“¡Mira qué hermosas hebillitas para vos, que sos linda!”, fueron sus palabras cuando tenía cinco años y su hermana tres más. Estaban juntas frente a una vidriera y, según le confesó el padre muchos años después, aquel comentario, así, tan natural y de corrido le partió el alma. Ella no se sorprendió en absoluto cuando se enteró de lo que había dicho; sólo corroboró lo que ya sabía: que “el tema” entre ella y su hermana venía desde muy atrás, creciendo –en círculos– a la par de las dos.
Para hacerse entender, ella siempre empieza contando lo del nombre.
El de su hermana –Minah– era perfecto para alguien así: así como Minah, que siempre fue todo menos lila. Ese es su nombre –Lila–, y así es ella, como el color personificado: suavezón, que cualquiera lo confunde con el lavanda pero nunca con la fuerza de un violeta, un color que no dice mucho y por eso, tampoco cansa la vista.
Lila siempre creyó correcto que a su hermana la llamaran sólo por el nombre completo. Es que el sonido de “minah” que se desplegaba al abrir la puerta y verla entrar… No. Definitivamente no admitía sobrenombres. En cambio, ella fue agraciada con Lili, Lilita y Li –a secas–. Salvo en el colegio, donde casi todos los maestros y alumnos más grandes suplantaban el nombre por su condición: “la hermana de Minah”; esa era Lila.
Muchas veces se había puesto a pensar en este asunto, llegando a la conclusión de que al nacer ella, sus padres habían tenido que llamarla de alguna forma que pudiera compensar la explosividad del nombre de su hermana. Es decir, que ella no podría haber sido “una Laura” porque la diferencia hubiera sido obvia, pero tampoco una rotunda “Débora”, simplemente –y esto pensaba Lila– porque cuando ella llegó a la familia, el estrellato ya había sido repartido y sólo le quedaba ser cola de algo fugaz a lo que agarrarse para alcanzar a su hermana.
Con un poco más de pudor, puede que también cuente lo del aspecto. Aunque sabe que la apariencia sólo envolvió un nudo aún más profundo que había entre ellas,
Casualmente, en la casa había fotos de los primeros años de Minah, pero suyas, Lila sólo encontró una –bastante simpática, por cierto, pensó ella–; y la guardó con tanto cuidado que nunca más la volvió a ver. Sus padres le explicaron que había sido la abuela materna quien sacó esas fotos de su primera nieta y que ellos luego no tuvieron la plata para hacer lo mismo con la segunda. Entonces, Lila recurría a su madre para tratar de reconstruir la propia apariencia. La última vez que lo hizo, la mujer –atareada con los preparativos para “los quince” de la mayor– le contó que de chicas, cuando las visitas quedaban fascinadas con Minah y el aire que ella contagiaba –o Lila diría que ella “minahba”–, el padre siempre les advertía a todos “ya van a ver cuando Lilita crezca: va a ser toda una belleza exótica”.
–¿Belleza exótica? –le repitió Lila, indignada–. ¿Acaso no era más fácil si decía que mi preciosura iba a ser taaan extraña que nadie la iba a poder apreciar? ¡Ja!… ¡Tendrá que viajar la pobre! ¿No? –siguió despotricando–. Gente, escuchen: la nena va a ser linda, siempre y cuando la exportemos a Tanzania, claro.
No es que Lila fuera fea. De hecho, tal vez eso le habría facilitado las cosas, resignándola. Pero ella sentía que tenía lo mínimo indispensable. Porque para Lila había mujeres –como su hermana– que podían darse el gusto de ir por la vida siendo como les saliera ser, sin que fuera necesario indagar mucho en ellas, dado que con lo apreciable por afuera resultaba siempre más que suficiente. Y otras –como ella misma–, con un exterior que alcanza justo como para que les den una oportunidad de ser.
