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Sánchez Fernández, Santiago (Neoxanty)

Mi último vuelo



Mi último vuelo

Por: Neoxanty

Vacío. Sólo siento vacío en mi interior. Un vacío que se expande a un ritmo desenfrenado,

como La Nada en La Historia Interminable, arrasando toda mi vida a su paso. Toda. Y mientras el

vacío me arrasa desde dentro, aquí está mi cuerpo ya casi sin alma, al borde de un abismo

acongojante, a punto de dar un paso más, volar como nunca he echo y acabar de una puta vez con

mi triste y miserable existencia. San Pedro juzgará mis dos últimos pecados, el que cometí hace

pocas horas y el que estoy a punto de cometer. El colofón final para un pecador que ya no tiene

alma.

Ha sido una noche extraña, y sólo tengo lo que me merezco. Me arrepiento, me arrepiento de

lo que he echo, pero eso no sirve. He perdido lo que más he deseado a lo largo y ancho de toda mi

historia. La mejor noche de mi vida se ha convertido en el amanecer en el que me despido del

mundo. Mi vista se nubla, y en esa espesa y húmeda neblina se me presentan una a una, las escenas

que me han traído hasta aquí, luchando contra el dolor de cabeza.

La noche comenzó pasadas las nueve, cuando ella comenzó a llamar a mi puerta, con un

sonoro y rítmico tamborileo como si estuviese en galeras o el enemigo llamase a la batalla más

cruenta, anunciando el desastre que se estaba gestando y que a esas alturas ninguno de los dos

podíamos predecir. Cogí el móvil y la nueva cámara de fotos, quería estrenarla. Y vaya si la estrené.

Abrí la puerta y allí estaba ella, Paula, tan perfecta, maravillosa y adorable como siempre.

En un vistazo rápido desde el suelo hacia arriba podía divisar todo su esplendor. Unas zapatillas

oscuras la elevaban un par de centímetros del suelo, pero parecía que la aferraban a este sabiendo

que ella era un ángel y su sitio está en el paraíso. Sus dos piernas eran pilares anchos y regordetes

que bajo su aparente debilidad son tremendamente resistentes ya que tienen la carga de soportar

sobre ellos toda la belleza del mundo condensada en un cuerpo de un metro y sesenta centímetros.

Un poco más arriba, la flor que tantas noches de soledad soñé con tocar, con acariciar, con oler, con

poseer, mientras cometía el pecado de Onán (y es que ya dije que soy un pecador sin remedio). Su

cintura está lejos de avispas y de cualquier otro insecto, y es que la perfección no se encuentra en

una pasarela de moda, ni en un catalogo de El Corte Inglés. Unos pequeños senos puestos como un

regalo del dios más generoso y amante de la belleza no convencional. Los brazos, con esa piel

tostada que se mantiene durante lustros, por alguna magia que nunca conoceremos, acabados en

unas suaves, pequeñas y sobretodo, frías manos, que provocan como acto reflejo la protección de

las mismas. Respecto a su cara, todo el mundo dice que estoy equivocado, que ella no es tan guapa

como yo creo. Lo que no sabe nadie es que no lo creo, lo sé. Con ese pelo que parece seda tejida por

los ángeles más maravillosos que jamás hubiese podido existir, con esos ojos, pequeños, redondos,

tan preciosos y extraordinarios y con esa sonrisa tan linda, de aspecto tan frágil. Joder, me habría

enfrentado al mismísimo Belcebú con un cuchillo de goma por ella. Quizá en un par de horas lo

haga...

Y así, observando, embobado, con una sonrisilla estúpida en mi boca, ella me despertó de mi

letargo indicandome que fuésemos ya a cenar, que tenía hambre, con una dulzura apabullante, esa

dulzura que siempre rodeaba sus palabras, sus acciones, sus gestos. Su voz es miel para los oídos, y

escucharla hablar produce una explosión en mis sentidos difícilmente igualable a nada que haya

sentido a lo largo y ancho de mi corta vida.

Fuimos a cenar, y como marca la tradición de todos los fines de semana, nos contamos punto

por punto todo lo que habíamos echo durante la semana, aventuras y desventuras, victorias

cotidianas y tragedias de por vida, llevando la conversación a un plano superior de una charla con

un simple amigo, encaminandola por senderos que nadie más quiere recorrer conmigo. Y es que,

ahora me doy cuenta que es inmensamente difícil encontrar a alguien así, una persona que te

comprenda siempre pase lo que pase, y con la que puedas hablar de todo. Eso va más allá de la

amistad, más allá del amor y más allá de cualquier palabra que podamos inventar para describir una

relación entre dos personas. Ahora lo entiendo. Una putada, ahora, darme cuenta de ello.

