Hablamos en voz baja. A los dos nos gusta el silencio impuesto en la biblioteca. Un silencio de miradas, de aire detenido. Solo un leve rumor, como de abejas en verano, indica nuestra conversación en un rincón, al fondo de la sala. Aquí no hay silenciero, como en las antiguas iglesias, velando por la calma del lugar. Son los libros que nos convocan los que con su presencia nos hacen cautela, nos vuelven paz y reflexión. Los lectores se agrupan muy juntos, en mesas y sillas; y la humanidad se calla, la vida se aletarga y solo se escucha el murmullo que cada uno lleva dentro de su propia cabeza, justo encima de los ojos, entre las sienes.
Miguel me mira con prudencia, sinceramente interesado, como si temiera que callase y, de repente, quedara interrumpida la historia que le estoy contando. No es la mirada de un niño, a la espera del presentido final de un cuento; un final feliz que le haga sentirse bien otra vez, reconciliado con el mundo en el que habita, con el que pueda desechar su inquietud y colocar en su sitio, donde siempre han estado, el bien y el mal, esos conceptos manoseados hasta la náusea pero que nos empeñamos en mantener vigentes, como una tabla de salvación que pueda conservarnos unos días más con vida en este gran naufragio.
No, Miguel es un hombre. Ya sabe que hay bellos cuentos que terminan fatal. Ha visto mucha más sangre y muerte que cualquier ser humano en varias vidas, y él y el mundo viajan a diario con ese bagaje, sin inmutarse siquiera, dando por hecho que su equipaje de horror les acompañará siempre, donde quiera que vayan, ocultándoles siempre el brillo mortecino de la esperanza. Hay anhelo en su mirada. Un deseo de entendimiento que va más allá de la mera aprehensión de mis palabras, que la trasciende y se posa en mí. Miguel está tratando de comprenderme.
Entre nosotros hay un tablero de ajedrez. Junto al rey y la siniestra reina negra, quedan en pie una torre y tres peones. Un caballo blanco se alza mudo e inútil ante su rey degollado sobre los escaques. La carnicería ha terminado. El paisaje después de la batalla es desolador. Pero una vez firmada la paz, vencedor y vencido departen en calma, con la satisfacción de dos generales que después del combate y tras haber enviado a la muerte a sus hombres, se encuentran, se admiran y beben un oporto entre el humo rancio de la pólvora.
Todo ocurrió en el Pirineo leridano, un otoño a finales de los noventa. Íbamos bien equipados; durante semanas fui calculando hasta el menor detalle de la expedición. Hacíamos vivac por las noches, mientras cada amanecer nuestra mirada se dirigía segura hacia el siguiente portillón adivinado entre las cumbres. Aunque Eduard y yo contábamos con una larga experiencia en ese tipo de marchas, estuvimos varias veces a punto de perdernos. Entonces, hubiéramos tenido que pedir ayuda y todo se habría ido a la mierda. Pero era tanto nuestro afán por encontrar aquel lugar, que logramos una y otra vez dar con la siguiente marca en el camino.
Nevaba a menudo y allí arriba el cielo parecía una perla hueca que amenazara con engullirnos. La mayor parte del tiempo caminábamos por alturas superiores a los dos mil quinientos metros, donde ya no existe vegetación y todo el paisaje es un canchal de piedra interminable con un mar de nubes extendido a sus pies. Un lugar de una belleza extraña, ajena al hombre. Un paisaje lunar donde es difícil encontrar un espacio libre de rocas para extender el saco y echarte a dormir. A pesar de todo, nadie se amilanó.
