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Tena, Juan José (Senada)

Nuevo alojamiento



El taxista sacó las maletas del maletero, cogió su dinero y se marchó. Ester vio de nuevo la fachada del edificio en el casco histórico, donde iba a alojarse como mínimo el próximo curso y sonrió. Estaba un poco nerviosa, ya que por primera vez viviría independizada de sus padres y alejada de sus amigos del pueblo, al comenzar los estudios en la universidad. Al mismo tiempo tenía muchas ganas por empezar a estudiar filología y conocer el ambiente universitario. El instituto había quedado atrás, comenzaba el mundo real, pensó. Entró en su piso, pequeño pero con el encanto de las casas antiguas de techo alto del centro. Se reencontró con la que sería su compañera, que le había enseñado el piso cuando acudió a interesarse por el anuncio de  habitación disponible. Se dieron dos besos y Sandra insistió en ayudarla a llevar las maletas a su habitación. Desde aquel encuentro semanas atrás, habían congeniado inmediatamente e incluso habían mantenido contacto por teléfono e internet. Sandra extrovertida, y estudiante de segundo de medicina, se había autoproclamado su cicerone en el mundillo universitario.

-Pero chica, llevas más equipaje que una folclórica-comentó, riendo, Sandra.

-Esto es sólo una mínima parte de las cosas que mi madre quería que me trajera-respondió entre risas Ester.

-Espero que hayas traído un vestuario adecuado para arrasar de noche.

-La verdad es que no suelo salir mucho, además necesitaré adaptarme a las clases-contestó Ester.

-No voy a permitir que te encierres con tus libros de filología, hay que disfrutar de la juventud-dijo Sandra.

Los primeros días pasaron volando, entre trámites de matriculas, compra de libros y apuntes, las clases, conocer a profesores y compañeros, pasear por la ciudad, tomar algo por la noche y pasar muchas horas en el piso estudiando. Ester se sentía contenta por como iban marchando las cosas, se había adaptado a su nueva vida mejor de lo que había esperado. La única pega que encontraba es que había días que se encontraba muy cansada. No era el cansancio normal por llevar una vida activa, sino que se trataba de un cansancio más profundo, debía de tratarse de algo relacionado con no descansar bien por las noches. En cuanto se metía en la cama se quedaba dormida casi al instante, despertándose al día siguiente  agotada pese a haber dormido de un tirón. Eso sí, tenía la sensación que sus sueños no eran precisamente tranquilos, porque por las mañanas la ropa estaba toda fuera de la cama, y tenía las sábanas completamente empapadas en sudor. Una mañana al prepararse el  desayuno en la cocina, Sandra le habló del tema.



-Pareces cansada y te veo con ojeras. ¿Te encuentras bien?.

-Algo me pasa por las noches, ya que por la mañana  me noto agotada. Supongo que será hasta que me adapte del todo a este cambio. Tú, como ya eres una anciana de segundo, ya no te acuerdas del estrés del novato-dijo bromeando Ester.

-Desde luego, tus noches son moviditas. Si no supiera que estamos solas en el piso juraría que estás con alguien, un tío por ejemplo-rió Sandra.

-¿Pero qué dices?.

-Te pasas la noche moviéndote en la cama sin parar, hablando sola, con una voz extraña que no se entiende bien a través de la pared y haciendo ruidos. Obviamente no te espío-bromeó Sandra.

A la mañana siguiente Ester tenía mucho peor aspecto. A diferencia de lo que era habitual en ella, se había despertado justo al hacerse de día, intentando salir de una pesadilla espantosa, la peor de su vida con diferencia. Desde luego, para tener sueños como ese mejor no acordarse. Recordaba unas risas espantosas, que sonaban sin parar dentro de su cabeza, pero mucho más fuerte de lo que sería una risa normal, como si se riese un gigante malvado. Peor habían sido los alaridos. Interminables y llenos de pánico y agonía. Medio ahogada por los chillidos, también escuchaba una voz muy baja que recitaba monótonamente oraciones en latín, mientras se sentía rodeada de una oscuridad densa, pegajosa, que se movía como un ser vivo y  la ahogaba. De cuando en cuando oía un ruido seco, silbante, estremecedor. Un látigo. También notaba el olor, olor a algo muerto hace mucho tiempo que se ha podrido, ha muerto otra vez y se ha vuelto a pudrir. Despertó con un chillido de horror intentando salir de su garganta, empapada en sudor y con el corazón a punto de saltarle del pecho. Los dientes le castañeteaban sin tregua. Salió de su habitación como pudo y se dirigió al cuarto de baño.

-¿Te encuentras  bien?-dijo Sandra desde la puerta de su habitación, medio somnolienta.

-Metete en tus asuntos, que no eres mi madre-contestó Ester.

