BÁRBARA
Entró asfixiando el diario con sus dedos largos de artista. No logró que su respiración dejara lugar al habla, por lo que señaló con el dedo índice aquello que quería decirnos.
Hace tiempo que anunciaban el fin de la música. Por supuesto no lo creímos hasta que la amenaza tomó cuerpo en una solicitada en los diarios más importantes del mundo. Nuestro periódico local tomó prestado el titular de otro que por longitud de origen se imprimía cuando aún era ayer.
Cuando volvió a la calma, descansó sus dedos revoltosos, algunos, en el medio del pecho, los otros, sobre la frente, como si se estuviera tomando la temperatura. Dijo que no era posible, que era mentira pero concluyó que no podía hacer nada. Ni ella ni nadie.
Yo no lo tomé tan a la tremenda. Es cierto que soy fácilmente sugestionable, lo reconozco, pero desde el primer momento entreví un ápice de lógica en esta cuestión. Como las patentes de los autos, llega un punto en que las combinaciones se terminan: AAA 111, AAA 112, AAA 113… O bien, pensarlo así: blanco, negro, blanco blanco, blanco negro, negro negro, negro blanco, blanco blanco blanco, blanco blanco negro, blanco negro negro, negro negro negro, blanco negro blanco, negro blanco negro. Y eso es todo. Se acaba y no hay vuelta que darle. Hay que volver a empezar.
_¡No es cierto! ¡Bruto! ¿Qué sabes? ¡No es cierto! ¡No es cierto! _aulló agitada.
Qué les puedo decir. Yo creo que la música no es infinita.
Nos obligaron a entregar todos nuestros discos y archivos de música. La requisa fue implacable, más de lo que habíamos esperado. Sobrevolaron los recuerdos de otras épocas. Hubieran visto a la gente llorar como niños o más bien como si le quitaran sus niños. “Señor es un original, no comprende, es invaluable” decía alguien de perfil cóncavo, con esas narices que por poco no se unen a la punta del mentón, prendido a la pantorrilla de uno de los oficiales. El oficial, mucho más fuerte que él, lo arrastró varios metros. Fue su mujer quien finalmente lo desasió del pantalón del uniforme policial. Quedaron marido y mujer abrazados, empapados en angustia. A mí, que no soy del tipo coleccionista, me resultó más duro desprenderme de la música hospedada en la computadora. Es decir, dejarles entrar a tu computadora es lo duro. Recibimos un “mail de limpieza” que en escasos instantes borraba todo archivo de música sin dejar el menor rastro. Pero nada aseguraba que no se llevaran otra cosa o husmearan en el proceso.
El símil fogón, me temo confesar, fue el espectáculo más encantador que jamás haya visto. El gobierno -tal era el pavor después del gran incendio de julio- había prohibido las combustiones por las ráfagas de viento que nos azotaban repentinamente, pero también por eso del dióxido de carbono. “Como en los países serios” dijeron. Pues no se puede vivir sin fuego y es sabido que no es nunca el hombre más diestro que cuando la necesidad lo desafía. El método se llamó la incandescencia azul (eso era para todos los que ignoramos sobre asuntos químicos). Lo que sucedió fue que el amontonamiento de discos y cds se tornó primero rojo, como en carne viva, luego fue matizándose al naranja hasta que de pronto pasó al violeta a través de una estrella amarilla lechosa. Entonces un círculo azul fue engordando en el centro hasta eclipsarlo todo.
El silencio, por respeto, fue total. Algunos dicen que oyeron alaridos que provenían de la incandescencia. Yo no los oí pero creo que es posible que así haya sido. “Son las almas de los discos, son los gritos del auxilio” entonaron a coro sacudiendo una mano, a modo de hincha de fútbol. Si hubieran visto el efecto de la incandescencia sobre la piel de ella, habrían quedado anestesiados del dolor. Los colores cálidos fueron a parar al avellana de sus ojos que se encendieron como bengalas. El violeta se alojó en las pecas borrosas que los rodeaban. Y el azul se amalgamó al mechón renegrido que le recorría la sien izquierda.