Lila igual –por si acaso– intentó de varias formas “afear” a su hermana, pero nunca con buenos resultados. Como esa tarde de carnaval en que se descubrió la alergia de Lila al veneno de las hormigas. Estaban en malla, en el patio, llenando globitos de agua para lanzar desde la terraza. Minah los enganchaba en el pico de la canilla del lavadero (al que Lila con su altura no hubiera podido alcanzar) y se los iba pasando a la más chica que los ponía en un balde. El trabajo de ella consistía en un movimiento mecánico de un segundo; el resto del tiempo, la miraba a Minah, a cargo de la parte esencial para que las dos pudieran divertirse. Y cuando vio a esas hormigas coloradas caminándole por el cuerpo, no lo dudó: una por una se las fue sacando para acomodarlas sobre su hermana, que ni se daba cuenta, creyendo quizás que Lila sólo se quería colgar de su espalda para ver la destreza con que trabajaba.
Cuando más tarde, la madre fue a ver en qué andaban, encontró a la más chica mareada bajo el duraznero, hecha una pelota por la hinchazón. Minah seguía radiante en la terraza, charlando desde la baranda con los chicos vecinos. A Lila la llevaron al hospital para darle una inyección antialérgica y al regresar, le aseguraron que se podría haber muerto si se le cerraba la glotis. “Yo quería que una aunque sea le picara a ella”, pensaba Lila y miraba la nuca de su hermana desde el asiento de atrás del coche.
Aunque ni Minah ni nadie se enteró de la estrategia en el lavadero, la seguidilla de venganzas fraternas comenzó en ese tiempo. O al menos, el recuerdo de estas empieza ahí.
Para Lila, la convivencia era realmente extenuante. Habría que imaginarse una espiral infinita para describirla: siempre había algo anterior que una de las dos hermanas le había hecho a la otra y que ahora exigía revancha. Y luego la revancha sobre esa revancha.
Por supuesto que llegaba un momento en que perdían el hilo de las razones por las que se habían vengado. En esos casos, había que poner el contador en cero y la forma de hacerlo era con una acción lo suficientemente terrible como para marcar un antes y un después. Como aquella noche en que Cintia, su mejor amiga, se había quedado a dormir; tal vez conjurando así cierta exigencia sobre Lila. Estaban las tres acostadas –Minah, Cintia y ella– a oscuras y entre los últimos comentarios antes de caer dormidas. Minah sintió calor y decidió que alguien tenía que “hacerle el favor” de apagar la estufa. Era un trámite sencillo: sólo levantarse de la cama y, –habiéndose extraviado la perilla giratoria–, se debía mover el fierrito caliente con la pinza que siempre quedaba colgada de la llave de gas. Pedirle a Cintia que se levantara hubiera sido excesivo, y además con pedírselo a Lila ya era suficiente como para extender su mando sobre las dos nenas.
–¡Estoy acostada igual que vos, Minah! –se animó a responderle–, ¡andá, y apagatela si querés! –y Minah se levantó, rebuznando hacia la estufa.
Lila quiso regocijarse en su minuto de gloria y se dio vuelta a mirar la cara de Cintia en la cama de al lado. Pronto su hermana la trajo de regreso a la realidad: pellizcó su muslo con la pinza y la giró como si “la perilla” de su pierna se hubiera falseado.
Pero además de las grandes peleas, la cotidianeidad con su hermana le exigía un constante estar en guardia. Por ejemplo, algo que Minah se esmeraba en lograr era “causarle cáncer”. En esa época, se hablaba por todos lados de las ondas nocivas emitidas por los controles remotos. Minah, entonces, sólo cambiaba de canal si su hermana andaba cerca: buscaba ubicarse de manera que Lila quedara entre el televisor y el control remoto en sus manos, para recién ahí apretar los botones y mandarle todas las “ondas cancerígenas” que su hermana debía de merecer.
Por el contrario, las acciones de la menor eran mucho más encubiertas, sutiles tal vez.
Ya está dicho que su presencia “Lilácea” no cansaba la vista, pero tampoco decía mucho: ella sabía que nunca hubiera podido generar lo mismo que Minah causaba en la empleada doméstica de la casa. Esta se la pasaba hablándole mal de Minah, que recién entraba en su adolescencia. Le repetía que los pibes del barrio andaban alrededor de la casa como atrás de una perra en celo. “Falta que meen la puerta”, decía; “y a tu hermana bien que le gusta… que por algo les hace señas desde atrás de la cortina”, insinuaba. “Si la viera tu padre, ¿no?”. Aún sin entender bien el contenido de los chismes, Lila se daba cuenta cuando Zulma la dejaba regulando para que hiciera uso de la información que ella tenía. Pero Lila no necesitaba delatarla: escuchaba sus palabras con atención y las consentía; le bastaba con estar ahí, con ser parte de ese momento de crítica. Sabía perfectamente que la empleada hacía algo incorrecto, de lo que sus padres hubieran querido enterarse; pero Lila la necesitaba diciendo lo que decía, la necesitaba así, hablándole pestes de su hermana.
