-Idéntico- gritó con furia Juan María, el padre de la criatura que la enfermera había dejado tras el cristal, con los otros recién nacidos. Salió por el pasillo, abrió violentamente con los dos brazos estirados las puertas rebatibles, y cuando llegó al parque del hospital se echó a llorar sentado en el césped.
El bebé resultaba, a sus ojos, idéntico. Se había detenido a observarlo apenas durante esos segundos en que la enfermera lo posó delicadamente sobre la cunita y le había sobrado para hacerse con la revelación.
¿Idéntico a quién? Idéntico a Gerardo, su mejor amigo.
II
La sospecha había nacido al final del fraude más grande de su vida, ese episodio en el que Gerardo se había largado con la primera novia de Juan María. El hecho que para algunos podía haber sido la causa de una venganza mortal, dado lo rufianesco del caso, había sido para Juan María la iniciación de un período de resignación y clemencia casi zen. Por ese entonces muchos palmeaban su hombro con la voluntad de acompañar el dolor del engaño y de felicitar por la capacidad de perdón con la que actuaba. Gerardo se había convertido en el blanco de todas las miradas -algunos los veían pasar de la mano con la traidora y les producía asco- y Juan María en el bueno, y el que interpretaba la situación con auténtica sabiduría.
El noviazgo fraudulento duró las pocas semanas en las que los amigos volvieron a encontrarse para tomar un café. Uno con la cabeza gacha, intentando disculparse; el otro con la intención de medir más que nunca los genuinos intereses de su mejor amigo, o de su ex mejor amigo. Esa tarde frente a frente, ya no eran los mismos dos muchachos que unas semanas anteriores: la mujer aquella les había obligado a superar la verdadera prueba de la amistad.
Al salir de esa charla se abrazaron, mientras Gerardo soltaba unas lágrimas amargadas sobre el suelo. Dijo que estaba arrepentido, que a veces a todos se nos puede ir la cabeza, y que esperaba que Juan María lo entendiera algún día e incluso que lo perdonara. Juan María sintió en ese instante que antes vendría el perdón que la comprensión sobre aquel teatro quinceañero. Perdonar no es lo mismo que aceptar. Pensó que Gerardo era un buen muchacho, con las mismas virtudes que siempre le había supuesto pero con la tendencia innata hacia el engaño. Lo vio en el peso de sus lágrimas, en el abrazo lento como el de un hombre demasiado flaco, en el acto mujeril de tomar la taza de café. El prisma de esa semana parecía enfocar la óptica mejor que nunca, como si antes hubiese tenido delante de los ojos una gafas apenas deformantes, unas que no le dejaban ver las formas pequeñas de la hipocresía cercana.
La amistad recomenzó o continuó, pero sus reglas volvieron a cambiar cuando en un viaje a un país lejano, Juan María encontró un nuevo amor y allí decidió asentarse. Una amistad que había pasado una prueba, ahora era sometida a otro, quizás menor, la de la distancia.
III
El llanto de Juan María en el césped del jardín del hospital se debía también a la muerte de su mujer, esa por la que se había mudado al extranjero y que ahora no había superado el parto. La traición era doble, se moría dejándole un hijo igual a su mejor amigo, y se iba del mundo de los vivos sin relatarle en dónde, cuándo y cómo se había encontrado con Gerardo para engendrar a ese que nacía inconsciente de presentes y pasados imperfectos.
La muerta había sabido de Gerardo desde el primer día que conoció a Juan María, porque su novio acostumbraba relatar el suceso de esa traición en su adolescencia tardía –lo que consideraba “la historia central de mi vida”- a cualquiera con el que se encontrara, conocido o desconocido. Sentía que al referirlo lo comprendía más, lo eximía más y paradójicamente también lo hacía olvidarse más del asunto. Pero aquella traición de Gerardo latía en la conciencia de Juan María y le encendía diariamente luces de alerta. Quien traiciona una vez volverá a traicionar otra y quizás muchas veces más; la distancia que ahora los separaba era el único elemento que ayudaba a Juan María a sosegarse.
Por eso cuando vio en la cara de su hijo, la cara exacta de Gerardo, corrió y lloró y maldijo a ese hijo, a ese amigo y a la maldita muerta que también con su muerte, lo traicionaba.
