Carlos trabajaba de informático en una agencia de viajes. Se encargaba de que los ordenadores funcionaran como es debido y de mantener la web de la agencia, un medio que cada vez tenía más protagonismo y que estaba empezando a crear un cierto malestar entre sus compañeros, temerosos de que Internet acabara con sus empleos. Además, desde hacía poco, le habían encomendado también la tarea de navegar por la red para buscar productos de la competencia y copiarlos. Sus jefes lo llamaban hacer benchmarking, lo consideraban algo novedoso e importante para la buena marcha del negocio y Carlos se lo pasaba bien buscando destinos cuanto más desconocidos y arriesgados mejor y adaptándolos después para colgarlos en la página de su empresa.
Su horario era distinto al del resto de los empleados de la agencia. Él tenía que llegar a las ocho, conectar los ordenadores y revisar que todo estuviera a punto para que, cuando llegaran sus compañeros a eso de las nueve, pudieran empezar a trabajar de inmediato, sin demoras. Si no había versiones que actualizar ni problemas que arreglar este trabajo no le llevaba más que un cuarto de hora, puesto que sólo había diez ordenadores en la oficina, de modo que solía disponer de cerca de cuarenta y cinco minutos de tranquilidad hasta que aquello se llenaba de empleados, teléfonos sonando, tontas urgencias técnicas que atender y clientes gritones que se emocionaban como niños ante la perspectiva de tumbarse en una playa con palmeras y una piña colada en la mano. Por eso sus jefes le habían encargado el benchmarking, que era su principal ocupación durante esos minutos ociosos.
Cuando el director y la subdirectora llegaban, algo más tarde que los demás, ya que eran también siempre los últimos en salir, Carlos tenía que entregarles tres paquetes de viajes de la competencia que la agencia no tuviera en su catálogo. Si les parecían interesantes, él cumplía sus objetivos y obtenía un sobresueldo. Era un buen trato, pues si algún día encontraba más de tres podía acumularlos para días posteriores, y eso resultaba habitual, porque estaban en primavera y todas las agencias se dedicaban a programar nuevos destinos y a inventar nuevas actividades para el verano.
Con la creciente moda de viajar al extranjero por vacaciones la agencia había prosperado y sus dueños la acababan de trasladar desde el minúsculo e irregular local en el que estaba a uno mucho más amplio, en un emplazamiento mejor y con unos cuantos metros más de fachada a la calle. Con el cambio Carlos había pasado de tener su mesa en un altillo ciego y aislado a ocupar un sitio junto a un amplio ventanal, con cristales de los que permiten ver desde el interior pero que desde el exterior parecen espejos.
El traslado al nuevo local se había hecho durante un fin de semana y el lunes Carlos madrugó un poco más, para llegar temprano a la agencia y comprobar que todos los ordenadores estuvieran bien instalados y funcionaran a la perfección. La empresa de mudanzas había hecho un buen trabajo y a las ocho de la mañana ya lo tenia todo a punto y pocas ganas de buscar destinos exóticos que ofrecer a sus jefes, porque tenía un sobrante de la semana anterior: islas paradisíacas, desiertos inhóspitos, animales en peligro de extinción o países en guerra; la variedad era enorme y Carlos se sorprendía de que hubiera gente para la que visitar uno de esos sitios significara cumplir un sueño.
Así pues, una vez lo tuvo todo revisado, dejó sobre la mesa de la subdirectora tres folletos que prometían experiencias apasionantes y únicas en Laos y Vietnam, sacó un café de la máquina y se sentó en su flamante nuevo puesto de trabajo con vistas a la calle. Todo un lujo, pues nunca antes había disfrutado de ese privilegio ni de la extraña sensación que le producía ver sin ser visto. No tardó en embelesarse contemplando lo que hacían los que pasaban por la calle que, pensando que nadie les veía, se miraban en el espejo con naturalidad, dando los últimos retoques a su aspecto, ya fuera recién salidos de casa o a punto de llegar a sus lugares de trabajo.