Había elegido un buen equipo y no me fallaron. Nos conocíamos hacía ya varios años, de trabajos hechos por todo el sur de Francia, y bastaba una mirada para entendernos: Eduard, un gran tipo, callado y tranquilo, de una sola pieza; lo conocí en la legión francesa, desertó unos años antes que yo y desde entonces se había dedicado a recorrer con su velero todas las ex colonias francesas, desde la Polinesia hasta la Guayana, dando unos timos memorables. Y Alice, toda una profesional, una auténtica todoterreno capaz de hacerse pasar por una delicatessen parisina de vacaciones en la Costa Azul y, al mismo tiempo, reventar una caja de caudales con sus propias herramientas. Era muy bella. Yo adoraba su pelo, brillante como el ala de un cuervo joven, y su sonrisa de niña feliz que nunca ha roto un plato. Aunque pasamos juntos algunos veranos en su casa del sur de Italia, no habíamos dormido más de dos meses en la misma cama. Su cuerpo aún se me aparece en sueños, cincelado y húmedo. Una diosa terrenal y comestible, me mira en silencio dejándose hacer. Era libre, decía que admiraba a sus hombres como diamantes únicos, todos diferentes, especiales, y siempre cabía uno más en un buen collar.
Nuestra vieja amistad hizo que se embarcaran conmigo en aquella aventura, que tenía mucho de romántica, hechizados por la misteriosa y prometedora historia que yo les había ido contando.
Todo empezó diez años antes, en los ochenta. En un monasterio cisterciense del sur de Francia. Solía refugiarme allí después de algún trabajo que requería mi salida de la circulación durante un tiempo. Siempre me gustó la vida monacal, su sencilla frugalidad, su paz. Tenía conmigo la amistad de los monjes que no me hacían preguntas y se desvelaban por que mis estancias fuesen todo lo agradables que merecían mis generosos donativos. Allí oí por primera vez el nombre de Nabesna. En las largas tardes pasadas en su biblioteca, hallé en un viejo manuscrito del sigloXV la leyenda sobre la existencia de una fuente mágica en el Pirineo de Lérida. La historia se remontaba a muchos siglos atrás, a la época de las primeras invasiones bárbaras de la península ibérica. El documento hablaba de un lugar misterioso, habitado por hombres primitivos que seguían ocupando aquellas cuevas, ajenos al resto del mundo, adorando al sol y celebrando el sacrificio de sus prisioneros de guerra. Decía también que la fuente les procuraba una cantidad ingente de oro, con la que podían comprar la paz a los ejércitos que pasaban por aquellas montañas, para luego guiarlos por pasos alejados de sus tierras.
Romanos, godos y árabes intentaron sin éxito asimilarles a su mundo, pero ellos se mantuvieron invisibles a sus acechos, igual que el animal salvaje rehuye lo humano y lo desprecia. Nunca más se supo de aquella raza ignota e indomable que debió de sucumbir replegada y orgullosa en su inhabitable reino de piedra. Al parecer, en el siglo XIV unos monjes extraviados pasaron casualmente por allí. Encontraron la misteriosa fuente aurífera y vieron los restos de pinturas, hechas con sangre, que decoraban sus cuevas. El relato del monje era estremecedor. Con la didáctica doctrinal y ejemplarizante propia de aquel siglo, narraba el hallazgo de una caverna revestida por completo de oro, que había provocado entre aquellos hombres sencillos y temerosos de Dios una salvaje codicia, el encono terrible de unos contra otros, y una final y espeluznante lucha a muerte. Solo uno consiguió salir vivo de allí: el único de los monjes empeñado en no llevarse ni una onza de oro.
Nabesna quedó olvidado y maldito para siempre.
Aunque en aquel momento no supe si todo el relato era una gran mentira o una simple parábola sobre la virtud de la pobreza y, por lo tanto, falsa como las minas del rey Salomón, nunca dejó de intrigarme aquel lugar y me prometí a mí mismo dar con él en un futuro.
Años después me vi en la obligación de alistarme en la legión extranjera y, en una de las maniobras que hicimos en los Pirineos, volví a encontrar aquel nombre en un viejo mapa de la zona, confeccionado tiempo atrás por el ejército francés de la resistencia y actualizado por la legión, que se enorgullecía, con razón, de poseer los mejores planos militares del mundo. Ya no lo dudé un momento y decidí que algún día visitaría aquellas cuevas. Me agencié una copia del mapa que indicaba los senderos entre las montañas mediante señales en las rocas, estacas o montones de piedras, y deseé con todas mis fuerzas que aquel lugar existiese de verdad y no fuese solo un sueño.
