El taxista sacó las maletas del
maletero, cogió su dinero y se marchó. Ester vio de nuevo la fachada del
edificio en el casco histórico, donde iba a alojarse como mínimo el próximo
curso y sonrió. Estaba un poco nerviosa, ya que por primera vez viviría
independizada de sus padres y alejada de sus amigos del pueblo, al comenzar los
estudios en la universidad. Al mismo tiempo tenía muchas ganas por empezar a
estudiar filología y conocer el ambiente universitario. El instituto había
quedado atrás, comenzaba el mundo real, pensó. Entró en su piso, pequeño pero
con el encanto de las casas antiguas de techo alto del centro. Se reencontró
con la que sería su compañera, que le había enseñado el piso cuando acudió a
interesarse por el anuncio de habitación
disponible. Se dieron dos besos y Sandra insistió en ayudarla a llevar las
maletas a su habitación. Desde aquel encuentro semanas atrás, habían congeniado
inmediatamente e incluso habían mantenido contacto por teléfono e internet.
Sandra extrovertida, y estudiante de segundo de medicina, se había
autoproclamado su cicerone en el mundillo universitario.
-Pero chica, llevas más
equipaje que una folclórica-comentó, riendo, Sandra.
-Esto es sólo una mínima
parte de las cosas que mi madre quería que me trajera-respondió entre risas
Ester.
-Espero que hayas traído un
vestuario adecuado para arrasar de noche.
-La verdad es que no suelo
salir mucho, además necesitaré adaptarme a las clases-contestó Ester.
-No voy a permitir que te
encierres con tus libros de filología, hay que disfrutar de la juventud-dijo
Sandra.
Los primeros días pasaron volando,
entre trámites de matriculas, compra de libros y apuntes, las clases, conocer a
profesores y compañeros, pasear por la ciudad, tomar algo por la noche y pasar
muchas horas en el piso estudiando. Ester se sentía contenta por como iban
marchando las cosas, se había adaptado a su nueva vida mejor de lo que había
esperado. La única pega que encontraba es que había días que se encontraba muy
cansada. No era el cansancio normal por llevar una vida activa, sino que se
trataba de un cansancio más profundo, debía de tratarse de algo relacionado con
no descansar bien por las noches. En cuanto se metía en la cama se quedaba
dormida casi al instante, despertándose al día siguiente agotada pese a haber dormido de un tirón. Eso
sí, tenía la sensación que sus sueños no eran precisamente tranquilos, porque
por las mañanas la ropa estaba toda fuera de la cama, y tenía las sábanas
completamente empapadas en sudor. Una mañana al prepararse el desayuno en la cocina, Sandra le habló del
tema.
-Pareces cansada y te veo
con ojeras. ¿Te encuentras bien?.
-Algo me pasa por las
noches, ya que por la mañana me noto
agotada. Supongo que será hasta que me adapte del todo a este cambio. Tú, como
ya eres una anciana de segundo, ya no te acuerdas del estrés del novato-dijo
bromeando Ester.
-Desde luego, tus noches
son moviditas. Si no supiera que estamos solas en el piso juraría que estás con
alguien, un tío por ejemplo-rió Sandra.
-¿Pero qué dices?.
-Te pasas la noche
moviéndote en la cama sin parar, hablando sola, con una voz extraña que no se
entiende bien a través de la pared y haciendo ruidos. Obviamente no te espío-bromeó
Sandra.
A la mañana siguiente Ester tenía
mucho peor aspecto. A diferencia de lo que era habitual en ella, se había
despertado justo al hacerse de día, intentando salir de una pesadilla
espantosa, la peor de su vida con diferencia. Desde luego, para tener sueños
como ese mejor no acordarse. Recordaba unas risas espantosas, que sonaban sin
parar dentro de su cabeza, pero mucho más fuerte de lo que sería una risa
normal, como si se riese un gigante malvado. Peor habían sido los alaridos.
Interminables y llenos de pánico y agonía. Medio ahogada por los chillidos,
también escuchaba una voz muy baja que recitaba monótonamente oraciones en
latín, mientras se sentía rodeada de una oscuridad densa, pegajosa, que se
movía como un ser vivo y la ahogaba. De
cuando en cuando oía un ruido seco, silbante, estremecedor. Un látigo. También
notaba el olor, olor a algo muerto hace mucho tiempo que se ha podrido, ha
muerto otra vez y se ha vuelto a pudrir. Despertó con un chillido de horror
intentando salir de su garganta, empapada en sudor y con el corazón a punto de
saltarle del pecho. Los dientes le castañeteaban sin tregua. Salió de su
habitación como pudo y se dirigió al cuarto de baño.
-¿Te encuentras bien?-dijo Sandra desde la
puerta de su habitación, medio somnolienta.
-Metete en tus asuntos, que
no eres mi madre-contestó
Ester.
