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González Aranda, Miguel (Cocasg)

Barimbambán



 

 

 

 

 

Barimbambán

Seudónimo: cocasg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Barimbambán

 

-¡Dientes de Cangrejo!, ¡Tabaco de Frambuesa!, ¡Ojos de Cristal!, ¡Sangre de Percebe!

A pesar del barullo, al viejo ciego de barba larga se le oía como al que más. Yo me acerqué a su diminuta tiendecilla e interrumpí sus gritos:

-¿Tiene "sudor de eucalipto"?

-Toma cuanto quieras joven.

El anciano abrió un rústico armario y cogí una de las botellas.

-¿Deseas algo más? 

-Pues la verdad es que tengo un poco de hambre...

-Esto te gustará.

De nuevo el anciano abrió ese mismo armario en el que como por arte de magia ya no había "sudor de eucalipto" sino varios "bonsáis con frutos al chocolate líquido". Tomé uno de ellos, eran como fondees con forma de bonsáis. Salí entusiasmado, despidiendo al anciano que tardó muy poco en retomar sus gritos:

-¡Pelos de Araña!, ¡Monos que hablan!, ¡Agua Seca!, ¡Licor de la Risa!...

Subiendo por la estrecha "Calle de los Cuentacuentos", las historias surgían de cada esquina. Los cuentacuentos relataban e interpretaban sus historias con expresividad a todo el que se acercaba. Alif Mead, rodeado de un grupo de pequeños duendes, me miró sonriendo a la vez que gesticulaba narrando una de sus más famosas historias, yo le guiñé un ojo y continué mi camino hacia la "Taberna del Pinsapo".

La "Calle de los Cuentacuentos" desembocaba en la "Plaza de los Aromas". Este lugar destacaba por las combinaciones de agradables olores que desprendían los "Kuskat". A través de su aliento, estos pequeños animales, de cierto parecido a un gato (pero de seis patas y una lengua similar a la de una rana), aromatizaban sorprendentemente toda la colorida plaza.

Me agaché hasta ponerme de cuclillas y pregunté a uno de ellos:

-¿Como puedo llegar a la "Taberna del Pinsapo"?

Me miró con cara seria y pude sentir su aliento afrutado.

-Toma el "Callejón Gris". Al final del todo lo encontrarás.

Mi mirada cambió. Extrañado le dije:

-Tenía entendido que al final del "Callejón gris" termina Barimbambán.

Otro "Kuskat" de olor a sandía se acercó y se sumó a la conversación:

-Eso era antes. Aquí las cosas cambian. Ahora al final del "Callejón gris" encontrarás lugares sorprendentes.

Me incorporé dando las gracias a los "Kuskat" que me lanzaron su aliento como despedida.

-¿Hacia donde va, buen hombre?- Me preguntó un joven que volaba a mi lado sobre una alfombra. Este delgado hombrecillo fumaba de una preciosa pipa de cristal mientras tomaba un té.

-Voy al final del Callejón Gris-  contesté con mucha energía.

-¿Te vas de Barimbambán?,¿No te gusta este lugar?

-No!- Respondí y negué con la cabeza.-Busco la Taberna del Pinsapo y los Kuskat me enviaron al final del Callejón Gris.

El hombre dejó de beber su té:

-Malditos mentirosos. Esos bichejos pueden oler muy bien, pero nunca te fies de ellos, sube a mi alfombra y te llevaré a ese lugar.

Accedí a su alfombra suspendida en el aire. Tomamos Té a la Naranja y Pastas de Viruta mientras flotamos a media altura por los rincones más bellos de Barimbambán:

La Avenida del Rey Pobre, la Calle de las Sabias Mariposas, la Plaza de los Magos, la Calle del Niño Anciano, la Calle de los Ciegos, el Callejón de las Mandrágoras.....

Con las primeras estrellas llegamos al Jardín de Odín, donde ágiles Fakires me deleitaron con bellas danzas de fuego. El hombre me avisó de que habíamos llegado al destino:

-Ahí tienes la famosa Taberna del Pinsapo.

De frente, un altísimo y ancho Pinsapo asomaba por encima de todos los demás árboles del jardín. Me acerqué a su tronco y bajé por unas escaleras que daban al interior de este inmenso árbol. Al entrar a la taberna, me asombré del peculiar ambiente; brujas, gnomos, hadas, elfos, y pintorescos personajes y criaturas se entremezclaban con tigres de bengala, arces, asnos, centauros, panteras y monos de todas las clases. Todos en una absoluta armonía convivían en esa taberna en la que la música en directo era interpretada por tres Galápagos gigantes. 

Yo me acerqué a una especie de barra de bar totalmente irregular, formada por las raíces del mismo Pinsapo. Al otro lado de ésta, la mujer más bella que había visto en mi vida se acercó a mí sonriendo:

-Bienvenido a la Taberna del Pinsapo amigo, ¿que deseas?

De su boca salían minúsculas mariposas de colores.

-¿Que me recomiendas?- Yo la pregunté sin pestañear, con los ojos como platos.

De repente escuché una molesta y familiar voz de fondo:

-¡En que estás pensado!!

La guapa camarera me sonreía cada vez más cuando una tiza calló en mi mejilla.

-¡Lorenzo!, ¡por cuarta vez! ¿Cual es la capital de Turquía?

-Barimbambán- respondí sin pensar.

La clase entera comenzó a reír durante un largo rato, nadie podía parar. Don Carlos me castigó con unos deberes extras pero a mí me dio igual porque sabía que al día siguiente regresaría a la Taberna del Pinsapo...., volvería a Barimbambán.

Elsa y yo



 

Suspirando profundamente, guardó su violín en el estuche de terciopelo mientras que un extraño hormigueo en su estómago le dejaba una sensación de intranquilidad y nerviosismo impropio en ella. No era una de esas tardes en las que Elsa dejaba de ensayar y se ponía a leer o a ver la televisión pensando en las musarañas.
En menos de veinticuatro horas, Elsa afrontaría la prueba de violín más importante de su vida. Había pasado tres exámenes anteriores con muy buena nota y tan solo le quedaba la prueba final, que consistía en la interpretación de una obra en un auditorio lleno de espectadores.
Después de finalizar sus diez años de violín, decidió opositar estudiando durante tres años más. Por la cabeza de Elsa pasaba su media vida de ensayos diarios en los que había sacrificado decenas de momentos para poder dedicarse a lo que la gustaba.-¿Había merecido la pena ese gran esfuerzo durante tanto tiempo?-.Una pregunta que no dejaba de hacerse las horas previas a la audición final.


Por lo general solíamos ir en grupo por si las moscas, pero esa calurosa tarde veraniega decidí dirigirme en solitario hacia un vertedero que ya había visitado en otro momento días antes. Estaba dispuesto a pasar una divertida y apacible tarde entre olores putrefactos y rancios sabores que me harían llegar al limbo.
Una vez allí, disfruté desde el primer instante en que percibí ese denso e intenso hedor que tanto me gustaba. No tardé en darme cuenta de que había más, que como yo, se ponían las botas en el “Vertedero de la Sota”, un lugar del que siempre salías satisfecho y feliz zumbando hacia cualquier lugar sin ninguna preocupación.


La profesora Berta Domínguez, directora del conservatorio San Jerónimo, estaba completamente segura de que Elsa obtendría esa preciada plaza de violinista profesional. Para esta profesora de violín no había posibilidad de que la audición saliera mal en ningún momento. Los padres, amigos y compañeros de Elsa confiaban plenamente en el virtuosismo y la destreza de ésta intérprete que se convertiría en una profesional de por vida.
A menos de tres horas de la prueba final, Elsa recibió muchas frases de apoyo de parte de sus compañeros de estudio, pero lo que más le animó fue lo que le dijo su amigo Alfredo Mera:
-Violinista de ojos azules, que tiemble lo que queda de ese tal David Oistrakh porque vas a bordar a Chaikovski como nadie lo ha hecho hasta el día de hoy.


Me sentía muy pesado y a la vez feliz como ese cercano fin de semana en el que pille una mosca tremenda. Revoloteaba con la familiar sensación del empacho en el denso ambiente veraniego, pero con la satifascción de salir del basurero habiendo aprovechado al máximo.