Nos dirigimos al guariche inmundo donde se encontraban todos nuestros amigos, con

aquella música infernal salida de fusiones imposibles y de programas de televisión. Ninguno de los

dos comprendemos como un grupo de personas podían hacer su lugar de reunión preferido, su

guarida del mundanal ruido, un tugurio como aquel. Pero son nuestros amigos, y eso siempre fue

más importante que la música, el sitio o, esto me cuesta mucho decirlo, el garrafón. Allí estaban

todos, con sus copas, sus bailes, sus risas, sus chistes malos... Paula y yo nos dirigimos a la barra

raudos y veloces, a insuflarnos un poco de elixir del que nos proporcionaba aquel mesero

metrosexual de estilizadas formas. Era el primero, pero los dos sabíamos que no iba a ser el último.

Yo la veía bailar, y con el puntillo que me daba el alcohol, la deseaba aún más y me

reprochaba no ser más lanzado, no ser un guaperas de esos seguros de si mismos, y que sólo buscan

la felicidad prometida del polvo de una noche. Joder, porqué a mi eso no me puede valer. Porqué si

lo hago el día siguiente se convierte en un averno, en un abismo al que caigo movido por oscuros y

espesos vientos.

Estaba seguro que ella nunca, jamás podía sentir nada así por mí. Y me mataba, poco a poco.

Ella mataba mi alma y el alcohol mi cuerpo. Poco a poco, con una perfección pasmosa. Estaba

equivocado. Bueno, en lo del alcohol no, aunque echarle la culpa a un liquido inerte de lo que he

echo, que ha provocado lo que voy a hacer en breve, es una mera excusa para cuando me presente

ante mi juicio. Pero yo sé que el único culpable, soy yo.

La gente me instaba a que le confesará mis sentimientos, que me lanzará, que fuese directo a

por ella... no. No podía, eso estropearía todo, la amistad, la relación tan especial. Y yo quería poder

verla todos y cada uno del resto de los días que me quedaban de mi vida. Como decía cierta

película, el destino no está carente de cierta ironía.

Y no pude más. Mi alma estaba a punto de reventar. Me acerqué a ella, mientras, mi corazón

latía tan fuerte que me dolía. Un dolor punzante y seco. Bailé, nos tocamos, nos rozamos...

Y la besé. Nuestras lenguas se entrelazaron en un momento en el que pareció pararse el

tiempo. Una corriente eléctrica que nunca había sentido recorría mi cuerpo desde los pies, hasta la

cabeza, y se extendía por todo el cuerpo. Nuestras almas se diluían con ese beso. Yo era el agua, y

ella el azúcar. Yo era el árbol y ella la tierra. Yo era el coche y ella el vaho de los cristales

interiores...

El beso duró décadas, siglos, milenios, y aún así fue el más corto de mi vida. Nunca nadie

jamás podrá describir la fascinante sensación de oler su pelo, saborear su cuello, tocar sus manos,

sentir sus pechos apretados contra mí, y sobretodo, sentir esa intensa e impresionante mirada, algo

parecido a mirar cara a cara a la luna llena mientras te sonríe. La perfección se hizo realidad, todo el

mundo estaba a nuestros pies en ese momento, podíamos vencer a cualquier ejercito que se nos

pusiese por delante, tocábamos el cielo con los dedos, cualquier problema parecía tan lejano como

la estrella más distante de nuestra galaxia. Nada, en ese momento, trascendía para ninguno de los

dos que no fuese el otro.

Inevitablemente, y con todo el deseo desenfrenado contenido, acudimos disimuladamente

sin que nadie se diera cuenta a los servicios de aquel sucio tugurio, y lo que pasó allí trasciende más

allá de lo carnal o lo físico. Nos salimos del mundo humano y durante media hora fuimos

divinidades superiores a cualquier otro ser en el universo.

Cuando salimos nos apretamos otros vasos de refresco mezclado con alcohol de quemar,

hasta el punto de llegar a nivel de inconsciencia bastante considerable. Era feliz y había que

celebrarlo. De repente me llegó un flash, unos amigos esperaban mi visita en otro antro repugnante,

una cita ineludible. Maldito será siempre ese momento de lucidez, que ojalá no hubiese tenido. Me

despedí de Paula con otro maravilloso beso y ella me dijo que tuviese cuidado, que iba muy, pero

que muy borracho. Debí haberla escuchado, pero no eran palabras lo que ansiaba de sus labios

precisamente.

