Alonso Cabeza de Vaca, Israel David (Vórtice Marxista)
No se lo va a creer
Puede parecer extraño, pero el hecho es que Martín, el de Doña Juana, el que se había casado con la hija de Prudencia de puro penalti (que me da a mí en la nariz que además del bombo a lo Ferrero Rocher, lo que los llevó al arrejuntamiento, ¡de blanco, Madre del Amor Hermoso!, fue el dinero que la Reme tenía en la alcancía, que se dice que era un buen pellizco, todo sea dicho); el mismo Martín que coleccionaba bufandas de equipos de fútbol de primera división, aunque jamás de los jamases se le ha visto en lo de Tolito cuando lo de la Champions ni en la Copa del Rey ni pone dinero en la porra ni lleva a Martinico (que ya tiene un bigote que ni el del Arrocet pero que seguirá siendo Martinico hasta el Día del Juicio) a los entrenamientos del equipito de la sacristía; el Martín que se compró un coche americano verde boniato para darle en las narices al Alberto, su cuñado, que se había traído uno, también americano pero de un verde más discreto, oiga, de sabediosdónde cuando le tocó la pedrea las navidades aquellas del chapapote (pobrecitos los gallegos) y se había pasado por lo menos un mes diciéndole que si el que no tiene un coche americano es que no tiene coche, que si con la mierda del Seita no te sale más a cuenta ir a la ciudad en burro, que si con el coche americano siento el viento en la cara, no como tú que seguro que coges los caracoles en las curvas, que sí patatín, que si patatán, y claro, al Martín, que siempre tuvo menos correa que el armario de Cantinflas (cosa de familia, que se lo digo yo, que el padre tenía las manos muy largas y le ponía el culo a caldo a la primera de cambio, que se oía en medio pueblo al niño diciendo que por favor, por favor, que luego me duele al ir al water, y a la madre por favor, Pascual, en la cabeza no que está estudiando o no le pegues más que estamos dando el espectáculo, y al Pascual, con la vena del cuello a punto de convertirse en el trasvase del Ebro, gritar a pulmón que más le vale que se callara y al niño que me duele a mí más que a ti o más me hubiera valido criar cochinos que por lo menos se aprovechan luego), pues se calentaba y, claro, en cuanto pudo, reunió dinero de las horas extra del astillero y se fue a yoquesedónde y se trajo uno, más caro, más americano y más rápido; y más feo, porque es que el color verde boniato no es un color para coche, vamos, digo yo, aunque el Martín que, claro, no estaba para pitorreo, se pasó como dos meses diciéndole a todo el mundo que sí les gustaba el coche americano color verde Fitipaldi, que seguro que fue el nombre que le dijeron al Martín en el confesionario ese de los americanos, pero claro, aquí en el pueblo todo el mundo le decía que sí que sí que muy bonico pero por detrás pues que vaya chufa de coche y que vaya color más raro el verde boniato americano; el mismo Martín, le decía, que se disfrazó de Baltasar en la cabalgata de Reyes del año pasado y fue el ridículo más estrepitoso de su vida, porque se le iba derritiendo el maquillaje negro (que lo había comprado el Liborio en lo de los chinos y claro, qué se esperaba) y parecía un surtidor de chocolate como en la heladería esa del centro donde hay como unos grifos que van regando los helados de chocolate y parece que no se acaba nunca el chorro y se pregunta una leñe, ¿de dónde saca el grifito el chocolate?, y los niños, que aquí los niños son muy montunos y no tienen asignaturas de la ciudadanía ni nada de esas mandangas y que en vez de las pleistichons prefieren juegos así como más tradicionales, más con palos y piedras y mercromina y paradita en urgencias con brecha en un lado de la cara y babuchazo materno en el otro, pues no paraban de decir, en vez de mira Baltasar, dame caramelos, que sería lo que se esperaba de unos niños normales (aunque ya se sabe que el churro de cabalgata que había sacado el alcalde no se merecía mucho respeto, oiga, que Don Marcial, con la tontería de la crisis y la desalegración económica, pues se había gastado más bien cuatro duros en más bien cuatro truños que ni parecían cabalgatas ni parecían nada y que es que hay que apretarse el cinturón, pueblo y que que el Zapatero ha dicho que ya vendrán tiempos mejores, y en el pueblo, como somos más de tirantes y al Zapatero ese no es que le tengamos mucho respeto desde