudantes esperaban la orden.
- ¿Cámaras? ¿Todo listo? Preguntó la productora mientras levantaba el dedo gordo de su mano derecha.
Los cámaras respondieron a su jefa con el mismo gesto.
- Señor, ¿todo listo? - preguntó la productora al hombre trajeado.
- Vamos a proceder a la cremación- dijo mecánicamente el hombre.
- ¿Lo tienes? –preguntó la productora a la redactora.
- Sí.
- -Perfecto. A la de tres empezamos a grabar. 1, 2, y…..3
- ¿Qué nos puede decir de su padre?- me preguntó la redactora.
El foco de luz golpeaba directamente a mis ojos, mientras los operarios del crematorio introducían a mi padre en el interior. El horno emitía su particular banda sonara. Estaba nervioso. No tenías porque haberlo echo. No lo necesitaba.
- Era un hombre al que… le gustaba la televisión.
La redactora echó los hombres para atrás y sus pechos cogieron más volumen. Me sonreía. Cruzaba las piernas con estilo y su mirada se clavaba en mis ojos y yo quería tocar a mi padre.
- Ah, interesante, ¿Y qué tipo de programas le gustaban? ¿Le gustaba FUNERALES TELEVISADOS?
No sabía que responder. Papa, ¿por qué? No hacia falta. No hacia falta.
- En general le gustaba la televisión –respondí.
- ¿Pero le gustaba FUNERALES TELEVISADOS?
Quería levantarme y tocar a mi padre pero ahí estaba el Vigilante de Seguridad Familiar para retenerme. Intento entender porque lo has hecho.
- Sí, le gustaba.
- ¿Por qué desapareciste de su vida?
- ¿Por qué desaparecí de su vida?
Lo estaban quemando y ahí estaba la lente despidiéndose de mi padre. Estaba muy mareado. Sudores fríos pero el contrato exigía responder a sus preguntas. ¿Por dinero?
- Fue él quien desapareció… de la mía.
- ¿Y por qué?
Me vino a la cabeza su mirada suave y su buen humor. No entiendo porqué.
- ¿Qué siente en estos momentos?
- Lástima
- ¿Por él?
- Por lo dos.
- ¿Le reprochas algo?
Ahora era cuando tenía que llorar pero me era imposible. Quería tocarte, papá.
- ¿Qué le dirías ahora si pudieras?- preguntó la redactora mientras se colocaba el sujetador.
Me puse en pie para intentar llegar al horno, pero el Vigilante de Seguridad Familiar me agarró de la camisa.
- Ya no se puede – afirmó la redactora.
Me agaché fingiendo que estaba llorando, y ella concluyó la entrevista.
- Un nuevo caso de ruptura familiar. Un hombre deshecho por la muerte de su padre y por la oportunidad pérdida de haber podido hablar con él. Arrepentido. Desde el crematorio del Crepúsculo despedimos este caso. A la vuelta de publicidad volvemos con uno nuevo.
Los focos se apagaron. Mi padre seguía quemándose lentamente pero los de la productora ya habían grabado lo suficiente. Me quedé sentado en la silla. El Vigilante ya había cumplido su tarea. La redactora le preguntó a la productora ¿qué tal? -Perfecto. Los operadores de cámara recogieron los cables y el resto de equipo.
Mi padre estaba muerto. Dejé las hojas del guión encima de la silla y la productora se acercó a mí.
- Lo has hecho muy bien. Lo único que el complemento por llorar no te lo vamos a poder dar. El resto te lo damos la semana que viene como acordamos con tu padre.
-
Me dio la mano y a continuación un abrazo y me dijo:
-Mi más sentido pésame y espero que le haya gustado la herencia de su padre.