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Salinas, Javier (Lea Liam)

Bed and breakfast



Bed and breakfast

Lea Liam            Le molestaban las gafas pero no era eso. No era nada de eso. Había gente a la que le pasaban las mismas cosas que a ella y no tenían gafas. Así que aquello no podía ser. Tampoco que la bota izquierda le molestara un poco. Estaba cansada y tenía la tendencia a apoyarse más en un pie que en otro, y la bota izquierda le molestaba mientras contemplaba la exposición. Aunque podía olvidarse de eso. Podía olvidarse, si quería, de que le molestaba su bota izquierda. Después de todo, ella sabía que aquellas botas le habían sido muy fieles y que su amistad todavía continuaba y que continuaría. No tenían pinta de irle a abandonar, y ella a ellas tampoco. De acuerdo que les hacía falta un arreglo porque la punta se había despegado un poco y ahora en el otoño le entraba el agua en los días de lluvia, pero aparte de eso estaban tan en forma como cuando se las compró siendo una adolescente. Ella había crecido y ya no tenía apenas nada que ver con la chica aquella que había entrado en la zapatería para comprarse unas botas que le hicieran sentirse un poco más de acuerdo con lo que ella pensaba de sí. Ahora, las botas, que estaban viejas y que miraban el mundo con displicencia se le parecían más.

Una vez había visto en otro país, mientras visitaba otro museo, a una mujer que vestía de una manera que no parecía que lo que llevase fuera ropa, sino su propia piel o sus propios pensamientos. Ella la había visto y se había imaginado que quizás también un día podría sentir que no llevaba puesta ropa sino pensamientos de sí, ideas de lo que ella pensaba que era.

¿Por qué era todo tan fácil y tan difícil a la vez? ¿Qué hacía ella allí viendo una exposición sobre objetos encontrados hacía miles de años? Había pendientes, peines, cascos. Había escudos, vasijas, lanzas. Había medallas, pulseras, espadas. Había objetos que un día habían servidos a cuerpos, collares que un día adornaron cuellos, vasos que un día saciaron gargantas. Y había ella vagando por los pasillos a medio iluminar. Salas medio desiertas en las que habitaban los objetos, las estatuas. Y luego ella que se había desplazado hasta allí cruzando media ciudad en autobús y en un tranvía en la que había ido pegada a un hombre sin afeitar que se iba comiendo un bocadillo de atún, con su bota izquierda molestándole, el cansancio del frío otoñal en sus caderas.

Cuando había entrado al viejo palacio que albergaba la colección, en realidad una antigua Villa de descanso de un lejano Papa, despertó al guardia que roncaba como si él mismo formara parte del pasado que allí se guardaba. Y ella se había imaginado cómo sería trabajar todos los días allí, rodeada del tiempo de hacía casi tres mil años.

Había pagado su entrada, había dejado su bolso en la consigna, y había comenzado a vagar por las salas solitarias. ¿Qué buscaba? No buscaba nada. Se buscaba a ella misma, eso era todo. A quien ella era, a la que le dolía un pie, la que tenía la vista cansada, la que tenía un hija en un parte del mundo. Quizás algún día las cosas proclamasen su sentido, no iba a ser ella la que lo negase, pero de momento, en aquellas salas todo permanecía suspendido. Ni siquiera ya tomaba notas de las cosas como cuando era una escritora joven y no salía de casa sin una pequeña agenda y un bolígrafo. Ahora se limitaba a pasear su asombro de una manera callada. Quizás se equivocaba, pero eso no le importaba. ¿Qué era eso de equivocarse o de acertar? Ahora pensaba que acertar o equivocarse tenían más que ver con estar serena y poder dormir por las noches y encontrar motivos para ser feliz por los días. Eso era lo que pensaba ahora, y no tenía que tomar notas para saberlo. Claro que quizás se equivocaba. Con eso debía contar. Con eso y con perderse.

¿Dónde estaban todos los cuellos que habían sostenido todos aquellos collares, los estómagos que habían comido lo que había en aquellos calderos y los ojos y los cerebros que habían rogado a aquellos dioses? ¿Dónde estaban? Daba igual donde estuvieran, porque no estaban. Aquello era todo lo que uno debía saber. Las cosas están o no están. Las razones, las palabras, sobraban.