Pasó un joven con el pelo repeinado y un nudo de corbata flojo y, en opinión de Carlos, demasiado grueso, a quien, sin embargo, su propio aspecto debió de gustarle, ya que sonrió con suficiencia y continuó su camino. Pasaron dos chicas adolescentes que se miraron juntas, se tocaron el pelo mutuamente, rieron, dijeron algo que Carlos no oyó y siguieron andando sin dejar de reír. Pasó un hombre mayor con un traje gris y un maletín anticuados, que no se miró al espejo que la agencia ofrecía gratis porque, supuso Carlos, conocía bien su aspecto, que no había cambiado en años salvo en que había envejecido. Pasó gente que no le llamó la atención y personas a las que ignoró porque estaba mirando a otras, hasta que pasó una que eclipsó a todas las demás: una mujer de unos treinta y cinco años, diez más que él, cuyos estilo y figura le resultaron tan atractivos que estuvo mirándola hasta que desapareció de su vista, al doblar la esquina en la siguiente calle. Quedó tan fascinado que miró su reloj para saber la hora exacta y recordar así que a las ocho y cuarenta y dos minutos tenía que estar cada día pendiente de la ventana, para no perderse el paso de aquella mujer que, al igual que el hombre mayor, no se había mirado al espejo, pero por motivos bien distintos, supuso: ella podía estar tan segura de sí misma que no necesitaba hacerlo, porque sabía que su aspecto era perfecto. Al menos eso fue lo que pensó Carlos tras verla desfilar a escasos dos metros de donde él estaba sentado: alta, estilizada, impresionantemente elegante con su vestido rojo y su chaqueta negra sobre la que caía una ondulada melena castaña que se movía con una cadencia tan sensual como no había visto antes.
Al día siguiente Carlos se puso a mirar por la ventana con tranquilidad, porque todavía tenía benchmarking de sobra para la semana y ya había dejado sobre la mesa de la subdirectora las más excitantes aventuras en los más remotos desiertos asiáticos. No faltaron el joven del nudo grande, las adolescentes que comparaban sus peinados ni el hombre en edad de jubilación y, además, aparecieron nuevos personajes: la muchacha sudamericana que acarreaba la pesada mochila de un niño revestido de marcas, la pareja que había pasado una de sus primeras noches junta y no paraba de darse besos y el chico que paseaba con desgana a un perro viejo, que seguramente le habían regalado cuando era un niño y que ahora no sólo ya no le ilusionaba sino que se había convertido en una molestia que le hacía madrugar más de la cuenta. Y, claro, volvió a aparecer ella: con su paso rápido y decidido, su cabeza alta y su pelo danzarín, vestida aquel martes con un traje de chaqueta a rayas, toda elegancia de nuevo. Otra vez desfiló sin girar la cabeza hacia la agencia ni un segundo, siempre con la mirada al frente, a por un mundo que era suyo, sin necesitar ayuda de nada ni de nadie, ni siquiera de la aprobación de Carlos, que se la hubiera dado con gusto.
El miércoles pasó algo semejante y el jueves también. Como ella era muy puntual y siempre desfilaba junto al ventanal a las mismas ocho y cuarenta y dos minutos, el viernes Carlos ya no pudo más y a las ocho y cuarenta salió a la calle, para esperarla y verla venir de frente, al natural. Allí permaneció hasta las ocho cincuenta, pero ella no pasó. Él regresó, frustrado, a su puesto de trabajo y aún estuvo un buen rato mirando fijamente a través de la ventana, por si aquel día, por lo que fuera, se hubiera retrasado; pero su admirada mujer no dio señales de vida.
El lunes siguiente, a la hora esperada, ella volvió a pasar, como si el viernes nada hubiera ocurrido, como si no hubiera faltado a su cita. Atractiva y elegante igual que siempre, esta vez con un vestido blanco y una chaqueta roja, más veraniega que la semana anterior, dejó que Carlos la contemplara a aquella hora temprana, hasta que dobló la esquina y se perdió. Entonces Carlos se levantó y salió corriendo tras ella, pasó frente a su propio ventanal, giró a la derecha por donde ella lo había hecho y estuvo a punto de chocar con el niño al que acompañaba la joven sudamericana, pero no vio ni rastro de la mujer que él quería encontrar. La joven le recriminó su actitud, le dijo que ella era responsable de que el niño llegara sano y salvo al colegio y que, si un salvaje lo atropellaba, ella se iba a quedar sin un trabajo que necesitaba para poder mandar dinero a su país, donde las cosas estaban muy mal y sus padres lo necesitaban. Abochornado, Carlos pidió perdón y regresó cabizbajo a su oficina, donde Ana, la única compañera que ya había llegado, le miró con asombro y le preguntó si se había vuelto loco. Él sonrió forzadamente y no contestó, pero pensó que, al menos momentáneamente, un poco loco sí que estaba por aquella aparición matutina que, dado que cada vez que se intentaba aproximar a ella se esfumaba, ya empezaba a parecerle tan irreal como los paraísos que prometían los folletos; folletos que, en aquel momento se dio cuenta, aquella mañana no había dejado sobre la mesa de la subdirectora.