Según me alejaba de ese increíble y gigantesco vertedero, me crucé con algún conocido que otro, al que saludé sin mucho interés todavía inflado por la comilona.
Me dirigía algún lugar, sin rumbo, sin destino... a veces me gustaba ir a la aventura.


El auditorio “Pizzicato” tenía un aforo de 200 personas y esa tarde presentaba un lleno hasta la bandera. Nadie quería perderse la audición de Elsa.
Un gran silencio reinaba en las oscuras gradas repletas de espectadores que comían pipas y uñas suspirando con nerviosismo mientras miraban unos relojes que apenas avanzaban.
Cuando Elsa salió al escenario pudo observar un auditorio enmudecido y apenas sin luz. Tan solo veía una mesa tímidamente iluminada con seis personas que formaban el tribunal, seis jueces que decidirían sobre la obra que interpretaría en breves momentos.
Elsa estaba acostumbrada a este tipo de eventos, y aunque la presión era máxima y la procesión iba por dentro, sabía soportar con total profesionalidad un momento tan delicado y trascendente. Con mucha energía y seguridad, Elsa inició la presentación de la obra de Chaikovski que a continuación iba a interpretar.


No me disgustaban los interiores, por lo que me introduje en un gran edificio, que vi de casualidad, por una de sus ventanas superiores. Antes de esto, y gracias a mi gran experiencia en esta mala vida, me cercioré de que no hubiera instalada ninguna de esas mosquiteras que casi no se ven cuando vas deprisa y con algún nanogramo de más. Las odio: una vez reboté en una de ellas y estuve toda una tarde inconsciente sin poder moverme.
Dentro de este edificio, recorrí muchos metros de interminables y limpios pasillos de color blanco y olor a limón.


Sumergida en su partitura, Elsa interpretaba a Chaikovski con una gran perfección. Su rostro variaba dependiendo del momento de la canción, sin duda alguna estaba viviendo lo que en ese momento interpretaba, dejándose llevar aún siendo uno de los momentos más importantes y críticos de su vida.
El tribunal no la quitaba el ojo de encima y los 200 espectadores disfrutaban de la interpretación.
Era una obra bastante larga, dieciocho minutos y varios movimientos alternando diferentes tiempos y contrastando mucha energía y alegría con dulzura y tristeza. Una obra completa, sentimental y perfecta para poder demostrar las buenas dotes de Elsa con el violín.


Después de bajar por unas largas escaleras y llegar a un gran vestíbulo, pude observar como el entorno que me rodeaba había variado considerablemente: ya no eran esos colores blancos e insulsos que me aburrían, allí se apreciaba una tonalidad que me gustaba, con colores llamativos por las paredes y el techo. En el suelo había una alfombra roja que me transmitía una buena sensación por lo que decidí descansar sobre ella.
Llevaba un ratito escuchando una música de fondo que me llamaba bastante la atención. La melodía venía del otro lado de una gigantesca puerta de madera.
La verdad era que me encontraba muy a gusto sobre la alfombra, escuchando esa bonita música, pero pudo más mi curiosidad y accedí por una de las ranuras de la puerta a la habitación más grande que jamás había visto. Estaba muy oscuro, no se veía apenas. Al fondo de esta habitación, de donde parecía que provenía la música, había un punto alumbrado por varios focos. Me dirigí hacia allí sin pensármelo.
A medida que me acercaba, la música sonaba más y más fuerte,-Sin duda ese era el lugar de donde salían esas bellas notas-, pensaba para mí mismo.
Cuando estaba cerca vi mucha luz, pero lo que más llamó mi atención fueron esos dos círculos azules que brillaban como dos estrellas y que me hipnotizaron en cuanto los vi.
No pude aguantar la tentación y fui hacia una de esas perlas azules. De repente la música dejó de sonar radicalmente y todo lo demás son vagos recuerdos que no merece la pena ser contados.


Nadie se lo podía creer: la madre de Elsa se llevó las manos a su rostro, su profesora Berta cerró los ojos a la vez que lanzaba un suspiro interminable. Nadie se lo esperaba, nadie hablaba ni se movía a excepción de algunos miembros del tribunal que anotaban o cerraban con solemnidad sus cuadernos de evaluación.
Elsa dejó de tocar el violín. De un modo brusco y sin sentido, en medio de la obra.
Nadie presente en el lugar encontraba lógico lo que ocurría hasta que Elsa no llevó la mano a su ojo derecho y empezó a frotarse desesperadamente.
En ese momento todos los presentes en al auditorio “Pizzicato”, excepto yo, eran conscientes de que Elsa tendría que esperar varios años hasta la siguiente convocatoria de violinista profesional.

Los Furruñaña



-!No, al gato no!- Grité a la vez que le empujaba haciéndole perder el equilibrio.

El sonido del perdigón, tras rebotar en una vieja chapa, me hizo sentir aliviado.

-Pero, ¿qué haces?- David se sorprendió, cabreándose. 

-¡A los gatos no!- Dije rotundamente.

-Lo tenía a huevo... - Refunfuñaba, mientras cargaba con más munición la perdigonera que le regaló su primo Edgar.

Casi todos los días, cuando salíamos de clase, íbamos a la zona de "Las Arcas" a cazar gorriones. Las presas se las ofrecíamos a la señora Candelas que, con mucho gusto, se las cocinaba a su marido Julián. Había tardes que quedábamos con más amigos y jugábamos al escondite entre viejos vagones de tren que descansaban en la abandonada estación del pueblo. También solíamos caminar hasta un arenal, cerca de una pimpollada, donde construíamos cabañas con cartones y palés que recogíamos de un escombrero cercano. En el interior de esos chamizos, jugábamos y conversábamos libremente, sin miedo, porque allí, ningún mayor nos podía regañar. A veces también fumábamos.

Una tarde, mi amigo David y yo, nos dirigíamos hacia el arenal, merendando un currusco de mortadela con aceitunas. A pesar de que el sol se escondía detrás de las grises nubes, el calor era pegajoso e insoportable.

-Yo de mayor quiero ser Gastrónomo- David siempre salía por peteneras. -Me encantan las estrellas, los planetas, las galaxias... me encantaría volar hasta la luna... - David seguía con su monólogo mientras que yo miraba a lo lejos, hacia el arenal, donde se suponía que estaba nuestra cabaña.

-Calla David, ¡mira nuestra cabaña! -dije yo.

-¡Malditos Yerbas, otra vez que nos la han preparado!

En el pueblo, había una panda de chicos un poco mayores que nosotros, los Yerbas. A veces se metían con nosotros, nos destrozaban las cabañas e incluso nos pegaban.

David y yo nos lo tomamos con bastante filosofía y con los típicos gruñidos de rabia de David, fuimos al vertedero a recoger materiales para poder reconstruir la cabaña.

Entre los escombros y muebles viejos, siempre aparecían libros, discos de vinilo, antiguos juguetes... La gente tiraba a la basura de todo, una vez David se encontró un joyero prácticamente nuevo que  regaló a su madre por su cumpleaños.  

-Mira lo que hay aquí- Dije a David que, sin hacerme ningún caso, probaba entusiasmado una vieja bicicleta que no tenía ruedas ni tampoco sillín. 

Abrí una cajonera antigua. En su interior encontré una extensa colección de estampas de vírgenes, santos, crucifijos de madera, un diario escrito con letra ilegible, varias velas de color blanco..., nada interesante. Volqué la cajonera arrojando el contenido al suelo mientras David se entretenía lanzando piedras hacia una botella de cristal. Me agaché para coger un libro que cayó al suelo, pero cuando lo abrí, observé que se trataba de un álbum de fotos. 

El álbum contenía fotos en blanco y negro que se mantenían en perfecto estado. Eché un vistazo rápido a los retratos, pero no me parecían interesantes. Justo en el momento de cerrar el álbum para arrojarlo con fuerza hacia donde se encontraba David, me pareció que uno de los personajes fotografiados me había guiñado un ojo. Enseguida abrí de nuevo el álbum y busqué esa fotografía, que por un instante, me pareció que había cobrado vida.

