E. A. Poe
Vimos cómo los niños andaban descalzos por ese descampado, mezcla de pantano y potrero, y ella se contrajo por el asco que le produjo pensar en la aspereza que tendrían en la planta de los pies, ya a esa edad, dijo. Creo que uno de los dos le contestó que era normal; pude haber sido yo, teniendo en cuenta que mi costumbre, desde chico, era la de tirar las zapatillas a la mierda y correr descalzo por donde sea. Debo haber sido yo, porque el otro no se quitaría los zapatos ni para dormir, si ella no lo obligara. Lo cierto es que ellos andaban descalzos por necesidad, no por elección. Unos corrían y saltaban, las nenas sobretodo; los varones jugaban fútbol, pateando una pelota que debía ser pesada.
- ¿Qué hacemos acá? –preguntó el otro.
- No sé, Juani nos trajo por este camino –dijo ella.
Pero yo no respondí. Estaba a unos metros, sentado, quitándome los zapatos con la intención de jugar con los chicos. Me quité las medias rápidamente, y antes de preguntarles a los chicos si podía entrar al partido, la miré. Ella, con un gesto de reprobación, puso la cordura necesaria. Volví a calzarme, lentamente. Y seguimos caminando. Cruzamos por el medio del potrero hasta tomar el camino nuevamente y mientras los chicos nos saludaban con las manos, el camino comenzó a estrecharse hasta ser casi un sendero. Tendría apenas un metro y medio de ancho, bordeado por una elevación de tierra colorada, árida, dura al tacto.
- ¿Falta mucho para llegar? –preguntó él -; llevamos caminando más o menos una hora.
- Y bueno, ese es el precio por acostarse conmigo –dijo ella, y nos quedamos
en silencio, un poco ofendidos por su crudeza.
- Él me pidió un cigarrillo; lo encendió y ella le pidió una pitada; al rato, quiso
uno. Siempre era igual, cuando uno de nosotros necesitaba algo, ella lo necesitaba también. Caminamos por el sendero que ahora sí volvía a ser un camino, y nos llamó poderosamente la atención dos o tres autos que pasaron en distintas direcciones perdiéndose en la hondonada. Cómo podía un auto ir o venir, si hasta hacía unos minutos no había camino. Apenas medía el sendero un metro y pico, pensé. El otro lo preguntó.
- Menos sabe Dios y perdona –contestó ella, dejándonos nuevamente en silencio.
Caminamos un cuarto de hora más, sacudiéndonos de los trajes el polvo que
levantaban los autos, cuando de repente el camino se abrió y apareció ante nosotros un palacio; no un palacio faraónico, no un palacio colonial ni moderno. Un palacio. Arquitectónicamente extraño, un híbrido. De una amplitud considerable, con tres pisos, un mirador en cada extremo; pintado de blanco, inmaculado, radiante de tan claro bajo el sol de la tarde. El inmenso verdor del pasto que lo rodeaba estaba corto y las plantas de tronco y los árboles finamente recortados mostraban la mano experta de un jardinero. El y yo nos miramos atónitos.
- Bienvenidos a nuestra Xanadú –dijo ella, extendiendo sus brazos en cruz.
Yo vi la película, pero él no, y ella sumó otro elemento más a su excentricidad. Entonces, como magnetizada, comenzó a correr hacia el palacio. Nosotros llegamos deambulando, paseando y admirando el lugar. Cuando pisamos el cobertizo ella ya había entrado.
- Abrí vos la puerta –me dijo él, y agregó, irónico -: siempre fuiste el más osado.
Entramos. Un gran salón -su amplitud excedía nuestro campo de visión-, daba paso a dos escaleras, una en cada extremo. Las paredes vacías, sin un solo ornamento. Él gritó su nombre. Lejos, en algún lugar, se oyó en un eco su contestación.
- Empecemos a divertirnos- dijo él. Y comenzó a subir las escaleras.
Yo caminé por uno de los corredores, dispuesto a separarme del dúo al menos por un tiempo, hasta que la fiesta esté en su apogeo. Pasé por una puerta y me pareció oír su voz; la voz de ella, claro. Abrí y allí estaba él. Erguido. Una toalla le cubría desde la cintura hasta las rodillas. Tenía el torso desnudo y un tatuaje en el pecho que nunca le había visto. Una especie de ave gris, de pico ralo, con las alas plegadas. Una de ellas le llegaba casi al cuello.
- No puedo creer este lugar. Es el paraíso- me dijo.
- ¿Dónde está ella? –pregunté.
- No sé, anda por ahí. Divirtiéndose.
Me miró fijamente. No había en sus ojos voluntad de seguirme. Me indicó la puerta. Estaba radiante, feliz. Salí, dispuesto a encontrarla para terminar lo que habíamos ido a hacer. Mi humor era confuso. El vaho en el aire que hasta entonces no había notado enrarecía el lugar, y la incomodidad por no pertenecer me ponía nervioso. Llegué hasta el final del corredor y un jardín se descubría detrás de una mampara. Me escondí tras ella; un hombre muy viejo, en apariencia un cazador –escopeta al hombro, cartuchera en bandolera, boina al tono-, reprendía a un niño. Un coscorrón y el niño comenzó a llorar.
