No se lo podía creer. Era lo mejor que le había sucedido después de mucho tiempo en que su existencia cobraba algún valor. Poco a poco fue recuperando aquella sonrisa, casi ya olvidada para el resto del mundo. Todo había ocurrido sin que fuera consciente, un acto casual que le había hecho cambiar de rumbo.
La primera persona con quien compartió esta dicha fue con su mejor amigo, Ernest, alguien en quien podría confiar todo su mundo de realidad y fantasía. Lo dejó boquiabierto.
- Por fin ha vuelto la buena suerte a tu vida - le dijo.
“La suerte” pensaba nuestro protagonista, casi nunca había aparecido esa palabra ni en su pensamiento ni en su vida. Desde pequeño había estado marcado por un azar inexistente. Cuando era un niño, apenas hablaba y no manifestaba demasiado sus sentimientos. Vivía ensimismado pensando en un mundo donde él desatacaría por ser un gran héroe que rescataría a miles de niñas en apuros, por ser un gran rey que ajusticiaba a los caballeros sedientos de poder, por ser un gran…y aquí estaba el problema de nuestro protagonista, él nunca había llegado a ser un gran hombre. El periodo de la adolescencia, mejor ni recordarlo, era un chico que no se convertía en el centro de nada. Solo su grupito de tres amigos era su refugio.
“¿Y cuál es el siguiente paso?” pensaba. Después de pasar unos minutos recreándose y disfrutando de este momento, para él sin duda, un gran momento, llegaba la hora de reaccionar. Sin embargo, no podía. Esto le hizo recordar por qué no había vuelto a pensar en la buena suerte. Cuando estudiaba en la universidad, en una de esas mañanas grisáceas y nebulosas de su ciudad, donde se acusaban aún más estos fenómenos en las calles que le llevaban a la facultad, donde se percibían figuritas insignificantes ante la monumentalidad del entorno, se dirigía a su clase de Lingüística, pensando en que su profesor por enésima vez recordaría lo maravillosa que era la corriente generativista. De repente fue parado por un chico que apenas reconocía. Era un amigo de la infancia, y no parecía que le fuese muy bien debido a su aspecto enfermizo y desmejorado. Se llamaba Daniel. En cuanto lo reconoció, intentó situarlo en la calle o en el parque donde normalmente jugaba, como si fuese el zoom de una cámara que se aleja, comenzó a ubicarlo poco a poco, dejándonos descubrir primero a Daniel con unos clicks de Famobil, después el campo de visión se amplía revelándonos a otros niños que creía ya había olvidado. Todos estaban en el portal de la casa de sus abuelos, un gran espejo ocupaba toda la pared derecha, los viejos buzones se situaban enfrente y en el suelo una alfombra de tonos ocres que les servía de explanada para la batalla que se producía entre los clicks vaqueros y los indios apaches.
- No me puedo creer que por fin te haya encontrado. No sabía dónde vivías y ya
me dijo María que creía que estabas estudiando Filología, así que vine a hacer guardia por esta zona del campus”.
Nuestro protagonista ya se había desentendido hace mucho tiempo de este chico, sabía su trayectoria por otros amigos y no le gustaba el rumbo que había tomado su vida. Daniel creía que sí que había tenido suerte en sus 19 años de vida, pero tal y como estaba cuando se encontraron, no lo parecía.
- Te quiero pedir un favor- dijo a continuación.
“De entrada que te digan esas frases, después de tantísimo tiempo te ponen bastante nervioso” pensaba. Su cara en seguida reflejó la tensión que le estaba originando aquella conversación, si se podía llamar de alguna forma porque él todavía no había pronunciado ni una sola palabra. La verdad era que estaba respondiendo al calificativo que le habían puesto sus amigos de la facultad: “pocaspalabras”.
- Creo que podíamos haber entrado un poquito más en conversación para que después me pidieses un favor. Hace bastante que no nos vemos y si quieres que alguien te haga un favor te aconsejo que no lo hagas de esta forma.
Daniel se quedó bastante cortado ante esta intervención. Estaba claro que necesitaba ayuda.
- Siento haber sido tan directo, pero es que sólo me puedes salvar tú.
“Bueno, bueno, esto se está poniendo cada vez más interesante”.
- Tú dirás – dijo con desconfianza.
- Necesito alojarme en tu casa durante unos días, para ser exacto tres días. Después desaparecería tal y como he aparecido, de repente.
“Y qué hago, no sé si confiar en él”.
- ¿Por qué no se lo has dicho a tus miles de amigos? Te recuerdo que tú eras el amigo de todo el mundo y por eso te creías mejor que nadie. Y ahora vienes y recurres a mí.
- El resto vive con su familia y tampoco tengo tantos amigos. Poco a poco han ido desapareciendo y nunca me he preocupado de recuperarlos. Ahora pienso en todos ellos y me siento muy mal porque no tengo a nadie.
De repente, su expresión vivaracha inicial se derrumbó. Su tristeza era evidente y su soledad aún más. Finalmente, nuestro protagonista accedió.
Durante el primer día, la convivencia fue soportable. Apenas hablaban, uno estudiaba y el otro veía la televisión. Pero al segundo día, Daniel se mostraba muy nervioso. Había recibido una llamada. Lo habían localizado y lo estaban esperando en la calle. No se atrevía a salir y su compañero de piso eventual no quería problemas. Quería una explicación sobre su desesperación y su pánico.
