Mi padre siempre decía que el futuro depende de uno mismo y que no ocurre nada si una persona no quiere que pase. Seguramente se olvidaba de que el mundo no gira en torno a un sólo individuo y de que los hechos que acompañan a un hombre y que de alguna manera determinan su vida le son inherentes desde el principio, desde el momento en que nace.
Hace poco que mi padre descansa en el reino de los difuntos y, para recordarlo y tenerlo eternamente en mi memoria, he recuperado unas cartas suyas que escribía a mi madre mientras cumplía el servicio militar, allá por el año 1982.
El día en que mi madre se enteró de que a mi padre, que entonces era su prometido –en el sentido en que se tomaba esta palabra en aquellos años--, lo mandaban a Tenerife a hacer la “mili” casi le da un síncope. Ella estaba en casa –en aquella época, con diecinueve años, era estudiante universitaria, porque le había entrado el gusanillo del funcionamiento de la energía nuclear y se había matriculado en Física, a pesar de que siempre había obtenido aprobados por los pelos en las asignaturas de ciencias puras—cuando recibió la llamada que en cierto modo le cambió la vida. Era mi padre quien le comunicaba desde el trabajo que le había tocado –entonces para ir a la milicia los mozos entraban en un sorteo como el de la lotería, cosa que, afortunadamente, actualmente no existe—destino en Canarias. A mi madre Canarias le sonaba como algo remoto y a años luz de casa, unas islas de las que hablan en la televisión sólo para decir que hace buen tiempo tanto en invierno como en verano. Ella no le contestó en un principio, parecía como si algún demonio se la hubiera llevado lejos. Pero, al cabo de unos segundos, reaccionó y sólo pudo responder que no sabía qué decir.
Un año antes, cuando empezaron a relacionarse, allá por el verano de 1980, mi madre se marchó de vacaciones con mis abuelos y mis tíos, es decir, con sus padres y sus hermanos –cuatro—, unos días en agosto, a una casa que unos familiares por parte de su madre (mi abuela) tenían en un pueblo no muy distante de la gran ciudad, entre pinos y encinas. Durante el poco tiempo que estuvieron separados, mis padres se cartearon, y fue cuando mi madre se decidió a confesar a mi padre, aunque de una manera muy vaga, que sentía algo por él. Mi madre nunca ha sido una mujer que gustase de exteriorizar los sentimientos. Era una persona más bien callada y tímida, muy suya, a quien daba miedo enfrentarse a las personas y que casi nunca miraba a los ojos cuando hablaba, unos ojos verde esmeralda preciosos que en seguida enamoraron a mi padre.
Una de aquellas cartas transmitía lo siguiente:
“Querida Natalia. O mejor: Hola, Natalia. No. Así: A quien pueda interesar. O: A quien me quiera recibir.”
La verdad es que mi padre estaba un poco confuso porque, aunque estaba enamorado de mi madre, no sabía cómo encabezar la carta para no herir sus sentimientos, ya que mi madre era un tanto extraña y maniática. Tan pronto no mediaba palabra –cosa habitual en ella—como soltaba alguna tontería o alguna incoherencia que podía dejar desvalida a la persona a la que iba dirigida.
“Es difícil comenzar una carta. Recuerda el comentario que hicimos de cómo empezar las cartas que escribiéramos, aunque en cierta manera a mí me da igual, puesto que lo que más me gusta de las cartas es el final.”
Leyendo esto y habiendo conocido a mi padre, puedo adivinar cuán comedido era y lo poco que se detenía a pensar en simplezas, al contrario de lo que le ocurría a menudo a mi madre. Mi madre solía darle vueltas a las cosas hasta quedarse exhausta. Maximizaba cualquier gesto, cualquier acto, cualquier palabra y lo convertía todo en el eje de su existencia, de manera que ella, muchas veces, quedaba en los extremos de lo que constituía la circunferencia de su vida insignificante.
“He vuelto a recuperar la alegría al conocer algo de ti. Imagínate. Una semana sin saber nada. Pensaba que te había pasado algo. O lo que es peor: que me habías olvidado.”
Sin embargo, las frases amorosas que le dedicaba mi padre parecían no importarle. Mi madre era, ciertamente, muy poco romántica. Tal vez, según palabras de mi padre, es que era tan tímida y vergonzosa que cualquier manifestación sentimental la desequilibraba y la hacía sonrojarse, con lo cual, para tratar de evitar esta situación, se escudaba detrás de una coraza de hierro que la hacía impenetrable e insensible. En el fondo, no obstante, era una mujer de una sensibilidad extrema, puesto que le afectaban escenas y parlamentos que hacían llevar la impresión a flor de piel.
“Como ya sabes han operado a mi madre. Fue el sábado por la mañana, pero yo no pude ir a verla hasta las cinco y media de la tarde porque me encontraba fuera.”