- Cuando se acaban las palabras empiezan los golpes –le dijo el hombre.
El niño sostenía tres o cuatro aguiluchos en su mano derecha. Inmediatamente los soltó. El hombre volvió a pegarle. Entre llantos, el niño me vio y le grito algo al viejo.
- ¡Eh, usted, quédese donde está! –me ordenó, cuando ya estaba huyendo.
Instintivamente alcé los brazos. Me palpó el cuerpo, quizá pensó que iba armado. Me preguntó qué hacía ahí.
- En realidad, vine a acompañar a alguien –contesté.
- Baje los brazos, por favor –me pidió, ya cambiando el humor.
Se presentó como Glahn, el cazador, mientras me estrechaba la mano.
- Este es mi hijo –me dijo-, el que nunca tuve.
El niño sonrió. En su cara roja por la cachetada del padre que no nunca tuvo hijos, había tonalidades distintas de piel. No me había dado cuenta, pero la mitad de su cara era negra. Le acaricié la cabeza a modo de saludo; pareció feliz.
- No sé bien qué lo trae por acá –me dijo el cazador-, pero usted parece un buen hombre, así que es mi deber advertirle.
- ¿Advertirme sobre qué? – pregunté.
- Que se tiene que ir. No me importa a quién vino a acompañar, pero no se pueden quedar.
Siempre fui una persona temerosa, precavida. Y las advertencias del cazador empezaban a perturbarme. Caminó delante de mí.
- Venga.
Volvimos por el corredor. Llegamos hasta el recibidor, siempre con el niño detrás, distrayéndose vaya a saber uno con qué.
- ¿Ve esas dos escaleras? –dijo, señalándome lo que ya había visto. –Se puede subir únicamente por la de la derecha. No suba jamás por la de la izquierda. No me pregunte, no puedo decirle más. ¿Ve este niño, me ve a mí?, bueno, si sube por la izquierda, seré su padre. Y si se queda hasta después que caiga el sol, también. Y siempre tendrá que obedecerme. Como él me obedece.
Lo miré fijamente. Ya no me agradaba tanto. Había en su tono de voz un dejo tribal y oscuro. El niño movía convulsivamente la cabeza en señal afirmativa. El calor era abrasador y sin darme cuenta comencé a transpirar.
- Tomé –dijo, alcanzándome un pañuelo. –Límpiese.
Ya quería irme. Los ojos me ardían por el reflejo del sol y la corriente de aire seguía enrarecida.
- Tómeselo con calma, mi amigo. Tenga en cuenta lo que le dije. Cuídese.
Los observé mientras se iban. El cazador avanzaba por el corredor a paso firme y el niño iba adelante, correteando. No entendí a qué se refería, pero algo en sus palabras me infundieron un temor absoluto, confirmando el recelo que tuve durante toda la caminata. Tenía que buscar a los míos y salir urgentemente. Antes del anochecer, había dicho el viejo.
Toqué la puerta donde hacía unos minutos lo había visto a él. Una voz de mujer me hizo pasar. Había ahora una mesa redonda donde cinco mujeres jugaban cartas. Pero él no estaba. Una de las mujeres, que se presentó como Isolina, se paró y me invitó a pasar. Las otras ni siquiera levantaron la vista de sus cartas. Ya conocía el ardid y la seducción de varias mujeres reunidas y mi poca resistencia al hedonismo, así que opté por quedarme cerca de la puerta para poder salir por si terminaba siendo el primer premio de su juego.
- Estoy buscando a un amigo, parecido a mí. Muy parecido.
- Tiene tus ojos- dijo una de las mujeres que permanecía sentada, de espaldas a mí.
- Y tu pelo. Muéstrame tus manos –interrumpió Isolina.
- Gracias, pero tengo que irme. Son muy amables. –dije, y antes de que pueda cerrar la puerta, Isolina salió conmigo.
Caminamos de la mano unos metros, cuando me dijo:
- Tu amigo regresará en un momento, debe encontrarse.
- Estoy buscando a una vieja amiga, también.
Isolina agachó la cabeza negando, y contestó:
- Tu amiga no ha venido por aquí. Pero antes de entrar, la vi subiendo por la escalera. La escalera izquierda. Toma por ahí. La encontrarás enseguida.
Estaba confundido, perplejo. El extraño vapor de la atmósfera comenzaba a marearme, y notaba una aplastante veracidad en sus palabras. El sol de mi vida. Pero el sol, el astro que nos importa estaba ahora unos metros más abajo. No sabía con exactitud cuánto tiempo de luz me quedaba, aunque podía presentir que debía apurarme.
- Vamos afuera, al jardín de invierno –me dijo Isolina, dulcemente.
Su larga falda se agitaba gracias al viento que entraba por alguna ventana abierta del palacio. Deambulamos por un interminable pasillo repleto de puertas cerradas; antes de cruzar la entrada del jardín, me tomó de la mano, arrastrándome hacia dentro.
- Sentémonos –dijo.