El tipo de la foto tenía bigote, era alto, delgado, tendría unos 35 o 40 años y vestía un anticuado traje negro. Éste pestañeaba, me miraba..., de repente, ante mi asombro, se llevó el dedo índice hasta sus labios haciendo el gesto de que guardara silencio y se dio la vuelta dándome la espalda.

-¡David, corre, ven!

David se abalanzó hacia mí.

-¿Qué pasa?, ¿qué estás viendo?

-Mira este hombre, ¡se mueve! - Dije nervioso. El hombre de la foto se mantenía dándonos la espalda sin moverse lo más mínimo.

-Pero ¿qué dices?, si por algo me dice mi madre que no me junte mucho contigo.

-En serio, este hombre se ha movido.- Dije mirando fijamente a la fotografía.

-Samuel, déjate de estupideces y espabila, yo voy llevando estos cartones al Arenal- me dijo señalando tres grandes cajas de cartón que estaban en el suelo. 

David se alejaba en dirección al Arenal, arrastrando el material que utilizaríamos para reconstruir la cabaña, y yo me quedé allí, de pie, sin moverme, todavía estupefacto mirando la fotografía.

-Hola Samuel.- El hombre de bigote se había girado y me miraba sonriéndome.

-¿Cómo...? ¿qué...? pero...- Yo no podía articular palabra.

-Mi nombre es Alfredo Furruñaña del Catón. Es todo un placer conocerte. -Dijo el hombre alegremente.

-No puede ser posible, ¿quién eres? - Por fín pude hablar, sosteniendo el álbum con las dos manos.

-¿Otra vez, Samuel?, ya te he dicho quién soy, ahora te presentaré a mi familia.

Yo lo miraba asombrado, por un momento se me olvidó que estaba sobre un montículo de escombros en el medio de un basurero.

-Pasa la página y verás a mi hijo Zacarías. 

Yo le hice caso y pasé una página en el álbum. Me encontré con una foto de un joven con el pelo y las barbas descuidadas. Éste posaba en la foto dormido sobre una hamaca. -No sé a quién habrá salido, se pasa todo el día así, como le ves, tumbado sin hacer nada - dijo Alfredo enérgicamente sin dejar de sonreír.

-¡Alfredo! ¡Ayúdame a encender la chimenea! - Una voz femenina salió del álbum.

-¿Quien ha gritado?- pregunté.

-Oh, es mi esposa Linda. Te la presentaré, vete a la página dos.

Abrí el álbum por la segunda página y me encontré a una mujer tan alta y delgada como Alfredo, con una especie de batín y agachada junto a una chimenea francesa intentaba poner lumbre con unas roñas y un fósforo. Alrededor de ella un pequeño perro se movía nervioso agitando activamente su rabo.

-Tenemos visita Linda - dijo Alfredo.

La mujer sobresaltada se dio la vuelta y tiró las roñas al suelo mirándome algo confusa.

-Alfredo..., ¡la próxima vez avisa! - Gritó la mujer, a la vez que se colocaba el pelo.

-Lo siento, no esperaba ninguna visita, ¿a quién tengo el gusto de conocer?- Me preguntó.

-Soy Samuel. 

-¡Si yo digo que estás tonto! - David me gritaba al otro lado del escombrero, mientras soportaba en sus brazos un palé de madera que llevaba hacia el arenal. 

Yo miré de nuevo hacia el álbum.

-Bienvenido a la casa de los Furruñaña. Yo soy Linda y este pequeño es Fosco.- Señaló al perro que seguía moviéndose inquietamente.

El hombre de bigotes apareció de nuevo en la foto de la segunda página.

-Ahora debes conocer a la pequeña Nika, tiene tu edad más o menos. ¿Donde está cariño?- preguntó Alfredo a su esposa.

-Está en su habitación. - Respondió ella.

-Ve a la penúltima página.- Me ordenó Alfredo.

Abrí el álbum como me dijo y allí encontré a una niña que tendría más o menos mi edad. Su cara era pálida y su pelo muy largo y negro. Permanecía tumbada sobre una cama leyendo un libro. Parecía muy concentrada y ensimismada en su lectura, tanto que no se enteraba de mi presencia. 

-Hola Nika.- dije yo.

De repente a la vez que la niña pasó una página de su libro, la casualidad, hizo que una racha de viento azotara en la escombrera haciéndome perder el equilibrio en lo alto del montículo.

-Hola, ¿me puedes ver?- Insistí ante una niña totalmente absorta en su lectura.

-Espera, ya sólo me queda una página.- Dijo sin perder de vista el libro.

A los pocos segundos, la niña cerró delicadamente su libro y me miró con ojos brillantes.

-Me ha encantado. -Dijo con voz dulce.

-¿Qué libro era? -La pregunté.

-Una historia que escribió mi padre hace poco.

-Vaya, ¿y de qué trata? 

-Se titula “Traficantes de Meñiques”, trata de unos extraños seres, “los fribucos”. Éstos se cuelan astutamente en los álbumes de fotos y se alimentan de los dedos meñiques de los gurrench.

-¿Gurrench?- pregunté sin entender nada.

-Si gurrench.

-¿Que es un gurrench?

-Yo soy un gurrench, los Furruñaña somos gurrench.

-¿Qué sois en realidad?- Pregunté.

-¿Cómo que qué somos? – Respondió, preguntando a su vez.

-¿Sois reales? – Yo preguntaba atónito.

-Somos personas retratadas, ¿nunca has visto a un gurrench o qué? - Preguntó extrañada.

-¿Pero tenéis vida?

-¡Pues claro que tenemos vida, siempre estáis igual, nunca lo entendéis! - Nika Furruñaña se alteraba por momentos.

-¿Quién no lo entiende?- pregunté.

-Vosotros sois los que no lo entendéis. Los que estáis ahí fuera no sabéis nada. Siempre pensáis que sois los únicos que existís, que sois los mejores, los seres superiores; os creéis el centro del universo y eso no es así.

De repente Nika paró radicalmente de hablar y se quedó inmóvil, escrutándome desde la foto.

-¿Nika?, ¿te pasa algo?- Dije yo a la joven, que petrificada me miraba sin pestañear.

-¡Estás loco, estás hablando con una fotografía!- David estaba detrás de mí observando a Nika.

-Debemos irnos de aquí, rápido, "los Yerbas" se aproximan con sus bicicletas. - Dijo éste seguidamente.

-¿Donde están? - Pregunté cerrando el álbum.

-Son unos 6 y vienen por el "Camino de las Rodás".

-¿Qué podemos hacer?- dije yo asustado.

-Estamos perdidos.- David contestó, llevando las manos a su rostro.

-Entrad en mi casa- La voz de Nika se oía desde muy lejos.

-¿Quién ha hablado?- preguntó David.

Abrí el álbum por la penúltima página y Nika estaba allí, nos miraba y se movía nerviosa.

-Samuel, venid a mi casa, ¡aquí estaréis a salvo!- Dijo, apremiándonos a entrar.

-Pero, ¿Qué es esto?- David gritó conmocionado viendo cómo la fotografía se movía y hablaba.

-¡Cerrad los ojos fuertemente! –Dijo Nika.

Los Yerbas estaban muy cerca, ya nos habían localizado y se acercaban velozmente hacia nosotros riendo y gritándonos todo tipo de improperios.

-¡Esto es una bobada!- David se negaba a cerrar los ojos.

-¡Por favor David, haz caso!- Le grité agarrándole por los hombros.

-¡Cerrarlos mucho más fuerte! – Nika gritaba.

-¡Fuerte, David!- Gritaba yo que ya no podía cerrarlos más.

-¡Apretad más, cerrarlos hasta que os duela la cabeza!- Nika no paraba de darnos voces.

De repente el intenso bochorno desapareció dando paso a un agradable frescor. Yo abrí los ojos, me encontraba junto a David en una amplia habitación con olor a limón. A través de la una pequeña ventana entreabierta, pude observar que la noche era muy oscura en aquel lugar. Un ligero viento entraba por la ventana y movía levemente las cortinas. Nika estaba en una de las esquinas de la habitación, aterrorizada, nos miraba asustada y se tambaleaba sin dejar de temblar.