Cuando en la incandescencia no quedaba ni una gota de violeta, ¡zas!, la luz que era aire se volvió polvo. “Señores diez pasos atrás” nos instó una voz de mujer a través de un parlante. Las cenizas blancas, que hablando con propiedad no son una cosa ni la otra, son tóxicas durante los primeros quince minutos, tras los cuales se convierten en polvo silvestre, que, en esta ocasión, recogieron para usar como arcilla y esculpir unos fonógrafos.
_Imbéciles. Imbéciles. Imbéciles _musitaba ensimismada. La insté a que apoyara su cabeza en mi pecho pero se volvió en sentido contrario y endureció el cuello. Su madre fue más drástica:
_Cállate que nos vas a meter en problemas.
Y se calló. Y así se mantuvo por unos cuantos días. Parecía que me culpaba por el fin de la música. O que me culpaba por no sufrirlo, cómo saberlo. La cuestión es que en verdad bebí de esa culpa por un tiempo. No es que lo disfrutara, por supuesto, pero intentar complacerla me daba algo que hacer y en que pensar. Fue el comenzar de una nueva estación en nuestra vida de pareja. Le llevaba helado de limón y chocolate oscuro, le bañaba las sábanas en perfumes importados, le compré una cartera tejida, de esas que usa cruzadas, separándole los pechos. Sus palabras me agradecían, pero el resto de sí se mantenía igual de inhóspito.
El error más grande fue creer que hablando se resolvería la cuestión.
_Una vez que vuelvan a empezar, todo estará bien. Ahora parece grave, pero no lo es. Incluso vos vas a tener más libertad para componer.
Eso que dije con la mejor de las intenciones, la desesperó. Se tapó los oídos en un gesto lleno de infantilismo. Pero no satisfecho, continué:
_¿No te das cuenta que hace rato que oíamos la misma canción disfrazada?
Le sujeté las manos para asegurarme que lo oyera y le repetí:
_¿No te das cuenta que hace rato que oíamos la misma canción disfrazada?
La solté cuando la creí derrotada. No lo estaba. Me propinó un hondo arañazo en la mejilla. El ardor fue menos que la sorpresa. No la creía capaz de violencia física de ninguna clase. Su mirada me imputaba también por el arrebato. Frenéticamente se limpió las uñas sucias de carne y sangre contra el pantalón de jean.
Con el tiempo volvió al trabajo y la rutina se encargó de su recuperación. Ya no hablaba de aquello pero aún no me había perdonado. Fue una nimiedad, una completa estupidez, lo que reavivó aquel dolor que borboteante aguardaba por salir. Fue una gripe. Es bien cierto que las gripes de ahora no son como las de antes. Si las otras te tiraban, éstas además te aplastan, te pasan por arriba y dan marcha atrás para volver a pisarte. A algunos dejan secuelas que, aunque graves, esos casos suelen ser los menos.
Fue como si una nube de silencio se hubiese estacionado sobre todos nosotros. Tímidamente se dio a luz a nuevas canciones y discos que según las sugerencias oficiales no debían sobrepasar determinado nivel de saturación para la señal de sonido. El trabajo moderno, aunque poco menos que artesanal, de los ingenieros de sonido por subir los decibeles sin distorsión era ahora un camino anegado. La tendencia dictó un progresivo y voluntario (no figuraba dentro de las sugerencias) abandono de las ondas cuadradas.
Nuestra propia casa fue tornándose silenciosa, excepto por sus espasmos de tos que culminaban en una risa hueca, exánime. Aguardaba el sonido granulado del tren con ansias. El cada vez más débil tacatacatacatacatacata aún conseguía anular cualquier otro ruido porque éstos también languidecían. Oh, ¡que deleite! A ella también le gustaba, en ocasiones, me llamaba sólo para decirme “¿oís el tren? Ya llega, ¿cierto?”. Yo asentía condescendientemente aunque faltaran horas y eso parecía reconfortarla a ella tanto como a mí.
