Nunca pensé que un disparo podría ser la salvación. Un disparo y se acabó. Entonces a llorar y a gritar y a decir mentiras.
Cuatro hombres bajaron por la calle con la caja sobre los hombros. El cadáver era mi padre. Mi padre muerto por un disparo.
Atrás la gente arma su bayú.
Atrás Benito, Birilo y Pancho el cojo toman ron.
Atrás tío Raúl también toma ron, mira para la caja y grita:
–No me importa ni un carajo que te hallas muerto, en definitiva fuiste un cobarde.
Otros murmuran:
–Fue buena gente cantidad /Buena gente, ¿qué? /Perro chivato lo que era /En el reino del Señor todo el mundo es bueno.
Atrás las hermanas, las tías, las abuelas viejas y desdentadas.
Atrás las primas hermanas, mi madre sin llorar, sin una pizca de dolor.
Atrás todos con un tremendo bayú. Menos yo.
Estoy entrando a la escuela, a lo que llaman escuela y ponen nombres de mártires caídos heroicamente en cualquier combate contra cualquier enemigo, pero que es un relajo llena de muchachitas que sonsacan a todos. Una escuela que a pesar de todo la llaman escuela. Yo voy entrando y todos me conocen y me chiflan y me gritan con demasiado furor:
–Mariposita de primavera /Que nalguitas /Cuidado con la niña de mamá /El Rafa es...
Todos gritan y ríen y se cogen el rabo y me lo ofrecen. Yo los miro con sus gritos roñosos y me da mucha vergüenza. De todos modos entro. No les hago caso y entro, total, siempre va a ser igual. Siempre la misma mierda, la misma escuela, los mismos profesores haciéndose los desentendidos y detrás de las muchachitas. Siempre será lo mismo, por lo menos hasta que termine.
Todos lo de esta escuela son una mierda. Todos los de mi aula son una mierda. Menos Yoel que me mira y se muerde los labios. Huelo su olor de macho perruno, su instinto de caníbal devorador y olvido la suciedad del piso, el techo erupcionado, las obscenidades de los profesores retumbando entre las paredes mal pintadas. Ya no escucho nada. Nervioso me pongo de pie.
–Voy al baño –digo.
–¿A qué?
–Al baño.
Seguidamente Yoel me imitó:
–Voy al baño.
–¿Tú también? ¿No puedes esperar a que él regrese?
–Estoy apurado.
–Vayan y no se demoren.
No hay comentarios, pero todos nos miran. Estamos en el baño, solos. Yoel se me acerca y me mira como si estuviera endrogado.
–Tú me gustas –dice.
–Cállate.
–Hazme una paja.
–Cállate.
Y se me acerca y nos besamos.
–Yo…
–Cállate.
Y me baja el pantalón y me dice que me quiere y me besa y me pega el rabo. Ya todo está vacío al menos para nosotros. Están vacío los pupitres, el aula, la escuela, tal vez el mundo. Su respiración bajó por mi espalda y de forma desesperada comenzó a penetrarme.
Todo permanecía vacío, en silencio. Eso pensamos, que estábamos solos y que el mundo permanecía horizontal y que las gentes pasaban y miraban sin mirar, sin un gesto o una razón para el grito. Pero ahí, bajo el marco de la puerta, estaba el profesor de mierda junto al resto de mis compañeros de mierda pegando su grito al cielo, reclamando por una alta moral comunista:
–Si tú padre se llega a enterar te mata /Apenas 16 años y ya es maricón /Aquí no pueden regresar más /La papa podrida hay que sacarla del saco, sino…
Quedamos solos y atravesados por una lanza ensordecedora: la desesperanza.
Decidí salir tras ellos, que caminaban con pasos lentos y la cabeza baja, como si sobre sus cabezas llevaran el féretro de un ministro y no mi padre, muerto por un disparo, sin su uniforme militar y silenciada su voz de mando.
Las abuelas desdentadas me miraban como si fuera un insecto, se sacudían la nariz con un trapo y seguían sollozando. La más vieja y fea se me acercó.
–No te da vergüenza estar aquí –dijo.
–No.
–¡¿Noooo?¡
–No.
–Se mató por la vergüenza. Se mató por tu culpa y...
–Estoy aburrido de tu jodedera, Petrona. Él se mató por pendejo, por…, por eso mismo.