-Hola Nika- Dije yo sonriendo.

-No, por favor…- dijo ella llorando.

Una tímida luz salía de una lámpara de lectura e iluminaba el habitáculo que estaba repleto de estanterías con viejos libros.

-¡No me hagáis daño!- Dijo Nika entre sollozos.

-Tranquila, no duele tanto como dicen.- Le dije yo.

-¡Nooo!

-Samuel, ha llegado el momento de catar los meñiques de los Furruñaña.

Jamás Irás



 

Solo faltaba un día para emprender mi viaje. Eso fue lo primero que me vino a la cabeza cuando sonó la melodía de mi despertador. Todo un año esperando día tras día, viviendo una cuenta atrás que parecía que nunca iba a llegar, tachando ininterrumpidamente los días en el calendario.... Por fin taché el último: en menos de veinticuatro horas estaría volando hacia el destino que siempre había soñado, las Islas Samaj-Sari.
Estas cuatro pequeñas islas pertenecen al conjunto de las más de 700 Islas Filipinas, y su nombre viene en honor al aventurero y descubridor marroquí Samaj Sari Allben.
Islas prácticamente vírgenes sin apenas civilización, tribus completamente aisladas, volcanes, selvas tropicales y kilómetros de playas de ensueño que harían de mis quince días una experiencia, sin lugar a dudas, inolvidable.

Pero todavía me faltaba un día para partir y me tuve que enfrentar a la rutina diaria.
Como todos los días, acudí a mi curso de “instalador de placas nucleares Protocolo J-345”. Fue una mañana muy amena tanto por mi óptimo estado de ánimo como porque esa mañana dejamos la teoría de lado ciñéndonos solo a la práctica, en concreto a la instalación de placas V-345 (las mejores del mercado).
Ese día, miércoles, era el único de la semana que acabábamos la jornada del curso a mediodía y aprovechando la ausencia de clase por la tarde concerté, dos semanas antes, una cita para asistir a un “estudio de mercado”.

Siempre que me llaman y puedo, suelo acudir a “estudios de mercado”. Éstos se basan simplemente en reuniones en grupo en el que se exponen ideas y se opina sobre un determinado producto. Las personas que colaboran en este estudio son gratificadas con un incentivo económico. En este caso, el estudio fue en la calle Luchana de Madrid y trataba sobre el vermú y mi opinión como consumidor.

Soy un hombre dado a llegar con tiempo de sobra a mis citas. Llegué al lugar de la reunión a las 16:00h, media hora antes del inicio de ésta. Para hacer tiempo, decidí entrar en el Café-Bar Reina, que se situaba justo al lado del edificio donde tendría lugar la charla.
Tomaba mi café con leche en taza pequeña mientras leía un libro de Isaac Asimov. Entre hoja y hoja, no podía dejar de echar un vistazo a la camarera. Rubia, alta y exuberante, con un uniforme a lo moderno de blusa y falda ajustada...., era esa clase de mujer que no pasaba desapercibida ni en el más tosco de sus movimientos.
Mientras leía apoyado en la barra del bar, me ocurrió algo tremendamente extraño. Empecé a notar que alguien me rascaba la espalda. Miré hacia atrás, y pude observar como la camarera me rascaba con toda la naturalidad del mundo mientras ordenaba a otra joven camarera que cobrara a los de la mesa siete. Me quedé totalmente mudo, no pude hacer nada, no sabía que decirle. Fue algo tan inesperado y tan incoherente que solo pude mirarla sin abrir la boca. Ella me rascaba colocándose su blusa y saludando simpáticamente a clientes que entraban en el bar. Era como si en lugar de rascarme, estuviera pasando la bayeta en la barra.
Pasados unos segundos, dejó de rascarme, se introdujo en el interior de la barra y siguió realizando su trabajo como si no hubiera pasado nada.
Me quedé totalmente alucinado. No sabía que pensar. Me encontraba leyendo un libro de fantasmas y de repente una mujer rubia de 1,75m, desconocida y tremendamente sexy me había rascado la espalda durante unos segundos. En este tiempo no fui capaz de reaccionar ante, me atrevo a decir, la situación más surrealista que había ocurrido, hasta ahora, en mis 23 años.
Me tomé lo poco que quedaba del café y salí del bar con cierta prisa para llegar a tiempo al estudio de mercado sin dejar de pensar en lo que me había ocurrido.

En la calle Luchana, todavía con un cuerpo un tanto intranquilo por lo que previamente había vivido, accedí a la quinta planta del Edificio Black.
De cara angelical y voz de radio, una joven y guapa recepcionista me dio las buenas tardes.
En los estudios de mercado, generalmente, todo transcurre de igual manera:
Se pregunta por una persona, la recepcionista te pide los datos o el dni para realizar una ficha y en cinco minutos te están interrogando sobre teléfonos móviles, coches, pistolines, cafeteras, tarjetas de crédito o, en este caso, vermú.
La joven y amabilísima recepcionista fue capaz de hacerme olvidar por completo lo que anteriormente había ocurrido en el Café-Bar Reina. Lo que la recepcionista hizo con mi dni me dejó boquiabierto y absolutamente paralizado sin la más mínima capacidad de reacción.
¿Una broma?¿Un sueño?¿Una alucinación?, ¿que me estaba pasando?.... No podía ser, no podía ser posible lo que mis ojos estaban viendo. Sin poder decir una palabra, intentaba buscar una explicación a todo lo que estaba ocurriendo, pero era imposible. No tenía sentido, era una auténtica locura.
La dulce joven de tierna mirada se comió mi dni. Ayudándose de la guillotina que tenía a su derecha, partió mi documento de identidad en varios trozos en formas de lámina y los engulló como si se tratara de jamón de york.
Una vez que acabó de comer el último trozo y ante mi cara perpleja de alucinación total, me miró sonriente comunicándome alegremente que la Señorita Carmen Gutiérrez me esperaba en la sala cinco.
Me quedé mirándola sin pestañear, pálido, aturdido y conmocionado sin poder hacer ni decir nada. Ella me preguntó:
-¿Se encuentra usted bien?
Un hilo de voz entrecortado salió de mi interior:
-Mi dni....?
-Oh, no se preocupe. Concretamente no nos es necesario para este Estudio de Mercado.
Pensé en preguntar que porque se había comido mi dni pero no me atreví, no fui capaz, me sentía un idiota al imaginarme formular la pregunta. Era una situación tan irreal y surrealista que dudaba de mí mismo.



Un sueño, pensé. Pero no puede ser, estoy despierto, todo esto está ocurriendo. Dio mío, igual me estoy volviendo loco. Y si estoy viendo cosas que no están ocurriendo realmente...
Ante esta situación me sentía tan desequilibrado y confuso que sin despedir a la recepcionista, tomé el pasillo que me llevaba a los ascensores y abandoné el edificio Black sin realizar el estudio de mercado.

Quería llegar a mi casa cuanto antes, no me sentía nada bien. Tenía ganas de sentarme en mi salón y contar todo lo que me había ocurrido a Foog, mi compañero de piso y única persona de confianza de esta ciudad. Foog era un canadiense alto, delgadísimo que estudiaba filología hispánica. Me escucharía estupefacto cuando le contara todo. Era una persona muy comprensiva pero también muy racional. No se muy bien como reaccionaría cuando le explicara todo lo que me había pasado.