Pero Gerardo estaba vivo en su país y a él si se le podía pedir cuentas.
IV
Se dijo a sí mismo que antes que enfrentarlo, le colocaría al recién nacido en los brazos y le diría que aquel no tenía la culpa y que necesitaba de un padre, del verdadero. Luego le pediría explicaciones. Pero lo cierto fue que después de apuntarlo en el registro civil y de llevarlo a uno y otro sitio, un cariño parecido a la compasión lo frenó en seco.
No supo cómo, simplemente fue sucediendo. Los días fueron pasando y los meses y los años, y el pequeño fue creciendo a su cobijo. Le dio su apellido, dejó que lo llamara papá, lo educó lo mejor que pudo, lo alimentó y lo contempló todos los días no como a un hijo, sino como a una desarreglo de la naturaleza o a una pieza antigua sospechosa de falsedad.
El niño Bruno era inteligente y delicado como Gerardo, de tez blanca y ojos grises como Gerardo, y con el hálito de traidor sensual de Gerardo. Pero el niño, ignorante de la desfachatez de su hermosura y su parecido, miraba a Juan María con la misma devoción que casi todos los hijos a su padre.
V
El día que Bruno cumplió ocho años, a Juan María se le ocurrió la idea: le compraría una peluca y le diría que se la ponga durante toda la fiesta que organizaría en su honor. Estaban todos sus amigos y amigas, había vecinos, compañeros de estudio, muchos niños y niñas. A todos los tenía encandilados, Bruno con su peluca fucsia. Él sonreía y abrazaba a Juan María que no dejaba de mirar, como los otros, la peluca. Mientras la miraba, pensaba: “ya no se parece tanto al jodido Gerardo”.
Pero sí, se seguía pareciendo.
Se parecía en la risa, en la manera de abrazarse con sus compañeritos, de masticar los maníes, de soplar las velitas del cumpleaños, de explotar los globos que declaraban “Happy Birthday” en letras rojas. Igual que Gerardo allá lejos en los tiempos de la infancia de aquellos dos, cuando organizaba esas tremendas fiestas en las que llegaban payasos y magos, en las que sus padres terminaban disponiendo a todos los pequeños detrás del homenajeado para hacer fotos que después remitían a cada uno de sus domicilios, adentro de un sobre en el que se leía “Gracias por ser mi amigo”, firmado por Gerardo.
Juan María creía que esa peluca no lo hacía menos parecido, pero podría ser el comienzo… Así que esa misma noche en la que Bruno durmió entre regalos y con el pelo perlado de confeti, él se imaginó formas nuevas para la identidad de su hijo, renovaciones para ese Bruno abrumado por ese pasado humillante y desconocido.
Entonces a la mañana siguiente se despertó y sin dilación llamó a su amigo el doctor Caporale, un amigo de verdad, de los que nunca dicen que no, y le explicó el caso.
-Ya sé que dirás que es demasiado pequeño pero es que no puede seguir con esa nariz. En el colegio le están haciendo la vida imposible, todos se ríen de él. Tenemos que ayudar a mi hijo- dijo Juan María con tartamudez y un pestañeo trastornado, dueño de una puesta en escena digna de Bergman.
Después de un tiempo de dudas Bruno fue operado con éxito de su nariz. Se le explicó que su capacidad respiratoria aumentaría y que su caso no dejaba lugar a otras alternativas. Bruno tenía ocho años y luego de soportar unos días una escayola aparatosa, los ojos negros que quedaban como testimonio post operatorio, y unos algodones incrustados en las fosas nasales como dos gusanos que le sostenían la nueva estructura ósea, pudo verse al espejo. Otra nariz, otra cara.
Juan María lo miró y le estrechó la mano. Lo felicitó. Le dijo que se había portado como un verdadero campeón y que el cuidado de la salud es lo primero para convertirse en una persona con futuro.
Aunque el cambio resultaba claro y visible, Juan María no dejaba de preguntarse cuándo dejaría de ver a Gerardo en la cara de Bruno.
VI
Luego fueron las orejas, había que pegarlas a la cabeza, las veía demasiado separadas. La cirugía era una cosita de nada, apenas cortar un cartílago y adherir esa parte a los costados del cráneo. Bruno se enteró casi cuando tuvo la cabeza rodeada de un paño muy adherente y sanguinolento. Hubo que dejarlo más de un día porque a su corta edad no era recomendable, dijo la doctora filipina que pidió cobrar más por la indisimulable ilegalidad del caso.