Gritó tío Raúl saliéndole al paso. Mi madre los miró, con los dedos de la mano derecha se sacudió la nariz y después de limpiárselos con un trapo negro que llevaba sobre la cabeza, dijo:
–No quiero oír más de lo mismo, no por un buen tiempo, coño –volvió a sacudirse la nariz. Miró nuevamente a tío Raúl, para la abuela, de mala gana su suegra, y repitió en voz baja–: Perdónalos Dios que son iguales.
Yo los veía enfilarse las lenguas, no reconocer su verdadera personalidad. No reconocer que Dios perdona a todos por igual y no hay más que ser uno mismo.
Ellos continuaron culpándome. Las gentes quedándose en cada esquina, en cada bar que los recibía con las puertas abiertas.
–Firmessss.
Gritó un sargento. De la faja del pantalón sacó una pistola, la desarmó y la puso sobre una mesa de madera. Llamó a otro soldado, le quitó un fusil que llevaba colgado al hombro, lo desarmo y también lo puso sobre la mesa. Cambió de lugar las piezas, me miró y dijo:
–Vamos a ver en cuántos minutos las armas.
Yo no daba con aquel rompecabezas. Mis manos y mis pies temblaban y el sargento sólo sabía decir:
–Flojo, flojo. Muy flojo.
–Firmesss.
Volvió a gritar con voz bien varonil, propia para un frente de combate y no para mí ni los que esperábamos por su turno para armar el rompecabezas. Se me acercó y disparó a quema ropa:
–Aquí los hombres vienen a prepararse para la guerra, a morir si fuera necesario –tiró una escupía al piso, la aplastó con el pie y volvió a la carga– Deja la flojedera y ponte para esto. Hoy vas a marchar hasta que aprendas.
Y comenzó un canto robusto, digno de un buen hijo de la patria vestido de verde olivo.
–Un, dos, tres /Al /Coge el paso, vamos /Un, dos, tres /Sino coges el paso estás embarcado /Bien, vamos de nuevo y canta conmigo: Solo los cristales se rajan…
Y yo sudando como un animal embestido por la estupidez de un comemierda perdido en un éxtasis sin reposo.
-…los hombres mueren de pie /Un, dos, tres /Así es cómo se hace /Vivo en un país libre…
Su voz sobre mi cabeza. Sus gritos lastimándome los oídos, desgarrándome la carne. Me voy a desmayar, si esto sigue me voy a desmayar. Y su voz pasa ante mi rostro, su imagen dentro de su uniforme y el fondo verde que inunda mis sentidos.
-…repleto de jóvenes dignos…
Ya este no es el sargento. Este es Napoleón con una bola de cristal bajo el brazo. Ya ni siquiera tengo certeza de ser Rafael, si he regresado a mi casa o continúo en una guerra imaginaria. O quizás yo nunca haya existido y sólo sea el sueño de un soldado que en estos momentos está muriendo ante un sargento bien macho, bien comemierda e incapaz de darse cuenta que soy un débil maricón, que no doy más y me voy a desmayar. Entonces pienso en Yoel, en sus manos sobre mi cuerpo, en su mirada tenue, interrumpida por el fervor moralista del profesor y el resto de sus fieles corderitos.
-…de sus antepasados.
Un teniente flaco y algo jorobado vino hasta nosotros.
–¿Un recargo de servicio, sargento? –preguntó.
–No, pero tú te imaginas lo que es no saber armar una pistola y un fusil.
–¿Y?
–¿Cómo que y?
–Sí. Enséñalo, ¿no?
–No te das cuenta que se está cayendo sin sonar el primer tiro. Además, que se ponga fuerte, que hasta ahora nadie se ha muerto por pasar el servicio militar.
El teniente me miraba. Sus ojos estaban dotados como del don de amar. Sus ojos lo delataban.
–Yo soy Laguart, el político –dijo.
–Gracias.
–Yo pasé por eso.
–Gracias de todos modos.
–No andes dando vueltas y por la noche ve por la oficina, que yo no me voy hoy.