A veces, se sentía tentada a cederle la ventaja a su hermana para cortar con aquella bendita espiral. Pero enseguida lo veía injusto: al fin y al cabo, el poder de Minah era inherente, casi un axioma de la relación. En cambio, si ella encima no peleaba, sabía que de lila pasaría a transparente.
Para colmo, atravesando esa espiral se dibujaba de lado a lado la rectitud de su padre. El hombre no toleraba verlas pelear: era como sal en una herida que Lila no lograba percibir pero que olía, seguro que ella la olía.
Las penitencias que él les daba por pelearse eran la medida extrema; antes usaba otros medios “para que aprendan a quererse, carajo”, como él les decía. Tal vez regalarles un sólo juego de té para las dos, o insistir en que si a una le compraban cierta ropa, a la otra también había que comprarle algo del mismo valor; o construir una casa inmensa –como había diseñado el padre– pero con una única habitación para ambas hijas.
Lila no entendía si el tema era tan evidente que su padre forzaba una supuesta igualdad entre las hermanas para tratar de disimulárselo, o qué era. Mientras, a Minah se la veía despreocupada: es claro, de las diferencias, ella se había llevado la mejor parte. “Y bien que lo sabe”, pensaba Lila al ver a su hermana cumplir con las penitencias como quien gana un partido por ausencia de contrincante. Como esa vez en que tuvieron que aprenderse de memoria los consejos del Martín Fierro. A Lila le quedaron grabados:
“Los hermanos sean unidos, porque ésa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea. Porque si entre ellos se pelean los devoran los de afuera.”
Los versos no sirvieron para mucho, salvo al principio, en que Lila los usaba como escudo protector cuando la otra se le venía al vuelo. Si sabía que estaba a punto de ligársela, ella empezaba con la cantinela gauchesca que enseguida le daba “guarida” mientras Minah titubeaba.
Pero pronto la estrofa pasó a ser innombrable, después de que Minah, revisando las cosas de su hermana, encontró una adaptación que ella había escrito y la leyó en voz alta durante una sobremesa de domingo:
“Que mi hermana sea tullida
porque ella es la que me pega.
Reciba piñas verdaderas
en mi casa o en su escuela.
Porque si me dejo, me golpea
y la aplauden los de afuera”.
Nadie había podido terminar su postre cuando se encendió la discusión entre el padre y la madre. Las dos hermanas, frente a frente, permanecieron en la mesa, mirándose fijo. Lila bajó sus ojos al escuchar que su padre la defendía como nunca antes; que a pesar de lo escrito, él no parecía enojado con ella sino con su mujer. “¿Pero qué culpa tiene mamá del tema con Minah?”. Lila sintió un extraño alivio mientras escuchaba los gritos de la pareja desde la terraza: allí las mandaban en esos casos. “Si no pueden llevarse bien, van a estar todo el día juntas”, concluía el padre. A la terraza: sin juegos, ni libros, nada. Sólo ellas dos y la poca sombra que daba el tanque de agua para sentarse debajo de él.
Esa tarde ni se hablaron. Ninguna esperaba las disculpas de la otra. Lila aprovechó el tiempo penitente para seguir observando a su hermana.
– ¿Se amigaron? –les preguntó la madre al subir. Y Lila vio esa hermosa cara, roja por haber llorado.
–Sí, mamá, ya la perdoné –respondió Minah.
Lila no habló, seguía absorta en sus observaciones: “¿cuántos años me faltan todavía para que la cara redonda se me afine como la de Minah y mamá?”