que salió en la tele diciendo marranadas, y con esas cejas, oiga, que son dos gatos acostaos, y viendo los camellos de cartón piedra que, de reojo se parecían cosa mala al perro de la Sole, que se murió el verano pasado de un ataque de pulgas, que por lo visto había una plaga aunque siempre se ha comentado que eso es que la Sole lo bañaba poco, y los de la banda municipal tocando lo de la película esa de Espartaco, la del muchacho ese que trabaja tan bien, el Rasel Clau, en un alarde como de modernismo que a los de aquí no les sentó muy bien, que somos más de lo del chocolatero y los villancicos y esas cosas de toda la vida y no parábamos de abuchear a los chiquillos, pobrecillos, que se les veía la mar de monos con las orejas por fuera de los gorros y los cachetes coloraos de soplar las trompetas) y eso, por dónde iba, ah, que los niños le gritaban al Martín lo de Martín, Martín, que se te vuela el peluquín, que es una cosa de aquí del pueblo de una cosa que le pasó en la boda y que fue muy graciosa; el mismísimo Martín que fue una vez a comprar el emoal a lo de la Justa y la Justa le dijo que si era para la Reme y él le dijo que sí, que su mujer desde el embarazo tenía unas almorranas como albóndigas, pero en ese momento había cogido la vez su suegra y le dijo a todo el mundo que nanay, que las almorranas las tenía él, que las tenía porque era estreñido desde chico por los correazos que le daba su padre, que ella las había visto y que su hija no había dicho ni mijita porque era una santa varona, y en la farmacia la gente aguantó la risa, y el Martín poniéndose de rojo tomate a verde Fitipaldi y diciendo que se tenía que ir que tenía prisa y la suegra puesta en medio de la puerta diciéndole que se bajara los pantalones, que como albóndigas no, que las tenía como calabacines y se estuvo comentando la escena por lo bajini por todo el pueblo; el Martín, que decía que era alérgico al marisco pero se ponía púo de gambas en los convites que daba el ayuntamiento todos los años por lo de la patrona y su mujer le decía Martín, que luego te salen ronchones y no hay quien te aguante y además te jartas de gambas y luego te estriñes y a ti eso no te conviene por lo tuyo y, claro, pues a los que estaban cerca se les veía la campanilla de la risa y el Martín dejaba las gambas por un ratito hasta que se pasaba el chufleo; aquél Martín que tuvo la genial idea de llamar a los de la tele para lo del libro de los guines diciendo que era capaz de decir de memoria cualquier teléfono de la guía, que por lo visto se la había a prendido de la A de Alonso a la Z de Zolís, y los de la tele que se vinieron pal pueblo con los camiones, con las cámaras, con los focos, con las animadoras y el presentador (uno muy delgaducho que no sé por qué se me figura a mí que es de la otra cera), y Don Marcial que decía que era un orgullo y una satisfacción y que le iban a poner el nombre del Martín a la Calle de los Cabrones (que por lo visto ya no tenía mucho sentido con la modernización del pueblo) y el Martín con el pecho palomo de alegría diciendo que iba a ponernos en el mapa, que yo nunca lo he entendido porque yo estoy segurísima de que el pueblo sale en los mapas, que vino el hombre ese que escribía, sí, hombre, el que se bebía las garrafas de agua por donde amargan los pepinos, y le puso dos tenedores a lo de la Engracia, vaya usted a saber por qué, sería que no le gustaban los de la cubertería de a diario, que su hijo le decía que te han puesto dos tenedores los de la Cansa, madre, y ella que lo entendía más bien poco le respondía que dos banderillas es lo que me han puesto, dos banderillas, ya podrías haberte hecho benemérito como tu hermano, porque el hijo era de esos que se dejan los pelos largos y se ponen pendientes hasta en la tetilla, oiga, y eso, que todo el pueblo desbaratao con lo del guines, que debe ser el sitio donde inventaron el programa, y que Doña Juana dándole a su hijo besos en la cepa de la oreja diciéndole que ya lo sabía que su hijo no era ningún mastuerzo y la Prudencia, la suegra, que le decía a su hija que si no le gustaba más el sobrino del Gregorio, que tenía tierras y no tenía almorranas, y los de la tele ya preparados y toda la gente expectante y de repente, nadie sabe muy bien a cuento de qué, el Martín que dice que está indispuesto y se tiene que ir al ambulatorio y