-Tranquila tía, que no hace
falta que me contestes así-respondió molesta Sandra.
-Te contesto como me da la
gana.
-Mira, voy a pasar de esta
conversación, que está claro que te has levantado de mal humor. Ya hablamos
luego-dijo
Sandra.
En las semanas siguientes la
relación entre las dos compañeras de piso se fue deteriorando. Al principio
Sandra intentaba que siguieran siendo amigas, como al principio. Pero Ester
cada día caía en un mutismo mayor. Cuando no estaba en silencio podía tener una
reacción de rabia explosiva. Una mañana
los compañeros de clase se quedaron extrañados
por su actitud en el aula, balanceándose constantemente en su asiento con
la mirada perdida. Al principio hubo risitas, pero después comenzaron a preocuparse.
Cuando el profesor le preguntó si se encontraba bien, la reacción de Ester fue
insultarle, perdido completamente el control. Desde ese día dejó de ir a las
clases y se pasaba el tiempo encerrada en su habitación. Sandra ya le había
avisado que en cuanto acabara el mes tendría que buscarse otro piso. No le
dejaba entrar en la habitación y el olor que salía de allí era cada vez peor.
Mientras tanto las pesadillas
continuaban, incluso cuando Ester dormitaba unos minutos de día. Su estado
físico cada vez era peor, mientras que el mental estaba llegando a un nivel
prácticamente irrecuperable. En sus sueños veía hombres y mujeres vestidos con
harapos, desnutridos, rodeados de suciedad y basura. La poca comida que
recibían tenían que disputarla a las ratas. Algunas de esas personas se
revolcaban por el suelo, otros estaban tumbados en posición fetal. También los
encerraban en celdas, en la más absoluta oscuridad, mientras había otros
a los que mantenían encadenados al muro de piedra húmeda. Ella no recordaba
bien como había llegado allí. Se trataba de algo relacionado con su dote y la
administración de sus bienes por parte de su tío, al ser menor de edad. La
habían acusado de melancólica perturbada, al negarse a firmar la escritura de
cesión de bienes e ingresar en un convento. Cuando quiso protestar ante la
audiencia, un médico ya le había diagnosticado un trastorno en sus humores y la
habían encerrado allí. Desde entonces estaba atada en ese lecho de hierro boca
abajo. Algunas veces el director y un guardián entraban en su celda oscura.
-Obedezca muchacha
endemoniada. ¡Golpe! -decía el director.
Inmediatamente recibía un latigazo
por parte del guardián.
-Obedezca. ¡Golpe!.
Obedezca. ¡Golpe!.
En ese momento se despertó
chillando. Ya sabía como podía huir de ese sitio horrible donde le habían
encerrado. Tenía que fingir que obedecía y deshacerse de sus enemigos. Tocaron
a la puerta. La abrió.
-Ester, menos mal que has
abierto. Estoy muy asustada. Necesitas ayuda. He conseguido hablar con tus
padres. Dicen que hace días que tienes el móvil apagado o fuera de cobertura y
no logran ponerse en contacto contigo. Les he dicho que no te encuentras bien y
se han preocupado mucho. En un par de horas llegan.
Sandra logró parar como pudo el
ataque de Ester, que se había lanzado con las uñas como garras para intentar
arrancarle los ojos. Al oír los gritos un vecino llamó a la policía.
En el juicio Ester fue declarada
mentalmente irresponsable. El siquiatra que hizo el dictamen pericial comentó
días después el caso con un colega.
-Un caso clarísimo de
perdida absoluta del contacto con la realidad. Habrá que hacer un trabajo muy
profundo de rehabilitación. Mira su expediente a ver que te parece.
Su compañero comenzó a leer. Al
cabo de un rato levantó una ceja sorprendido.
-Las casualidades que tiene
la vida. Mirando en el expediente donde vivía la paciente y su compañera he
recordado esa dirección. En esa calle, no recuerdo exactamente el número,
estaba instalado el antiguo sanatorio mental. Tenía una fama un tanto siniestra
en el siglo XVIII, en los ambientes médicos, por los excesos que se cometieron
con los pacientes internados. Algunos de los notables de la ciudad presentaron
un memorial de quejas y al final fue desmantelado. Se construyó uno más amplio
y moderno en las afueras-dijo su colega.
-Sí que es curioso sí.
-Mira, aquí tengo un libro
de la época donde se detalla la polémica. Ya sabes que una de mis aficiones
para pasar el tiempo libre es la historia de la medicina. Observa en este
grabado que métodos bárbaros usaban.
El siquiatra que había asistido al
juicio observó con curiosidad el grabado. Durante un segundo sintió un
escalofrío. La chica del grabado parecía una copia perfecta de la paciente que
había tratado. Se cambiaba un poco el peinado y los harapos por la ropa actual
y allí estaba dibujada su gemela. "Vaya coincidencia", pensó. Intentó
olvidar el tema y seguir con su conversación.