Me decidí por tomar un taxi. Llegar a casa lo antes posible era mi prioridad.
Vi uno estacionado a pocos metros y fui hacia él. Toqué la ventanilla para llamar la atención del taxista que se encontraba haciendo un sudoku. Éste me miró y pausadamente, arrancó el motor del coche sin dejar de mirarme con una sonrisa muy burlona y a la vez rara. De repente, las ruedas chillaron mientras el hombre reía y aceleraba con fuerza yendo de frente y dejándome en tierra sin entender nada. Que personaje, pensé...
Me quedé allí esperando a que pasara otro taxi que quisiera ofrecer sus servicios de una manera normal.
Pasó uno cerca de la acera donde me encontraba. Le levanté el brazo y él empezó a acercarse donde me encontraba lentamente. Sin parar el coche, vi de nuevo que el taxista se burlaba de mí, me miraba y se reía fuertemente mientras pasaba de largo.
Empecé a ponerme muy nervioso e incluso a temblar porque posteriormente pasaron más taxis y ocurría lo mismo con todos. Incluso algunos taxistas me señalaban maliciosamente con el dedo y me pitaban mientras reían exageradamente pasando de largo.
Algo estaba ocurriendo. No podía saberlo pero algo estaba pasando alrededor de mí.
Con un tembleque sobrehumano me dirigí a la boca del metro más cercana. Solo quería llegar a mi casa, estaba empezando a encontrarme realmente mal.

Al poco de introducirme en la estación de Metro “Bilbao”, me di cuenta de un detalle que me puso los pelos de punta: allí no había nadie más que yo.
Eran las 17:00h y en el metro de Madrid no encontraba ninguna persona excepto yo. A esa hora cualquier día de la semana, el metro estaba lleno de gente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaba volviendo loco?
Caminando por los largos y desiertos pasillos del metro, empecé a desesperarme por la impresión que me daba el ir solo por un lugar que normalmente estaba lleno de transeúntes.
Una mujer que no conocía de nada me rascó la espalda, una recepcionista se comió mi dni, taxistas se reían sospechosamente de mí....ahora la única persona que había en el metro era yo,¿qué estaba ocurriendo?. Era imposible entender algo de lo que me estaba sucediendo.
De repente, llegué al andén donde cogería el tren que me llevaría a mi casa y, al fin, allí había alguien. Estaba un poco lejos, no lo distinguía bien. Me fui acercando y vi como la persona que estaba a la otra punta del andén era un guardia de seguridad. Me dirigí hacia él a gran velocidad, corriendo, ansioso de una explicación lógica. Sin preámbulos y con muchos nervios le pregunté qué era lo que estaba ocurriendo, porqué no había gente en el metro.
No me lo podía creer. El guardia de seguridad empezó a hablar en un castellano antiguo, latín o una de esas lenguas muertas de las que es imposible entender nada por mucho que precedan a nuestro idioma. No me podía comunicar con él.

Una vez que empezó a hablar, no paró. Yo me quedaba mirándole intentando entender algo de lo que decía pero era imposible.
El tren llegó y paró en la estación con absoluta normalidad. Accedí al vagón mientras que el guardia de seguridad, mirándome a través de las ventanas del tren, continuaba con su sermón como si de un robot se tratara.
El interior de los vagones estaba totalmente vacío. ¿Dónde estaba la gente?
A pesar de que me daba la impresión de que el metro iba más deprisa de lo habitual, el viaje se me hizo interminable, parecía que nunca llegaría a mi casa.
Empecé a sentir miedo. Recapitulé todo lo que me estaba pasando. Todo era absurdo y sin sentido. No sabía que hacer, solo quería llegar a casa y contarle, no se de qué manera, todo a Foog.

En cuanto el metro paró en la estación de Valdezarza y abrió sus puertas, salí a toda prisa del suburbano y ya en el exterior me dirigí a la calle Ochagavía, donde se encontraba mi humilde piso.
Según llegaba a mi casa me sentí relativamente mejor. Mi corazón latía a un ritmo normal y el miedo que tenía disminuyó.
Entré en el portal y me dispuse a tomar el ascensor junto a una vieja monja que allí se encontraba. Ya dentro del ascensor, la hermana pulsó el botón del quinto piso mientras que yo pulsé para ir al cuarto.
Según ascendíamos, observé la vieja cara arrugada de la monja, me percaté de que ella me miraba seria y desafiante. Desvié mi mirada hacia el panel digital del ascensor mientras un escalofrío recorría mi cuerpo entero. De repente, ya en el cuarto piso, a la vez que se abría la puerta del ascensor, la monja, con una fuerza inesperada, me agarró el brazo, y me dijo con una voz que nunca olvidaré:
-Vas a morir cabrón.

Salí del ascensor con un miedo incapaz de describir. Me encontraba en el rellano buscando desesperadamente las llaves de casa mientras que la monja, todavía en el ascensor y con la puerta abierta, me insultaba con todo el odio del mundo.
Por fin encontré las llaves dentro de mi bolsillo interior. Abrí la puerta apresuradamente y accedí casi sin aliento cerrando de un portazo.

Me quedé apoyado en la puerta de mi casa con los ojos cerrados fatigado por el peor día me mi vida. Dejé de escuchar los bárbaros insultos de la religiosa y ahora escuchaba la música a todo volumen que salía del salón. En ese mismo instante una mujer mulata vestida con muy poca ropa me agarró y empezó a bailar a mi lado. No daba crédito...esto no me estaba ocurriendo a mí.
Me dirigí hacia el salón. La mulata me perseguía cantando e intentando agarrarme para bailar. Cuando entré en el salón y vi a más de 50 personas apiladas bailando una música que nunca pude recordar, mi corazón empezó a latir tan rápido que me llegué a sentir críticamente mal; no podía respirar con normalidad, me faltaba el oxígeno.
Entre la gente que bailaba eufóricamente pude reconocer a varios de los taxistas que había visto momentos antes. Seguían en su línea, no dejaban de bailar mientras me miraban y se reían con descaro.
Había gente que venía desde la cocina con vasos y cócteles, otros iban hacia allí formando congas arrítmicas. Todo el mundo me miraba sonriendo y me empujaba para que bailara. Yo me encontraba sin fuerzas para intentar hacer algo que cambiara la situación que estaba viviendo en mi propia casa.
Me dirigí hacia la cocina entre la masa de desconocidos que se divertían como locos. Chinos, travestís, gente disfrazada, jóvenes de color, varios policías.....me crucé con todo tipo de personas. Ya no podía más, agobiado entre la multitud empecé a gritar llamando a Foog con las pocas fuerzas que me quedaban. No podía avanzar en el propio pasillo de mi casa. Se había formado un tapón humano y nos movíamos casi sin aire. Yo no podía más, estaba totalmente derrotado, gritaba llamando a Foog pero Foog no estaba allí. Cuando la corriente humana me dejó en la cocina me encontré con una barra de bar provisional que habían improvisado con las 2 mesas del salón. Esta fiesta me estaba volviendo loco, la vista se me nublaba y mi cuerpo amagaba con recaídas que me podían hacer desfallecer en cualquier momento.
Encima de la barra de la cocina, dos mujeres bailaban como locas y Foog apareció riendo y cantando amarrándome por detrás.

-Pero dios mío Foog, ¿qué es todo esto? ¿qué está pasando aquí?

-¿Pero no te has enterado? Hoy es el fin del mundo. Hoy se acaba la vida. ¿Pero en qué país vives? ¿Es que no ves la televisión?...Hoy cada uno hace lo que le plazca...

Ahora si que tenía todo más claro. Me estaba volviendo loco.
Miré hacia las dos chicas que estaban sobre la barra y me di cuenta de que eran la camarera que me rascó y la recepcionista que se comió mi dni. Ellas me miraban sonrientes e iniciaban prolongadas caricias y besos apasionados mientras que todos los asistentes, incluido Foog, las vitoreaban y gritaban de júbilo.

No sabía que hacer. Estaba totalmente saturado. Me rendía al barullo de la fiesta que aumentaba cada vez más. Me metí entre la masa festiva del pasillo con la idea de intentar cruzar hasta mi habitación. Quería saber si podía estar a gusto en algún lugar de mi propia casa, quería descansar solo. La única esperanza que tenía era mi cuarto, tuve la sensación de que allí estaría más tranquilo.
Sudando y con alguna lágrima en mi mejilla abrí la puerta de mi habitación con mucho miedo, deseando con todas mis fuerzas que allí dentro no hubiera nadie y pudiera descansar del agotamiento psicológico que tenía.
La oscuridad me produjo algo de paz. Una vez dentro, cuando di el interruptor de la luz y me vi metido a mí mismo en la cama durmiendo como un angelito, exploté y empecé a llorar. Me dio un ataque de ansiedad, no entendía porque todo esto me estaba pasando a mí. Era muy joven para perder la cabeza, era muy joven para volverme loco....
Llorando y gimiendo me dejé caer en la cama junto a mí mismo y en cuanto cerré los ojos, me quedé dormido junto a él...., me quedé dormido junto a mí......