los de la tele que si aquello era una pérdida de tiempo y el alcalde que no, que no, que se esperaran, y el Martín, que por lo visto se le había soltado la barriga por los nervios y el médico que decía que era miedo escénico, vaya usted a saber qué puñetas quiso decir con eso, y los del guines, moscas, que nos vamos que nos vamos, que esto es una vergüenza, y el alcalde que no se vayan, no se vayan, que el hijo de la Carmen la del tuerto lo mismo se sabe también lo de los teléfonos, que siempre fue más raro que un perro verde, y los de la tele que se van y al Martín que ni calle de los cabrones (aunque algún chiste se hizo con eso) ni gracias ni nada y que suerte tiene que no lo corro a guantazos del pueblo; pues ese Martín, el que se cortó un dedo abriendo una lata de calamares y a pique estuvo de comérselo sin darse cuenta porque se había bebido cuatro vinos en lo del Tolito y estaba pallá; el mismo Martín que por poco se nos muere en tolosantos, que a los gamberros del pueblo les dio por lo del jalobuín de los americanos y fueron a su casa a pedir caramelos y casi le vuela la cabeza al niño de la Bernarda con la escopeta de caza (que ni siquiera sabía que funcionaba porque el Martín lo de la caza no lo lleva muy bien, que es muy aprensivo el pobre y la tenía allí de recuerdo, con los burritos de Mijas y el botijo de estuve en Villadiego y me acordé de ti) y por poco le da un sinco del espanto pensándose que se le habían aparecido los de la Santa Compaña; pues lo que le diga, oiga, que puede parecer extraño pero que, uy, que tarde es, que tengo que recoger al Charlie del comedor del colegio, que hoy tienen macarrones y a mi Charlie el tomate le suelta la tripa y seguro que ya viene aguantando el pobre, qué tarde se me ha hecho, lo dicho, que me tengo que ir, ah, sí, que el Martín, el de Doña Juana, que la hermana tiene un estanco, que es tortillera, que le gustan más las almejas que el boquerón, no se si me entiende, el Martín, qué tarde es; el Martín, el que le quiso vender la casa vieja, la que le habían dejado en herencia los abuelos cuando se fueron pal otro barrio, que me da a mí que se la dejaron a él porque a la hermana, a la Salu, le habían hecho la cruz por lo de que le gustaran las mozas, que, por lo visto, había dicho el padre que a la Salu le pueden ir dando por dónde la espalda pierde su casto nombre y que qué vergüenza, qué vergüenza, no podíamos haber tenido una tontica como la del Paquito, el mudo, que por lo menos podía tener hijos , a lo que la madre saltaba siempre, eso es que el Paquito y la Manuela son primos, o no te has fijao en los apellidos, y eso, que, hablando de tontos, el Martín le quiso vender la casa vieja al Rufino, al tonto del pueblo, que se pasaba el día zurriendo mierdas con un látigo y diciéndole a las zagalas cosas del estilo de zi me dá un bezito tenseño el pajarito o te doy un duro y menzeña las braga, pensando que sería una idea del copón, que sería el timo de la estampita, pero el Rufino al final, que tenía un primo hermano que era abogado en la capital, al final se la metió doblá con el papeleo y las legalidades y el Martín le tuvo que dejar la casa a mitad de precio porque un perito de Salamanca había declarado la casa en ruinas, que de ruina, la verdad, tenía toda la pinta, porque la última mano de pintura se la había dao el abuelo del Martín cuando Franco era corneta y los mocitos del pueblo, que ya le digo oiga que aquí ya no hay respeto por nada, la usaban para hacer guarradas (con las busconas de tó la vida o con la hija del Paquito, el mudo, que todo el mundo sabe que se deja); y hasta los yunpies se metían adentro para meterse la drogaína, vamos, que un desastre, oiga; uy, pues sí que es tarde, lo que le decía, el Martín, el que se casó con la Reme que ya llevaba un barrigón de siete pares de narices y todavía se creía que poniéndose las manos en lo alto se le disimulaba, y el padre la llevaba al altar (que el cura estaba con resaca, que lo vio el Antonio, el de la panadería, con un alcaseser), dándole collejas disimuladas diciéndole que qué cuadro, qué cuadro, y ella pues muy colorada, natural; pues ese Martín, que resulta que, no se lo va a creer pero, esta mañana, no me acuerdo yo muy bien a santo de qué estaba yo en lo de la Remigia, y nada, qué tarde, el Martín: que le han salido dos alas y ha salido volando.