Pero las hermanas crecieron y la redondez de Lila siguió ahí, arraigada como en la cara de su padre. Aunque no solo en eso eran parecidos padre e hija: de él heredó la reserva del silencio en vez de los gritos, los rincones solitarios en lugar de los portazos irreverentes… De los gritos y portazos se ocupaba Minah: su pubertad entró en erupción y la familia entró en caos. Ella no aceptaba un “no” como respuesta. Volaban las cachetadas cada vez que insultaba a los adultos o los dejaba hablando solos. Pero a Minah no parecía importarle el costo de ser quien era y decir lo que quisiese.
Lila siguió observándola: “tal vez cuando llegue a tercer año voy a poder transformarme y ser así”, pensaba.
Y mientras esperaba la llegada de ese momento, su habitación se llenó de amigos de la hermana por todas partes, sobre su cama también. Lila intentaba no entrar al cuarto cuando ellos se juntaban. Si intuía que estaban por reunirse, se armaba un bolsito con todo lo que tal vez iba a necesitar durante la tarde y lo dejaba en la cocina. Pero a veces algo se le olvidaba…
– ¿Ella es tu hermana? –preguntó uno de los chicos. Lila no pudo saber cuál porque siempre entraba mirando al piso. Aunque le pareció reconocer su voz. Era “ese”, el chico que llamaba seguido; ella contestaba y el intercambio se repetía una y otra vez: “Hola, ¿Minah? No, soy Lila, la hermana. Ah, perdón, ¿está Minah?” Y antes de que ella volviera a responder, el teléfono volaba de sus manos. Entonces, sus dudas se hacían certeza: el día en que ella presentara un novio a la familia, él terminaría pidiéndole disculpas luego de haberse enamorado de Minah.
–Sí. Es mi hermana, pero ya se va –le respondió al chico–. ¡Lila, ponete derecha! ¡Andás toda encorvada! –soltó Minah de repente y Lila, de los nervios, olvidó lo que había ido a buscar. Salió rápido y mientras cerraba la puerta, escuchó la explicación de su hermana–: Se pone así porque le están creciendo las tetitas… ¿viste?
Aquel año no hubo sobremesas. Durante las cenas, siempre había sido el momento de charla, de ponerse al día, pero ahora Minah no abría la boca. Y Lila tampoco: las escapadas de su hermana, sus calificaciones y permisos eran el eje de todo y dejaban a las llagas que le producía la ortodoncia en menos que un último plano.
Y con cada conflicto en el manejo de la mayor, surgía una nueva discusión en la que la madre quedaba como la culpable por las faltas de su hija.
El padre comenzó a pasar más tiempo arrinconado en su habitación. Más silencioso, como cansado. Y por primera vez, Lila sintió que su “ser lila” se convertía en una virtud para la familia. Porque en medio del desaire de su casa, ella había pasado a ser una orilla donde desahogarse y respirar hondo.
“Ojalá vos no te transformes”, le dijo una vez el padre. Él había empezado a citarla como ejemplo de conducta frente a todos. Pero ella no lograba disfrutar de ese nuevo protagonismo que de golpe le caía encima de unos hombros sin preparación. Es que el brillo –mil veces imaginado– no podía salir así: siendo tan de ella...siendo tan lila. Y justamente, al preguntarle al padre por ese nombre que le había tocado fue que ella comenzó a entender.
– ¿Lila? –repitió el hombre y un inesperado suspiro preparó el terreno– Ese sí que lo pensamos bien… y con tiempo… –dijo y enseguida procuró animar la confidencia–: ¡Y se nota! ¿No? ¡Mirá que bien hechita me saliste vos! –Y en aquel momento, si nombre y ser alguna vez se le habían confundido, el abrazo que entonces le dio su padre terminó por fundir a ambos dentro de ella.
Sin haber comprendido mucho, ella prefirió dejar la charla ahí: le gustó cómo había
sonado esa frase del padre. Mejor no indagar más, “mejor llevársela así a mamá para que ella lo sepa, porque seguro no se lo acuerda”.