El martes se dijo que tenía que dejar de mirar a la calle entre las ocho y cuarenta y las ocho y cuarenta y cinco, no quería verla pasar de nuevo, no creía en fantasmas y no quería quedar a merced de ellos. Optó por retrasar la hora de tomar su café y se dirigió hacia la máquina cuando el reloj marcaba el inicio del período prohibido. La máquina estaba al fondo del local, en una salita ciega que había junto a los servicios, lejos de los ventanales, más o menos como él estaba antes del traslado. Allí se encontró con Ana, que volvió a preguntarle qué le había sucedido el día anterior. Carlos, sin saber qué contestar, optó por la mentira fácil: le dijo que había salido porque le había parecido reconocer a alguien, pero que se había equivocado. Ella le preguntó si no sería aquella mujer tan elegante del vestido blanco a la que había estado siguiendo con la mirada, embobado. Como respuesta, Carlos le mostró a su compañera un enrojecimiento hasta las orejas que desmintió su negativa verbal. Ana le miró a los ojos y le dijo que no se preocupara, que todos teníamos amores imposibles, ella también, por supuesto, con George Clooney, what else? Y que había que saber distinguir entre esos y los posibles, que a veces estaban más cerca de lo que uno imaginaba; tanto que quizá pasaban desapercibidos, por lo que había que estar atento, para no perderlos. Justo en aquel momento, aunque todavía eran las nueve menos diez, la subdirectora entró en la oficina y los vio. Inmediatamente ellos regresaron a sus puestos de trabajo, como si los hubieran pillado haciendo algo malo.
Entre unas cosas y otras, aquel martes Carlos tampoco había hecho su tarea de benchmarking y la subdirectora lo llamó a su despacho a las nueve y cinco. ¿Qué pasaba que cada día de la semana anterior había preparado puntualmente sus folletos y aquella semana no le había entregado ni uno todavía? Las excusas de Carlos no tuvieron mucho de original pero, como las utilizaba por primera vez, surgieron efecto: problemas con los ordenadores, que le había dejado menos tiempo para buscar, y más dificultad en encontrar propuestas interesantes, porque cada vez quedaban menos que no hubieran incorporado ya a su catálogo. La subdirectora se levantó de su sillón, se colocó tras la silla en la que estaba sentado él, apoyó las manos en sus hombros y le preguntó si no andaría enamorado y, por lo tanto, un poco despistado. Carlos enrojeció de nuevo y dijo que no, que para nada, y la subdirectora le dijo que eso estaba bien, porque a veces los hombres se enamoran de chicas jóvenes que tienen la cabeza a pájaros y que, en cambio, ignoran a las que son un poquito mayores y pueden enseñarles unas cuantas cosas que ellos todavía ignoran. Luego le invitó a un café que él, aunque acababa de tomar uno, aceptó.
Lo tomaron junto a la máquina, mientras la subdirectora le contaba que estaba saturada de tanto trabajo, que no le quedaba tiempo para vivir y que eso no era bueno, que tal vez estaría bien organizar una salida con algún compañero que le cayera bien. Entonces llegó el director y Carlos y la subdirectora se dirigieron enseguida hacia sus lugares, él otra vez como si hubiera hecho algo malo, y ella con cara seria, como si hubieran estado tratando algún asunto importante, pero el director la llamó mientras ella iba camino de su despacho y ambos entraron en el de él y cerraron la puerta.
En cuanto Carlos hubo regresado a su mesa, se le acercó Enrique, otro de sus compañeros, que tendría unos cuarenta años y llevaba más de diez trabajando en la agencia: quería saber de qué había estado hablando con la subdirectora. Carlos le dijo que de los folletos, pero Enrique se mostró extrañado de que hubieran hablado de eso mientras tomaban café, porque a ella le gustaba mantener las distancias y no solía confraternizar con los empleados, y que si no había nada más que él quisiera explicarle sobre la conversación. Carlos insistió en que sólo habían hablado de folletos y Enrique le dijo que mejor así, que no se hiciera ilusiones, porque ella debía de ser diez años mayor que él y que, si a las mujeres no les gustaban los de su misma edad, porque les parecían niños, ya podía irse imaginando él lo que pensaban sobre los que todavía lo eran y creían tener alguna oportunidad invitándolas a café. Carlos no le dijo que el invitado había sido él, le contestó que no se hacía ilusiones de ningún tipo porque nada pretendía, pero que de todas formas le agradecía el consejo, viniendo de una persona mucho más vivida que él. Entonces Enrique le preguntó que si, por casualidad, la subdirectora tampoco le había dicho nada sobre ascensos. Carlos volvió a negar que hubieran tratado de otras cosa que no fueran folletos. Enrique, al parecer complacido, no dijo nada más y regresó a su mesa.