Puede parecer extraño, pero el hecho es que Martín, el de Doña Juana, el que se había casado con la hija de Prudencia de puro penalti (que me da a mí en la nariz que además del bombo a lo Ferrero Rocher, lo que los llevó al arrejuntamiento, ¡de blanco, Madre del Amor Hermoso!, fue el dinero que la Reme tenía en la alcancía, que se dice que era un buen pellizco, todo sea dicho); el mismo Martín que coleccionaba bufandas de equipos de fútbol de primera división, aunque jamás de los jamases se le ha visto en lo de Tolito cuando lo de la Champions ni en la Copa del Rey ni pone dinero en la porra ni lleva a Martinico (que ya tiene un bigote que ni el del Arrocet pero que seguirá siendo Martinico hasta el Día del Juicio) a los entrenamientos del equipito de la sacristía; el Martín que se compró un coche americano verde boniato para darle en las narices al Alberto, su cuñado, que se había traído uno, también americano pero de un verde más discreto, oiga, de sabediosdónde cuando le tocó la pedrea las navidades aquellas del chapapote (pobrecitos los gallegos) y se había pasado por lo menos un mes diciéndole que si el que no tiene un coche americano es que no tiene coche, que si con la mierda del Seita no te sale más a cuenta ir a la ciudad en burro, que si con el coche americano siento el viento en la cara, no como tú que seguro que coges los caracoles en las curvas, que sí patatín, que si patatán, y claro, al Martín, que siempre tuvo menos correa que el armario de Cantinflas (cosa de familia, que se lo digo yo, que el padre tenía las manos muy largas y le ponía el culo a caldo a la primera de cambio, que se oía en medio pueblo al niño diciendo que por favor, por favor, que luego me duele al ir al water, y a la madre por favor, Pascual, en la cabeza no que está estudiando o no le pegues más que estamos dando el espectáculo, y al Pascual, con la vena del cuello a punto de convertirse en el trasvase del Ebro, gritar a pulmón que más le vale que se callara y al niño que me duele a mí más que a ti o más me hubiera valido criar cochinos que por lo menos se aprovechan luego), pues se calentaba y, claro, en cuanto pudo, reunió dinero de las horas extra del astillero y se fue a yoquesedónde y se trajo uno, más caro, más americano y más rápido; y más feo, porque es que el color verde boniato no es un color para coche, vamos, digo yo, aunque el Martín que, claro, no estaba para pitorreo, se pasó como dos meses diciéndole a todo el mundo que sí les gustaba el coche americano color verde Fitipaldi, que seguro que fue el nombre que le dijeron al Martín en el confesionario ese de los americanos, pero claro, aquí en el pueblo todo el mundo le decía que sí que sí que muy bonico pero por detrás pues que vaya chufa de coche y que vaya color más raro el verde boniato americano; el mismo Martín, le decía, que se disfrazó de Baltasar en la cabalgata de Reyes del año pasado y fue el ridículo más estrepitoso de su vida, porque se le iba derritiendo el maquillaje negro (que lo había comprado el Liborio en lo de los chinos y claro, qué se esperaba) y parecía un surtidor de chocolate como en la heladería esa del centro donde hay como unos grifos que van regando los helados de chocolate y parece que no se acaba nunca el chorro y se pregunta una leñe, ¿de dónde saca el grifito el chocolate?, y los niños, que aquí los niños son muy montunos y no tienen asignaturas de la ciudadanía ni nada de esas mandangas y que en vez de las pleistichons prefieren juegos así como más tradicionales, más con palos y piedras y mercromina y paradita en urgencias con brecha en un lado de la cara y babuchazo materno en el otro, pues no paraban de decir, en vez de mira Baltasar, dame caramelos, que sería lo que se esperaba de unos niños normales (aunque ya se sabe que el churro de cabalgata que había sacado el alcalde no se merecía mucho respeto, oiga, que Don Marcial, con la tontería de la crisis y la desalegración económica, pues se había gastado más bien cuatro duros en más bien cuatro truños que ni parecían cabalgatas ni parecían nada y que es que hay que apretarse el cinturón, pueblo y que que el Zapatero ha dicho que ya vendrán tiempos mejores, y en el pueblo, como somos más de tirantes y al Zapatero ese no es que le tengamos mucho respeto desde que salió en la tele diciendo marranadas, y con esas cejas, oiga, que son dos gatos acostaos, y viendo los camellos de cartón piedra que, de reojo se parecían cosa mala al perro de la Sole, que se murió el verano pasado