La siesta en que Lila se acercó a la mujer, la encontró cosiendo botones a una camisa del
padre: –Sabés que papá me dijo que a mí sí que me pensaron bien y además, con tiempo… –la mujer se quedó callada. Lila aprovechó para observarla… “Minah tiene las mismas manos que ella”, reparó y vio que al clavar la aguja era como si quisiera lastimar los botones y al ajustar el hilo, ahorcarlos–. ¿Qué quiere decir eso, mamá, que Minah fue mal pensada? –hubo unas cuantas puntadas más de silencio hasta que las palabras de su madre rebasaron como náusea contenida: la mujer le contó que cuando ella quedó embarazada de Minah, el padre viajaba mucho, y pasaban poco tiempo juntos. Le dijo que en ese entonces ella era muy inmadura y se sentía demasiado sola.
–Y esas cosas pasan, hija… después, él dejó de viajar –la madre apretó los dientes para desgarrar el último hilo; y antes de que la estela de lo dicho se diluyese, ya había armado la tabla de planchar y, con el cambio de quehacer, puesto fin a la charla.
Aún tuvo que pasar un tiempo hasta que todo se hizo más claro. Fue después de aquella tarde con su padre que Lila lo entendió: el “estar a mano” con su hermana nunca iba a ser posible. La deuda que ella acarreaba era un mal, casi congénito
Era un domingo en que la madre se había ido de viaje y Minah se quedaba todo el fin de semana con amigas. El padre le preguntó si tenía novio. Lila le respondió que eso no importaba porque sabía que nunca se iba a casar. Él rió sorprendido y como si quisiera convencerla le contó lo de su “belleza exótica”. Los dos rieron entonces con la ocurrencia de Tanzania, y él le dijo que ahora era muy chica, pero que el día en que ella conociera a la persona indicada no iba a dudar en casarse.
– ¿Y vos con mamá, ni lo dudaste, no? –claro que para Lila no podía ser de otra manera: Minah era demasiado igual a su madre.
Esa noche, su hermana volvió.
Las dos se acostaron y Lila hubiera preferido ver televisión y no pensar, pero a Minah le molestaba para dormir. Lila tardó en hacerlo. Se quedó escuchando cómo su hermana respiraba en la cama de al lado: se concentró en ajustar su propia respiración al compás de la de Minah. Y tal vez así, lograr que también su cuerpo entendiera aquel tema.
Esa tarde, el padre le respondió que se había casado con la madre cuando entre uno de sus viajes, la mujer le anunció el embarazo.
Minah había sido algo imprevisto, “una de esas cosas que pasan”. Pero gracias a ese desliz de nacimiento que había sido su hermana, “sólo gracias a ella, papá y mamá se casaron y entonces tuvieron tiempo para pensarme a mí; y pensarme “bien”.
Entonces, aferrada a esa deuda innata, Lila cortó para siempre la espiral. Cedió a su hermana la ventaja: ahora, ventaja vitalicia; ahora con razón.
Mora Lautaro
RRHH (1934-2002)
Alguna
vez, Roque Hubertti fue un desempleado; hasta que tuvo una idea.
Antes de esa vez, ni él ni nadie en Bahía Blanca hubieran creído que la
falta de trabajo de la que los
políticos hablaban en la capital era algo que podía llegar a visitarlos e
instalarse así, sin anuncios ni antesala. Menos que menos, podrían haberse
imaginado que esa falta llegaría a
ser tan cotidiana como el pronóstico meteorológico antes de salir de casa. Es
que la ciudad siempre había tenido algo para que todos se mantuviesen ocupados,
trabajando. Al fin y al cabo, los oficios y las profesiones han surgido de la
conjunción entre lo que la gente necesita y lo que una persona comienza a darse
maña para hacer. Pero llegó un tiempo en el que Bahía Blanca parecía ya no
necesitar nada: como si todos los requerimientos de su gente hubieran sido
colmados y los ofertantes fueran más que suficientes
Mucho antes de llegado ese momento de saturación, Roque había trabajado
como portero de edificio durante la mayor parte de su vida. Hasta que los años
debieron de haber aumentado demasiado el peso del balde de agua con el que
Roque limpiaba la vereda. El consorcio entonces decidió dar el puesto a un
joven que, a diferencia de Roque, conectaba la manguera y dejaba correr el agua
mientras se atareaba piropeando sin estilo. En esa época, Roque no tuvo ningún
problema para conseguir un nuevo empleo. Enseguida empezó a trabajar como
sereno en un banco y allí permaneció durante cinco años: casi mil quinientas
noches en las que tuvo tiempo de sobra para revisar y reandar todos sus años de
portería, las charlas mantenidas con los vecinos; charlas de esas pensadas para
ser cortas, para que no se lleven más que el minuto en el que se espera al
ascensor en planta baja o se saca al perro en día de frío. Y fueron todas esas
pequeñas vivencias las que le sirvieron para dejar de ser desempleado, por un
rato.