Bruno se volvió a mirar al espejo y Juan María repitió la felicitación: que se había portado como un verdadero campeón y que el cuidado de la salud es lo primero para convertirse en una persona con futuro.
La operación de botox en los labios fue más complicada y acaso más costosa, no sólo por la ilegalidad, sino por el viaje que debieron hacer hasta Paraguay donde encontraron al profesional que aceptó el desafío. El inflado de eso labios rosas y delicados, más delgados y pequeños que los de los adultos, trajo complicaciones importantes. El niño se despertó en medio de la cirugía en la que la anestesia no logró calmarlo y lloró y gritó en medio de una escena propia de una tortura. Luego la misma anestesia aplicada en una medida desproporcionada, casi lo mata. Estuvo en coma un día entero, momentos en que por lo pronto el médico paraguayo ya veía desapareciendo al tierno cadáver, vía Cataratas del Iguazú.
Una enfermera reclamó, entre temblores y en un resuelto guaraní, que no dejaran mirarse al espejo a Bruno, tras lo cual se desmayó. El médico pretendió traducirle la escena a Juan María, que esperaba explicaciones… La señora había dicho algo así como “el tremendísimo calor de Asunción del Paraguay me está aniquilando”.
Ventajas de la ignorancia de lenguas.
VII
La nueva apariencia de Bruno no hacía más que aumentar la capacidad de imaginación de Juan María. Por las noches un sueño recurrente lo seducía: toc toc, soy yo, Bruno. Dice una voz que no es la de Bruno, pero algo que sólo se entiende en los sueños dice que esa voz es la del Bruno elegido por el sueño. Un muchachito rubio, de cabellera enrulada y ojos azules se presenta: “Papá, soy yo, tu hijo Bruno. Sé que te hice esperar demasiado para que me veas tal cual soy. Ya no tienes porqué sufrir”
El sueño resulta luminoso y atroz a la vez. Bruno es el que duerme con cicatrices en las orejas, en los labios, en la nariz. Bruno no es el muchachito rubio y feliz de los sueños.
El tiempo pasa y Bruno sigue creciendo al compás de la realidad viajera de Juan María que le hace colocar unas pupilent de color gris en los ojos achinados, le rasura el cabello como a un basketbolista negro y lo obliga con rutinas cada vez más estrictas a sesiones de gimnasio en el que el niño, pronto a cumplir doce años, muestra unos músculos de presidiario.
Ahí detrás de todo el esfuerzo del debilitado Juan María, detrás de orejas, ojos, bocas y cirujanos multinacionales, se esconden todos y cada uno de los gestos de ese duende a la distancia que se llama Gerardo y que cada vez grita y vuelve a gritar con la fuerza de un huracán que en cada punto de sutura, y en cada billete cerrado en las manos de enfermeras silenciosas y en cada aeropuerto al que se llega con la ilusión del cambio radical y definitivo, está él, respirando. “Yo soy el padre de ese Bruno, idiota”, se oyen en los pasillos de la imaginación de Juan María.
VII
Si Gerardo es hombre lo que de verdad diferenciará a Bruno de su padre es que sea mujer. La campaña se inicia con una revolución psicológica. Primero va encerrando a Bruno en la casa, le dice que no es bueno eso de los pelos en la piernas y en las axilas. No hay que salir de la casa, no hay que mostrarse. Que eso no es para él. Una psicóloga lo ayuda. Viene dos o tres veces por semana, en los primeros meses; luego todas las tardes. Habla de la maravilla de sentirse una hembra, del orgasmo clitoriano, de ciertas marcas de esmalte de uñas. Bruno tiene trece años y cuando cumpla catorce estará encerrado bajo llave en la casa, su nombre será Bruna y Juan María aunque la vea con el pelo largo, tacones y esos pechos pequeños y plásticos que se le van acomodando cada día mejor con la lenta compañía de la inyección de hormonas, todavía no dejará que la sensación de ese cambio total lo convenza.