de un ataque de pulgas, que por lo visto había una plaga aunque siempre se ha comentado que eso es que la Sole lo bañaba poco, y los de la banda municipal tocando lo de la película esa de Espartaco, la del muchacho ese que trabaja tan bien, el Rasel Clau, en un alarde como de modernismo que a los de aquí no les sentó muy bien, que somos más de lo del chocolatero y los villancicos y esas cosas de toda la vida y no parábamos de abuchear a los chiquillos, pobrecillos, que se les veía la mar de monos con las orejas por fuera de los gorros y los cachetes coloraos de soplar las trompetas) y eso, por dónde iba, ah, que los niños le gritaban al Martín lo de Martín, Martín, que se te vuela el peluquín, que es una cosa de aquí del pueblo de una cosa que le pasó en la boda y que fue muy graciosa; el mismísimo Martín que fue una vez a comprar el emoal a lo de la Justa y la Justa le dijo que si era para la Reme y él le dijo que sí, que su mujer desde el embarazo tenía unas almorranas como albóndigas, pero en ese momento había cogido la vez su suegra y le dijo a todo el mundo que nanay, que las almorranas las tenía él, que las tenía porque era estreñido desde chico por los correazos que le daba su padre, que ella las había visto y que su hija no había dicho ni mijita porque era una santa varona, y en la farmacia la gente aguantó la risa, y el Martín poniéndose de rojo tomate a verde Fitipaldi y diciendo que se tenía que ir que tenía prisa y la suegra puesta en medio de la puerta diciéndole que se bajara los pantalones, que como albóndigas no, que las tenía como calabacines y se estuvo comentando la escena por lo bajini por todo el pueblo; el Martín, que decía que era alérgico al marisco pero se ponía púo de gambas en los convites que daba el ayuntamiento todos los años por lo de la patrona y su mujer le decía Martín, que luego te salen ronchones y no hay quien te aguante y además te jartas de gambas y luego te estriñes y a ti eso no te conviene por lo tuyo y, claro, pues a los que estaban cerca se les veía la campanilla de la risa y el Martín dejaba las gambas por un ratito hasta que se pasaba el chufleo; aquél Martín que tuvo la genial idea de llamar a los de la tele para lo del libro de los guines diciendo que era capaz de decir de memoria cualquier teléfono de la guía, que por lo visto se la había a prendido de la A de Alonso a la Z de Zolís, y los de la tele que se vinieron pal pueblo con los camiones, con las cámaras, con los focos, con las animadoras y el presentador (uno muy delgaducho que no sé por qué se me figura a mí que es de la otra cera), y Don Marcial que decía que era un orgullo y una satisfacción y que le iban a poner el nombre del Martín a la Calle de los Cabrones (que por lo visto ya no tenía mucho sentido con la modernización del pueblo) y el Martín con el pecho palomo de alegría diciendo que iba a ponernos en el mapa, que yo nunca lo he entendido porque yo estoy segurísima de que el pueblo sale en los mapas, que vino el hombre ese que escribía, sí, hombre, el que se bebía las garrafas de agua por donde amargan los pepinos, y le puso dos tenedores a lo de la Engracia, vaya usted a saber por qué, sería que no le gustaban los de la cubertería de a diario, que su hijo le decía que te han puesto dos tenedores los de la Cansa, madre, y ella que lo entendía más bien poco le respondía que dos banderillas es lo que me han puesto, dos banderillas, ya podrías haberte hecho benemérito como tu hermano, porque el hijo era de esos que se dejan los pelos largos y se ponen pendientes hasta en la tetilla, oiga, y eso, que todo el pueblo desbaratao con lo del guines, que debe ser el sitio donde inventaron el programa, y que Doña Juana dándole a su hijo besos en la cepa de la oreja diciéndole que ya lo sabía que su hijo no era ningún mastuerzo y la Prudencia, la suegra, que le decía a su hija que si no le gustaba más el sobrino del Gregorio, que tenía tierras y no tenía almorranas, y los de la tele ya preparados y toda la gente expectante y de repente, nadie sabe muy bien a cuento de qué, el Martín que dice que está indispuesto y se tiene que ir al ambulatorio y los de la tele que si aquello era una pérdida de tiempo y el alcalde que no, que no, que se esperaran, y el Martín, que por lo visto se le había soltado la barriga por los nervios y el médico que decía que era miedo escénico, vaya usted a saber qué puñetas quiso decir con eso, y los del guines, moscas, que nos vamos que nos vamos, que esto es una vergüenza, y