Había helechos colgando de las paredes del cuarto, canteros con yuyos ralos, y pequeñas lagartijas que iban y venían despreocupadamente. El techo era de un plástico que mantenía húmedo el lugar. Seguía tomándome de la mano. La miré. Debía tener unos cuarenta años, y la rodeaba aún un halo de belleza juvenil.
- Supongo que el muchacho no entenderá ni una pizca de lo que aquí sucede. ¿No es así? –me preguntó.
Afuera, los pájaros silbaban. Dentro, dos lagartijas verdosas jugaban entre ellas.
- Puedo entender apenas lo que conozco. Y sólo conozco una parte del palacio.
- “El palacio no es infinito…” –citó.
- Conozco el poema –señalé.
- …Pero no su metafísica –agregó.
No supe qué contestar. Mi cara de desconcierto la instó a seguir hablando.
- Creo que no te diré nada más. No eres lo que parecías –dijo, agresivamente.
Me estaba hartando de aquel juego. Ya fastidioso, pregunté:
- ¿Y qué parecía?
- Uno de los nuestros; a nosotros nada nos toca.
- “…Ni una palabra, ni un anhelo, ni una memoria” –murmuré, después de hacer memoria un momento.
Inmediatamente, me llené de pavor. Ellos eran los muertos, decía el poema. Intenté recuperar la calma; después de todo, parecía no correr peligro.
- No te espantes –me dijo. –No es lo que todos piensan. No estamos muertos. Me estás sosteniendo la mano y no está fría. ¿Lo ves? Nosotros no estamos muertos, en realidad, no estamos. Este es el lugar donde comienza el desvío del tiempo y del espacio –la miré, sorprendido. Las palabras técnicas me sonaban irreales, como difuminadas -. Donde las vidas empiezan a bifurcarse en infinitos destinos, o posibilidades, si te gusta más la palabra. Aún no sabemos si es infinita esa desviación, o simplemente múltiple. Sí sabemos que esos cálculos exceden al intelecto del hombre –lentamente, me soltó la mano-. En realidad, jamás podríamos saber si es infinita esa cantidad –se corrigió, más para sí misma.- Ninguno de nosotros está apto para deducirlo. Sí sabemos que aquí es donde comenzó todo. No te preocupes por entenderlo, a mí me llevó siglos hacerlo… Con el tiempo, vos también podrás hacerlo.
Un ruido atronador quiso que los pájaros comenzaran a aletear rápidamente. Vimos cómo se alejaban. Pensé en un cuento de Lovecraft.
- Es muy posible que vivamos en un cuento suyo… -dijo. –O en una novela de Wells o de Carroll.
- Tengo que irme –gruñí. Y salí desesperado, casi corriendo.
En la mitad del pasillo alcancé a escuchar a Isolina pidiéndome que regresara. “La vida está arriba”, escuché a lo lejos. Al llegar al recibidor, el piso estaba cambiando de color paulatinamente. La luz solar viajando a millones de kilómetros. Vi las dos escaleras. Tenía que encontrar a los míos. Tomé valor y subí por la de la izquierda. Los peldaños eran de un mármol añejo. A mis espaldas, el último sol de la tarde comenzaba a ensombrecer la casa; el amarillo iba tornándose rojo oscuro cuando en la mitad de la escalera mi campo de visión captó una cama al final del trayecto. Seguí subiendo, presa del pánico. No sé qué extraña perversión quiso que lo hiciera, pero así fue. Y a medida que subía, tan lentamente que parecía un minusválido, una cama se agregaba a mi vista ya maltrecha. Llegué al final, al rellano. En el pasillo, paralelas a la baranda, había cuatro camas, una al lado de la otra: tres niñas y un hombre dormían en ellas. Tapadas con frazadas hasta el cuello, de las niñas sólo se veía su rostro, de perfil, con los ojos cerrados, y de cofias blancas sobresalía pelo rubio, imberbe. El hombre, acostado en la cuarta cama, estaba boca arriba, con un sombrero cuákero tapándole la cara. El estupor me impedía reaccionar. No sé cuánto tiempo estuve paralizado: pueden haber sido segundos o siglos.
- Mejor vamos, Juani –me dijo una voz. El letargo acabó atomizándose en millones de secreciones de endorfina. Miré hacia abajo, excitado. Era ella.
Estaba a unos pocos pasos debajo de mí. Teníamos que salir imperiosamente de ahí. Eché una última mirada a los durmientes, compadeciéndolos.
- Mi vida, tu vida y mi vida son las únicas que valen la pena –susurró, como si los muertos pudieran oírnos.
Bajamos la escalera a paso lento, sin ánimo de romper el silencio con algo tan pueril como el sonido de unos pasos en un anochecer. Al llegar a la puerta del palacio y antes de salir, la miré; supo que le preguntaba por él.
- No sé dónde está, y ya tenemos que irnos –dijo con la resignación de quien todo lo intentó.
Afuera, ya había oscurecido y el viento soplaba con frescura. Abotoné mi saco y prendí dos cigarrillos; le pasé uno a ella mientras caminábamos a paso rendido, sin mirar hacia atrás -hacia el palacio-, hacia lo que habíamos dejado.