Sucedió después de que el banco cerró y Roque tuvo que pedirle a su
cuerpo que volviese a acostumbrase a vivir durante el día. Las primeras
semanas, se lo veía confundido; habían sido cinco años de acostarse por la
mañana y levantarse a la tarde, con el tiempo justo para comer y volver a
trabajar. Toda una rutina a contramano que Roque consideraba culpable de que
las cosas en la ciudad hubiesen cambiado tanto sin que él se diera cuenta.
Roque salió a buscar trabajo, compró diarios, buscó pedidos escritos con
fibra y colgados de las vidrieras y pidió ayuda a conocidos. Todo estaba
cubierto. Y tras lo poco que se ofrecía, su edad pesaba como un cartel de “no funciona”
colgado en el único ascensor de un edificio.
Al principio no se preocupó. Melancólico de nacimiento y viudo sin apuro,
Roque siempre había confiado en el orden de las cosas: para él, encontrar
trabajo cuando se lo buscaba era casi como decir que todo lo que sube tiene que
bajar.
Como el banco había cerrado en quiebra, no hubo para Roque indemnización
ni algo parecido. Y un día, o mejor dicho 93 días después de haber pasado a ser
desempleado, se dio cuenta de que sus ahorros no le alcanzarían para mucho más.
Esa noche decidió quedarse despierto hasta el amanecer: En las horas de sereno
solía tener pensamientos claros, y lo que ahora él más necesitaba era una idea
luminosa que lo sacase de esa cita a ciegas con una realidad sin modales.
…Si yo tuviese la plata para pagarlo y si además existiría alguien para
hacerlo, ahora mismo lo contrato para que mañana temprano vaya a hacer la cola
en el vivero por el puesto de ayudante o para que se quede al teléfono por si
llaman mientras yo me juego un dominó en el barcito. Eso es: Yo me encargo de
buscar trabajo pero que alguien lo espere por mí……sí, que no haya que esperar,
como los vecinos del edificio cuando bajaban a la parada de colectivos que
estaba justo en la puerta. Sus caras… casi que decían que al final me podría
haber tomado tres mates más, que este ómnibus de porquería tarda años en pasar,
y yo entonces pensaba que qué bueno sería si yo me quedase parado con una lista
de cada inquilino y su línea de colectivo y al momento de ver acercarse al
coche, les toco el portero eléctrico para que bajen y listo: de la mesa al
trabajo sin haber estado ahí parados, esquivando frío…… Mañana mismo, voy a
hacerme unos folletos y pegarlos en la parada de ómnibus que está en la puerta.
Dentro de un tiempo voy a poder contratar algún pibe que haga lo mismo unas
cuadras más adelante, para la gente de por ahí. Pero antes voy a tener que
traspasarle mi experiencia, que el chico sepa lo que está haciendo. Es que yo
comprendo la molestia de las personas.
Pasa que el colectivo no es la primera espera del día: una vez que
termina el viaje, el vecino tal vez tiene que esperar para que le firmen un
papel o mismo en la sala de espera de un médico, que siempre da turnos que no
existen, que sólo entran en horas de 80 minutos. Por ejemplo, si alguien
pudiera ir a ese médico y sentarse allí como para ocupar el turno, y entonces:
buen día, mi nombre es Roque Hubertti pero estoy acá por la señora de Almada.
Cómo no, espere que ya la llaman, me contestan seguro. Y ahí, cuando esté faltando sólo un paciente, me comunico con la señora
de Almada y le aviso que venga: de su casa, directo a la camilla, sin-espera.