el alcalde que no se vayan, no se vayan, que el hijo de la Carmen la del tuerto lo mismo se sabe también lo de los teléfonos, que siempre fue más raro que un perro verde, y los de la tele que se van y al Martín que ni calle de los cabrones (aunque algún chiste se hizo con eso) ni gracias ni nada y que suerte tiene que no lo corro a guantazos del pueblo; pues ese Martín, el que se cortó un dedo abriendo una lata de calamares y a pique estuvo de comérselo sin darse cuenta porque se había bebido cuatro vinos en lo del Tolito y estaba pallá; el mismo Martín que por poco se nos muere en tolosantos, que a los gamberros del pueblo les dio por lo del jalobuín de los americanos y fueron a su casa a pedir caramelos y casi le vuela la cabeza al niño de la Bernarda con la escopeta de caza (que ni siquiera sabía que funcionaba porque el Martín lo de la caza no lo lleva muy bien, que es muy aprensivo el pobre y la tenía allí de recuerdo, con los burritos de Mijas y el botijo de estuve en Villadiego y me acordé de ti) y por poco le da un sinco del espanto pensándose que se le habían aparecido los de la Santa Compaña; pues lo que le diga, oiga, que puede parecer extraño pero que, uy, que tarde es, que tengo que recoger al Charlie del comedor del colegio, que hoy tienen macarrones y a mi Charlie el tomate le suelta la tripa y seguro que ya viene aguantando el pobre, qué tarde se me ha hecho, lo dicho, que me tengo que ir, ah, sí, que el Martín, el de Doña Juana, que la hermana tiene un estanco, que es tortillera, que le gustan más las almejas que el boquerón, no se si me entiende, el Martín, qué tarde es; el Martín, el que le quiso vender la casa vieja, la que le habían dejado en herencia los abuelos cuando se fueron pal otro barrio, que me da a mí que se la dejaron a él porque a la hermana, a la Salu, le habían hecho la cruz por lo de que le gustaran las mozas, que, por lo visto, había dicho el padre que a la Salu le pueden ir dando por dónde la espalda pierde su casto nombre y que qué vergüenza, qué vergüenza, no podíamos haber tenido una tontica como la del Paquito, el mudo, que por lo menos podía tener hijos , a lo que la madre saltaba siempre, eso es que el Paquito y la Manuela son primos, o no te has fijao en los apellidos, y eso, que, hablando de tontos, el Martín le quiso vender la casa vieja al Rufino, al tonto del pueblo, que se pasaba el día zurriendo mierdas con un látigo y diciéndole a las zagalas cosas del estilo de zi me dá un bezito tenseño el pajarito o te doy un duro y menzeña las braga, pensando que sería una idea del copón, que sería el timo de la estampita, pero el Rufino al final, que tenía un primo hermano que era abogado en la capital, al final se la metió doblá con el papeleo y las legalidades y el Martín le tuvo que dejar la casa a mitad de precio porque un perito de Salamanca había declarado la casa en ruinas, que de ruina, la verdad, tenía toda la pinta, porque la última mano de pintura se la había dao el abuelo del Martín cuando Franco era corneta y los mocitos del pueblo, que ya le digo oiga que aquí ya no hay respeto por nada, la usaban para hacer guarradas (con las busconas de tó la vida o con la hija del Paquito, el mudo, que todo el mundo sabe que se deja); y hasta los yunpies se metían adentro para meterse la drogaína, vamos, que un desastre, oiga; uy, pues sí que es tarde, lo que le decía, el Martín, el que se casó con la Reme que ya llevaba un barrigón de siete pares de narices y todavía se creía que poniéndose las manos en lo alto se le disimulaba, y el padre la llevaba al altar (que el cura estaba con resaca, que lo vio el Antonio, el de la panadería, con un alcaseser), dándole collejas disimuladas diciéndole que qué cuadro, qué cuadro, y ella pues muy colorada, natural; pues ese Martín, que resulta que, no se lo va a creer pero, esta mañana, no me acuerdo yo muy bien a santo de qué estaba yo en lo de la Remigia, y nada, qué tarde, el Martín: que le han salido dos alas y ha salido volando.
Sueño húmedo
El señor Romo se
metió en la cama temprano. Su pijama de franela, con sus iniciales bordadas, le
hacía parecer un oso de peluche grotesco; pero eso a él le daba igual. Abrigaba
lo suficiente como para que, en aquella noche de aquél invierno hostil, no le
importara lo más mínimo verse convertido en un pelele infantil. También estaba
el hecho, bastante importante, de que hacía ya unos cuatro años que ninguna
mujer compartía lecho con él. O sí, pero no la suya. Y pagando, claro está.