La madre de mi padre, es decir, la madre política (o suegra –palabra que mi madre detestaba, no sólo por su significado, sino por la persona que encarnaba la mencionada figura--) de mi madre, era una mujer muy seca y autoritaria cuando hacía falta y melosa cuando no era necesario. A mi madre nunca le cayó en gracia porque siempre intentaba arrinconar a su hijo y tenerlo bajo sus faldas, cosa por otra parte comprensible, ya que mi padre era el último de seis hermanos y fue, en cierto modo, el más consentido. Mi abuela fue madre casi al mismo tiempo que abuela, de manera que el sobrino más grande de mi padre, uno de mis primos, era de la misma edad que su tío, con una salvedad: mi primo se salvó de hacer el servicio militar por exceso de cupo.
Al poco tiempo de casarse, mi madre fue presa de una depresión. Sostenía que mi abuela la odiaba y que no la quería en la familia, sobre todo después de haber vuelto de una corta luna de miel y durante los meses posteriores.
“Todos mis cuñados y sobrinos están deseando conocerte o, por lo menos, ver una foto tuya.”
La impresión que le merecía el resto de la familia era la misma que la que le infundía mi abuela. Así pues, la relación de mi madre con los miembros de su familia política ha sido buena a la fuerza, porque ella no tuvo más remedio que representar el papel de criada sometida delante de unos amos a los que habría gustado ver en la distancia.
Llegó el día de la partida. Aquel día que mi madre no habría querido nunca que llegara. Cada jornada miraba el calendario temerosa de ver unos números que no se movían, pero que tenían la facultad de saltar como saltamontes sin que una persona se diera cuenta. Una cuadrilla de amigos entre los que se encontraba mi madre acompañó a mi padre a la estación de tren. Un tren que le llevaría hasta Zaragoza. Desde allí subiría a un avión militar que le transportaría a Tenerife. Aquella misma tarde, mi madre se juró a sí misma que nunca en la vida iría a Canarias, estuviese donde estuviese esa condenada isla, costase lo que costase el viaje, transcurriese el tiempo que transcurriese. Incluso rechazaría la oferta de una estancia en el archipiélago aunque le tocase por sorteo. Ni que decir tiene que la luna de miel no la pasaron allí. Mi madre nunca ha querido saber nada de ese lugar que para ella fue maldito una vez y que desde entonces ha sido maldito, a pesar de lo que muestren las postales, los vídeos o los libros de viaje.
Mi padre le enviaba una carta cada tres o cuatro días. Mi madre se extrañaba de que le llegaran tan pronto, cuando había oído decir que Canarias está bastante lejos. Mi abuelo solía apostillar que estaba en África. El poco tiempo de que disponía en el cuartel lo dedicaba a escribir epístolas, muy pocas de la cuales iban destinadas a mi abuela, es decir, a su madre. Si llamaba por teléfono, hablaba siempre con mi madre y le pedía que llamase a mi abuela porque él no tenía suficiente dinero para hacer dos llamadas a tanta distancia el mismo día. A mi madre le caía el alma al suelo cuando oía esto. Siendo como era una persona poco dada a conversaciones, y menos con alguien a quien consideraba un enemigo, se le hacía una montaña haber de dialogar con una mujer tan áspera como mi abuela.
“Querida, amadísima Natalia. Estoy aquí, en medio de ningún sitio esperando la hora de partir hacia Tenerife. Te escribo desde un cuartel, el más grande de Europa, según nos han dicho. Íbamos con miedo, pues tras salir del tren y, en principio, no ver a nadie nos dirigimos a un bar (...).”
Mi padre no creía en habladurías, así que no hizo caso, antes de tomar el tren en la estación de Sants, de los chismes que le iban lanzando sus amigos acerca de la dureza del servicio militar y de las novatadas que hacían. Es cierto que había oído algo del tema en la televisión y por medio de otras fuentes, pero hasta que no montó en el tren que le llevaría a Zaragoza y bajó del vagón no pensó en todo lo que sus oídos habían escuchado. Al contemplar la soledad y la desolación de la estación de Zaragoza, empezó a sentir temor e inseguridad por el futuro incierto que le esperaba fuera de casa.
“Un vuelo de unas cuatro horas y media en Hércules nos separaba de las Islas Canarias. ¡Menudo vuelo! Varias veces creímos que el avión se desmontaba. El ruido era insoportable. Parecía que el aparato iba a deshacerse de un momento a otro (...).”
En algunos momentos mi padre rozó la desesperación porque mi madre no contestaba a sus cartas tan regularmente como lo hacía él. Además, en los ratos libres, si no tenía nada especial e interesante que hacer, ocupaba su mente en mirar las fotos de mi madre que habían viajado con él hasta el cuartel y en recordarla tal como la había dejado en Barcelona, hasta tal punto que, de tanto pensar, parecía poseído por un arrebato melancólico que lo sumía en la tristeza más absoluta.