Esa frase debería escribir en los folletos y dejarlos en las mesitas de las
salas de espera. La gente va a empezar a llamarme como loca. El único que no me
contrataría sería Ferretti, el del cuarto piso. Me acuerdo que el hombre se
pasaba la mitad del día de médico en médico; siempre algo le surgía, un nuevo
achaque del que me hablaba en el palier y después se iba a ver al especialista,
que como no tenía turnos le decía que venga igual y lo acomodaba pero ni
siquiera lo debían de escribir en la agenda…Y yo me imaginaba a Ferretti
esperando por horas hasta que el médico se dignaba a ver qué traía esta vez. Lo
que pasa es que nadie se daba cuenta de que esa era la forma que él tenía para
estar fuera de su casa, esperando a que terminara el día. En verdad, lo que
Ferretti esperaba en el médico no era su
turno, sino las cartas de sobre violeta que yo separaba del manojo general y le
entregaba en mano, a escondidas. Y me encantaba porque después, por unos días, a
Ferretti no le dolía nada, no iba al médico y se quedaba en la vereda charlando
conmigo; sólo salía de su casa para ir al correo y entregar su carta. Claro,
después él debía de calcular que la carta ya había sido repartida en destino y
todo volvía a empezar: Hubertti, no se me vaya a distraer; ya sabe, sobre-violeta-con-mano-discreta,
me decía antes de ir a hacerse algún análisis. Y yo también me quedaba
esperando a esa mujer ensobrada… Pero ¿cómo no lo había pensado? ¡Ella debería
haber escrito mi nombre en el destinatario! Ahora todas las cartas del edificio
pueden dirigirse a mí, y yo con una lista de los inquilinos y los remitentes……
pero ellos no esperan, yo lo hago por ellos. Mañana mismo voy a llamar a
Ferretti para que me recomiende en el edificio. Y a la que también me gustaría
llamar es a la vecina del segundo, la embarazada……Ese hijo ya debería tener
como seis años. Era una mocosa, pobre, y estaba sola también. Yo a veces me
imaginaba cuando ese bebé naciera y que después yo iba a verlo crecer y andar
siempre con un chupetín en el bolsillo para dárselo cada mañana cuando la piba
lo llevase al jardín. ¿Me lo cuida un rato, Roque? Es que el nene lo adora. No
hay problema, vaya tranquila…….Un poco se me borra, pero creo que fue poquito
antes de que me echaran que la vecina de la chica me contó que el bebé se había
perdido. ¿Dónde? pregunté yo como un tonto. ¡Shhhh, Roque! Es lo mejor que esa
chica pudo haber hecho, me respondió. Es verdad que a la piba no se la veía muy
contenta. Tal vez le hubiera gustado saber que yo esperaba que su nene llegase
al edificio, o capaz, si alguien hubiera podido vivir esa espera por ella… No,
Roque, eso sí que no. A un hijo se lo suspira, decía mamá, y así con ese
suspiro que le entra, el criatura se entera de cuánto la quieren ya antes de
nacer… No, señora, disculpe pero ese servicio no podría ofrecérselo; es por
respeto a mi madre, ¿vio? ¡Qué santa la viejita! Siempre esperando que se fuese
el invierno y yo diciéndole que mejor si esperaba que llegase la primavera. Es
que eso para mí era mucho más lindo porque me hacía imaginármela vestida con el
batón de flores sin mangas y rociando sus plantas en el patio, en vez de metida
en la cama, a oscuras, sin hablarme. Y mientras ella hacía tiempo hasta que
terminase el frío, yo aprendía a esperar cada nuevo minuto que se le sumaba a
los días. El diario publicaba a qué hora exacta se iba a ocultar el sol y desde el 21 de junio era siempre un
minuto más de luz y uno menos de espera para ver a mamá toda floreada. Es que
son muchos los recuerdos y voy a tener que ponerme al día, porque hay esperas
que ya no me sirven, como la colimba o los pechos intocables de Isabel. Pero va
a ser un éxito seguro, y los vecinos van a vivir mejor, van a disfrutar sólo de
las partes lindas: del viaje, de la carta, de su empleo,
porque ahora con este trabajo nuevo yo mismo voy a poder esperar por los
trabajos de los demás…
Roque quiso quedarse despierto toda esa noche pero de tanto pensar se
quedó dormido por todo el resto de las noches. Es que justo estaba pensando en
que le iría tan bien con su empleo, que quizás hasta iba a poder pagarle a
alguien para que esperase por él la llegada de ese justo final.