El despertador sonó más temprano que nunca. Ya había llegado el día. En tres horas estaría volando hacia las Islas Samaj-Sari. Vaya nochecita, pensé mientras me secaba un rostro todavía sudoroso. Sin duda había sido la pesadilla más rara y surrealista de mi vida.
Me espabilé en poco tiempo dejando el extraño sueño en el olvido y desayuné pensando en los siguientes quince días.
Tomé un taxi que me llevó al aeropuerto. Una vez allí junto a mi maleta, me encontraba más emocionado que nunca... ahora sí que estaba apunto de partir hacia las Islas Samaj-Sari.

Me situé en la larga cola de personas que iban a facturar. Me dio la impresión de que la cola nunca se iba a acabar, pero esta fue bastante deprisa. En unos instantes ya me encontraba de los primeros.
De cara angelical y voz de radio, una joven y guapa azafata me sonrió solicitándome mi Dni. En ese momento, en mi cabeza se materializó la pesadilla que esa misma noche tuve y mis manos fueron a la cartera en busca de un Dni que nunca encontré.
Mi desesperación era terrible pues era imposible volar sin dni. La azafata me ordenó que me retirara de allí puesto que había mucha gente todavía por facturar.
Pero ¿dónde estaba mi Dni? No puede ser, sólo fue un sueño, pensaba sin entender nada de lo que me había ocurrido. Mi dni siempre estaba en la cartera... Me sentía tan mal.....
Empecé a pensar en todo lo que esa noche soñé mientras veía como cerraban el Stand de facturación......Dios mío, pensé, no iré a las Islas Samaj-Sari.
Se me cayó el mundo encima. Con todo preparado, pagado y organizado me quedaría en tierra por algo tan simple como no tener el dni para facturar.

Mis lágrimas empezaron a dejarse ver. No podía contener la rabia mientras miraba el billete de avión en mis manos, Destino: Islas Samaj-Sari.
Lloraba sin perder de vista el billete de avión y daba vueltas a todo lo que me había ocurrido. Mi mente giraba bruscamente de un lado a otro buscando explicaciones entre el mundo de la vigilia y un mundo real del que no estaba seguro que lo fuera.
Estaba hecho un lío. Leía una y otra vez en el billete del avión: Destino: Islas Samaj-Sari.........Islas Samaj-Sari..........Islas Samaj-Sari......Samaj-Sari......Samaj-Sari..... de nuevo me estaba volviendo loco. Todo me daba vueltas....todo lo veía al revés......De repente el nombre de las Islas se dio la vuelta.
Jamás Irás, leí mientras me secaba las lágrimas.

Solo me pude consolar pensando en que todo lo ocurrido fuera un sueño. Me senté en un banco del aeropuerto con el billete de avión en la mano y con la esperanza de que sonara realmente mi despertador.

Mentira piadosa



MENTIRA PIADOSA

-Hola, buenas tardes.

-¡No gracias, no me interesa!

Sin darme tiempo a decir nada, la puerta se cerró delante de mis narices.

Ser vendedor de libros es una tarea tan complicada como dura. Aguantar día tras día cientos de portazos de mal educados que ni siquiera te escuchan, es una ardua labor que no todo el mundo es capaz de soportar.

-Hola, buenas tardes.

-¡Ya tenemos teléfono gracias!

-No, si son libros.

-¿Libros?- Dijo un hombre de ancho bigote y camisa de hombreras que me examinó de arriba abajo.

-Si mire, tengo las mejores novedades y las.....

El hombre cerró la puerta sin decir nada, dejándome con la palabra en la boca.

Acabé odiando los pisos sin ascensor, las puertas con mirilla, el horrible pitido del telefonillo de cada portal, los ladridos de los perros hogareños, el olor a fritanga de vecinos que carecen de extractor, el reggaeton que sonaba en casas que nunca se abrían y los timbres con melodías tan largas como horteras.

-Espíritu, si estás aquí, manifiéstate.

-Javier, hijo mío, dinos algo.- Dijo Eusebio, un desmejorado hombre de rostro afligido.

-¡Haga el favor de callar!- La voz de la médium era solemne.

-Espíritu nuestro, te evoco y conjuro desde este, nuestro mundo terrenal.- La espiritista hablaba muy lentamente. -Desciende del mundo de los muertos y manifiéstate ante tu familia que, aquí presente, desea saber de ti en tu nueva vida.

Jacinta, su esposo, Eusebio y su hija, Esther, permanecían agarrados entre sí por sus manos, alrededor de la mesa, observando a la anciana que, pausadamente, hablaba con sus ojos cerrados.

-Espíritu, si estás aquí, háznoslo saber.

Evidentemente no todo en este trabajo era malo. Había momentos simpáticos y divertidos en los que las situaciones eran de lo más dispares. Una vez llamé a una casa en la que se estaba filmando una importante película para adultos de producción alemana. En esto que me abre una exuberante rubia sin apenas vestimenta  y, creyendo equivocadamente que yo era el crítico de cine que estaban esperando, me indicó por gestos que accediera al apartamento. Yo, patidifuso, observé gran parte del rodaje hasta que apareció el verdadero hombre que estaban esperando:

-¡Verflucht Vollidiot!- No parecía nada bueno lo que un ancho alemán me gritaba. 

-Espíritu, muéstrate ante nosotros, porque así lo queremos y deseamos con todas nuestras fuerzas.

-Esto no funcionará.- Eusebio volvió a interrumpir.

-¡Haga el favor, padre!- Esther dijo enfadada.

Eusebio secó sus húmedos ojos y, suspirando profundamente, volvió a agarrarse a su mujer e hija. La espiritista lanzó unos polvos sobre la mesa y dijo unas extrañas palabras en algún idioma, muy parecido al latín. De repente se levantó de su silla y, medio temblorosa, dijo:

- Me temo que somos pocos. Necesitamos más energía humana.

-¿Qué podemos hacer?- Dijo Jacinta.

Uno de esos días de fina lluvia de invierno, en los que sólo apetece estar en casa, ascendía por las escaleras de un antiguo piso para intentar vender la última novedad literaria en promoción: “El Gran Koala”. Este ejemplar no era difícil de vender puesto que, además de ser  una novela entretenida y barata, con cada compra de ésta,  regalábamos un pequeño libro de relatos de suspense.

Como siempre, más de un ochenta por ciento de los vecinos, o no me abrían o no me escuchaban. Tuve la suerte de vender un ejemplar a los del 4ºA, dos jóvenes americanos que estudiaban español. Seguí subiendo escaleras hasta llegar a  la octava y última planta, donde me ocurrió algo que jamás olvidaré. Llamé a la última casa del bloque, el 8ºD.

-¿Esperamos a alguien?- Preguntó Esther.

-No. –Contestaron Jacinta y Eusebio al unísono.

El sonido del timbre hizo que la espiritista saliera del trance en el que se encontraba.

-Si la persona es de confianza, no nos vendría mal. Necesitamos más energía terrenal, sino, será complicado conectar. –Dijo la médium con uno de sus colgantes en la mano.

-Iré a ver quién es.- Dijo Jacinta saliendo rápido del salón.

Cuando Jacinta abrió la puerta, se encontró con un joven desconocido. Era rubio, alto y delgado. Tenía gafas y llevaba un maletín en su mano izquierda. Vestía bastante aparente, con una chaqueta americana de color verde y un pantalón negro. A simple vista, no parecía mala persona.

Me disponía a descender las ocho plantas del antiguo piso, cuando la puerta del 8ºD se abrió. Al otro lado una mujer ojerosa de unos sesenta años  me miró con un rostro apenado. Vestía completamente de negro y llevaba un moño, como antiguamente gastaban las abuelas. Pude percibir un olor rancio que se incrementó a medida que me acercaba a ella.

-Buenas tardes. Mi nombre es Rodrigo y me gustaría ofrecerle el libro perfecto. Se trata de una novela titulada “El Gran Koala”, ¿la conoce?