“Según he oído, el permiso de jura no lo dan, sino que se acumula para el final, con lo que puedes perfectamente pasarte seis meses sin ir a la península. Reza, Natalia. Es lo único que puedes hacer.”
A veces, la tristeza se convertía en llanto. Mi padre estaba realmente desesperado. La distancia lo consumía.
“Cuéntame cosas, Natalia, necesito ver tu letra, tener algo tuyo. Ayer noche lloré porque estaba soñando contigo y de repente me desperté, por culpa de mi compañero de litera. Entonces me di cuenta de dónde estaba y de la sensación de impotencia que me invadía.”
Pero mi madre se resistía a coger un bolígrafo para escribir unas letras en un trozo, aunque fuera pequeño, de papel, quizá porque lo de esbozar la caligrafía sobre un folio nunca la había estimulado, y menos para contar historias aburridas e insulsas.
Por fin se decidió a escribir y, cuando le encontró gusto a enlazar frases, cada tres o cuatro días, como hacía mi padre, enviaba una misiva. Parece que el hecho de tener alguna cosa que relatar la mantenía distraída y la unía un poco más a mi padre.
Con cada una de las cartas, mi padre mandaba, ora una foto vestido con traje militar de instrucción, ora vestido con traje “de paseo”. A veces introducía algunos objetos que se referían al servicio militar en un tono jocoso, mostrando la alevosía con dibujos. Mi madre, al recibir las fotos de mi padre vestido “como la ocasión lo requería”, las enseñaba a mis abuelos y a sus hermanos. Y no faltaban los clásicos comentarios que halagaban o desfavorecían al pobre soldado que sufría los trabajos en el cuartel y la circunstancia de estar alejado de los seres queridos. Mi madre llegaba a comentar, de vez en cuando, que era como si su chico se hubiera marchado a la guerra.
La inquietud de mi padre por la falta de respuesta de mi madre se calmó un poco al recibir la primera carta de su puño y letra.
“Recibí tu primera carta con mucha ilusión (...).”
A medida que pasaba el tiempo, mi padre se fue apaciguando, entre otras cosas porque los altos mandos, según él, cuando después me contó sus peripecias en los cuarteles, le encargaban faenas que luego se podían traducir en más días de permiso, y apenas disponía de ratos libres para escribir. Sin embargo, con las cartas y el recuerdo de mi madre, trataba de ocuparse lo mejor que podía o le permitían.
Una de las últimas epístolas reflejaba esa alegría y esa tranquilidad que da saber que pronto se va emprender el camino de vuelta a casa, que pronto se va a ver a los amigos, que pronto se va a abrazar a la familia. La licenciatura de soldado se le avanzó unas semanas antes por cuanto los permisos de los que hubo de disfrutar se los reservaron, a la fuerza, hasta el final. A falta de unos días para licenciarse, mi padre aún tuvo tiempo y ganas de sentarse a reflexionar y a considerar que había sido mejor así, ja que los viajes en avión eran muy caros, sobre todo el trayecto que cubrían entre Barcelona y Tenerife.
“Lamento no poder escribirte, pero es que me resulta imposible dado el trabajo que tengo. Aquí las cosas hay que ganárselas a pulso (...). Ya se empiezan a licenciar “abuelos”, y eso es bueno. Señal de que pasa el tiempo, y un peso que nos quitamos de encima. Pero el tiempo pasa para todos y a mí me tocará pronto ser “abuelo”, según el argot militar.”
Mi madre nunca quiso que mi padre le dijera qué era lo que había hecho en la “mili” y qué era lo que había dejado de hacer. Poseía el testimonio de las cartas, y con ello tenía suficiente. Jamás quiso oír hablar de la isla maldita, como ella la llamaba, a pesar de que no guardaba rencor a nadie por haberle arrebatado a su chico durante casi un año. Alguna vez mi padre le propuso ir, algún verano, a visitar la isla. Pero ella continuaba empecinándose en que, en lo que le quedara de vida, no pisaría nunca tierra canaria. Sus razones tenía. Yo no las juzgo ni las valoro. No quiero pronunciarme sobre algo que sólo sé por voz de mi padre, ya que mi madre no abrió la boca para hablarme de la etapa de soldado forzoso de su marido. Ahora, pasados ya unos cuantos años, ha vivido, con sorpresa, cómo uno de mis hermanos –ambos tuvieron tres hijos, todos varones—ha decidido seguir la carrera militar. Ahora que la “mili” no es obligatoria, mi madre ve con buenos ojos que su vástago sea soldado profesional. La vida, como decía sabiamente mi padre, es una caja misteriosa que hay que vivir al día porque, cuando menos se esperan las cosas, antes vienen.