El señor Romo dejó
la dentadura en un vaso de cristal que a tal efecto había sobre la mesilla de
noche y se introdujo en la cama con tal eficiencia y precisión que apenas sí la
deshizo un poquito, dejando de tal manera su sueño en manos de un hermético
confort de sábanas, mantas y edredón nórdico. Carraspeó tres veces y se dispuso
a dormir. Sólo entonces reparó en el portal dimensional que se abría a lo largo
y ancho del techo de su dormitorio.
De haberse tratado
de una persona más dada a la fantasía desbocada habría gritado de pavor pero,
tratándose del señor Romo, no vaciló un instante ni palideció ante la extraña
visión que flotaba sobre él.
-Mmm- pensó tomando
sus gafas de leer de la mesilla de noche- ¿qué tenemos aquí?
Ya con las gafas
puestas, observó con mayor detenimiento el insondable vacío cósmico que se
extendía a través de la grieta espacio-temporal interdimensional. No tenemos
constancia de si entendió lo que veía. Ni tan siquiera sabemos si estaba
preparado para asimilar, de golpe y porrazo, algo que habría vuelto loco a los
más avezados aventureros. El caso es que no tuvo miedo. Simplemente se
maravilló ante el hermoso y sobrecogedor espectáculo acomodándose en su cómoda
de Ikea.
-¡Un portal
dimensional… en mi cuarto!- exclamó eufórico.
Inmediatamente, la
dentadura que había dejado en el vaso de cristal, dentadura que le había
acompañado en innumerables y apasionantes expediciones por todo el mundo,
castañeó una vez y habló:
-¿Has pensado por un
momento, viejo amigo, en el efecto
ventana doble?
El señor Romo se
sorprendió esta vez. Se sorprendió muchísimo, de hecho. En los largos años que
había compartido con aquél adminículo protésico, jamás le había oído hablar y
eso representaba una absoluta brecha en su concepción natural de las cosas y
una mella más que considerable en su mermada cordura. Balbuceante se giró hacia
la dentadura y trató de responder, con un hilillo de voz nerviosa.
-¿Qué?
-El efecto ventana doble. Esto es: cualquier
ser, entidad o particularidad cósmica con capacidad de raciocinio que se
asomare a través de una ventana, fuera cual fuese la naturaleza de dicha
ventana, se arriesga, inefablemente, a que aquello que vea allí, también vea a
la susodicha entidad o particularidad cósmica observante.
La dentadura siguió
hablando de las semejanzas entre esta teoría y la de la llama recíproca, y de los peligros implícitos en la apertura
dimensional bajo techo y sin la supervisión de un experto en singularidades
cuánticas, pero el Señor Romo ya no la oía. La idea de que algo le observara desde más allá del portal, de la misma manera en
que lo hacía él desde su cama, le produjo una desazón creciente que le erizó el
vello de la nuca e hizo que el corazón se acelerase hasta extremos alarmantes.
Aquél algo indefinido había tenido la
suerte de dar con él; un jubilado leído y de estado civil agnóstico, pero él, el algo, bien podría ser un monstruo
devorador de universos acechante y mortal que esperase, agazapado, la
oportunidad de cruzar el umbral, asesinarle y traer el caos a su dimensión.
-Dentadura- dijo sin
dejar de mirar al techo, interrumpiendo el discurso de su prótesis que, ahora,
andaba disertando sobre la legalidad del uso de estupefacientes para prorrogar
los regresos de las experiencias extracorpóreas.
-Claus- apuntó la
dentadura-, me llamo Claus.
-Perdón, Claus-
concedió el señor Romo-. Me preguntaba si conoce alguna manera de cerrar el
portal. Para evitar el efecto…
-¿El efecto ventana doble?
-Eso es.
-De hecho sí que
conozco alguna manera.
El señor Romo volvió
la vista al vaso donde flotaba la dentadura con los ojos vidriosos, a punto de
llorar.
-¿Y le importaría
contármelo?
-¡Vaya!- se
sorprendió Claus- No imaginé que mi viejo amigo Romo quisiera cerrar su
ventana.
-Siento defraudarle,
Claus, pero eso de la ventana doble me ha puesto nervioso. Y seguro que habrá
más portales- dijo esto último como intentando convencerle, dudando realmente
de que su dentadura postiza fuera realmente un aliado en lugar del auténtico
artífice de la grieta de su techo.
-Supongo que habrá
más, es cierto.