La mujer negó con su cabeza sin decir nada. Ella me miraba como si estuviera ida, como si pensara en otra cosa.

-Si quiere le puedo comentar más sobre esta obra y, si usted se anima a comprarla, le regalo otro magnífico libro: una recopilación de historias de suspense. ¿Cómo lo ve?

La mujer seguía sin hablar y con la mirada perdida. Yo empecé a ponerme nervioso.

-Lo siento señora, igual es que, claro.., no le he preguntado; no le gusta leer, es eso, ¿verdad?

En ese momento quería desaparecer de allí. La mujer tenía toda la pinta de estar completamente loca, e intentar venderla una novela no tenía sentido alguno.

-Siento haberla molestado señora, que la vaya bien.-Dije girándome para bajar por las escaleras.

Inesperadamente, bajando el cuarto escalón, la mujer me habló:

-Espera un momento joven.

-¿Por qué tarda tanto madre?-Dijo Esther a su padre.

- No lo sé hija, esta mujer es así, me está poniendo enfermo.

El padre y la hija estaban nerviosos. La médium, al contrario, permanecía aparentemente relajada pero sin perder la concentración.

-Iré a buscarla.- Dijo Eusebio levantándose de su silla, sin poder aguantar más.

En ese momento se abrió la puerta del salón.

-Perdonad el retraso, mi sobrino Bernardo tuvo que ir baño. –Dijo Jacinta junto a un joven al que nadie conocía.

Cuando entré en el salón, junto a la tal Jacinta, quedé completamente aterrado. Una mesa redonda iluminada con una lámpara cuya luz era tan débil como la anciana que la presidía, hizo que un escalofrío recorriera gran parte de mi cuerpo. Por las indicaciones previas que me hizo Jacinta, observé a Esther, su hija, y a su deprimido esposo, Eusebio. Sentía pánico por la situación con la que repentinamente me había topado y no tenía claro si saldría sano y salvo de esa casa de locos. Únicamente confiaba en que Jacinta cumpliera con su palabra.

-Reanudemos la sesión- dijo la anciana mientras se mojó sus dedos con un líquido oscuro.

Me senté entre Esther y Eusebio. Fui sorprendido cuando ambos me tomaron por mis manos. La anciana, con sus ojos entornados, comenzó a realizar extraños sonidos guturales. Yo observé el panorama y no podía creerme donde me encontraba. Dios mío, ¿dónde me  he metido?, pensaba; están todos como cabras.

-Espíritu nuestro, te evoco y conjuro desde este, nuestro mundo terrenal.- La médium daba verdadero miedo. Su voz no parecía del todo real y su cuerpo se balanceaba ligeramente hacia delante y detrás según hablaba. Empecé a notar el sudor de mis manos agarradas a las de los extraños personajes que me rodeaban. A pesar de que mi olfato se había acostumbrado al olor añejo de la vieja casa, de vez en cuando, bocanadas agrias impactaban contra mis fosas nasales provocándome náuseas.

-Espíritu, si estás aquí, manifiéstate. – La anciana seguía con sus llamamientos. Había entrado en una especie de trance en el que su cuerpo y voz vibraban de forma sobrehumana.

Me fijé en Eusebio. Por su apenado rostro, unas tímidas lágrimas se desprendían desembocando en su barbilla. Él no sabía si cerrar o abrir sus ojos, estaba poseído por el ansia de querer contactar con su hijo Javier a toda costa.

-¡Espíritu, únete a nosotros porque así te lo pedimos y deseamos con todas nuestras fuerzas!- La médium insistía.

De repente, Jacinta me miró. Parecía que había llegado el momento. Jacinta se levantó y fue hacia una de las oscuras esquinas del salón.

-Ohh, ¡Dios mío!- Gritaba.

La espiritista salió de su trance. Eusebio y Esther se levantaron de la silla asustados, sin saber que estaba ocurriendo.

-¿Qué te pasa madre?- Dijo Esther acercándose a ella.

-¿Es que no ves a tu hermano querida? – dijo Jacinta entre sollozos.

Eusebio lloraba y se echaba las manos sobre la cabeza:

-¡Ohh Dios mío, y encima mi mujer se vuelve loca!

-Madre, tranquilícese, se lo está imaginando.

Jacinta acariciaba suavemente al aire y yo decidí que había llegado mi momento:

-Estáis ciegos, ¿No veis que lo está acariciando? – dije yo acercándome al surrealista escenario.

-¿Cómo?- Esther me miró sorprendida.

-Nadie puede negar que aquí hay un joven sentado. -Con aparente calma, señalé la silla vacía.

Eusebio se acercó moviendo su cabeza de lado a lado, intentando poder ver que es lo que estaba acariciando su esposa.

-Su señora lo está acariciando en este mismo instante. – Dije intentando ser lo más natural posible.

Seguidamente, la Médium pronunció unas valiosas palabras:

-A veces no todo el mundo puede percibir lo que nos rodea. Déjenme decirles que yo tampoco estoy percibiendo a vuestro querido Javier, pero respetemos a las personas que están teniendo esa fortuna y aprovechemos el momento.

-¡Pero si éste ni si quiera es nuestro primo Bernardo!- dijo Esther mirándome despectivamente.

-Lo sabía desde el instante en que llamó al timbre intentando vendernos algo.- Dijo la Médium  presumiendo de su don.

Maldita vieja,  ¿cómo ha podido saberlo?, pensé yo.

-Javier nos está hablando.- Dijo Jacinta

-¿De verdad? - Eusebio preguntó emocionado.

-Habla muy bajo.- dije yo.

-Si, guardad silencio, por favor.- Jacinta ordenó.

Eusebio se colocó de rodillas en frente de la silla vacía:

-¿Qué dice mi Javier? – dijo éste entre lágrimas.

-Dice que está harto de tus llantos.

-¿Cómo?

-Pues eso, me está diciendo que no quiere verte llorar, que cada lágrima que derramas es similar a un latigazo en su espalda.- Jacinta miraba a la silla vacía, parecía una auténtica actriz.

-Dios mío, ¡no lloraré jamás!-  Eusebio se secó sus lágrimas con la manga de su jersey.

-También dice que él sería feliz de no ser que cada día nos ve mal. Dice que su nuevo mundo es maravillo y que lo único que lo atormenta son nuestros llantos y plegarias.

-A partir de ahora todo será diferente. – dijo Eusebio.

-Dice que se tiene que ir. Nos manda besos y nos repite que, por su bien, seamos muy felices.

-Adiós hijo mío, no lo dudes, seremos felices sabiendo que tu estás bien. – dijo Eusebio con una sonrisa que me emocionó.

Jacinta y Eusebio se fundieron en un abrazo mientras que Esther y la Médium me observaban sospechosamente.

-Muchas gracias.- Jacinta me hablaba sigilosamente en el recibidor de la casa.

El antiguo joyero no podía cerrarse por la cantidad de alhajas y sortijas de toda una vida.

-Toma, esto te pertenece.- me dijo sin subir el volumen, mirando hacia la puerta del salón por si venía alguien.

-No lo puedo aceptar.

-¿Por qué?- dijo extrañada.

-Con la sonrisa de su esposo he tenido más que suficiente. – le dije cogiéndola de los hombros.

-No se como agradecérselo.- Me dijo con la voz entrecortada.

-No se preocupe. Sean muy felices. –Le dije mientras salía de la casa.

-Muchas gracias.- Ella sonreía.

Justo antes de cerrarse la puerta, me volví:

-Un momento, ¿no querrá un ejemplar de la novela, "El Gran Koala"?.

-No gracias, no nos gusta leer.

El Conde de Abruá



La oscura noche estaba bañada por una intensa lluvia que no cesaba desde hacía tres días. Los graves truenos acompañaban mi andadura transmitiéndome cierta intranquilidad. Mi tos aumentaba a la par que mi asma. Calado, agotado y casi sin fuerzas para seguir, necesitaba encontrar algún refugio para poder pasar la noche. Cada vez tenía más hambre y mi estómago rugía hasta llegar a dolerme.