Desde el albergue veo la luz de su oficina y siento no poder distinguir el rumor de los que me rodean, el dilema del ser o no ser o la incomprensión de los que no aceptan que dos hombres existan y se amen en un punto donde el tiempo y el espacio puedan converger. Miro a los demás. Escucho sus historias de amor y desamor. Historias de machos heridos y hembras dejadas con el blúmer en la mano para que sientan el peso de su machismo. Y pienso en el filo del odio, de los sueños frustrados y la soledad acompañada por una tristeza sólo bendecida por el silencio. Pienso en todo lo que me da la gana y decido cagarme en la rigidez de un comunismo que quieren aparentar virgen y salgo al encuentro de Laguart con una intención: comérmelo, exhalar suavemente los latidos de su corazón hasta sentirlo que se apaga, vivir toda la vida en ese único instante y después… después lo que quiera Dios y sus indomables angelitos que custodian el mismo orden predeterminado, las mismas costumbres y apariencias.
–Pasa.
Me dijo sin camisa y su cuerpo lo vi hermoso. En dos vasos echó aguardiente. Me tendió uno y se sentó a mi lado. Con lentitud bebimos, sin hablar. El silencio se hacía tenso y sus ojos brillaban.
–Cómo podré bendecir este encuentro –dije.
Me quitó el vaso de la mano, lo puso a un lado y mientras me besaba, decía:
–Siempre seremos un acertijo /Ya esta bueno de tanta mentira, del prestigio y del qué dirá la gente /Y nosotros, ¿qué? /Quítate todo eso.
–¿Y mañana? –pregunté.
–Mañana nos casamos /Mañana nos mudamos y vivimos juntos y nos creemos que somos felices y que vivimos en un país donde a nadie le importa nada ni un carajo y menos dos maricones que quieren vivir juntos.
Y nos desnudamos.
Y nos amamos.
Y soñamos juntos con una calle en dirección al mar, con una casa y un huerto de hortalizas y flores y juntos veíamos la naciente tempestad, presentíamos el olor de la tristeza subir desde el asfalto.
Y golpeamos el piso y volvimos a la realidad.
Y nos había sorprendido el día.
–Laguart y compañía, los estamos esperando –gritaron desde afuera.
Bajo una carga de improperios contra nuestro deshonor a los principios éticos y militares abrimos la puerta. Un gordo con aspecto de puerco se acercó a Laguart, le arrancó las charreteras de los hombros y comenzó una oración que parecía interminable:
–Traidor /Merece que te corten los huevos /Para defender la patria hay que ser macho /Estás botado deshonrosamente por maricón.
Pasado cinco días en el calabozo me dieron la baja.
Llegamos al cementerio. Apenas ocho personas llegamos al cementerio para enterrar a mi padre. Un viejo lleno de pelo tomó un trago de un pomo plástico, limpió un hueco en la tierra, volvió a tomar otro trago, este más largo, nos miró con cara de lástima y comenzó a hablar de forma incoherente:
-Después del nacimiento de Jesús nada ha sido igual, pero aquí estamos despidiendo a un gran hombre…
Yo miraba a aquel viejo lleno de pelo, sucio y medio borracho. Lo veía mentir por una botella de ron y veinte pesos. En realidad todos mentían, menos tío Raúl. Mentía mi madre, mis abuelas, sus hermanas, los pocos que llegaron y decían ser sus amigos.
-…que Dios tenga en la gloria a este hombre amigo de sus amigos, buen marido, buen padre, magnifico revolucionario.
Menos tío Raúl, los demás caminaron hasta el hueco y mientras bajaban la caja dejaron caer flores sobre ella. Yo quedé alejado de todos. Tío Raúl se me acercó, me echó un papel en el bolsillo de la camisa y dijo:
-No lo leas hoy, hazlo mañana.
Pasado veinticuatro horas lo leí: Mario nunca tuvo el valor para enfrentarlo y siempre se ocultó detrás del uniforme y verdaderamente esa bala fue su salvación /Mario era maricón, decía.
La distancia va borrando rostros, las huellas de las interrogantes que un día nos invaden y quedan sin respuestas.
Hoy veo el mundo distinto. Tal vez porque sea más viejo lo vea distinto y un golpe como de un recuerdo va rompiendo mi memoria, las imágenes que se han quedado al borde de una luz que hoy define mi soledad.
Escucho voces y pasos como difuminados en el espacio.
Lo principal puede ser sostenerse. Sostenerse y no caer.
Lo principal puede ser crecer en el vacío. También en las ausencias.
Ya no me muevo como antes y solo alcanzo a ver una fotografía en la pared con la imagen de dos jóvenes sonrientes y eternos. Uno flaco y algo jorobado, otro que lo llamaban Charles.
Tengo los ojos cerrados para no cambiar la historia.