Claus meditó las
opciones un largo rato, momento que el señor Romo aprovechó para tomar el
crucifijo de madera de sobre la cama, no ya para uso religioso, pues esto lo
había descartado desde el principio, sino más como arma contundente llegado el
caso. Finalmente, Claus dijo:
-Bien, amigo. Estas
son las opciones que estimo prudentes. Ya he descartado lo de llamar al casero
para exigirle que arregle el techo porque, teniendo en cuenta que lo que hay justo
detrás del portal es el infinito vacío cósmico, es posible que en lugar de
arreglarlo, le suba a usted el precio del alquiler por haber ampliado el
espacio habitable de su casa en infinitos eones cuadrados. Y sin licencia de
obras, lo cual es incluso denunciable.
-Por favor- dijo el
señor Romo tratando de conservar la calma-, ¿podríamos omitir las opciones
descartadas?
-Ah, perdón, no
sabía que tenía usted prisa. Bien. Sus mejores opciones son las siguientes:
uno; diluir su ka fundamental en el
continuo flujo espaciotemporal. Esto tardaría unas horas, pero garantizaría, en
un doce por ciento de los casos, que usted acabase cerrando la brecha y
regresara a su cuerpo más o menos sano y salvo.
-¿Y en el otro
ochenta y ocho por ciento?
-Su ka quedaría difuminado por las infinitas
galaxias y campos morfogravitacionales y jamás podría regresar. Lo cual,
además, propiciaría, sin lugar a dudas, una singularidad metódica que acabaría
doblegando el universo sobre sí mismo, haciéndolo implosionar.
-¡Cristo!
-Pero sólo es un
ochenta y ocho por ciento de posibilidades.
-De todos modos ha
dicho usted que llevaría horas. No tengo tanto tiempo. No me haría ninguna
gracia que en pleno rito de disolución del ka,
entrara por ese techo un… un dios necrófago de las estrellas primigenias y me devorase
a mí y al resto de mis vecinos. Por no hablar de la humanidad.
-Bueno, si le parece
demasiado tiempo podríamos probar con otra cosa. Por ejemplo: dos; dado que la
creación de un portal interdimensional siempre va ligada a una concentración
desmedida de electricidad mística y mutación planetaria, si usted construyese
un aparato que redireccionara toda esa masa informe de nuevo hacia sus cauces
normales se reestablecería la armonía natural. Y su techo. Y construir un termodilatador fundamental sólo le
llevaría una media hora si se tiene algo de uranio enriquecido y carbono
catorce.
-Mmm… creo que sí-
contestó el señor Romo con ironía, sin ocultar su desagrado-, algo debe quedar
en la despensa.
-Pues… es una gran
opción.
-No acabo de quedar
convencido. ¿No hay nada más rápido?
-Y efectivo.
-Claro. Eso ni se
duda.
-¿Ha probado a
despertarse?
¿Cómo dice?-
preguntó el señor Romo, atónito.
-Esp. Que si ha
probado a despertarse. Eso solucionaría su problema y, de paso, le
tranquilizaría un poco. ¿Qué le parece? Sólo requiere un nanosegundo de su
tiempo.
El señor Romo
despertó sobresaltado. Los esquejes de la pesadilla aún flotaban a su alrededor
como virutas de terror pegajosas y calientes. Todavía se sentía a punto de
morir de miedo pero notaba que, poco a poco, sus nervios volvían a su estado
natural de tranquilidad. El techo estaba en orden. Era un techo normal con una
mancha de humedad que llevaba ahí alrededor de unos ocho meses. Quizá fue
aquella mancha de humedad la que, inconscientemente, le había llevado a
imaginar aquél terrible sueño. Quizá.
Ahora todo estaba en
orden. Se balanceó confortablemente en la superficie del vaso de cristal que le
servía de cuna y observó al señor Claus, que dormía a pierna suelta en su cama
de Ikea, con aquél pijama suyo de franela con las iniciales bordadas. El señor
Claus lucía un rostro tan apacible que la dentadura marca Romo “sueño profundo
y plácido”. El señor Claus dormiría aún unas horas, ajeno a las pesadillas que
palpitaban muy cerca, en la mesilla de noche. El señor Romo también dispondría
entonces de unas cuantas horas más de sueño, así que se sumergió en el agua del
vaso y se dispuso a dejarse caer de nuevo sobre los brazos de Morfeo.
El último
pensamiento que le pasó por las encías fue el de escribir un libro de ciencia
ficción. Se titularía: ¿Sueñan las
dentaduras con portales dimensionales?