En uno de los momentos en que un relámpago iluminó el cielo, pude ver en lo alto de un gran peñasco una fortaleza. Decidí acercarme hasta aquel lugar con la esperanza de ser acogido.

El ascenso hasta aquel prolongado peñasco fue largo y duro, por lo que tardé más tiempo de lo que en un principio preví. Una vez en lo alto, me llamó la atención la magnitud de la fortaleza. Un solemne edificio de aspecto dejado y deshabitado, con unos exteriores totalmente descuidados y llenos de maleza, se erigía ante mis ojos.

Golpeé fuertemente en lo que supuse que era la puerta principal. En unos pocos segundos una doncella vestida de blanco abrió la puerta, recibiéndome con una tímida sonrisa.

-Buenas noches, ¿qué desea?- Preguntó la joven.

-Deseo cobijarme en su morada. -Respondí, con mis ojos entrecerrados por la intensa lluvia.

-Un momento, por favor- La doncella me cerró la puerta.

Al cabo de unos minutos la elegante joven volvió a abrir la puerta y, ésta vez con mucha clase, me invitó a entrar en el castillo.

-Le acompañaré hasta la habitación del señor- Me dijo mientras yo la seguía por un largo pasillo.

-El señor me ha comentado que quería conocerle- La señorita me daba conversación mientras que yo, atónito, observaba un desmesurado lujo que no esperaba encontrar:

una extensa coleccion de cuadros, muebles, lámparas, tapizados, estatuas y alfombras inundaban paredes, suelos y techos. Todo me llamaba la atención, cualquier rincón estaba cuidado al más mínimo detalle.

-Ya hemos llegado- Dijo con un cierto énfasis.

Dio dos golpes a la robusta puerta y, desde el otro lado, una rasgada voz invitó a la joven a entrar.

-Su huesped está aquí Señor.

Yo, algo acobardado, accedí a la habitación y la joven se despidió cerrando la puerta.

El habitáculo era grande y oscuro. Estaba iluminado en menor grado que el resto de los pasillos que había recorrido previamente. Me llamó la atención un peculiar olor que nunca supe atribuir a nada.

-¿A quién tengo el gusto de conocer?- Me preguntó una silueta que miraba tras una de las ventanas.

-Soy Damián- Dije simplemente, algo asustado por la situación.

El hombre cambió bruscamente la dirección de su mirada y pasó a observarme mientras cojeaba en dirección a una de las sillas.

-Sientate chico.- Me ordenó mientras que, con gesto de dolor, se frotaba una de sus piernas.

-Dime, ¿de dónde eres y qué te trae por estas tierras?- Su ronca y rasgada voz sonaba desgastada y sin fuerzas.

Yo tomé asiento y, a pesar de la humedad de mis ropajes, pude notar como la temperatura de mi cuerpo iba en aumento poco a poco.

-Vengo del norte, de la zona del Zulium. No tengo ni casa ni familia y mi vida se basa en el momento actual y en el día a día. Nunca miro al "mañana" y ni siquiera al "luego".

-Vaya, vaya, vaya... con que un "Don Nadie"- Me dijo éste despues de beber un largo trago de una botella que no supe de donde sacó.

-¿Y usted?- Pregunté.

-¿Como que usted?- De repente noté cierta ofuscación.

-¿Vienes a mi casa y no sabes quién soy?-Su voz ganaba fuerza.

-Lo siento señor. Vine aquí por azar, arrastrado por el frío, la lluvia y el viento.- Dije yo.

La botella volvió a tomar protagonismo y se alzó sobre la oscuridad. Tras un largo trago, el viejo hombre me ofreció de su bebida. Intenté matar mi sed pero apenas pude dar un sorbo de ese fuerte licor que por poco me abrasa la garganta. Después de un prolongado silencio, el viejo hombre comenzó a hablar, esta vez con un tono tranquilo y sosegado:

-Soy el Conde de Abruá, o mejor dicho, una vez lo fuí. En éste, mi castillo, me paso las horas muertas y son tantos los años que llevo encerrado aquí que, sinceramente, he perdido la cuenta.

El hombre se hizo gracia a sí mismo y río fríamente mientras alzaba su botella. El potente licor estaba poseyendo a éste viejo Conde que cada vez deliraba más:

-Cuando yo estaba vivo, me gustaba pasear por los alrededores, me gustaba visitar las aldeas, las aldeanas...¡qué mozas las aldeanas! Eran las mejores chicas que te puedas imaginar Manián.

-Damián.- Dije yo.

-Eso, Damián-. El Conde se dirigió a la ventana con la botella en la mano. La torrencial lluvia, el intenso viento y los truenos se dejaban oir cada vez más cerca. Por un momento pensé en la dura noche que me habría esperado a la intemperie, de no haber encontrado este lugar.

El sueño se apoderaba de mí. Mis párpados empezaban a pesar y cada vez me era más difícil mantener mis ojos abiertos completamente.

-¿Sabes una cosa, Manián?-

-¡Manián no!, Damián.- Le volví a corregir.

-Me gustaban los hombres.- Al viejo Conde le costaba vocalizar, perjudicado por la bebida.

-Si, ahora lo puedo decir sin tapujos. Ahora todo me da igual, siempre me han gustado los hombres, al igual que las mujeres claro... ¡Al cuerno con todo!¡jajajaja!-.  Un ataque de risa y de hipo se apoderó de él. El Conde de Abruá dejó de reir y pasó a tararear una canción con un registro de voz agudo mientras acercaba una de las sillas al lado de la ventana. Yo le observaba con los ojos entornados, cada vez desvariaba más y no dejaba de beber.

Casi estaba soñando cuando pude notar un aliento añejo sobre mis mejillas. Sobresaltado abrí los ojos y me encontré con el rostro del Conde apenas a unos centímetros del mío:

-Manián... antes de que te duermas quiero mostrarte lo que un día hice en mi frustrada vida. Un día que no podía más, que no aguantaba la presión.- Ahora la voz del Conde era seria y lineal, ya no reía ni parecía estar tan borracho como momentos antes. Sentí un miedo inexplicable y un escalofrío recorrió toda mi espalda.

El Conde se giró bruscamente y se dirigió hacia la ventana. Con la ayuda de una silla se subió a la repisa del gran ventanal de su habitación y empezó a reir de una forma diferente a las anteriores veces. El Conde gritó fuertemente a la vez que se arrojó al vacío. Yo me levanté de la silla:

-¡No!-Grité, demasiado tarde.

Me asomé por la ventana y miré hacia abajo. No llegaba a ver el fondo, la noche era cada vez más oscura. Decidí ir en busca de la doncella pero me di cuenta de que la puerta de la habitación estaba cerrada y no se abría. Un ataque de pánico me llevó a aporrear la puerta hasta casi tirarla abajo. Nadie respondia a pesar de mis gritos. No podía salir de allí, estaba encerrado.

Asustado y nervioso por lo ocurrido, pasé más de media noche paseando de un lado a otro por la lóbrega habitación. A mitad de la noche, el cansancio se apoderó de mí y no pude más; me tumbé en el suelo y casi al instante estaba profundamente dormido.

Cuando desperté, enseguida me di cuenta de que no había sido un sueño. Seguía allí, donde por un momento creí haberlo soñado todo, tumbado en el suelo y aún algo mojado por la tormenta. La luz del sol entraba por el amplio ventanal. La habitación estaba completamente vacía. La puerta estaba abierta, de hecho -me acerqué para corroborarlo-, allí no había ninguna puerta. Salí de la habitación y deshice el camino que, junto a la joven doncella, había recorrido la noche anterior. Todo se encontraba en un estado desastroso, era un castillo en ruinas. No había nada de lo que la noche anterior vi. Las paredes, e incluso muchas partes de los techos, estaban adornadas con modernos grafitis de jóvenes de alguna ciudad no muy lejana. Se podían observar restos de fogatas y mucha suciedad por casi todos los rincones. Era imposible, no podía tratarse del mismo lugar que la noche anterior me había dejado deslumbrado por su lujo.

-¡Hola!- Grité en uno de los vestíbulos.

Creo que fue el eco el que me respondió.

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