Ella no dejaría ningún peine para la eternidad, ninguna vasija, ninguna casa. Ni siquiera sus botas, que habían sobrevivido mucho más que sus amores, la sobrevivirían mucho más. Y eso tampoco la importaba. Aceptaba el recuerdo, pero también aceptaba el olvido. Aceptaba la luz y aceptaba la sombra. Aceptaba la buena y la mala suerte. Aceptaba la lluvia y el verano. Los domingos y los días de trabajo.

Se despertaba por las mañanas y salía a la calle y no se sentía mal. Aceptaba las calles y el metro lleno de gente y luego, cuando las puertas se abrían y la dejaban escapar hacia la luz, como si ella fuera una polilla en busca de su suerte. Salía de los túneles y se encaramaba en los días y daba sus clases en la Universidad y a veces estaba feliz y otras estaba triste y todo lo aceptaba. Incluso que su hija andara lejos, por otra parte del mundo.

No se trataba de ser feliz, sino de hacer lo que una tenía que hacer. Caminar por las salas medio en penumbra de aquel museo solitario.

Y entonces, por sorpresa, al entrar en una nueva sala, fue cuando lo vio: el hombre, o la mujer, enterrado dentro del árbol. Se acercó como si hubiera encontrado lo que había estado buscando. Habían vaciado el tronco del árbol, que ahora era casi carbón, y allí habían enterrado a un ser humano. Allí estaban incluso sus restos. Su esqueleto, o lo que quedaba de él.

Se quedó mirando la tumba árbol pensando en la belleza de todo aquello, en ser enterrado dentro de un árbol. ¿Por qué no podía estar ella allí dentro? ¿Qué la impedía quedarse allí a vivir o a morir?

La tumba estaba rodeada de una urna de cristal, pero con un poco de suerte, no estaría cerrada. Intentó levantar la tapa de la urna, y ésta no opuso la más mínima resistencia, incluso casi se levantó de golpe. 

Lo que siguió fue sencillo: se introdujo en el tronco vaciado, haciendo un poco al lado los restos del esqueleto.

No quería ni lo más remotamente molestar. Solo quería descansar un par de miles de años. Al menos hasta que sus ojos y su pie izquierdo se recuperaran.                                                               ***

Marcharse de casa

          

Ahora estaban en ello. Después de dos semanas de dudas angustiosas ya no había dudas y no había ya casi nada excepto la certeza irreparable e ir al supermercado a comprar una botella de cava y celebrarlo, acaso dudar un momento sobre cuál elegir, qué marca, para pasar el mal trago con un buen trago. La vida y sus juegos de palabras incluso en los momentos en los que ningún juego cabe.

Ella, Diana, todavía no sabía nada de todo eso porque ella ya sabía todo lo que había que saber y conocer. No sabía que su marido había salido de casa ya con las copas en una bolsa de tela, vagamente disimuladas, sin fuerzas para ello, y había ido al supermercado y había ido derecho a la sección de bebidas alcohólicas y había estado dudando un rato, como si se tratara de una fiesta, como si hubiera que elegir bien para que los invitados no quedasen decepcionados. No era fácil la elección. No tenía experiencia en elegir bebidas para honrar a la vida que continuaba y a las hijas que se marchaban con la vida.

Él había bebido tantas veces, solo y en compañía, para celebrar o para olvidar. Y nunca había dudado demasiado a la hora de elegir: a veces, al principio, había decidido por el poco dinero que tenía, otras, más tarde, porque tenía más. A veces en el ruido y la música, y otras para beber en silencio, a solas, cuando sus hijos y su mujer estaban acostados, mirando por la ventana o en el jardín, en la noche, dejándose llevar por el alcohol y el sueño. Por la vida y por lo que había soñado que la vida sería.

Muchas veces había pensado en ello, en las cosas que estaban por venir, y pensaba que estaría preparado. Era como saber que una ola estaba por llegar y sin embargo esa ola no llegaba. Su mujer también lo habría pensado, sin duda. Ella era mucho más inteligente que él. Nunca lo había olvidado. Él solo era más salvaje, más hecho para moverse entre tipos de pocos escrúpulos.            Pero, aunque hubiera sabido que un día una ola llegaría, nunca habría pensado que, distraído a la espera de la gran ola, llegaría primero una ola pequeñita y se llevaría a su hija. ¿Quién la había visto llegar? ¿No había visto ningún guardacostas ni ningún socorrista aquella ola sin fuerza que apenas a un adulto le llegaría a los tobillos?