Me fui y a partir de ahí todo se volvió borroso. Por más que lo intento no consigo recordar

nada. Qué he echo y porque he sido tan estúpido, jodidamente estúpido e idiota. Pasó una hora, o

quizá fue algo más, y mi recuerdo empieza a aclararse a partir de ahí. Volví con Paula, volvimos a

bailar, a besarnos, a acariciarnos, a querernos con toda nuestra alma.

Cuando la luz de la mañana se empezó a colar por las puertas de todos los guariches

inmundos de nuestra ciudad, nos fuimos a desayunar a un bar de estos donde la media de edad un

domingo por la mañana supera con creces los cincuenta años, y después fuimos a mi casa. Nuestro

deseo no había quedado saciado en el baño del pub, y lentamente nos desnudamos el uno al otro,

con sumo cuidado, como si fuésemos muñecas de porcelana. Nuestros cuerpos desnudos bañados

por la tenue luz de día nublado que entraba por la ventana, eran dos barcos que se preparaban para

adentrarse en la más placentera tempestad. Y así fue, durante una hora, navegamos, cabalgamos,

pilotamos, nos sumergimos... hasta que no nos quedó más aliento, y nuestros cuerpos fundidos, uno

dentro de el otro, yacieron en mi cama durante horas, teniendo magníficos sueños, producto de la

noche más feliz de nuestras vidas.

Cinco, o quizá seis horas después, la desperté de un beso en la frente, que fue bajando hasta

sus labios. Y después siguió bajando. Parecíamos dos adolescentes que experimentaban el sexo por

primera vez, y quieren hacerlo el máximo de veces que sea posible porque nunca saben cuando se

presentará la siguiente oportunidad.

Nos levantamos y ella me pidió ver las fotos que había echo con mi cámara durante la

noche. Las empezamos a ver, y en la mayoría, allí salimos los dos, felices, sonrientes, besándonos,

en cómicas poses sexuales que sólo hacían gracia a los borrachos, y algunas más con el resto de los

colegas. De repente empezaron a aparecer fotos de el rato que me “escapé” para ir con los colegas

que estaban en otro garito. No recuerdo haberlas echo, ninguna. Pero ahí estaban y ahí están.

Entonces, pulse la tecla derecha otra vez, como había repetido ya muchas veces en los

últimos cinco minutos, pero esta vez la tecla sonó como un trueno que reventaba mi cerebro, mi

corazón, y mi alma entera. Una foto mal tomada, oscura, de la que ni siquiera me acordaba, pero en

la que se veían claramente cosas que no puedo decir, porque me avergüenzo en sobremanera.

Paula empezó a llorar y a gritar, me insultó, me dijo que nunca más quería verme en el resto

de su vida, que era un cabrón y un hijo de puta. Y yo, sin ni siquiera entender muy bien como había

llegado a ese punto, aceptaba mi culpabilidad, y me avergonzaba de mi mismo, de como el

momento más feliz de mi triste vida se acababa de convertir en un infierno sólo y exclusivamente

por mi maldita culpa.

Ni un sólo flash de aquello, ni un recuerdo, pero ahí estaba, la foto delatora que me

condenaba a la muerte y al infierno merecido. Y lo que es peor, al odio de Paula. No me importa

morir, no me importa que Satán juegue con mi cabeza a los bolos, no me importa que todo el mundo

me señale con cara de asco, no me importa que me dejen de hablar todos mis amigos... sólo me

importa que he roto el corazón a la persona que más he querido nunca. Sólo importa que la he

llevado a la tristeza, a la oscuridad...

Ella salió corriendo de mi casa y ni en un instante se me pasó por la cabeza tratar de pararla.

No. Para qué, si no tenia ninguna excusa, ninguna explicación que darle, sólo un mísero “Lo siento”

que después de haber visto lo que había visto, ella iba a sentir total y completamente vacío.

Salí de casa y me puse a caminar por las calles de la cuidad, donde los coches en forma de

gusano infinito escupían su humo gris al cielo y a mi alma.

Busqué un sitio alto, donde poder saltar y no vivir nunca más en este mundo injusto lleno de

cabrones como yo, donde librar al mundo de mis desvaríos alcohólicos que hacían sufrir a los que

más quería.

Y aquí estoy. A punto de saltar, de terminar con todo, de ser juzgado y de admitir mi

culpabilidad. Un paso, otro más, sólo me queda un paso y todo habrá terminado, al menos en este

mundo. Un flash. Su sonrisa. Sus ojos...

No puedo hacer esto. Tengo que solucionar toda esta mierda... no puedo dejar así a Paula.

Aunque no me vuelva a hablar jamás, al menos no joderla aún más.

Un paso atrás. Otro. Voy a casa a dormir, y mañana, mañana me tocará arreglar mi vida. Aún

queda esperanza para mí. Aún no estoy condenado para toda la eternidad...

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