Al rato, el director, que había terminado su corta reunión con la subdirectora y había salido de su despacho a tiempo de ver cómo Enrique y Carlos terminaban la suya, se acercó también a la mesa de éste y le invitó a otro café, al que tampoco se pudo negar, viniendo la invitación de quien venía. Ante la máquina, el director le advirtió acerca de Enrique, una persona amargada por no haber podido ascender en la empresa y capaz de levantar falsos testimonios contra la dirección por el simple hecho de no formar parte de ella. Luego le dijo que él, en cambio, estaba haciendo un gran trabajo, tanto el de informático como el novedoso del benchmarking, algo delicado que no hubiera podido encargar a cualquiera. Que siguiera así, dedicándose a lo suyo, y no prestara oídos a los cizañeros que no buscan más que estropear el buen ambiente que la dirección intenta crear. Que, continuando por el buen camino, su esfuerzo se vería, más pronto que tarde, recompensado.
Eran las diez de la mañana y Carlos se había tomado ya tres cafés, de modo que cuando Isabel, que se sentaba en la mesa de al lado, le preguntó si quería tomar uno, contestó que no, que llevaba muchos y uno más le sentaría mal. Isabel le dijo que, claro, como sólo era una simple compañera, él no quería saber nada de ella, porque sólo le interesaba hacerles la pelota a los jefes por si caía algún premio en la lotería de ascensos. Carlos insistió en que era verdad que había tomado tres cafés en apenas hora y media, pero que si quería la acompañaría hasta la máquina y se bebería un vaso de agua mientras ella se lo tomaba. Isabel le replicó que sólo había tomado dos, nada menos que con el director y la subdirectora, que lo había visto con sus propios ojos, pero Carlos le explicó que, a primera hora, antes de que ella llegara, ya había tomado uno con Ana, que se lo preguntara a ella si quería. Entonces Isabel se puso hecha una furia y le dijo que anduviera con cuidado con Ana porque, con esa pinta de mosquita muerta que tenía, embaucaba a todos los hombres que se cruzaban en su camino y que lo mejor que podía hacer era ignorarla si no quería verse utilizado y después tirado a la cuneta. Luego le dijo que ya no le apetecía para nada el café, dio media vuelta y regresó a su mesa.
Ana no tardó ni dos minutos en acercarse a la de Carlos, a preguntarle si tenía algo con Isabel y si habían hablado mal de ella, porque los había visto cuchicheando y mirándola y eso siempre era señal de hablar mal de la persona a la que se mira. Carlos le dijo que no, que sólo la había mencionado porque Isabel le había ofrecido un café y él le había dicho que ya había tomado uno con Ana, o sea, con ella. Y ella le dijo que no se fiara ni un pelo de Isabel, porque era capaz de sacarle los ojos a alguien si no le prestaba la atención que ella reclamaba; que en cuestión de cuatro meses había tenido cuatro novios porque no había quien la aguantara y que esperaba que él no fuera tan tonto de enredarse en su tela de araña venenosa; vamos, que no fuera tan estúpido de quedarse con la peor, habiendo oportunidades mucho mejores a su vista y alcance. Luego dibujó una amplia sonrisa, le propuso comer juntos y él, sin pensárselo ni un instante, aceptó.
Con tantos cafés y tanta conversación a Carlos le entraron unas tremendas ganas de mear, así que se levantó y se dirigió a los servicios. Estaba orinando en el mingitorio cuando alguien se acercó por detrás, le empujó y casi le hizo golpearse la cabeza contra la pared y mojarse los pantalones con la pérdida del equilibrio. Se giró y vio a Ricardo, otro de sus compañeros, aficionado a los gimnasios y experto en el Caribe, Estados Unidos y Canadá, unos destinos de moda por la subida del euro que le estaba propulsando a la gloria, dados los muchos clientes que conseguía. Carlos sonrió sin ganas por lo que consideró una broma de mal gusto y protestó por el empujón, pues podría haberse hecho daño. Pero Ricardo le miró fijamente, le puso la mano en el hombro y le dijo que aquello no había sido nada comparado con lo que le pasaría si no dejaba de atosigar a Ana. Carlos le explicó que él no atosigaba a nadie, que sólo habían quedado para comer, a petición de ella. Entonces Ricardo le dijo que no se confundiera, que era él quien comería con ella, como siempre, y que no osara interponerse. Y que, por su propio bien, procurara encontrar una buena y creíble excusa que contarle a Ana, le recomendó, antes de dar media vuelta y entrar en el recinto cerrado donde estaba el váter.