La culpa había cedido ante la mansa desesperanza que su decline alimentaba. Como si se gastase su último aliento en sueños, con cada amanecer, ella moría otro poquito. Lo mismo su padre que, en la vejez, parecía haberse conectado a su hija a través de un cordón umbilical. Juro que no lo nombraría si no fuera porque la idea fue suya. Y no importa lo que digan, fue una buena idea.
Lo de la música, como era de esperarse, no había funcionado del todo. Mejor dicho, la industria de la música crecía a un candente compás que, según los especialistas, era además sostenible. Y eso, a pesar de que la exterminación de lo viejo no había sido lo suficientemente aséptica. Mientras en las calles se estaba como suspendido en un aireado intervalo, las canciones viejas fluían libremente por napas subterráneas de información. El viejo lo sabía por el hijo y el hijo lo sabía por el novio chelista. Éste vestía como abogado y nos habló como pastor: “Esto va a pasar, es el alma lo que se le apaga, sólo hay que despertarla, eso es todo”.
Para no levantar sospechas, ni de los vecinos ni de las autoridades, fueron trayendo los instrumentos de a uno por vez y procurando tomar las calles que no estaban vigiladas por cámaras. Después de unas semanas, teníamos una orquesta completa en el living y su cuarto (que ya no era nuestro, sino nada más que suyo) revestido en paneles aislantes para que no se filtrara ni una gota de música.
Y fue la música lo que la despertó. Tocaron por un buen rato y aunque no podría encontrar a Bach entre armonías y contrapuntos ni por todo el dinero del mundo, pude percibir algo. Oír a través de sus oídos que, además de eruditos, eran genuinos y pasionales en su afición. Cuando por primera vez en mucho tiempo creí que todo iba bien, cuando una alegría intestina me erizó la piel, se desperezó y dijo suavemente “estoy cansada” sin ninguna conciencia (nunca la tenía) del puñal que me clavaba. Supongo que en verdad lo estaba porque se durmió enseguida. Yo, en cambio, me pase la noche en vela, no pudiendo quitarle los ojos de encima por ese magnetismo fueguino que la asaltaba al dormir, pero deseando a la vez salirme de esa situación. Una parte de mí, afortunadamente la menos intrépida, quería abandonarla, dejar todo lo que allí había y nunca mirar hacia atrás con la memoria. Nada me lo impedía y saberlo me descompuso del miedo.
A las siete de la mañana, horario en el que se despertaba cuando estaba sana, se apareció en la cocina, preparó y ofreció café. Se rió con ganas ante mi gesto de sorpresa que también era de vergüenza por todo lo que en mi insomnio había maquinado. Bebiendo el té con la cuchara del azúcar, dijo que quería que volvieran los músicos. Lo llamé al director que se mostró muy amable y dispuesto aunque también bastante lleno de sí. Supongo que era lógico que ahora se comportaran como “doctores”.
Los esperamos como la vez anterior en su cuarto, sólo que en vez de acostada, en esta ocasión estuvo sentada, apoyada sobre el respaldo de la cama.
“Lo ideal sería que cantaras con nosotros y si pudieras bailar, bueno, eso sería en verdad genial” le sugirió en un tono cálido, algo empalagoso. Esta vez no hubo violines ni flautas sino un compendio de matracas, bombos, panderetas, trompetas y palos de escoba golpeando contra el suelo. Se turnaban para añadir sonidos guturales y agudos temblequeos de voz. Ella se le unió al director cuando éste andaba a los gritos pelados, primero a la sombra de su voz y luego sola, en primer plano. Yo la acompañé aplaudiendo. El director la tomó del brazo y la levantó; parados los dos en la cama, hacían equilibrio en el colchón con una coreografía de saltos. El aire le infló el camisón como una campana y el movimiento le devolvió un tono rosado de vida a sus mejillas. Parecían estar tan alto que yo mismo sufrí el vértigo.
Por un momento sentí que la enfermedad nos había escupido de sus entrañas para dejarnos a la intemperie de la muerte.