Nunca lo había pensado. Nunca lo había imaginado y, por eso, no había estado preparado, y su mujer tampoco. ¿Quién estaría preparado para algo así? ¿Quién estaba preparado para enterrar a sus propios hijos? Si uno estaba vivo era precisamente porque no se podía preparar nunca para algo así. Vivir implicaba dejar que la vida tuviese sus leyes, y aceptarlas, pensaba en la sección de bebidas alcohólicas, como si estuviera tumbado en el diván de un psicoanalista.

Pero tendría que ser cava, se dijo, porque su mujer y él tantas veces habían compartido botellas para celebrar tantas cosas. Su compromiso, su boda después de superar muchos obstáculos, sus cumpleaños, los nacimientos de sus hijos, su nuevo trabajo, las navidades, la nueva casa. Muchas botellas habían compartido, compartiéndose también ellos con ellas. Primero ellos dos solos, luego con amigos y, más tarde, cuando sus hijos iban creciendo también con ellos. Él les decía a sus hijos: “Prefiero que bebáis de más, a que seáis imbéciles de más.” Sabiduría para cuando en la vida hace buen tiempo. Sabiduría para cuando hay sabiduría que compartir. Cuando hay tardes luminosas, o días en los que, aunque quizás no todo vaya bien, al menos los hijos crecen y su mujer era feliz y él también y por las noches se buscaban y al cabo de nueve meses nacía otro hijo. Claro.

Y así era como Beatriz había venido al mundo. Después de compartir una botella de cava con Diana en el jardín de la nueva casa, en la primera noche después de la mudanza. Cuando, huyendo de las cajas amontonadas en el salón, habían salido descalzos en el comienzo del verano, sintiendo la hierba viva y fresca bajo sus pies calientes, con un par de copas y con una botella de cava que él había ido a comprar a la gasolinera cercana.

Habían salido al jardín y a la noche y habían mirado el cielo estrellado y él había abierto la botella sin cuidarse de que el corcho saltase ni dónde cayera. Caería en el mundo que era suyo. Caería en el centro de su vida y de su felicidad, allí donde cayera. Luego habían bebido y se habían besado y se habían susurrado amor en los oídos y, a los nueve meses, su hija Beatriz lloraba en sus brazos. ¿No era así como sucedían las cosas? ¿No eran así acaso como había sucedido?

Él podía ver, en la sección de bebidas alcohólicas del supermercado, las constelaciones en aquel cielo de verano, el vestido que Diana llevaba, sus uñas de los pies pintadas. Y podía volver a escuchar, imponiéndose la melodía sobre el hilo musical del supermercado, la música lejana que de repente en la noche había llegado desde ninguna parte, como acompañándoles y como dándoles la bienvenida al nuevo hogar. Y, aunque ahora su vista se pasease por las botellas de cava, por las de vino, por las de ron y whisky, por las ginebra o bourbon, solo veía de nuevo aquella noche en la que Beatriz había comenzado a ser sin que ellos entonces lo supieran.

Una empleada del supermercado, que debía haberle estado observando allí parado y desamparado, perdido en sus recuerdos, le preguntó si se encontraba bien y si podía ayudarle. Él apenas musitó algo así como que no necesitaba nada, gracias. No podía pronunciar una palabra más, porque si no se pondría a llorar. El truco estaba consistiendo en no pronunciar ninguna palabra. En apretar las mandíbulas o morderse a sí mismo las paredes de la boca hasta hacerse sangre. Y de momento funcionaba.

La vida también funcionaba a base de saber utilizar unos cuantos trucos, como un mago que sacase una cuerda en los momentos en los que parece que todo se hunde. Uno, para vivir, pensó, tenía que aprender a ser el mago de su propia vida. Porque había veces que la vida no se dejaba vivir, estaba toda inundada o incendiada, y entonces uno debía sacarse del sombrero una barca o un cubo de agua. Y esta era una de esas ocasiones. Una de esas en las que él debía de ser, no solo el mago de su propia vida, sino también de la vida de su mujer y de sus otros tres hijos. Él estaba en eso, en ser el mago de la vida de su familia, aunque no en aquel momento en la sección de bebidas alcohólicas del supermercado.

Entonces supo que ya no dudaría más, que elegiría la misma marca que habían bebido Diana y él cuatro años atrás, aquella noche, cuando habían llamado a Beatriz para que se viniera a vivir con ellos a la nueva casa. Lo había sabido desde el principio. Tomó la botella, luego tomó una bolsa de hielo del arcón congelador, fue hacia la caja, pagó, se metió en el coche y arrancó bruscamente camino a casa.            El funeral había sido la tarde anterior, y esta mañana la enterrarían. Diana había querido que la niña pasase la última noche en casa. Su mujer y el coche de la funeraria le estarían esperando. Esperaba no haberse retrasado.