Cuando Carlos regresaba a su mesa, pálido y algo tembloroso, creyó que el susto le había alterado la percepción, porque se topó de frente con su esquiva aparición matutina, que acababa de entrar en la agencia y, sin saber hacia dónde dirigirse, se había encaminado hacia la única persona que había visto de pie. Le preguntó si podía atenderla y él le preguntó a su vez qué destino le interesaba. Cayo Largo, contestó ella, y Carlos no dudó en señalarle la mesa de Ricardo, vacía porque él todavía no había regresado de los servicios, y le pidió que se sentara allí, que enseguida la atendería el compañero especialista en playas del Caribe. Pero ella le preguntó por qué no podía atenderla él, que estaba allí y no parecía ocupado. Porque él era el informático y no un comercial, alegó Carlos. A ella no le importaba, los informáticos le gustaban, tenían un punto de locura y otro de misterio que la atraían mucho.
Justo entonces apareció Ricardo y le dijo a Carlos que no entretuviera más a la señorita y regresara a sus quehaceres, que él se encargaría de ofrecerle a ella cuanto necesitara; después le pidió a Carlos que fuera a buscarle un café y, a la señorita, lo que ella deseara. Carlos respondió levantando el dedo medio de su mano derecha, y la respuesta no le gustó nada a Ricardo, que lanzó su puño directamente hacia la cara de su compañero, a la que habría llegado con toda su fuerza de gimnasio de no haber sido porque la mujer, rapidísima de reflejos, le desvió el brazo. Al no encontrar una superficie que frenara su impulso, Ricardo se desequilibró y fue a parar sobre la mesa de Isabel, golpeando su pantalla, que cayó sobre el pie derecho de una señora mayor que estaba contratando un Camino de Santiago a pie, con soporte logístico para la mochila y las pernoctaciones. El golpe provocó un feo crujido y la mujer se puso a chillar de dolor.
Al oír el alboroto, el director salió con rapidez de su despacho, remetiéndose un faldón de la camisa, y tras él lo hizo la subdirectora, abrochándose los botones superiores de la suya, pues al parecer estaban teniendo otra reunión. La señora mayor seguía aullando. El director, al ver esparcidos por el suelo varios prospectos sobre el Camino de Santiago, la pantalla despanzurrada junto a ellos y aquel pie sangrante y deformado que tardaría meses en sanar, supo que tendrían una reclamación y que aquello les iba a costar caro. Miró a Ricardo, que al parecer se había roto el brazo, porque estaba sentado en el suelo, ahogando gritos de dolor, mordiéndose los labios como si quisiera comérselos. Luego dirigió su mirada hacia Isabel, buscando una explicación. Pero Isabel lloraba y no era capaz de transmitirle ninguna información que le sirviera. Miró entonces a su alrededor: todos se habían levantado, empleados y clientes, y formaban un corro que contemplaba la escena. Sin embargo, nadie se dio cuenta de que Carlos y su aparición ya no estaban allí. Y a él nadie lo echó en falta hasta un par de horas más tarde, cuando todo recobró la normalidad e Isabel necesitaba una pantalla nueva para poder seguir trabajando.
No le vieron nunca más. Ricardo admitió que se habían peleado por culpa de Ana, pero no mencionó a ninguna mujer alta que hubiera entrado en la agencia. Tampoco Isabel, que dijo que, mientras atendía a la señora del Camino de Santiago, había visto de reojo cómo discutían los dos y que Carlos había empujado a Ricardo, y que éste había caído sobre su mesa, causando, de forma involuntaria, todo el estropicio.
La señora del Camino consiguió una indemnización de dieciocho mil euros y un viaje a Nueva Zelanda, para hacer senderismo en el Milford Sound. Isabel y Ricardo salieron juntos unas semanas, hasta que él decidió que prefería dedicar todo su tiempo libre a hacer pesas en el gimnasio. El director y la subdirectora se divorciaron de sus respectivas parejas, que habían recibido sendas llamadas de alguien que afirmó que, cumpliendo con su deber, tenía que informarles de que les estaban poniendo los cuernos, información que llegó también a los máximos responsables de la empresa, que despidieron a los adúlteros, para dar ejemplo. En su lugar nombraron directora a Ana y subdirector a Enrique, que no tardó en orquestar una campaña contra ella, a la que acusaba de haber ascendido de forma inmerecida, no por méritos laborales precisamente. Como los demás ya le conocían y no le hacían caso, Enrique dedicó sus esfuerzos a tratar de convencer al nuevo informático, un chico callado al que le encantaba mirar por la ventana, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando los demás todavía no habían llegado y nadie lo controlaba mientras se dedicaba al benchmarking.