-Tranquila tía, que no hace falta que me contestes así-respondió molesta Sandra.

-Te contesto como me da la gana.

-Mira, voy a pasar de esta conversación, que está claro que te has levantado de mal humor. Ya hablamos luego-dijo Sandra.

En las semanas siguientes la relación entre las dos compañeras de piso se fue deteriorando. Al principio Sandra intentaba que siguieran siendo amigas, como al principio. Pero Ester cada día caía en un mutismo mayor. Cuando no estaba en silencio podía tener una reacción de rabia explosiva. Una  mañana los compañeros de clase se quedaron extrañados  por su actitud en el aula, balanceándose constantemente en su asiento con la mirada perdida. Al principio hubo risitas, pero después comenzaron a preocuparse. Cuando el profesor le preguntó si se encontraba bien, la reacción de Ester fue insultarle, perdido completamente el control. Desde ese día dejó de ir a las clases y se pasaba el tiempo encerrada en su habitación. Sandra ya le había avisado que en cuanto acabara el mes tendría que buscarse otro piso. No le dejaba entrar en la habitación y el olor que salía de allí era cada vez peor.

Mientras tanto las pesadillas continuaban, incluso cuando Ester dormitaba unos minutos de día. Su estado físico cada vez era peor, mientras que el mental estaba llegando a un nivel prácticamente irrecuperable. En sus sueños veía hombres y mujeres vestidos con harapos, desnutridos, rodeados de suciedad y basura. La poca comida que recibían tenían que disputarla a las ratas. Algunas de esas personas se revolcaban por el suelo, otros estaban tumbados en posición fetal. También los encerraban en celdas, en la más absoluta oscuridad, mientras  había otros  a los que mantenían encadenados al muro de piedra húmeda. Ella no recordaba bien como había llegado allí. Se trataba de algo relacionado con su dote y la administración de sus bienes por parte de su tío, al ser menor de edad. La habían acusado de melancólica perturbada, al negarse a firmar la escritura de cesión de bienes e ingresar en un convento. Cuando quiso protestar ante la audiencia, un médico ya le había diagnosticado un trastorno en sus humores y la habían encerrado allí. Desde entonces estaba atada en ese lecho de hierro boca abajo. Algunas veces el director y un guardián entraban en su celda oscura.

-Obedezca muchacha endemoniada. ¡Golpe! -decía el director.

Inmediatamente recibía un latigazo por parte del guardián.

-Obedezca. ¡Golpe!. Obedezca. ¡Golpe!.

En ese momento se despertó chillando. Ya sabía como podía huir de ese sitio horrible donde le habían encerrado. Tenía que fingir que obedecía y deshacerse de sus enemigos. Tocaron a la puerta. La abrió.

-Ester, menos mal que has abierto. Estoy muy asustada. Necesitas ayuda. He conseguido hablar con tus padres. Dicen que hace días que tienes el móvil apagado o fuera de cobertura y no logran ponerse en contacto contigo. Les he dicho que no te encuentras bien y se han preocupado mucho. En un par de horas llegan.

Sandra logró parar como pudo el ataque de Ester, que se había lanzado con las uñas como garras para intentar arrancarle los ojos. Al oír los gritos un vecino llamó a la policía.

En el juicio Ester fue declarada mentalmente irresponsable. El siquiatra que hizo el dictamen pericial comentó días después el caso con un colega.

-Un caso clarísimo de perdida absoluta del contacto con la realidad. Habrá que hacer un trabajo muy profundo de rehabilitación. Mira su expediente a ver que te parece.

Su compañero comenzó a leer. Al cabo de un rato levantó una ceja sorprendido.

-Las casualidades que tiene la vida. Mirando en el expediente donde vivía la paciente y su compañera he recordado esa dirección. En esa calle, no recuerdo exactamente el número, estaba instalado el antiguo sanatorio mental. Tenía una fama un tanto siniestra en el siglo XVIII, en los ambientes médicos, por los excesos que se cometieron con los pacientes internados. Algunos de los notables de la ciudad presentaron un memorial de quejas y al final fue desmantelado. Se construyó uno más amplio y moderno en las afueras-dijo su colega.

-Sí que es curioso sí.

-Mira, aquí tengo un libro de la época donde se detalla la polémica. Ya sabes que una de mis aficiones para pasar el tiempo libre es la historia de la medicina. Observa en este grabado que métodos bárbaros usaban.

El siquiatra que había asistido al juicio observó con curiosidad el grabado. Durante un segundo sintió un escalofrío. La chica del grabado parecía una copia perfecta de la paciente que había tratado. Se cambiaba un poco el peinado y los harapos por la ropa actual y allí estaba dibujada su gemela. "Vaya coincidencia", pensó. Intentó olvidar el tema y seguir con su conversación.

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