- Deberías decirme en qué lío estás metido, sobre todo, porque vives conmigo y podría verme afectado con tus follones, ¿no?
Daniel lo miraba fijamente, quería contárselo todo pero no podía articular palabra. Sus manos cogieron fuertemente la cabeza hasta que se entrelazaron en la nuca. Tenía una expresión cercana a la locura cuando se decidió a hablar.
- Lo único que tengo que hacer es volver a desaparecer para no implicarte más de lo que estás.
Cuando ya se esperaba una historia truculenta de ajustes de cuentas, de tráfico de drogas o de algún crimen, su amigo empezó a relatar su historia:
- Tienes razón en estar desconfiando de mí, de mi aspecto, de mi aparición repentina…pero es que no quiero saber nada más de mi familia. Llevo varios días tirado en la calle. Quería solo tres días porque cogería un avión y nadie volvería a saber nada más de mí.
Mientras lo estaba escuchando, poco a poco se iba tranquilizando. Sin embargo, se sorprendió cuando rompió a llorar. “¿Qué le puede suceder para que esté en esta situación de desesperación?”. Pasaron unos minutos en los que ninguno dijo nada.
- Todos siempre han esperado más de mí y ya no lo aguanto más. Cuando se murió mi madre hace unos meses, tuve que hacerme cargo de mi hermano, joder, sólo soy un chico joven que quiere vivir a su aire, pero no, tuve que convertirme en un adulto por narices y ya no puedo más con la carga. Parece que soy un insensible, pero es que ahora mismo solo quiero ser la persona más egoísta del mundo y sólo preocuparme por mí, también tengo mis ambiciones, mi futuro… Y ahora qué hago, mis tíos ya me han localizado, ya sé lo quieren, no quieren responsabilizarse de un mocoso.
Nuestro protagonista comenzó a ablandarse, quería transmitirle sin decir nada que se tranquilizara, pero no le gustaba como estaba reaccionando su amigo, porque otra vez volvía a ser un amigo. Lamentaba que hubiera reaccionado tan fríamente con él, pero, claro, qué iba a saber, su aspecto, su aparición, todo era extraño. Ahora al escucharlo con aquella expresión sosegada, Daniel sabía que le estaba dando otra oportunidad de ser su amigo. Sin embargo, sucedió lo que no tenía que haber sucedido. En una milésima de segundo y mientras nuestro protagonista pensaba en volver a recuperar su amistad, Daniel le sonrió mientras se secaba las lágrimas, abrió la ventana del salón, saltó y la gravedad hizo el resto.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que se diera cuenta de que no podía haber hecho nada para salvarlo, Daniel no tenía otra disyuntiva que la de desaparecer viviendo o desaparecer muriendo.
Después de percatarse de que a su lado estaba Ernest, suspiró y se sintió de nuevo afortunado. No había advertido de que éste le estaba preguntando dónde quería ir a celebrarlo y con quién, aunque ya sabía que no era muy amigo de eventos en los que él fuera la estrella.
Cuando ya se repuso definitivamente de aquel recuerdo, le respondió “vamos a una cervecería, me apetece una cerveza bien fría”.
El primer trago supuso una enorme sensación placentera. Se sentía relajado. Su amigo le observaba, se alegraba mucho por su él y por estar presente en su celebración. No era fácil verle con esa expresión tan distinta a la del tedio.
- Algunos compañeros de la editorial también hubieran querido estar aquí – le dijo Ernest - ¿Por qué no los avisamos?
- No me apetece dar muchas explicaciones de lo que hablaré con él o de cómo me sentiré cuando lo conozca. Ahora sólo quiero pensar en este momento y estar tranquilo.
Dio un segundo sorbo a la cerveza. Su cara reflejaba el instante de la felicidad, una sonrisa contenida, unos ojos perdidos en los que podías ver una historia trazada en diapositivas, pensando en ese nombre abstracto que se había convertido en concreto pocas veces en su vida. Esto dio lugar a que nuestro protagonista hablara con su amigo sobre el azar.
- Sé que una mayoría no valora lo que me ha tocado. Nosotros, está claro, que reconocemos la importancia que tiene, pero habrá mucha gente que se muestre indiferente.
- Bueno, lo importante es que tú lo aprecies como buena suerte, el resto del mundo da lo mismo. Para la gente tener suerte siempre irá unido a ganar premios económicos, un viaje, qué se yo, todo lo que implique mucho dinero – le respondió Ernest mientras le daba una palmadita en la espalda.
“Es verdad” pensaba nuestro protagonista “pero yo he conseguido algo que me ha hecho volver a sonreír y a sentirme bien conmigo mismo, esto sí que mi cabecita lo debe de agradecer. Estar en paz”. Se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo del taburete, transmitiendo con su cuerpo el estado de ánimo en que se encontraba.
Se terminó la cerveza y su amigo le invitó a otra ronda. Seguramente estarán así, bebiendo y hablando hasta las tantas. Este momento nadie se lo podrá quitar a nuestro protagonista, quién le iba a decir que los libros le pudieran ofrecer otra satisfacción que no fuese la de recrear otros mundos en su mente. Encontrarse cara a cara con un escritor de esa talla y él, un editor de una empresa no muy conocida. Quién le iba a decir que rellenando una encuesta de la sección literaria del periódico le tocaría el premio: conocer a Paul Auster.