Llevábamos ya cuatro días caminando por las montañas. Era habitual que errásemos el camino más de una vez en cada jornada, lo que hacía que tuviéramos que desandar lo andado, al no poder continuar por sendas que se hacían impracticables o demasiado peligrosas. Era tal el riesgo que corríamos a menudo sobre profundas y vertiginosas simas que solo nuestro coraje y determinación nos ayudó a no rendirnos y dar por finalizada la aventura.
Cuando por fin, en la mañana del quinto día, llegamos a una llanura un poco más extensa que las halladas hasta entonces, supe que habíamos alcanzado Nabesna, la fuente mágica. Al ver el reguero que brotaba con fuerza de entre las piedras, todos bailamos de alegría y bebimos de aquellas aguas míticas. Enseguida, y sin decir palabra, comenzamos la búsqueda, nos dirigimos hacia el farallón de piedra que rodeaba por la parte norte toda la llanura. Una vez allí, empezamos a inspeccionar las pequeñas cuevas y abrigos que encontrábamos escondidos entre la vegetación. Hallamos en sus paredes pinturas esquemáticas y simbólicas de un llamativo color rojo aunque, hasta pasadas tres horas, no dimos con lo que todos habíamos estado esperando, sin que ninguno lo hubiera mencionado por lo descabellado que en el fondo nos parecía.
¡Pero allí estaba! Lo encontró Eduard. Comenzó a dar voces, si bien calló antes de que Alice y yo llegáramos hasta él. Se había quedado sin habla. Entramos en aquella gruta y lo que vi en el centro de la estancia me dejó petrificado. Un montón de cráneos señalaba el emplazamiento de un sangriento santuario, pero lo más impresionante fue que todo el espacio parecía iluminado desde dentro por el brillo apagado de cientos de vetas de oro que afloraban a la superficie de la roca, algunas de ellas del grosor de un brazo, y que proporcionaban a la escena una luz fantasmagórica, espectral; la misma luz que había atemorizado a aquellos hombres durante cientos, quizás miles de años. Se intuía en aquel ambiente estremecedor una espiritualidad arcana y lúgubre que ponía claramente en relación el oro con la muerte y el más allá, como miasmas contaminantes de una plaga mágica, infecta y letal.
Los tres nos sentimos sobrecogidos. Estábamos poseídos por sensaciones que nunca lograré explicar claramente. La pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad. Ese terrible estado de la conciencia que alcanzamos los seres nerviosos cuando los sentidos están despiertos en toda su agudeza y sobrepasan los límites conocidos. Un peso muerto nos agobiaba. Nos agrupamos para salir de la cueva. Entonces, vi los rostros pálidos e inmóviles de mis compañeros y en sus ojos, la loca rigidez del espanto.
Aquí es donde mis recuerdos se vuelven más y más confusos. Se perdieron los sonidos y sentí sus sombras que avanzaban hacia nosotros. La luz se hizo vaga, informe, y un sobrecogedor silencio enterró nuestras mentes, mientras buscábamos la salida con la torpeza con la que se huye en los sueños.
Me encontraron dos días después, a varios kilómetros del lugar, con la ropa desgarrada y aullando como un loco; pero lo peor de todo fue que no muy lejos de allí hallaron los cuerpos sin vida de mis compañeros; dicen que se la quité con mis propias manos, pero solo yo sé que cualquiera de ellos me superaba ampliamente en el cuerpo a cuerpo, y que no pude matarlos con esa facilidad que me atribuyen. El mapa no fue hallado y esto, unido al incoherente relato sobre una mina de oro y un montón de cráneos apilados en un lugar que no existía, hizo que todo terminara como tú ya sabes.
Está sonando la sirena, Miguel, ¿oyes? Es hora de regresar a nuestras celdas. Mañana nos vemos, te debo una revancha y espero que no te vuelvas a dejar ganar como hoy, no me hace ninguna falta.
Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Fontcalent. Alicante