Nunca había sido muy bueno con el tiempo. De joven, antes de comenzar a trabajar en serio para la televisión, había escrito un libro que se titulaba “Manual de la distracción”, en el que la tesis principal era que la distracción era también una manera de reflexionar, de asociar muchas cosas distintas en un mismo momento, en un mismo fluir. Y era ésta una de las cualidades por las que luego había tenido tanto éxito en su trabajo, por su capacidad de ver conexiones entre distintos temas.

Pero esto no era importante ahora. Podía ser que se ganase muy bien la vida así, pero también podía ser que ahora se hubiera retrasado demasiado en el maldito supermercado.

No habría invitados en el cementerio aquella mañana. No se trataba de ninguna fiesta. Sus otros dos hijos mayores estudiaban en la otra esquina del mundo, y a Nicole la habían dejado en casa de sus tíos. Solo estarían Diana, Beatriz y él. Y Beatriz era demasiado pequeña para beber. No pudo evitar el chiste fácil. Después de todo, los chistes no eran para cuando uno estaba alegre, ¿no? Si no para cuando uno era un pobre mago sin nada en el sombrero como él.

Llamó a su mujer desde el coche para decirle que llegaría en unos minutos. Ella solo le respondió: “Muy bien.” Diana también había adoptado el mismo truco que él: no hablar, morderse los labios, apretar las mandíbulas.

Cuando uno pasaba mucho tiempo con alguien comprendía que la supervivencia no pasaba porque uno sobreviviera a solas, sino porque ambos sobrevivieran. Y no solo eso, sino que la vida, lo valioso, pasaba porque sobreviviera todo lo que habían fundado entre los dos. Con el paso del tiempo, lo que uno era, era todo lo que amaba. Desde los platos de la cocina, a los hijos, o el olor del café por las mañana y, por supuesto, Diana. Ella había llegado a ser él, y él a ser Diana. Y si ahora ambos se mordían los labios y apretaban los dientes eran porque ambos lo sabían. Salvarse, vivir, ser felices, no era una cosa que cada uno pudiera comprarse por su cuenta, sino algo que pertenecía a los dos, como todo lo que les rodeaba. En cuanto Beatriz falleció ella le había dicho a él, o él a ella: “Ahora nos pertenece la tristeza”. Y él, o ella, había respondido que así era. “Ahora nos querremos en la tristeza.”

Se saltó dos semáforos en rojo, otros dos más y llegó a casa, donde, en la puerta, esperaba el coche de la funeraria con el motor en marcha. Sin que le diera tiempo a salir del coche, Diana salió de casa, y se montó junto a él.

El cementerio no quedaba lejos y tampoco cerca, como quedan todos los cementerios. Él se volvió a saltar un semáforo sin que ella se diera cuenta, al tiempo que le preguntaba qué tal estaban los chicos. Ella entonces dijo una sola palabra: “Bien”, pero fue suficiente para liberar las lágrimas. A partir de aquel instante, y hasta que llegaron, en el coche no se oyó nada más excepto su llanto y el tintinear de las copas contra la botella y el hielo en el asiento de atrás. Las mismas copas de hacía cuatro años.

Se fue saltando todos y cada uno de los semáforos detrás del coche funerario que iba a toda velocidad. En él iba su hija.            Cuando llegaron al cementerio que no estaba ni muy cerca ni muy lejos, como todos los cementerios, tomó la bolsa con el hielo, las copas y la botella, y, junto a Diana, acompañaron a los dos empleados que llevaban el pequeño féretro entre ambos, en señal de respeto. Ellos caminaban detrás, abrazados.

No habían querido ningún sacerdote allí y, por tanto, ningún sacerdote allí se hallaba. Solo los empleados, que hicieron su trabajo, Beatriz, él, Diana.

Cuando se quedaron solos en la oscura mañana, aunque el sol brillara, allí junto a la tumba de su hija, sacó las dos copas y la botella y la descorchó y no miró dónde caía el corcho ni eso le importaba. Al fin y al cabo, caería en centro de su vida y de su pena. Sirvió el cava en las dos copas y puso una de ellas en la temblorosa mano de Diana. Habían traído a Beatriz a vivir con ellos y ahora Beatriz se había marchado de casa. Brindaron por ella y por la vida que continuaba. Después otra vez y después otra. Allí estaban ellos. Y no sería la última ola que celebrar.

***

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