Casi no dialogan, a Juan María le cuesta llamarla Bruna, pero con la ayuda de esa psicóloga con master en magia negra, combatirán el problema. Bruna deberá decir cien veces al día, ni una más ni una menos, “siempre quise ser así, siempre quise ser una mujer”. A veces llora y luego de algunas complicaciones de salud menores (la silicona no le ha prendido demasiado bien y la infección de una de ellas casi le lleva a que le amputen un brazo), Bruna buscar escaparse de la casa.
Juan María no quiere castigarla, busca por todos los medios no hacerlo, pero la psicóloga aconseja lo contrario si la situación lo amerita.
VIII
Un día en el que el sol brilla y Juan María se siente poseedor de cierta dignidad por haber realizado un trabajo justo con él y con su entorno, toma una decisión demasiado postergada: irá a visitar a su mejor amigo.
Cuando Gerardo ve llegar a Juan María se le saltan las lágrimas. Se abrazan un rato, se huelen como dos perros excitados. Un rato después ya están recordando viejos tiempos, a la vez que van poniéndose al corriente de sus vidas.
A Gerardo le ha ido bien. Se ha montado su estudio de arquitectura en la capital, tiene dos socios y se ha dedicado con desigual éxito a un hobby enterrado, la literatura, con el cual se ha hecho con más de un premio en concursos regionales. Tiene una casa con piscina, un doberman llamado Coco y una diversidad admirable de bonsáis.
-No me puedo quejar, hermano- se confiesa, emotivo.
En la cara de Juan María resbala desde el comienzo de su relato la muerte de su mujer, y los años de un desafío como ningún otro, dice: “criar al regalito que me dejó ella”. Juan María, entre los calmantes que se ha tomado para ese encuentro y las otras cápsulas que le han servido para calmar las violentas diarreas que atacaban durante el peregrinaje de los últimos años, es un hombre de fácil interrupción de diálogos con súbitas carreras hacia el baño. Sobre esa tapa redonda y blanca del inodoro, que parece una soga y un signo inacabado de pregunta, Juan María sabe que aún no ha visto en Gerardo las ganas de confesar la verdad, aún no están cerca del momento en el que, cómo se mostraba en las fantasías de Juan María, Gerardo gritase “Yo soy el padre de ese Bruno, idiota”. Así es que esa tapa de inodoro, soga y pregunta inacabada, también tiene la forma de la pausa para la reflexión.
-¿Y cómo se llama?- pregunta Gerardo
-...Bruna- dice Juan María.
-¿Y ahora cuántos años tiene?-
-Quince, acaba de cumplir quince-
-¿Y cómo es? ¿Bonita, verdad?...Seguro que debe parecerse a su padre- dice Gerardo y se ríe con una carcajada.
Es el momento en el que a Juan María se le inflan todas las venas y le crecen los brazos. Entonces se transforma en un monstruo o en superhéroe y lo toma de las solapas. Gerardo quiere escaparse de esas garras desesperadas y se desespera. Juan María se asienta en la violencia y despliega una trompada en el estómago y luego una en la cara y en cada trompada hay un pedido de clemencia de Gerardo y una pregunta de Juan María.
-¿Cuándo la conociste, hijo de puta?-
-Por favor, me vas a matar ¿Qué cuándo conocí a quién?-
-¡Sabías que si te acostabas con ella ibas a tener un hijo igual a vos, para refregármelo por la cara eternamente! ¡Querías arruinarme la vida otra vez, traidor!-
-Yo no me acosté con nadie, estás loco…-
-Jurámelo…A los ojos…Jurámelo, juráme que no te acostaste con ella-
-Te lo juro Juan María- dice Gerardo llorando, le sangra la boca, debe de tener alguna costilla rota, un ojo se le infla en medio de una montaña morada de carne.
-Juan María, yo nunca me acosté con tu mujer ni con ninguna. No lo intenté porque nunca quise…La verdad es que no me gustan las mujeres y que siempre estuve enamorado de vos…-
Juan María deja caer a Gerardo cae sobre las baldosas de una vereda a la que acuden varias personas que han visto la paliza. Algunos quieren llamar a la policía para que detengan al agresor. Otros llaman a la ambulancia.
Como si el fantasma de su vida lo siguiese persiguiendo Juan María sale disparado como una flecha incendiada. Corre ligerísimo y con los ojos cerrados.